Curso de Literatura inglesa y norteamericana

Jorge Luis Borges

Fragmento

Agradecimientos

AGRADECIMIENTOS

Quiero agradecer a Celia Pérez Mathiasen por haber confiado y haberme cedido las notas de las clases de Borges que guardó celosamente por años. Del mismo modo, a Beatriz Inchausti y Marta Villarino, por compartir conmigo lo más valioso, la memoria de esos días. A Germán Álvarez, por la idea de recuperar la presencia de Borges en Mar del Plata y a Laura Rosato, por contagiarme el entusiasmo para emprender la tarea. A Daniel Balderston le quiero reconocer la generosidad de sus enseñanzas, que logra disfrazar de acompañamiento dialogado. A Rocío Colman Serra, Daniel Fitzgerald, Ornela Lizalde y Sol Martincic, integrantes del grupo de investigación “Escritura e invención” que dirijo y que está radicado en la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP), por la inmensa tarea de tipear las clases y discutir grupalmente las primeras decisiones de la edición del material. A Alicia Hernández, responsable del área de Transferencia de la Facultad de Humanidades de la UNMdP, por el impulso y el apoyo. Al equipo audiovisual de la UNMdP, que editó el video con los testimonios. A Gustavo Visciarelli, por abrirme las puertas del archivo del diario La Capital y de sus conocimientos sobre la historia de Mar del Plata. A la UCA de Mar del Plata, por dejarnos consultar su biblioteca. En cuanto al apoyo institucional, al CONICET y la Universidad Nacional de Mar del Plata, por financiar y apoyar este trabajo en el marco de un convenio de transferencia tripartito con la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. A mamá, por leerme de chica todas las noches, sin importar el cansancio. A Nico y a Charly, que comprenden y acompañan los tiempos de la investigación.

INTRODUCCIÓN

Jorge Luis Borges fue profesor de la cátedra de Literatura inglesa y norteamericana en la Universidad Católica de Mar del Plata en 1966. Los estudiantes del curso eran menos de una decena, ilusionados porque serían la primera camada de profesores en Letras egresados de la universidad local, que luego sería provincial y, más adelante, nacional, como la conocemos hoy en día. Muchos de estos egresados serían formadores de futuros profesores en los años sucesivos. Entre ese grupo se encontraba Graciela Mazzanti, mi mamá, origen de este relato y de tantas otras cosas. También estaba Celia Pérez Mathiasen, a quien debemos el resguardo de este patrimonio, de estas transcripciones grupales que contribuyen a reconstruir la oralidad de Borges y quien muy generosamente nos las cedió para la preservación de la memoria colectiva. Mi recuerdo emotivo también se liga a otro ilusionado estudiante, Raúl Pantín, protagonista de mi infancia, generoso de afecto y de amor por la literatura. Y, en lo que atañe a mi formación profesional, no desligada a lo emotivo, fueron parte importante para que este proyecto se concretara, Beatriz Inchausti y Marta Villarino, formadoras de vocación y entusiastas que regalaron sus recuerdos para este libro. Una mención especial a Coca Maggi, decana de la Facultad de Humanidades, secuestrada y asesinada en 1975 por la Concentración Nacional Universitaria (CNU), brazo armado de la Triple A, quien también formó parte del grupo y de quien mi mamá me legó un recuerdo amoroso y la enseñanza de lo cruel que es la historia de este país.

Borges viajó en tren a Mar del Plata para dar clases en el edificio del colegio Santa Cecilia, donde se encontraba la sede de la Universidad Católica, los lunes, de manera quincenal, entre abril y septiembre de 1966. Más allá del público entusiasta y “cautivo” conformado por sus estudiantes, que lo esperaban expectantes y que grabaron y transcribieron la voz del escritor, sobran los testimonios de que el aula se colmaba de asistentes para escuchar sus clases. La invitación para formar parte del plantel docente de esta institución habría llegado de la mano del por entonces rector Juan Carlos García Santillán, quien lo presentó al comenzar el curso. No obstante, el encargado de ir a buscarlo a la estación y acompañarlo durante la jornada parece haber sido otro viejo camarada de las filas de la revista Inicial (1923-1927), allá por los inicios de sus respectivas carreras, Homero Guglielmini, quien luego de algunos avatares que podrían haber estado ligados a sucesos políticos nacionales, se había asentado en Mar del Plata.

Muchos de los temas impartidos en estas clases que damos a conocer en este libro ya habían sido abordados en otras instituciones y en otros contextos. En efecto, gracias a la reconstrucción realizada por el equipo de trabajo que dirijo en la UNMdP y dada a conocer a través de la herramienta digital alojada en el sitio web de la Biblioteca Nacional (http://centroborges.bn.gob.ar/), se cuenta con elementos para reconstruir el itinerario previo. Borges comenzó dando clases de Literatura inglesa en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa (AACI) y en el Colegio Libre de Estudios Superiores (CLES) en 1949. También resulta importante recordar que entre 1956 y 1966 estuvo a cargo de la cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Se advierte así que abandonó esta labor de profesor universitario en ambas instituciones el mismo año.

En el caso que nos ocupa, en la cátedra de Mar del Plata, llama la atención que la interrupción fue abrupta y que las estudiantes que generosamente compartieron con nosotros los recuerdos que nos permitieron hacer esta edición, no fueron informadas de las causas que llevaron a Borges a discontinuar sus viajes a la ciudad y dejar el curso inconcluso. Una vez más, la vasta bibliografía sobre la figura de Borges nos facilita el ejercicio de la conjetura: por un lado, Bioy anota en su diario, en la entrada del 26 de junio de 1966, el comentario de Borges sobre los anónimos que recibía el decano de la UCA por haber contratado a un profesor que no se declaraba católico, lo cual sin duda habrá provocado un creciente malestar entre ambas partes.[1] La segunda hipótesis surge de otro dato proporcionado por Bioy; esta vez, en la entrada del 27 de julio del mismo año, en la que refiere un golpe que habría sufrido Borges en el subterráneo camino a tomar el tren a Mar del Plata.[2] La tercera hipótesis se vincula con sus declaraciones en la famosa entrevista de Osvaldo Ferrari, en donde expresa cierta desilusión en relación con este curso por la enorme cantidad de gente que asistía y el poco tiempo que duraban las clases.[3] Abona a esta última hipótesis la insistencia con la que alude a la falta de tiempo para desarrollar ciertos temas en estas páginas. Lo cierto es que alguna de estas causas, o tal vez todas, habrá contribuido a que Borges abandonara intempestivamente este curso.

De acuerdo con el plan de clases que el profesor habría compartido con los estudiantes y que consta en las notas que nos han llegado, de las catorce bolillas propuestas, las cuatro finales estaban destinadas a contenidos sobre literatura norteamericana; no obstante, Borges llegó a desarrollar solo una, correspondiente a la XI, dedicada al estudio de Hawthorne y Poe, aunque no llegaría a decir mucho sobre este autor. Además, en la última clase, anuncia al menos dos veces temas a tratar en el próximo encuentro, siguiendo una modalidad recurrente en este curso, que es la de vincular temas ya dictados con los abordados en el momento, para suscitar relaciones entre textos, marca distintiva de su modo particularísimo de leer y enseñar.

De este modo, el curso se estructuró alrededor de catorce bolillas, de las que Borges llegó a dictar once. Dado que sus estudiantes, que se repartieron la labor de desgrabar y transcribir las notas, solo consignaron algunas de las fechas de las clases, debimos reponer los datos correspondientes a las faltantes, considerando que cada bolilla se habría distribuido entre dos y tres clases, aunque concentradas en un mismo día. En efecto, en su Borges, Bioy Casares se encarga de consignar tanto la fecha de la primera, el 11 de abril, como que daba tres clases en la misma jornada, tal como se constata también a través de las remisiones internas. A esto se suma el dato de la nota del diario La Capital del 13 de abril que anuncia que las clases son de carácter quincenal, lo que permite aventurar que la última habría sido el 19 de septiembre.

Resulta significativo también el hecho de que muchos de los conocimientos impartidos en este curso fueron sistematizados a través de dos manuales publicados en el mismo período; me refiero a Literaturas germánicas medievales (reescritura de Antiguas literaturas germánicas, 1965), con muchos puntos en común especialmente en las primeras clases, e Introducción a la literatura inglesa (1966), ambos en colaboración con María Esther Vázquez. Tal como cabe suponer, este curso tiene similitudes con el dado a conocer en Borges profesor, editado por Martín Arias y Martín Hadis en el año 2000, cuya transcripción corresponde también a 1966. No obstante, resultan más significativas las diferencias que permiten constatar el alto grado de improvisación por el que Borges se dejaría llevar en estos años en los que ya se perfila como un orador con una trayectoria consolidada, además de la singularidad de cada puesta en escena que es propia del género y el soporte.

En 1966 Borges ya se había convertido en un gran conferencista. Lejos habían quedado los inicios traumáticos en los cuales solicitaba a un lector para sus presentaciones orales, como en el caso de la conferencia de Montevideo en 1945 titulada “Los poetas gauchescos del siglo XIX”. Había resuelto el pánico que le causaba hablar frente a grandes auditorios, tal como él y sus allegados atestiguan al comienzo de esta actividad. En estos años, Borges se desenvuelve con soltura frente a cualquier público, nacional e internacional (en 1961, a partir de la invitación de la Universidad de Texas en Austin, amplía los horizontes de su carrera como conferencista hacia Estados Unidos y Europa), acompañado tan solo de algún libro al que releía o usaba simplemente como amuleto. Su memoria prodigiosa era su principal herramienta para neutralizar sus crecientes problemas de visión, que lo condenaron a la ceguera casi total desde 1955. A su memoria la ayudaban sus exhaustivas notas tomadas con conciencia y antelación antes de que sobreviniera la imposibilidad total de leer. Luego de los primeros contactos con algunas de sus apuntes conservados en su mayoría en cuadernos en universidades norteamericanas, estamos en condiciones de suponer que alguien se las leería (seguramente su madre) antes de las clases y conferencias, dejándolo listo para la performance.

Más allá entonces de que no hay transcripción de la primera clase, cuyo contenido reponemos a través del índice y que habría versado sobre “Invasiones germánicas del quinto y del octavo siglo. La poesía épica”, llama la atención la evidente diferencia de distribución de los contenidos que, ya de por sí, hacen de este libro un testimonio valioso sobre el tema. En el mismo sentido, y sin el afán de ahondar en ejemplos, las consideraciones aquí vertidas en la bolilla VI, dedicadas a “El siglo XVIII. La prosa: Swift, Johnson, Gibbon” y en la VII, “Origen y evolución del romanticismo, de Macpherson a Wordsworth” resultan particularmente originales en relación con otros materiales ya publicados.

Entre las marcas distintivas de sus modos de leer que trasladó a sus clases, se destacan sus observaciones sobre el montaje de los relatos. Resultan particularmente atractivas las descripciones de las obras, que generalmente comienzan con un resumen de su contenido, pero en los que su voz interrumpe el devenir para intercalar algún comentario metacrítico, es decir, sobre los modos de leer, en los cuales prima su mirada de escritor. En este sentido, son abundantes los ejemplos donde desmenuza la materia real e histórica de la inventada, de acuerdo con las coordenadas por él propuestas y sistematizadas en los treinta en “La postulación de la realidad”[4] y “El arte narrativo y la magia”[5], en donde propone la categoría de “invención circunstancial” que se convierte en una herramienta clave en su modo de concebir las ficciones y sus modos de producirlas.

Lo mismo puede decirse respecto de su labor como traductor, que evidentemente también interfiere su modo de leer y enseñar, en su manera de intervenir los textos. La mayor parte de su audiencia no era especialista en lengua inglesa, por lo que Borges se ve obligado a traducir, en la mayoría de las ocasiones, llegando en muchas oportunidades a hacerlo directamente, es decir, citando pasajes de memoria ya traducidos al castellano. Como se verá, optamos en esta edición por reponer esos pasajes en su lengua original en los casos en los que nos parece que queda de manifiesto que Borges pone en práctica aquello que reconoce en algunas traducciones: la capacidad de mejorar el original. Así, procedimos siguiendo los preceptos que el propio escritor deja asentados cuando alude al libro de Chesterton sobre Browning en la bolilla X: “Un corrector de pruebas del libro sobre Browning tuvo que corregir todas las citas que Chesterton había puesto y es una lástima que las haya corregido, porque Chesterton había leído mucho a Browning y lo citaba de memoria y acaso lo mejoraba”. En efecto, interviene creativamente en muchos casos, rescatando la esencia conceptual de las escenas en las que los pasajes se inscriben y, desde luego, adaptando la cita de acuerdo con la orientación discursiva deseada. De ese modo, por ejemplo, apela al uso de vocabulario propio de la gauchesca para traducir la épica de los poemas anglosajones. “Querencia” será el modo de aludir al hogar; “cancha”, al campo de batalla y “leva” se usará para dar cuenta del acto de reclutar soldados en la Inglaterra medieval. En la bolilla II, los sajones son “pasados a cuchillo” en la “Balada de Maldon”, convirtiendo así el poema en un relato criollo que sin dudas resultaría más familiar para los estudiantes. Hemos optado por reponer los textos tratados y, cuando la traducción nos parece creativa en tanto se aleja de la literal, incluimos el pasaje original también de las fuentes secundarias que Borges consultaba para preparar sus clases. En algunos pasajes en donde la traducción es muy sintética, repusimos citas completas para confrontar con el contexto de esos fragmentos que Borges va extrayendo.

El criterio general fue el de buscar una estilización lo más lograda posible del habla de Borges. Encontramos que los estudiantes fueron muy respetuosos a la hora de conservar las marcas léxicas de oralidad en sus transcripciones, tales como repeticiones y frases coloquiales, las cuales decidimos mantener. En este sentido, el trabajo previo de nuestro equipo de trabajo con las conferencias resultó muy operativo, dado que nos permitió advertir que las marcas coloquiales eran muy distintivas de su oralidad.

Las transcripciones, además, presentaban muy buena ortografía y pocos errores de sintaxis, por lo que las intervenciones en este sentido fueron mínimas. Dado que los títulos enunciados en el índice no dan cuenta acabada del contenido de cada bolilla, se optó por reponer una síntesis de los temas abordados en cada caso. Se enmendaron nombres erróneos de autores u obras y, como ya se comentó, se repusieron citas en su idioma original en notas; de modo que las que están en su lengua en el cuerpo textual es porque Borges las citó de ese modo.

A partir de los rastros en las transcripciones, podemos suponer que Borges solicitaba a algún/a estudiante que leyera los poemas en su lengua original y luego procedía a su comentario. Otro rasgo singular de la dinámica de clase es el diálogo a través de preguntas hacia el final. Esa modalidad se advierte en la bolilla II y resulta llamativo que ninguna de las alumnas que entrevistamos haya recordado esta instancia, por lo que conjeturamos que solo se habría dado en esa ocasión.

Los corchetes [ ] se utilizaron para señalar palabras o frases que se encuentran omitidas en la transcripción. En la mayoría de los casos, pudimos reponerlas y lo hicimos en nota, a menos que se tratara de una referencia clara posible de recuperar por contexto. También se reservaron las notas al pie para completar los nombres propios referidos en la clase, dado que Borges solía citar por apellido solamente. Aprovechamos ese espacio para agregar sus años de nacimiento y muerte. Lo mismo hicimos con nombres de libros, en donde muchas veces nos pareció importante consignar los títulos en su lengua original, así como sus años de publicación. Con el mismo criterio, respetamos la puntuación de cada lengua. En algunos casos, optamos por no corregir frases agramaticales con el objetivo de conservar la estilización de oralidad, en donde la lógica impone dinámicas diferentes a las de la escritura. Preferimos no dar cuenta de las múltiples referencias intertextuales de Borges, dado que las remisiones se abren al infinito, pero sí optamos por destacar pasajes subrayados en sus lecturas que fueron significativos en la composición de su obra y, como parte de tal, de sus clases, muchas de las cuales se encuentran recopiladas en el libro de Laura Rosato y Germán Álvarez, Borges libros y lecturas,[6] mientras que otras fueron detectadas gracias al trabajo de análisis de los cuadernos con notas para conferencias que realizamos junto a Daniel Balderston, Alfredo Alonso Estenoz, Emron Esplin y María Celeste Martín en el recientemente publicado Cuadernos y conferencias de Jorge Luis Borges.[7]

Queda claro que se trata de un texto atravesado por múltiples mediaciones: el contexto de la clase, la grabación, su desgrabación y el proceso de transcripción luego del cual los estudiantes, como producto de esta tarea colectiva, se repartían las copias. A esta instancia se agregan el paso del tiempo; la memoria y sus meandros; la recolección de testimonios; así como la mirada que interviene en esta instancia en la transcripción y edición. Como constante, la voz de Borges: su estilo, su cadencia, su humor y su particular modo de leer, único, didáctico, innovador y disparador de formas productivas de entablar vínculos entre los textos como fragmentos de la cultura universal. Este trabajo es una contribución a una labor de rescate de la obra oral de Borges, que merece ser repensada como parte de su obra completa, dado el modo en que interactúa y enriquece al resto de su producción.

MARIELA BLANCO

BOLILLA II

La “Balada de Maldon”. La evangelización de

Inglaterra y la poesía cristiana (Beda, el venerable).

La experiencia poética de Caedmon.

Poesía cristiana anglosajona: “La visión de la Cruz”,

La elegía de “El navegante”, “El vagabundo”, “La ruina”

y “La sepultura”.

Iniciamos la clase con la “Balada de Maldon”, porque es una de las composiciones más curiosas de la poesía anglosajona.[8] Se compuso a fines del siglo X. Casi podríamos determinar la fecha porque el tema es la batalla o, mejor dicho, el combate de Maldon; digo combate porque los combatientes no pueden haber sido muchos y como la balada está llena de pormenores circunstanciales, y como inventarlos no entraba en los hábitos de la Edad Media, estamos en el siglo X, mucho antes de Dante. Estos detalles tienen que ser ciertos, por lo que posiblemente el poema fue compuesto por uno de los sobrevivientes del combate de Maldon.

Se trata de un fragmento de unos centenares de versos y el poema empieza con las palabras “fue roto”. El tema es el que sigue: un grupo de vikings, es decir, de corsarios noruegos, —el poeta los llama daneses, pero los sajones llamaban daneses a todos los escandinavos—, desembarca en la costa de Essex. Entonces le avisan al alcalde de Maldon; Maldon reúne a los hombres de guerra y luego forma un grupo de milicianos, que saben tan poco de combatir que debe enseñarles el ejercicio militar a la vista del enemigo. Tienen que enseñarles cómo deben tener el escudo en la mano izquierda, cómo deben empuñar las lanzas. Todo esto en vísperas del combate. Y en los primeros versos se habla de las órdenes que el alcalde da. Por otros textos sabemos que Maldon era un hombre de setenta años, lo cual era una edad extraordinariamente avanzada entonces; las personas eran mucho menos longevas que ahora. Era un hombre de unos setenta años, alto, culto, muy querido y respetado; esto se advierte en el poema. Entonces él, con su gente y las milicias, llega a la costa del río. Un río que se llama ahora Blackwater (el agua negra), y que se llama “Pante” en el poema. Allí les ordena a sus gentes que suelten a sus caballos, porque se combatía a pie, que los dejen volver a la querencia y en cuanto a ellos, que avancen y piensen en sus manos y en el coraje.

Luego hay un episodio que no puede haber sido inventado. Es un joven cortesano, que por casualidad pasa por ahí, que no había sido incluido en la leva. Estaba dedicado a lo que se llama caza de altanería, es decir, tenía un halcón en la muñeca. Pero cuando él oye que el alcalde da esa orden a sus hombres, entonces comprende que el señor no va a tolerar cobardía, comprende que la cosa va en serio y ejecuta un acto verdadero y que también —esto no sabemos si el poeta lo sintió o no— es simbólico.[9] El muchacho, que luego morirá, entra en combate. Como los separa el río, tienen que combatir a flechazos y echándose dardos. Hay un puente defendido por dos sajones y estos matan a los vikings que quieren atravesar. Entonces los vikings le hacen una proposición al alcalde: le dicen que les permita vadear el río, porque del otro lado hay una pradera con bosques en el fondo y esa pradera ofrece buena cancha para la batalla (la batalla era concebida como un torneo); y entonces el alcalde comete la soberbia (en el poema sajón se usa esa palabra) de darles permiso. Es curioso que el único momento del poema en el cual hay una especie de belleza tranquila es cuando los piratas atraviesan el río. El poeta dice: “los hombres de las naves a la tierra, en alto los escudos” (en el poema dice “en alto los tilos”, porque se llamaba “tilo de la batalla” al escudo, por estar hecha de madera de tilo revestida de cuero).

Allí hay una idea parecida a la que encontramos en la posterior y espléndida Chanson de Roland;[10] la idea de un castigo, porque Roland hubiera podido llamar en su ayuda a Carlomagno, pero no quiere hacerlo y por eso muere. El alcalde no hubiera debido aceptar esa proposición de los vikings, de que atraviesen el río, pero él está muy confiado, entonces los deja atravesar el río. Se entabla la batalla y el viejo alcalde mata personalmente a los vikings.

Aquí hay una curiosa analogía con la Ilíada, por los detalles circunstanciales que se dan sobre las formas de las heridas; dice: “dejó que su lanza atravesara el cuello del soldado”. Esta palabra “lanza” es la que le da el nombre a los francos, que se llaman así porque usaban lanza, lo mismo que la palabra “sajones” deriva de una palabra que significa “espada corta” o “cuchillo largo”. El viejo alcalde agradece a Dios esa jornada que le ha deparado. Luego, la batalla sigue; los noruegos vencen, matan al alcalde. Este, antes de morir, dice una plegaria en la cual hay todavía un resto de paganismo y uno esperaría que él solicitara clemencia a Dios. En cambio, él le agradece todas las alegrías que ha tenido en la tierra, incluso esa alegría de la última batalla, en la que él ha matado.

Una cosa que se me ha pasado por alto es que, cuando el alcalde habla con el mensajero de los vikings, no habla de Inglaterra porque el concepto de patria vino después, sino que dice: “aquí hay un vasallo del rey de Inglaterra, que está listo a defender su tierra”. En aquel tiempo no había idea de patria, estamos en un mundo feudal, en el cual está la idea de vasallo y la de rey. De modo que él no combate ahí defendiendo su tierra contra los noruegos, sino como vasallo del rey. Luego, el alcalde le pide a Dios que no deje que los demonios impidan que su alma llegue a Él. Aquí también el idioma es casi inglés, porque dice: “que mi alma pueda viajar a ti”.

Cuando está ya desangrándose en el suelo, quieren robarle la armadura, se defiende. Tenemos un episodio análogo en La Chanson de Roland. Esto debió pertenecer a una tradición épica, muy general, y cuando él cae, el poeta lo dice con tres palabras: “el señor por tierra”. Porque para ellos era una cosa terrible que así ocurriera, y hasta existía la obligación de que, si el señor moría en la batalla, su gente no podía honrosamente huir. Se ha encontrado en Inglaterra un bajorrelieve, muy torpe, en el cual hay un grupo de guerreros que han arrojado sus escudos. Uno tiene un casco roto, otro tiene una espada rota.[11] Ellos han perdido a su señor, entonces tienen que morir en la batalla porque si no quedan deshonrados. Muere el jefe y tenemos otro detalle que prueba que el poema es cierto, es que hay tres sajones cuyo nombre se da, marcándolos así, para la vergüenza, que montan en el caballo del jefe y huyen del bosque. Uno de ellos se llama Godric y este es señalado por el poeta, para siempre, como cobarde. Luego aparece un muchacho que no ha intervenido hasta entonces. Les dice que él es pariente y súbdito del que ha caído, y les dice que deben seguir peleando. El poeta nos dice que desean dos cosas: una, morir; la otra, vengar al amado. Es la segunda vez que vemos la palabra “amado” en el poema, y ya no la veremos más. Luego sigue el combate: los noruegos vencen previsiblemente a los sajones. Los noruegos son guerreros y los sajones son, fuera de algunos, una milicia improvisada. Luego aparece un tercer personaje, que es un viejo guerrero, que dice que ya sabe que la victoria es imposible, pero que él quiere estar muerto al lado de su señor, y luego dice: “cuanto mayor nuestra vejez, cuanto menor nuestra fuerza, mayor ha de ser nuestro coraje”.

El combate prosigue y muere otro sajón, llamado Godric y el poema termina con las palabras: “este no era el Godric que huyó”.

En este poema abundan los pormenores circunstanciales, y además hay muchos nombres propios. Se dice de tal combatiente, por ejemplo, que era sobrino de fulano; se habla de dos combatientes hermanos y se dice que uno de ellos tiene un nombre ya cristiano, Marcus. De modo que todo esto no pudo haber sido inventado. Hay una novela de un autor sueco que se llama Las largas naves, una novela sobre los vikings.[12] En el primer capítulo toma la novela de Maldon y supone que todos los sajones fueron pasados a cuchillo, salvo uno, el cantor, que pudo huir y escribió después el poema. Por una ironía trágica, el rey de Inglaterra pactó con los noruegos, les pagó el dinero que pedían, de manera que todo ese sacrificio del alcalde y sus milicianos fue inútil.

Hay una traducción literal de este poema, en ese libro que señalé la otra vez: Anglo-saxon Poetry de Gordon.[13] Esa traducción no tiene mayores méritos poéticos, pero es más o menos literal y es la más accesible de las que conozco y es superior a las traducciones en verso que yo he visto de la “Balada de Maldon”.

Y ahora llegamos a un acontecimiento muy importante, que ocurre un siglo después de la invasión de los sajones, de los anglos y de los jutos. Ese acontecimiento es la evangelización de Inglaterra. Lo curioso es que esta labor fue hecha por misioneros de Roma y por misioneros de Irlanda. Renan, en un estudio sobre el alma celta, cita una frase de Tertuliano que dice: “el alma del hombre es por naturaleza cristiana”, y dice que esto se aplica a los celtas.[14] Lo cierto es que los celtas se olvidaron de su mitología, que se entregaron directamente a la fe cristiana y que Irlanda estaba poblada de monasterios. Ahora, estos monasterios irlandeses eran asaz diversos de los monasterios del continente, porque no eran grandes edificios (el país era muy pobre, además), sino que eran más bien recintos rodeados de fosos. En esos recintos había granjas, había chacras y pequeñas chozas para cada uno de los monjes.

El cristianismo llega a Inglaterra; llega por Roma. Los reyes van convirtiéndose poco a poco. En aquella época, si el rey se convertía, los vasallos también lo hacían. Eran el rey y sus consejeros quienes decidían esto.

En el siglo VIII está el venerable Beda, historiador grande, que escribió en latín, aunque le gustaba mucho la poesía vernácula. En uno de los cantos del Paraíso, Dante ve contra el disco del sol y más resplandecientes que el sol diversas formas gloriosas;[15] una, la de San Isidoro de Sevilla, que fue por su obra maestro de Beda; y otra de las formas que vio fue la forma de Beda;[16] de modo que Beda llegó a ser conocido en todo el continente. Beda ha escrito una obra preciosa titulada Historia ecclesiastica gentis Anglorum.[17]

En la clase anterior hablé de los sajones, de los anglos, de los jutos, que invadieron en el siglo V a Inglaterra; dije en qué regiones se fijaron, de dónde venían y todos estos datos se los debemos a Beda, que tiene que haber investigado el asunto. Hay historiadores que han puesto en duda las palabras de Beda, porque dicen que Beda escribió tres siglos después de los hechos, pero al fin y al cabo las referencias de Beda son precisas y son las más antiguas que poseemos.

Además, me parece lógico suponer que, si alguno de los invasores eran jutos, vendrían de Jutlandia, los anglos venían de Anglo y de los sajones tenemos otras noticias que nos dicen que venían de una confederación de piratas, de las orillas del mar del Norte, de modo que creo que no debemos poner en duda lo que dice Beda.

Ahora bien, Beda refiere historias sobre la conversión de Inglaterra, y hay una particularmente linda: llega un monje de Roma a la corte del norte de Inglaterra, cerca de la frontera con Escocia. Le propone al rey la conversión a la Ley de Cristo. El rey le contesta que él no puede tomar una decisión sin consultarla con los nobles. Los reúne al día siguiente, en una sala iluminada. Podemos suponer que era invierno, que anochece muy pronto. El rey les habla de esta nueva fe que ha llegado de Roma, y entonces uno de los nobles, cuyo nombre desgraciadamente hoy se ha perdido, dice que muchas veces, estando ellos reunidos en la sala, ha entrado una golondrina, que ha quedado encandilada por el bullicio y por la luz y luego ha vuelto otra vez a la noche y al invierno, y que así es el hombre. Esto nos recuerda el funeral del rey de Dinamarca en el poema de Beowulf[18] y aquellos versos de Rubén Darío “no sabemos a dónde vamos ni de dónde venimos”.[19]

Luego el noble dice: “y si esta fe nueva que llega del sur nos enseña algo sobre nuestro origen y nuestro destino más allá de la muerte, mi opinión es que debemos profesarla”. Hay un personaje que era sacerdote de Odín[20] y ese se expresa de un modo distinto; dice que nadie ha sido más fiel que él en su culto de los reyes paganos; sin embargo, hay en la corte gente mucho más próspera que él, de modo que se ve que los dioses no son muy útiles. Propone convertirse a esa nueva fe y le pide al rey su caballo. A los sacerdotes les estaba prohibido montar a caballo entero. Le pide además la lanza y la espada, cosa que también les estaba prohibido usar a los sacerdotes de Odín, y entra a caballo en el templo. Arroja la espada contra la imagen de Odín y, ante el escándalo de todos, prende fuego al templo. Esa historia nos la cuenta Beda y nos cuenta también la historia de Caedmon, que es tal vez el primer poeta inglés cuyo nombre conocemos. Era un hombre ignorante, analfabeto. Era un pastor y era costumbre entonces, en las fiestas, que el arpa fuera pasando de mano en mano. Caedmon era pastor de un monasterio, estaba comiendo con sus compañeros y vio que el arpa temida se le acercaba; entonces se escurrió y se fue a dormir al establo con los animales. Era invierno. En sueños vio a un personaje resplandeciente; seguramente un ángel que le tendió el arpa y le dijo que cantara. El pobre Caedmon dijo en el sueño lo que tantas veces había dicho en la vigilia: “no sé cantar”. El otro le dijo: “te ordeno que cantes”. Y Caedmon dijo: “¿qué cantaré?”. Y el ángel le dijo: “canta la creación del mundo”. Entonces Caedmon, asombrado, compuso un poema cantando la creación del mundo.

Luego se despertó, recordó el poema y fue a recitarlo a la abadesa del monasterio. Entonces, como ellos no estaban muy seguros, le leyeron otro capítulo del Génesis y Caedmon lo versificó. Así siguió por el resto de su vida y llegó a versificar buena parte del Antiguo Testamento. Caedmon era un poeta, pero su don poético le fue revelado por un sueño. Más adelante, al hablar de [Coleridge] y al hablar de Stevenson, veremos casos análogos, de versificación onírica.[21] Este sería un tema interesante para los psicoanalistas. Este hombre, que es esencialmente un poeta y que no lo sabe, hasta que un sueño se lo comunica. Y luego Caedmon llega a la vejez. Todos los días le leían —él no sabía leer— un fragmento del Génesis, lo traía versificado al día siguiente y los escribas del monasterio lo escribían, y así llegó el día de su muerte. Él mismo profetizó la hora en que moriría y su conciencia estaba tan tranquila que esperó esa hora, no rezando ni arrepintiéndose, sino durmiendo. Y el sueño pasó a ese otro sueño, la muerte, y podemos esperar que se encontró con su ángel.

El fragmento que se ha conservado de Caedmon es bastante pobre, pero yo creo que debemos recordarlo, primero por el curioso caso psicológico que presenta, y luego porque es el primer poeta inglés que conocemos. Y esto tiene que haber ocurrido en el siglo VII.

Ahora llegamos a la poesía cristiana anglosajona, que forma el corpus de la poesía anglosajona, por así decirlo. Sin duda el autor de Beowulf tiene que haber sido un monje, dado que era la única gente culta que había en Inglaterra en aquella época, fuera de algún rey, como por ejemplo Alfredo El Grande, que tradujo o hizo traducir la obra de Boecio, Consuelo de la filosofía, y la historia de Orosio.[22] Todo esto en medio de sus guerras con los daneses.

Hay muchos poemas sobre temas bíblicos. Hay un poema sobre el Juicio Final, otro sobre Judith, sobre Cristo,[23] pero estos poemas vienen a ser ampliaciones sobre el texto bíblico. Hay, por otra parte, un poema que me parece muy original y que los autores suelen llamar “The Dream” o “The Vision”, lo que es lo mismo, porque en la Edad Media la idea de sueño se confundía con la idea de visión. Creo que Eliot ha dicho que nuestros sueños son tan triviales porque no creemos en ellos, porque al soñarlos sabemos que estamos soñando, sentimos que estamos soñando. En cambio, si les diéramos mayor importancia, nuestros sueños podrían ser más importantes.

Este poema, cuyo autor se ignora y que los filólogos refieren al siglo IX, es la historia de una visión. El poeta dice que va a contar el más precioso de los sueños, el sueño que él tuvo cuando los hombres capaces de voz estaban reposando, el sueño que él tuvo a la medianoche, es decir, en el silencio de la humanidad. Dice que a él le pareció ver un árbol, que llegaba al firmamento, un árbol que estaba rodeado de luz, que era el más brillante de los árboles. Ve a ese árbol prodigioso y resplandeciente que llega al firmamento y luego ve que a ese árbol lo adoran los hombres sobre la tierra, los bienaventurados en el cielo, y él se siente avergonzado por sus pecados, le parece que es indigno de esa visión. Luego el árbol cambia; hay algo casi cinematográfico en esto. El árbol a veces es un árbol de oro y otras veces está manchado de sangre y cambia así de aspecto y de colores y luego (esto puede recordarnos la puerta del infierno en la Divina Comedia, salvo que en el caso de Dante se trata de una inscripción sobre la puerta)[24] el árbol habla, cuenta su historia y lo hace como un hombre que está buscando en su memoria algo que ha ocurrido hace mucho tiempo; y el árbol dice: “esto ocurrió hace muchos años, todavía me acuerdo, se apoderaron de mí fuertes enemigos, me arrancaron de mis raíces, me llevaron para que fuera como un espectáculo ante la gente, me clavaron en una colina, entonces llegó Aquel que quería salvar a la humanidad y el joven héroe que era Dios Todopoderoso” (aquí, ya estamos cerca del inglés) y aquí —este es un rasgo muy singular— la cruz piensa que debe disculparse, que debe pedir perdón a los hombres, porque hubiera podido dejarse caer y matar a los enemigos de Dios, pero no podía hacerlo porque el Señor se lo había prohibido (emplea la palabra Dios/ God); “por eso no lo hice”, dice, por si se les diera reprochar a la cruz el haber sido cómplice de los enemigos de nuestro Señor. Entonces, el héroe sube a la cruz. Creo que hay figuras antiguas en las que Cristo está representado subiendo por una escalera a la cruz para indicar lo voluntario de su sacrificio. Lo clavan con oscuros clavos y la cruz siente el dolor de Cristo. La cruz comparte su dolor cuando dice: “sentí que el joven me abrazaba”. De modo que hay algo ahí, como si la cruz fuera la mujer de Cristo, porque ella siente el abrazo del joven guerrero. Entonces, por primera vez en el poema, antes se usaba la palabra “horca” o “árbol”, pero desde el momento que Cristo la abraza, ya la cruz es la “Cruz”. Antes había sido un árbol cualquiera, y la cruz dice: “Cruz fui erigida”.

Y luego aparecen los apóstoles. Y aquí vemos cómo los sajones conservaban su antiguo fondo épico, a pesar de la conversión al cristianismo, porque se dice de los apóstoles que eran diestros en el juego de la lanza y del escudo. A Cristo se lo ha descrito como a un joven guerrero germánico. La cruz sigue contando la historia; dice de cómo la tierra tembló, cuando Él murió, cómo quedó Cristo allí; luego, que vienen los apóstoles a enterrarlo.

El poema dice: “tristes en el crepúsculo”. Ni siquiera sabemos si el poeta sintió que el crepúsculo es triste. Yo creo que sí, porque los poetas sajones sentían la naturaleza. Esa es una de las singularidades de la poesía anglosajona. Siempre se dice que la naturaleza fue un descubrimiento de los románticos. Uno de los caracteres de la poesía anglosajona es el sentimiento por la naturaleza, sobre todo de la soledad. Es decir, que la poesía anglosajona en un poema como Beowulf, o el fragmento heroico de Finnsburg, es poesía germánica; pudo ser escandinava, pudo ser alemana. En cambio, hay un grupo de poemas que han sido titulados las “Elegías anglosajonas” y en esos poemas ya hay cosas que son típicamente inglesas. En una —eso ya lo encontramos en el Beowulf— está el sentimiento del mal. Un tema que luego cantarían Kipling, Wordsworth y otros. Luego otro, muy profundamente inglés, el sentimiento de la soledad, que nos recuerda aquello que dijo Novalis de que cada inglés es una isla.[25] Después, el sentimiento de la naturaleza, pero, sobre todo, de los lugares desiertos. El sentimiento de las ciénagas, de las selvas, de las montañas. Yo he viajado por Inglaterra; si uno la ve a Inglaterra en el mapa, es una pequeña isla lateral, muy desgarrada por el mar, y uno siente una sensación de soledad que no se encuentra en otras partes de Europa, que yo sepa, salvo naturalmente, Hungría, Rusia o los países escandinavos. Se ve que a los ingleses les gusta la soledad y esto puede haberlos llevado a la fundación de su imperio también, por aquello que dijo Lawrence[26]: “los ingleses tienen en sus corazones un hambre de lugares solitarios”. Y las elegías anglosajonas o, mejor dicho, las llamadas “Elegías anglosajonas”, porque no cantan realmente la muerte de un personaje, son —aunque compuestas en el siglo IX— poemas románticos, de soledad.

Y voy a hablar de la que me ha impresionado más, que se llama la elegía de “El navegante”.[27] Hay muchas versiones. En la versión de Ezra Pound él trató de conservar el sonido del viejo anglosajón más que su sentido.[28] Se lo acusaba de ignorante, pero él lo hizo a propósito.

Luego el navegante se queja de los rigores del mar. Dice que él ha conocido “moradas de pesar en los barcos”. Hay otro autor inglés,[29] que traduce muy libremente, que traduce: “todos los barcos son moradas de pesar”, “islas de miedo”, que no están en el texto anglosajón, pero que corresponden al sentimiento del texto.

Después habla del invierno, de los peligros de la navegación, que deben haber sido muy grandes en aquellos tempestuosos mares del norte. Y luego tiene, como lo hemos visto en Maldon, detalles circunstanciales. Dice, por ejemplo: “nevó desde el norte”, “la escarcha ató el suelo”, “el granizo cayó sobre la tierra”, “la más fría de las semillas”. Y qué raro comparar el granizo, comparar una cosa muerta, con la semilla. Luego refiere todo lo que él ha sufrido en la soledad del mar; se queja especialmente del frío. Habla de su barca que golpea contra los acantilados y luego se refiere a los hombres de la ciudad. Dice que nada pueden saber de lo que sufren los marineros en el mar y habla de los hombres prósperos, que gozan de la vida en las ciudades, en las pobres ciudades de aquella época, y los imagina soberbios y excitados por el vino.

Hasta aquí todo el tono del poema ha sido un tono de queja, ha sido el tono de un hombre que se lamenta de su dura suerte de navegante, y luego hay una sorpresa para el lector. El poeta, después de haber hablado de los rigores del mar y del terror del mar, el poeta habla de la fascinación que el mar ejerce sobre él. Este es el tema de un poema de Kipling, que se llama “Canción del arpa de las mujeres danesas”.[30] El poeta tiene que haberse inspirado en el poema del navegante. Dice así, hablando del navegante: “no tiene ánimo para el arpa, ni para los regalos de anillo (los reyes distribuían anillos), ni para el goce de la mujer, ni para la grandeza del mundo, solo busca las altas corrientes saladas”.[31]

Ahora, hay algunos críticos que han imaginado que el poema es realmente un diálogo, que tenemos por un lado a un muchacho que está entusiasmado con la idea de hacerse al mar y luego él conversa con un viejo marinero, un veterano que le habla de los rigores del mar.[32] Pero, de cualquier modo, el poema habría sido escrito por una sola persona, así que siempre tendríamos a un hombre que ha sentido las dos cosas. Este poema es uno de los más hermosos de la poesía anglosajona.

Hay otro poema que se le parece bastante y que se titula “El vagabundo”.[33] Como hay líneas que se repiten, yo creo que puede tratarse del mismo autor, pero la verdad es que sabemos muy poco de todo esto. Imagínense todo lo que se compuso en cinco siglos en Inglaterra. Y los primeros textos ya muestran una tradición poética bastante compleja, con un sistema ya hecho de metáforas y de aliteraciones —cuando se usa una ya se sabe que viene la otra—, palabras compuestas, etc. De todo esto han quedado cuatro cuadernos, es decir que ni siquiera sabemos si lo más importante ha sido salvado. Pero entre esos poemas hay por lo menos cuatro o cinco que son una verdadera belleza. Aquel, por ejemplo, que recordé, que decía: “no tiene ánimo para el arpa, ni para los regalos de anillo, ni para el goce de la mujer, ni para la grandeza del mundo”. La palabra “mundo” es una palabra curiosa; significaba “la edad del hombre”. Quiere decir que el concepto del mundo no era un concepto geográfico; se veía el mundo como cuando se dice “la carne y el pecado”. Es decir, que se contrastaba la vida temporal del hombre con la vida eterna, en el cielo.

Luego tenemos otro poema, como ya he dicho, “El vagabundo”. El protagonista es un hombre que ha perdido a su señor, cuyos amigos han muerto en la batalla de la época. Los sajones, cuando no estaban combatiendo con los daneses, estaban combatiendo entre sí. Y en la Edad Media el hecho de que un hombre quedara sin señor que lo protegiera… era considerado como un paria. Es por ello que él dice que va en busca de otro protector. Tiene unas líneas que recuerdan a “El navegante” cuando dice que su destino es “revolver con las manos el mar frío, de escarcha”.[34] Luego él tiene como una especie de sueño: le parece estar otra vez con sus amigos, le parece que reclina su cabeza en la falda de quien le daba anillos, de su señor. Después vuelve a encontrarse ante el mar y lo despiertan los gritos de las aves. También se ha hablado de las aves en el poema del navegante.

Otra elegía anglosajona se titula “La ruina”[35] y a esa podemos situarla geográficamente, porque se refiere a la ciudad que fue romana de Bath, donde hay aguas termales, porque él habla del baño circular y del agua caliente que sale de la tierra. Empieza con estos versos: “prodigiosa es la piedra de esta pared, destrozada por el destino, la ciudadela se ha roto, ha sido dispersada la obra de los gigantes”.[36] Porque para los sajones, las ruinas romanas tienen que haberles parecido sobrehumanas. Después de eso, describe todas las ruinas y describe detalles que tienen que ser también ciertos, aunque no se explican muy bien. Por ejemplo, él habla de alambres entretejidos en las paredes. Luego él imagina lo que debe haber sido eso antes, imagina a los guerreros de alegre ánimo y resplandecientes de oro. Es un tipo de verso imposible de traducir a una lengua latina, porque las lenguas latinas rechazan las palabras compuestas. En cambio, en anglosajón “de alegre ánimo y resplandecientes de oro”[37] resultan tres palabras de lo que para nosotros son siete. Resulta también difícil traducirlo al inglés, que tiene algo de rebuscado; quizás sería más fácil traducirlo al alemán o a las lenguas escandinavas, ya que el inglés ha perdido el hábito de las palabras compuestas.

Tenemos pues estas tres elegías importantes. “La ruina”, “El navegante”, “El vagabundo” y luego hay una serie de enigmas también. Pero uno en los enigmas espera un problema, es decir, que todo lo que diga se resuelva después. En cambio, los enigmas sajones son descripciones poéticas de las cosas. Allí también está el sentimiento de la naturaleza de la poesía anglosajona. Por ejemplo, la nube que atraviesa el cielo, el ruiseñor. Hay también fragmentos de un bestiario anglosajón. Quizá el poema más curioso sea “La pantera”. Los sajones habían leído en la Biblia la palabra “pantera”. Desde luego, no podían saber qué era porque naturalmente nunca se habían llevado panteras tan al norte, pero por un pasaje equívoco la pantera había sido identificada con Cristo.[38] Así se habla de la pantera como de un animal fragante, de voz melodiosa, que duerme durante tres días (aquí se refiere al descenso de los infiernos de Cristo), que es enemiga del demonio, a quien veneran los demás animales.

Hay también un poema sobre la ballena, y la ballena, como en Moby Dick de Melville, está concebida como un emblema del mal. Hay una historia de la ballena que nosotros encontramos también en Las mil y una noches, en las leyendas de San Brandán; la idea de que la ballena engaña a los marineros, la idea de que la ballena simula ser una isla, entonces los marineros desembarcan, la ballena se hunde, los marineros se ahogan, y luego la ballena los devora.[39] Y esto tiene que haber llegado de alguna manera a Milton, porque en el Paraíso perdido habla de la ballena dormida, pero en lugar de decir que la ballena duerme junto al mar de Noruega, él cambia una palabra y logra un efecto literario. Milton dice: “en la espuma de Noruega”[40] y no en el agua de Noruega.

Creo que, con esto, dejando de lado los poemas bíblicos, hemos visto la poesía anglosajona. En cuanto a la prosa, es una prosa mucho más directa, casi no hay palabras compuestas, no hay metáforas del tipo de “camino de la ballena”, o de “sangre de la espada”; las cosas están mencionadas directamente. Es una prosa clara, es una prosa inteligible y se ve que se ha escrito para gentes de una inteligencia lenta. Por ejemplo, en una línea se habla de un rey y luego, dos o tres líneas después, se habla del rey, y entonces el escritor dice: “del cual ya hablamos”, como si no se pudiera contar con la atención o con la memoria del auditorio.

En general, leyendo la poesía anglosajona (yo le he dedicado cinco años a estudiarla y a leerla) uno tiene la impresión de que los sajones eran gente muy sencilla. Yo creo que eran casi incapaces de razonar. No hubieran podido seguir, por ejemplo, a un filósofo presocrático. Creo que les costaba seguir los sermones. En cambio, tenían un sentimiento muy profundo. Tenían sobre todo dos sentimientos: el sentimiento de la soledad, el sentimiento del coraje y de la lealtad. Deben haber sido gente valiente, sencilla, nada intelectual. Todo esto conviene para la poesía; y ya que de poesía hablamos, podríamos decir que en realidad —y esto sin desmedro para algunos pintores o músicos— la literatura es el arte típico de Inglaterra. Además, si ustedes han conocido ingleses, habrán notado la dificultad que tiene para comunicarse. Nosotros nos expresamos con bastante facilidad; y los españoles, más que nosotros, y los italianos, más que nosotros en el diálogo. En cambio, la reserva inglesa procede un poco de una incapacidad para el diálogo y la confidencia. Yo recuerdo haber sido bastante amigo de un ingeniero inglés; nos veíamos todos los años, y al cabo de cuatro o cinco años, estábamos en el hotel de Adrogué, y se habló entonces de la guerra.[41] Al hacer alguien una observación, él dijo: “cuando yo estuve en tal batalla”. Resultó que él había participado en una carga a la bayoneta de la guerra de 1914. Ahora, imagínense ustedes que si un argentino ha estado en una carga a la bayoneta, lo primero que sabemos es eso, ¿no?, casi antes de verlo. En cambio, este señor, con ciertas disculpas, nos refirió algunos detalles y luego nunca más volvió a hablar del tema, y lo hizo porque la conversación se prestaba. De modo que podríamos decir que una de las causas que explican, para mí, la primacía de la poesía inglesa es que es el único medio de comunicación que tienen los ingleses. Es decir, que pueden comunicarse poéticamente. Y tenemos casos muy cerca de nosotros. Tenemos el caso de Kipling. Yo creo que Kipling ha sido un hombre que podía expresar cualquier cosa, a condición de hacerlo con una pluma y un papel y que no hubiera interlocutor presente, porque Kipling era un hombre que huía a todo diálogo. En las biografías de Kipling que he leído dicen que él se encontró una vez con Bernard Shaw, que era socialista, y Kipling, conservador. Kipling, en cuanto vio que Bernard Shaw se acercaba, temió un diálogo y parece que huyó como un conejo.[42] Estaba aterrado ante la idea de una polémica y no por cobardía, porque él sabía que podía expresarse escribiendo, pero no hablando. De modo que

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