CAPÍTULO UNO
Noelle decidió darse por vencida. Había procurado llevar la cuenta de los días, pero, sumidos en ese silencio inerte y esa profunda oscuridad, no había quién los distinguiera de la noche. ¿Cómo iba a saber que era tan difícil calcular el paso de una hora envuelta en ese terror quedo y tenebroso?
Ahora entendía que había lugares en los que el tiempo no existía. El amanecer y el atardecer, el ruido del tráfico, el lejano repicar de una campana… Esas señales cotidianas nos ayudan a medir el tiempo a través de los sentidos. No necesitamos reloj. Pero nada de eso servía en esa jaula. En cuanto consiguió orientarse decidió cambiar de estrategia: sería mejor mantener la calma, no dejarse llevar por la imaginación. Tenía que evitar a toda costa sentirse encerrada en una caja hermética en las profundidades del océano. Lo único que conseguía con ello era que la inundara el pánico y en lugar de respirar jadeara a intervalos irregulares como si de verdad le faltara el oxígeno.
Solo el hambre y la sed la alertaban del paso de las horas, a pesar de que la comida y la bebida le llegaban sin ningún orden. Aparecían a través de una puertecita de guillotina que había en una de las paredes de la habitación en la que se encontraba su jaula. Oía cómo se abría y vislumbraba el tenue rayo de luz que se filtraba, obligándola a volver la cabeza. Tenía los ojos tan acostumbrados a la oscuridad que incluso esa luz mortecina la cegaba. Como un murciélago en una cueva subterránea reaccionando ante un ángulo de luz solar que penetra por una grieta. Incluso de espaldas percibía el olor de la levadura que se desprendía del pan y que le impelía a gatear hasta allí y estirarse para alcanzar con la punta de los dedos, prácticamente a ciegas, un panecillo o unas galletas saladas y un vaso de agua. La primera vez, al no saber con qué iba a encontrarse, volcó el vaso y derramó su contenido. Pasó tanta sed que se le hinchó la lengua y se le agrietaron los labios. Ahora era más cuidadosa. La puerta se cerraba antes de que pudiera abrir los ojos por completo, dejándola tan solo con una imagen desdibujada del contorno de la abertura.
A veces la comida y la bebida aparecían cuando estaba tan muerta de hambre y tan deshidratada que se acercaba a ellas temblorosa; otras veces, cuando todavía se sentía prácticamente saciada. Seguro que lo hacían a propósito para confundirla, para atormentarla… Los primeros días aprovechaba esos momentos para gritar y suplicar a quienquiera que estuviera ahí fuera, pero jamás le habían contestado. También creía oír pisadas en el piso de arriba. Eso era todo. No había nada más.
Calculó que la jaula mediría alrededor de un metro ochenta por uno veinte y había un váter en una de las esquinas. Lo descubrió tras armarse de valor y palpar el entorno después de despertarse allí, desorientada, muerta de miedo, sola. Recorrió el contorno del urinario con las manos y llegó a la conclusión de que era de acero, como el váter de una cárcel. Le parecía adecuado. ¿No estaba allí prisionera? Aunque no supiera de quién ni fuera capaz de imaginárselo… La cisterna funcionaba como la de los aviones: un estruendo absorbente seguido del leve chasquido de una solapa que se cierra. Por lo menos le confería cierta dignidad a la situación, aunque no evitaría que se muriera de sed.
Cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido, de que la habían secuestrado, Noelle se echó a llorar meciéndose acompasadamente mientras se imaginaba lo aterrado que debía de estar su padre. Seguro que había acudido a la policía y no cejaría en su empeño hasta encontrarla. Últimamente solo se veían de pasada y a veces ni eso, pero sabía que la había llamado y se habría preocupado al ver que no le devolvía la llamada. Su padre trabajaba de noche y, como eran las vacaciones de primavera y no había clase, ella estaba trabajando de camarera durante el día. Hablaban por teléfono, eso sí, al menos un día de cada dos. Y se intercambiaban mensajes de texto: «Te quiero», «Hay sobras en la nevera», «No te olvides de sacar la basura»… Y ya había pasado al menos una semana. ¿No? Podía estar equivocada. Igual solo habían pasado unos días… A lo mejor ni siquiera habían llamado del trabajo para preguntar por qué había faltado. Decidió que era mejor dejar de pensar en su padre porque solo conseguía sentirse más asustada. Quería hablar con él desesperadamente, como cuando era pequeña y tenía una pesadilla y gritaba para que viniera a rescatarla. Su padre siempre había acudido a la llamada. La cogía en brazos y le decía: «Tranquila. Ya estoy aquí. Estás a salvo».
Esa profunda añoranza por su padre casi le hacía hiperventilar. ¿Cuánto le quedaría para perder la cabeza? Una parte de ella anhelaba el indulto que le proporcionaría una mente enferma que ya no puede pensar ni sentir pánico. También fantaseaba con lo que le esperaba oculto en la oscuridad que la rodeaba. Pero su lado más luchador se negaba a despojarse de lo poco que aún le quedaba: sus ganas de vivir.

Noelle se apartó del repentino fogonazo de luz, cerró los ojos con fuerza y soltó un quejido. Enderezó la espalda y colocó una mano delante de la cara a modo de escudo mientras retrocedía todo lo que la jaula daba de sí hasta chocar contra los barrotes. Con los ojos entreabiertos, percibió unas siluetas con forma extraterrestre que se movían a su alrededor. Se oyó un gruñido seguido de un ruido metálico. Había alguien con ella en la habitación. O tal vez eran dos.
—¿Hola? —Tenía el corazón acelerado. Intentó abrir los ojos por completo, quejándose con un carraspeo áspero. Llevaba tanto tiempo sumida en esa oscuridad tan absoluta que los ojos se negaban a cooperar. No estaban preparados—. Por favor, ¿hay alguien ahí? ¡Sacadme de aquí! Os lo suplico. —Envalentonada por la esperanza, consiguió ponerse de rodillas y avanzar hasta el frontal de la jaula. De nuevo esos ruidos metálicos, el sonido de una especie de trampilla al cerrarse y, tras esto, los pasos de quienquiera que estuviese en la habitación dirigiéndose a lo que parecía una puerta abierta en la pared de la derecha—. Por favor, ¡no te vayas! —gritó—. ¡Sácame de aquí! Te lo ruego.
La puerta se cerró envolviendo de total oscuridad la habitación. Ni siquiera se filtraba un jirón de luz. Oyó el leve sonido de pisadas que se alejaban. Noelle se dejó caer y empezó a llorar desconsoladamente, desesperada.
Habían entrado dos personas a la habitación y ambas habían ignorado sus súplicas. Le temblaban los hombros por el llanto, lágrimas derramadas que no se podía permitir, con lo deshidratada que estaba. ¿Cuándo le llegaría el próximo vaso de agua? ¿Y si no le traían más?
«Tal vez fuera mejor así».
«Basta, Noelle. Tienes que ser fuerte. ¿O es que no lo eres?».
Siempre se había considerado una persona fuerte. Al menos pensaba que podía llegar a serlo. Pero ¿cómo se prepara nadie para que la secuestren y la encierren entre tinieblas sin motivo aparente? Y lo que más la aturdía: ¿por qué? ¿Por qué se la habían llevado precisamente a ella?
Un gruñido a su derecha la sobresaltó, y dejó escapar un chillido. Se quedó quieta, alerta a cualquier ruido. Otro gruñido, algo moviéndose… Un escalofrío le recorrió la espalda. «Dios mío». Había algo en la habitación. Le vinieron a la cabeza imágenes de lo más fantasiosas: un ser recubierto de escamas, como un lagarto, con unos dientes aserrados que podrían despedazarla. Permaneció inmóvil, agradecida de repente por los barrotes que la rodeaban y protegían, esos barrotes que había recorrido, centímetro a centímetro, con la yema de los dedos.
—Ayuda…
Se oyó apenas un susurro, como si hubieran suspirado en lugar de hablar. Noelle no se movió. Cada célula de su cuerpo, cada microscópico vello de la piel, estaba centrado en la dirección de donde provenía la voz, a su derecha. Se oyó un deslizamiento, otro gruñido y lo que parecía el golpeteo de un cuerpo contra el metal.
—Ayuda.
Ahora sí que sonó como una palabra, pronunciada con más convicción, con claridad, con voz de hombre. Podía descartar al extraterrestre.
«Al menos de momento».
Noelle seguía quieta.
El hombre volvió a moverse y se oyó otro gruñido. Parecía que trataba de incorporarse.
—¿Hay alguien ahí? Ayuda…
Noelle relajó una milésima los hombros, soltó el barrote al que se aferraba con firmeza y enderezó la espalda.
—Sí, estoy aquí —susurró.
Se produjo un breve silencio y tras él…
—¿Quién eres? ¿Dónde estamos? —La voz sonaba dolorida, pero también se percibía pánico. Miedo.
—Me llamo Noelle. No sé dónde estamos. No sé qué día es hoy. Lo último que recuerdo es salir del trabajo. Creo… Creo que me cubrieron la boca con un pañuelo. —Recordó el sabor intenso a medicamento, creyó recordar que peleó por zafarse de su secuestrador, que alguien se la llevó en brazos… Nada más—. Me desperté aquí. Estaba todo oscuro.
El hombre permaneció callado, aunque suspiró con fuerza.
—¿Quién eres? —le preguntó ella.
—Evan. Me llamo Evan. Creo que a mí me pasó algo parecido. —Soltó un suspiro que remató con un leve gruñido—. Me atacaron por la espalda a la salida del gimnasio. Me han mantenido a oscuras en otro lugar. No estoy seguro de qué día es hoy.
La cabeza le daba vueltas. No sabía lo que estaba sucediendo, o por qué, y el terror seguía anidando en su pecho. Y, a pesar de todo eso, casi lloró de alivio al verse acompañada por otro ser humano, al saber que ya no estaba sola.
—¿Estás herido? —le preguntó cuando lo oyó revolverse y soltar otro quejido.
—Un poco. Luché con el que vino a buscarme. Tenía ventaja, claro. Creo que llevaba gafas de visión nocturna.
Apenas podía distinguir su silueta en aquella oscuridad, pero se giró en su dirección, rodeó los barrotes con ambas manos y apoyó la cara sobre ellas mientras hablaban. «Gafas de visión nocturna…», pensó.
—¿Qué coño está pasando? ¿Quién ha hecho esto? ¿Quién nos ha traído aquí? ¿Y por qué?
—No lo sé. No tengo la menor idea.
—Alguna razón habrá. ¿Por qué lo hacen?
Tras un breve silencio, el chico añadió:
—Mi familia es rica. Igual quieren pedir un rescate.
Noelle se chupó los labios resecos, insistiendo con la lengua en una de las grietas.
—Mi padre no lo es.
Era electricista. Tras varios años de penurias, parecía que no le iba mal últimamente. Incluso durante esa mala época nunca les faltó comida o cobijo; claro que no podían permitirse comprar ropa de marca. Ni de lejos, vaya. Pero quedaba descartado que tuviera una gran suma de dinero escondido con la que pagar su rescate. Ni siquiera una pequeña cantidad, ni acciones ni bonos del Estado. Tampoco tenían joyas. Las habían vendido todas, incluso aquellas con valor sentimental. Si dinero era lo que sus secuestradores, quienes fueran, esperaban conseguir, iban a llevarse una buena decepción. Reflexionó sobre lo que había dicho Evan…
—Incluso si me seleccionaron al azar, ya se habrán dado cuenta de que no tengo dinero —añadió Noelle.
Llevaba un bolso cuando la secuestraron. Seguro que encontraron el carnet y, con una simple búsqueda, habrían descubierto que su familia no era rica. Además, la habían secuestrado a la salida de su trabajo de camarera. ¿No quedaba ya claro que no le sobraba el dinero?
—Has mencionado a tu padre. ¿Y tu madre?
Noelle suspiró.
—Mi madre murió cuando tenía doce años. Era ama de casa. Mis padres nunca contrataron un seguro de vida.
Lo cierto era que, tras la muerte de su madre, lo habían pasado mal durante varios años para pagar los gastos de abogacía. Su padre había intentado que se hiciera justicia con la muerte de su esposa, pero fracasó y al final acabó siendo decretada un accidente. El juicio había dilapidado sus ahorros y el negocio se había resentido. Todavía era su padre y lo quería, pero, en muchos aspectos, se había convertido en una sombra de lo que fue.
—Lo siento —murmuró.
No le respondió. No había nada que lamentar y el desgarro que le provocó en su día la muerte de su madre se había suavizado con el tiempo. Todavía sentía una punzada de dolor cuando menos se lo esperaba, pero casi más por su padre que por ella. Ahora no la sentía. Ahora tenía otros problemas más serios que la pena que pudiera notar por la muerte de uno de sus progenitores. A quien quería ahora era a su padre, que seguía vivo, que podía salvarla, que no dudaría en hacerlo si tuviera una mínima oportunidad.
Volvió a pensar en el hombre que la acompañaba. Había dicho que su familia tenía dinero.
—Si te hubieran secuestrado para pedir un rescate, ¿no lo sabrías ya? ¿No te habrían hecho mandar una prueba de vida o algo por el estilo? —preguntó.
—Buf, qué sé yo. No me han contado una puta mierda.
Al oírle hablar más rato y con mayor claridad, Noelle se dio cuenta de que era joven. Tal vez fuera de su edad.
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho. ¿Y tú?
—Igual.
Sintió un extraño estremecimiento a la altura del pecho. Notó que Evan se movía, que se acercaba a ella. Su voz, ahora más cercana, lo confirmó. Se hizo un silencio tan denso que casi podía palparlo.
—¿Vas al instituto Northland? —le preguntó.
—Sí.
Cogió aire, sorprendida. «No puede ser. Esto no puede estar pasando…».
—¿Te llamas Noelle Meyer?
Tragó saliva.
—Así es. —Las palabras sonaban tan pastosas como su lengua reseca. De repente supo exactamente quién era él—. Evan Sinclair —susurró—. Eres el hijo de Leonard Sinclair. El hombre que mató a mi madre.
CAPÍTULO DOS
El coleccionista acercó la cara a la pantalla hasta quedar a centímetros de la misma. «Han descubierto que se conocen de antes». El padre de él mató a la madre de ella. Han hablado de ello, por supuesto, por lo que todos los jugadores se habrán enterado. Sin duda esto enriquecía la presente situación. ¿No era así? La imagen parpadeó de forma casi imperceptible. El filtro que utilizaban le confería un brillo como de otro mundo. La imagen de la habitación era bastante nítida para tratarse de una retransmisión por cámara de infrarrojos.
El hombre (o el chaval, para ser más precisos, pues no dejaba de ser un adolescente) estaba sentado con la espalda apoyada en los barrotes de su jaula. La chica se encontraba de rodillas agarrada a los barrotes. El sonido era de calidad. El coleccionista percibía cada susurro, cada respiración, cada lamento.
«Hay que ver lo que disfrutáis de un buen espectáculo, hijos de puta».
El chico tenía un ojo hinchado y lo que parecía sangre coagulada en el labio. No paraba de tocarse la mejilla y retorcerse del dolor que le producía cada vez, y aun así seguía insistiendo con la esperanza de que el resultado fuera diferente. Pese a las heridas de la cara, era más que evidente que se trataba de un chico bien parecido: alto, musculado, con la mandíbula recta y facciones regulares; un niño bonito cien por cien americano, de buena cuna. Esta idea le hizo reír, pero era una sonrisa mordaz.
No debe de estar pasándolo nada bien el chaval cediendo el control. La vida solía tratar bien a la gente como él. ¿Cuántas veces lo habrán disculpado por su comportamiento? ¿Cuántas disculpas que no merecía, que no se había ganado? Muchas, supuso el coleccionista. Tal vez demasiadas. Esto solía perjudicarlos cuando los golpeaba la tragedia. Y no cabía la menor duda de que a este niño bonito, el que estaba sentado en esa jaula como un perro, la tragedia lo había alcanzado de lleno.
Igual debería odiarlo por su buena cuna. Sin embargo, en lugar de sentir desprecio, parecía empatizar con él. Hasta cierto punto, claro.
El chico miró a la derecha, donde la chica se había ovillado, sus largas piernas levantadas con las rodillas dobladas y la cadera recostada en los barrotes. Tenía la mejilla apoyada en lo que sin duda era frío acero. Era esbelta y de huesos finos. El pelo oscuro y liso; guapa para ser una chica del montón. Si pensamos en esas horribles películas de sobremesa, ella sería la chica a la que sus amigas hacen un cambio de imagen porque ven el potencial que hay bajo la superficie. Pero eso solo ocurría en las películas. En la vida real las adolescentes sentían demasiados celos. ¿Cómo iban a crear un cisne a propósito, cuando tener a un patito feo al lado te convertía en la guapa?
Mujeres. Qué criaturas tan triviales podían llegar a ser cuando se dejaban llevar por sus emociones.
También podía ser ese su punto fuerte, claro, aunque la mayoría de las veces eran esclavas de sus emociones y no al revés. No las controlaban. Una pena.
Puso freno a sus pensamientos. No quería hacer suposiciones y perderse algo que pudiera contradecir sus opiniones. «Mira. Escucha. Aprende». Eso es lo que mejor se le daba.
Un destello de luz iluminó la habitación. El chico y la chica mostraron sorpresa y miedo, y retrocedieron a un rincón de sus respectivas celdas, lejos de la bombilla. La chica se cubrió los ojos con el brazo esbozando una mueca de dolor. La luz debía de torturarla después de tanto tiempo a oscuras. El chico puso una mueca parecida y se defendía con el brazo estirado delante de la cara como si esperara un ataque. No podría hacer mucho si lo atacaban, pero quería verlo venir. Tenía el ojo derecho cerrado de la hinchazón y pestañeaba repetidamente con el izquierdo intentando desesperadamente ver algo.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella casi sin aliento, temerosa.
—No lo sé —contestó mientras movía el brazo de un lado a otro tratando de protegerse de alguna amenaza que solo existía en su imaginación. No había nada delante de él; solamente luz.
El coleccionista los observaba y esperaba, igual que ellos, para ver qué ocurría a continuación. Miró de reojo el móvil que había en el escritorio. Podía llamar a las autoridades, claro, pero no le parecía que fuera esa su mejor opción. Todavía no.
Había llegado hasta este rol de voyeur gracias a una buena estrategia de coordinación y algo de suerte. Cuando por fin se dio cuenta de lo que tenía ante sí, no creyó que pudiera interesarle. Se limitaría a jugar sin llegar a involucrarse. Se había imaginado otra forma de ganar. Sin embargo, no podía dejar de mirar la pantalla. La gente creía que veía telerrealidad, pero lo que observaban se parecía muy poco a la vida real: tenía un guion y se editaba para conducir a los espectadores a una conclusión predeterminada. Esto, sin embargo, resultaba fascinante. Entendía la atracción que ejercía.
Que Dios lo ayudara, porque lo entendía.
CAPÍTULO TRES
Evan se estremeció de dolor al intentar fijar la vista. No pudo evitar los pinchazos que la luz repentina le provocaba en los ojos. Agitaba el brazo de un lado a otro, cegado. Quería estar preparado por si lo atacaban antes de que pudiera abrir los párpados, o el párpado más bien. No como la primera vez, cuando lo despertaron con brusquedad y lo sacaron a rastras de esa primera jaula en la que estuvo encerrado durante lo que tal vez fueron semanas. Lo pillaron desprevenido. Esta vez no sucedería lo mismo; estaba despierto. Tenía el ojo entrecerrado y solo conseguía mantenerlo abierto durante un microsegundo, tiempo que aprovechaba para fijar una instantánea de la habitación en su cerebro: su mano extendida ante sí, los barrotes de acero, lo que parecía una encimera borrosa junto a una de las paredes de la habitación…
Notó que Noelle suspiraba y se movía, y se volvió en su dirección. Contempló su imagen borrosa avanzar a gatas hasta la parte frontal de la jaula, donde se encontraba la puerta. Estaba situada a unos metros de la suya. El suelo que los separaba era de hormigón.
—¿Ves algo? —le preguntó.
Ella había conseguido abrir los ojos antes que él, probablemente porque disponía de los dos.
—Parece que hay una mesa o podría ser una encimera —contestó.
Evan bajó el brazo.
La imagen se había vuelto más nítida y pudo comprobar que no había nadie en su jaula. Avanzó hacia la parte delantera del encierro, donde se dibujaba una puerta. Inclinó la cabeza y descubrió un teclado numérico en la parte superior que hacía las veces de cerrojo. Le echaría otro vistazo en un segundo.
Se sintió esperanzado. Era una esperanza superflua pero alentadora. Si pudiera ver, tendría muchas opciones de escapar.
Se aferró a los barrotes y se volvió hacia Noelle. No cabía duda de que era ella. Pero ¿por qué? ¿Cómo habían acabado los dos aquí juntos? Estaba claro que se trataba de un plan orquestado. Los habían elegido a propósito, seguro.
«Eres el hijo de Leonard Sinclair. El hombre que mató a mi madre».
«¡Qué cojones! ¿A quién coño se le puede ocurrir algo así?».
Ella le devolvió la mirada. Mantenía los ojos entreabiertos y lucía muy pálida. Llevaba unas mallas negras y una sudadera rosa palo dos tallas grande. Iba descalza, igual que él. Se le aceleró el pulso. Sintió su pálpito a la altura del cuello. La primera vez que hablaron se hallaban en una oscuridad tan profunda que, pese a haberle confirmado que era ella, llegó a pensar que podría tratarse de una ensoñación. Tantos días y noches sin luz… ¿Y si había perdido la cabeza y ella era solo producto de una mente enferma? Le parecía apropiado que fuera precisamente ella quien se le apareciera para torturarlo hasta enloquecer por completo.
Noelle estiraba el cuello para inspeccionar lo que tenía delante mientras él la observaba. Imitándola, centró la vista en la encimera que había junto a la pared. Estaría a unos dos metros de distancia, demasiado lejos. Se veían unos cuantos objetos desperdigados por encima. No alcanzaba a distinguir los que se hallaban en la parte trasera, pero reconoció lo que había delante.
—Hay un picador de hielo —dijo Noelle casi sin aliento.
Había conseguido abrir un poco más los ojos. Le lanzó una rápida mirada y volvió a girarse hacia la encimera. Él estiró el cuello y guiñó el ojo repetidas veces para enfocar mejor y ver la habitación. Efectivamente había un picador de hielo entre los objetos que estaban más alejados. O por lo menos lo parecía. Eso podía ser un arma…
Se giró sobre sí mismo buscando con desesperación algo en la jaula con lo que alcanzar el picador, pero no había nada, a excepción del váter metálico del rincón. Abrió los brazos en cruz, asió los barrotes a ambos lados de la jaula y echó su cuerpo con fuerza hacia delante, tratando de mover toda la estructura con el peso de su cuerpo. La jaula vibró provocando que le castañetearan los dientes, pero no consiguió desplazarla ni un milímetro. ¿Estaría atornillada al suelo? Rugió de la frustración. Volvió a la parte delantera de su celda y le echó otro vistazo a la encimera.
—Uno de los objetos del fondo tiene cable, creo —murmuró Noelle con la cabeza pegada a la parte superior de la jaula para poder inspeccionar a fondo la mesa elevada—. No estoy segura. —Se volvió a mirarlo.
Seguro que ella veía mejor. Al fin y al cabo él solo tenía un ojo servible. Fijó la mirada en el arma, que observaba con nitidez. Tras esto, rugió claramente enfadado, se sentó y se inclinó hacia los barrotes. Levantó las rodillas y puso las plantas de los pies en el suelo, pasándose los dedos entre el sucio y grasoso pelo.
—¡Mierda! —gritó—. ¿De qué coño nos sirve un puto picador de hielo que ni siquiera está a nuestro alcance? En una jaula, encerrados como animales, ¡ni una ametralladora nos serviría de nada!
—Si pudiéramos alcanzar el picador, tal vez podríamos usarlo para forzar la cerradura —dijo ella al tiempo que miraba el teclado numérico encajado en la parte superior de la jaula. Era idéntico al que había en su celda.
—¿Forzarla? —preguntó—. ¿Acaso sabes forzar una cerradura electrónica? Por no hablar de que tendríamos que alcanzar el picador. Joder, aun si pudieras conseguirlo, ¿cómo coño ibas a meter la mano entre los barrotes para alcanzar la cerradura? —dijo mientras señalaba con la cabeza los barrotes de la puerta, que eran muy finos, estaban más juntos que el resto y formaban un enrejado.
—¿Se te ocurre algo mejor? —le espetó.
—Las luces no se han encendido solas —dijo ignorando el tono de burla—. A lo mejor a esa persona le da por hacernos una visita.
Se le escapó una carcajada.
—¿Ese es tu plan? ¿Utilizar tus encantos para salir de aquí? ¿Por qué no le ofreces unos lingotes de oro? Igual todavía no sabe quién es tu padre.
En un abrir y cerrar de ojos todo había quedado reducido a eso. No podía ser de otra manera. Y eso que la situación en la que se encontraban, atrapados y traumatizados, tenía poco de predecible.
Se sentía cada vez más enfurecido. No daba crédito a lo que acababa de oír y el pánico empezó a apoderarse de todo, se alejó de la razón y la calma a la que debería aferrarse si quería escapar de allí.
Volvió a agarrar los barrotes y los zarandeó con violencia, rugiendo como un salvaje. Durante unos instantes, se dejó llevar por la ira, luchó, a sabiendas de que no iba a funcionar: nada se podía hacer en esa situación, encerrado tras esos barrotes. Formaban parte de un plan funesto cuyo significado todavía no había desentrañado. Evan gritó, bramó y golpeó los barrotes de su jaula hasta que los músculos se le entumecieron y empezó a dolerle la garganta. No había servido de nada. No acudió nadie. Sin fuerzas, se apoyó en los barrotes, hundió la cabeza y se agarró el pelo con las manos.
—¿Todavía no lo habías intentado? —preguntó Noelle con una calma mansa que contrastaba con su estado salvaje.
Evan consiguió controlar la respiración. El sudor le resbalaba por las mejillas. Pues claro que lo había intentado ya. Era lo primero que había hecho cuando lo dejaron a oscuras. Incluso había luchado con el hombre que lo había ido a buscar a su jaula para traerlo hasta aquí. Había peleado con fiereza. Por supuesto el hombre había esquivado con facilidad cada uno de sus golpes mientras los suyos fueron certeros. Lo dejó inconsciente y lo trasladó a esta habitación.
—Igual todo es cosa de tu padre —dijo al rato—. ¿Qué otro motivo puede haber para esto que una retorcida sed de venganza?
—¡Serás hijo de puta! —le espetó—. ¿Cómo te atreves? —Seguía con la mirada en el suelo. No quería verle la cara—. Mi padre no es el asesino.
Le arrojó esta afirmación a la cara como si se tratara de una lanza y él sintió que se le clavaba en la carne.
—No la asesinó. Fue un accidente.
—¿Ah, sí? ¿También fue un accidente arruinar la reputación de mi madre? ¿Y destruirnos a mi padre y a mí?
Al fin levantó la cabeza y la miró a los ojos. A pesar de que se notaba que le afectaba la conversación, su actitud era desafiante. Verla así, enjaulada y con ese fuego en la mirada, lo dejó descolocado. Por un instante, se alegró de haberla hecho reaccionar, no importaba el motivo. Lo que importaba era que no había podido contener la pasión, aunque solo durara unos segundos. Noelle se tranquilizó y se apoyó en los barrotes. Se sentaron uno frente al otro en silencio. La primera vez que la vio le había parecido una chica dócil por su forma de andar, cabizbaja, con los brazos llenos de libros. Y resultaba que había pasión… Eso jugaba a su favor.
—¿Por qué no me lo has preguntado antes? Nunca me has preguntado nada, ni siquiera me has dirigido la palabra, y eso que nos cruzamos a diario —dijo.
Tal vez tenía que haber sido él quien rompiera el hielo. Pero ¿qué le iba a decir? Además, estaba claro que lo evitaba a propósito. La había estado observando sin que ella se diera cuenta. Sentía curiosidad. ¿Era esa la palabra que buscaba? Sus pandillas eran diferentes. Tampoco es que ella tuviera muchos amigos, al menos nada comparable a lo suyo. Por lo que había podido observar, solo tenía una amiga, una pelirroja más bien tímida. Las dos provenían de la escuela pública y les habían concedido una beca por su rendimiento académico para estudiar en un instituto privado. Había cuatro alumnos becados en Northland y se los trataba como los intrusos marginados que eran.
—¿Hablar contigo? —le preguntó como si le estuviera pidiendo comer basura—. ¿Para qué? Ya sé las respuestas. Siempre lo tuve claro. Solo he hecho referencia a ello porque estamos en una situación pelín traumática, como es natural. —Extendió los brazos y señaló los barrotes de su jaula como si fuera necesario justificar su estado mental.
—A ver, dime. ¿Cuáles son esas respuestas según tú?
Suspiró con fuerza.
—Tal vez deberías plantearte las preguntas, Evan. ¿Qué necesidad tenía tu padre de arruinarnos la vida? ¿No podía responsabilizarse de sus actos? —Se encogió de hombros—: Privilegios, arrogación de derechos, oportunidad.
—Hubo allanamiento de morada, Noelle. Tu madre acosaba a mi padre.
Ahí estaba otra vez ese fuego en sus ojos. Miró a la pared mientras se mordía el interior de la mejilla.
—Ella nunca habría hecho algo así. No había prueba alguna de que lo estuviera acosando —soltó—. Yo siempre pensé que él la invitó a su casa y luego mintió para encubrir el crimen.
—El jurado no lo creyó así.
Se lo quedó mirando fijamente unos instantes. Estaba claro que había algo revolviéndose en su interior. Fuera lo que fuese, se mordió la lengua. Claramente decidió que no importaba o que no era el momento adecuado.
—Escucha atentamente —dijo Noelle—: si tenemos alguna oportunidad de salir de aquí con vida, eso pasa por trabajar en equipo. Todo lo demás sobra.
Evan asintió con la cabeza, consciente de que probablemente también era lo más cómodo para él. Ella tenía una clara animadversión hacia su familia, mientras que él simplemente sentía curiosidad. Para ser sinceros, el incidente que había diezmado su existencia para él no había sido más que un problema pasajero, un desafortunado accidente del que se tuvo que encargar su padre. Ni siquiera estaba en casa el verano que ocurrió. Estaba con su madre en los Hamptons. Además, por lo que a él respectaba, antes de… la tragedia, tanto su padre como su madre habían tenido algún desliz. Tal vez Noelle tuviera razón cuando hablaba de privilegios. Él había seguido con su vida como si nada y ella no. «Claro que su madre había muerto…».
—Tienes razón. Tenemos que trabajar en equipo.
Por desgracia, justo en ese momento, no había nada que pudieran hacer: las herramientas estaban fuera de su alcance y tampoco había nadie a quien suplicar. Por el momento, tendrían que esperar. ¿A qué exactamente? No tenía ni idea.
CAPÍTULO CUATRO
Noelle corría por un sendero y giró sin salirse del camino. Alguien le pisaba los talones, implacable. Estaba rodeada de vegetación, con setos recortados en formas monstruosas que le confería más el aspecto de un jardín que de un bosque. Tenía la extraña sensación de que la vigilaban, de que alguien le estaba indicando a su perseguidor por dónde había ido. No podría escapar de allí jamás. Así no, con mil pares de ojos vigilándola por todas partes. De repente notó un desgarro caliente en el pecho y un dolor punzante la atravesó de parte a parte. Sintió que caía, caía…
—¡Noelle!
Se incorporó de un salto a punto de gritar, y miró a su alrededor con cara de espanto mientras trataba de ubicarse. Estaba rodeada de barrotes. Se volvió a tumbar apoyando la cabeza en el suelo de cemento. «Mierda. Esto es real. Sigo aquí».
El terror que la invadía al despertarse nunca se aplacaría. Era imposible. Le entraron ganas de llorar. Por un momento se le pasó por la cabeza desear la muerte. Lo había pensado varias veces desde que se despertara a oscuras por primera vez. Por ahora no se había dejado llevar…
—Nos han traído comida —dijo Evan a su lado.
Noelle se incorporó de nuevo retirándose el pelo de la cara. Había soñado con su madre. Con la noche que murió. Solo que en el sueño ella era su madre y era ella quien sentía la bala desgarrarle el cuerpo. Se puso de rodillas y observó la bandeja colocada en el pequeño compartimento que se abría en la pared detrás de su jaula. La había despertado el ruido de la puerta al abrirse. Confirmó de un vistazo que Evan también tenía un compartimento al alcance de la mano.
Avanzó de rodillas en dirección a la bandeja. Era la primera vez que podía distinguir la comida. A diferencia de las otras ocasiones, esta vez la mal llamada comida venía en una bandeja de plástico amarillo como las que se usan para los niños pequeños. Alargó el brazo y se la acercó arrastrándola con la yema de los dedos cuidadosamente. Pudo comprobar con el tacto lo que ya habían contemplado sus ojos: las esquinas eran romas y no había nada que pudiera afilarse para convertirla en un arma, ni aun rompiéndola en pedazos.
Contenía una rebanada de pan, un vasito de papel lleno de agua hasta la mitad que reposaba en una de las esquinas y, en la parte de la bandeja en la que se dibujaba un cuenco, habían incluido unos trozos de melocotón. Abrió los ojos de par en par. Introdujo la otra mano entre los barrotes, metió un dedo en el almíbar amarillento del melocotón y se lo chupó, gimiendo de placer. Cogió uno de los cuatro trozos dulces y maduros de fruta y se lo llevó a la boca. El dulzor se le extendió por la lengua y se concedió un minuto para saborearlo. Era lo primero que le habían dado para comer en lo que parecían años que sabía a algo. Cogió otro trozo sin perder de vista la servilleta de tela blanca que había a un lado de la bandeja. Cuando la miró de reojo le pareció que estaba sin doblar, como si hubieran hecho una bola con ella, pero un examen más minucioso la llevó a pensar que tal vez la habían utilizado para envolver algo.
—¿Qué te han traído?
Se giró hacia Evan, que tenía en la mano su rebanada de pan. Se la llevó a la boca y prácticamente se la comió de un bocado.
—Unos trozos de melocotón —murmuró.
Él dejó de masticar.
—A mí no me han traído melocotón.
—Creo que hay algo debajo de la servilleta.
—¿También te han puesto servilleta?
Se acercó de rodillas a la altura de Noelle, que estaba al fondo de su jaula, y colocó la cabeza entre dos barrotes para verlo de cerca. Bien pensado, tampoco a ella le habían traído nunca una servilleta. ¿Por qué iba a incluir su carcelero, que la mantenía encerrada y la alimentaba a base de pan y agua, un detalle así? Se la quedó mirando unos instantes, casi esperando que se moviera. Sintió miedo. Alargó un brazo vacilante mientras reculaba cuanto podía con su cuerpo. Cogió un extremo de la servilleta, inspiró profundamente y la apartó del objeto que tapaba. Retiró la mano de un latigazo lanzando la servilleta a un lado.
—Es una cuerda.
—¡No jodas! —dijo Evan.
Estiró el brazo y recogió la cuerda de nylon blanco. Tenía un tacto sedoso.
—Pásamela —le pidió claramente excitado.
Noelle no estaba segura. La cuerda se la habían dado a ella, no a él, y no iba a renunciar así de rápido.
—Prefiero no hacerlo —murmuró con desaprobación. ¿Se la habría pasado alguien de contrabando escondida en la servilleta? ¿O se la habían dado intencionadamente? Si se trataba de esto último, ¿cuál era el objetivo?
Evan carraspeó con frustración.
—Vale, pero te sugiero que le hagas un lazo y la uses para coger el picador de hielo. Deprisa.
Noelle se quedó observando el picador de hielo y luego la cuerda. Dudaba de su capacidad para atrapar objetos con lazo, pero podía intentar lanzar la cuerda al picador y arrastrarlo hasta el suelo. No había que descartar del todo la idea de Evan. Merecía la pena intentarlo.
Gateó hasta la parte frontal de la jaula. En lugar de atar un lazo en uno de los extremos de la cuerda, hizo un nudo doble. Esperaba que ese nudo le proporcionara la fuerza necesaria para arrastrar el picador.
—Es mejor que lo ates con un lazo —volvió a indicarle Evan, que también había gateado hasta la parte delantera.
—Solo cabe un nudo, o quedará muy corta la cuerda —contestó.
Era consciente de que, incluso sin nudo, parecía demasiado corta para alcanzar la encimera. Miró a Evan, que estaba claramente entusiasmado. Todavía llevaba marcas en la cara de dormir apoyado en el irregular cemento.
—Hace mucho que no le echo el lazo a una vaquilla. Estoy algo oxidada.
—Muy graciosa. Haz lo que quieras.
Noelle sacó los brazos por los barrotes delanteros a la altura del suelo. Justo encima se encontraba la puerta, donde los barrotes eran demasiado estrechos y no le cabían las manos. Tendría que ser por abajo. Notaba que Evan no le quitaba ojo de encima, sentía la tensión de él entremezclándose con la suya. Hizo lo que pudo teniendo en cuenta la posición tan poco natural en la que se encontraba, lanzó la cuerda con un movimiento ascendente intentando alcanzar la encimera, pero la cuerda cayó al suelo inútilmente a unos treinta centímetros de esta. Ni siquiera la había lanzado lo suficientemente alta como para alcanzar la superficie.
—Mierda —murmuró.
Lo intentó unas cuantas veces más solo para cerciorarse de que el plan no había dado resultado. Volvió a meter los brazos en la jaula y descartó la cuerda tirándola a un lado.
—Efectivamente. Mierda —murmuró Evan.
Por lo menos no le había pedido que le pasara la cuerda para intentar él lo que era a todas luces imposible.
—¿Alguna otra idea que quieras compartir? —le preguntó.
Suspiró y se dirigió de nuevo hacia la bandeja de comida para coger el pan. Oyó a Evan moverse a su lado.
—Te cambio media porción de mantequilla por dos trozos de melocotón —dijo.
Volvió la cabeza hacia él como un relámpago.
—¿Tienes mantequilla?
Asintió con la cabeza mostrándole la ración: un blíster cuadrado recubierto por un plástico decorado con el dibujo de una rosa.
Miró con deseo la porción individual de cremosa mantequilla. ¿Cuánto llevaba sin comer grasas? ¿No era necesaria la grasa para sobrevivir? Estaba casi segura de que era la encargada de transportar las vitaminas y minerales al cerebro. Lo había leído por ahí. También necesitaban vitamina C. ¿Cuánto faltaba para que hiciera acto de presencia el escorbuto?
—Trato hecho —le contestó. Agarró los dos trozos de melocotón que le quedaban y se los ofreció.
Evan le miró las manos.
—Pon algo de almíbar —exigió.
Lo miró con desconfianza pero acabó por llevar de nuevo las manos a la bandeja. «¿Qué le hace pensar que tiene derecho a exigir nada?».
Lo que ocurría era que Sinclair estaba acostumbrado a salirse con la suya. Pero en la situación en la que se encontraban, atrapados en esas jaulas, les interesaba cooperar. «Aunque lo desprecie». Se bebió el agua que le quedaba en el vasito de tres tragos y vertió en él la mitad del almíbar. Tras esto volvió a ofrecerle la fruta y el vasito a través de los barrotes.
Evan se había dedicado a cortar la mantequilla por la mitad, utilizando para ello el trocito de plástico que la contenía. Terminó justo cuando ella le ofrecía lo suyo a través de los barrotes. Por unos instantes se miraron con desconfianza, pensando en la mejor manera de hacer el intercambio. Uno de ellos tendría que soltar lo suyo primero. Evan colocó la mitad de la mantequilla sobre un papel en el suelo mordisqueándose los labios y lo empujó con un dedo hasta su jaula. Durante un instante, ella fue dueña de toda la comida. A juzgar por la expresión que se adivinaba en la cara de Evan, él había decidido confiar en ella, al menos para esto. ¿Funcionaría? Noelle se inclinó hacia delante y colocó el vaso en el suelo para que él lo alcanzara y abrió las manos.
Ninguno de los dos apartó la vista. Evan cogió la fruta de su mano y se la llevó a la boca. Cerró los ojos y masticó el melocotón gimiendo de placer.
Noelle apartó la mirada, tomó la mantequilla y chupó el papel que la envolvía. Le entraron ganas de llorar al sentir su sabor salado y sabroso deshacerse en la lengua. Cerró los ojos y saboreó cada bocado, pasándose la lengua por el interior de las mejillas para captar todo el sabor.
—¿Cuánto tiempo crees que llevamos secuestrados? —preguntó Evan.
Abrió los ojos a tiempo de verlo romper el vaso de papel para acceder al interior, llevárselo a la boca y chupar todo el almíbar que había adherido al papel. No lo culpaba. Ella haría exactamente lo mismo en unos minutos si conseguía pasar la bandeja entre los barrotes sin derramar los restos de almíbar que quedaban en ella. Solo quería disfrutar un ratito más del regusto mantecoso que le había quedado en la lengua.
Noelle chupó el papel donde había estado la mantequilla.
—No tengo ni idea. Intenté llevar la cuenta al principio, pero…
—Pero nada de lo que hacían parecía seguir un horario definido —terminó él.
Ella asintió con la cabeza.
—Y la oscuridad resultaba muy desconcertante.
—Si lo que quieres decir es que te confundía, así es.
Esbozó el amago de una sonrisa. Frotó el papelito contra la camiseta para secarlo. Imaginaba que podía quedarse con él. ¿Qué iban a hacerle si no lo devolvía? ¿Venir a buscarlo? «Que lo hagan». Por lo menos así habría alguien contra quien luchar. La verdad es que no tenía ni idea de lo que se podría hacer con un cuadradito de papel que inclinara la balanza a su favor.
—¿Para qué querrán que perdamos la noción del tiempo? —preguntó Evan.
Noelle reflexionó unos instantes.
—No estoy segura, aunque tal vez sea algo bueno. Puede que signifique que tienen intención de soltarnos y que no quieren que podamos dar ninguna información a la policía.
—Pero hay gente que sabe que hemos desaparecido —dijo Evan—. Seguro que ellos llevan la cuenta de los días.
Golpeteó con las yemas de los dedos en los barrotes con suavidad.
—Puede.
Noelle acababa de pedir tres días libres en el trabajo cuando la secuestraron a la salida. Su padre habría sospechado que algo iba mal a los pocos días, al ver que no respondía a sus mensajes ni a sus llamadas. Dudaba de que supieran con certeza la hora de la desaparición. Por otro lado, era probable que hubieran revisado las cámaras de seguridad.
Echó un vistazo al rincón de la jaula donde había almacenado los vasos de papel. Eran dieciséis en total, pero eso no le ayudaba a calcular el tiempo que llevaba allí, pues se los habían llevado sin orden alguno; en ocasiones contenían solo un par de sorbos de agua y otras veces venían casi llenos, de forma que tenía que racionar lo que le daban.
—No lo sé —dijo al fin—. A lo mejor el único objetivo de dejarnos a oscuras era torturarnos.
Él soltó un bufido.
—Misión cumplida.
Asintió a sus palabras con un sonido gutural.
—¿Por qué crees que han encendido la luz?
Evan permaneció en silencio unos instantes, tratando de dar con la respuesta.
—Creo que podemos dar por hecho que quieren que veamos lo que nos rodea. Y también te han proporcionado la cuerda por algún motivo. Creo que esperan algo de nosotros.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Dadas las circunstancias, le resultaba extraño que todavía hubiera algo que pudiera afectarla de ese modo. ¿Podía ser la situación más terrorífica o escalofriante? Sacudió la cabeza enérgicamente para alejar ese tipo de pensamientos, no fuera a verse arrastrada por el pánico. Eso sería demasiado fácil. Llevaba caminando por la cuerda floja desde que se había despertado aquí, encerrada. Se negaba a que fuera su mente la que les hiciera el trabajo sucio.
Y aun así…
—Sí, pero ¿el qué? ¿Qué cojones quieren de nosotros? ¿Por qué no nos lo dicen de una puta vez?
—Mírame —le pidió Evan. Ella se giró en su dirección y apoyó la frente contra los barrotes mientras lo observaba a él, que se sentaba en una postura parecida—. No nos dejemos llevar por las emociones ni el miedo. Debemos mantener la cabeza fría, ¿de acuerdo? Creo que podemos afirmar que no tenemos una buena opinión el uno del otro, ¿no es así?
—Cierto.
—Podríamos decir que la conexión que hay entre nosotros nos convierte en enemigos naturales.
Noelle asintió con la cabeza.
—Eso es lo que sabemos. Ahora imaginemos que no es una coincidencia que tengamos ese pasado común. ¿A quién le podría beneficiar esta situación? —Señaló lo que les rodeaba con el brazo extendido—. ¿Están intentando que trabajemos en equipo? ¿Que compartamos la comida? ¿Que averigüemos cómo salir de aquí?
Frunció el entrecejo. Era una teoría muy rebuscada.
—¿Quién iba a hacer algo así? Nos han aterrorizado y matado de hambre. Nuestros padres no nos harían esto. Por lo menos sé que mi padre no lo haría. Si no han sido ellos, entonces ¿quién?
—Esa pelirroja amiga tuya que siempre me lanza miradas asesinas cuando me ve por los pasillos.
Sintió la indignación como si una astilla se le hubiera alojado bajo la piel. Por supuesto, él iba a pensar que había sido alguien de su entorno.
—¿Paula? —Soltó una risa sarcástica—. Paula nunca haría algo así.
—¿Cómo lo sabes?
—Esto no es obra de una chica de dieciocho años tímida que llora con los anuncios emotivos de la tele y sueña con trabajar para la industria editorial porque los libros la hacen feliz.
Además, Paula era una persona inteligente, amable y leal. Seguro que estaba asustadísima por la desaparición de Noelle.
—¿Por qué no? No te puedes fiar de las apariencias.
—Cierra la boca, anda. —Se colocó mirándolo de frente—. No sabes nada de nosotras.
—Vale. Entonces ¿por qué aceptaste la beca? —preguntó.
—¿Y por qué no iba a hacerlo?
Se la había ganado a pulso y, gracias a ella, podía conseguir beca para la universidad. Era su billete de entrada a una vida en la que no solo se volvería autosuficiente, sino que además podría ayudar a su padre a reconstruir su situación.
—Porque estoy yo allí.
—Paso de ti —contestó.
—No me había dado cuenta…
Apretó los dientes.
—Y tú ¿qué? —preguntó ella—. ¿A quién conoces que esté lo suficientemente sonado para montar algo así? Seguro que tienes una lista. Algún ricachón sin principios que se pueda permitir sobornar a quien sea necesario para que lo ayude, para convertirse en cómplice. ¿Qué hay de tu cuadrilla de androides sin objetivos en la vida en busca de emociones fuertes?
—Te estás dejando llevar por las emociones, Noelle.
«Vete a la mierda». No lo dijo en voz alta a pesar de que no le faltaban ganas. En lugar de eso, le dio la espalda y soltó un bufido, consciente de que le encantaría irse a la mierda si pudiera. Tenía razón. Se estaba dejando arrastrar por las emociones cuando lo que tenían que hacer era usar la razón para poder resolver la situación, para idear un plan que pudiera ayudarlos a escapar.
Inspiró profundamente y fue soltando el aire poco a poco.
—Alguien nos ha encerrado en estas jaulas. Ese alguien ha de sacar algo a cambio. ¿Qué puede ser?
—Dinero.
—Sí, pero esto no se trata de un rescate. No tiene sentido y, como dijiste, si estuvieran interesados en eso, ya lo sabrías. Tu padre les habría pedido alguna prueba de que seguías vivo: que te pusieran al
