Índice
Portadilla
Índice
Nota al lector
Historia económica y social
Advertencia
El movimiento cíclico de las cosechas y los precios del maíz
Los efectos económicos y sociales de las crisis agrícolas, 1708-1810
Notas
Los orígenes de la memoria mesoamericana
Advertencia
Introducción
Los primeros relatos sobre la creación del cosmos y el principio de los reinos
El mito nahua de la creación y el principio de los reinos
Contenido y mensaje de los mitos cosmogónicos 153
Notas
Quetzalcóatl en el imaginario de mesoamérica
Advertencia
Metáfora del grano y la mazorca
Sacrificio y renacimiento del dios del maíz entre los mayas
Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica
Notas
Los lenguajes de la memoria indígena
Advertencia
El nopal, el águila y la serpiente
Los medios de transmisión de la memoria indígena
Sobre la naturaleza falsa del relato mítico
Notas
Ensayos de historia política
Advertencia
Los primeros reinos
Notas
La reconstrucción de la memoria indígena en el Virreinato
Advertencia
Fray Bernardino de Sahagún y el nacimiento de la crónica mestiza
El canon memorioso forjado por los Títulos primordiales
Notas
La construcción de la memoria nacional
Advertencia
La imagen y la recuperación del pasado mexicano
México a través de los siglos o el canon de la historia nacional
José Vasconcelos y la construcción del nacionalismo del siglo XX
Notas
Sobre el oficio del historiador
Advertencia
La función social de la historia
Notas
Bibliografía
Notas*
Créditos
Grupo Santillana
NOTA AL LECTOR
APRECIABLE LECTOR:
El Colegio de México se ha caracterizado, entre otras cosas, por interesarse en la historia del país y por contar con magníficos estudiosos de ella. En el año 2010 la relación entre esta institución y la historia nacional estrechará aún más sus ya antiguos vínculos en la celebración de dos efemérides. Una es la conmemoración de los doscientos años del inicio de la Guerra de Independencia y los cien años del estallido de la Revolución. La otra, el cumplimiento de los primeros setenta años de vida de El Colegio de México, fundado en 1940.
Uno de los proyectos editoriales que El Colegio de México eligió para estas celebraciones consiste en publicar generosas antologías de algunos de los historiadores que han sido o son parte de esta institución, con el propósito de que los lectores de hoy puedan tener acceso a una muestra de la amplia y variada obra del académico en cuestión. Algunos de los representados en estas valiosas antologías, pues sus obras son reconocidas aportaciones historiográficas y notables reflexiones sobre nuestro pasado histórico, serán Daniel Cosío Villegas, Enrique Florescano, Luis González y González, Moisés González Navarro, Josefina Zoraida Vázquez y Silvio Zavala, entre otros.
Confiados en que la relectura, o la lectura primera, de todos estos textos será de especial significación para sus lectores en el contexto único del año 2010, esta institución ratifica su compromiso con la historia de México y con la mejor manera de estudiarla.
14 de abril de 2009
I
HISTORIA ECONÓMICA Y SOCIAL
ADVERTENCIA
Al iniciar la maestría de historia en el Colegio de México, dos profesores fueron decisivos en la orientación de mis estudios. El doctor Silvio Zavala propuso a sus alumnos hacer investigaciones sobre temas de historia económica y social. Yo escogí el tema del maíz. El profesor Rafael Segovia, recién llegado de la Sorbona, me dio a leer el libro seminal de Ernest Labrousse, Fluctuaciones económicas e historia social (Madrid, Tecnos, 1962). De esa conjunción, y de una efervescente y luminosa estadía en la École Pratique de Hautes Études de la Université de París, bajo la guía de Ruggiero Romano, François Braudel, Ernest Labrousse y Pierre Vilar, nació el libro Precios del maíz y crisis agrícolas en México, 1709-1810 (véase llamada de inicio de capítulo).
De este libro seleccioné los capítulos que muestran la presencia irrevocable de las alzas y bajas tanto de las cosechas como de los precios del maíz por efecto de los cambios climáticos, y las páginas que registran sus terribles derivaciones económicas (carestía, parálisis de las principales actividades económicas, desempleo), demográficas (epidemias, migraciones, mortandades) y políticas (radicalización de las diferencias entre los pobres y desamparados y los detentadores del poder). Quizá a esta experiencia inicial debo la inclinación por observar los cambios y tendencias que sólo pueden advertirse en los tiempos largos de la historia (la longue durée).
EL MOVIMIENTO CÍCLICO DE LAS COSECHAS
Y LOS PRECIOS DEL MAÍZ[*]
Podría decirse que nada de lo que es humano
podría permanecer ajeno al ciclo.
H. GUITTON, Fluctuations et croissance économiques.
Los estudios recientes sobre las economías antiguas de estructura agrícola dominante han mostrado que el movimiento cíclico es la fluctuación más importante, la más rica en efectos económicos y sociales;[1] de duración más o menos decenal, orientado al alza y a la baja, recorrido por olas de precios que suben, culminan y caen, su accidente mayor, la crisis, es la causa de las grandes catástrofes que periódicamente sacuden la vida entera de las antiguas sociedades.
De manera general, puede decirse que el movimiento cíclico de los precios sigue las grandes líneas que dibuja el movimiento “cíclico” de las cosechas, la secuencia de años “buenos” y “malos”. La leyenda bíblica de los años de “vacas gordas”, seguidos por los años de “vacas flacas”, y toda la historia de las sociedades preindustriales, perturbadas por el descenso periódico de los rendimientos agrícolas, prueban ese largo dominio de la meteorología sobre la actividad humana.[2] Sin embargo, el factor meteorológico, aunque dominante, no es el único que influye en la cadencia y regularidad del ciclo económico de las antiguas sociedades. La estructura de la propiedad, de la producción, del mercado, la situación de la región, sus comunicaciones y transportes, el poder de los vendedores, la situación de los compradores y otros muchos factores intensifican o disminuyen, limitan o extienden la violencia de los ciclos, modificando su cadencia. Así, para citar un ejemplo bien conocido, en regiones continentales de economía agrícola cerrada, el ciclo produce crisis y oscilaciones tremendas en el nivel de precios, pero en cambio golpea con mucha menor fuerza las regiones marítimas, orientadas al comercio y protegidas por una política alimenticia que favorece el abastecimiento regular de granos.[3] Del mismo modo, en esta sociedad el grueso de la producción depende de unas cuantas haciendas y la oferta de granos está controlada por un reducido grupo de vendedores que acentúan y prolongan las variaciones cíclicas, ya que su situación les permite jugar a fondo la tendencia estacional y presionar el alza de los precios ante la impotencia o, a veces, con la colaboración de las autoridades municipales.[4] Los ejemplos podrían multiplicarse indefinidamente. Son tan numerosos como variadas son las combinaciones que se establecen entre factores de estructura y de coyuntura. La labor del historiador consistirá, pues, en esclarecer todas estas relaciones en cada caso particular y determinar su jerarquía, su importancia económica y social.
Comencemos por determinar las características que presentan los ciclos de precios del maíz, por fijar su cronología, su duración, las relaciones entre el ciclo meteorológico y el ciclo económico, la intensidad de sus variaciones, las diferencias de precios que producen, etcétera. El conocimiento de estos aspectos nos ayudará a precisar sus efectos sociales, la importancia del ciclo en la vida de los habitantes de la Nueva España.
CRONOLOGÍA Y DURACIÓN DE LOS CICLOS DE LA SERIE 1721-1813
La curva de precios de la serie 1721-1813 permite distinguir la existencia de diez ciclos (véanse la gráfica 1 y el cuadro 1). Desde luego, la cronología que aventuramos para estos ciclos no es definitiva. Las lagunas que cortan la secuencia de la serie impiden la datación exacta de esos movimientos. Para cinco de los ciclos disponemos de medias anuales continuas (ciclos I, II, III, VI y X); tres tienen lagunas intermedias de uno o dos años (IV, VII y VIII); uno está cortado por dos lagunas intermedias, una de dos años y otra de un año (V); y finalmente, la ausencia de precios entre los años 1792 a 1793 deja en la penumbra la fecha cuando termina el ciclo VIII y aquella cuando comienza el IX (véase el cuadro 1).
Gráfica 1. Precios del maíz en la alhóndiga de México 1721-1814

Cuadro 1. Cronología de los ciclos de la serie 1721-1813



Sin embargo, ninguna de las informaciones que proporcionan otras fuentes (datos sobre cosechas, informes de los funcionarios de pósito y alhóndiga, precios aislados, etcétera) nos obliga a modificar la cronología que aporta nuestra serie. Al contrario, esas fuentes y los datos que ha reunido Charles Gibson sobre la meteorología, las cosechas y precios del maíz, aunque discontinuos y poco nutridos, parecen confirmarla.[5] De todas maneras, habrá que llenar esas lagunas y reconstituir otras series agrícolas (trigo, cebada, frijol, etcétera), para obtener una cronología segura de los ciclos que perturban el siglo XVIII.
Debido a esas limitaciones, el intento de medir la duración total del ciclo y la de sus fases de expansión y de contracción debe aceptarse también como provisional (véase el cuadro 2). Según los datos de nuestra serie, la duración global de cada uno de los diez ciclos, medida en años-cosecha, puede fijarse en 7, 9, 8, 10, 11, 13, 6, 8, 12 y 10 años respectivamente, lo cual nos da una duración media para todo el grupo de 9.4 años-cosecha, cifra muy próxima a la duración media que generalmente se acepta para el ciclo: diez años.
Una mirada más atenta a nuestros ciclos muestra que la duración de la fase de expansión es, salvo en el caso de los ciclos II y VIII, siempre mayor que la de la fase de contracción. Mientras el periodo de alza cíclica es lento y prolongado, el de baja es bastante corto y acelerado.
Cuadro 2. Duración de los ciclos de la serie 1721-1813

Los ciclos I, II, III, IV y V, que cubren los primeros 45 años del periodo que estudiamos, son ciclos cortos, cuya duración aumenta gradualmente de 7 a 9, 8, 10 y 11 años, respectivamente. También son regulares, con fases de ascenso y descenso progresivas, nunca interrumpidas por movimientos de precios contrarios. El ciclo VI (1765-1766 a 1777-1778), además de ser más largo (trece años), introduce una variante que veremos repetirse después. Mientras que el alza cíclica sigue siendo progresiva, la baja es interrumpida por un brusco movimiento de alza: (1771-1772 a 1774-1775, los precios caen desde 19.86 reales (los números a la derecha del punto son decimales) hasta 12.42, pero en 1775-1776 se elevan a 15.30 y finalmente vuelven a caer. Como puede apreciarse en la gráfica 1, el alza que interrumpe el movimiento de baja cíclica es importante. Después, desde 1778-1779 hasta 1813-1814, la regularidad temporal y la cadencia de las fases cíclicas se vuelven más anárquicas. Los ciclos VII y VIII parecen unirse en un interciclo, que desafortunadamente no es posible precisar debido a la laguna de 1782-1783. En este periodo de catorce años, torturado por la crisis de 1780-1782, ocurre también la gran crisis de 1785-1786, la más importante de nuestra serie y de toda la época colonial. En los últimos 22 años de la serie se suceden dos ciclos, crispados por fuertes movimientos de alza que dibujan pequeños interciclos en la curva.
Parece, pues, que a partir de la década de 1770 el movimiento cíclico se hace más regular, sus fases más caprichosas y sus variaciones más intensas. Sus efectos económicos y sociales son también, como veremos adelante, más amplios y profundos. Y precisamente es por la trágica experiencia de estos años que oímos decir a los contemporáneos que la Nueva España ya no es la de antes, que el clima, el régimen de lluvias y la sucesión de buenas y malas cosechas se han alterado.[6] Sigamos, entonces, esa pista. Veamos qué nos dice la meteorología sobre los ciclos y las crisis.
METEOROLOGÍA Y CICLOS AGRÍCOLAS EN LAS ANTIGUAS ECONOMÍAS: EL CASO DE MÉXICO
Aquí, la naturaleza manda, el hombre padece.
J. SIROL, Le rôle de L’agriculture.
Los efectos que producía el ciclo agrícola en las sociedades de los siglos XVI, XVII, XVIII y primeras décadas del siglo XIX, así como algunos de sus principales mecanismos, fueron expuestos con toda claridad por los contemporáneos que los padecieron. Así, a fines del siglo XVII, Charles Davemant da a conocer la famosa correlación atribuida a Gregory King (1650-1710), según la cual un déficit en las cosechas de trigo producía un aumento de los precios.[7] Más tarde, Turgot (1727-1781) describirá con precisión los efectos de la crisis sobre el consumidor y la actividad industrial: “Al pagar más caro el pan, el consumidor reduce sus otros gastos, sobre todo los que se refieren a los objetos manufacturados, y provoca una crisis de subconsumo que ocasiona el desempleo obrero”[8]. François Quesnay (1694-1774) y la mayoría de los economistas del siglo XVIII dedicarán largos y luminosos capítulos al problema central de la época: la desigualdad de las cosechas y de los precios, la política de subsistencias.[9]
En fin, como ya lo ha probado E. Labrousse, las doctrinas económicas, las instituciones y los grandes acontecimientos del ancien régime reflejan el papel que tuvieron esos problemas en el desarrollo de una sociedad eminentemente agrícola.[10]
Sin embargo, la importancia que adquirieron el comercio y la industria en las décadas siguientes, la menor violencia de las crisis agrícolas como consecuencia del desarrollo de los transportes y de la concurrencia comercial, a la vez que disminuyeron el interés por las fluctuaciones agrícolas, dirigieron la atención de los investigadores hacia otras esferas de la actividad económica. Así, “el olvido y el desconocimiento de las fluctuaciones agrícolas hicieron necesario el descubrimiento de las fluctuaciones económicas del siglo XIX a propósito de los fenómenos industriales.[11] De ahí, también, que el estudio de las causas que originan el ciclo agrícola se haya confundido con la búsqueda de las causas del business cycle.
Las primeras teorías sobre el origen meteorológico del ciclo agrícola
En la segunda mitad del siglo XIX, precisamente cuando apareció la primera teoría sistemática del ciclo, comenzaron a divulgarse estudios que sostenían la tesis de que los ciclos económicos eran generados por fenómenos físicos ajenos a toda actividad humana.[12]
Las teorías de los dos Jevons, padre e hijo, que enlazaban directa y casualmente los ciclos económicos con la aparición de unas manchas que observaban en el Sol, son las más famosas.[13] Éstas y otras teorías semejantes fueron severamente criticadas por las siguientes generaciones de economistas, quienes afirmaban que el ciclo tenía su origen en la misma actividad económica y que era ésta y no la naturaleza quien imponía sus ritmos. Así nació un largo debate sobre las causas que desencadenaban el ciclo.[14]
La crítica de los economistas a lo dicho por los dos Jevons no se modificó cuando aparecieron los estudios de H. L. Moore que establecían cálculos de correlación entre los movimientos del planeta Venus, los cambios en el régimen de lluvias, la variación de las cosechas y las fluctuaciones de los precios agrícolas.[15] Tampoco los importantes estudios de W. H. Beveridge sobre la existencia de un ciclo meteorológico que afectaba el rendimiento periódico de las cosechas consiguieron disminuir el tono crítico, a menudo despectivo, de los economistas.[16] Cien o cincuenta años antes, estas teorías probablemente hubieran sido recibidas sin mayor escándalo y seguramente hasta con interés. Pero en la década de 1920, y sobre todo después de la Gran Depresión de 1929-1930, los economistas no podían escuchar una explicación “sideral” o meteorológica del ciclo sin reaccionar violentamente. Esto era explicable. Ellos se preguntaban por las causas que motivaban el ciclo en una economía industrial, capitalista, mientras que las teorías de los Jevons, Moore y Beveridge, aunque pretendían explicar tal periodicidad, en realidad consideraban un ciclo histórico que había dejado de tener importancia en la vida económica: el agrícola. Recordemos que W. S. Jevons basaba sus teorías en observaciones hechas entre 1721 y 1878 y que Moore y Beveridge se preocupaban sobre todo por encontrar las relaciones entre los ciclos de lluvias, de las cosechas y de los precios agrícolas. Hoy, todas esas hipótesis atraen el interés de los historiadores y de los climatólogos. Sin embargo, después de la Gran Depresión económica de 1930, les parecían absurdas a los economistas. El ciclo agrícola no explicaba ninguno de los grandes problemas económicos del siglo XX, carecía de importancia en una sociedad donde los ciclos y las crisis se originaban fuera del mundo agrícola. Así, a medida que fueron apareciendo las teorías de los Jevons, Moore y Beveridge, para citar sólo las más conocidas, se hundieron en el descrédito.
Hoy resucitan, del mismo modo que han vuelto a cobrar vida muchas teorías económicas y demográficas que una crítica sin perspectiva histórica había considerado como despojadas de todo fundamento.
Redescubrimiento del ciclo agrícola por la historiografía económica contemporánea
Hace apenas unos cuantos años que las investigaciones de los historiadores han venido a redescubrir, a valorar en toda su terrible dimensión el ciclo agrícola. Hoy sabemos que en las sociedades de los siglos XVI, XVII y XVIII el ciclo económico principal era el agrícola, así como el de precios de los cereales. Sabemos también que las crisis de subsistencias, el accidente mayor de ese ciclo, estuvieron precedidas por perturbaciones meteorológicas súbitas o por una sucesión de mediocres y malas cosechas. Y en contra de la opinión reciente de los economistas,[17] podemos decir que en esas sociedades el ciclo agrícola producía un ciclo económico generalizado.
En efecto, al contrario del actual ciclo agrícola que produce efectos limitados y no consigue transmitir sus vibraciones al conjunto de la economía, el ciclo agrícola de las economías antiguas era general, es decir, involucraba a todas las otras actividades humanas. Después de una serie de estudios ya clásicos,[18] sabemos que crisis de subsistencias en las economías antiguas quiere decir también crisis industrial, demográfica, de la sociedad entera. Después de la catástrofe que reducía las cosechas, una larga serie de efectos interrelacionados se encadenaba: escasez, carestía, hambre, epidemias, reducción de casamientos y nacimientos, aumento en la tasa de mortalidad, grandes desplazamientos de población, paro de la industria textil, malestar social, tensión política, etcétera.
No es casual, pues, que los historiadores se preocupen hoy por el estudio histórico de los cambios climáticos y meteorológicos ni que se exhumen las viejas teorías que economistas, demógrafos y otros expertos elaboraron bajo la presión de una realidad distinta.[19]
Entre otras aportaciones importantes, los investigadores que se han ocupado de la estructura económica de las sociedades europeas durante los siglos XVII y XVIII han replanteado el problema de la relación meteorología-ciclos. Al principio con timidez y después con mayor fuerza, el estudio del movimiento de los precios agrícolas, de la fluctuación de las cosechas y de los cambios climáticos ha mostrado, por distintas vías, una estrecha relación entre meteorología y producción agrícola, entre “ciclos” de cosechas y de precios. Naturalmente, estas relaciones son más estrechas en las economías continentales, en las regiones alejadas del comercio internacional. Ahí, a medida que es más “cerrada” la estructura económica, más sensibles son los precios a los cambios meteorológicos y más estrecha la relación de causa-efecto.[20] Fuera del área continental, la relación entre meteorología y ciclo de precios se diluye o se pierde completamente. El comercio internacional, la política alimenticia y, en suma, la estructura de las regiones marítimas, hacen intervenir otros factores en la fluctuación y el nivel de precios.[21]
Gráfica 2. Movimiento de precios. Comparación de México (maíz) con Francia y Europa (trigo)

En fin, la hipótesis acerca de la existencia de un ciclo meteorológico que influye o determina el rendimiento periódico de las cosechas y, por tanto, el ciclo de precios, gana terreno a medida que se dan a conocer nuevas investigaciones. La concordancia cronológica que muestran las grandes crisis europeas a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII,[22] la concordancia de ritmo cíclico que se observa en los precios de trigo franceses, y entre éstos y la curva europea de Beveridge,[23] la relación entre periodos de malas cosechas y fases cíclicas de alza de precios,[24] las aportaciones recientes de la historia del clima[25] y las pruebas que arrojan las experiencias actuales sobre la influencia del ciclo meteorológico y el rendimiento de las cosechas,[26] son argumentos poderosos que fortalecen esa interpretación.
Pero, a pesar de todas estas investigaciones, la hora de las afirmaciones definitivas está todavía lejana. El área estudiada, aunque comprende algunas de las principales sociedades productoras de cereales de la Europa occidental, es bastante limitada. El conocimiento de las relaciones que se establecen entre meteorología, rendimiento de las cosechas y ciclo de precios en una sociedad no europea y de economía agrícola, será, pues, un testimonio interesante.
El caso de México, ¿una confirmación?
Del otro lado del Atlántico, en el corazón mismo de la inmensa Nueva España, la ciudad de México nos permite esa oportunidad. La curva de precios del maíz que hemos reconstituido con algunos datos sobre cosechas y meteorología, más su situación continental, de mundo aparte, colonial, son elementos de interés para la comparación.
He aquí, sin más preámbulos, el primer resultado sorprendente que arroja la confrontación de la curva mexicana con las del Viejo Mundo. Comparando la curva de precios de maíz con la del trigo de la Francia continental o con la curva “nacional” francesa reconstituida por Labrousse, observamos que los años en que ocurren las grandes crisis francesas son casi los mismos de los máximos cíclicos mexicanos. Las correspondencias que muestra el cuadro no dejan lugar a dudas.
La comparación de los máximos cíclicos mexicanos con los “europeos”, establecidos por Beveridge hace 46 años, arroja los mismos resultados;[27] es decir, las crisis “europeas”, francesas y mexicanas del siglo XVIII ocurren en los mismos años o con uno o dos años de diferencia.
Esta coincidencia cronológica de las puntas cíclicas europeas y mexicanas nos llevó a otra comparación de resultados aún más sorprendentes. Recurriendo a los números índices, trazamos en la gráfica 2 la curva mexicana de los precios del maíz, la curva francesa de los precios del trigo y la curva “europea” de los precios del trigo de Beveridge. En esta confrontación, la coincidencia de los máximos cíclicos es todavía más clara. Sin embargo, lo extraordinario es ver cómo se corresponden los ciclos de las tres curvas, cómo parecen impulsados por una misma fuerza que les impone una cadencia, un ritmo y hasta una duración semejantes. Desde luego, el nivel de precios y la altura que alcanzan los máximos cíclicos es diferente en cada una de las curvas. Pero el ritmo, el movimiento general de los ciclos, es semejante.
Cuadro 3. Correspondencia cronológica entre las puntas cíclicas francesas (trigo) y mexicanas (maíz)

[*]
La correspondencia más notable entre las tres curvas se aprecia en los ciclos I a VI, es decir, de 1720 a 1778. Durante esos años, las fases de ascenso, culminación y descenso que dibujan los ciclos de las tres curvas parecen obedecer, con ligeras variaciones, las órdenes de un solo director que organiza todo el movimiento. Después de 1778, la curva mexicana muestra rasgos particulares. Un ciclo corto y violento procede a la gran crisis de 1785-1786, que las curvas europeas no registran. En cambio, cuatro años más tarde, las curvas europeas dibujan la punta de la crisis de 1789. Después, entre 1792 y
