Introducción
Era una tarde nublada, gris y lluviosa en la calle Junín, en Medellín, Colombia. Corrían los años veinte en el siglo pasado. Ella salía de su trabajo apurada. Las calles estaban empapadas. Él salía de su oficina luego de un día de trabajo intenso. Ella miraba al tranvía que pasaba cerca y él sólo escuchaba unos zapatos de mujer bonita chirriar muy cerca. Por un instante, sus miradas se cruzaron. En ese momento, dos almas se conectaron hasta el día de su muerte.
Ese encuentro indeleble produjo nueve hijos, y probablemente una vida íntima intensa. Ellos fueron conscientes desde el primer día de que las noches iban a ser el alimento fundamental para muchos años de felicidad. Lo que es increíble es que ellos no fueron la regla sino la excepción. El estándar es que las parejas y, sobre todo las mujeres, no logran tener una vida íntima fenomenal como la que vivieron mis abuelos.
Ahora adelantémonos unos años más. Era un sábado por la noche en 1985 cuando mi mundo, construido entre varones en un colegio masculino, comenzó a tambalearse. Hasta entonces, lo que conocía sobre las mujeres se reducía a los chismes que mis amigos contaban en los recreos. Pero esa noche todo cambió cuando asistí a la esperada fiesta de quince años de una niña del colegio femenino hermano de mi colegio.
Llegar a la fiesta fue un desafío. Tuve que atravesar el jardín lleno de luces titilantes que parecían parpadearme al ritmo del corazón. En el camino, me encontré ensayando varias frases en mi cabeza, como si estuviera preparándome para salvarme de un naufragio social.
“¿Qué tal? ¿Te gusta el heavy metal? ¡A mí también!”, pensé mientras me ajustaba la chaqueta que me había regalado mi padre.
El gran día había llegado, y era el momento de enfrentarme a la temida especie femenina. En el salón había una bola de luces al mejor estilo disco. El espectáculo era digno de un videoclip de MTV. Chicas en vestidos que parecían sacados de cuentos de hadas bailaban, reían y saludaban a los chicos con miradas que iluminaban más que las luces de la pista. Y allí estaba yo, como un pez fuera del agua, observando todo con los ojos como platos. “Esta es la realidad de las chicas”, pensé. “Todo parece magia, y yo soy el mago que no sabe hacer trucos”.
Obsesionado con descifrar este nuevo mundo, decidí caminar hacia el grupo más cercano: chicas que hablaban, reían y —¡oh, sorpresa!— se miraban entre sí como parte de una conversación secreta. Pensé que el lenguaje de las chicas debía ser el que se enseñaba en un curso avanzado de miradas y susurros. Así que decidí seguir una estrategia que ya había practicado con mis amigos: ve hacia adelante y suelta algunas palabras.
—Hola, soy...
Cuando fui a pronunciar mi nombre me quedé paralizado. Me intimidó la profundidad de sus miradas y todo lo que podían transmitir a través de ellas. Las chicas no necesitaban tocarse para sentirse conectadas; todo estaba en los ojos. Mientras yo agitaba mi mano incómodamente, ellas simplemente se miraban. “¿Qué pasa si empiezo a intercambiar señales?”, pensé. “¿Y si les guiño el ojo?”.
¡¡Error!! Al intentarlo, pareció más un tic nervioso que un movimiento seductor. Escuché estallar las risas genuinas ante mi gesto torpe. “¿Qué diablos?”, pensé mientras me sonrojaba. A pesar de la vergüenza, me logré relajar.
Entonces cambié de táctica y me senté a observar. Noté que las chicas se agrupaban en pequeñas burbujas de complicidad. A los chicos nos gustaban
