Réquiem para un Ángel

Jorge F. Hernández

Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Uno

Neblumo

Dos

Lluviácida

Tres

Traficostras

Cuatro

Arquitexturas

Cinco

Ciudádivas

Seis

Comidambiente

Siete

Torsofismas

Ocho

Mentiravenidas

Nueve

Callevasiones

Diez

Hormonasterio

Once

Traserosofía

Doce

Ortografiambres

Trece

Universidiablos

Catorce

Urbanódulo

Quince

Hipocresillas

Dieciséis

Sismicosmética

Diecisiete

Cementóxicos

Dieciocho

Sinfonicalles y filarmortales

Diecinueve

Semaforaje

Veinte

Contrasentidos

Veintiuno

Bulevárices

Veintidós

Circulacionismo

Veintitrés

Soledagas

Veinticuatro

Caminárbol

Créditos

Grupo Santillana

Réquiem para un Ángel

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y éste deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Tesis de filosofía de la historia,

WALTER BENJAMIN

Réquiem para un Ángel

Dueños de la noche, porque en ella soñamos; dueños de la vida, porque sabemos que no hay sino un largo fracaso que se cumple en prepararla y gastarla para el fin; corazón de corolas, te abriste: sólo tú no necesitas hablar: todo menos la voz nos habla. No tienes memoria, porque todo vive al mismo tiempo; tus partos son tan largos como el Sol, tan breves como los gajos de un reloj frutal: has aprendido a nacer a diario, para darte cuenta de tu muerte nocturna: ¿cómo entenderías una cosa sin la otra? ¿cómo entenderías a un héroe vivo?

La región más transparente,

CARLOS FUENTES

Réquiem para un Ángel

Alguien despliega miles de brillantes sobre un manto de terciopelo negro, millones de cristales luminosos sobre un fondo oscuro, miles de millones de luces que alfombran la mirada de un anónimo pasajero de avión que despierta de un sueño trasatlántico al volver a la Ciudad de México.

Alguien custodia las almas de más de treinta y cinco mil niños que duermen en las calles de interminables alcantarillas. Alguien mira fijamente sus ojos hambrientos y su piel de mugre. Alguien persigue sus recorridos sobre la desesperación de las aceras.

Alguien lleva la cuenta de los treinta y cinco mil microbuses que son la forma más oprobiosa del transporte urbano, colesterol automotriz que inunda la mar vehicular de la ciudad inabarcable.

Alguien recorre todos los kilómetros subterráneos sobre una serpiente anaranjada que surca las capas del subsuelo pretérito y repta por debajo de los edificios con osteoporosis de concreto.

Alguien vive la ciudad como si no fuera la misma, como si el mundo se redujera a un paseo por seis calles a la redonda. Alguien vive feliz el paso consuetudinario del tiempo que no cambia. Alguien compra leche fresca en medio de un embotellamiento de tránsito.

Alguien vive como si estuviera en el extranjero, se hablara en inglés y se cobrara en dólares. Alguien siempre contempla la ciudad desde las alturas.

Alguien escucha los gritos del crimen cotidiano, el latido multitudinario de la impotencia, los tambores incansables de la desesperación y el desahucio. Cada angustia, cada gemido, una confirmación del aislamiento; cada tristeza, un acorde más del ruido que todos oyen, pero que nadie escucha.

Alguien recuerda las calzadas con camellones y las calles con palmeras que enmarcaban la estatura homologada de los edificios. Alguien se acuerda de los nombres de las estatuas que se volvieron anónimas.

Alguien no se sabe engañado por la multiplicación de las mentiras, el imperio de la amnesia y la institucionalización de la imbecilidad. Alguien cree que los arrepentidos realmente corrigen sus rumbos, que los advenedizos realmente cumplen sus utopías y que la mayoría entiende que no entiende nada.

Alguien procura declarar su identidad en medio de tanto anonimato. Alguien cumple en silencio con el transcurso de una vida y su empeño se graba en el olvido. Alguien se mira en el espejo al clarear la noche y cierra sus ojos al alba, con la conciencia convencida de que por un solo día, que es como decir para siempre, consta que ha sido Alguien.

Uno

Uno

Ángel Andrade salió de su casa un nueve de julio del año dosmilytantos sabiendo que no volvería a ver a su madre. La dejó en su cama, perdida en la recitación de las mismas jaculatorias que la vieja repetía todas las mañanas desde que él tuviera uso de su razón. Cerró la puerta, con un ánimo muy parecido a la satisfacción, sabiendo que ella no notaría su ausencia hasta que sus pasos lo hubieran llevado hasta esa distancia universal desde la cual ya no hay regreso posible. Miró su reloj y se distrajo pensando que a las siete con diecinueve minutos de una mañana idéntica se derrumbaron las entrañas de la Ciudad de México por culpa de un terremoto en mil novecientos ochenta y cinco; recordó que en la escuela algún profesor aseguraba que Hernán Cortés le había visto los ojos al emperador Motecuhzoma pasados casi veinte minutos de la siete de la mañana de un idéntico amanecer en mil quinientos diecinueve, pero en medio del instante de feliz desasosiego, Ángel Andrade recordaría por encima de las desgracias de la historia otra mañana: el único amanecer que logró vivir con Diana, su novia perdida, la mujer que ahora se proponía olvidar dejándola atrás, igual que a su madre, envuelta en murmullos.

Ángel Andrade caminó como si quisiera perderse. Sin prisa ni preocupación, anduvo como si se le aligerara la vida, sus pasos confesando huellas invisibles sobre el pavimento, como si le salieran alas para levantarlo del suelo. Alternó sus recorridos sobre las banquetas con trancos largos por en medio de las calles. Domingo, siete treinta y cinco de la mañana, nueve de julio, nuevo milenio, a nadie le importa quién camina en sentido contrario, ni a dónde va ni de dónde venga. Sería más literario narrar aquí que Ángel Andrade anduvo con el rumbo fijo de encontrar un poblado específico, un edificio concreto anhelado en la memoria y que se topara con alguien que le confirmase la dirección. Sería quizá más literario aún consignar que Ángel Andrade salió de su casa sin la bendición de su madre desquiciada, pero con la narrativa intención de encontrarse con su padre, un tal Pedro Páramo. Pero consta que Andrade salió de su casa con la intención de perderse, sin necesidad alguna de encontrarse con nadie y que su padre nunca existió. Desde luego que sí existió un hombre que embarazó a su madre, desde entonces enloquecida, la última noche de febrero de mil novecientos sesenta y ocho. Ese hombre anónimo que prácticamente violó a la que sería desde ese instante la madre de un niño al que bautizó ella misma con agua purificada del hospital con el nombre de Ángel, para que así se salvara su alma desde chiquito y que luego ella misma registró con el apellido de Andrade, porque así se llamaba la calle donde vivía la mujer que ahora, a los sesenta y dos años de edad, se quedó en la cama rezando sus letanías de locura y abandono.

Sería como un épico poema, a ritmo de bandoneón intenso, inventar aquí que Ángel Andrade inició con estos párrafos una travesía que en poco más de doscientas palabras lo llevaría a descubrir el misterioso nombre, destino y paradero de su anónimo padre. Que por un azar se le cruzaran en el camino fantasmas y espectros que lo condujeran hacia la mitológica revelación de que sí es posible atar los cabos de lo insondable y encontrarse cuarenta años después con el anónimo animal que embarazó a su madre una noche efímera de un febrero olvidado y que antes de que amaneciera aquel marzo lejano del 68 se esfumó del mundo sin saber siquiera que ya era el padre de un ángel anónimo, homónimo de millones de ánimas en pena que ahora pueblan la ciudad más grande del mundo. Sería incluso cinematográfico, filmarle en sepia el rostro de un actor famoso con cara de truhán para que se escuchase en off la voz de un angelito mentándole la madre a su padre, pero lo cierto es que a Ángel Andrade jamás se le habría ocurrido escaparse de su casa con la bizarra intención de buscar a nadie, encontrarse con alguien o cumplir con un recorrido establecido a priori, y menos en prosa.

Si acaso le dio la curiosidad algún día de preguntarle a su madre quién había sido su padre fue a los siete años y forzado por las burlas de sus compañeritos del colegio, y si acaso insistió con más preguntas, su inquietud no duró más de un mes para convertirse en la resignada aceptación de que él era un ángel de verdad, nacido de concepción singular, sinpecadoconcebido, torredemarfil, ángelyquerubín, almapurainmaculado, niñovirgen… tal como se quedó rezando su loca madre la letanía de todas las mañanas desde que él tuviera uso de su razón y tal como se pondría a recitar la aceleración de su locura en cuanto se diera cuenta que su angelito ya no volvería jamás.

Lo que consta es que Ángel Andrade caminó por Varsovia hasta Hamburgo, pasó Lancaster y se detuvo en Florencia para mirarse bañado en oro, alado sobre la Columna de la Independencia y entre palmeras salvajes, fugadas de una playa lejanísima. Se dejó perder entre Estocolmo, Estrasburgo y Amberes hasta descubrir Génova, Liverpool y Niza, pasando por Venecia y de allí hasta Nápoles y Londres, Dinamarca hasta Marsella, sin isla de If a la vista. Andrade se elevó por Berlín hasta alcanzar Roma, evitando Milán dobló en Lisboa y dejó que Atenas lo llevara directo a la inexplicable visión de un Reloj Chino que olvidaba marcar que eran ya las nueve en punto de la mañana del primer vuelo de Ángel Andrade. Sería poético alargar los párrafos y suponer que Andrade volaba por Europa entera, si no tuviera que acotar que su periplo no era más que un recorrido andado por la colonia Juárez de la Ciudad de México, cuyas calles llevan los nombres de las ciudades que la mayoría de los mexicanos jamás conocerán en vida.

Postrado ante el Reloj Chino, como estatua derretida, Ángel Andrade se dejó descansar y confirmarse en silencio que ahora la vida quedaba inevitablemente ligada al decurso inesperado de las calles de la Ciudad de México, cuyos nombres como sus hombres no están determinados por evocaciones geográficas ni referencias literarias, sino trastocados para siempre por el invisible peso de la realidad de todos los días. Varsovia no es Polonia, sino el íntimo ghetto donde una loca se ha quedado para siempre rezando letanías delirantes; Oslo es un callejón donde las gitanas leen el café turco y los pintores esconden sus mejores óleos envueltos en papel de estraza; de Sevilla a Londres, Génova a Niza, Liverpool o Milán se enmarca la Zona Rosa que fue de bohemios para convertirse ahora en cuadrícula etílica de turistas… Ángel Andrade ya no es el nombre, sino el hombre que recorre en silencio las calles que sólo son nombres, imaginarios homenajes, evocaciones de un mundo ajeno, lejano y distante aunque se recorran a pie, imposibles de materializarse todas las mañanas anónimas de la Ciudad de México.

Incorporándose, Ángel Andrade alzó la mochila donde lleva lo único que se trajo consigo de su vida ya pasada. Caminó por Bucareli hasta desembocar en Reforma y dobló hacia la Alameda Central, donde deambuló hasta pasadas las doce del día, inundado de músicas y de ruidos, rodeado de cientos de nombres que son padres de familia, miles de diminutivos que son niños y niñas que pueblan cada domingo el único pulmón que le queda a la Ciudad de México. Angelito en la Alameda va de la mano de su madre inexistente, cruzándose con caballeros de la falsa sociedad que inclinan sus chisteras para saludar a la Muerte que viene emperifollada con crinolinas y un ancho sombrero emplumado. Angelito vestido de niño que se salió de Varsovia para volverse el hombre que se pierde en las horas de un parque intemporal. Ángel que se inventa sus propias alas entre melodías de manivela de los organilleros uniformados, aliviado por paleteros vestidos de laboratoristas, hipnotizado por un merolico que exprime crema de nácar con unas gotas de limón agrio, el mismo limón verde que baña los chicharrones de cerdo que gotean una salsa de chile rojo que parece la sangre fresca de un raspón en la rodillita del angelito que se acaba de caer del triciclo de su infancia. Angelito entre bicicletas, enamorados de la mano y señoras gordas que se visten de rosa. El niño envuelto en las luces que se multiplican con cada cascada de burbujas de jabón que flotan desde las bocas de media docena de vendedores multicolores. Angelito llega hasta el kiosco y escucha la música de una orquesta perfecta, heroica por amateur, sin saber que le tocan el mismo vals que el compositor Ricardo Castro estrenó aquí mismo una mañana idéntica de mil novecientos siete y sin saber que todo lo que mira no es más que el fondo musical para un mural de Diego Rivera que retrata, sin saberlo, el primer recorrido en libertad de un ángel anónimo, perdido ya para siempre en la Ciudad de México.

Sería netamente historiográfico redactar que Ángel Andrade se acercó al Hemiciclo de Benito Juárez, cegado por la blancura del mármol, como un alumno de primaria que realiza una silenciosa guardia de honor ante la figura inmensa del prócer oaxaqueño, niño pastorcito de ovejas que llegó a presidente de la República, el mismo que derrotó al invasor Imperio de Francia en una mañana idéntica de mil ochocientos sesenta y siete. Sería místico, polémico y contrastante escribir que Andrade se metió a rezar con la misa de las doce a la inclinada iglesia de la Santa Vera Cruz, templo de tezontle rojo y cantera grisácea que queda como mudo testigo del camino que tomaron Cortés y sus compañeros la Noche Triste en que huyeron de Tenochtitlán. Sería fantástico inventar que Andrade se quedó absorto ante la monumental belleza del Palacio de Bellas Artes y que, rompiendo el hechizo de los nombres, descendiera por la boca del Metro y apareciera de pronto en la estación L’Etoile de París, de corazón a corazón de ciudades, evadido por una ocurrencia genial. Sería incluso revelador suponer que Ángel Andrade se detuvo ante el monumento a Beethoven y que recordó de memoria cada nota de una sinfonía aprendida por gusto y costumbre, y que esa música en su mente lo distrajera apenas unos instantes del increíble espectáculo de un curandero que llenaba con humos de copal las caras de los transeúntes incautos mientras se enroscaba en el cuello la bufanda resbalosa de una víbora viva, inmensa y venenosa, como las peores pesadillas que nunca pudo olvidar un sordo compositor de sinfonías condenado por los siglos de los siglos a quedar petrificado en mármol en tierra de indios. Pero Ángel Andrade no se acercó al Hemiciclo a Juárez, ni entró al templo de la Santa Vera Cruz, ni se enteró del Museo Franz Mayer y su patio interior donde rondan fantasmas de enfermas virreinales, sifilíticas ancestrales, las verdaderas abuelas de la chingada. No reparó en los luminosos mármoles del Palacio de Bellas Artes ni en el perfil que trazan las nubes cuando sobrevuelan el extremo de la Alameda de México donde hace siglos se quemaba vivos a los herejes y a los infieles condenados por la Santa Inquisición.

Angelito Andrade se sentó en una banca cualquiera de la Alameda, de espaldas a un Beethoven irreconocible, mirando una floripondiada entrada para el Metro sin saber que fuera de estilo art nouveau y, como si él no fuera más que un ignorante alumnito puntual de una primaria pública que se derrumbó por culpa de un terremoto, abrió su mochila y revisó las pocas cositas que componían su equipaje de recién inaugurada evasión, su recién nacida elevación a la vida ya sin su madre loca, lejos de su novia olvidada, liberado del ghetto rutinario de la calle de Varsovia, olvidado de la monótona cotidianidad absurda, entregado ahora a la aventura que se volvía su única e irremediable realidad, pasadas las doce del día nueve de julio del año dosmilytantos.

Neblumo

Neblumo

“Niebla y humo. Transparencia perdida, memoria amnésica. De la inundación al polvo, siete siglos sobre un lago desaparecido. El descanso efímero de un águila sobre un nopal. La serpiente muerta, el águila perdida. Valle entre volcanes, utopía de la nieve sobre la amenaza constante del fuego. Piedra roja tezontle, cantera de piedra gris. Musgo sobre la acequia, acueductos truncados, ríos disecados y un cerro en la bruma. Monstruo de todos los climas que vive en un solo día las cuatro estaciones del año. Doce meses que caben en trescientos sesenta y cinco minutos que se multiplican cada cincuenta y dos años. Ciclos de un calendario en piedra, libro de historia tallada, que es el rostro del Sol. Luna donde se observa el conejo que condena a los labios de los eclipsados y los convierte en hijos de la noche. Lunáticos en la niebla, epicentro del mundo, ombligo del Universo donde se juntan el agua y el aire con la tierra y el fuego. Nudo en la equis que se pronuncia como jota y que a veces se escucha como quien calla, arrastrándose sobre la lengua como una sentencia de silencios. Ciudad madre que nos engendra y nos devora, madrastra de tlaxcaltecas, nodriza de repúblicas perdidas. Geometría prehispánica bajo un ajedrez renacentista, piedra roja tezontle como esponja cubierta con filigranas talladas con manos de sangre. Ciudad temblorosa y sísmica, transparencia y asfixia, polución y pureza. Villa íntima y megalópolis desconocida, barrios extraños multiplican la costumbre de tus rostros. Danza de tambores y chirimías, sinfonía barroca, polifonía de lo bizarro, música confusa, tonadita de bolero, ritmo de danzón, territorio del mambo, escaparate ranchero, utopía del rock and roll, sueño en jazz, paisaje para cuerdas y percusión de palpitaciones.

Sigues ojerosa y pintada, desnudada por el crimen y heredera de toda violencia. Violada por automóviles y el Metro que es víbora naranja que llevas en el pico de tus entrañas. Túneles de lodo y mierda, ilusión de antropólogo, jauja de arqueólogo, territorio de crónicas y cronistas, geografía de historiadores. Voces en silencio, gritos sin cuello, habladurías, murmullos en coro. Voces que son vidas de todos tus muertos, cilangos, gusanos del lodo, ahora chilangos, ecos del humo, lluvia de niebla, callejones de silencio, gritería vial, viaducto verbal, avenida de oratorias olvidadas. Mina de oro convertida en hilo de abalorios, asco y amnesia, tedio y terremoto, terror en tus taxis. Empañada región empanizada por ascos, veinte millones de muertos, cincuenta mil industrias, cinco millones de coches, camiones, microbios volantes. En tus entrañas conviven los huérfanos con el estiércol, cemento inhalado bajo tu piel de asfalto, miradas perdidas en la noche interminable, madrugadas de vómito con todas las flores de San Ángel. Panteón y parvulario, lápida y portón, infierno celestial y limbo implacable.”

A. A.

Cuaderno olvidado en un taxi, 2006

Réquiem para un Ángel

Algunos insisten en portar su inocencia, confiar en los desconocidos y soñar con sus felicidades. Algunos se preocupan por los demás, se esmeran en la monumentalidad de lo minúsculo y descansan con la conciencia tranquila, como respiración de un niño dormido.

Algunos no respetan el ancho de las banquetas, repudian el devenir de cualquier rutina y estorban el concierto de las demás voluntades. Algunos creen que siempre han de tener la razón, que los demás les debemos mucho desde antes y que el futuro dura el mismo tiempo que una borrachera efímera.

Algunos respetan que hay códigos implícitos en la convivencia, que no todos los demás compartimos sus ideas, ni la pigmentación de sus pieles o pecas, ni las cifras de sus ingresos. Algunos confunden la riqueza con la ostentación, la opulencia con el mal gusto y la intransigencia con el designio.

Algunos prosiguen armando su biografía a partir del esfuerzo, la cotidiana construcción de una vida a partir de trabajos mínimos, la larga edificación de satisfacciones que superan a los sacrificios. Algunos se saben privilegiados con lo gratuito, no esperan nada pues saben que todo lo tienen y no valoran lo que presumen.

Algunos duermen en las calles porque sus camas se esfumaron y dormitan de día porque se pierden en las noches. Algunos cambian de cama dos veces por semana y duermen en las oficinas donde fingen una vida profesional. Algunos duermen despiertos y sueñan sin dejar de dormir la sinrazón de sus delirios.

Algunos identifican a sus semejantes, establecen camaraderías en tertulia y aprecian el momento entrañable de silencios que caben en medio de una conversación. Algunos se saben en confianza y se atreven a compartir un deseo. Saben que algunos de los que escuchan suscribirán el mismo silencio.

Algunos se saben solos y eligen unir sus aislamientos por el efímero placer de sentirse acompañados. Algunos confían en que los sueños compartidos se vuelven utopías sin caducidad, nubes aterrizadas.

Algunos creen que todo es imposible. Algunos se aterran ante los miles de kilómetros cuadrados que no terminan nunca de sobrepoblarse, los millones de nombres que no terminan jamás de repetirse, las miles de calles que nadie conoce aunque lleven el mismo nombre y se cruzan todos los días con sus noches.

Algunos no salen nunca de su barrio y no conocen el Zócalo. Algunos conocen cada rincón de la noche y cada silencio de callejón. Algunos no saben la edad de los edificios y algunos han memorizado los nombres de todos los inquilinos que nos han precedido en cada una de las viviendas desde que la ciudad es ciudad.

Dos

Dos

Nueve en punto de la mañana. Mismo domingo, misma ciudad, aunque parezca otro mundo. Tres mujeres y tres hombres se reúnen en el Sanborns de la Casa de los Azulejos para el desayuno de todos los días, sin imaginar ni importarles la vida, andanzas o historia de un tal Ángel Andrade o las de los cientos o miles de angelitos que han logrado amanecer el mismo domingo temprano con el afán de moverse de vida o de ser vistos por el mundo, o bien, jamás leídos en tinta. Tres mujeres y tres hombres, seis venerables ciudadanos, mayores de setenta años, unidos por un lánguido tedio compartido, trenzadas sus vidas por azar. Quizá no recuerden exactamente desde cuándo se reúnen religiosamente para desayunar todos los días en el Sanborns de los Azulejos; quizá no recuerden con precisión el orden cronológico en que se fueron conociendo, las fechas de su respectiva incorporación a la tertulia, la mejor sobremesa a lo largo del tiempo ni las fechas de cumpleaños de los demás. Lo único cierto es que esa misma mañana, en otro párrafo, Ángel Andrade ha decidido iniciar la redacción de una aventura que sin proponérselo nadie, ni él mismo, podría contagiar con su trama la vida o muerte de seis venerables personas, en medio de tanta gente; seis nombres propios en vías de volverse personajes entrañables…

—Yo no me considero entrañable para nadie… Brincos diera… Hace tiempo que me resigné… Ya no le soy ni necesaria a quienes creí serles indispensable —dijo Estela Escandón al sentarse en el mismo lugar de la misma mesa de siempre en su Casa de los Azulejos. Sin dejarla caer en las elegías de costumbre, don Hipólito Guerrero la interrumpió al vuelo de un suspiro…

—¿A qué viene eso, Estelita? Aquí no sólo eres entrañable… Amiga mía, déjate de sandeces y pídete los huevos de siempre —remató don Hipólito Guerrero, en su ya reconocido papel de jerarca.

—Pues hoy quiero waffles, Poli… y no son sandeces —respondió medio airada Estela Escandón y, poniendo su mirada de misterio al filo de una servilleta que tendió como teloncito frente a su boca, fingió la voz y roció a los cinco parroquianos de todos los días con una más de sus acostumbradas frases crípticas: “Es como si oyera voces… y nada de sandeces… Como si alguien me acabara de dictar lo que acabo de decir… eso de que no me considero entrañable y por eso parece que hablo sola”.

—Pos yo también… quiero waffles —interrumpió el licenciado Carlos Narvarte ya ante la presencia de Rosita, mesera de todas sus mañanas—, y lo que menos quisiera oír en este momento son voces que me recuerden desde el más allá la dieta y lo del colesterol.

—No te burles, Narvarte —dijo Estela Escandón bajando la servilleta para revelar intacta su sonrisa más coqueta—, ya lo dijo el Poeta: “en este mismo instante, alguien me deletrea”.

—¡Poeta, mis huevos! —exclamó como siempre al filo de lo procaz el imbatible Joaquín Balbuena y agregó al instante: —Digo, perdón… lo que quise decir es que quiero mis huevos, Rosita… con poca salsa y hoy, por ser domingo, con frijolitos refritos en vez de papa rayada.

“Orden, orden”, decía don Hipólito Guerrero, al tiempo que Eleonora del Valle pedía su acostumbrado plato de frutas y el licenciado Carlos Narvarte aprovechaba para ampliar su pedido con “un inmenso jugo de naranja con zanahoria”. Parecería que dejaban fuera del concierto a doña Guadalupe Pensil, pero así era todas las mañanas desde que se reunían. Ella le pedía su desayuno a su mesera Rosita en un aparte, dizque para no infundir ascos y extrañezas de los demás. Como en secreto, le dijo a la camarera que quería su plato de alcachofas y cilantro con miel de abeja “y además, dos nopales asados con azafrán, si se puede”, sabiendo que en cuanto lo trajera Rosita a la mesa repetiría don Hipólito Guerrero la misma pregunta de todos los desayunos de todos los lustros de todas las canas: “¿Y ahora con qué nos sorprendes, Pensil?”, para suscitar la primera acordada sonrisa, compartida por la confederación de necios matinales que todos los días van pasando la vida sin orden aunque acaso con su concierto a seis voces, polifonía de parlamentos aislados que quisieran volverse conversación:

Dice el licenciado Carlos Narvarte: “Pues a mí me parece que las elecciones del pasado domingo son un ejemplo de civilidad política y honradez cívica. Me conmovió hacer dos horas de cola para emitir mis votos y me siento honrado porque mi sobrina Paulita haya sido felicitada por su desempeño honesto de funcionaria de casilla. México promete vivir, contra viento y marea, pésele a quien le pese, muchos años más de estabilidad y concordia. Digo yo, viva la democracia”. Habló mirando al vacío, con los ojos alzados hacia el balcón del patio central del Sanborns de los Azulejos y sin importarle, o siquiera recordar, que había dicho exactamente las mismas palabras el lunes y jueves de esa misma semana.

Habla, por fin, Eleonora del Valle: “¿Ya supieron de don Pedro? Dice mi amiga que tiene una prima de la Condesa que anda flotando el rumor que Pedrito se largó sin despedirse, quesque porque por fin supo paradero y señales de su Carmen. El amor perdido. Así que por fin juntos, a todo color. Pero dice mi amiga que dijo su prima de la Condesa que a la conserje del edificio donde vivía don Pedro, allá en Michoacán entre el parque e Insurgentes, le vienen a cada rato cobradores de la American Express… ¡Ya ni la amuelan! Tarjetitas de crédito. Pasan los años y le quieren seguir cobrando a uno… Y yo dudo mucho que Pedrito se haya largado dejando ni una sola cuenta pendiente. Además, a mí me consta que dejó todo bien atado… Yo misma me las olí que se iba a largar sin decirnos ni a dónde… Se le veía que quería terminar su vida como la soñó… Yo pienso hacer lo mismo… y no pienso avisarles”.

Contesta Hipólito Guerrero: “Lo que es notable y de agradecer es que Chano, el de la Tabacalera, siga cortando trajes tan impecables. No me explico cómo le hace para ofrecer esos cortes ingleses y esas sedas italianas a precios tan accesibles… Ya casi nadie usa chaleco… Esta camisa es de las popelinas que sólo mi Chano logra sacar de las aduanas… Mañana recojo un tweed de palomita y a ver si me tiene listo mi Príncipe de Gales… A ver si me acompañas, Narvarte… Si vieras el blazer de cashmere negro que colgó en la vitrina… ¡Lástima que no sea de mi medida!”.

“¡¿Democracia?, mis huevos!”, espetó Joaquín Balbuena: “Digo, lo que quise decir es que estos huevos son la pura adicción autoritaria. Como un Sol azteca, digan lo que digan, sin ofender y dicho sea con todo respeto. Yo digo que hubo fraude, que no son elecciones de veras, que no cambia nada, que todos mienten, pero eso digo yo que no voté y ni empadronado estoy. Pásame la mantequilla, Lupita adorada Pensil. No te enojes, Narvarte… No te pongas así, hombre”.

Y dice Estela Escandón: “¿Quién te dice a ti que esos de la mesa del fondo no son de verdad? Qué afán de sentarse siempre pegados a la escalera, tan cerca de los baños. Nomás pregúntenle a Rosita cómo se llaman los fulanos… A mí ya me dijo una vez que dicen llamarse Rosendo Rebolledo y Epigmenio Bedoya… ¡Háganme el favor! Nomás eso faltaba, si hasta parecen inventados. Rosita nunca les sirve: cuando le toca esa mesa en turno, se cambia con la otra mesera, la Gorda que no nos hace caso nunca, nomás para no tener que acercarse. Pero, dime tú si a poco no parecen fantasmas hechos de papel… y ¿quién te dice a ti que nosotros no damos también la peor impresión? Todos los días en los Azulejos, desayunando hasta el filo del mediodía, tres horas hablando sin ton ni son, hermanados del alma, pero sin conocernos de veras. A ver qué día van a mi casa… ¿Cuándo invitas a venir a tu esposa, Narvarte?… Yo ni sé por dónde vives, Balbuena… Todavía dijeras que nos reunimos por optimistas o por ser jubilados o porque nos cruzamos la calle a los Azulejos después de oír misa todas las mañanas en San Francisco… Yo prefiero San Felipe, porque honra al único santo mexicano… bueno, eso era antes, sin contar ahora con Juan Diego. Además, aquí en San Felipe reposa el P. Félix de Jesús Rougier, en proceso de beatificación. Mi madre lo conoció en persona. La pura bondad. Dicen que su cuerpo yace incorrupto… Como nosotros, todos los días, mismo desayuno en mismo lugar y misma mesa… Incorruptos… Todo cambia, Balbuena, y somos nosotros los que nos vamos quedando… Tal como lo cantó Quevedo, sólo lo fugitivo permanece y dura. ¿No seremos personajes en fuga de una obrita de teatro? Si les digo que oigo voces y que cada día que me pasa me da más y más por andar hablando sola!…”.

Corta Hipólito Guerrero: “La respuesta es que sí eres entrañable, Estelita… Ayer me acordaba de Antonio de la Florida, ¿ya no recuerdan su fanatismo futbolero? Era capaz de faltar a la Secretaría con tal de ver jugar a su Atlante… Por cierto que lo de Quevedo me recuerda al mofletudo soez de Noroña… ¿lo recuerdan?… El imbécil aseguraba y juraba que todo lo de Quevedo era de Miguel Ángel de Quevedo, antes conocido como el Paseo de la Taxqueña. ¡Háganme el favor! Confundir a don Francisco de Quevedo y Villegas con una calle. Me acuerdo la vez que le pusieron un micrófono enfrente al tal Noroña y el muy tarado declaró que andaba leyendo la poesía de Carlo Neruda… Por cierto, Balbuena, hace años que no volvemos a Coyoacán. Deberíamos hacer el esfuerzo, hombre. Nos montamos en el Metro y en un dos por tres estamos en plena plaza de Coyoacán, La Puerta del Sol, la visita obligada a La Guadalupana —dicho sea con todo respeto, Elena—. ¡Ah, qué buenas tertulias! Ni hablar de las botanas… Allá por San Ángel conseguí los zapatos bostonianos que acá en el Centro nunca llegan de mi talla…”.

“Como que me llamo Eleonora, Lupita. Te digo que ya no hay panaderías como las de antes. Si quieres pan dulce del bueno o lo compras en el Café de Tacuba para llevar o aquí mismo en Sanborns, pero ya cerraron todas las panaderías de barrio. Ahora puro súper. Peor aún, puro supermercado gringo y al mayoreo. Cuando te urja, pues ai están las tienditas, pero ya sabes: puro pan dulce en bolsita de plástico. Ya nadie recuerda a los panes por sus nombres… las conchas y gendarmes… banderillas y alamares… un buen cocol, las orejas y las trenzas… ¡ojos de Pancha y garibaldis!”.

Las cosas por su nombre. Entonces es justo presentar aquí, aunque no sea muy literario, por lo menos una breve semblanza de cada una de esas seis personas entrañables, como si fueran de veras personajes hechos y derechos, ya dignos de entrelazarse en novela. Hipólito Guerrero suma setenta y cuatro años desde que nació en la calle de Mirto de la colonia Santa María la Ribera, a unas cuantas calles del kiosco morisco. Jubilado a los sesenta años de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, don Hipólito Guerrero combinó su trayectoria burocrática con la noble vocación abnegada de ser profesor de Lengua y Literatura en una secundaria vespertina de las calles de Violeta. Sin haber aprendido jamás ni pizca de inglés, don Hipólito Guerrero es quizá el lector mexicano que le ha sido más fiel a la obra de G. K. Chesterton y, por lo mismo, su aspecto y cada componente de su refinado vestuario ha sido impreso con el carácter de un gentleman mexica que tuvo la genial ocurrencia en mil novecientos sesenta y seis de desayunar todos los días de su vida en el Sanborns de la virreinal Casa de los Azulejos, sin imaginar que cuarenta años después seguiría boyante la nave de sus locos que él mismo fundara como una costumbre al filo de lo que podría haber sido un naufragio. Se propuso desayunar todos los amaneceres de cada día que le quedara de vida en el mismo sitio, misma mesa y al filo

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