Canto I
Tribu
En este día de la inauguración de la decimonovena manufactura, llueve en Saint-Vincent-de-Paul, pueblo de la Gironda de un millar de habitantes. Frente a los nuevos empleados, la subprefecta, el coronel de la gendarmería y el alcalde. También asisten miembros del Consejo de Administración, del Consejo de Vigilancia y del Comité Ejecutivo del grupo familiar Hermès. Discurso.
Cada marroquinería emplea entre doscientos cincuenta y trescientos artesanos. Ni uno más. ¿Por qué? Porque, más allá, los colaboradores ya no pueden conocerse por su nombre. Yo, por ejemplo, me llamo Axel.
Risas. En palabras de Axel, jefe de la tribu (6.ª generación), respondiendo a la prensa:
Nuestra casa se parece más a una tribu con múltiples códigos.
Charles-Émile (jefe, 2.ª generación) posa montado en el caballito balancín de sus nietas. Desde entonces, todos los jefes y sus hijos han jugado con él, le han tirado de las crines, le han puesto canicas y piedrecitas en el cuello para oír mejor su balanceo.

Charles-Émile Hermès (1831-1916), hacia 1903.
En el número 24 de la Rue du Faubourg-Saint-Honoré (hoy conocido como «24 Faubourg»), en el verano de 1951, este caballo aparece en el escaparate con una peluca rubia. Para celebrar el centésimo quincuagésimo aniversario de la casa, en 1987, Jean-Louis (jefe, 5.ª generación) es fotografiado sentado en el suelo delante de ese juguete en la sección de equitación. En 2016, el caballo viaja a Montreal para la exposición Des chevaux et des hommes («Caballos y hombres»).
El caballo balancín sigue hoy en 24 Faubourg, la sede tribal.
Canto II
Tótem
En el principio era el caballo.
Dieciséis en Rouffignac y trescientos sesenta y cinco en Lascaux. De España a Siberia, se realizan cada vez más exhumaciones. Durante treinta milenios, el hombre prehistórico pinta las húmedas paredes de las cuevas. A la luz domesticada de una lámpara de grasa, los primeros gestos artísticos de la humanidad honran al caballo, el animal más representado del bestiario rupestre.
No se sabe por qué el caballo.
Los primeros pictogramas chinos representan la cosa nombrada. Así, el árbol 木 o la montaña 山. Hacia el 1570 antes de nuestra era, bajo la dinastía Shang, la palabra «caballo» grabada en bronce es un ojo levantado sobre cuatro patas, con las crines al viento.

El hombre mira al caballo que lo mira. Pegaso sube al Olimpo, Buraq salta de La Meca a Jerusalén, Tchal-Kouyrouk guía al escudero kirguís por las profundidades de su alma. El caballo de los mitos transporta al hombre a las esferas impensables, acaricia la luna o abraza el sol. Bajo los campos de batalla, los jinetes escitas, hunos y lombardos muertos son enterrados con su montura sacrificada, ensillada y aparejada. En el más allá, sus cabalgadas no conocen fin.
Alejandro Magno montado en Bucéfalo, Luis XIV en Brillante, luego Ricardo III, desarzonado, «¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo!» (Shakespeare, Ricardo III, acto V, escena 4). En el monumental lienzo de David, Bonaparte y su fogoso Marengo se encabritan, el uno y el otro. Ambos victoriosos en Austerlitz, Jena y Wagram, luego derrotados en Rusia, donde los soldados napoleónicos, agonizantes, encuentran refugio en los cadáveres helados de sus monturas. La epopeya imperial del caballo favorito de Napoleón llega a su fin en Waterloo, cuando los británicos lo capturan. Dos siglos después, el conservador del National Army Museum de Londres considera que el esqueleto de Marengo sigue teniendo una «fuerza de combate» fuera de lo común, y que resistirá los trabajos de restauración de la Battle Gallery.
Turín, 1889. Un cochero azota a muerte a su caballo exhausto. Friedrich Nietzsche se interpone. Estrecha el cuello del animal en sus brazos y rompe a llorar. El filósofo murmura a la oreja del caballo unas palabras misteriosas para siempre.
En 1924, John Ford dirige El caballo de hierro y mitifica la llegada del tren al salvaje Oeste. Los dos mil caballos y los ochocientos indios de la película son meros figurantes.
París, 2024. Un taller bajo los tejados, en el sexto y último piso de una casa sita en el número 24 de la Rue du Faubourg-Saint-Honoré. Indiferente al rugido motorizado de la cercana Avenue des Champs-Élysées, un joven baila con la silla de montar que está confeccionando. La agarra fuerte, se le resiste. Le da la vuelta y la coloca sobre el banco de trabajo. La silla se encabrita y el tango continúa. Chirridos de cuero mezclados con los suspiros del guarnicionero. La lucha arcaica del hombre con la materia para darle forma. En la mesa de trabajo, un cuchillo medialuna, unas tenazas tensoras y una lezna son los herederos del bifaz de sílex de la cueva. Una lámpara articulada ilumina desde arriba su banco de trabajo. En el punto más alto de su taller del último piso, el guarnicionero ha colgado un pedazo de cartón. Se leen estas palabras de Jean-Louis (jefe, 5.ª generación):
El caballo es nuestro primer cliente.
Seis pisos más abajo, Menehould, la directora del patrimonio cultural de la tribu, entra en 24 Faubourg por el acceso de una calle adyacente. Lleva una mochila y, colgada al hombro, una pesada bolsa de fontanero. Se detiene ante el tótem de una tribu amiga. En horizontal, un tronco de pino cembro de 295 centímetros de largo por 60 de circunferencia. Varias escarificaciones y muescas marcan sus flancos. En palabras de Menehould:
En una subasta de arte popular, descubrimos este enorme banco. ¡Nadie quería esta especie de elefante! Data de 1774. Se trata de un banco de trabajo donde el carpintero de ribera desbastaba grandes troncos para los astilleros navales. Espontáneamente, Philippe, un nieto de Émile Hermès, la quinta generación de la familia, dijo que no se podía entrar aquí como en una entidad bancaria, y ser recibido por un banco de diseño que no dice nada. Este es un lugar donde la gente trabaja de verdad. Hay oficios, un saber artesanal y herramientas. Es una especie de país de la mano.
Encima del banco de trabajo, velan cuatro colleras, como buenas centinelas. Al fondo del vestíbulo, dos cabezas de caballo de papel maché vigilan entradas y salidas. Menehould saluda con deferencia a los guardianes del reloj de fichado donde, al principio, se introducía una tarjeta personal en un tablero de acero. Una prima de diez francos recompensaba a quien no acumulaba más de diez minutos de retraso a fin de mes. Después del reloj de fichado, la recepción y su azafata con el pañuelo «carré» tribal atado al cuello. Todos se saludan con un efusivo «Buenos días». Personal, miembro de la jefatura, señora de la limpieza, visitante o fontanero de paso, nadie escapa al saludo ritual. En cada una de las paredes de la recepción, en los cuatro puntos cardinales de la brújula, hay cuatro representaciones seculares del animal tótem.
Antiguamente, la viga con puntas de hierro que debía frenar a los atacantes, en francés se llamaba tournicqué, y más tarde tourniquet, vocablo que pasó al español como «torniquete». Seguimos a Menehould. Se abren las puertas automáticas de vidrio de un torniquete.
Canto III
Laberinto
Todo el mundo se ha perdido, se pierde o se perderá algún día en 24 Faubourg. Los antiguos, los modernos y también los que han crecido allí. No hay plano ni señalizaciones. No hay números ni nombres en las puertas. Dicen que hay un ascensor que se divierte dejando a sus pasajeros entre dos niveles, y que otro deja bajar, pero no siempre subir. Diferencian la escalera roja (que es roja) de la verde (que también es roja). Sin mirar por la ventana es difícil saber en qué planta se está. Cuenta la leyenda que la ausencia deliberada de señales indicadoras es una invitación a saludar a un miembro de la tribu con un «Buenos días» ritual antes de preguntarle el camino. Menehould:
Sigo sintiendo el mismo placer al perderme por los pasillos. Han pasado más de treinta y cinco años. Pensé que estaría aquí tres meses, pero aún no he encontrado la salida. Me siento como en casa. El ingenioso Dédalo, patrón de los artesanos, ¡también inventó esta cosa de la que no se sale!
«Laberinto»: al buscar su origen, los etimólogos se pierden. ¿Del griego λαβύρινθος (labýrinthos), la trampa del pescador de la Antigüedad? ¿O del latín labor, trabajo y sufrimiento? ¿O de labrys, el hacha de doble filo de los palacios cretenses, similar al cuchillo de medialuna de los guarnicioneros de 24 Faubourg? Menehould, antes profesora de latín y griego clásico en Nueva York, no sabría decirlo a ciencia cierta. Para acceder a su despacho, hay que tomar la escalera verde (que es roja). Dos peldaños de mármol, luego veinticuatro de roble cubiertos de linóleo granate. En el supuesto primer piso, se suben otros quince peldaños para llegar a un seminivel. A la izquierda, hay que subir cuatro de mármol, luego bajar dos de madera. Después de subir los veintidós últimos, parece que se está en el segundo piso, cuando en realidad es el tercero.
De
