Verona, Julieta y tú

Laimie Scott

Fragmento

Capítulo uno

Capítulo uno

Adrian se dirigía al complejo de oficinas de MacTavish Fashion. Llevaba trabajando allí desde que había terminado sus estudios en Escocia y su padre le concedió un puesto en la compañía, al igual que a su hermana mayor, Claire. Durante los últimos diez años, Adrian había accedido a cumplir todos y cada uno de sus deseos: había viajado por medio mundo cerrando transacciones que beneficiaban a la empresa; abierto una infinidad de tiendas donde los diseños se vendían como rosquillas; y, por supuesto, ganado una suma indecente de dinero. Sin embargo, todo eso no conseguía llenarlo. A pesar de todos los lujos y comodidades, Adrian MacTavish se sentía vacío por dentro. Insatisfecho. Por eso, después de meditarlo durante la última semana que había pasado lejos de Londres, le comunicó a su padre una noticia que sabía que no iba a gustarle nada.

—Acabas de regresar de Glasgow, donde has cerrado un trato para abrir la tienda más grande en Escocia, ¿y ahora me presentas tu dimisión? ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —El gesto de su rostro lo expresaba todo: esperaba que su hijo se explicara. No le cabía la menor duda de que habría un motivo razonable para semejante majadería.

—Lo que lees ahí —asintió Adrian despreocupado.

—¿Quieres dejarlo? ¿Por qué?

El tono empleado mostraba una mezcla de incredulidad, enfado y decepción. Adrian inspiró. Era consciente de lo que entrañaba su deseo de dejarlo. Su padre pensaba que se quedaría junto a él y su hermana al frente de la empresa hasta que él se retirara. Después serían sus dos hijos quienes tomarían el relevo. Pero, al parecer, sus ideas no eran las mismas que las de su hijo. Había llegado el momento de dejar las cosas claras antes de que fuera demasiado tarde.

—Estoy esperando, Adrian —lo urgió de forma autoritaria y fría—. Si es cierto que pretendes dejar tu puesto en la compañía, al menos dame una razón.

—No hay mucho que decir, simplemente me marcho.

—No la acepto.

—No me importa. He decidido dejarlo y tú no puedes obligarme a permanecer aquí.

—¿Has perdido el juicio? —le preguntó, entornando la mirada y tratando de que las palabras se asentaran en la mente de su hijo. Lo vio sacudir la cabeza en sentido negativo. Este gesto le provocó un leve gruñido de clara desaprobación—. ¿Ha habido algún problema en Glasgow?

—No es mi sitio. En cuanto a la tienda de Glasgow, no te preocupes. Todo está en orden.

—¿No es tu sitio? ¿Me tomas el pelo? Claro que este es tu sitio. ¿Dónde vas a estar mejor que aquí? —le aclaró, irguiéndose con los brazos extendidos con la intención de abarcar la amplitud de su despacho—. Tú serás el nuevo presidente de la compañía en breve junto a tu hermana. Serás uno de los hombres más poderosos e influyentes del Reino Unido. ¿Qué más quieres? Tienes dinero, los mejores coches, ¿Qué me dices de Bettany? Hacéis buena pareja. ¿Piensas dejarla también? —quiso saber, pensando que su relación podía facilitarle un buen acuerdo con la empresa del padre de la muchacha. Pero, si Adrian se largaba…

—No la metas en esto —le advirtió con un tono de voz monótono.

—Tienes una vida llena de lujos y comodidades. Te puedo asegurar que cualquiera de ahí fuera desearía estar en tu puesto.

—¿En serio piensas que todo lo que me has enumerado es lo que necesito?

—¿Es que acaso hay algo más? ¿No te encuentras en el lugar dónde siempre has querido estar? Y no me refiero solo a estas oficinas, sino a tu posición en la sociedad británica.

—¿Y si te dijera que no? ¿Y que he llegado a pensar que se trata más bien de lo que tú te has empeñado en darme? —le confesó, encarándose con él, contemplando el asombro reflejado en el rictus de su rostro por aquellas palabras.

—¿Piensas que todo lo que he hecho ha sido porque yo así lo quería? —Su padre permanecía con la boca abierta, sacudiendo la cabeza en un claro gesto de incredulidad—. Todo lo que he hecho y todo el tiempo que he invertido en ti han sido para que el día de mañana tú seas dueño de todo el imperio de la moda.

—No, no. No sigas por ahí —lo interrumpió Adrian, levantando la mano para que callara—. No quieras hacerme sentir culpable. Si hiciste todo lo que hiciste fue porque tú, y solo tú, creíste que era lo que yo necesitaba en verdad —le aseguró señalándolo con un dedo como si lo estuviera acusando.

—Entiendo que toda tu preparación no ha servido para nada. Que he perdido el tiempo con mi propio hijo.

—Ha servido únicamente para formar al hombre que tú querías que yo fuera. Pero nunca te paraste a pensar si era lo correcto. Si era el que yo deseaba. ¿Alguna vez barajaste esa posibilidad? —le preguntó, entrecerrando los ojos, señalándose con la mano en el pecho como prueba de autoridad—. Yo te responderé: NO.

—¿Y por qué no me lo dijiste entonces? ¿Por qué no te opusiste a mis deseos si no era lo que querías? ¿Por qué me hiciste creer una mentira? —le preguntó, enfurecido, contemplando a su hijo con el ceño fruncido y los dientes apretados.

—Porque quería agradarte.

—¿Agradarme? ¡Por favor, Adrian! —comentó con ironía, sacudiendo la cabeza y dejándose caer en el sillón.

—Quería agradarte en todo lo que hacía, intentando encontrar algo que me hiciera cambiar de idea, padre. Pero no lo encontré, créeme —le aclaró, enfrentándose a su mirada de nuevo—. Se trata de…

—Déjalo, Adrian. No trates de arreglarlo ahora —le comentó con un tono que denotaba su falta de interés hacia las palabras de su hijo. Ya todo estaba claro—. No necesito que me expliques nada más. Has dejado claras tus intenciones. Y lo que han sido estos años trabajando aquí —le aclaró con voz algo resignada, paseando la mirada por el despacho—. ¿Qué piensas hacer? ¿A dónde piensas ir? ¿Puedo recomendarte para un puesto en otra empresa de la compañía? Tal vez, un cambio de aires te venga bien, no te lo discuto.

—No.

—Pareces muy seguro. Entonces, ¿qué demonios te propones? ¿Estás pensando abandonar Londres también? —le preguntó, teniendo la impresión de que su hijo le parecía un desconocido y que nada de lo que dijera o hiciera desde ese momento lo sorprendería.

—He pensado irme a Italia.

—Italia —repitió con un deje sarcástico—. ¿Y qué hay en Italia para que te marches hasta allí? Aparte de pasta, pizza, italianas… ¿Te has vuelto loco? ¿O acaso pretendes abrir más mercado allí?

—Seguro que hay todas esas cosas, pero yo espero encontrar algo más. Tal vez, incluso, algo por lo que merezca la pena quedarme. Luchar. Prosperar.

—Todo eso lo tienes aquí. No hace falta que demuestres más tu valía, eso lo llevas haciendo durante años, hijo. —Por primera vez desde que entró en su despacho se había referido a él por el parentesco que los unía, y no por su nombre.

—¿Lo ves? No lo entiendes. Nunca lo has entendido.

—¿Qué se supone que debo entender?

—Todo lo que tengo lo he conseguido por ser tu hijo, padre. Todos me respetan, me agasajan, e incluso, a veces, sienten miedo, temen a mis reacciones. No es lo que quiero. No quiero que me den las cosas hechas por ser un MacTavish. ¿Comprendes?

—Lo que pretendes es una estupidez y, si me permites el comentario, un imposible. Y lo sabes. Allá donde vayas, tu apellido te seguirá. ¿Pretendes empezar de cero en otra parte?

—Exacto.

—No lo conseguirás, siempre habrá alguien que te reconozca y te conceda un puesto de ejecutivo. No podrás escapar a tu destino, Adrian —le recordó, alzando la voz.

Este parecía seguro de que la gente que pasaba por delante del despacho lo escucharía todo. Pero, a su padre, que lo hiciera le daba exactamente lo mismo. Él había creado y levantado la compañía, y estaba en su derecho a dar voces.

—Volverás, estoy convencido de que regresarás con el rabo entre las piernas cuando no tengas nada. Cuando te hayas dado cuenta de tu estupidez, Adrian. Pero no te preocupes. Sabes que soy paciente. Estaré aquí esperándote cuando me pidas volver a tu puesto en la compañía.

—Yo, de ti, no estaría tan seguro —le aseguró, con un toque irónico.

—Es cuestión de tiempo. Cuestión de tiempo —le repetía su padre, sonriendo de manera cínica, como si se estuviera regodeando al imaginarse la escena—. No lograrás… acostumbrarte a esa nueva vida que pretendes llevar. Tenlo por seguro.

—Y yo espero que eso suceda. Que me acostumbre a una nueva vida.

—Eres un necio. Dejarlo todo así porque sí. ¿Quién te crees que eres? ¿Qué estupidez se ha apoderado de ti?

Adrian sabía que estaba dando pasos arriesgados, que en cuanto abandonara el despacho de su padre, la red que siempre tenía bajo sus pies, protegiéndolo, desaparecería. Que ya nada volvería a ser como antes. Ya no quedaría nada del Adrian que había sido hasta ese momento. Podía sentir la mirada fija de su padre sobre su nuca en todo momento y, al mismo tiempo, hubiera podido asegurar que estaba sonriendo, esperando a que se diera la vuelta y le pidiera disculpas. Que olvidara esa conversación, que todo había sido una pataleta del momento… Pero no iba a hacerlo. No iba a concederle esa victoria. No se trataba de una cuestión de orgullo ni una especie de revancha. No. Nada de eso. Se trataba de que, por primera vez en veintisiete años, iba a tomar las riendas de su vida. Y aunque se sentía extraño, y tal vez algo atemorizado, el simple hecho de hacerlo le provocaba una gran satisfacción.

Lo siguiente sería reunirse con Bettany. Sus padres se habían fijado en ella como su pareja ideal. Para alguien que analizara desde fuera su supuesta unión con ella, se daría cuenta enseguida de que se trataba de una transacción económica entre dos de las familias más pudientes del Reino Unido. Y Adrian tampoco estaba dispuesto a pasar por ahí. No permitiría que nadie dirigiera su destino, y menos sus sentimientos. Cuando Bettany recibió su llamada, se sintió halagada y entusiasmada porque quisiera comer con ella. Aprovecharía para pasar la tarde con él. Lograría engatusarlo para que se quedara con ella. Lo llevaría a su piso y pasarían juntos una más que placentera tarde. Pero escuchar el frío tono de su voz le provocó un repentino pálpito en el pecho que dio paso a una opresión que casi le cortó la respiración. Algo le pasaba a Adrian. Y ella solo esperaba que no tuviera nada que ver con la relación que mantenían.

La contempló caminando hacia él con seguridad y una sonrisa algo forzada. Iba vestida con su traje a la última moda en tonos grises, el pelo rubio lacio le caía sobre los hombros y sus ojos eran tan azules como el cielo despejado de ese día. Bettany se acercó hasta él para rodearlo con el brazo por la cintura y depositarle un beso en los labios. Luego se quedó mirándolo a los ojos, intentando averiguar el verdadero motivo de aquella repentina cita para comer.

—Tengo una mesa reservada —le comentó, guiándola hacia esta.

—Celebro que por fin des señales de vida. Llevas días sin devolverme las llamadas —le recordó, algo molesta, mirándolo a los ojos—. Claro que, si va a significar que me invites a comer, pues no me importa. Estás perdonado —le confesó, posando la mano sobre la de Adrian y contemplándolo.

—Me marcho de Londres.

—¿Cómo… cómo que te marchas de Londres? ¿Te refieres a cerrar algún negocio en otra parte? ¿Abrir alguna nueva tienda? —Las preguntas salieron por su boca de manera atropellada. Los nervios comenzaron a adueñarse de ella mientras Adrian permanecía en silencio, observándola.

—No, no se trata de eso. Lo dejo todo. Me marcho de la compañía, de casa y de Londres.

Bettany se quedó paralizada al escuchar la explicación. Por eso había notado la frialdad en su tono de su voz por teléfono. Se limitó a inspirar hondo esperando una aclaración.

—He decidido empezar de cero en otra parte.

—¿Y qué va a pasar conmigo? ¿Con nosotros? —quiso saber, experimentando un cambio de parecer. Había pasado del estupor más extremo, al conocer la noticia, a la frialdad e ironía más inesperada. Ni siquiera le había pedido que la acompañara.

—Es una cuestión personal. Necesito dar un giro a mi vida.

—Das a entender que en ese giro no hay espacio para mí. Me estás insinuando que ya no me necesitas —le reprochó, entrecerrando los ojos, crispada por lo que estaba escuchando. Había dejado los temores a un lado para sacar a la mujer fría y calculadora que era cuando tocaba defender lo que consideraba como suyo.

—Lo nuestro no tiene sentido. No va…

—No lo tiene porque tú no quieres que lo tenga, Adrian. Admite que nunca has tenido la más mínima intención de comprometerte. —El tono de ella estaba cargado de desilusión y de impotencia.

—Nunca he pretendido darte esa visión. No puedo comprometerme con alguien cuando gran parte de mi tiempo lo paso lejos de aquí. Lejos de esa persona.

—Una disculpa barata, Adrian. Te recuerdo que he viajado contigo por medio mundo para cerrar negocios. Te quedaría mejor decirme a la cara que no sientes nada por mí. Aunque debo reconocer que, para no hacerlo, bien que me metiste en tu cama —le espetó, furiosa.

—Eso es algo que ambos aceptamos, Bettany. Yo no tengo la culpa de que pensaras que podría llegar a haber algo más.

Bettany sacudió la cabeza, entrecerrando los ojos, sin poder creer lo que estaba sucediendo.

—¿A dónde piensas irte? ¡Qué importa! —exclamó, dándose cuenta de que la pregunta carecía de importancia—. Eres como todos los tíos, Adrian —le dijo, levantándose de la silla dispuesta a marcharse; estar allí con él no tenía ningún sentido ya para ella.

—Espera. Hablemos. No tenemos por qué terminar así.

—Es como tú quieres. Como mejor se te da. No puedo desearte que las cosas te marchen bien porque no lo siento, Adrian. Ni quiero perder más tiempo contigo. Soy yo la que te dice que esto no tiene ningún sentido —le espetó antes de emprender el camino hacia la salida del restaurante sin mirar atrás.

Adrian pareció respirar aliviado cuando Bettany se marchó. La verdad es que tampoco entendía que no hubiera peleado por su relación. ¿En serio estaba interesada en él, o solo lo utilizaba en su propio beneficio? No quería parar a pensarlo. Mejor sería dejarlo estar. Por hoy, creía que tenía bastante pero todavía le quedaba hablar con su madre. Y sabía que no iba a tomárselo muy bien.

Adrian abrió la puerta de casa de sus padres para encontrarse de frente con su hermana Claire, una mujer inteligente, atrevida y directa en sus comentarios. Dirigía el Departamento de Marketing y Publicidad por la visión que había tenido siempre para las campañas publicitarias. Él estaba convencido de que acabaría llevando las riendas de la compañía. Y más si él se marchaba de MacTavish Fashion.

—Acabo de hablar con nuestro padre y me ha asegurado que dejas la compañía.

—Así es. Te hacía en tu despacho. ¿Qué haces aquí?

—He venido a comer y me he encontrado con el notición —le rebatió, con ese tono tan suyo que le hacía ganarse enemigos, pero, también, valiosos aliados—. Dime, ¿estás seguro de lo que estás haciendo?

—Nunca lo he estado tanto como ahora. Y no se trata de una decisión repentina, sino más bien meditada durante meses.

Claire sonrió con ironía por el comportamiento de su hermano. ¡¿Qué coño le pasaba?! Lo sujetó por el brazo, obligándolo a enfrentarse a su mirada.

—¿Qué ha sucedido para que, de repente, decidas abandonar la compañía? —le preguntó su madre, que había aparecido en el salón al escuchar su voz y lo miraba con un gesto de expectación y alarma.

—Es lo que trato de averiguar —le comentó Claire mirándola—. Estás a un paso de hacerte cargo del puesto de papá, y tú… vas y te largas. ¿Así? ¿Sin más? —resumió, chasqueando los dedos en el aire—. Creía que era lo que más deseabas.

—Tu padre nos llamó para contarnos la charla que ha tenido contigo —le dijo su madre, con el rictus contraído por la turbación que suponía esa noticia. Su decisión llenaría las portadas de los periódicos más prestigiosos y abriría los noticiarios en cuanto se hiciera pública: el heredero del imperio de la moda británica abandonaba el barco.

—Pasé a presentarle mi dimisión —les anunció con el rostro serio y tono solemne.

—Pero ¿por qué? ¿Qué ha sucedido para que tomes una decisión así? ¿No te estarás precipitando, Adrian?

—No, mamá. Esta vez no es una de mis locuras pasajeras. Esta vez va en serio. Abandono mi despacho y mi puesto en la compañía —anunció con seguridad y solemnidad.

—¿También te marchas de Londres?

La pregunta de su hermana las dejó sin capacidad de reacción, ya que no esperaban que, además de dejar MacTavish, fuera a abandonar Londres. Pensaban que tal vez quisiera cambiar de compañía. Pero alejarse de la ciudad también significaba hacerlo de la familia.

—¿Por qué? No comprendo que… —intervino su madre, tratando de encontr

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