Escaramuza

Carlos Chimal

Fragmento

Escaramuza

Los cuerpos cautivos

1

Cada oficio debiera ocupar un cuerpo pero en el caso de Torres Río y Gómez Venado no bastó con el deseo. Ambos acudieron tarde a la repartición de los talentos, y caminaban hacia el tribunal con el minutero a destiempo. Horas antes, para los oídos lastimados de Torres Río parecía que la luz del alba era acompañada de una sordina militar, aunque las cosas fueron en realidad poco más salvajes y civiles.

Al llegar al callejón de Pino Suárez, el convoy donde iban los reclusos estaba envuelto por el sol. A un fusilero de la policía le ordenaron abrir las puertas de la camioneta balaceada por el granizo de la noche anterior, como si se tratara de un gran refrigerador. Dos presos saltaron al chapopote recientemente aplanado. De un autobús que venía detrás, entumecidos por el frío amanecer, otros cinco reos se apearon, todos escoltados por un piquete de guardias. Los arremolinaron. La entrada de los juzgados tenía forma de dique. Había agua por todas partes. No lejos de ahí, sus familiares abandonaron los puestos de fritangas, cuyos dueños despachaban cobijados bajo el techo de una tienda de deportes, y se acercaron a saludar con las caras tristes y esperanzadas. Ocho presidiarios, entre ellos Torres Río y Gómez Venado, subieron por fin, acompañados de sus abogados, leguleyos, aprendices y coyotes, quienes avanzaban por el entruchado legal con sus legajos caldosos bajo el brazo, esperando clemencia para sus clientes y amigos por circunstancias siempre azarosas. Todos se cruzaban por los pasillos, donde personas imparciales tenían el corazón en mangas de camisa. Durante el último y breve trayecto en el ascensor, una fuerza invisible los impulsó hacia el fondo, aunque otra los hizo subir, lejos del techo que cobijaba al juez y a sus apreciados aprendices. Más poderosa que ambas, la memoria de los días anteriores se precipitó sobre ellos.

2

Aquella jornada era libre, como sus pensamientos luego del mentado choque de estrellas. El plan consistía en llevar al equipo entero que destruiría al cometa funesto, al centro comercial de la ciudad de Houston. Cumplir con la familia era una forma de vencer al enemigo. Habían perdido el juego del día anterior, okey pero lo pasado, pasado, ¿no decía así la canción? No había obstáculo, pues, para el apetito del consumidor. La tarde en que las Águilas se surtieron a los objetos voladores identificados como inmejorables artículos de plusvalía, es decir, durante la mañana aquella en que se llenaron de los más insignificantes accesorios hubo un reventón musical en el susodicho lugar. Los enfebrecidos músicos tiraban de las cadenas, mientras el pelirrojo del micrófono aullaba el rock de la cárcel, pues iban camino a Graceland. El equipo se dispersó en las tiendas según su propia definición del guateque, todos excepto Alfredo Huitrón Río, Julián Gómez Venado y Agustín Torres Río, quienes salieron con paso fijo hacia la Opera House, frente a cuya entrada los recogió una camioneta guinda y blanco.

El conductor era un muchacho moreno de pelo lacio y corta estatura, a quien Freddy miró como a un insecto que va a desaparecer. Pero el muchacho era necesario para llegar a Kondi, pensó él. Tomaron por la vía rápida hacia el noroeste, quizá en el momento en que el cantante pelirrojo hacía tierra en el piso del centro comercial y moría de un infarto, ante la mirada atónita de los compradores, que lloraban, gritaban y murmuraban.

—¿Es muy lejos? —preguntó Gómez Venado.

—Algo —respondió el muchacho, mientras alargaba la mano al techo de su camioneta, donde tenía acondicionado un surtidor de cervezas—, aquí nomás cruzamos el puente y en la fifty two nos reviramos, you got it? —y se rió.

Jaló una lata y la dejó caer en las manos de Gómez Venado. Luego se inclinó para mirar a Agustín, quien aceptó también una de ésas frías. Esperó un momento a que el conductor terminara de rebasar a una caravana de pensionistas, botó el seguro del envase y empinó el líquido. “Cool, carnal”, dijo el de Aztlán, quizá más divertido de lo que era necesario. Torres Río podía adivinar lo bien que la iban a pasar en el Babylon Aztlán, y no sólo porque se reía como un mono burlón. Es que lo miraba con la confianza de una mula. El chicano tomó otra cerveza de la hilera acondicionada en el techo, ordenada por el gusto del consumidor: Budweiser, Heineken y Krönigen. Se sentía un tipo listo.

Decenas de casas a lo largo del camino exhibían en la entrada sendas torres de quincalla y chatarra, una nueva forma de exorcismo. El vehículo de la televisora local recorría con lentitud los patios de esas curiosas casas, y la reportera que iba montada en él hacía preguntas a sus dueños, quienes parecían ásperos y recelosos, pero en realidad estaban muy dispuestos a hablar de los visitantes inesperados que rondaban Texas un siglo atrás. Torres Río no esperaba que fueran así todos los lugareños; de hecho, a algunos los había calado en la cancha. No hablaban, sólo golpeaban. Pero, dada la interminable hilera de suburbios que se tendían sobre el horizonte, sabía que aquellas almas espectadoras, quietas debajo de sus arcos de quincalla, no confiaban en lo que habría de venir, ya fuera de origen terrícola o inmaterial. De pronto, el tráfico se detuvo con brusquedad, como una perniciosa advertencia. Alcanzaron la salida a vuelta de rueda. Huitrón Río volteó a ver a su primo Agustín, cuando el conductor les señaló una finca aparentemente abandonada, con sus respectivas torres inmaculares. Torres Río descubrió a la distancia a un obeso pelirrojo y a dos negros pequeños y redondos, que se acercaban a la entrada del sitio aquel. Cuando se encontraron, el pelirrojo le dijo al conductor que el chocolatero los esperaba en la casa.

El tipo rondaba en el primer piso. No podía bajar, entre otras cosas porque las escaleras, los pasillos y las habitaciones estaban llenos de televisores empacados, excepto uno, el de la pantalla más grande, con el que se entretenía un hombre que descansaba en un gran sillón de piel blanca. Además, le quedaban grandes. Un tipo menudo, vestido de traje negro y camisa violeta, color que contrastaba con el tono negro de su piel brillosa, se reía frente al espejo convexo.

—Where you from? —dijo el hombrecillo, sin dejar de ver la televisión ni el espejo de lámina brillosa que se pandeaba cuando al chocolatero se le antojaba.

—De Toluca —respondió Huitrón Río.

Un documental sobre la vida salvaje del planeta confirmaba sus sospechas. En este mundo de ojetes no siempre los peces gordos se comen a los chicos, los trituran y los avientan al fondo más próximo para verlos germinar de nuevo. Miró a los primos y al otro animal que traían por acompañante. ¿No le había dicho en el Generalito que le enviaría tres águilas? Y lo que veía entre sus cejas eran un par de frescos y un mazacote. Mejor mandarlos a volar.

El tipo siguió mirando el televisor. Torres Río pensó decir: “We are from here and from there”, pero mejor se calló la boca, pues el negro enano lo hubiera tomado a mal, y a leguas se veía que era uno de los porteros de la línea quebrada. Y la línea quebrada conducía a Kondi, aunque ninguno de los esforzados y lunáticos que lo intentó antes había sobrevivido para contarlo. A lo más que habían llegado era a pasar el resto de sus miserables días en la Casa de la Risa, con el pretexto de un Parkinson mal cuidado.

Bajaron por otras escaleras, situadas en la parte posterior de la casa, y se reunieron con el pelirrojo.

—Ándele, bato, tómate una.

Esta vez el conductor le ofreció a Gómez Venado una lata traída de Holanda, que él, generoso como era, y listo, traía consigo en su vehículo dos días atrás, bien helada para los compas. Gracias a sus reflejos aún compactos, el Mazacote la atrapó en el aire. El muchacho de las latas y las nalgas gachas, según pudo observar Freddy, siguió diciéndole a Gómez Venado: “Vas a ver, carnal, very soon vas a tener tu troca, don’t worry.” Y el Mazacote apenas podía adivinar lo que el otro quería decirle en realidad.

El pelirrojo, de pómulos altos llenos de acné, fue adonde estaban ellos y llamó al chicano, quien no dejaba de observar el juego de los negros gordos que habían aparecido en la entrada de la finca. Retozaban alrededor de un tablero y su canasta. Más concentrado que su primo, Huitrón Río hizo su tarea, siempre acompañado por el pelirrojo. Verificó que el listado de aparatos eléctricos estuviera completo y coincidiera con lo que habían depositado en los contenedores, pues iban a cruzar la frontera. El chicano seguía sin despegar los ojos del básquetbol. Sólo les pintó un violín cuando llegó el momento de pasarles la estafeta. El siguiente equipo, pensó, las Águilas…, y se quedó mirando la autopista como sólo sabía hacerlo ese hijo de zurda y norteada with the word frontera splits on her tongue.

Pocos minutos después, Freddy, Agustín y Gómez Venado se encontraron con el segundo vehículo, el autobús donde el Farol y tres ayudantes transportaban la utilería del equipo. El convoy salió de Houston hacia McAllen con el horno encendido.

Antes de llegar a la ciudad fronteriza se separaron de nuevo. Mientras que el autobús en el que iban ellos y la utilería se dirigió hacia un motel próximo a la frontera, los contenedores fueron llevados a un sitio donde pudieran pasar el día sin ser vistos. Había que esperar a que el tráfico de la madrugada siguiente tomara su ritmo. Por lo tanto, debían encerrarse y no hacer escándalo ni cometer alguna torpeza, al menos durante varias horas. Una vez en la raya, hacerla de Rulfo, esto es, bajar el ritmo cardiaco aspirando y exhalando, alternadamente, sobre una y otra fosa nasal. Para Agustín significaba poner la vista más allá de los guardias aduaneros, pues aunque traían credenciales firmadas por el mismo director de Seguridad Federal, sólo podrían pasar cuando el territorio de tránsito estuviera bajo el control del inspector Vaquilla, y eso sucedería alrededor de las dos de la mañana.

Los dormitorios del motel se amontonaban en tres pisos, notó Freddy Huitrón Río, quien a últimas fechas se había aficionado a la arquitectura. Él, como su primo Agustín, también buscaba a Kondi por razones estéticas, entre otras. Las ventanas de las habitaciones miraban en silencio una alberca y al sol le restaban varias horas para desaparecer.

Torres Río, obsesionado tanto o más que su primo por la búsqueda del mono cínico, animó a Gómez Venado a salir de sus habitaciones y caminar por el corredor, uno de cuyos extremos los apartaba de los cuartos y conducía al estacionamiento. Atrajo su atención un reflejo luminoso, platinado. Torres Río también lo vio. ¿Era el camino a Kondi? Desde donde estaban ellos podía verse la carretera que, a la derecha, llevaba hacia Corpus Christi, Texas, y hacia la izquierda apuntaba a Reynosa, México. ¿Dónde era Kondi? ¿Cómo llegar al sol y al mismo tiempo invadir su corazón diamantino? ¿Dónde era arriba y dónde abajo? ¿Podría sobrevivir a su rayadura? De una habitación del primer piso salieron dos socios del Farol, achichincle y correveidile del dueño de las Águilas, quien había muerto tres veces y las tres lo habían rescatado de la autopsia. Los socios del Farol fueron a darle una vueltecita a los camiones y, de paso, buscaron hielos para sus cubas y el pomo de anís del mono. El tackle Barriga hacía sus pinitos en los trabalenguas de la ciudad; él y un guardia de gran nariz tenían prisa por adentrarse en la vida neumática del dinero congelado, del que pasa por debajo de la punta de un iceberg y sale del agua azul y alegre.

Se encontraron cerca del surtidor de cubos de hielo. A los socios del Farol no pareció sorprenderles que Torres Río y Gómez Venado hubiesen quebrado la primera regla del apoyador central, no importa si lo que llevas son balones, artefactos, sustancias o almas: tira a matar, siempre. Y los muchachos querían ser estrellas del emparrillado, buscaban una mariguanada bajo el nombre de Kondi, bebían sodas pero nunca tiraban a matar. El tackle Barriga abrió la boca y un anzuelo saltó de su voz tipluda.

—Qué, pues, Torres, vamos a ver qué transa con los camiones, y ora que regresemos suben con el Farol ¿no?

—Chale, para qué —dijo Gómez Venado, cantarín, como si estuviera en su natal Iztapalapa.

—Les tiene un billete, hijo —y le cerró un ojo, mostrándole un doblón imaginario—, luego nos calentamos las manos.

—¿Con qué? —dijo, a su vez, Torres Río, ignorando la jerga.

—Con unas fichas, carnal, con unas fichas culeras… Pérense ahí, orita venimos. Y tú, Totín, ¿de qué te ríes?

—De tu cara de culo hemorroidal.

El otro creyó que lo estaban insultando. Pero nada pasó. Estaba el Mazacote presente. Gómez Venado recordó, entre tanto, el tribunal para menores, unos cinco años atrás, cuando le había destrozado la mandíbula a un cábula. El problema fue que él tenía una licencia para boxear y el otro desgraciado no. Los jabs en corto, el gimnasio, el cinturón de oro, el caño y la sangre por salvar al hermano de unas faldas. “Puta madre”, lloriqueó con Torres Río de regreso a la habitación, “nos estamos cagando Totín, me cae”, siguió diciéndole, salando los cubos de hielo antes de regresar a la habitación.

La orden de subir con el Farol era poca cosa, pensó Torres Río. Aquí y ahora, mientras contemplaba el letrero luminoso del motel, era como estar enterrado en el polvo. Y eso valía para todos. Porque después de tres juegos verdaderos, donde habían escalado la trama del universo y habían encontrado el significado de la diversidad de la vida, nada en ese instante sabía mejor que una bocanada de aire nocturno. A pesar del ambiente denso, caluroso, asfixiante, del territorio texano, y gracias al reflejo de las luces de los vehículos que transitaban por la autopista, Torres Río encontraba trozos del rompecabezas que, una vez armado, lo llevaría a Kondi. Y luego a casa.

—Vamos a caerle al Freddy, ¿no? —dijo Gómez Venado, sorprendiéndolo en medio de la noche.

—No, hay que darle chance.

Torres Ríos miró a los ojos de Gómez Venado para indicarle que eso era lo mejor, y entonces éste se quedó tranquilo. Los faroles regresaron y subieron al cuarto de Faustino, quien llevaba una botella de whiskey adelantada.

3

En su cuarto, Alfredo Huitrón Río, Freddy, estaba en reposo y su ánimo en ebullición. Se le ocurrían cosas de manera involuntaria, como si alguien registrara los estados alterados por los que estaba pasando su humanidad entera, y a él se le ocurriera no hacerlo desatinar más. Que diera en el blanco, pensó. Veía la boca del estadio, donde lo esperaba Murdoch, el macho cabrío de las mil vergas. ¿Era él quien salía corriendo al centro de la cancha con el miembro medio erecto, mientras el sonido local anunciaba su nombre? Un deseo transformado en sueño fugaz le cruzó por la cabeza. Kondi era suya, por lo cual su retorno a la capital tendría la elegancia del joyero, la astucia del militar, el encanto del deportista y el dulce mareo del hombre de mundo. La morralla asesina y altanera para mantener a los grandes señores y señoras helados de terror la pondría el mismo ingeniero Díaz, una especie de compensación por haber tratado de enterrarlo con una cruz de navajas. Siguió soñando. Portaría un cordón de plata en el cuello y un rubí colgante, que sería su amuleto para tratar con los hombres piadosos. Extraña lo reconocería de inmediato y la plaza y su sociedad le abrirían sus puertas.

Se levantó de un golpe, tomó la navaja de bayoneta que había comprado en un mercado de pulgas de Houston y se metió en el baño. Sacó de un maletín dos anfetaminas y las tragó con un paso de agua. Él era como Scott Fitzgerald, el escritor favorito de su primo, con una cuba de perfume le bastaba para mandarse en una cápsula automática al anillo de luz. Echó afuera todas las cosas que había en el maletín y sólo dejó la navaja adentro. Se apresuró a recoger la placa que lo identificaba como agente de Seguridad Federal, su cartera y reloj. Abrió un poco la puerta y miró por la rendija. Escuchó con toda su atención. Salió con cuidado y aprisa. Sus zapatos tenis eran magníficos flotadores y sus piernas, las más corpulentas entre los mariscales de campo del futbol estudiantil. Pasó frente a la recepción, donde no había nadie en ese momento y enfiló hacia el autobús.

El trabajo había sido hecho con esmero y consideración. En los interiores de los cascos, en las riñoneras, en las hombreras, en el forro de los costales y en las chamarras que conmemoraban la gira del equipo, donadas por la Universidad de Houston, sede del último encuentro, las cuales serían recosidas por habilidosas costureras mexicanas y entregadas luego a los esforzados jugadores, por todas partes se hallaban escondidas bolsitas de polietileno con 100 gramos de cocaína pura en cada una de ellas.

Primero tomaría la suya. Y debía apresurarse, pues a la vuelta de la esquina, quizá bajo un cobertizo, sobre una loma, tras un garage, se hallaban los mercenarios que se la pasaban cagados de la risa y con quienes iba a escombrar la utilería de lo verdaderamente fantástico. Era el camino de Kondi, podía reconocerlo. Sólo tenía que hacer que el guardia del autobús accediera a abrir la cabina. Le tocó dos veces, con una pausa casi inadvertida. La puerta se abrió al expulsar el aire. Freddy le sonrió y subió hasta el vigía, quien esperaba una explicación de su presencia, o al menos un caramelo. Cuando lo tuvo a punto, Freddy tiró un puñetazo y asestó un golpe certero en el parietal de su lado. Pero el guardia no perdió el sentido, así que lo tomó del torso, lo arrastró hacia el pasillo y tuvo que sangrarse los nudillos antes de que el buen hombre se le adelantara en el camino. Dejó el bulto donde había quedado y se disponía a tomar su turno al volante cuando oyó pasos. En vez de tomar la ganzúa que se hallaba a un lado del asiento del conductor, extrajo su navaja y la colocó tras su muslo izquierdo. Para su desgracia, el tipo se asomó a la puerta abierta del autobús. Saludó a Freddy y preguntó por el guardia. Freddy guardó silencio, con la navaja tomada ya entre el respaldo y la pared. El tipo se decidió a escalar y pronto llegó a lo alto, en el momento en que recibía una estocada seguida del impulso, un golpe con todo el brazo y la cabeza se le volteó. Observó a los dos hombres abatidos y trató de recuperar la respiración; algo le decía que detrás de cada muerto había un plan. Vio el reloj y se permitió 10 minutos. Empezó a destazar la utilería, mirando no lastimar la que llevaba su nombre como el primer mariscal de campo, el número siete en el casco azul marino.

4

Cuando Extraña abrió los ojos, lo primero que vio fue el hilillo de saliva seca, señal de lo que había entrado y escurrió de la comisura de los labios del saxofonista en algún momento de la noche anterior. La abrazaba. Quiso zafarse, pues el hombre no sólo apestaba a ron y sudor, sino que había tomado tanto que tenía una resaca de dipsomaniaco, aunque sólo había tomado tres martinis. Estaba hecho una uva por un brebaje que Agustín le había ayudado a preparar. Extraña logró deshacerse del saxofonista, quien siguió roncando, y se vistió con unos calzoncillos y una camiseta que encontró en el guardaropa de su amante fugaz. Tomó de su cartera un poco de dinero, lo envolvió en una bolsa de plástico que encontró en el baño y la colocó entre el vientre y los calzones. El maletín se había quedado en una silla la noche anterior, cuando finalmente la fiesta en el salón rojo del crucero Lunceford hubo terminado y el saxofonista la invitó a tomar un último trago en su camarote. Lo buscó y salió de ahí, tratando de hacer el menor ruido posible. Llegó a la cubierta sin ser vista y se tiró al mar.

5

Freddy cerró el zíper negro de su bolsa azul eléctrico 11 minutos más tarde y se movió hacia la puerta del autobús. Había saqueado lo suficiente para que lo siguieran más allá de las puertas del infierno. Bajó el último escalón y se detuvo un momento sobre la sangre fresca. Miró el panorama por el vidrio ahumado. Nadie aparecía en los pasillos. La recepción estaba sola. Corrió al otro lado de la autopista, donde había una cantina abierta. Estuvo tentado a volarse un Chevy antiguo, sin capota, que se hallaba estacionado con las llaves puestas. Pero ¿adónde iría? Hacia Kondi, desde luego, aunque, primero había que cogerse al mono sabio. Se sintió un poco mareado por el chocolate amargo. Putas anfeta

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