El camarote olía a agua salada, madera recién barnizada y violetas de Devonshire.
Mientras cenaba en el comedor, una de las doncellas, Kate, lo había ordenado con tanto mimo que parecía un museo. Flores frescas en el jarrón de la ventana. Unos ejemplares de Vogue y La Vie Parisienne sobre el sofá de crin de caballo. Ni una arruga en el cobertor de la cama. Su batín de jazmines en el perchero de la puerta.
La misma puerta que, de repente, se estampó contra la pared.
—Si esos criados lo cuentan —consiguió articular entre beso y beso, mientras entraban a trompicones—, me moriré de la vergüenza.
Con el topetazo, el batín cayó al suelo y casi resbalaron con él.
—No hará falta. —Después de cerrar la puerta, su acompañante la arrinconó contra ella—. Todos saben lo que estamos a punto de hacer.
—¿En serio? —La chica tiró de su pajarita—. ¿Tan indiscretos hemos sido?
Sus bocas devorándose sin piedad, tan hambrientas como sus manos.
—Me temo que sí. —El chico le quitó el chal—. Me temo que todo el barco lo ha visto venir desde la cena. —Ella le arrancó, sin dejar de besarlo, la chaqueta del esmoquin—. Puede que desde la primera vez que bailamos juntos. —Él forcejeó con los cierres de su vestido—. Seguramente, desde que cruzamos la primera palabra en la escalera.
Cuando la seda verde con abalorios abandonó su cuerpo, la brisa que se colaba por la ventana, impregnada de un curioso olor metálico, hizo que se le erizara la piel.
—Pero nunca sabrán que fui yo quien te invitó a venir.
—Un comportamiento de lo más indecoroso —dijo él, dejando caer el vestido.
—Ni que decidí que lo haría mientras bailábamos delante de todos.
—Quel scandale. —Con un amplio barrido del brazo, el muchacho tiró sobre la alfombra los objetos colocados en el tocador—. Casi tanto como lo que pienso hacerte ahora.
Antes de que pudiera decir nada, la había agarrado de las caderas para subirla encima.
—No me extrañaría que el Atlantic Daily Bulletin hablara de esto.
—Es ridículo que tengamos un periódico a bordo. ¿Qué contaría?
—«Recientemente, ha llegado a oídos de esta redacción —cuando sus dedos descendieron por su corsé, largo hasta la mitad del muslo, ella se tensó entera— que una de nuestras socialités de primera clase ha sido vista en actitud inapropiada…».
Sus pulgares alcanzaron la parte inferior del corsé. La joven apoyó las manos en el tocador, arqueando la espalda, mientras las de él se sumergían bajo las ballenas.
—«… con uno de los solteros más codiciados de Manchester».
—Presumido —murmuró reclinándose contra el espejo.
—«Mientras el resto de los caballeros se dirigían al salón de fumadores…».
Clic: le había desabrochado uno de los ligueros.
—«… para dedicarse a actividades respetables como la lectura, las cartas y el billar…».
Con un segundo clic, el otro liguero también se soltó. Ella tragó saliva.
—«… el héroe de la noche se escabulló con su compañera a uno de los camarotes de la cubierta A. —La caricia con la que una media abandonó su pierna la hizo estremecerse—. En el que, probablemente, no pasaron la velada hablando de política, negocios ni acciones».
La otra media, tras correr la misma suerte, acabó también sobre la alfombra. «Estoy perdida —pensó mientras la boca de él descendía por su garganta—. Estoy… al borde del abismo».
—«Algunos testigos aseguran incluso —continuó con sus labios en su escote, en su camisola de satén, en los cierres delanteros del corsé— haberlos oído desde sus camarotes».
No había sido consciente de los suspiros que se le escapaban.
—¿Y después? —dijo en tono entrecortado—. ¿Qué dirán que pasó después?
Él levantó la cabeza hacia ella, agachado entre sus piernas, y los ojos le relucieron.
—¿Qué quieres tú que pase? —contestó en voz baja.
Su expresión seguía siendo la misma, tan traviesa como siempre, pero la pregunta muda que latía en ella la conmovió. Era una provocación, sí…, pero también una petición.
Y, por Dios, que no iba a hacer que se la formulara una segunda vez.
—Todo, señor Arlington —susurró—. Absolutamente todo.
Entonces él la besó en el interior del muslo y la joven tuvo que agarrarse al espejo para no perder el equilibrio. Esta vez no fue un suspiro lo que se le escapó, sino un gemido imposible de ahogar; y, al sentir cómo deslizaba la boca por su ropa interior, mordisqueando suavemente el satén, pensó que no le daría tiempo a descubrir nada más. Su cuerpo se desintegraría sin remedio.
Fue entonces, abandonada a sus caricias, cuando lo sintió.
—¿Qué…? —El sobresalto la hizo enderezarse—. ¿Has notado eso?
—Ajá —susurró él—, pero tómatelo con calma, no he hecho más que empezar.
—No seas idiota, me refiero al barco… Estaba balanceándose.
—Habrá sido una ola. Aunque cueste creerlo, nos encontramos en alta mar.
Pero no había olas esa noche, recordó la joven; uno de los oficiales había comentado, mientras salían del comedor, que pocas veces había visto el océano tan en calma. Antes de que pudiera decir nada, volvió a sentir una sacudida, esta vez seguida por algo más, un rechinar procedente de la parte inferior de la nave que sonó como el arañazo de un dedo gigantesco.
—Espera… —Recurrió a toda su fuerza de voluntad y agarró a Arlington por los hombros para apartarlo—. Iré a comprobar que todo va bien.
—No puedes hablar en serio. ¿Con lo que hemos tardado en…?
—Dame solo un segundo —insistió ella, y cruzó el camarote hacia la puerta.
El corredor, con sus azulejos blancos y negros, recordaba a un tablero desierto de ajedrez. Tras asegurarse de que no se le veía más que la cabeza, miró a izquierda y derecha hasta que, acompañado por un tintineo de porcelana, un camarero dobló una esquina. Traía una bandeja con un servicio de té, pero se acercó cuando lo llamó con una mano.
—Perdone, Johnson, pero me parece haber sentido…
—Si se refiere al vaivén, señorita, no pasa nada. Probablemente fuese una hélice.
Todo parecía continuar igual; las voces de los demás camarotes, las risas procedentes de otro corredor, la música que ascendía por la Gran Escalera.
—Debemos de haber perdido una pala, pero no sería una avería seria. Una escala en el astillero de Belfast al regresar de Estados Unidos y asunto resuelto.
—¿Entonces no hay nada por lo que debamos preocuparnos?
—En absoluto, señorita Chapman. Le garantizo que todo está en orden.
Y, con un «buenas noches», se alejó envuelto en el aroma del té.
—Bueno, es un alivio; parece que la situación está… —Pero, nada más cerrar la puerta, se vio levantada del suelo cuando el muchacho la condujo en volandas hasta la cama.
La dejó caer sobre el colchón, sonriendo ante su gritito, y se puso sobre ella. Ya se había deshecho del chaleco y la camisa, y la visión de su cuerpo semidesnudo casi la dejó sin aliento.
—Dijiste que lo querías absolutamente todo. —Sus ojos parecían más sedientos que nunca al mirarla desde arriba—. Así que voy a necesitar bastante tiempo para complacerte.
—Entonces es una suerte que nada nos vaya a interrumpir —dijo ella, y tiró de su cuello.
Cuando sus bocas volvieron a encontrarse, los dedos de Arlington ya estaban desabrochándole completamente el corsé y el contraste entre el frío del camarote y el calor de sus manos pulverizó, si es que le quedaba alguno, sus últimos pensamientos con respecto a lo que había sentido.
Eran las doce menos cuarto del 14 de abril de 1912 y el RMS Titanic, bautizado como el Buque de los Sueños, se abría camino como un cuchillo por la oscuridad del Atlántico Norte.

CAPÍTULO I

Todo comenzó la noche en la que enterraron al gato.
Mejor dicho, comenzó porque lo enterraron, aunque su fallecimiento no había tenido nada de extraordinario: viviendo en una mansión habitada por cincuenta y seis almas en pena, las alumnas de la Academia Rosenfield para Jóvenes Espiritistas estaban tan familiarizadas con la muerte como con su propio rostro en el espejo.
Algunas, sin embargo, lo estaban más que otras. Por eso Aurora Blackwood, Jia Zhang y Florence Cury se habían escapado de su dormitorio, habían bajado por uno de los enrejados y, mientras sus compañeras dormían, se habían encaminado hacia el pequeño cementerio construido en un rincón de la propiedad.
—No le temo a la oscuridad. —La palmatoria que Aurora sujetaba daba una apariencia sobrecogedora a su rostro—. La oscuridad debería temerme a mí.
Faltaba poco para la medianoche, pero los reflectores de Londres, a media hora en coche, hacían que el cielo pareciera plateado. No habrían necesitado la vela para orientarse por el jardín, envuelto en una hojarasca dulzona, ni para distinguir las estatuas que daban la impresión de espiarlas entre unos rosales del color del vino.
Había un agujero recién cavado entre las tumbas y Aurora se detuvo ante él. Su cabello negro, cortado a la altura de la barbilla, se mimetizaba con la espesura.
—No le temo a la oscuridad —repitió mirando a otra de las chicas.
—La oscuridad debería temerme a mí —contestó Jia. Era más alta que Aurora y delgada como un palillo, con los ojos almendrados y el pelo recogido en una desmañada trenza—. Porque, si me la encuentro en un callejón —sonrió con malicia—, le birlaré la cartera, la pitillera y el reloj de bolsillo.
—Ese es el espíritu. —Aurora se volvió hacia la tercera chica, que trastabillaba entre las sepulturas con una caja—. No le temo a…
—¿Seguro que esto es higiénico? ¿No nos contagiaremos de algo?
Florence era la mayor; tenía el pelo castaño claro, con esa clase de rizo diminuto imposible de controlar, y unos ojos preocupados.
—Heather dice que debía de llevar un día muerto…
—Tenemos que cambiar de lema —rezongó Jia—. Florrie le teme a todo.
—En serio, me parece muy bonito que nos despidamos de él, pero… —Dentro de la caja, una sombrerera de cartón, yacía acurrucado un gato negro—. Si ha muerto por una bacteria, seguro que ya nos hemos infectado.
—Pues es un sitio estupendo para estirar la pata. —Jia señaló la silueta de la Academia Rosenfield—. A lo mejor nos volvíamos más populares.
—Yo creo que tengo fiebre. Me quema la cara. Aurora, tócame la cara.
—Mefistófeles se murió de viejo, Florrie —dijo Aurora apoyando la palmatoria en una losa—. Trae esa caja de una vez, y tú, Jia, pásame el libro.
Con cuidado, taparon la sombrerera, la colocaron en el agujero, se arrodillaron alrededor y Aurora abrió el Libro de oración común.
—«“Yo soy la resurrección y la vida”, dice el Señor. “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente”».
—Esto no es un sacrilegio —murmuró Florence—. Son diez por lo menos.
Por encima de ellas, los reflectores seguían bailando con las estrellas, como cada noche desde que comenzaron a avistarse los primeros zepelines. Hacía dos años que Inglaterra había declarado la guerra a Alemania y, aunque las espiritistas nunca habían tenido tanto trabajo, la moral de la academia empezaba a estar por los suelos.
—Seamos sinceras, ninguna lo echará de menos —susurró Jia mientras Aurora continuaba recitando—. No servía más que para cazar cucarachas.
—Shhh —le recriminó Florence—. ¡Ten más respeto por los muertos!
—Era un gato, Florrie. Nunca hemos visto el espíritu de un gato.
—No me refiero a Mefistófeles…, sino a toda esta gente. —Florence miró por encima del hombro—. Me cuesta horrores dormir sabiendo que están aquí.
El mármol de las estatuas era tan blanco que las hacía relucir como fantasmas. La mayoría eran ángeles funerarios, algunos desmadejados de dolor sobre las tumbas, otros apoyados en antorchas y unos cuantos mirando hacia el cielo.
—Me los imagino cada noche caminando hacia nuestro cuarto…
—Te has equivocado de profesión, deberías haberte metido a florista —dijo Jia.
—Y ahora —interrumpió Aurora mientras cerraba el libro— toca decir unas palabras.
Pese a lo tarde que era, seguían con el uniforme de la academia, unos vestidos de terciopelo verde oscuro con una rosa bordada en cada hombro.
—Mefistófeles, la verdad es que no fuiste un buen gato, solías portarte fatal. —Aurora echó un puñado de tierra sobre la caja—. Pero nosotras valoramos eso.
—Menos mal que había que respetar a los muertos —dijo Jia.
—Una vez, casi rodé por la escalera por tropezarme contigo... —Florence arrojó otro puñado de tierra—. Y sé que lo hiciste a propósito.
—Dejabas pis por todas partes —añadió Aurora—. Heather lo odiaba.
—Pero mordió a Lucy Trevellian —reconoció Jia—. Eso supuso un beneficio enorme para la nación. Deberían haberle concedido la Cruz Victoria.
—Por todos los santos, ¿qué mosca os ha picado ahora?
Una silueta había aparecido a sus espaldas, pero su claridad no se debía a que estuviera hecha de mármol, sino a que se trataba de un espíritu.
Una mujer bien entrada en la treintena, con el rostro redondeado, los ojos claros y el cabello en un elegante recogido, las observaba desde unos rosales. Llevaba un abrigo de pieles sobre un vestido de noche.
—Deberíais estar desde hace dos horas en la cama. —El frío, de repente, era más intenso—. Pero es mejor quejarse de que os castigan sin motivo, de que los profesores os tienen manía y de que, de no ser por la señorita Chapman…
—Está espectralmente guapa esta noche, señorita Evans —dijo Aurora.
—Muy graciosa. Si no fuerais los ojitos derechos de la directora…
—Nosotras somos tres —dijo Florence—. Nadie tiene tres ojos derechos.
—… os habrían devuelto a vuestras casas hace eones, pero siempre hacéis lo que se os antoja con Ada. De tal palo, tal astilla. —Las plumas del sombrero de la señorita Evans, cuyo acento era inconfundiblemente estadounidense, se agitaron al mirar a Jia—. Y la Cruz Victoria solo se concede a los soldados.
—Eso es el pobre Mefistófeles, un soldado caído. Seguro que se contagió con algo al morder a la tonta de Lucy.
Cuando el espíritu sacudió la cabeza, la escarcha adherida a su piel centelleó.
—En serio, es peor que un dolor de muelas —insistió Jia—. No hace más que presumir de su familia, de su guardarropa, de sus viajes…
—De su pelo rubio fresa —comentó Aurora.
—¡Su pelo rubio fresa! ¿Qué diantres es eso, señorita Evans? Las fresas no son rubias, son rojas tirando a rosas. Ni siquiera tendría sentido si fuera pelirroja.
—Lucy Trevellian puede ser un poco… complicada —admitió el espíritu—, pero deberías esforzarte más, Jia. Os pasáis el día como el perro y el gato.
—Bueno… —Aurora soltó más tierra sobre la caja—. El gato ya está muerto.
—Sé que es imposible que no haya roces en una casa con catorce chicas, pero las mujeres no deberíamos pelearnos. —La señorita Evans clavó los ojos en las distantes luces de Londres—. Ya se encargará el mundo de enfrentaros.
«Ese es un buen consejo», pensó Florence, aunque tampoco le extrañó; por algo era el espíritu protector de su mentora. Pocas médiums contaban con un alma en pena encargada de velar permanentemente por su seguridad, pero Adeline Chapman no era una charlatana cualquiera. Desde que empezó la guerra, se había convertido en el rostro más conocido del mundo espiritista, donde cada vez proliferaban más estafadoras, y eso no hacía más que acrecentar su prestigio.
Como si sus pensamientos la hubieran atraído, el rumor de un coche procedente de Londres rompió la quietud del cementerio.
—Hablando de vuestra heroína… —comentó la señorita Evans, mientras el aura de los faros se vislumbraba tras los barrotes de la verja. Florence, Jia y Aurora se pusieron en pie—. Espero que no penséis largaros sin más…
—Mañana cubriremos la tumba —dijo Aurora con el Libro de oración común bajo el brazo—. Y esto regresará al despacho del profesor Westwood.
—Eso, ¡dejad la vela encendida! —El espíritu elevó la voz mientras Aurora y Jia se marchaban corriendo—. Qué importa que la propiedad se incendie; total, casi todos estamos muertos… ¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó a Florence.
—Nada —contestó esta—. Es solo que pensé…
Se había quedado mirando una de las cruces de hierro.
—¿Florence? —La llama se reflejaba en el metal, pero había algo más en él. Algo que la señorita Evans no podía ver—. ¿Seguro que estás bien?
Dos círculos luminosos parecían observar a Florence desde la cruz.
—Yo… —Los círculos menguaron de repente, volvieron a aparecer, y la chica sintió un nudo en el estómago. Eran unos ojos y… acababan de parpadear—. Perdón, no he oído lo que decía.
Pero no eran los ojos de Florence. Pese a no distinguir el color, parecían muy claros, mientras que los suyos eran castaños; además, ella llevaba gafas.
No, aquel no era su reflejo. Era el de otra persona.
—Si te preguntas si tienes urticaria, la respuesta es no. —La señorita Evans alzó una ceja—. Como tampoco la tenías ayer ni antes de ayer…
Florence abrió la boca, pero la cruz ya había vuelto a ser tan prosaica como antes, una simple pieza de hierro forjado.
—Creo que… tenía razón. —De los ojos no quedaba ni rastro—. Debería llevar un rato durmiendo. La falta de sueño me hace ver cosas raras.
—Lo cual, en una casa como esta, es decir mucho. Venga, ve a por Ada antes de que te caigas rendida. —Mientras Florence se alejaba detrás de sus amigas, el espíritu acercó una mano a la vela—. ¡Y, a poder ser, dejadla dormir a ella también!
Para cuando se apagó la llama, la señorita Evans había desaparecido.
CAPÍTULO II

El Rolls-Royce atravesó la verja, coronada por la inscripción Academia Rosenfield para Jóvenes Espiritistas, en el momento más oportuno: cada vez hacía más frío, a Ada Chapman empezaba a dolerle la cabeza y su petaca estaba en las últimas.
De las tres cosas, la última era la peor. «Aleluya», pensó cuando el chófer, tras aparcar delante de la puerta, se apeó para ayudarla a bajar. Bajo el resplandor de la luna, los pináculos de la mansión parecían esculpidos en plata, como si la hubieran arrancado de un cuento gótico. «Esto, al menos, sigue igual que siempre».
Mientras recogía todo lo que había comprado, se percató de que alguien la observaba desde las alturas, un anciano de barba blanca asomado a una de las ventanas del desván. Llevaba cuatro años viéndolo en el mismo sitio, siempre con su uniforme lleno de condecoraciones, tan intangible como un rayo de luna.
—¿Necesita que le suba las bolsas, señorita? —preguntó el chófer.
—No. —Ada se llevó una mano a la frente a modo de saludo militar y el anciano pareció dudar antes de responder del mismo modo. Unos segundos después, se había esfumado—. Mejor ve a tomar algo, Joe; se nos ha hecho tarde.
Cuando se encaminó hacia la puerta, se cruzó con otra silueta nacarada, esta vez con un vestido negro, un delantal con blondas y una cofia.
—Una noche preciosa, señorita Chapman.
Su atuendo le habría hecho tomarla por una criada de la academia de no ser porque, al pasar junto a ella, Ada distinguió los rosales a través de su cuerpo.
—Preferiría haberme quedado en mi guarida, Kate. —Su ropa chorreaba como si acabara de salir del mar—. No volverán a sacarme de aquí hasta Navidad.
—Como muy pronto —se rio Kate mientras subía los peldaños.
Un farol colgaba delante de la puerta, en cuyas hojas estaba tallado el emblema de la rosa. El ama de llaves, una mujer regordeta de cabello canoso, la estaba esperando envuelta en el acogedor resplandor de la araña del vestíbulo.
—¡Santo Dios, Ada, por fin! No sabes lo preocupada que me tenías.
—Bueno, ni que me hubiera largado al Somme. Estaba a media hora de aquí.
—Pero te fuiste al mediodía, son casi las once y media y…
—Es noche de luna llena, Heather. —Ada dejó sus bolsas en el primer peldaño de la escalera—. Los zepelines solo aparecen cuando está nublado.
Desde el vestíbulo, sin embargo, también se apreciaban los reflectores: cada vez que pasaban tras las vidrieras, estas relucían como escamas de dragón.
—¿Y bien? —dijo Heather—. ¿En qué ha quedado lo del hospital?
—Casa de convalecencia —dijo Ada mientras la ayudaba a quitarse el abrigo—. El ministro insistió mucho en eso. —Se lo dio—. Como si me importara.
—Ya sabes a qué me refiero. ¿Qué le has respondido?
—Que no es culpa mía que subestimaran el alcance de las bajas. —Ada se sacó las horquillas del sombrero—. Que Churchill les avisó de que lo del Somme sería un sinsentido y que deberían haber calculado mejor cuántos hospitales militares tenían. No pienso poner a mis alumnas en peligro convirtiendo la academia en uno y dejando que se nos llene de soldados muertos. Peor aún, muertos y neurasténicos.
Había un espejo junto a la puerta del comedor y aprovechó para recolocarse los encajes de la blusa. Estaba a punto de cumplir los treinta y era alta y delgada, con los ojos castaños y una abundante melena recogida con una cinta.
—Por supuesto, el ministro se puso pesadísimo. «La familia Withers lleva año y medio recluida en el ático de su mansión, mientras los convalecientes ocupan su sala de dibujo, su biblioteca, su…». Ah, señor Andrews, buenas noches.
El espíritu de un caballero de aspecto preocupado pasaba en ese momento, con unos planos enrollados bajo el brazo, por la galería del primer piso.
—Señorita Chapman —saludó antes de desaparecer.
—Nunca me acostumbraré a esto —rezongó Heather, la única junto con las criadas, los jardineros y el cochero que no veía a los fantasmas.
—Pues ya va siendo hora. Han pasado trece años desde… —Ada alzó los ojos hacia el rellano de la escalera—. Desde lo de ella.
Dos cuadros le devolvieron la mirada desde arriba, los retratos de un hombre y una mujer. Ella tenía un rostro solemne, él aparecía sonriendo; ella era pelirroja, con sus tirabuzones cayéndole sobre los hombros, él era más moreno que la medianoche; ella estaba sentada en una butaca, junto a una mesa con libros, él se encontraba de pie; pero, pese al trozo de pared que los separaba, a Ada siempre le parecía que la observaban desde el mismo lugar, que estar en cuadros distintos no bastaba para separarlos.
—Me pregunto qué habría hecho en mi situación. —«Annabel Lovelace», se leía bajo el cuadro de la izquierda—. Con la Oficina de Guerra, quiero decir.
—Probablemente, cantarles las cuarenta a los miembros del comité, decirles que dejaran el asunto en manos de la Cruz Roja, amenazar sutilmente al ministro con airear sus trapos sucios y, de paso, reclamar el sufragio femenino.
Al mirar el otro retrato, en el que aparecía el esposo de su maestra, Ada reparó en unas manchitas rojas demasiado parecidas a restos de carmín.
—A tus alumnas ya no les basta con dejarle flores —refunfuñó el ama de llaves—. Me paso las horas muertas restregando ese condenado cuadro.
—Seguro que le habría encantado. No había nadie más presumido.
—¿Vamos encargando entonces nuestros uniformes de enfermeras?
Louise Dashwood, una de las profesoras de la academia, acababa de aparecer en lo alto de la escalera con un montón de cuadernos entre los brazos.
—Heather está segura de que ningún oficial querrá quedarse. —Pese a no sacarle muchos años a Ada, parecía bastante mayor, quizá por las canas que salpicaban su pelo rubio—. Dice que se morirán de miedo en cuanto vean el cementerio.
—Por eso les he respondido que no, porque tenemos fantasmas de sobra.
«Pero ojalá la señorita Lovelace estuviera aquí». Ada volvió a mirar el retrato de su maestra mientras Louise se reunía con ellas. Pensaba lo mismo diez o doce veces al día. «Ojalá pudiera decirme si mis decisiones son malas o… desastrosas».
—Parece que también te ha dado tiempo a ir de compras. —Louise señaló una bolsa de la librería Hatchards—. ¿Más novelitas rosas?
—Tan picantes que harían sonrojarse al marqués de Sade.
—¿Algún manual de espiritismo con el que completar nuestra biblioteca?
—Ni uno —Ada abrió la bolsa—, pero aprenderemos más de Un esposo de conveniencia que del quincuagésimo tratado sobre la esencia del ectoplasma.
—Eres de lo que no hay —dijo Heather mientras Louise, haciendo malabares, agarraba los libros que Ada le tendió—. Nunca entenderé por qué una profesional como tú pierde tanto tiempo leyendo historias de amor.
—Heather, tengo clarísimas mis prioridades. Me encanta ser una mujer independiente, consagrada a su trabajo y con sus principios por bandera…
—Bueno, es un consuelo. Annabel se habría sentido orgullosa.
—Pero me gustaría aún más si cada noche, al meterme en la cama, un hombre maravilloso me recordase lo mucho que valgo mientras me duermo en sus brazos. El problema es que todos los que están fuera de los libros son unos egoístas, mentirosos, trapaceros, manipuladores, prepotentes, enamorados de sí mismos…
Heather, a la que no hacía falta convencer, soltó un bufido.
—Y por eso existen los dulces. —Ada cogió otra bolsa, esta vez de la pastelería Fortnum & Mason—. Para que el mal de amores nos sepa mejor. Probad los bizcochos de cerezas y brandy; me he comido un par en el coche y están de rechupete.
—Tienes veintinueve años, pero pareces más adolescente que tus alumnas. —Heather sacudió la cabeza—. Una creería que, con todo lo que te ha pasado…
Al escuchar aquello, la sonrisa de Ada amenazó con disolverse, pero consiguió disimular cuando captó unos correteos procedentes del jardín.
—Aquí están mis chicas. —La puerta se abrió de nuevo y Florence Cury, Jia Zhang y Aurora Blackwood entraron en el vestíbulo. Todavía seguían con sus uniformes verde oscuro—. Por supuesto que la hora de irse a la cama solo es una sugerencia. Dejadme adivinar el resto, venís del cementerio.
—Nosotras preferimos considerarlo trabajo de campo —dijo Jia.
Florence y ella abrazaron a Ada; Aurora, alérgica a cualquier contacto físico, se mantuvo al margen. Las tres eran las únicas alumnas de la academia que, debido a lo peculiar de sus habilidades, estaban bajo su tutela personal.
—Espero que al menos hayáis hecho los deberes. —Ada las soltó—. Aurora, te encargué un resumen de ese artículo sobre las hermanas Fox.
—Eran las mayores sinvergüenzas del mundo —comentó Aurora.
—Por decirlo de manera fina. Jia, ¿copiaste cien veces: «No volveré a encerrar a un ratón en el armario de la ropa blanca para después decir que los ruidos los hace un fantasma» para el profesor Westwood?
—Sí —contestó Jia con una sonrisa—, pero se me olvidó el «no».
—Florence, tú tenías que traerme un parte con los cotilleos del día…
—Dicen que Moira Withers tiene algo con uno de los jardineros —susurró esta, recolocándose las gafas—. Parece ser que Cynthia los vio ayer en la trasera de la casa.
—Quiero que exageres todo lo que puedas y que, mientras tanto —Ada sacó un pastel de la bolsa—, nos zampemos esto en el comedor.
—Ada, no sé cuántas veces te he dicho que no deberías hacer eso —la regañó el ama de llaves—. Como directora, no puedes mostrar tus favoritismos.
—Ay, qué pelmaza… Nos lo comeremos mejor en mi despacho. Andando.
Tras despedirse de las demás, y mientras Louise preguntaba: «¿Qué se supone que tengo que hacer con esto?», cargada con las novelas rosas, Ada comenzó a subir la escalera con sus protegidas, pero Florence la detuvo tironeándole de la manga.
—Señorita Chapman… ¿Podemos hablar un momento?
—Claro. —Ada se detuvo bajo los retratos—. ¿Ha ocurrido algo?
Parecía preocupada, pero eso no era una novedad; Florence se pasaba el día saltando de una angustia a otra. La última había sido una supuesta taquicardia.
—Antes, cuando estábamos en el cementerio, vi… algo.
—¿Un fantasma? Esta casa está más repleta que la Torre de Londres.
—No… Es decir, creo que era uno, pero no como los demás. No como el de la señorita Evans. —Parecía costarle encontrar las palabras—. Estaba en una cruz.
Jia y Aurora ya habían desaparecido, pero Ada siguió sin moverse.
—Era el reflejo de unos ojos. Y… estaban mirándome.
—Pero eso tampoco es nuevo, Florrie. Llevas casi cuatro años viendo cosas en los espejos. Por eso tu tía te envió aquí, para que aprendieses a controlarlo.
—Las anteriores veces, he tenido que concentrarme durante horas para ver algo. Lo que he distinguido esta noche ya estaba allí… Como si me esperase.
Había empezado a hacer con los dedos eso que sacaba de quicio a Jia, rascarse las cutículas para tratar de mantener sus nervios bajo control.
—Tal vez tus dones están evolucionando. —Ada la agarró de las manos—. A mí me pasó algo parecido mientras vivía con la señorita Lovelace. Al principio, los espíritus eran como una nebulosa, pero una mañana, de repente, empecé a oírlos…
—Al de lord Rosenfield —dijo Florence—. Nos lo contó en Navidad.
—Tenía dieciséis años, como tú. Quizá solo sea otra manera de madurar pese a que Heather se empeñe en que no lo he hecho. —Ada le pellizcó la nariz—. En cualquier caso, lo tendré en cuenta. Ya sabes que, con nosotras, estás a salvo.
Aquello pareció tranquilizar a Florence. «Y ahora —dijo Ada agarrándola de un brazo—, a por ese pastel», y subieron corriendo en pos de Jia y Aurora.
La boda sería a comienzos de junio, decidió recostada sobre el pecho de Arlington.
Irían de luna de miel a la Toscana, pensó mientras los dedos de él jugueteaban con su pelo suelto, o a las islas griegas, o a Egipto… No, demasiado caluroso; mejor dejarlo para el invierno.
Quizá volvería embarazada de su primer hijo, reflexionó curvándose contra su cuerpo en la estrecha cama del camarote, un niño al que pondrían algún nombre glorioso que, por supuesto, elegiría Ada. Sus días transcurrirían entre risas y placeres y, cada vez que se acordase de aquella primera noche juntos, le costaría creer que pudiera haber sentido una pizca de decepción.
No había notado dolor, pero el problema era que… tampoco había notado mucho más. El Gran Asunto había durado cinco minutos y, cuando quiso darse cuenta, el chico se había derrumbado sobre ella temblando como si acabara de echarle una carrera al Titanic. Después había rodado a su lado, atrayéndola hacia sí, y Ada había descubierto que aquello (estar tumbados el uno en brazos del otro, compartiendo la misma almohada, el mismo aliento) era mucho más placentero.
«Heather tiene razón, he leído demasiadas tonterías —se dijo mientras posaba una mano sobre el corazón de él—. Los hombres de verdad no son como los de las novelas, así que tiene sentido que estas cosas tampoco se parezcan. Seguro que todo mejora con la práctica».
—Deberías haberme contado que era algo nuevo para ti.
Cuando abrió los ojos, se encontró con los de Arlington a escasos centímetros de los suyos.
—No me dio tiempo —contestó, y era verdad—. ¿Te ha molestado?
—Claro que no. —La besó en los labios—. Pero puede que lo hubiera hecho de otro modo… Con más cuidado, quizá. —«Ah, habrá sido eso», pensó Ada—. Nunca había sido la primera vez de nadie.
—Entonces espero haberte tratado con cariño —se burló ella.
Su sonrisa la hizo sentirse como si el sol hubiera regresado al camarote. «No sé cómo lo haces —le había dicho horas antes—, pero estoy sonriendo más en estos días que en toda mi vida».
—No me lo explico. —Él acomodó mejor la cabeza sobre la almohada—. No me explico que nadie se volviera loco antes por ti. ¿Son imbéciles los hombres de Londres?
—No más que los de Manchester —contestó Ada, divertida, apoyándose en un codo—. Me temo que el don de contactar con las almas en pena no resulta especialmente… atractivo.
—Para alguien cerrado de mente, es posible. Pero, para otros, es un prodigio.
«Tendremos un perro precioso —se prometió Ada mientras el joven recorría sus clavículas con el pulgar—, un spaniel como el de la reina Victoria, y lo llamaremos Titán».
—¿Cómo son? —preguntó Arlington en voz más baja.
—¿Los espíritus? —Él asintió y Ada se quedó pensativa—. En realidad, solo se diferencian de nosotros en la transparencia, aunque eso depende del tiempo que lleven muertos. Otros, en cambio, no tienen apariencia humana, son una resonancia, una melodía… o un pensamiento.
—¿Y tú eres capaz de sentir todo eso? —Cuando asintió con cierto orgullo, su pulgar dejó de acariciarla—. ¿Hay algún fantasma ahora con nosotros?
—Solo el de mi virginidad —contestó muy seria.
La risa de Arlington sonó como música entre los paneles de roble.
—En ese caso, señorita Chapman… —tiró de Ada para ponerla sobre él, arrancando un chirrido al somier de cobre—, tendremos que asegurarnos de que descansa en paz.
Su boca volvía a estar en su cuello, su pelo le hacía cosquillas en una oreja. «Así, sí —pensó Ada mientras sus manos, como si quisieran aprendérsela de memoria, se deslizaban por su espalda—, así serán todas mis noches. No volveré a dar pie con bola en ninguna sesión».
Estaba tan perdida en sus ensoñaciones que tardó en reparar en que él se había detenido.
—Arlington —susurró al cabo de unos segundos—. Va…, ¿va todo bien?
Al incorporarse sobre su pecho, vio que su expresión había cambiado.
—¿Va todo bien…? —Ada bajó la mirada—. ¿… ahí? ¿Necesitas…?
—Calla. —Arlington le puso un dedo sobre los labios—. ¿Estás oyendo eso?
Por un momento, Ada creyó que se refería al murmullo de los pasajeros, bastante más exaltado que antes, pero enseguida supo que se equivocaba. No era el ruido lo que le había alertado.
Era justo lo contrario, el absoluto silencio por parte de la maquinaria.
—Los motores… —Se apartó el pelo de la cara—. ¿Se han detenido?
—Es imposible: estamos en medio del Atlántico Norte. Todavía nos quedan dos días de viaje hasta Nueva York. —Arlington había clavado los ojos en la puerta del camarote, pero volvió a observar a Ada—. ¿Qué te dijo ese camarero con el que hablaste antes?
—Que había sido un problema sin importancia con una hélice…
Sobre sus cabezas, la lámpara empezó a tintinear. Ada se quedó mirando el baile de los cristales antes de percatarse de que su estilográfica, una Waterman con las iniciales A. L., estaba rodando hasta el borde de la mesilla. La alfombra absorbió el ruido que hizo al caer.
—Chapman. —Cuando se sentaron en la cama, vieron deslizarse hacia la puerta los adornos que Arlington le había quitado del pelo—. Mierda —murmuró el joven.
—¡Ada! —sonó una voz procedente del corredor—. ¡Ada, abre, deprisa!
Alguien estaba al otro lado de la puerta. Llamó una, dos, tres veces…
—Es la señorita Evans —susurró Ada desenredándose de él. Las sábanas eran un revoltijo que apartó de una patada—. Escóndete en esa esquina para que no te vea.
Al ponerse en pie, le faltó poco para perder el equilibrio: el suelo, definitivamente, estaba en pendiente. Se envolvió en su batín de jazmines, se recolocó como pudo el pelo y, esquivando los aderezos de diamantes, fue a abrir la puerta.
—Santo Dios, Ada, por fin, te he buscado por todas partes. —Era Edith Evans, en efecto, con un grueso abrigo sobre su vestido de gala—. Malvina me dijo que pensabas ir a la biblioteca, pero ningún camarero recordaba haberte visto por allí.
—Cambié de opinión… Me dolía un poco la cabeza.
Ada sintió cómo se ruborizaba, pero su cara no debía de ser lo único rojo: los ojos de Edith se habían clavado en un lateral de su cuello.
—Ada —contestó al cabo de un instante—, dime que no has…
—¿No puede una señorita tener una cita a solas con su jaqueca?
Pero los ojos de Edith estaban ahora en el camarote, en las sábanas desparramadas, en el vestido de abalorios sobre la alfombra. En la diminuta mancha de sangre de la cama.
Cuando volvió a mirarla, parecía aún más preocupada que antes.
—Espero que sepas lo que haces, Adeline Chapman.
—¿Qué es lo que querías? —intentó cambiar de tema—. ¿Ha pasado algo?
—Un maldito iceberg, eso es lo que ha pasado. Chocamos hace media hora con él.
Al escucharla, el corazón de Ada casi se detuvo como los motores.
—El timonel trató de esquivarlo, pero nos alcanzó en el lado de estribor. Supuestamente, los daños estaban controlados, pero Malvina ha oído al señor Andrews hablar con el sobrecargo…
«¿Andrews? —La mente de Ada parecía haberse congelado—. ¿El ingeniero?».
—El hielo ha hecho saltar no sé cuántas planchas del casco. Cuando nos cruzamos con Andrews, decía que se habían inundado cinco compartimentos, incluida la sala de calderas. —Hasta entonces, Ada no se había fijado en lo pálida que estaba su amiga—. El Titanic —continuó Edith— solo puede mantenerse a flote con cuatro compartimentos anegados.
Mientras hablaban, las voces en la distancia empezaban a convertirse en gritos.
—Pero…, pero no puede ser. Este buque es insumergible, Edith. Es…
—Claro que sí, y la Armada Invencible también era invencible.
Arlington, en su rincón del camarote, guardaba un silencio sepulcral.
—Están quitando las lonas de los botes salvavidas, así que más vale que te apresures. Nos han dicho que cojamos un abrigo, pero —Edith observó el batín de Ada— sospecho que no te vendría mal algo más. —Y, con un suspiro exasperado, anunció—: ¡Los chalecos están encima del armario, señor Arlington! ¡Vaya bajándolos como el caballero que se supone que es!
—Edith… —trató de responder Ada, pero ya se había dado la vuelta.
La vio alejarse por el corredor, una silueta oscura contra los paneles blancos, antes de volverse hacia el interior del camarote. Arlington había reaccionado lo suficiente como para ponerse los pantalones, pero la expresión con la que la miró mientras se los abrochaba era un reflejo de la de Ada.
«Bueno —se dijo—, ya tengo lo que quería, una primera vez inolvidable».
CAPÍTULO III

La señora Danvers conocía como nadie los trucos de su profesión.
Se los sabía mejor que el himno Un fino velo entre nosotros, y eso que solía cantarlo al comienzo de todas sus sesiones. Los mensajes escritos con zumo de limón que se volvían visibles durante las visitas de los espíritus. El falso ectoplasma hecho con gasa, gelatina y clara de huevo. Las siluetas colgadas de hilos de pescar que pasaban volando sobre las cabezas de los asistentes. Los fuelles escondidos bajo sus enaguas, que, cada vez que apretaba las piernas, provocaban una misteriosa corriente de aire.
Pero Gwendolyn Danvers contaba con otros recursos que no fallaban nunca, un rostro que, a sus cuarenta y seis años, seguía cortando el aliento y una audacia sin límites a la hora de correr riesgos. Lo que pensaba probar esa noche era atrevido, pero también podría granjearle un éxito sin precedentes.
—Agárrense de las manos, señores —murmuró en el gabinete sumido en la semioscuridad—. Un espíritu ha decidido honrarnos con su presencia.
Sobre la mesa reposaba lo más devastador que una familia británica podía recibir, una de las placas de identificación que los soldados llevaban al cuello. La otra, de color verde en vez de rojo, debía de encontrarse en alguna fosa común de Francia.
—Lo estoy viendo —continuó la señora Danvers—. Justo ahí, entre el reloj y la chimenea. —Alzó una mano cargada de sortijas—. Está mirándola, querida.
—Peter —susurró la viuda del teniente Thompson—. Oh, Dios, ¿eres tú?
En la penumbra, cada sombra parecía dotada de vida propia, sobre todo, si estabas desesperado por ver algo. «Bendito sea el káiser Guillermo».
—Señora Danvers, dígame qué aspecto tiene —imploró la señora Thompson—. Desde que me enviaron el telegrama, no he dejado de imaginarme…
—No preguntes eso, Maeve —susurró su cuñada—. Es… Es morboso.
—Está pálido y parece muy cansado —respondió la espiritista en su tono más tranquilizador—, pero sonríe. Se ha llevado la mano derecha al corazón.
El llanto de la señora Thompson le hizo saber que había dado en el clavo: sus espías le habían informado de que el teniente murió de un disparo en el pecho.
—Pero… si mi hermano era zurdo —titubeó un hombre de gruesas patillas—. Debería haber utilizado la otra mano…
—Si eso es todo lo que va a aportar, será mejor que se vaya.
Desde el otro lado de la mesa, un joven rubio lo fulminó con la mirada.
—¿No ha oído hablar acerca del magnetismo? Está perturbando las vibraciones de la estancia. Otra interrupción como esa y el espíritu de su hermano se marchará. —El joven inclinó la cabeza ante la médium—. Continúe, señora Danvers, por favor.
—Gracias, señor Welsch —dijo Danvers disimulando una sonrisa.
Su querido Leopold, siempre tan atento, tan servicial. De todas las cosas buenas que el espiritismo le había traído (las joyas de diamantes y platino de Cartier, el vestidor repleto de modelos de Worth, el cupé en el que paseaba por Belgravia), Leopold Welsch era la mejor. Se habían conocido en Covent Garden durante una representación de Don Giovanni y, antes de que acabara el segundo acto, ya eran inseparables.
Leopold creía en lo que hacía, era demasiado inocente, y Danvers demasiado astuta para que sospechase nada. Con su aspecto de ángel rubio, se había convertido en el mejor intermediario con el que una médium podría soñar; le había presentado a sus amigos más adinerados, le había buscado contactos hasta debajo de las piedras y, cada vez que asistía a sus sesiones, la miraba de un modo que entusiasmaba secretamente a Danvers, con una mezcla de estupor y admiración absoluta.
Le gustaba aún más cómo lo hacía en otros momentos, mientras lo montaba en su alcoba revestida de damasco rojo, la misma en la que se había dedicado a actividades más comprometidas antes de descubrir la cantidad de dinero que podía sacarse de los muertos. «No hace falta que me lo digas —le había susurrado poco antes de aquella sesión, todavía encaramada sobre él—, sé que soy la mejor en lo mío».
El recuerdo desencadenó un aleteo entre sus muslos, convertido en palpitación cuando sus ojos (Dios, qué azules eran) se cruzaron con los de ella.
—Estaba segura de que ocurriría. —La señora Thompson seguía llorando—. De que respondería a mi llamada, de que no se marcharía sin más…
«Después —se prometió observando la boca de Leopold. Sabía exactamente dónde iba a tenerla en cuanto esos idiotas se fueran—. La noche es joven».
—Oh, cielos. —La cuñada también lloraba ahora—. Oh, Maeve, querida…
—Peter Thompson está con nosotros, sí —confirmó la médium—, y quiere decirnos algo. Existe un motivo por el que permanece anclado a este plano, un secreto que no le permite descansar en paz…, que lo atormenta terriblemente.
Y que seguiría haciéndolo hasta que considerase, cinco o seis sesiones más tarde, que había vaciado lo suficiente la caja fuerte de Maeve Thompson.
—¿Un secreto? —Esta palideció aún más—. Pero si Peter no tenía secretos. Era la persona más honrada del mundo. Si hubiera algo que lo estuviese… Esperen. —La señora Thompson se detuvo—. Ese olor… Dios mío.
Su expresión era de perplejidad absoluta. «Y ahora, la apoteosis».
—Ese olor es… —Se cubrió la boca—. Cielo santo…
—Yo no noto nada —dijo su cuñado—. Todo continúa igual…
—No —dijo Leopold, poniéndose en pie—. La señora Thompson está en lo cierto. Huele como si hubieran destapado un frasco.
Los otros dos asistentes permanecieron en silencio. Danvers no los había visto nunca en su gabinete (¿serían parientes de Thompson?), pero dio por hecho que, a partir de entonces, se convertirían en clientes asiduos.
—Una mezcla de resina, tabaco… Un perfume masculino.
—¿Y de dónde procede? —La cuñada parecía más confusa que nunca.
—Lo he captado al girarme. —La señora Thompson se había quedado mirando el rincón que Danvers señaló antes, pero no parecía haber nada raro en él. El reloj era perfectamente normal, marcaba las diez y cuarto, y en la chimenea no había más que un busto del David de Miguel Ángel y dos velas—. Sé que es él. Es mi Peter.
—Maeve, todos los perfumes de hombre se parecen…
—¡Os digo que es el suyo! ¡Lo reconocería en cualquier parte, porque…!
La señora Thompson, de nuevo, se quedó callada y Danvers, a su vez, contuvo una sonrisa. Sus espías también le habían hecho saber que la esencia de ámbar gris era un imprescindible en el tocador de la pareja, cosa que no le había extrañado; estaba más que familiarizada con sus propiedades afrodisíacas.
—Eso que lo atormenta, ¿es que no…, que no tuviéramos hijos? —Las lágrimas caían por las regordetas mejillas de la señora Thompson—. Lo intentamos, de verdad que sí, pero había problemas… Por parte de los dos, ta…, también de mí…
—Bueno, se acabó. —Uno de los hombres se puso en pie—. Es suficiente.
La médium apartó la mirada de la señora Thompson.
—¿Perdón? —preguntó desconcertada—. ¿De qué está…?
—Ha ido demasiado lejos, Danvers —aseguró el otro hombre.
—Sospechábamos que no tenía escrúpulos, pero esto es una auténtica crueldad. ¿Cuándo pensaba parar, cuando la hubiera desangrado como a un cerdo?
Los cuñados de la señora Thompson parecían atónitos.
—No sé quiénes son, pero no pienso tolerar que me insulten. —A la médium le temblaron las manos sobre la mesa—. ¡Váyanse ahora mismo!
Leopold también estaba inmóvil, pero Danvers no se atrevió a mirarlo. Se incorporó señalando la puerta del gabinete con un dedo.
—¿Es que no me han oído? ¡Si no se marchan, avisaré a la policía!
—Sería muy considerado —contestó uno de los hombres, rodeando las sillas—. Nos ahorraría tener que ocuparnos nosotros.
—¿Qué está haciendo? —gritó Danvers cuando se acercó a la chimenea. Las velas se habían consumido hasta la mitad; el hombre sopló para apagar una, la rompió con un chasquido y, con un «¡ja!», se volvió hacia los demás.
—Desde que empezó la guerra, hemos visto florecer toda clase de estratagemas, pero esta es una de las más despiadadas.
Tras dudar unos segundos, el señor Thompson se acercó. El interior estaba hueco y una sustancia oscura se extendía alrededor de la mecha.
—Realmente ingenioso —continuó el hombre—. A medida que se consume, la vela desprende un aroma más intenso, como si la persona con la que se quiere contactar estuviera presente… Solo ha tenido que averiguar cuál era su perfume.
Ahora el olor del ámbar gris sí resultaba inconfundible.
—Supongo que contaría con cómplices. —El otro hombre examinó también la vela—. Algún topo entre el servicio, un fabricante de velas dispuesto a adulterarlas… Scotland Yard debería investigar a todos los del barrio.
—Más adelante, es posible. —Los dos volvieron a mirar a Danvers—. Ahora tendrán asuntos más urgentes que atender.
Cuando echó a correr, ambos se precipitaron sobre ella. La cuñada de la señora Thompson gritó al estar a punto de caer sobre la alfombra.
—Si hablan de avisar a Scotland Yard, no pueden ser policías —exclamó el señor Thompson—. ¿De dónde han salido ustedes?
—De la redacción del Light. —Danvers, a la que habían conseguido reducir, dejó de revolverse—. Nos dedicamos al estudio de las nuevas ciencias, pero también a detener a estafadoras como esta. —Uno de los hombres le retorció los brazos.
—Nos avisaron de que pensaba dar un golpe especial esta noche gracias a unas velas —continuó su compañero—. Por eso estamos aquí.
—¿Quién…? —Cuando la pusieron en pie, la médium no estaba pálida, sino casi gris—. ¿Quién les avisó de…?
Pero, nada más decirlo, fue ella la que se quedó sin palabras.
—Leopold. —Volvió la cabeza—. Dime que…
—¿Leopold? —repitió este—. ¿Qué ha sido del «señor Welsch»?
Tal vez fuera efecto de la luz, otra sombra engañosa, pero Danvers juraría que su rostro había cambiado. Donde antes solo veía candor, ahora no encontró más que sarcasmo, resentimiento… y oscuridad.
—Qué pena que todo acabara torciéndose. —Sus ojos seguían siendo azules, pero ya no recordaban a un cielo de verano, eran como dos esquirlas arrancadas de un glaciar—. Estaba muy cerca de conseguirlo, Danvers.
—Leopold —volvió a murmurar—. ¿Por qué…?
—Eso es lo primero que le preguntarán: por qué. —Le acomodó un mechón suelto tras una oreja—. Y usted tendrá que responderles: «Porque se me presentó la oportunidad y me creía tan lista que decidí aprovecharla».
Los Thompson, mientras tanto, los miraban totalmente patidifusos.
—Y, como está siendo una noche de revelaciones —añadió mientras los reporteros agarraban a Danvers de los brazos—, debería saber que nunca me han gustado las fresas con chocolate. No creo que vuelva a comerlas en mi vida.
La viuda se había desmayado, superada por las emociones.
—Tampoco me apetecía pasar ese fin de semana en las Highlands —continuó él—, no he abierto el poemario que me regaló y creo que sus amigas Mindy y Jocelyn son unas arpías. Y, sí, ese vestido de Callot Soeurs le sienta fatal, pero ya no tiene importancia. —Cuando esbozó una sonrisa, la médium notó cómo se le congelaba la sangre—. No necesitará deslumbrar a nadie más en prisión.
Danvers sabía que debería estar sintiendo dolor, indignación, una rabia atroz, pero en su corazón no quedaba espacio para más emociones, solo para un espanto que parecía haberle anudado la lengua. «Por Dios, ¿quién eres tú?».
—Es suficiente —dijo uno de los reporteros—. Tenemos que llevárnosla.
—Descuiden, es toda suya. —Cuando la agarró de la barbilla, su contacto la hizo estremecerse—. Buena suerte, querida. Llévese esto para recordar —la besó en los labios— que yo también soy el mejor en lo mío.
Entonces los hombres la arrastraron hacia la puerta y, mientras seguía sintiendo aquella sonrisa helada en la boca, Gwendolyn Danvers comprendió que no se había equivocado con ese chico: Lucifer también había sido un ángel antes de caer.
CAPÍTULO IV

Una taza de té humeando junto a la lámpara. Un puñadito de sales de violeta perfumando el baño. Un fuego desperezándose en la chimenea.
Después del día que había tenido, sumergirse en el agua caliente fue como tocar la puerta del Cielo con los dedos. Ada se recostó con un suspiro en la bañera, grande como un sarcófago de mármol de Carrara, y se quedó observando los haces de luz que peinaban el horizonte entre las cortinas púrpuras. En contra de lo que imaginaba, había acabado considerando esa casa un hogar…, a su rocambolesca manera.
El antiguo propietario, el esposo de su maestra, había tenido en vida una fobia espantosa a la sencillez, sobre todo, en cuanto a la decoración de interiores. La huella de Victor Rosenfield estaba presente en cada rincón de la mansión, desde las vidrieras prerrafaelitas con escenas del ciclo artúrico hasta las gárgolas que coronaban el tejado, pasando por la cabeza de bronce de un tigre que adornaba la bañera.
«Un despropósito —había gruñido Heather cuando se instalaron—, pero no podía esperarse otra cosa de su excelencia». Por suerte, incluso ella había dejado de protestar cuando resultó evidente que la Academia Rosenfield estaba haciendo historia en el panorama espiritista. Al mes de su inauguración, ya contaba con dos alumnas; cinco años después, habían ascendido a catorce, y, aunque la guerra había causado bajas en el claustro docente (una profesora había tenido que encargarse de la granja familiar después de que su hermano se alistase y otra se había marchado a Francia para conducir ambulancias), se las habían apañado para sobrevivir. Probablemente, porque pocas cosas atraían a tantos clientes desesperados como una guerra.
Al menos, a Ada le quedaba ese consuelo, haber logrado cumplir el último deseo de su maestra. La única persona con la que, irónicamente, no podía contactar.
—Debería ser usted quien viviese aquí. —Era inútil hablarle al Cielo, casi tanto como a Dios, pero aun así…—. Debería ser usted quien… viviese.
Alguien tocaba un vals al final del corredor, pero el resto de la mansión permanecía en silencio. «Su casa repleta de mujeres y lord Rosenfield perdiéndoselo —reflexionó mientras abría unas cartas que le había dado Heather—. Esto sí que no se lo habría perdonado a su asesino».
—Nunca entenderé la obsesión con los tigres que tenía este tipo.
Una corriente sacudió las cortinas cuando el espíritu de Edith Evans se materializó en el baño. Ada apartó brevemente la mirada de la correspondencia.
—Los hombres son unas criaturas extrañísimas. —Edith enarcó una ceja ante la cabeza de la bañera antes de mirar a Ada—. ¿Cómo estaba Londres?
—Más deprimente que nunca —contestó esta—, y todo por la maldita guerra.
—Tampoco es que antes destacaseis por ser la alegría de la huerta.
—Las calles estaban a rebosar, pero solo me he cruzado con soldados, es como si no quedara ni un hombre sin uniforme en el país. —Ada reclinó la cabeza con un suspiro dramático—. Me moriré soltera, más sola que la una y rodeada de gatos.
—Siento comunicarte que Mefistófeles nos ha dejado. Florence, Jia y Aurora lo estaban enterrando en el cementerio antes de que llegaras.
—Maravilloso. —Ada cerró los ojos—. Otro que me abandona.
Uno de los leños de la chimenea crujió como si quisiera darle la razón.
—Existen destinos peores, señorita Chapman —repuso Edith—. Como fallecer de hipotermia en el Atlántico Norte, aunque lo prefiero a acabar con uno de esos inútiles de los que te enamoras. ¿Qué fue del periodista que te invitó a cenar?
—Sabes que tuvo que marcharse a Francia. Creo que sigue en Mons…
—Desde donde, si mal no recuerdo, solo te escribió una carta. ¿Y ese primo de Pamela de Harley que te enviaba orquídeas? ¿También le hicieron alistarse?
—Ni me lo menciones, Mefistófeles tenía más conversación.
—Y aquel ingeniero de Bloomsbury que se hacía el encontradizo…
—Estaba casado, Edith. —Ada gruñó—. No metas el dedo en la llaga.
—Si quisiera sacar la artillería pesada, querida, habría mencionado a mi favorito entre todos tus galanes, el primero que me hizo advertirte: «Ada, es un error…».
Pero la mirada que le lanzó hizo guardar silencio a Edith. Mientras hablaban, el agua parecía haberse enfriado, o tal vez fuera la propia Ada quien lo había hecho; quizá cuatro años no habían sido suficientes para hacerla entrar en calor. «Una parte de mí siempre seguirá así… Congelada».
Congelada y hundida en el océano a cuatro mil metros de profundidad.
—Cuando me pediste que me convirtiera en tu espíritu guía, me comprometí a protegerte de cualquier amenaza —le recordó Edith—, tanto en la dimensión de los muertos como en la de los vivos. ¿Eso de la taza es coñac?
—Solo un chorrito —Ada sorbió el té—, de la bodega de lord Rosenfield.
—Y anoche fue un whisky escocés, la semana pasada, media botella de ginebra. ¿Qué crees que diría tu maestra si pudiera verte?
«Nunca lo sabré —reflexionó Ada—, porque no está aquí. Está en un precioso panteón del cementerio de Highgate en el que no puedo dejar de pensar».
—En fin… —suspiró Edith—. ¿Había algo interesante entre esas cartas?
—Solo la correspondencia de costumbre. —Ada recuperó los sobres que tenía al lado—. Estaba leyendo esta carta de lady Goring, habla de una recaudación que quiere llevar a cabo para un hospital. Dado que me he negado a convertir la academia en uno, supongo que debería colaborar. —Echó un vistazo a otro sobre—. Una invitación a un baile de caridad en Chelsea…
—Cualquier excusa le sirve a la aristocracia —bufó Edith—. Mejor no aceptes, conocerías a otro idiota, acabaría mal y regresaríamos a la casilla de salida.
Pero Ada no escuchó lo que decía. Estaba observando el último sobre.
—¿Ocurre algo? —Edith se cruzó de brazos—. ¿De quién es eso?
—Del señor Lloyd… Frederick Lloyd —respondió Ada con un nudo en el estómago—, el presidente de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas.
La visión del lacre había bastado para despejar la bruma del coñac. Rompió el sello por la mitad, abrió el sobre y sacó una hoja de su interior.
A la atención de la señorita Adeline Chapman:
Sé que aún no nos conocemos en persona, pero espero que me perdone por este exceso de confianza. La complicada naturaleza del asunto del que necesito hablarle me ha obligado a prescindir de cualquier intermediario.
Como supongo que imaginará, la Sociedad de Investigaciones Psíquicas se encuentra al corriente de su trayectoria, tanto en solitario como al frente de la Academia Rosenfield. Sabemos los esfuerzos que ha consagrado a la formación de sus discípulas, muchas de las cuales se cuentan entre las médiums más prometedoras del panorama actual, y su afán por continuar el legado de su maestra, la difunta señorita Lovelace.
Existe un tema de capital importancia que desearía que tratásemos lo más pronto posible, un asunto relacionado con el naufragio del RMS Titanic, en el que sabemos que viajaba para asistir a un congreso sobre espiritismo en Nueva York, y ciertos sucesos acaecidos desde entonces. Como ya he mencionado, se trata de una cuestión demasiado delicada para abordarla en nuestra sede, de modo que desearía planteársela en su propio terreno.
Si tuviera la amabilidad de recibirme durante los próximos días, le estaría muy agradecido.
Un cordial saludo,
F. H. Lloyd
—Bueno —fue Edith quien rompió el silencio—, esto no me lo esperaba.
Los ojos de Ada recorrían el papel como buscando un mensaje escrito con tinta invisible. «Un asunto relacionado con el naufragio…».
—No entiendo nada. ¿Por qué se interesaría la Sociedad por aquello?
—Tal vez se han enterado de que mi fantasma no es el único que te trajiste.
—No he dicho ni una palabra al respecto. Si la prensa supiera cuántos os habéis instalado aquí… —Ada señaló la puerta del baño—, tendría que apostar una docena de guardias en el jardín. Me temo que… solo hay un modo de saberlo.
Aunque nada le apetecía menos que recibir en su casa a Lloyd.
—La Sociedad de Investigaciones Psíquicas no tiene nada que ver con los diarios sensacionalistas. —Edith pareció leerle la mente—. Está formada por estudiosos de las nuevas ciencias, no por depredadores. Dudo que supongan una amenaza.
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