Sin rescate

Marta Guerrero González

Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Agradecimiento

Primavera de 2005

El comandante

El secuestro de Guillermo

Nace un criminal

Memoria de Isabel

México, doble turno

Doble secuestro

El despertar de un secuestrador

Isabel en el colegio

La primera tentación

Isabel y Escipión

Los cómplices

Después del secuestro

Isabel vuelve a sus recuerdos

América

Agencia Federal de Investigación (AFI)

Mingo

Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal

Escipión se desespera

Tras una pista

El matrimonio de Isabel

La Yoyis

Francisco Márquez

La familia se separa

Tejada se va a casa

El chofer

El miércoles

Victoria

Unidad Antisecuestros

La tarde del miércoles

Veintitrés días sin noticias

Primavera de 2005

Últimos cabos

El Veracruz

En casa de los Márquez

La celebración

Tejada

Primavera de 2005

Esperón

Frente a la plaza

El Africano

El Morsita

El ministro de Cristo

El Chivo

El Morsa

Violeta

Escipión Morales

Jesús Carrillo

Río Sena

Las órdenes

El asesino

Blanca Morales

Javier

Mingo y Yoyis

La Central de Abasto

Las tres horas

Moncho

El aeropuerto

Primavera de 2005

La persecución

En el jardín

El Chivo y Carrillo

La negra noche

La mañana siguiente

Luis Gerardo Valverde

El matrimonio Morales

El rescate

Paco

Cartas en el asunto

La mujer misteriosa

Primavera de 2005

El procurador

Del otro lado de la ciudad

Tejada

La venganza

Primavera de 2005

La noche del domingo

El vecindario

La guarida

La visita

Lucero

Primavera de 2005

El tiroteo

Alex

El alba

Primavera de 2005

La llegada de Alex

Primavera de 2005

Javier

Primavera de 2005

Estado de México

Martes 18 de enero de 2005

La acción

El penal

Domingo Valverde

Finales de 2005

En su celda

Créditos

Grupo Santillana

Sin rescate

A la memoria de Andrea Altamirano

Sin rescate

Agradecimiento

Quiero agradecer a Rosa María Otegui por la fortaleza y generosidad al abrirme su mundo reducido por el secuestro. A Enrique Materredona porque a pesar de haber creído que moriría ha tenido el valor de contarme su historia. A cada una de mis fuentes que ha preferido el anonimato. A los buenos policías y a los periodistas comprometidos con la verdad.

Quiero dar las gracias a Sisa por su incansable y valioso trabajo.

A mis hijos y a Carlos, Maite, Ros, Marily por ir conmigo a lo largo de la novela. A Adriana Altamirano por sus oportunas correcciones. A Beatriz Rivas, siempre talentosa. Para Ricardo López Íñiguez mi más alto reconocimiento. A Ana Fuentes por sus conocimientos médicos y su paciencia. A Melchor de los Santos por su implacable amistad y crítica. A Jaime López O. por su apoyo. A Miguel Cossio por esas largas lecturas y su inexplicable insistencia por ver terminado mi trabajo. A Gina Menchelli por su elocuente e imprescindible compañía.

A mi nieto Maky, quien me cierra la laptop en cuanto me descuido un segundo. Y por último, a José Luis Soberanes R., que espera pacientemente a que sea yo quien apague la computadora para acudir a mi rescate.

MARTA

Sin rescate

Primavera de 2005

Me llamo Isabel, o por lo menos eso quisiera; en verdad me gustaría ser otra mujer, pero además me encanta cómo suena, es un nombre elegante. Hemos tenido que cambiar de casa, de hábitos, sobre todo de apellidos. Tiene relevancia, porque el nombre lo dice o lo calla todo de la persona. El mío lo tengo gastado. Si estoy en la cocina, me llaman; también desde la sala por cualquier tontería; si entro al baño no falta quien necesite algo con urgencia. Quieren que yo resuelva, alivie, conforte y les infunda tranquilidad y confianza. Por lo visto, debo ocuparme del bienestar de cada miembro de mi familia, desde su alimentación hasta el más mínimo detalle.

Es curioso, pero no me doy cuenta de lo cansada y deprimida que estoy sino cuando voy camino a la cama o el rato que paso en el sillón junto al teléfono, siempre pendiente por si nos llaman, aunque ahora nadie conoce nuestro número. Me mantengo alerta, por si acaso. Me paso horas viendo el aparato estúpidamente. Sin duda hay costumbres más fáciles de anidar. Todavía espero oír la voz de los secuestradores como si se tratara de una vieja y agradable amistad. Fijo la vista, buscando respuestas, en la mesita de la lámpara con la pantalla de papel amate, la que compramos en San Miguel de Allende hace unos años. Cuando éramos felices. A las moscas les atrae la luz, también a los locos. Así a mí.

A veces siento un ahogo espantoso que se resuelve en ansiedad. En otras ocasiones me dan unas ganas inmensas de terminar de una vez y para siempre con el absurdo. A ratos veo claramente un túnel, doy vueltas en una oscuridad absoluta donde caigo sin remedio, mareada. Tengo miedo, mucho miedo. Cada momento es peor.

Todos en la familia compiten por el primer lugar en el dolor. Los dejo hablar sin interferir. Si acaso me sobo la nuca para evidenciar mi sentimiento o, simplemente, me como unas pasitas con chocolate, pues según mi marido sirven para olvidar, aunque todo el mundo opina precisamente lo contrario, ya que el hierro es buenísimo para la memoria.

No puedo tejer, ahora se me entumen las manos. Todo lo que jamás me pasaba empieza a fastidiarme precisamente cuando debería sentirme más fuerte y cariñosa. Quiero mi antigua vida. Hasta mi vieja bata se perdió en la mudanza.

Es terrible reducir tu casa de treinta años a un sitio diminuto, que los corredores de bienes raíces te mostraron en menos de un cuarto de hora. Un lugar en el cual no cabemos y por donde, apenas nos distraemos, se desliza una intangible añoranza. El cambio sirvió de muy poco, digo, en los nuevos espacios el pasado se ha posesionado de nuestros viejos muebles, y así es imposible que arranque el futuro.

Estoy reducida. El nuevo departamento se me viene encima. Nada les digo, porque no siento tener el derecho de incomodarlos. Ellos pretenden ser los únicos protagonistas de la tragedia. Qué importa, da igual, yo sigo evadiéndome, no recuerdo o tal vez no quiero recordar nada del secuestro. Seguramente, algún día habré de afrontarlo.

En cambio, de manera constante me vienen a la mente pasajes de mi infancia y sentimientos, los cuales, ahora sí, tienen nombre y apellido. Se van revelando cosas antes incomprensibles, minuciosos detalles olvidados o irrelevantes en aquellos días. Me pongo frente al espejo y ahí están mis recuerdos. Mi reflejo sobre el lavabo me dice muchas cosas, como si fuera una pantalla.

Mi vida me está ocurriendo, ahora mismo, desde el principio. Dicen que eso les sucede a los que están a punto de morir. La observo como si la dirigiese detrás de una cámara o la leyese en un libro de mi autoría, inédito y jamás leído. Mientras transcurren una a una las escenas, me voy dando cuenta de que he sido una mujer del montón. Vamos, nada fuera del otro mundo. Lógicamente uno es el protagonista de su propia existencia y por ese simple hecho nos otorgamos demasiada importancia, pero eso carece de mérito.

No me explico por qué razón nos escogieron precisamente a nosotros; nuestro patrimonio está muy lejos de justificar el secuestro. Aun así, nos han arruinado para siempre. No podremos sobreponernos. Hemos de cargar con ello hasta el final. Imposible imaginarme nada parecido, ni siquiera se le compara al hecho de haber sido abandonada desde chiquilla… esto es distinto.

Es una pesadilla interminable. Vivimos con el alma en un hilo. Ocultándonos, como si nosotros fuéramos los criminales. Agazapados, parecemos prófugos bajo el amparo de la sombra. Esperando que ocurra la temida venganza. Deseando la reconciliación de los unos con los otros. Suponiendo lo que nadie piensa de las actuaciones de los demás. Mortificándonos con los recuerdos, con la exigencia del peso de la justicia, con el sentimiento de impotencia. En una palabra, seguimos secuestrados. Ya jamás podremos ser libres. El tiempo es un laberinto de ida y vuelta. Empezaré a contarlo desde el principio.

Cuando Isabel piensa, prende un cigarro o se acomoda la ropa y el pelo, su mente se va lejos, la toman los recuerdos. España y México se mezclan igual que las palabras de un sitio y de otro. Aprovecho la pausa para imaginarme el secuestro. Es fácil hacerlo, hay tantas novelas sobre el tema, la prensa está plagada de casos, la gente no habla de otra cosa. En fin, la gran industria del secuestro crece descontroladamente.

Isabel en absoluto es gorda. Pero eso sí, la piel le va holgada. Su cuerpo delata ese lugar vacío, arremetido por un voraz dolor. La dejo que siga hablando, porque de cualquier modo es inevitable.

Su boca es espléndida, parece delineada aunque la lleva natural. Tiene la voz ronca, el acento español, el lenguaje, ya dije, entreverado, y sin ninguna prisa. Los ojos le brillan y cambian del verde al color miel según sus emociones.

Hay momentos en la vida que son futuro, nada les cabe sino el mañana. Te prendes a lo que ha de venir, bueno o malo, pero inminente. De pronto lo dejas todo y no haces nada durante el día o la noche, porque no sabes hacerlo, porque sólo es posible la inagotable espera. Es igual a cuando te has machucado la mano con una puerta, no puedes escapar y no hay quien abra para salvarte. Estás dolorosamente presa. Eso es lo que sucede cuando te secuestran a los tuyos.

Ha llegado la hora de hablar, vuelve a decir, como si quisiera convencerse. Es necesario contarlo una y otra vez, para empezar a entenderse con el olvido. Sin importar el resultado final, un secuestro jamás termina.

En adelante a eso se resume tu existencia: al pertinaz morbo de haber sido víctima de un secuestro.

Sin rescate

El comandante

Javier Tejada siempre quiso ser policía. Había nacido para serlo, lo soñó desde niño y todo su ser se preparó para combatir la oposición de sus padres. En México es una profesión muy desprestigiada, mal remunerada y de poco o nulo valor social. Las cosas no fueron fáciles. Javier obtuvo el título de Leyes porque su padre se empeñó. Creía que la universidad privada y el tiempo acabarían por disuadir a su único hijo. Se equivocó.

Ninguno de sus amigos se lo había tomado en serio, simplemente nadie en una buena posición económica pretendería semejante disparate. Javier no tenía cara, ni cuerpo, ni el color y mucho menos el tipo del policía nacional. Los thrillers gringos, las aventuras entre gángsters y tenientes eran eso, películas de acción donde los chicos guapos como Andy García hacían el estelar y a todo el mundo le parecía fabuloso. Algunas cintas son excelentes, cierto, pero alejadas de la realidad, y con mayor razón tratándose de policías y ladrones mexicanos.

Los hijos de buenas familias eran abogados corporativos, laborales o incluso penales, pero jamás, nunca, ni por equivocación, serían agentes judiciales. Las únicas excepciones son los nombramientos del presidente de la República en turno, por lo general compromisos políticos, posiciones de mucha confianza casi siempre temporales, por el gran desgaste de los personajes frente a la opinión pública.

En materia de justicia hay muy poca transparencia, eficiencia y capacidad de respuesta expedita por un millón de razones, pero principalmente por la corrupción, la falta de ética profesional, y la dependencia del Poder Ejecutivo.

Javier pidió su cambio cuatro años atrás, poco antes del triunfo de Fox a la Presidencia; ahora comandaba la Unidad Especial Antisecuestros dentro de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal. Ocho grupos de alto impacto, veinticuatro células investigadoras con amplias atribuciones y el personal de oficina, demasiados según su opinión. Un mundillo de gente. Cuantos más estuvieran por ahí más fácil era infiltrar a alguien, hacer circular los billetes grandes o pequeños, según fuera el caso, y entorpecer el trabajo.

El año anterior a su llegada se denunciaron tres mil doscientos secuestros, de los cuales más de ochocientos habían sido en la zona metropolitana. Por supuesto, a la sociedad se le maquillan las cifras. Pero lo cierto es que en el país se cometen ochenta privaciones de libertad al día. Novecientos millones de dólares al año resultaban de la industria del secuestro.

En el mes de junio, después de la Marcha Cívica y Pacífica por el Alto a la Delincuencia, empezaron a rodar cabezas. Esa vez la escandalosa cifra sembró alarma en Los Pinos; el mismo presidente dio un discurso donde puso verde a todo el mundo y les exigió resultados trimestrales, asegurándoles total independencia y todos los recursos económicos necesarios. Sin importar cuántos elementos despidieran, la consigna era acabar con la corrupción; no habría tolerancia para el crimen organizado, enfatizó. Giró instrucciones en ese sentido y posó con gesto adusto para la televisión. Lo típico.

Tejada no quiso empezar en la Dirección, tal como estaba pensado. Por eso solicitó su cambio como cualquiera, llegó a una de las células y los primeros meses se dedicó, prácticamente, a descubrir las telarañas y traperías de la casa. Se empezaron a hacer análisis antidrogas sin previo aviso y un resultado positivo era suficiente razón para el despido. Eso sirvió para cesar a muchos que tenían vínculos con gente del hampa, con pandilleros, narcos y rateros de barrios o domiciliarios. Daban positivo aun estando limpios, pero no podían acusar a nadie de soplón ni ejercer venganza contra los del laboratorio, que nunca eran los mismos. Los médicos tomaban las muestras, que eran llevadas a distintas instituciones de salud del Estado. Los resultados ingresaban al correo electrónico por medio de un código especial, imposible de rastrear.

Ni siquiera Javier sabía quién recopilaba las listas, aunque aportó más de ciento cincuenta nombres a una dirección electrónica con sede en Chicago. Casualmente todos, excepto dos que murieron en un accidente de tránsito, fueron despedidos por dar positivo. Les llegaba un sobre con la palabra POSITIVO y un cheque con su liquidación. No había jefes que pudieran hacer algo, ni segundas oportunidades, ni nada por el estilo. Decían que todo venía de arriba, siempre de más arriba.

Javier no sólo detectó corruptos, los que debían dar POSITIVO y quedar fuera. También hubo NEGATIVOS con quienes trabajó intensamente, de todos ellos escogió a treinta, y nueve siguen siendo sus hombres y mujeres de confianza. Ninguno sabe cuál otro pertenece al grupo, esa es una de las reglas. Conocen de la existencia de los hombres o mujeres NEGATIVOS, pero no cuántos son, ni quiénes, ni cuáles tareas se les encomiendan. Cuando un NEGATIVO es descubierto, deja de serlo. Seguirá trabajando regularmente, como antes. Sin embargo, perderá el bono extra, equivalente a diez veces su salario. El bono crea un aliciente profesional, todos esperan formar parte del círculo del comandante.

El comandante pondera a sus NEGATIVOS como si fueran un ejército cada vez mayor. Dentro se vive un ambiente de pertenencia, se sienten orgullosos. Hay respeto a la investidura, algo que antes ni se les ocurría.

Sin embargo las decepciones son muchas, de cada cinco secuestrados uno muere y esa cifra va en aumento. Los jueces son corruptibles, dan sentencias muy blandas y muchas veces sueltan a culpables por falta de pruebas. El Ministerio Público no apela, ni aporta lo suficiente. Los abogados y defensores les llenan los bolsillos y la impunidad alienta a otros.

Tejada vigila a Luis Esperón, un muchacho de veinticinco años. No lleva ni doce meses dentro, pasó todos los exámenes y aplica para participar en los casos más peligrosos. Por desgracia, de los dos últimos rescates, en uno escapó el cabecilla y en el otro encontraron a la víctima muerta en un barranco. Luis estuvo en ambos operativos. Pidió su descanso, se le otorgaron cuarenta y ocho horas francas. A pesar de eso, llevaba cuatro días sin presentarse en los entrenamientos. Las faltas de asistencia no representaban un problema mayor; de hecho, cuando se concentraban en un caso las prácticas se suspendían. Los más experimentados solían acudir a sesiones de mantenimiento cada seis u ocho semanas; para los jóvenes o novatos la disciplina era estricta. Se pasaban tres horas en el gimnasio, en el campo de tiro, o en los simulacros. Comían ansias, querían empezar cuanto antes; por algo pasaron tres años en la academia, les urgía entrar en acción.

Esperón tenía buenos reflejos y fama de ser un tirador infalible, cuidadoso. El Chivo, uno de los más antiguos NEGATIVOS, reportó a su comandante que algo raro sucedía con Luis. Estaba nervioso, muy callado e incluso pálido.

—¿Qué es lo que piensas, Chivo? —Javier, como siempre, tenía la música con el volumen alto. Era mejor estar protegido.

—Pudiera ser que ande cantando en una rama de callejón, no creo que su vinculación sea más arriba. Aunque para mí, jefe, no parece un soplón. ¿Lo llevo a unos tragos?

—Cuidado, Chivo. No repitas tus métodos. No. Métele presión por faltar a los entrenamientos. Ese muchacho se ve muy descansado. ¿No te parece que ha flojeado mucho? Encárgalo con alguno y luego de unas cinco horas te dejas caer, sirve que rebajas ese abdomen.

—¿Cuál abdomen? —puso cara de inocencia, pero aunque contrajo los músculos, se le seguía desbordando por el cinturón.

—Voy a misa. Aprovecha para tu consulta médica. Que alguno de los tuyos le ofrezca torta al muchacho.

—Está bueno, jefe.

El Chivo no necesitó más explicaciones. Daba igual el lugar nombrado, quería decir que se ausentaría. Todos cometían el error la primera vez que escuchaban a Javier decir voy al cine, voy a la cantina, voy a Palacio, etcétera. La respuesta a la pregunta cuál cine, cuál esto o cuál lo otro era siempre: eso no te importa. La consulta médica era visitar la cárcel y saludar a los amigos, con suerte había alguna tonada nueva que oír. La torta era lo peor de todo el asunto, pues tentarían a Luis Esperón con mota, con lana, con mujeres u hombres, con un negocio seguro y una entrada fácil a Estados Unidos. Por desgracia, demasiados caían en la trampa.

El Chivo se alzó de hombros, se agarró la barriga y miró con total desconcierto el grosor del rollo entre sus manos. Esa misma noche se lo diría a su mujer: ni un solo taco más, a partir del siguiente lunes a dieta rigurosa.

Suspiró resignado y salió a cumplir las órdenes de su comandante.

Sin rescate

El secuestro de Guillermo

El caso de Escipión Morales, el Africano, fue muy conocido. Inmigrante español con ascendencia marroquí, hombre robusto, duro y de mal carácter. Si lo sabré yo… Se forjó a fuerza de trabajo; nada le regalaron. Figúrate, acostumbrado a tratar con intermediarios, cargadores y hasta con los mismos carniceros de la Central de Abasto, es un auténtico lépero, aunque ya lo era en España. Siempre lo ha sido. Sin embargo, debo reconocer, es una buena persona. Normal, supongo que igual a todos, vamos, como la mayoría.

Rara vez pierde la paciencia, pero cuando lo hace alborota tanto que durante días solamente se habla de las consecuencias de su enojo. En esas ocasiones lo llaman el Carnicero, y pega el mote pues es distribuidor de carne. Se decía que destazaba a sus enemigos y los vendía por kilo, empacados en papel aluminio.

Ese día, Memo Morales salió en su Jetta rojo a las siete de la mañana hacia la universidad. Tres cuadras más adelante dos camionetas bloquearon su coche, lo bajaron encañonado con calibres treinta y ocho y una escuadra cuarenta y cinco. Nadie vio nada. Unas horas después encontrarían abandonado el auto en las inmediaciones de las barrancas de Santa Fe, según el reporte de la patrulla 0068 de la delegación Álvaro Obregón, el cual no necesariamente había sido verídico.

Aquel lunes once de abril cambió la vida de Escipión. A las siete treinta, cuando sonó el teléfono privado de su oficina, le vino un sobresalto. Usualmente las llamadas empezaban desde temprano, pero no por esa línea. Muy pocas personas conocían el número.

El timbre insistía, él estaba indeciso, sólo podían ser malas noticias. Involuntariamente empezó a temblar, sobre todo la mano derecha de camino al aparato. Pronunció un trémulo:

—Diga.

—Papá. Me secuestraron, estoy bien. Haz todo lo que te digan. No le hables a la policía. Te van a llamar más tarde.

Eso fue todo y colgó. En absoluto hubo tiempo. Nada pudo contestar. Menos de un minuto es suficiente para sentir el vacío y ver derrumbarse tu seguridad más elemental.

Sin suelo para estar de pie, al borde del abismo, en el centro mismo del presente único, inconsecutivo pero eterno. Ahí está Morales asumiendo un papel desconocido hasta ahora, impidiendo que el terror lo mate. Le falta el aire. Debe avisar a su esposa, debería llamarla pero no puede. El tiempo pasa y él está paralizado. De verdad no se puede mover. Tampoco tiene saliva. Literalmente se le han erizado los pelos del cuerpo hasta la nuca.

¿Con qué palabras podría atenuar la verdad? ¿Pensará ella que es una mala madre, o lo culpará a él? ¿Cómo decirle: mujer han secuestrado a tu hijo, no me esperes a comer? ¿Cómo dejarla con la mala noticia a cuestas todo el día? ¿De qué sirvió el trabajo de tantos años? ¿Qué objeto tiene construir nada, si en dos patadas un tipo acaba con todo? ¿En qué fallamos, cuál es nuestro pecado?

Se derrumba sobre el escritorio. Transpira frío. Le comienza un jadeo que no alcanza a convertirse en llanto. Repite sin cesar:

—Guillermo… apenas es un crío, Dios mío.

Sin rescate

Nace un criminal

Domingo Valverde trabajaba en un taller mecánico. Tenía diecinueve años. Nunca conoció a su padre y su madre lo abandonó a su suerte cinco años atrás. En ese entonces inhaló gasolinas y algo de pegamentos, pero una muchacha muy bonita condicionó verlo hasta que dejara los inhalantes.

Gracias a Irma no se fundió el cerebro, consiguió trabajo de repartidor y luego en diferentes talleres. Los autos le fascinaban. Pensaba poner su propio taller y poco a poco ir arreglando el cuarto rentado. Luego deseaba comprar una casita con un jardín y juegos para el Mingo y también para el nuevo bebé. No se pudo: Diosito dispuso otra cosa.

Nadie lo ayudó. Los cuatro pisos la llevó en brazos, Minguito montado en la barriga y su mujer desangrándose. Hora y media después llegó al Seguro Social de la Raza. A Irma se la llevaron inmediatamente por la hemorragia, pero como no eran derechohabientes tenía que dejar un depósito, pagarles, garantizar los gastos. ¿De dónde? ¿Cuál empresa? ¿Cuál patrón? Y Mingo llora y llora lleno de mocos.

Es su compadre el que le da chamba, así nada más, sin papeles. No se puede retirar hasta que su mujer salga. ¿Cómo se consigue la lana acá adentro? Son las doce de la noche. Por lo menos ir a encargar al niño. En un hospital se debe guardar silencio. La cabeza le explota.

Parece la película de “Nosotros los pobres” con Pedro Infante, piensa entre los gritos de su hijo de un año. Ver tanta sangre lo puso aceleradísimo.

¿Qué hacer, Virgencita? ¿A quién pedir ayuda? El niño no lo deja concentrarse. Le dan ganas de salir corriendo. Por fin, una mujer le pide cualquier papel que traiga, la licencia aunque sea, o algún recibo de luz o de gas. No tiene nada, no hubo tiempo. La enfermera se compadece o se desespera con los llantos de la criatura. Toma sus datos y los de Irma, y lo deja que vaya a buscar dinero y a encargar al niño.

Después de dos horas consigue reunir lo que le pidieron. Sus compadres se quedaron con Minguito. La señorita que lo atendió antes ya no está, y desgraciadamente tomó mal los nombres. No hay quién le informe. Domingo se impacienta pero ni así consigue saber algo de su mujer. Tardan mucho en darle informes.

Una mujer costeña, muy morena, al caminar por el pasillo hace sonar sus medias de nylon blancas. La cofia se hunde en sus rizos rubios y rojos. Su trasero es enorme, al igual que su sonrisa. Se contonea muy contenta. Está acostumbrada a ver a los familiares dormidos en poses ridículas. Domingo tiene la cabeza encrespada torcida sobre su hombro. A pesar de la postura tan incómoda, ronca estruendosamente.

A la morochita le encantan los saltos que algunos pegan al despertar. No puede evitar reír.

—Señor Valverde, su esposa se encuentra muy bien. Tuvo un varoncito y, a pesar de tener un parto algo delicadito, los dos están muy bien.

Domingo siente una locomotora dentro del pecho, pero logra contestar mientras se talla los ojos.

—¿Por qué sangraba tanto? —pregunta todavía espantado.

—Por su placentita. Pero ya en un ratito se la va a poder llevar.

—¿Dónde está? Quiero verla —se levanta, ansioso. El pelo de la nuca parece la cola de un pavo real.

—Ahoritita la va a poder ver, nada más que despierte de su anestesia. Aquí espérese. Nosotros le avisamos. Ténganos tantita paciencia, por favorcito, ¿eh?

Ella se va con su cadencia sin que él pueda percibir su perfume dulzón. Fija la vista en su gran trasero, pero no lo ve. Sólo piensa en Irma.

Valverde leyó los anuncios de las paredes, los de las puertas. Los folletos del mostrador, un periódico del día anterior tirado en la basura y todo lo que pudo para entretenerse. Poco a poco se fue amodorrando, otra vez. Eran las seis de la mañana; todavía estaba oscuro. Un doctor insistía en despertarlo. No entendía, sentía la cabeza pesada, la panza vacía. De pronto vio a su mujer parada detrás de los médicos con un bulto en brazos, muy pálida, haciendo un gran esfuerzo por no caerse.

Domingo dio un brinco y la sujetó. Nada dijo, nadie pronunció palabra. Salieron despacio. En la calle empezaban a llegar los vendedores de comida y cuando uno de esos coches se desocupó, Valverde lo tomó sin dudarlo. Irma se quejaba con un hilo de voz. No soportaba el dolor, pero ni así soltó al bebé. Decidió no volver a embarazarse.

Lo que habían sufrido fue recompensado, eso creían los orgullosos padres de Luis Gerardo Valverde. Era un niño precioso, risueño, alegre y muy inteligente. Con el tiempo y la ayuda de Irma, sacaron una casita del Infonavit y les dieron lo mejor que pudieron a sus hijos: escuelas, juguetes, bicicletas, nintendos y paseos. Desde entonces Domingo siempre tuvo patrones, seguro social y prestaciones. Irma fue contratada y sindicalizada en Pemex; ahí estuvo hasta su jubilación.

Cuando los niños Valverde crecieron, formaron una banda muy bien organizada. Una banda profesional dedicada al crimen, al secuestro. Luis Gerardo era, ni más ni menos, el Mochaorejas, el Mochadedos. Ese niño bonito y feliz se convirtió en uno de los hombres más peligrosos del país. Domingo, su hermano mayor, lo secundaba en todo.

Irma y su marido jamás sospecharon nada, nunca notaron algo raro. No eran violentos ni groseros, ni niños problema. De muchachos no traían objetos ostentosos ni dinero, mucho menos coches. Ya de casados, sus hogares eran dignos pero modestos, clase media normal.

Todavía no lo podían creer. Por más que todo el mundo los acusara, a ellos les parecía imposible. Sencillamente los confundieron con otros. Sus hijos nunca fueron así. Cómo iban a tener otras casas, muchas casas, otras mujeres. ¿Por qué razón tendrían ambición? ¿Por qué se iban a dedicar a esa clase de vida? No, que va… Mingo amaba a sus hijos, a su esposa Sonia. Luis Gerardo era un poco menos paciente con Esther, pero la culpa la tenía ella por ser tan exigente.

En lo general se podía afirmar que eran buenos esposos, buenos hijos, padres cariñosos. A Irma le constaba que para un diez de mayo estuvieron abonando los pagos para la tele grande y el sistema de video. Si fueran tan ricos lo hubieran pagado de contado. En otra ocasión convencieron a Domingo de vender los dos viejos coches y con ese dinero comprar uno nuevo, un poco mejor. Es verdad que les dieron buen precio. Unos meses después, Luis Gerardo le pasó su auto usado porque a él le salió la oportunidad de otro, en un traspaso de un Ford nuevecito que un compañero no había podido seguir pagando. Las cosas las iban adquiriendo a plazos, como todo el mundo, poco a poco y vendiendo otras. Los hijos viajaban porque era parte del trabajo en su comercializadora. Eso declararon una y otra vez Irma y Domingo, pero ya todo era inútil: Valverde, como ahora lo llamaba todo el mundo, confesó y se cansó de confesar.

Sin rescate

Memoria de Isabel

Tenía cinco años atribulados de ignorancia y timidez cuando me mandaron a España con mi padre, quien iba muy enfermo y su intención era despedirse de los suyos.

¿Qué caso tenía viajar con una niña pequeña, si no se sentía bien? Le quedaba algo así como un año, decían. Hombre, tampoco estaba en sus planes morirse enseguida, como en realidad sucedió, pero muy bien hubiera hecho dejándome en casa, sobre todo porque yo no era ni la mayor ni la menor de sus hijas, ni siquiera su consentida. Encima, estaba tan gorda como un personaje de Botero.

Ese viaje fue una de tantas cosas incomprensibles para mí. La pregunta de por qué fui elegida me martillea de tanto en tanto. Hasta ahora he eludido la respuesta, aunque me amenaza la sospecha del repudio. Es muy posible que en casa no me quisieran. Vamos, tampoco lo digo para montarme un vulgar drama. A millones de personas no los quiere nadie y ni chistan, si acaso son algo más desgraciados que los demás y punto.

Nada más llegar al norte de Santander, las tres hermanas de papá encontraron absurdo resignarse a perderlo. De improviso les llegó un arrebato posesivo, un brutal cariño por aquel hermano extraviado hacía diez años en las redes del matrimonio. Con gran entusiasmo pusieron manos a la obra.

Antes de la semana lo estaba viendo un especialista en Bilbao, un hombre totalmente desconocido y, al parecer, merecedor de una fe ciega. Las tías no coincidían con el diagnóstico de los médicos mexicanos, quienes, por lo visto, estaban empeñados en desahuciar a papá. En cambio la voz de la experiencia recomendaba operar. Desde luego, estuvieron de acuerdo con el viejo doctor. El pobre enfermo permitió que lo convencieran a fuerza de infundirle esperanza.

Podríamos pensar que mis tías lo que querían era matarlo, porque cuando papá, por fin, acepta la cirugía se ponen tan contentas que me compran una tarta de crema. Una tartaleta riquísima. Nos la acabamos en menos de quince minutos en una especie de voraz complicidad. Se entretenían comentando sobre la enfermedad de papá. Según ellas, producto de un cáncer facilito de extirpar. Opinaban como si el tema fueran recetas para hacer bizcochos. Lo comparaban con una manzana podrida en la rama, la cual se corta, se tira a la basura y el árbol vuelve a quedar hermoso.

No me preocupé ni tenía edad para hacerlo, aunque me acuerdo absolutamente de todo, entre otras cosas porque lo hablaban sin recato delante de mí. A los veintidós días de la exitosa intervención, papá se les murió, causándoles sorpresa y un disgusto grosero, o por lo menos inapropiado. En ningún momento culparon al viejo médico. En cambio, consideraron irresponsable a papá; un egoísta incapaz de tolerar el rigor de la ciencia.

Opinaban que tenía lógica que su hermano se hubiese muerto sin más, porque después de todo siempre había sido un hombre de una debilidad espantosa. ¿Quién sabe lo que pasó con la teoría de la manzana podrida y el árbol hermoseado?

En cuanto a mamá, primero no vino pues no llegaba a tiempo para la intervención, y luego tardó unas semanas, pues de todas maneras no estuvo a la hora de su muerte, que de todo el asunto era lo principal.

Las tías me compraron otro pastel de crema el día que enterramos a mi padre, pero esta vez me lo dejaron entero. Conseguí una indigestión tremenda por lo cual me pusieron varios días a manzana rallada. Me harté de comerlas; ahora las odio, no las puedo ver ni en pintura. Quizás mi tirria por esa fruta se relaciona con la muerte de mi padre, o tal vez porque me he pasado la vida a dieta, como si fuera mi ambición ser prototipo de pasarela, una de esas modelos escuálidas, sin colores y de pelos escurridos. Ninguna, ni rojas ni verdes, ni amarillas, no me gustan las manzanas.

—Isabel está de mona que se cae, la pobrecilla —decían observando curiosamente mi incipiente orfandad, mientras se acomodaban los rosarios y las mantas con las que librarían una larga tarde.

Mamá, ya lo he dicho, tardó unos días más en venir, mientras encontraba con quién dejar a mis hermanas. Empecé a sentirme infeliz.

Las casas de mi infancia fueron oscuras y frías, creo que así eran todas en España menos el colegio, que era frío pero bien iluminado. Me da rabia cuando pienso en el abandono, esa sensación de entonces me ha seguido a todas partes, es una sombra que me rodea, me acosa y aun ahora, de grande, consigue

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos