
¡¡¡¡¡¡La Pandilla Pichichi
se va de vacaciones!!!!!!
¿Que por qué las llamo «vacaciones» si el viernes tuvimos clase y el lunes volveremos a tener? Bueeeeno… A lo mejor he exagerado un poquito. Es por la emoción. Espera, que cambio el título:

¡¡¡La Pandilla Pichichi se va de viaje!!!
¿Que por qué lo llamo «viaje» si vamos en el mismo autobús que alquilamos cada finde para jugar contra los equipos de la comarca? ¡Pues porque esta vez nuestro destino queda mucho más lejos! Tan lejos que tendremos que pasar la noche fuera. Venga, pruebo con otro título:

¡La Pandilla Pichichi tiene su primer partido en otra provincia!
¿Te has dado cuenta de que he ido perdiendo exclamaciones por el camino? Mira que estaba motivado… Y no solo yo: hasta hoy mismo, ningún miembro del equipo era capaz de hablar de otra cosa…
¡Un finde entero sin mayores!

Que sí, que nos acompaña Candela, pero ella no cuenta: nuestra entrenadora es la mayor más molona del mundo entero. Hacía falta otro adulto responsable que la ayudase, pero, por suerte, no debía de quedar ninguno disponible porque quien se ha apuntado es mi abuelo. No sé qué mosca le habrá picado (¿sabías que, en realidad, las moscas no pueden picar?), con lo poco que le gusta Candela…, pero no me voy a quejar.
¡¡¡Nos ha comprado esquijamas de oso a juego!!!
Tenemos cuatro habitaciones reservadas en un hotel. Uno que permite mascotas, claro, porque no sería una fiesta de pijamas de verdad si no pudiéramos invitar al alma de todas nuestras fiestas: ¡Canela! Y por la mañana haremos turismo, y Mateo hasta se ha graduado otra vez las gafas para que los borrones del paisaje le parezcan borrones coloridos del paisaje, y y…
¿Que por qué me tiembla la voz si todo suena superdivertido?
Porque, ahora que nos estamos acercando al pueblo de nuestros rivales…, es imposible no sentir algo extraño en el ambiente.
Una niebla densa como el chocolate caliente cubre los tejados de las casas. El viento sopla con tanta fuerza que los árboles podrían competir contra mi abuelo en una batalla de breakdance. Del cielo cae un relámpago electrizante y zigzagueante…
Entonces los gemelos, que llevaban todo el viaje sospechosamente callados, comparten una de sus miradas de deberíamos-contar-esto-a-nuestros-amigos-o-será-mejor-esperar-a-que-la-realidad-destruya-sus-más-profundos-deseos.
—¿Qué pasa ahora? —murmura Mateo.
