La sangre está cayendo al patio

Elvira Navarro

Fragmento

cap-1

LA LAVADORA

Al volcar el tapón de Flor, vio un líquido oscuro en el compartimento del suavizante. Pensó que era agua sucia. No se percató de que se trataba de sangre oxidada, como la que queda en las bandejas de poliestireno tras sacar los filetes, y tampoco del ligero color desteñido de la ropa, de su extraño aroma; fue su marido quien dijo Este pantalón huele raro gracias a su olfato de sabueso, y entonces inspeccionaron el cajón, donde de nuevo se estancaba ese caldo amarronado. Mojaron en él una servilleta, y al acercársela a la nariz, el hedor a sangre podrida se hizo evidente. ¿Habría algún animal muerto dentro de la lavadora, un pájaro atrapado en un conducto, una rata?

Tenían el electrodoméstico en la terraza, que daba a un patio de manzana con una piscina diminuta y un parque infantil de suelo de caucho. Los pájaros no acudían allí porque no había árboles. Se posaban en el canalón o sobre el tejado. También le parecía absurdo pensar en ratas, pues vivían en la quinta planta. Sin embargo era verano y arrastraban siete días de ola de calor. ¿Tal vez un gorrioncillo se había refugiado del sol detrás del aparato? ¿Quizá las salamanquesas recorrían las mangueras de la máquina hasta acabar licuadas y destilando su néctar frío?

Durante un tiempo residieron en un chalé en el campo, y cuando llegó la primavera los pájaros anidaron junto a la salida de humos. Sus idas y venidas se oían amplificadas en la cocina por el tubo de chapa. Un día escuchó un revoloteo histérico en el interior de la campana, un trino angustioso. Logró desmontar la base del extractor y un jilguero voló por toda la casa, golpeándose contra las paredes hasta que escapó por una ventana. Unos técnicos revisaron el mecanismo y no fueron capaces de solucionar nada. Dos semanas después, al accionar el extractor, cayeron plumas y huesecillos sobre las salchichas fritas de la cena, que empezaban ya a dorarse. Notó la resistencia y el crujido al extender el filtro, como si hubiese hojarasca, pero era —supuso— un cuerpo seco quebrándose. Tiró las salchichas; su marido se abrió una lata de atún y ella ya no quiso cenar nada. ¿Por qué no olía mal?, le preguntó varias veces. Si había un pájaro fiambre allí metido, ¿no debía de estar pudriéndose? Él trató de remediar el asunto. No pudo. Cada vez que deslizaba trabajosamente los filtros, llovían plumas y trocitos cartilaginosos sobre la vitrocerámica. Esa noche ella no pegó ojo. Pensó que cientos de pájaros yacían muertos allí, y que el peso de sus esqueletos impedía desmontar el mecanismo. Era un temor absurdo, pues poco antes liberaron a aquel jilguero. Pero no podía apartar la idea de que, a lo largo de aquellos meses, habían aterrizado sobre la comida restos minúsculos de aves. Había estado devorando pizcos casi invisibles de alas y patitas. A la mañana siguiente llegaron dos hombres que desbarataron el aparato sin esfuerzo y repararon la rejilla. Sólo encontraron un pájaro, que cayó con un golpe seco. La peste a cadáver inundó la estancia.

El lunes por la mañana, con el bochorno de julio asediando los toldos, la sangre que manaba de la lavadora era fresca, como si alguien hubiese decapitado una bestia dentro. Se acordó de los pollos que mataba su abuela con un tajo en la nuca. Se desangraban encima de una palangana y ella los acechaba. La ropa se tiñó de un carmín lujurioso. Durante los cuarenta y siete minutos que duró el lavado, se quedó mirando la afluencia del líquido al tambor, y todo era un caldo rojo, una agonía de la máquina, la impresión de que había un elefante degollado. No se le ocurrió darle al stop; permanecía hechizada. Por otra parte, le resultaba tan inverosímil que pensó que se estaba colando alguna sustancia que le daba al agua ese color, por ejemplo el tinte para el pelo de la chica del sexto, cuya melena se asemejaba a una cereza. Cuando el programa acabó y sacó la ropa, estaba viscosa; hundió en ella la mano y fue como remover tripas calientes. El tufo a matadero atrajo a los moscardones, llamó a la policía con las manos manchadas. También telefoneó a su marido, que se presentó antes que los polis y la miró como si acabara de acuchillar a alguien. Ella le señaló la plasta sanguinolenta de la terraza. La había metido en un barreño con agujeritos por los que chorreaba el despropósito.

—La sangre está cayendo al patio —le dijo él, y a continuación cogió papel de cocina y lo extendió por las losetas del balcón. Ella temblaba. Tras cubrir el suelo de celulosa, su marido la abrazó.

Los agentes llegaron poco después. Miraron la ropa ensangrentada, y cuando les contó que había salido así de la lavadora, el más alto le dijo:

—Eso no puede ser, señora. Tienen que venir a comisaría.

En el tiempo que pasaron tomándoles declaración, hicieron un registro en su casa. No encontraron cadáveres ni ningún indicio de delito. Consideraron entonces seriamente la hipótesis de que la sangre estuviera llegando al electrodoméstico por algún sitio. Esa misma tarde, y en presencia de otro agente, un técnico de Balay desmontó el aparato. Sólo encontraron sangre seca en los conductos del agua y en el tambor. La policía se personó innumerables veces en las jornadas siguientes; quizás había algún vecino matando animales cuyos restos, por algún extraño motivo, iban a parar a su máquina, pero no lograron averiguar nada en las exhaustivas pesquisas por todos los pisos del vecindario, donde vivían familias que al principio les mostraron solidaridad y luego, cuando la policía empezó a investigarles a ellos también, les mandaron cartas anónimas invitándoles a largarse.

—Creo que debemos bajar y explicarles mejor nuestra situación —le dijo a su marido una noche en la que se había formado una tertulia en el patio donde nadie bajaba la voz para hablar de ellos.

—¿Quién puede creer que de una lavadora sale sangre? —replicó él.

Pero quizás habría sido buena idea que bajaran. En los dos años que llevaban allí, no habían entablado relación con nadie, ni siquiera de forma superficial, y ella pensaba que eso los volvía sospechosos. Les habían prohibido tirar la lavadora mientras la investigación siguiera. Ignoraban por qué la policía no se había llevado el electrodoméstico como prueba, para qué se lo habían dejado. No se atrevían a tocarlo, apenas dormían por la inquietud y el calor, y tuvieron que cancelar sus vacaciones, pues debían permanecer en el domicilio para cualquier requerimiento. Vinieron a picar la pared y a revisar las tuberías, y la policía volvió a estar presente. Pusieron plástico por toda la cocina y no recogieron los cascotes. Tardaron una semana en cerrar aquella herida; ella se hartó y quitó los plásticos antes. El enfado empezaba a ganarles terreno al miedo y a la vergüenza: ya no agachaba la cabeza en el ascensor cuando su saludo quedaba sin respuesta, sino que miraba con fijeza a los ojos de la otra persona. Su marido aguantaba mejor aquel silencio, acaso por no exponerse tanto a él. Trabajaba en una oficina y apenas pasaba tiempo en casa. Era ella la que, mientras dibujaba —ilustraba libros infantiles—, iba al salón y observaba a los vecinos en el patio.

Aunque llegó agosto, aquel era un bloque modesto donde residía gente humilde que no solía tener muchas vacaciones. Sólo las mujeres con niños muy pequeños retozaban por la mañana en la piscina diminuta, un lujo para tratarse de viviendas de protección oficial. Por las tardes, en cambio, apenas se veía el césped artificial por la cantidad de toallas y de padres con críos que se peleaban y se tiraban a bomba. Cada vez que se asomaba, alguien la descubría. Como si siempre hubiera una conversación sobre lo ocurrido en su piso. Nadie había limpiado las manchas de sangre del patio, y eso que el conserje baldeaba a primera hora, aunque evitando borrar los restos del delito. ¿Eran pruebas y le habían prohibido hacerlas desaparecer? Sólo la chiquillería pasaba corriendo por encima de aquel rastro sucio cuando caía la tarde y la piscina se cerraba. En una ocasión, unos m

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