Capítulo 1
Ese irritante caballero del otro banco
Todo el mundo decía que lady Marjorie Lily Eugenie Palace, la hija mayor del conde de Kerringtown, era una de las grandes beldades del Londres de finales de siglo.
Con su cabello rubio del tono del propio sol y sus inmensos ojos verdes, ya hubiera competido entre las más bellas; pero, además, la elegancia de sus rasgos, el corte delicado de su rostro y aquel aire casi majestuoso con el que siempre se movía, terminaban de dar la imagen ideal a la que hubiese querido aspirar cualquier mujer de su época.
Si hubiera sonreído un poco, habría conquistado cuantos corazones hubiese deseado, y no habría terminado la primera temporada sin concertar el mejor de los matrimonios.
Pero Marjorie no era feliz, de modo que aquellos labios soberbios raramente se curvaban hacia arriba, y como era muy reservada, tampoco lo hacían hacia abajo. Era una dama a la que habían enseñado que nunca debía delatar en público un estado de ánimo poco amable y feliz. Hubiese sido de mal gusto y una debilidad.
Por eso, en el Salón Selecto, en las fiestas de los personajes más relevantes, en los eventos culturales o en las visitas hechas con su madrastra y su hermana pequeña, lady Marjorie siempre se mostraba correcta y educada, pero poco inclinada a ofrecer conversación, algo que terminaba despertando gran antipatía.
Una joven elegible, decían por los salones, no podía ser seria ni taciturna. Un hombre, sí, por supuesto. Al fin y al cabo, a diferencia de las mujeres, sus problemas sí que era reales y tenían muchas cosas importantes en la cabeza. Pero el género femenino existía para llenar de amor la familia, adornar el mundo y dar alegría y descanso a los guerreros. Un aspecto tan hermoso como el de lady Marjorie, para descubrir luego que era como era, suponía la misma decepción que ver una manzana hermosísima en un árbol, solo para descubrir, al probarla, que amargaba hasta un punto insoportable.
Algo que, en realidad, debería ser reprochado en privado y en público, desde los púlpitos hasta las salas de reuniones.
La Belle Dame sans Merci[1], la habían bautizado durante su primera temporada —por el poema de Keats, aunque no se lo tomó a mal, porque no era la primera que se había llevado el título, aunque sí fuese la única que no había pretendido jugar con nadie ni torturar a unos admiradores que le resultaban indiferentes—, que fue también la primera decepción.
No para ella, desde luego, ya que no sintió el más mínimo interés por ninguno de los hombres que la tantearon para cortejarla, sino para su madrastra. Dada la belleza de la joven, lady Beatrice había invertido mucho en presentarla debidamente ante la reina y que no le faltara el mínimo detalle en la temporada; de hecho, había invertido mucho más de lo conveniente, teniendo en cuenta que ya estaban acosados por los acreedores.
Pero lady Beatrice lo había considerado una apuesta ganadora: era hermosa y su linaje era impecable, de modo que esperaba poder casarla rápido con alguien adecuado y, sobre todo, muy rico. Alguien que colaborase en los enormes gastos de Kerringtown House, aunque solo fuera para evitar el escándalo que le alcanzaría de darse la ruina de la familia de su esposa.
Sin embargo, la indiferencia de la joven, algo que alternaba con un frío desdén, los había ido espantando a todos, uno tras otro —del más alto al inferior, del más rico al menos acaudalado, del más feo al más deseado por las damas—, hasta llegar al punto en el que se encontraba en esos momentos: con veintiún años y avanzando torpemente por su tercera temporada, sin admiradores conocidos y con su madrastra furiosa con ella
En todo eso pensaba lady Marjorie aquella húmeda mañana de primeros de abril de 1899, mientras caminaba seguida de su doncella, Susie. Las dos llevaban capas abrigadas —ese mes todavía solía hacer frío, sobre todo a esas horas— y se dirigían hacia las grandes verjas de hierro forjado, imponentes y elegantes, de la entrada del parque por Hyde Park Corner. A su espalda, se alejaba ya el carruaje de alquiler que las había dejado justo en la esquina.
Para ella, cruzar aquel umbral era siempre un momento importante. Era como un regreso al pasado, aunque ya había aprendido amargamente que no podía volverse atrás y que, a veces, esa verdad suponía un peso terrible. Ella había sido feliz, de niña, en Hyde Park. Recordaba haber cruzado esas puertas con el corazón ligero y una gran sonrisa en el rostro, y haber correteado entre los puestos de los vendedores ambulantes comprando barquillos de vainilla o canela, sorbetes, caramelos duros de menta o regaliz, toffees blandos envueltos en papel encerado; pastillas de azúcar cristalizadas, almendras confitadas, y sus preferidos: caramelos de violeta o de menta…
Lady Marjorie suspiró. A esa hora, tan temprano que apenas habían empezado a llegar los paseantes matutinos o las niñeras con cochecitos, el parque ofrecía una atmósfera fresca y suave. Y hermosa, tremendamente hermosa. La primavera se hacía notar en cada detalle. Había dejado a su paso un toque de intenso verdor y flores de todas las formas, tamaños y colores.
El cielo estaba despejado y la explanada que se abría frente a ellas resplandecía, salpicada las largas sombras de los castaños. El aire olía a hierba recién cortada, a flores y al azúcar que ya estaba tostando alguno de los muchos mercaderes ambulantes que estaban colocando tenderetes, sillas o carritos. Pese a todo, había mucha quietud, en la que solo parecía oírse el canto animado de los estorninos y las primeras voces de los vendedores.
—¡Bollos de jengibre! —exclamó al pasar por su izquierda una mujer entrada en carnes, con un chal azul oscuro sobre los hombros. Empujaba un carrito de dulces calientes envueltos en papel de estraza—. ¡Galletas de melaza! ¡Tabletas de fudge tibio con nueces o almendra!
Marjorie no la conocía. Debía llevar poco tiempo en Hyde Park.
—No, gracias —dijo Susie por ella.
Más allá, otra mujer, esta de mediana edad envuelta en una gruesa manta de lana, ofrecía barquillos rellenos de crema y trozos de fruta confitada, dispuestos en una bandeja de madera colgada del cuello. Y, cerca de un grupo de arbustos bajos, un muchacho pecoso de apenas catorce años voceaba su mercancía: bolsitas de caramelos envueltos en papel celofán y pastillas de menta, regaliz y anís. Su carrito, modesto pero pulcro, llevaba un pequeño cartel de madera que decía: «Mr. Billy’s Sweets – Honest Penny for Honest Taste».
Justo en ese momento, Marjorie distinguió a tres alumnos con uniforme de chaqueta oscura y gorra escolar que se acercaban al carrito de dulces con paso sigiloso y lanzando miradas inquietas alrededor. Por el emblema dorado en sus solapas, dedujo que eran estudiantes de St. Paul’s School, un centro de mucho prestigio que no estaba lejos de allí. Su hermano Fred había estudiado en aquel centro antes de ser enviado a Eton.
Uno de los escolares —el más alto, un pelirrojo con pecas y expresión decidida— se acercó con paso rápido al vendedor, quien, tras hablar con él, le entregó discretamente una bolsita de pastillas de menta. El pelirrojo se la metió en el bolsillo con un movimiento rápido. Otro de sus compañeros, que miraba a todas partes como si temiera que fuesen a sorprenderlos en cualquier momento, tiró de su manga y los tres desaparecieron con rapidez en dirección hacia una de las veredas laterales, ocultándose entre los setos.
Marjorie los observó con una mezcla de diversión y melancolía, aunque cualquiera que la mirase la consideraría tan hierática como siempre.
—Creo que se han escapado hoy del colegio —dijo en voz baja.
—¿Seguro, milady? —susurró Susie.
—No lo aseguro, pero… ese andar furtivo y el aire travieso… me recuerdan demasiado a mi hermano Fred a su edad. —Sonrió un instante, y luego volvió a mirar al frente, hacia el sendero que las aguardaba.
Marjorie siguió caminando despacio, seguida de cerca por Susie. El sendero de gravilla crujía bajo sus botines. No tardaron en internarse por una de las veredas más tranquilas, bordeada por olmos y arbustos de espino en flor. Allí, algo apartados, comenzaban los bancos de madera oscura y aspecto robusto que había por esa parte. Eran muy distintos a los fabricados en hierro y pintados de verde que ocupaban lugares más transitados, y los que se veían en las zonas más antiguas y tranquilas del parque, como las áreas apartadas entre árboles o cercanas a senderos interiores.
Justo cuando estaban alcanzando la bifurcación en la que debían tomar el sendero lateral que se alejaba poco a poco del camino principal, curvándose con suavidad hacia la derecha, oyó una voz aguda, llena de emoción:
—¡Lady Marjorie! —Ella se volvió y vio al niño de unos ocho o nueve años que surgía de entre los setos. Era menudo, con la ropa despareja y remendada pero muy pulcra, y unos ojos enormes y brillantes en un rostro pecoso—. ¡Hoy tengo caramelos de violeta y también unos nuevos de limón! ¡Mire qué bonitos los traigo!
Tenía una pequeña caja colgada del cuello por una cinta vieja, de un azul descolorido, donde guardaba sus dulces envueltos con primor. Su nombre era Tommy Dalton, aunque a veces decía llamarse Thomas o incluso señor Dalton cuando quería parecer más importante.
Marjorie sonrió con amplitud al verlo: un milagro que hubiera embelesado a los caballeros más importantes del imperio, pero que quedó allí, en aquel rincón apartado de Hyde Park, convertido en uno más de sus secretos.
—Buenos días, señor Dalton. —Se agachó un poco para simular que miraba con mucho interés sus caramelos—. Es verdad que tienen un aspecto precioso… Cada día los envuelve mejor.
—Gracias, milady.
—¿Cuánto por los de violeta?
—Tres peniques, milady, pero, por ser usted, si me compra dos papelitos le hago uno gratis.
Ella le tendió una reluciente moneda de seis peniques y tan solo cogió uno de los paquetitos.
—Con esto será suficiente, gracias, señor Dalton —dijo—. Quédese el cambio, por favor, con la sombrilla me resultaría muy molesto tener que llevar monedas sueltas en la mano. —Tommy abrió mucho los ojos, apretó la moneda en el puño y asintió con un brillo emocionado en la cara—. Cómprese unos barquillos y llévele también a su madre. Salúdela de mi parte, por favor. Y dígale que me gustaría que viniera a verme mañana, a Kerringtown House. A las once en punto. —Lady Beatrice no estaría, iba a pasar el día fuera, almorzando y tomando el té con unas amigas—. Necesito hablar con ella. Sé de un buen sitio donde vendrían maravillosamente bien sus habilidades con la aguja.
El niño la miró con más entusiasmo aún, de ser ello posible.
—¡Mi madre cose muy bien! ¡Gracias, milady! ¡Nos vemos mañana, como siempre!
Corrió calle abajo sin mirar atrás, con sus botas desgastadas pero limpias. Susie lo siguió con la mirada, los labios fruncidos con ternura.
—Tiene los mismos pantalones de la primavera pasada —murmuró—. Lo sé por el roto ese con forma de siete, aunque su madre se lo haya remendado muy bien. Además, se le han quedado muy cortos.
Marjorie no contestó; solo la miró pensativa un instante y retomó la marcha. Ya hablaría con la señora Dalton al día siguiente. Lo había pensado mucho y encontraría trabajo para ella en la escuela para niñas que patrocinaba y mantenía en secreto. Pero eso sería al día siguiente.
De momento, solo quería llegar a su objetivo y contemplar si el Árbol de Judas en el que su abuela y ella habían tallado su L común —ambas llevaban el nombre de Lily— había terminado de florecer. Se metió por el sendero que se separaba del camino principal y lo siguió en su suave giro hasta terminar por fin en la pequeña explanada semicircular que quedaba oculta de la vista de los paseantes entre arbustos altos y árboles viejos.
Allí, dos bancos de madera se enfrentaban a ambos lados, separados entre sí por una pequeña fuente de piedra de boca baja —quizá en tiempos pensada como abrevadero para pájaros—, de la que ya no manaba agua, pero que seguía recogiendo el rocío y se veía húmeda. Con el tiempo, la vegetación la había ido cubriendo de musgo y líquenes y estaba rodeada de flores silvestres y hierba que llevaba tiempo sin ser cuidada, lo que provocaba una impresión general de abandono, o quizá de estar contemplándose una escena ajena al paso del tiempo. Marjorie no terminaba de estar segura de cuál era la descripción correcta.
Lo único que sabía era que todo en aquel rincón parecía estar pensado para invitar al silencio, a la reflexión o al recuerdo, al menos en el caso de Marjorie, que había pasado tantos ratos en aquel sitio con su abuela.
Y, allí, al fondo, presidiendo el lugar con su asombrosa belleza, se alzaba su árbol, encajando perfectamente en la estampa entre los árboles y con la vieja fuente. Era como si todo el sendero que acababan de recorrer hubiese sido creado por Dios solo para que los seres humanos pudieran llegar hasta él.
Era un ejemplar antiguo de Cercis siliquastrum, el llamado árbol de Judas —por la leyenda de que Judas se había ahorcado en uno de esa especie, aunque su abuela le había contado que una doncella española que tuvo le dijo que en su tierra lo llamaban el árbol del amor—, y uno soberbio, con su viejo tronco ya muy negro y sus largas ramas, oscuras y retorcidas, que terminaban de dar la impresión de ser una gran mano esquelética que surgiera de la tierra.
Sus flores, sin embargo, eran de una belleza inesperada: brotaban directamente de la corteza, en pequeños racimos violáceos que se aferraban al tronco como si nacieran del dolor mismo. Su abuela solía decir que era un árbol que florecía de la pena, y por eso —le contó una vez— había elegido aquel banco, al descubrirlo un día en sus paseos, por pura casualidad.
Lady Lily siempre iba a sentarse allí tras la muerte de su esposo, porque el árbol y la belleza del sitio la consolaban, no estaba segura del motivo. Quizá porque le recordaba que, incluso de las heridas más profundas y terribles, podía surgir algo hermoso. Luego, se acostumbró a llevarla a ella.
Desde que murió su abuela, seis años antes, siempre que le era posible Marjorie acudía a aquel banco con Susie, su doncella, y raramente permanecía más de media hora. Por lo general, al llegar, daba una vuelta completa a la placita, rozaba con los dedos la L tallada en la parte trasera del tronco, se dirigía hacia su banco, donde contemplaba el lugar en el que se había sentado su abuela, la saludaba en silencio con aquella punzada de pena intensa que había conocido al perderla —antes hubiese considerado imposible sentir tanta tristeza— y se sentaba en silencio, mirando la fuente. Juntas, Susie y ella, comían caramelos o cualquier otro dulce y meditaban durante media hora.
Recordaba las manos enguantadas de su abuela acariciando su mejilla o arreglando una de sus trenzas; en aquel banco, las dos solían compartir dulces y confidencias, envueltas en el murmullo del parque y la luz cálida de la primavera.
Al entrar ese día, en la placita, se quedó paralizada.
Raramente había más gente por allí, y menos a esas horas. Pero tampoco era una imposibilidad. Alguna vez había ocurrido, encontrar que uno de los dos bancos estaba ocupado, o incluso los dos. Por eso, al ver al hombre sentado en el suyo, justo en el suyo —el que quedaba más protegido de la vista desde el camino por un olmo negro que crecía junto a la entrada a la placita—, sintió la vieja sensación de irritación ante la invasión, pero tampoco le dio mayor importancia.
Bueno, un poco sí, pero es que era el día en que por fin había florecido el árbol de Judas, en todo su esplendor, algo que llevaba semanas esperando… Eso aumentaba mil veces su frustración.
—Milady… ¿nos vamos? —susurró Susie.
Marjorie titubeó, sin saber bien qué hacer. Un estornino trinó desde una rama cercana. Las flores del árbol temblaron suavemente con la brisa.
¿Qué hubiera sugerido su abuela que hiciese? Que actuase como una
