Capítulo 1
Amanda llegó a casa de Cris como hacía dos o tres veces por semana. Siempre habían sido inseparables y aún más desde que su amiga se convirtió en madre de una preciosa niña, un bebé apacible que poco se parecía a su inquieta progenitora. Los genes de Eric habían prevalecido sobre los de su mujer, porque ni el matrimonio ni la maternidad habían aplacado a Cristina.
—¡Hola! ¿Cómo está hoy mi chica favorita?
—Durmiendo, como casi siempre. Y todavía recuerdo cuando tu chica favorita era yo.
—Eso pertenece al pasado.
Se asomó a la cuna donde la pequeña de nueve meses descansaba y dormía con placidez, y contuvo las ganas de darle un beso en los mofletudos y sonrosados cachetes. Esperaría a que se despertara.
—¿Y Eric? —preguntó extrañada al ver que no se encontraba en casa. Aprovechaba todo el tiempo que le dejaba libre el trabajo para estar con su familia.
—Ha salido —respondió Cris. El tono cauteloso de su amiga la hizo mirarla con suspicacia. Era evidente que no se trataba de una salida normal, porque Cristina no sabía fingir y toda su actitud mostraba un nerviosismo fuera de lo común.
—¿Ocurre algo? —preguntó inquieta.
—No, no… Bueno, no sé.
—Pues ya me lo estás contando, sea lo que sea. ¿Tenéis problemas Eric y tú?
—Nosotros no. Tú, tal vez.
—¡Suéltalo ya, Cris! No te hagas de rogar.
—Moisés ha vuelto. Ha quedado con él.
Amanda trató de asimilar la noticia. Moisés, el policía amigo de Eric, y ella habían tenido una relación de poco más de quince meses, a la que él puso fin dos años atrás de forma bastante repentina. Respiró hondo y fingió toda la naturalidad que pudo.
—No supone ningún problema para mí —afirmó.
—¡Vamos, Amanda! Estás hablando conmigo. Su marcha te dejó el corazón roto.
—Si algo bueno tienen los corazones es que se recuperan con facilidad. Al menos el mío.
—¿Seguro?
—Muy seguro. Moisés es pasado.
—¿Entonces no te preocupa encontrarlo por aquí alguna vez? Porque querrá retomar su amistad con Eric y conocer a Nadia.
—En absoluto. Somos adultos, Cris. La gente rompe relaciones todos los días y sigue con su vida sin que eso suponga un drama.
—No me gustaría que dejaras de venir.
—Yo, desde luego no pienso hacerlo, y espero que él tampoco. Confío en que lo nuestro no le impida seguir la relación de amistad que siempre tuvo con Eric y contigo, y mucho menos disfrutar de esta preciosidad. Que parece que ya se despierta. ¿Cómo está mi chiquitina? —Se acercó a la cuna y cogió a la pequeña en brazos—. Deseando estar con su tita Amanda ¿verdad? Vamos a jugar un poquito.
La pequeña era muy sociable y le encantaba estar en brazos. Ni Eric ni su mujer privaban a su hija del contacto con las personas que la querían, y Amanda era una de ellas.
Cris miró a su amiga y no dijo nada. La conocía lo suficiente para saber que la vuelta del policía no la había dejado tan indiferente como aparentaba. Había estado muy enamorada y todavía sentía algo por el rubio amigo de Eric, pero no montaría ningún drama si se encontraban. Se guardaría sus sentimientos y sonreiría, como hacía siempre.
Amanda jugó un rato con la niña y se marchó antes de la cena, más pronto que en otras ocasiones, por si acaso Eric regresaba acompañado. En aquel momento no se encontraba preparada para un encuentro con Moisés, necesitaba unas horas para asimilar su vuelta.
Una vez en su casa relajó el rostro de la máscara de indiferencia con que lo había cubierto, aunque estaba segura de que no había engañado a Cris. Era cierto que la relación con Moisés había terminado, que pertenecía al pasado, pero su corazón todavía seguía añorando al hombre que le había hecho sentir cosas nuevas e intensas, con el que había llegado a soñar una convivencia, tal vez una familia, pero con el que, sin embargo, después de unos pocos meses todo había quedado en nada.
Aún recordaba el dolor que le produjo la ruptura. La tarde que Moisés llegó a su casa con expresión más seria de lo normal —era un hombre serio— y le dijo qué quería romper con ella; que se había confundido, que sus sentimientos no eran todo lo profundos que había esperado y que deseaba ponerle fin a la relación. Que para evitar hacerle daño había pedido el traslado y se marcharía en pocos días a Galicia, poniendo con ella distancia física además de emocional. Cuando le pidió perdón por hacerle creer que lo suyo era algo permanente, que tendrían un futuro juntos, parecía tan abatido como ella.
No le hizo ningún reproche, le agradeció su sinceridad y le dejó irse de su vida sin siquiera un último abrazo. Con un simple adiós y el deseo sincero de que le fuera bien. De Moisés solo le quedó un corazón roto y el recuerdo de infinitos momentos maravillosos, de besos, abrazos y complicidad, de atardeceres en la casa que él tenía en la playa, cuando salían a dar largos paseos al caer el día, si se desplazaban a pasar el fin de semana.
Ahora él había vuelto, no sabía si de forma temporal o permanente, pero daba lo mismo. Sería inevitable que se encontraran, porque ambos frecuentarían la casa de Eric y Cristina, y tal como le había dicho a su amiga, no estaba dispuesta a que el regreso del policía cambiara su rutina ni su vida, otra vez. Sobre todo, no pensaba renunciar a disfrutar de la pequeña Nadia por nada del mundo. Era una mujer fuerte y le demostraría a su corazón, ese traidor que había vuelto a latir más deprisa a la sola mención del hombre que aún seguía amando, que podía con todo.
***
Moisés se encontró con Eric en uno de los bares que solían frecuentar en el pasado, después de dos largos años de ausencia. Ante el temor de que su amigo no quisiera verlo, porque durante veinticuatro meses no se había puesto en contacto con él, ni siquiera por teléfono, había preferido que el encuentro se realizara en un terreno neutral.
Había tenido sus motivos para irse, motivos que no podía compartir, al menos por el momento.
—¿Cómo estás? —preguntó su amigo abrazándolo, como si se acabaran de despedir unos días atrás, y sin hacerle ningún reproche.
—Bien —admitió—. A ti te veo radiante.
—Lo estoy. Y convertido en feliz padre de una niña: Nadia.
—Enhorabuena. Supongo que Cris también se encuentra muy contenta.
—Lo está, sí. Al principio la maternidad la aterraba, pero logré convencerla para intentarlo y no se ha arrepentido en ningún momento.
—Era de esperar. Estoy deseando conocer a vuestra hija, si no tenéis inconveniente.
—Claro que no. —Observó a su amigo con atención antes de preguntar—. ¿Qué me cuentas de ti? ¿Cómo ha sido tu vida durante este tiempo?
—Complicada.
—¿En lo profesional o en lo personal?
—En los dos terrenos, aunque más en lo profesional. No he tenido mucho tiempo para complicaciones personales.
Ambos hombres se miraban con atención, y al fin Moisés formuló la pregunta que los dos sabían que llegaría.
—¿Y Amanda? ¿Cómo está?
—Está bien.
—¿Lo pasó muy mal con mi marcha?
—No voy a mentirte, tú la conoces mejor que yo y sabes que estaba muy pillada contigo.
—Sé que le hice daño —admitió con pesar—, pero nunca fue mi intención.
—No voy a indagar en tus motivos, porque sé que también estabas enamorado.
—Créeme, fue lo mejor para ella en aquel momento. ¿Ha rehecho su vida? ¿Ha encontrado alguien que la merezca?
—¿Te refieres a si tiene pareja? No, que yo sepa.
—¿Me odia?
—No lo creo. Amanda no es rencorosa, aunque no solemos hablar de ti. Asumió que lo vuestro terminó y siguió adelante con su vida. Está muy implicada con nuestra niña, viene a menudo a casa, por lo que imagino que en algún momento os encontraréis.
—Es inevitable, sí.
—¿No quieres verla?
—Sí que quiero, aunque no sé sí ella querrá verme a mí.
—De modo que todavía sientes algo.
—Nunca he dejado de hacerlo. No me preguntes los motivos de mi marcha, si voy a dar una explicación, será a Amanda en primer lugar.
—Entonces vienes para quedarte.
—Galicia no me gusta para vivir, he echado mucho de menos Andalucía. He venido para quedarme, sí.
—Pues bienvenido a Córdoba de nuevo.
—Gracias Eric —respondió dispuesto a retomar la vida que había dejado atrás. Recuperar a la mujer que todavía amaba sería mucho más difícil
Capítulo 2
El encuentro se produjo dos semanas después. Moisés se había incorporado a una comisaría diferente a la que estuvo en el pasado, con un rango superior. Había pasado de ser un simple inspector, a tener una unidad a su cargo. Había empleado bastantes horas en conocer a los hombres y mujeres que formarían su equipo, y había postergado la visita a casa de Eric, entre deseoso y temeroso a la vez de encontrarse allí con Amanda.
Aquella tarde, después de salir de la comisaría, se dijo que había llegado el momento. Esperaba no ser inoportuno, ignoraba las rutinas de los bebés, pero aunque la cría estuviese dormida, podría verla. Y compartir un rato con los felices padres.
Al acercarse al portal vio el coche de Amanda aparcado en las inmediaciones y se preparó para el encuentro. Mariposas enormes se colaron en su estómago y era consciente de que debería hacer un gran esfuerzo para no correr hacia ella y estrecharla en sus brazos, como había hecho en el pasado tantas veces. Anhelaba sentir sus curvas generosas contra su cuerpo, la calidez que siempre emanaba de ella. Fue consciente de lo mucho que la había echado de menos, de lo mucho que la había necesitado. Sin embargo, debía mantener una actitud fría y controlada hasta saber si todavía quedaba en ella algo de los antiguos sentimientos que habían compartido. No tenía derecho, después de su comportamiento en el pasado, de llegar a su vida y trastornarla otra vez. Había tenido sus motivos para marcharse, pero si ella había empezado a olvidar, la dejaría en paz. Él no lo había hecho, ni siquiera lo había intentado. Amanda fue en su vida un soplo de aire fresco, al que tuvo que renunciar para protegerla.
Eric abrió la puerta y sonrió al verlo en el umbral.
—Pasa, Moisés —invitó, mencionando su nombre en voz alta y sin emitir ningún sonido le informó de qué Amanda se encontraba en la casa.
Lo siguió al interior y la imagen que vio en el salón hizo tambalearse su duro corazón de policía. Ella tenía en brazos a la niña, y su mente le jugó una mala pasada. Esa criatura hubiera podido ser de ambos si no se hubiera marchado, si continuaran juntos.
Por un instante se miraron y pudo leer en los ojos oscuros de la mujer la misma emoción que trataba de ocultar en los suyos.
Cristina le salió al encuentro y, efusiva como siempre, se colgó de su cuello. Le agradeció la ayuda, porque en vez del duro policía que era, en aquel momento se sentía como un colegial tímido e inseguro. Y terriblemente vulnerable.
—¡Moisés! Que alegría verte de nuevo.
La mujer de su amigo lo rodeó con uno de sus efusivos abrazos. No sabía cómo Eric sobrevivía a la intensidad de su pareja.
Desvió la mirada de Amanda para corresponder al saludo de Cris.
También ella giró la cara para atender a la pequeña que sostenía. Aunque llevaba dos semanas preparándose para el encuentro, que se produciría más tarde o más temprano, el impacto que le produjo la presencia de Moisés fue abrumador. Mucho más de lo que había imaginado. Y la sospecha de que hubiera olvidado al apuesto policía se disolvió como la bruma matinal.
Cuando Cristina deshizo el abrazo, de nuevo sus ojos se encontraron.
—Vamos a conocer al tito Moisés —dijo Amanda a la pequeña que llevaba en brazos, acercándose al policía. Este las contemplaba con un nudo de emoción en la garganta.
—¿Quién es esta señorita tan guapa?
—Tito Moi, esta es Nadia. Una niña preciosa ¿a que sí?
—Desde luego que lo es —afirmó cogiendo a la pequeña en brazos y besándola en el cachete.
—¿A mí no vas a darme un beso? —pidió Amanda. Se había situado tan cerca que podía percibir el calor de su cuerpo.
—No sabía si sería bien recibido.
—Por supuesto que sí.
Con la niña aún en brazos se inclinó a besarla en la mejilla. El perfume añorado lo inundó llenándolo de recuerdos. La conocía lo suficiente para saber que ella estaba tan turbada como él por el encuentro.
Se separó y centró su atención en la pequeña. Amanda se retiró hasta ocupar un puesto en el sofá.
La conversación se hizo general, centrada sobre todo en la nueva integrante de la familia, que se encontraba muy a gusto sobre las rodillas de su tío Moisés y le tiraba a menudo de los botones de la camisa y exploraba con dedos juguetones las facciones desconocidas.
Moisés sintió de nuevo la complicidad que siempre habían tenido en el pasado. La camaradería con su antiguo compañero de piso y las dos mujeres. Los cuatro habían formado un grupo bien avenido a la hora de salir e incluso pasar algún fin de semana juntos en el apartamento que él tenía en la playa.
Si había temido que Amanda le guardase algún tipo de rencor, no era así. Ella lo observaba jugar con Nadia sin asomo de animadversión, sus ojos oscuros tan suaves como siempre, posados en él. Y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para apartar los suyos de la figura que se sentaba en el sofá, tratándolo con la generosidad de siempre.
Ella había sido su refugio desde el momento en que se conocieron en un operativo en la calle de Cris, años atrás. Él pasaba un mal momento personal y encontró en Amanda la paz que necesitaba, la mano suave que curó sus heridas y, cuando iniciaron una relación, el puerto seguro al que regresar cada noche después de una dura jornada como policía. Hasta que tuvo que dejarla.
—¿Qué ha sido de tu vida estos dos años, Moisés? —preguntó Cris cuando la conversación dejó de girar en torno a Nadia.
—No puedo hablar mucho de ello, ya conoces mi trabajo. He estado en una misión encubierta por tierras gallegas, es todo lo que puedo decir.
—¿Ya ha terminado esa misión? —volvió a preguntar.
—Sí, con resultado satisfactorio.
—¿Vuelves a Córdoba de forma definitiva?
—Cris, el policía es él —intervino Eric—. No le hagas un interrogatorio. Disfrutemos de su vuelta.
—Es mi intención quedarme. He echado mucho de menos Córdoba durante mi ausencia, su sol y su calor. Y a su gente. Los gallegos tienen un carácter diferente a los andaluces.
Miró a Amanda tratando de leer en sus ojos si le agradaba o le contrariaba su vuelta, pero estos eran insondables en aquel momento. Se habían recubierto de una expresión agradable, pero indiferente. Parecía calmada, sin asomo del torbellino emocional que él sentía en aquel momento.
Amanda no estaba tan indiferente como parecía. No intervino apenas en la conversación, salvo cuando hablaban de la niña, admitiendo que la pequeña le había robado el corazón. Se esforzaba por no evitar la mirada de Moisés, aparentando toda la tranquilidad que podía. No deseaba mostrar enfado ni resentimiento hacia el recién llegado. No lo había sentido en ningún momento; mientras estuvieron juntos había sido feliz, se había sentido respetada y valorada. También amada. No era culpa de nadie si sus sentimientos hacia el policía habían sido más profundos que los de él por ella. Tampoco era culpa de nadie que su corazón no hubiera podido olvidarlo, pero este sería un secreto entre su corazón y ella.
Pasado un rato, se despidió. Era la hora del baño de Nadia y, aunque a veces se quedaba para participar, aquella noche necesitaba estar a solas, para asimilar sus emociones.
No besó a nadie —salvo a la pequeña— y salió de casa de sus amigos en dirección a su coche. No dudaba de que Cris la llamaría cuando hubiera dormido a su hija, y necesitaba un rato a solas antes de mantener una conversación con su amiga.
Llegó al coche y se desplomó en el asiento. Se tomó un tiempo antes de girar la llave para ponerlo en marcha, para calmar los acelerados latidos de su corazón desbocado. Por un momento rememoró la imagen de Moisés con Nadia en brazos. Él hubiera sido el padre perfecto para los hijos que siempre deseó tener, pero el destino no lo había querido así.
Cuando estaba a punto de iniciar la marcha, unos ligeros golpes en el cristal de la ventanilla la hicieron levantar la vista. Moisés estaba al lado del coche inclinado para mirarla. Sus ojos se encontraron a través del cristal y por un instante imaginó que el tiempo no había transcurrido, que aún sentían algo uno por el otro.
Se recompuso en seguida y bajó la ventanilla.
—¿He olvidado algo?
—No. Solo quería hablar contigo a solas y darte las gracias.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Porque no parece que me odies; ni siquiera que estés enfadada conmigo.
Amanda abrió la portezuela del copiloto y lo invitó a entrar. Sabía que era un error, que habían compartido momentos muy íntimos en un coche, que su primer beso había sido en un vehículo policial cuando aún no estaban juntos, también al atardecer. Pero no pudo evitar que su mano apretara el botón que abría la portezuela.
—No podría Moisés —comentó cuando él se acomodó a su lado sin ningún titubeo.
—Cualquier mujer lo estaría.
—Yo no soy cualquier mujer.
—Te dejé y me fui lejos, sin darte muchas explicaciones. Al menos ninguna muy convincente.
—El que me dijeras que no sentías por mí lo que habías esperado, fue suficiente explicación, y la más convincente. Sé que lo intentaste, pero en el corazón no se manda y no puedo culparte por ello. Te agradecí la sinceridad. Sé que llegué a tu vida en un momento complicado, y simplemente no pudo ser.
Moisés contuvo el deseo de preguntarle si había otro hombre en su vida, si aún quedaba algo de sus sentimientos pasados. Quería preguntarle tantas cosas, pero no era el momento ni el lugar.
—¿Podemos ser amigos, entonces?
—Nunca hemos dejado de serlo; al menos por mi parte.
—No me gustaría ser el motivo de que dejes de acudir a casa de Cris y Eric. Si te molesta mi presencia, seré yo el que no venga.
—No me molesta en absoluto. Será un placer compartir a la pequeña Nadia contigo.
—Gracias… Mil veces gracias, Amanda…, por no guardarme rencor, por ser como eres. Por todo.
—No hay de qué —respondió, pero evitó la mirada inquisitiva que trataba de leer lo que las palabras no decían. No era capaz en aquel momento de sostener su mirada y aguantar el tipo. No dentro del coche ni teniéndolo tan cerca.
En la penumbra del vehículo los dos eran muy conscientes de la presencia del otro, del pasado compartido, pero ninguno dijo nada más.
—Espero que volvamos a vernos pronto —añadió Moisés alargando la mano y abriendo la portezuela.
—Adiós.
Amanda lo vio alejarse con el corazón latiendo enfurecido y tan enamorado como siempre. No conseguiría olvidarlo del todo si seguía viéndolo, lo sabía, pero era incapaz de poner distancia. Seguiría enamorada de aquel hombre el resto de su vida, pero no le importaba.
Capítulo 3
Se empezaron a encontrar con relativa frecuencia en casa de sus amigos. Amanda seguía acudiendo varias veces por semana a verlos y Moisés lo hacía siempre que su trabajo lo permitía.
Hablaban de temas generales, casi siempre relacionados con Nadia, con su crianza, sus comidas y cómo les había robado el corazón. Todos evitaban temas que suscitaran recuerdos de momentos vividos por los cuatro, pero estos estaban siempre presentes. A veces las miradas se cruzaban fugaces. Otras se sostenían más tiempo de lo necesario.
Aquella tarde, Moisés pensó que no tenía bastante con charlas intrascendentes en compañía de otras personas, aunque estas fueran Cris y Eric, por lo que, en vez de subir directamente, aguardó la llegada de Amanda sentado en el coche, frente al portal.
El corazón se le aceleró al verla, caminando con decisión por la acera y mirando en derredor con cautela, buscando entre los coches estacionados. Sus pasos se ralentizaron al descubrir el suyo, pero siguió avanzando.
Descendió del vehículo y le salió al encuentro.
—¡Hola! —saludó ella—. Hoy hemos coincidido en la hora.
—En realidad, no. Llevo un rato esperándote.
—¿Ocurre algo? ¿Cris? ¿La niña?
—Todos bien. Es solo que me gustaría hablar contigo sin que haya nadie analizando nuestros rostros o nuestros gestos cada vez que nos dirigimos la palabra
Amanda esbozó una sonrisa.
—Cris no es muy discreta que digamos Para ella es difícil de entender que podamos ser amigos después de haber sido pareja. Ya la conoces, es impulsiva y sus sentimientos no tienen medias tintas. Todo o nada.
—¿Me aceptarías un café o una copa? Como dos buenos amigos que se han vuelto a ver después de años.
—Claro, si es lo que deseas.
—¿Tú no? Si te resulta incómodo, retiro la proposición.
—Una copa estaría bien. Solo una, ya sabes que siempre ando a la gresca con los kilos.
—Y vuelvo a insistir en lo que siempre te dije: no te sobra ni un solo gramo. No fue tu peso lo que me alejó de ti, si es lo que piensas.
—De eso estoy segura. Pero mantener a raya los kilos es algo que hago por mí, no por los demás.
Se dirigieron caminando hacia una cafetería cercana y buscaron una mesa en la terraza.
—¿Lo de siempre? —preguntó Moisés antes de dirigirse a la barra para pedir las consumiciones.
—He ampliado mis gustos alcohólicos. Ginebra exótica con Seven-Up, pero poco cargado. Hace mucho calor para un licor.
Era cierto, el verano había empezado a golpear con fuerza. Una vez acomodados, con las bebidas por delante, Moisés se decidió a preguntar lo que llevaba deseando saber desde que la vio de nuevo.
—Siempre hablamos de Nadia y nunca de nosotros mismos. ¿Qué ha sido de tu vida en estos dos años?
—No hay muchos cambios en ella. Sigo trabajando en la cadena de zapaterías y salgo con Cris, Eric y Nadia a menudo.
—¿No tienes otro círculo de amigos? Porque imagino que desearás algo más que visitas al parque o paseos al atardecer.
—Ellos son los mejores amigos del mundo, no necesito otros. A veces también salgo con compañeros de trabajo, pero ellos solo son conocidos. No me gusta la vida nocturna, me cansa y me aburre.
Eric se contuvo antes de preguntar si había algún hombre en su vida. No tenía derecho a hacerlo, por mucho que deseara averiguarlo.
—Sin duda tu vida ha sido mucho más interesante que la mía —continuó Amanda sin mirarlo a los ojos. Temía que leyera demasiado en los suyos.
—No he estado haciendo un trabajo interesante. Más bien uno que aborrezco y del que no puedo ni quiero hablar de forma específica. Ha sido una pesadilla.
Había un matiz de tristeza en sus palabras. Amanda lo conocía y lo identificaba. En el pasado él le había contado algunos de sus casos y sabía lo mucho que le afectaban, pero eso había sido en otra vida.
—Lo siento.
—Tenía que hacerlo y lo hice. Sabía dónde me estaba metiendo cuando lo acepté.
—Si necesitas hablar de ello, puedes contar conmigo. Sigo siendo tu amiga y te garantizo mi discreción.
—Ahora no. Tal vez más adelante.
—Como quieras.
—Ahora solo deseo tomar algo contigo y disfrutar de tu compañía. Te he echado de menos. —Se aventuró a confesar, y buscó los ojos que evitaban los suyos, para observar su reacción.
No hubo ninguna. Amanda tomó un sorbo de la copa y añadió con voz neutra.
—También a ti te hemos echado todos de menos. Eric se vio de repente rodeado de mujeres, con una Cris aún más hiperactiva de lo habitual por el embarazo. Me consta que le hubiera gustado tenerte cerca para evadirse algún rato. Adoro a mi amiga, pero sé lo intensa que puede ser a veces.
—¿Y tú? ¿Me has echado de menos tú?
—¿Acaso lo dudas? No es fácil romper una relación, ni decir adiós a alguien de la noche a la mañana.
—Sin embargo, no me guardas rencor.
—Ya te he dicho que no. No estaría aquí si fuera así.
—Es importante para mí que no me odies.
—Moisés, odio es una palabra muy fuerte. Fui feliz el tiempo que estuvimos juntos, no puedo odiarte. No podría, aunque quisiera —añadió.
—Pero no me miras al decirlo.
Desvió los ojos y encontró los de él cargados de incertidumbre, y de emoción. Una mirada que había visto a menudo en el pasado y a la que no quería analizar.
—No te odio —repitió—. ¿Satisfecho?
—Sí. Aun así, quiero pedirte perdón. Sé que mi marcha te hizo daño.
—Te quería; claro que me lo hizo, pero ya está superado. Soy una mujer práctica, no me aferro al dolor, sino que hago lo posible por afrontarlo y seguir adelante. Me quedo con lo bueno de nuestra relación, y no con lo malo. Ahora estamos aquí y podemos volver a ser amigos de nuevo. Si tú quieres, claro.
—No hay nada que desee más. Te he esperado esta tarde porque necesitaba tener esta conversación contigo, y en casa de Eric es imposible. Me siento observado por Cris, como si temiera que en cualquier momento pudiera saltar un drama entre nosotros. Por eso quería verte a solas.
—No tienes que preocuparte, no va a haber ningún drama por mi parte.
—Tampoco por la mía. Soy el mismo de siempre y me gustaría que supieras que puedes contar conmigo para cualquier cosa que necesites.
—Gracias. Tú también conmigo.
Moisés alargó la mano y cubrió la que Amanda mantenía sobre la mesa. La apretó con suavidad y ella no la retiró. Sus ojos se encontraron y por un minuto regresaron al pasado, a los primeros tiempos antes de formalizar su relación. A las miradas cómplices, de decirse con los ojos lo que las bocas callaban.
Amanda sintió que el pulso se le aceleraba, que la mano de Moisés quemaba sobre la suya.
Pensó que era una tonta por imaginar lo que su corazón deseaba, cuando él solo trataba de reanudar una relación cordial de amistad. Retiró la mano con cuidado, y Moisés la dejó ir.
—Gracias —susurró él con voz acariciadora. Con la misma voz que siempre usaba en sus momentos íntimos.
—De nada. No puedo quedarme mucho más, —comentó incapaz de continuar fingiendo una indiferencia que no sentía—. Cris me espera y si me retraso va a empezar a llamar, ya la conoces.
—Pues termina la copa, y te dejo libre para que disfrutes de la pequeñaja.
—¿Tú no vienes?
—Hoy no. Debo organizar un dispositivo de vigilancia para mañana y prefiero hacerlo cuanto antes.
—¿Peligroso? —preguntó con temor.
—No, rutina. Será mi equipo quien lo lleve a cabo, yo solo debo coordinarlo.
—Muy bien. Pues nos vemos de nuevo en casa de Cris, una tarde de estas.
—Hasta entonces.
Se despidieron ante la casa de sus amigos. Moisés subió a su coche y contempló la figura llena de curvas de Amanda entrando en el portal. Esa figura que a ella le mortificaba y él adoraba. Que se moría por acariciar y estrechar de nuevo entre sus brazos. Pero, aunque le parecía que tampoco los sentimientos de Amanda hacia él habían cambiado, no quería precipitarse. Ella hablaba de amistad, y antes de dar un paso más, debía convencerla de que no le rompería el corazón de nuevo. De que estaba allí para quedarse.
Capítulo 4
Después de la conversación con Moisés, Amanda se sentía confundida. Su ofrecimiento de amistad se veía empañado por la calidez de sus ojos, y su corazón empezaba a brincar con fuerza cuando lo tenía cerca.
Había comenzado a ir cada día a casa de sus amigos —en vez de las dos o tres veces por semana que solía hacerlo— con la esperanza de verlo allí. Aunque se decía que debía poner distancia, que no debía hacerse ilusiones de que lo que un día tuvieron se reavivara, porque no siempre quedaban rescoldos donde una vez hubo fuego, no lo conseguía. Una y otra tarde encontraba una excusa para presentarse en casa de sus amigos y aguardaba a que Moisés acudiera también. Él no lo hacía siempre, y en esas ocasiones volvía a su casa decepcionada y triste.
Rehuía la mirada de Cris, sabía que esta adivinaba que sus sentimientos por el policía estaban resurgiendo de forma alarmante, y no deseaba escuchar consejos para que pusiera distancia. No quería admitir que su amiga tenía razón. Sabía que debía hacerlo, pero era incapaz. Se conformaba con verlo un rato en compañía de Cris y Eric, con charlar con él de forma amigable y con decirle adiós cuando acababa la tarde.
Aquel día esperó de nuevo sin que él apareciera. Hacía tres días que no daba señales de vida, ninguno sabía nada de él y una ligera preocupación empañaba su mente.
Se despidió con la certeza de que tampoco lo vería esa tarde. Subió al coche y antes de que le diera tiempo a arrancar, le entró una llamada en el móvil. Cuando el nombre de Moisés iluminó la pantalla se apresuró a responder con el corazón acelerado. Desde que volvió nunca la había llamado, siempre se encontraban por casualidad.
—Hola, Moisés.
—Hola, Amanda. ¿Te pillo en mal momento?
—Acabo de salir de casa de Cris. Todavía no he puesto en marcha el coche.
Quiso preguntarle si estaba bien, si el motivo de su ausencia de varios días era por cuestiones de salud o de trabajo, pero se limitó a dejar que él explicara el motivo de la llamada.
—¿Tienes algún plan ahora?
—Pensaba ir a casa para cenar.
—¿Sola?
—Sí, sola.
—¿Te apetecería cenar conmigo? Podemos ir al italiano que tanto te gusta, he visto que sigue abierto. Acabo de salir de varios días de vigilancia en un coche, un operativo parecido a aquel en el que nos conocimos, y me muero por un poco de charla y compañía. —Tras unos minutos de silencio, continuó explicando—. Es demasiado tarde para presentarme en casa de Eric, ahora es el momento del baño de Nadia y la cena.
Amanda recordó el operativo a que Moisés se refería, una vigilancia en un coche que duró bastantes días y que suscitó la suspicacia de las dos amigas, que terminaron colaborando con la policía.
—Estaré encantada de cenar contigo. Ya sabes que no puedo resistirme a ese restaurante.
—Te espero allí, entonces. Gracias.
—No hay de qué. Invitas tú, ¿no? —bromeó para calmar la euforia que sentía.
—Por supuesto que invito yo.
—Hasta ahora.
Arrancó con presteza y se encaminó al lugar de la cita con el corazón exultante. Se repetía una y otra vez que solo era una comida amistosa, pero le daba igual. Sabía que se estaba deslizando por una pendiente peligrosa, cuesta abajo y sin frenos, pero ignoró la voz de advertencia.
Moisés la esperaba ya sentado a una mesa. A la favorita que habían usado en el pasado, situada junto a la ventana. Parecía cansado, pero sus ojos se iluminaron al verla entrar. Se levantó para recibirla, con sendos besos en las mejillas.
Amanda contuvo el deseo de abrazarlo, como había hecho cuándo eran pareja y regresaba exhausto, o abatido de alguna de sus investigaciones. No era en absoluto un policía duro, y a menudo la crudeza de su trabajo le ocasionaba decepción y pesar. En esas ocasiones, ella lo tomaba entre sus brazos, y él murmuraba que era su cálido refugio contra el crimen. Hacían el amor despacio, y eso lo recomponía.
Aquella noche eso estaba fuera de lugar. Pero sí podía ofrecerle su compañía y su amistad incondicional.
—Gracias por venir —repitió él, una vez más.
—No dirás lo mismo cuando veas la cuenta. Estoy muy hambrienta.
—Pide todo lo que desees.
Se sentó y ni siquiera miró la carta. No había vuelto a aquel restaurante después de su ruptura, pero sabía lo que iba a pedir. Lo que iban a pedir los dos.
—¿Lo de siempre, o también has ampliado tus gustos en comida italiana? —preguntó Moisés, recordando la tarde que tomaron una copa.
—Eso no ha cambiado.
Les sirvieron unos gnocchis para él y unos raviolis con salsa de trufa para ella. Moisés pidió además una botella de Lambrusco rosado. En el pasado el restaurante se encontraba muy cerca del piso del policía y, cuando bebían, se iban andando hasta el mismo y pasaban la noche juntos. Ahora él ya no vivía en la casa que había compartido con Eric, pero pidió el vino igualmente.
—Tengo que conducir —advirtió Amanda.
—No te preocupes; me encargaré de llevarte a tu casa en un taxi y mañana es sábado. Puedes venir a recoger el coche por la mañana. O si lo prefieres, me das las llaves y yo te lo llevo. ¿Sigues viviendo en el mismo sitio?
—Sí. Mi vida no ha cambiado desde tu marcha, sigue igual de tranquila.
—Me alegro por ello.
—Tú pareces cansado.
—He pasado varios días de vigilancia dentro de un coche. Ya sabes lo que es eso. Y no contaba con nadie que me distrajera tirando la basura —añadió mirándola con una sonrisa.
—Cada vez que pienso lo que debías imaginar, me muero de vergüenza.
—No lo hagas. Gracias a eso nos conocimos.
—Tal vez preferirías no haberlo hecho. Las cosas no terminaron bien entre nosotros.
—Nunca me arrepentiré de haberte conocido, y mucho menos de nuestra relación, aunque fuera yo quien le puso fin. Fuiste un soplo de aire fresco en mi vida. Y estoy muy feliz de que esta noche podamos estar aquí compartiendo esta cena.
—Como buenos amigos —puntualizó Amanda.
—Sí.
—Respecto a lo de tu vigilancia en el coche, creía que habías ascendido y que ahora tenías un equipo que se encargaba de ese tipo de tareas.
—Yo formo parte del equipo, y tengo algunos miembros de vacaciones. Estamos en verano. He hecho varios turnos seguidos.
—¿Todos tú?
—Soy el jefe, respeto los horarios de mis subordinados a rajatabla.
—Y asumes las horas de más.
—Ese soy yo. Genio y figura. Pero ahora tengo el fin de semana libre, salvo que surja alguna complicación inesperada. En mi trabajo nunca se sabe.
Amanda lo recordaba, a veces habían tenido que cancelar algún plan para que él acudiera a una llamada urgente.
—La vuelta a Córdoba en sí supone un descanso. —continuó explicando Moisés—. En Galicia ha sido mucho más duro.
—¿Y peligroso? —preguntó inquieta.
—Sí.
—Eric estaba muy preocupado al principio porque no tenía noticias tuyas. A mí no me lo dijo, no hablábamos de ti, pero escuché una conversación entre él y Cris.
—¿Tú también estabas preocupada?
—No me extrañaba no saber de ti, era lógico después de nuestra ruptura, pero sí me inquietó que no lo supiera él. Sin embargo, supuse que querías cortar con todo lo que te atara a mí. Y traté de no preocuparme. No pregunté y me convencí de que te habías puesto en contacto con ellos más adelante, y que estabas bien. Me lo habrían dicho en caso contrario.
—Estuve infiltrado. No puedo darte muchos más detalles.
—¿Y sirvió de algo?
—Sí. Desarticulamos una red de narcos.
—Me alegro.
—Pero no quiero seguir hablando de trabajo y menos de ese. ¿Qué haces el fin de semana?
Amanda se encogió de hombros.
—La limpieza. La colada. Pasar tiempo con Nadia y descansar el resto.
—¿Si le propongo a Cris y Eric irnos a mi casa de la playa, te vendrías? Tengo unos días libres, incluido el fin de semana. Es el primero desde que volví, mis turnos siguen siendo tan caóticos como siempre.
Amanda apuró su copa de un largo trago. Estar con Moisés cenando en uno de sus restaurantes favorito era una cosa, pero ir a la playa era diferente. Aquella casa estaba llena de recuerdos maravillosos para ella. De ellos. De la primera noche que pasaron juntos. De muchos otros fines de semana que se escapaban, solos o en compañía de sus amigos, cuando Moisés tenía días libres. De hacer el amor sobre la arena en las noches calurosas. De atardeceres abrazados mientras se ocultaba el sol. No, no estaba preparada para ir a la casa de la playa.
—Me temo que le he prometido a Cris quedarme con la peque para que ellos salgan a cenar por ahí y pasar la noche en un hotel. Desde que son padres la intimidad está bastante condicionada por los horarios de su hija. Será una sorpresa para Eric, él aún no lo sabe.
Ya le pediría a Cris que no la desmintiera delante del policía. Era verdad que a veces se quedaba con la niña, pero no habían hablado de ese fin de semana concreto.
—Lo dejaré para más adelante. No me apetece irme solo.
—Como quieras.
—Y tú, estás muy implicada con la niña, ¿verdad?
—Es mi sobrina del alma. La quiero como si fuera mía.
—Nunca adiviné esa vena maternal en ti.
—Lo nuestro no llegó a avanzar lo bastante para plantearnos una convivencia, mucho menos la maternidad.
—Pero te gustaría tener hijos.
—Seré madre en algún momento, sí. Después de pasar el embarazo junto a Cris y de tener a Nadia en mis brazos, no me quiero perder esa experiencia por nada del mundo.
—¿Hay algún candidato a padre en el horizonte? —indagó Moisés con interés poco disimulado.
—No, pero están los bancos de esperma y las inseminaciones artificiales. No me asusta la maternidad a solas, ni voy a liarme con cualquiera solo para tener un hijo.
—No hay un hombre en tu vida, entonces.
—¿Crees que alguno aguantaría que vaya todas las tardes a ver a Nadia?
—Depende del hombre.
—No hay nadie, Moisés. Estoy felizmente libre para dedicar mi tiempo a quien quiera. Y de momento esa es mi niña.
Volvió a rellenar la copa. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. No quería parecer patética ni que no había superado la ruptura, pero mentirle era impensable. La conocía demasiado bien y se daría cuenta.
—También yo lo estoy —murmuró Moisés con la voz ronca—. No ha habido nadie después de ti.
—¡Pues estupendo! —Se apresuró a decir—. Los dos estamos geniales. —Había una nota falsa en la voz, tal vez producto del vino que había ingerido o de la rapidez de la respuesta—. Pero dejemos de hablar del pasado, este ya quedó atrás. Terminemos de cenar para que puedas relajarte. Y no me sirvas más vino, o se me subirá
