Amber (Hermanas Jones 2)

Elizabeth Ellis

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Londres. Agosto, 1828

Amber cerró los ojos.

La había seguido.

Creía que no la había reconocido.

¡Habían pasado más de dos años! ¡¿Cómo diablos se acordaba de ella?!

—Ven. —La tomó de la mano y se la llevó con él—. Entra.

—Estos aposentos...

—Son míos. Me hospedo aquí por..., bueno, eso no importa.

Se miraron con ansias.

Sus ojos brillaban.

—Debo irme —dijo Amber.

—Te he buscado —confesó Rhis.

—Yo no.

—Vaya. Gracias por la sinceridad. —Se acercó despacio y le acarició el rostro.

—No te recordaba tan alto.

Lo tomó de las solapas de la chaqueta y lo acercó a su boca.

Lo besó.

—Yo sí te recordaba tan atrevida.

Le devolvió el beso.

—Estás comprometido.

—Ya no —afirmó él besándole el cuello.

—Claro que sí —aseveró ella.

—No.

—Rhis...

—Shhhhhhh... Ámame, Am.

Se miraron a los ojos y entendieron que estaban unidos.

O era el maldito destino o el deseo que los consumía por estar juntos.

¿Era posible desear tanto a una persona?

Rhis la besó con rudeza.

Los labios de Amber peleaban por el control y el dominio del beso.

Era una batalla explícita y deliberada de poder.

Las manos de él abarcaron los pechos de la mujer y, apretándola contra la pared, los presionó hasta obtener una respuesta de ella.

No era suficiente.

La tela no dejaba sentir nada.

Iba a arrancarle el vestido, cuando los botones de su camisa volaron por el aire y su cuerpo quedó a merced de ella. Y al instante la tela ya no cubría su piel.

Amber abarcó con sus manos el vientre plano de él; besó su pecho para luego posar su oreja sobre el lugar exacto donde debía estar su corazón. El palpitar descontrolado y la respiración entrecortada le indicaron a la joven que toda la serenidad se había ausentado para no regresar. Volvió a besarlo allí mientras sus manos exploraban aquel cuerpo con avidez.

Rhis se sorprendió al darse cuenta de la envergadura de su erección. Iba a derramarse en los pantalones si ella no se detenía. Tomó sus manos entre las suyas y la giró dejándola de espaldas a él.

Le besó el cuello con delicadeza.

Era consciente de que no podía dejar marcas allí.

Mordió sus hombros expuestos por las mangas caídas del vestido mientras los gemidos de ella torturaban su cerebro.

Estaba succionando el lóbulo de su oreja cuando la mano de Amber apretó su sexo con fuerza. Sentirla justo allí fue el detonante para liberar su pasión.

El gutural gemido ronco y sufriente de Rhis determinó a la joven para proseguir en su hazaña cuando sintió como las tiras de su vestido se soltaban y este caía a sus pies junto al corsé y la camisola.

¡Estaba desnuda!

¿En qué momento ese hombre había hecho todo eso?

Miró sus pechos y vio cómo las manos de él avanzaban desde su vientre hasta cubrirlos. Cerró los ojos disfrutando el calor que ascendía por su cuerpo. Sentirlo sobre su piel era lo que había añorado desde la última vez. En ese momento descubrió una extraña sensación de plenitud. Descansó el peso de su cuerpo sobre Rhis, en claro gesto de entrega absoluta, y él, comprendiendo y aceptando su decisión, presionó sus pechos con fuerza, uniéndose todo a ella. Con su cuerpo y su espíritu.

—Son prefectos. Mejor de los que los he soñado.

—Tú eres perfecto —susurró Amber.

—No, preciosa. Soy un desastre, pero que tus ojos me vean perfecto es el mayor halago que alguna vez recibiré.

La giró entre sus brazos y ella se abrazó desesperada a él.

Él acarició su cabeza en un gesto de ternura.

Quería hacerle el amor.

Quería amarla.

La quería para siempre.

—Cásate conmigo —pidió él casi con miedo.

—Estás comprometido.

—No.

—No importa lo que digas. Lo estás.

—Mañana mismo anularé el compromiso.

—No puedes. Imagino que has dado tu palabra.

—No me importa. Tú me excedes. Me desbordas... Me trasciendes. ¿Acaso crees que te dejaré ir ahora que te he encontrado?

—No es tu decisión. Y lo que yo quiera es asunto mío.

—Me quieres a mí. Puedo sentirlo. Y voy a luchar por esto.

—Eres un engreído. —Ella sonrió y él pudo sentir en su piel su sonrisa.

—No espero otra cosa de ti, mi señora, sino dominio pleno sobre mí. Eres una leona indomable, y yo, tu alfa. Y te quiero así, salvaje y libre. ¡Ámame, Am!

—En este momento solo quiero eso.

Elevó sus ojos hacia él y vio cómo el verde primaveral de su iris resplandecía.

Entreabrió los labios admirando la belleza de su mirada, cuando su boca fue capturada por la de él. El beso suave y ligero la animó a más, pero fue Rhis quien abarcó su rostro entre sus manos, rozó sus labios con su lengua una vez... Y otra... Y otra. Hasta que las respiraciones de ambos dijeron que ya era suficiente de tanto anhelo.

Era el momento.

Momento exacto para amarse.

La lengua de él entró plena en la boca de ella. Y Amber, sedienta, se enredó en una batalla deliberada de dominio. Lo que en un principio se avizoraba tierno y dulce fue absorbido por un primitivo deseo carnal que los atormentó. Pues ninguno de los dos se animaba a desatar plenamente su pasión. Eran dos huracanes colisionando, evitando dañarse.

—Sé tú. No te reprimas, mi señora. Te quiero tal como eres.

—Y yo a ti. No espero menos que tu verdadera naturaleza.

Y Rhis supo en ese momento que podía ser él mismo con ella.

Rompió el beso y, acuclillándose a la altura de su ombligo, rasgó los calzones que se interponían entre su boca y la fuente de placer. Con ambas manos en las caderas de Amber, hundió su cabeza entre sus piernas y comenzó a succionar desesperado. El control lo había abandonado y la furia de la pasión lo gobernaba. Los gritos desesperados de la joven y los temblores descontrolados fueron la respuesta que necesitaba para incorporarse y absorber con sus labios cada gemido.

Conmocionada, Amber buscó con sus manos hasta dar con su entrepierna. Intentó desabrochar los pantalones, pero la erección le dificultaba la tarea. Desgarró las presillas de un tirón y abarcó el miembro con sus manos. Rhis, cogiéndola de las axilas, la aupó. Ella tomó su rostro entre sus manos para besarlo con ternura mientras él se adentraba en su interior. Las embestidas controladas duraron lo que un dulce a un niño. La lengua de ella en la boca de él lo demudó de tal manera que comenzó a arremeter con fuerza. Los gritos de la joven se incrementaron y él no tuvo más que refrenar su impulso.

—¡No! ¡Más! Rhis...

El susurro desesperado de Amber detonó la poca resistencia que lo sujetaba del desastre. Sus manos, como garras, se aferraron a los glúteos de ella, cuyas piernas se enlazaban a las caderas de él, para embestirla con contundencia. Toda ternura se había ausentado. Los golpes contra la pared eran signo inequívoco del arrebato pasional que los consumía.

Exhaustos, no pudieron permanecer de pie.

Él buscó el suelo con premura y ella, montada sobre él, no dejaba de temblar, como si una fiebre atroz la consumiera.

Sobre la moqueta, empapados en sudor y carentes de voluntad, permaneció una encima del otro el tiempo necesario que les tardó volver en sí.

—Cásate conmigo, Amber Jones, porque ya no podré vivir sin ti.

—Lo pensaré —dijo ella en un hilo de voz.

Capítulo I

Una típica tormenta de verano sacudía el cielo londinense.

Los árboles se mecían y el viento, que había arrollado la ciudad, ya había encontrado su punto de calma.

La lluvia que había arreciado, golpeando los ventanales con fuerza, había disminuido su vigor y ahora solo se englobaba sobre las calles dando paso, con lentitud, a una paz regeneradora.

Una tempestad similar se había desatado entre dos extraños amainando de la misma manera como había comenzado: abruptamente.

Así, como el clima de agosto en Londres, estaban ahora las vidas de Amber y Rhis.

Ninguno de los dos sabía muy bien qué palabras decir.

Él la quería en su vida.

Ella era consciente de que no pertenecía a su clase social y de que él estaba comprometido.

¡Mierda de vida!

Amber buscó su vestido y comenzó a ponérselo, cuando sintió las manos de él ascender por su columna. El temor y el anhelo la invadieron al mismo tiempo.

Rhis anudó los lazos y le acomodó el pelo.

Ella lo dejó hacer, admirada de que supiera cómo dominar esa maraña que ella tanto odiaba.

—¿Y tú? —preguntó Amber.

—He dicho que estaba hospedado aquí, ¿no? Me pondré otra ropa. —Le acarició el rostro con ternura—. La camisa y los pantalones están hechos girones, creo que no les han quedado ningún botón. Tienes fuerza, pequeña.

—¡No es cierto! —exclamó Amber con determinación entrecerrando sus ojos—. Hace una semana que estoy en Londres y me hospedo aquí mismo. Sabría si tú estás bajo mi mismo techo.

Dio un paso atrás cuando Rhis intentó acercarse. El cambio repentino de la muchacha lo descolocó. Ella estaba atando cabos y él no terminaba de salir del sopor del sexo.

—Preciosa...

—¡¿Me has mentido?!

—¡No! Claro que no. Los sirvientes subieron mis pertenencias cuando llegué a la ceremonia. Mi ayuda de cámara ha ordenado todo siguiendo mis órdenes. A partir de hoy me hospedo aquí.

—¿Y cuál sería la razón?

—Mis amigos.

—¿Qué?

—Robert y Richard se hospedan aquí. —Ella asintió dubitativa—. Amber, con Robert y Richard somos amigos desde el colegio, y antes de que ellos contrajeran matrimonio no nos separábamos cuando estábamos los tres en Londres. Ahora ellos están casados, viviendo lejos de aquí, y por una vez que vienen quiero quedarme con ellos.

—¿Por qué acá, en casa de Alice? —preguntó perpleja.

—Robert no tiene casa en Londres y Richard está remodelando la suya. Una obra bastante complicada por todas las modificaciones que mandó hacer. Se demorará un año más, por lo menos. —Él se acercó y ella le permitió esa proximidad—. Acordamos entre los tres quedarnos aquí. Ahora nos veremos todos los días, Am.

—Mi querido marqués, no soy yo tu prometida. No sería prudente para ti, ni bueno para mí, que nos enredáramos en una relación sin sentido.

—He dicho que me casaré contigo. Eso te convierte en mi prometida.

—Del dicho al hecho...

—Yo decido mi vida, Amber, y nadie va a impedirme que la viva junto a ti.

—Es muy poético —dijo dando una palmadita en su mejilla—, pero la realidad es muy diferente y supera con creces las expectativas. ¡Mírame! No soy de tu clase. Y tú estás a pocos días de tu boda.

—No voy a casarme.

—Si no quieres pensar en tus obligaciones, por lo menos piensa en la joven que será tu esposa y no la deshonres.

—¡Pienso en ella! No voy a unirla a mí sin corresponderle nunca, siéndole infiel el resto de mis días y sin darle hijos, porque no pienso tocarle un pelo. Créeme que le estoy haciendo un favor.

—Eres imposible. —Amber sonrió y Rhis le robó un beso.

—Siempre consigo lo que quiero. Y te quiero a ti.

—¿Y lo que yo quiero?

—Es muy importante, preciosa. Siempre que me quieras a mí.

—Eres un arrogante.

—Soy todo lo que tú quieras, lo importante es que soy tuyo.

—No olvides eso, marqués. Puede que te lo recuerde cuando menos te lo imagines. Ahora me iré a mis aposentos. Tengo mucho en qué pensar.

—Y yo puede que no esté mañana aquí, porque, cuando le cuente a Robert, me pondrá de patitas en la calle. Lo que será un acierto porque me colaría en tu habitación cada vez que pueda y te haría el amor descontroladamente.

—Eso si yo te lo permito.

—Lo tengo clarísimo, Am.

Rhis le dio un beso fugaz en los labios y ella se fue abandonando en sus brazos.

Se miraron hasta que la puerta, cerrándose, los separó.

***

Amber tenía mucho que dirimir.

Desde que se había topado con él hace más de dos años, no había podido apartar su pensamiento de aquella tormentosa colisión. Y que, al encontrarse tanto tiempo después, sucediera exactamente lo mismo era una clara señal de que estaban predestinados.

¿En serio estaba pensando en eso?

¡No podía ser!

Ella era el ser más práctico que habitaba la Tierra.

¿Cómo su cerebro podía pergeñar un encuentro con un extraño?

Porque eso era Rhis: un extraño.

Ella no creía en el destino.

¡No! Era su mente buscando una solución a un problema largo y gordo.

Largo, porque se extendía en el tiempo.

Gordo, porque no era fácil estar con él.

¡Vale! Era muy fácil estar con él.

Lo difícil sería una relación con él.

—¿Cómo por qué? ¡Idiota! —se preguntó y se reprendió a sí misma al mismo tiempo en que se respondía—. Porque Rhis es marqués y tú plebeya. Está comprometido y se casa la semana próxima. Y lo más importante: no lo conoces de nada. Es un perfecto desconocido. —El silencio la acompañó mientras sus pies la acercaban a su habitación—. Un desconocido que tiene el poder de alterar todos mis sentidos. —Se detuvo intempestivamente como si algo la anclara al suelo—. No puedo vivir sin él. ¡No quiero! —Detuvo su mirada en sus manos, luego elevó los ojos hacia arriba, como si quisiera horadar el cielorraso y observar el cielo. Era lo que siempre hacía cuando quería hablar con su madre—. Quiero todo lo que me hace sentir. No puedo alejarlo de mí ahora que lo encontré. —Miró al frente como si de una batalla se tratara—. No voy a dejarlo ir.

Caminó enérgica y se refugió en su habitación.

Cerró la puerta y, apoyada en esa monstruosidad de algarrobo tallado, reposó su cuerpo.

Era una decisión importante y debía ser justa con los demás, aunque debía admitir que quería ser justa con ella. Deseaba pensar solo en ella.

Sus ojos buscaron la oscuridad y la tranquilidad detrás de sus párpados.

Respiró pausada y lentamente.

La decisión ya estaba tomada.

Ahora debía concentrarse en mantenerla, porque más de uno intentaría hacerla cambiar de parecer y lo que menos quería ella era no tenerlo a él a su lado.

***

—Quiero pensar que lo que tienes para decir reviste de una considerable importancia, dado que he abandonado a mi esposa en medio de la celebración del matrimonio de su hermana para encerrarme contigo aquí, en la biblioteca —dijo Robert malhumorado.

—Lo mismo digo —sentenció Richard.

Rhis los miró a ambos como hace tiempo no lo hacía.

Desde el Eton.

Ellos conocían muy bien esa mirada, era esperanzadora.

Algo sucedía.

Tanto Robert Evans como Richard Bradford y Rhis Avignale se conocían desde que habían ingresado al Eton diecinueve años atrás. No tenían la misma edad, ya que Rhis era dos años mayor, pero eso no fue obstáculo para forjar una sólida amistad.

Amistad que había comenzado cuando Rhis se había ensalzado a puños con en el hijo de un duque, unos años y unos centímetros más grandes que él, y Robert, que a sus trece años era un gigante, junto con Richard, que ostentaba casi el mismo tamaño, lo socorrieron en la pelea adentrándose en plena batalla. Era injusto que a Rhis lo golpeara ese mal nacido a la vez que un par más lo asían por los brazos para apalearlo a discreción.

Desde ese día, los tres fueron inseparables.

Y habían pasado los años y habían vivido muchas cosas.

La vida.

Robert Evans había pasado de ser el conde de Arundel a ser un noble sin más, sin título ni posesiones, que había contraído matrimonio con Victoria Jones[1], ahora padres de dos preciosos mellizos. Richard Bradford, duque de Richmond, lo seguía siendo, pero los avatares de la vida lo habían movido como hoja en el viento y, luego de desafortunados sucesos y coloridos momentos, había logrado enlazarse en santa unión al amor de su vida, Megan Stone[2], con la cual tenía tres bonitos hijos: dos niños y una niña. Ahora había llegado el turno de Rhis, que siempre había considerado que su vida era monótona y que, si no fuera por los placeres, que él mismo buscaba, no hubiera valido la pena vivir.

Rhis Zaiden Avignale, marqués de Addington, era el segundo hijo del duque de Rutland, lord Deacon Avignale y de su esposa, lady Aveline Hatman, duquesa de Rutland. Había sido su madre quien había elegido sus nombres, ya que al ser el segundo hijo del matrimonio era propiedad y prioridad exclusiva de Aveline.

Los actuales duques habían sido desposados de la misma manera en que la aristocracia enlaza a sus miembros: por arreglo, contrato o beneplácito del rey o la reina. Hete aquí que tanto Deacon como Aveline habían sido enlazados cuando esta era una joven de dieciocho y él un hombre de treinta y un años, y desde ese momento acordaron entre ellos que los hijos que nacieran de dicha unión serían criados como a Aveline le placiera, salvo el primogénito. Y, como Deacon era honorable, había dejado que su esposa hiciera y deshiciera en la vida de Rhis; aunque Ares también era el niño de mamá, a pesar de ser el primero, Deacon le dio más libertad para tomar sus propias decisiones, porque, al tener el peso del título en sus espaldas, las obligaciones que le aguardaban serían muy diferentes a las de Rhis.

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