Yoselín[1]
Ella nació en la costa. En un pueblo cercano a la capital sinaloense, a poco más de cien kilómetros de Culiacán y a menos de treinta de la ciudad de Guamúchil, en el municipio de Salvador Alvarado.
Ahí, en su pueblo de casas de madera y lámina, entre temporadas de captura de camarón y tiburón, actividades a las que se dedicaban sus padres y hermanos, cursó hasta la secundaria y fue en ese periodo cuando conoció al amor de su vida: el novio de los 14 años, al que le sudaban las manos cuando entrelazaba la suya, el que la miraba con esa ternura de atardecer frente al mar. Ambos terminaron la secundaria. Él se fue a Estados Unidos, a seguir estudiando y a trabajar. Ella se quedó en su tierra para cursar la preparatoria.
Ya era una jovencita, sus formas lograban en ella la imagen típica de costeña. El pelo chino siempre alebrestado y la danza sensual de sus pechos al caminar. Ya portaba esa coquetería consustancial a ese cuerpo que empezaba a asomarse, sinuoso y atractivo.
Así, con ese porte y ese cuerpo como un guiño, a sus 17 años ganó el certamen municipal de reina de belleza, en el año 2000.
Hasta la tierra de Yoselín bajan los cargamentos de mariguana y cocaína. La yerba viene de la sierra, cerca de 50 kilómetros de estas costas ya empieza la montaña. Y más, poquito más allá están los plantíos de mariguana. Y un poco más arriba, los de amapola. La cosecha se da después del tiempo de lluvias, que casi siempre son abundantes en esta región. La carga es bajada en camionetas de redilas, en camiones de carga, trocas y camiones rabones. No ha hecho falta ir tan lejos. En esta zona, en el 2009, efectivos del Ejército Mexicano destruyeron dos plantíos de mariguana que estaban ubicados en el valle, en la zona donde campesinos y prósperos agricultores siembran frijol, maíz y garbanzo, y un poco de hortalizas. Los dos plantíos sumaban alrededor de 43 hectáreas. Pero uno de ellos, el más extenso era de poco más de 39 hectáreas. Ninguno tan extenso en 10 años, en Sinaloa. Las plantas, de acuerdo con los reportes de la Novena Zona Militar, estaban a punto de la cosecha. Nada que ver con los cientos de hectáreas encontradas y destruidas también por el ejército en otra zona agrícola, más desarrollada, en el municipio de Elota, donde preponderantemente se siembran hortalizas —tomate, pepino y chiles— para el mercado de exportación. Son más de 100 mil los jornaleros agrícolas que se emplean en la siembra y cosecha de hortalizas. Muchos de estos trabajadores vienen de estados como Chiapas, Oaxaca y Veracruz. Son los mismos que pasaban cerca de los plantíos de mariguana, que no eran pocos: entre todos, en un plazo corto de cerca de dos meses, sumaron unas 200 hectáreas, pero en diferentes predios, diseminados, escondidos, entre parcelas de maíz, camuflados, pero cerca, muy cerca de la carretera México 15, de la zona urbana, de las miradas y narices de la autoridad municipal. Y a unos cien kilómetros de Culiacán.
La yerba llega hasta la costa en camionetas y camiones. Es descargada clandestinamente en bodegas y puntos cercanos a la playa. De madrugada, cuando la oscuridad es densa y la noche avanzada, jóvenes pescadores, subempleados con la resaca de la temporada de captura de camarón que no alcanzó ni para pagar las deudas, se emplean, se instalan en lanchas rápidas, suben la droga a la nave, y se retiran, penetrando la densa neblina, mar adentro, para colocar la droga en otros mercados, otros puertos y barcos, donde la esperan clientes ya apalabrados.
La coca se mueve igual. Llega por la costa y por la costa se va. Una parte se queda en la zona, para su venta, aunque también con ella se pagan los servicios de transporte y seguridad. El resto puede buscar nuevos mercados. Siempre, invariablemente, hay gente esperándola.
El transporte de enervantes por vía marítima ha cobrado auge debido a que las carreteras están copadas de retenes y hay patrullaje de la policía federal y el ejército. Por aire las drogas pueden ser detectadas por los radares del gobierno. Por mar no hay quien las pare. Y si los transportistas son detectados, no hay quien los alcance. Lo peor que puede pasarles es que tengan que tirar la droga entre los matorrales, la selva baja poblada por los manglares, o mar adentro, para que nadie la encuentre.
Todo en Yoselín es regalado: el reloj, el anillo, el collar con diamantes, la blusa y el pantalón, los lentes Dolce&Gabbana. Todo. Hasta sus senos voluminosos y explosivos. Pero ella no se regala.
Morena, alta, pelo negro, largo y ensortijado. Ojos que brincan, que viajan para allá y para acá, que no están quietos, sólo cuando miran a algún hombre guapo pasar. Una sonrisa que desvela y despierta.
Yoselín se sabe hermosa, atractiva y sensual. Trae una blusa negra que se abotonó casi hasta arriba para llegar al restaurante. Pero que se desabrochó tres ojales cuando vio que la miraban: sus pechos quieren saltar, bolas redondas y rebeldes, que se quieren salir del brasier. Era 32A hace un par de años. Juntó un dinero que le dejó un novio y una parte que le aportó su nueva pareja, un árabe que vive en Caléxico, hasta sumar los 45 mil pesos que le costó subir de talla y de envidias: ahora es 36C.
Tiene 24 años y una vida de abundancia: piedras preciosas, brillantes y regalos. “Pero me he partido la madre”, dice, con ese acento de bronca, como se les llama a quienes habitan el norte del país, que vienen de rancho, de comunidades rurales marginadas o de la sierra. Pero ella, aunque se siente bronca y se dice bronca, es costeña. Basta mirar su pelo, su andar de vaivén como las olas que bañaron su costa, su arena, sus pies y su infancia.
Yoselín es gritona, grosera, malhablada, coqueta, brillante, inteligente, generosa. Yoselín dice lo que piensa y está acostumbrada a que le reviren, le contesten, y a pelear, defenderse, discutir. Ya ha tenido problemas por decir lo que piensa, pero prefiere eso a la hipocresía, a las mustias de oficina y locas de motel. Ella está loca y así es siempre. Loca de atar, no de borracheras ni antros. Loca de amor, pero también de “chingarse y chingarse” —como dice ella— para estudiar y trabajar, para terminar su carrera profesional, ayudar a sus padres y estar donde está: de regreso con su amor, el amor de su vida, el novio de la secundaria, el de los 14 años, al que siguió y esperó, aun en brazos de otros hombres, hasta que regresó a su tierra, al arrullo de las olas, a ese olor a pescado y a perdición.
Yoselín afirma que se le han acercado narcos. Le dicen, incitantes, “¿No quieres ser mi reinita?” Bien vestidos, con su tejana, los pantalones de mezclilla y camisas Versace. Enjoyados, envueltos en cadenas de oro, tres teléfonos celulares y radios Nextel. Ojos vidriosos y paso guango, desenfadado. Botas azules, de piel de avestruz o de anguila. “Mamita, ven conmigo. Te doy lo que quieras”, dice Yoselín que le musitan al oído. Ella no ha querido involucrarse. Les dice que no porque está cabrón: “Todo lo que tengo me ha costado mucho, un chingo de esfuerzo, de trabajo, como para que te etiqueten, digan ésta es mujer de narcos, de tal narco, y al rato te maten. Como que no”.
A sus 24 años, conoció a un sujeto a quien no quiere nombrar. El hombre se le acercó, según confesó ella misma, y le dijo que el carro que traía no era para una mujer tan hermosa. Él tenía una camioneta Lobo color negra y un interminable fajo de dólares en la billetera, y le insistió: “Morenita, no ande en ese carro, ese carro no es para usted, usted se merece uno nuevo, un carrazo, se lo voy a regalar.” Y así lo hizo. Le dio un Bora de lujo, con quemacocos, diesel en lugar de gasolina, asientos de piel y tablero con terminados de madera.
Yoselín dice no saber si eran narcos sus benefactores. Fueron sus parejas, amantes y novios. Uno de ellos, el mismo que le regaló el automóvil, que era quien más capacidad económica tenía, le daba de dos a cinco mil dólares cada que ella le llamaba, le pedía, necesitaba, o simplemente se le antojaba. Le financió un viaje a Estados Unidos, por una semana. Y luego se la llevó a la Ciudad de México. Tenían el plan de viajar juntos a Argentina y Brasil. Ya tenían todo listo. Llegando de la capital del país, un par de días de descanso en Culiacán, y luego a tomar el vuelo.
Pero la consigna de Yoselín, su máxima, de que el dinero no lo es todo, fue la que ganó. Que lo que quiere y necesita es amor. Poco, poquito, mucho, todo el amor. La razón era que su novio, aquel de la secundaria, el amor de su vida, estaba de regreso en su tierra, frente al mar. El dinero es muchas cosas, pero no para ella. Aunque sin estirar mucho la mano lo ha tenido, y si hubiera querido tendría un baúl con los billetes y las joyas, los carros en la cochera, una casa, un fraccionamiento amurallado para ella sola. Una ciudad entera.
Antes de salir de nuevo a la Ciudad de México para tomar con su benefactor el vuelo al extranjero sintió esa comezón en el estómago, esas burbujas en el vientre, e inventó un pretexto para ir a su pueblo. Ahí se encontró con el primer novio. Se encontró con él sin haber dejado de hablarle, verlo y visto, en todos sus sueños. Se entrelazaron sus manos, sus extremidades y se confundieron de nuevo los sudores. Entró uno en la otra. Copuló el mar con el cielo. Y ambos se dijeron sí para el resto de sus vidas.
Cuando Yoselín estuvo de nuevo en Culiacán, su amante, el de la camioneta Lobo negra, de los fajos de dólares estaba esperándola para preguntarle a qué había ido a su pueblo, con quién, a qué hora había llegado. Ella contestó y todo coincidió con el gps que el vehículo tenía instalado, y del cual ella apenas se enteraba. Entonces Yoselín se vio acosada y hostigada, sobre todo cuando empezó a encontrarse a su amante “por casualidad”, en los centros comerciales y restaurantes, saliendo del café o la estética. Se dio cuenta de que traerse a su novio a Culiacán era arriesgado porque podían verlos juntos y hacerles daño. Le dio pavor y se sintió vulnerable. “Una mirilla de un francotirador puede jalar el gatillo cuando me tenga en el centro, donde se cruzan las rayas del telescópico.”
Fue entonces cuando Yoselín pensó en terminar esa relación de fajos de dólares y automóvil nuevo. Le anunció al amante en 15 ocasiones que le regresaría el Bora pero él no aceptó, con el argumento de que el carro era suyo. La tensión subió de tono con la desesperación: sabía que el vehículo era parte del chantaje que él le quería imponer. Era una encrucijada entre el amor y el dinero, los lujos. Los nervios de Yoselín alcanzaron tal nivel que tuvo que acudir a terapia psicológica y bajó ocho kilos de peso en cuatro semanas, sobre todo porque la seguían interrogando con preguntas de con quién andaba, a dónde había ido, a qué hora había llegado.
Hasta que Yoselín se decidió. Le dejó el Bora en el estacionamiento de un centro comercial. A la empleada del mostrador de uno de los negocios del lugar le dejó las llaves y le pagó 200 pesos. “Al rato pasan por él.” Y le encargó que las entregara. Pero su terror siguió ahí, crujiéndole en las tripas, porque él insistió durante algunas semanas en seguir con ella y regresarle el automóvil de lujo. Pero ella estaba decidida a deshacerse del confort, volver a su carro viejito y recuperar al amor de su vida. Todo a pesar de su pasión por lo material, los billetes y las joyas.
Por algo será que la ciudad y sus personajes oscuros dan miedo. Las calles de día y de noche están pintadas de rojo. Rojo sangre. Sangre seca. Así se edificaron los pequeños altares en los camellones y las banquetas, en los atrios de las iglesias, las entradas de las escuelas, estacionamientos de centros comerciales, plazuelas y a la orilla de calles y carreteras. Cruces pequeñas, rodeadas de globos y grotescas flores artificiales, siempre verdes, amarillas y rojas. Cruces y mausoleos, unos indiscretos y otros sencillos, apenas visibles. Acaso un “Te quiero” en la base, “No te olvidaremos, tus hijos y esposa”. Cruces de un metro, con diseño arquitectónico y ornamentaciones. Cruces en las esquinas y bajo los semáforos. La ciudad es un panteón. Todos los rincones son zonas de ejecuciones. En el 2009, en menos de 140 días hubo casi 400 asesinatos. De entre ellos, 25 cometidos en contra de mujeres. Una de ellas embarazada y ultimada a tiros con otro joven, cuando circulaban por la avenida principal de la ciudad capital. Ambos murieron ahí, dentro de un vehículo compacto. Los paramédicos de la Cruz Roja la levantaron a ella sin vida y la llevaron al hospital, ubicado a menos de un kilómetro del lugar. El personal del nosocomio logró extraer vivo al bebé, que luego alcanzó una recuperación completa, ya que no tenía impactos de bala.
Ese año, 2009, cuando todavía no terminaba mayo, ya se habían acumulado nueve parejas ultimadas a balazos, en casos supuestamente relacionados con el narcotráfico. En muchos de estos asesinatos las víctimas eran presuntos robacarros, ejecutados por parte de un comando de sicarios que después de ultimarlos dejaban recados amenazantes para otros delincuentes dedicados al robo de autos: como un mensaje macabro, aventaban sobre los cadáveres carros nuevos de juguete.
Dos de los municipios de Sinaloa, Navolato y Culiacán, concentraron la mayoría de estos homicidios. En uno realmente conmovedor, dos jóvenes, marido y mujer, fueron encontrados en el camino que conduce al dique La primavera, al sur de la capital sinaloense. Él fue hallado con los ojos vendados y las manos esposadas a la espalda. Ella, joven y hermosa, fue encontrada muerta a pocos metros de él. La joven fue identificada como María José González López, de 22 años, oriunda de la ciudad de Mexicali, Baja California, y Omar Antonio Ávila Arceo, de 30 años, nacido en Michoacán, quien aparentemente se dedicaba a la compra y venta de vehículos usados. En el lugar, de acuerdo con los reportes de la Policía Ministerial de Sinaloa, fueron encontrados diez casquillos calibre .38. Las dos víctimas tenían impactos de bala en la cabeza.
Esta era la violencia que, aunque no estaba dirigida a ella, le ponía los nervios de punta a Yoselín.
“Qué es tuyo”, se le pregunta a Yoselín. “Van a decir que nada es mío, que todo es regalado: la ropa, los cincuenta pares de zapatos, las pulseras, el anillo, el reloj. Pero es que todo es mío y todo es regalado. Y lo que falta.”
Yoselín es única hasta en la forma de pararse, en el habla, en esos pasos largos, como de sensuales zancos, nada más para recorrer los pasillos, mostrarse en el trayecto de la mesa del restaurante al baño. Su objetivo es ser observada, mirarse en los ojos deseosos del otro, saberse en la mirada envidiosa de la vecina, de la amiga, de la compañera de trabajo o de esa desconocida que la devora queriendo desaparecerla con la mirada.
Así, Yoselín es feliz. “El dinero. El dinero no es nada. El dinero no es la felicidad ni es todo. Esa es la verdad. Puede parecer que en mi caso sí, sí lo es todo. Pero parezco muchas cosas que no soy. Y soy romántica y me gusta la lana, el dinero, los dólares. Pero para mí no hay como la familia, vivir con alguien que es tuyo y de nadie más, morir con él, estar en mi casa, abrazada, amada, cobijada. Eso es lo mejor. Ahí está la felicidad. Mi felicidad.”
Yoselín ha vivido en esos linderos: el narco, la perdición y el papel moneda. Sus fronteras son flexibles en función de las coyunturas. Ahora está tranquila y quiere vivir con un muchacho que la tiene loca, más de lo que está, desde la adolescencia. Niega lo que es evidente, como ese collar que insiste en asomarse y luego perderse entre las tetas. Es un collar del que cuelga una figura en forma de corazón, copada de brillantes. El costo aproximado de estas piezas, ambas de oro, es de casi 65 mil pesos. El reloj Bulova, aparentemente discreto, con carátula redonda y delgado, también tiene brillantes: otros 25 mil pesos. Un anillo de oro y unas arracadas que igualmente tienen un alto precio. Con todo y sus senos inflados, Yoselín carga esa tarde en su cuerpo, incluyendo ese atuendo y el ajuar, alrededor de 150 mil pesos. Tiene un teléfono Motorola con carátula plateada: cinco mil pesos más. En su ajuar está la bolsa marca Chanel, que tiene un valor de 10 mil pesos. Y los 40 o 50 pares de zapatos.
Insiste en decir que, si fueron narcos sus benefactores, ella nunca se enteró. Actualmente, trabaja en una dependencia del gobierno del estado y estudia inglés en el Centro de Idiomas, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Quiere seguir preparándose. “No sé, tal vez una maestría.” Dice que le gusta esforzarse, obtener las cosas con pasión y sudor, pero no conseguirlas a costa de lo que sea. “Eso es peligroso”, señala, con resignación. Intenta convencer a su novio que estudie o trabaje, pero él no tiene prisa. Y menos si sus padres lo mantienen con el dinero que sacan de un negocio de venta de ropa y accesorios para mujeres. Por lo pronto, ella ya sacó cuentas para seguir correteando sus sueños: una casa propia a través de un crédito de interés social, y una lipo y nuevas nalgas.
“No he terminado. Quiero una liposucción y que la grasa me la pongan acá, en las nalgas”, dice. A su paso, con esa altivez, los hombres creen que no es de aquí, tal vez cubana, brasileña o colombiana. Y a ella le encanta. Le alimentan el enigma y eso se agrega a su belleza. Dice no necesitar de tantas joyas ni colgajes pero no se los quita. Argumenta que casi nunca las trae encima. No extraña el otro nivel de vida, regalado por tantos novios, como aquel que la llevaba a los mejores restaurantes, que era calmado pero siempre andaba con una pistola fajada. Y se defiende: “Todo lo he conseguido con trabajo, con mucho esfuerzo, chingándome, pero nunca he dado las nalgas.”
Argumenta que ya decidió dejarlo todo y quedarse con el amor, su amor, el que empezó a los 14 años y se convirtió en el resto de su vida, al lado de ese joven de su pueblo.
Lejos, muy lejos, en la sala de una casa inmensa pende una fotografía tomada durante una fiesta, en la que Yoselín está sosteniendo, orgullosa, un fusil AK-47, conocido como “cuerno de chivo”, arma preferida por los sicarios al servicio de los cárteles del narcotráfico. Yoselín ya está lejos del árabe y el Bora, del empistolado, del GPS y del tipo que la perseguía y la orilló a acudir con el psicólogo. También está lejos de aquel narco que se le acercó, vestido de cinto piteado, prendas Versace, con torzales gruesos y la brillosa Santa Muerte colgándole del pecho, ese que le dijo pispireto “Te voy a dar lo que quieras.” “Le pregunté que cuánto”, explica Yoselín, “y me dijo que todo: todo lo que yo quisiera”.
Amor, volví a chocar
La joven agarró el teléfono celular. No estaba nerviosa, no, más bien aparentaba desenfado. Actuaba con la lentitud de no importarle lo que hacía, de no tener prisa, de estar más allá.
Comenzó a hablar fuerte, varios testigos recuerdan la conversación.
“Amor, ¿qué crees?, choqué otra vez... Sí. Ajá. Ay, mi amor, qué lindo. Sí. Sí. Sí. Aquí, por la… ¿cómo se llama esta calle?”, preguntó sin dirigirse a nadie en particular, y no faltó el aprontado: “Es la Francisco Villa.” El accidente había sido en el centro de Culiacán.
La joven traía una camioneta negra Chevrolet nuevecita, tipo buchona. Tres choques había protagonizado en apenas mes y medio. Circulaba por la Donato Guerra, de norte a sur, y no hizo alto en la esquina de la Francisco Villa. Entronque peligroso: todos los días y a todas horas hay choques y peatones atropellados. “Iba descuidada”, así se lo dijo al oficial de la Coordinación Municipal de Tránsito que tomaba nota, venía buscando el teléfono celular, que sonaba y sonaba, no vio la señal de alto instalada en la esquina.
“No hizo alto”, le dijo el agente, ataviado con su uniforme café, con una raya café oscura en los lados del pantalón. La Chevrolet pegó muy fuerte con esa camioneta Nissan de modelo viejo en la que iba una familia que vende elotes calientes y esquites. Los niños que viajaban en la parte de atrás resultaron con quemaduras: con el golpe y el frenón la olla casi se les viene encima y alcanzó a caerles el jugo caliente de los esquites. Los dos menores fueron trasladados a la Cruz Roja, por una ambulancia, donde fueron atendidos por quemaduras de primer grado.
No fueron las únicas víctimas de ese percance. Los que iban adelante, un par de ancianos, también se golpearon. Ellos estaban temblorosos. Las arrugas se les multiplicaron y ahondaron con sus gestos de susto y preocupación cuando vieron a los niños llorando.
El señor de la carreta de tacos de cabeza que puebla religiosamente la esquina de Villa y Donato Guerra fue otro de los damnificados. La carreta quedó descuadrada y arriba de la banqueta. Mesas y bancas desaparecieron en el asfalto.
A pesar de que se encontraban estacionados, otros tres carros fueron afectados por la imprudencia. Resultaron con golpes en los guardafangos, en las defensas traseras, las puertas, los espejos, las salpicaderas. Uno de ellos, un Platina modelo 2005, quedó con la mitad trasera como acordeón. Cuando su dueña, que trabaja en una oficina que está en la esquina de ese crucero, vio su vehículo destrozado, pensó que era pérdida total. “¡Ni siquiera he terminado de pagarlo!”, le comentó al oficial de tránsito.
La responsable del percance seguía con el teléfono celular pegado a la oreja: arrastrando su melodiosa voz, viajando por ese rinconcito de la ciudad que parecía zona de guerra. La dueña del Platina la escuchó decir “voy a hablarle a mi novio para que venga y arregle”. A los cinco minutos llegó un hombre con un maletín pequeño, como cangurera. Arribó al lugar como buscando a Dios para que le pidiera perdón. Miró todo por encima y preguntó quiénes eran los afectados. Los agentes de tránsito se le quedaron viendo mientras hacían los peritajes. Los socorristas de la Cruz Roja atendían a los niños y a los ancianos. Los de la aseguradora tomaban fotos, preguntaban y tomaban nota para elaborar sus reportes.
El hombre recorrió la zona. Parecía flotar. Corrió el cierre y sacó billetes. Puños. Les dio a todos: billetes a los ancianos, billetes a los policías, al de la carreta de tacos de la esquina, quien al momento de estirar la mano le espetó que su carreta valía por lo menos 30 mil pesos, así que se los puso en la palma, sin chistar.
Billetes como arroz. Para hacer a modo el reporte vial de tránsito. Y que no haya problemas. Y que no pase nada. Y que todos se vayan contentos.
A la del Platina que estaba estacionado le ofrecían 20 mil pero los rechazó. “Yo le dije que no le iba a agarrar el dinero ni aunque me diera cincuenta o cien mil pesos en ese momento, porque no sabía cuándo me iba a costar arreglar el carro, y para mí, con sólo verlo, era pérdida total”, comentó por la tarde a un reportero del periódico local.
Los tránsitos la vieron. Los de la aseguradora, su aseguradora, también la vieron. Le dijeron: “Agárrelos, oiga. Agárrelos y que ahí muera la bronca.” Ella contestó que no. Y no.
Al otro día los periódicos hablaron de un choque. Céntrico crucero. Impactan varias unidades. Varios heridos, entre ellos una niña. Los auxilia la Cruz Roja. Pérdidas en miles de pesos. El saldo total, según el reporte publicado en los diarios, fue de tres mujeres lesionadas, incluyendo la conductora de la camioneta Chevrolet, placas TX-05573, de Sinaloa. Los otros lesionados viajaban en una unidad de modelo viejo Nissan, color gris, con placas de circulación NC-82455, del estado de Michoacán, en la que trasladaban ollas con agua caliente y elotes.
Socorristas de la Cruz Roja, indica el reporte de este cuerpo de auxilio, arribaron al sitio en la ambulancia 225 y le brindaron los primeros auxilios a la menor. Los paramédicos indicaron que la niña Nancy Mariel Ochoa presentó quemaduras en un glúteo, y su mamá, de nombre Silvia Judith Armenta Luna, de 29 años, sufrió golpes en el brazo izquierdo. La conductora de la camioneta negra tenía lesiones leves en tórax y cuello.
“La menor viajaba en la caja trasera de la camioneta junto con otros dos menores. Cuando llegaron al cruce de la calle Donato Guerra y avenida Francisco Villa dicho vehículo se impactó contra una camioneta Chevrolet, negra, con placas TX-05573 de Sinaloa, misma que manejaba Fabiola Guadalupe Leyva Cervantes. Durante el impacto la niña resultó quemada debido a que llevaban una olla con agua caliente, en la que traían elotes”.
Así reza la nota publicada en el diario El debate, de Culiacán, el último día de febrero.
Mes y medio después, las empresas aseguradoras de los dueños del Platina y de la camioneta negra llegaron a un arreglo. No hubo necesidad de turnar el caso a la agencia del Ministerio Público que atiende estos percances: el del maletín pequeño, con los billetes rebosantes, pagó 50 mil pesos en efectivo.
El Platina quedó con los asientos nuevos y toda la parte trasera, desde la cajuela hasta la mitad de la unidad, totalmente renovada. Pero su dueña sigue escuchando la voz gritona, golpeada y desenfadada, de la joven aquella de cerca de 25 años, cantando por el teléfono celular: “Amor, qué crees…”
Y más porque la cuota de choques y accidentes automovilísticos en el lugar se mantiene. Y también el miedo.
Sugey[2]
La piel de la Sierra Madre Occidental tiene sangre en sus poros. Todavía hay mapas rojos en la epidermis colectiva de sus habitantes. Hay dolor y gritos. Pueblos incendiados en la memoria, familias corriendo despavoridas, hombres robados, mutilados y muertos, mujeres de muchas edades sometidas a los abusos sexuales.
Los setenta fueron los años de la Operación Cóndor realizada por el Ejército Mexicano, a petición de los gobiernos estatales, aunque muchas de estas autoridades locales sólo dijeron, con una voz tenue, de resignación y tibieza, “pase usted”.
La Sierra Madre Occidental es tierra de plantíos de enervantes: amapola, preponderantemente, en décadas pasadas, como en los cuarenta —para su procesamiento y obtención de la goma de opio y heroína—, y también mariguana. La siembra y tráfico de estupefacientes se inició a principios del siglo 20, con la presencia de los chinos en importantes regiones del noroeste y norte del país. Y luego bajo el control de los militares “revolucionarios”. Las operaciones, control y tráfico, eran realizados por narcos, pero supeditados al control político de los jefes regionales de la “revolución”. Las operaciones con drogas ilícitas formaban parte de las pugnas políticas entre el presidente de la República en turno y los mandos militares y gobernantes locales: todos querían tener el control y la gran tajada del negocio de las drogas.
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