Prólogo
Don’t stop, believin’. Hold on to that feelin’…
He tratado de recordar, desde hace varios años, de dónde viene mi amor por la música de los años ochenta. Se me ocurren dos posibles respuestas: en las diez canciones del variado Superhéroe de Charly García, que lanzó Codiscos en 1988 para promocionar una primera gira del cantante argentino en nuestro país, o en la música que se programaba habitualmente en la emisora local 88.9 FM a finales de esa década e inicios de los noventa. Entre “Yo no quiero volverme tan loco” de Charly García, “Signos” de Soda Stereo, “Need You Tonight” de INXS, “It’s a Sin” de los Pet Shop Boys, “A Little Respect” de Erasure, “Sweet Child O’ Mine” de Guns N’ Roses, “Forever” de Kiss, “Eternal Flame” de las Bangles, “Strange Love” de Depeche Mode y “Lovesong” de The Cure, se esconde parte de mi gusto por la estética sonora de esos años. Hay más ejemplos, pero me remito a los primeros que aparecen en mi memoria.
Y aunque la música pop rock norteamericana que sonaba en la radio comercial bogotana me marcó y tengo gratos recuerdos de muchas de esas canciones, con el paso de los años, y a medida que me convertí en coleccionista, desarrollé una devoción total por el rock británico e irlandés, gusto que se vio reflejado en las más de dos décadas reseñando álbumes en medios impresos locales e internacionales, y en una colección de discos con un amplio porcentaje de artistas ingleses. Hasta que un día, no hace mucho tiempo, unos álbumes de Bob Seger, Alice Cooper, Tom Petty y Bruce Springsteen me invitaron a abrir mi mente y dejar atrás algunas prevenciones hacia el rock norteamericano.
Que me guste el rock británico no quiere decir que no tenga grandes apegos por el rock alemán, argentino, italiano, irlandés y norteamericano. La primera canción gringa que me marcó, siendo adolescente, fue “Hotel California” de Eagles (“My Back Pages” de Bob Dylan y “You Got It” de Roy Orbison fueron también recurrentes en la parrilla de MOR Music TV). Recuerdo perfectamente cuando las escuché en ese canal de música por cable que entraba gracias a una antena parabólica que, a inicios de los años noventa, instalaron en nuestro conjunto residencial. Luego llegó MTV para legitimar la evangelización en el nombre del buen rock. “Hotel California” fue parte habitual del programa Clásicos del rock, de la emisora Javeriana Estéreo, junto a grandes canciones de America, Kansas, Bread, Lobo, Simon & Garfunkel, Loggins & Messina, Toto, The Band, Neil Young, Crosby, Stills & Nash, The Beach Boys, Bob Seger, entre muchos otros artistas.
La radio en los años noventa fue una gran fuente para conocer a artistas norteamericanos de la talla de Pearl Jam, Alice in Chains, Green Day, Nirvana, Faith No More, Anthrax, Bon Jovi, Soundgarden, Alanis Morissette y tantos otros. Sin embargo, su música no me movía las fibras necesarias como para tener un álbum en CD de esos artistas. Mi pequeña colección de discos, hacia 1994, se nutría solo de grupos británicos, especialmente de la corriente del rock progresivo. Hasta que llegaron a mis manos Get a Grip de Aerosmith y el Black Album de Metallica, una adquisición de mi hermano, quien vibraba de amor y pasión por la banda de Kirk Hammett y Lars Ulrich. Desde ese momento, algunas nuevas sensaciones empezaron a desarrollarse en torno a las bandas norteamericanas.
Get a Grip fue una ráfaga de aire fresco para mis oídos. Varias de las canciones del álbum sonaban en la radio y sus videoclips rotaban constantemente en MTV, como pasó con “Amazing”, “Crazy”, “Cryin’” y “Livin’ on the Edge”, canciones que marcaron a toda una generación de adolescentes que soñaban con tener a Liv Tyler y Alicia Silverstone a su lado. Parte del encanto con Aerosmith estaba en la voz de Steven Tyler que, por un extraño motivo, me (nos) recordaba a Mick Jagger. La conexión con Aerosmith venía de años atrás cuando descubrí una versión en vivo de “Dream On”, en la banda sonora de la película Last Action Hero (1993), amor a primera escucha que se acentuó por su constante presencia en emisoras como 88.9 FM.
Por aquellos días, el cine también fue una gran fuente para conocer artistas norteamericanos. A mi hermano y a mí nos encantó la saga de Rocky y, gracias a la tercera y cuarta parte, conocimos canciones como “Living in America” de James Brown; y “Eye of the Tiger” de Survivor, temas que hacen parte de la educación sentimental de nuestra vida. También, largometrajes como Back to The Future o Karate Kid nos dieron a conocer a artistas como Huey Lewis and the News, Lindsey Buckingham o Peter Cetera y su memorable “Glory of Love”. Era tal el gusto por esa canción que recuerdo que le pedimos a mi papá que nos comprara una selección de clásicos del cine en CD donde aparecía esa balada, muy en la onda del Chicago de mediados de los ochenta. Cuando el disco llegó a mis manos, sentí una gran desilusión porque era una selección de covers y no incluía versiones originales. Todavía lo conservo.
Mis padres tenían una gran colección de discos en vinilo y su selección de pop y rock era amplia y con un especial énfasis en artistas norteamericanos. Tenían álbumes de Santana, Carpenters, Donna Summer, Diana Ross, Captain & Tennille, Carole King, Simon & Garfunkel, Neil Diamond, Barbara Streisand, entre otros. Un álbum en particular que escuché constantemente fue Abraxas, el disco que me abrió las puertas del mundo de Santana, uno de los pocos artistas norteamericanos de los que tengo la totalidad de su obra en CD. Es inevitable oír “Se acabó” o “Samba Pa Ti” y no pensar en la imagen de mi padre, sentado en su sillón café del estudio, levitando con la música del célebre guitarrista.
El segundo álbum del rock norteamericano que llegó a mi colección fue Counterparts (1993) de Rush, un disco que fue clave para ampliar mis gustos musicales. Gracias a ese disco me metí de lleno en el mundo de una de las bandas más grandes y trascendentales de todos los tiempos. Luego, conseguí la antología Chronicles (1992) y durante años fue uno de mis variados preferidos hasta que decidí explorar la totalidad de la obra en estudio de la banda canadiense liderada por el bajista Geddy Lee, el baterista Neil Peart y el guitarrista Alex Lifeson.
Con el paso de los años, mi colección se fue nutriendo de otro tipo de artistas norteamericanos como Bon Jovi, Van Halen, Toto, Crosby Stills & Nash, Bob Dylan, Paul Simon, Velvet Underground, Lou Reed, R.E.M., Prince, Leonard Cohen, Triumph, Neil Young, entre otros. Pero en proporción era un número menor respecto de las bandas británicas que movían en forma mi gusto por el rock, pero era algo que no me inquietaba.
Hace diez años tuve un extraño ataque de nostalgia y decidí que era el momento de comprar álbumes de artistas norteamericanos que había dejado pasar de largo en mi vida. Una especie de vacío emocional se apoderó de mí y supe que no estaría tranquilo hasta recopilar cada uno de esos sonidos que me conectaban con el colegio, los amigos, las novias, las salidas a rumbear y tantas horas y horas en frente de MTV, donde tenía la posibilidad de oír toda esa música que por diferentes motivos no la tenía en formato físico. Compré álbumes de Tesla, Mr. Big, Red Hot Chili Peppers, Smashing Pumpkins, Soundgarden, Green Day, Nirvana, Damn Yankees, Bad English, Alice Cooper, Kiss, Lenny Kravitz, Guns N’ Roses, Stone Temple Pilots, Cinderella, entre otros.
Cada sesión de escucha era un viaje a grandes recuerdos, momentos y personas. Me sorprendió el poder de la música para ponerme en lugares o situaciones. Despojado de prevenciones innecesarias o infundadas por conversaciones vacías, me di cuenta de que esa música también tenía algo especial y fascinante, igual que las bandas inglesas que me apasionaban. Descubrí que parte de mis prejuicios con los artistas norteamericanos estaban ligados a mi amor por el rock progresivo británico. Entendí que durante años alimenté una especie de falso mito en el que creía y estaba convencido de que los artistas de Estados Unidos no les llegaban a los talones a los ingleses.
Bandas y artistas como Styx, Toto, Bon Jovi, Poison, REO Speedwagon, Journey, Kansas, Christopher Cross, Tracy Chapman y Madonna poco o nada me generaban, como si su arte no estuviera a la altura o sofisticación de David Bowie, King Crimson o Genesis. Pero en la medida en que fui dejando a un lado los prejuicios, empecé a apreciar y a disfrutar mucho más del rock norteamericano.
Me volví coleccionista de esos artistas y pasé de tener unos cuantos variados de éxitos a abarcar casi toda la obra en estudio de The Doors, Leonard Cohen, Neil Young, The Byrds, The Band, Rush, Billy Joel, Paul Simon, Crosby, Stills & Nash (y Young), Beach Boys, Aerosmith, Eagles, Steely Dan, Grateful Dead, Bob Seger, Bruce Springsteen y Bob Dylan.
También conseguí álbumes emblemáticos de varios exponentes del hair metal o glam rock, como Skid Row, Poison, Mötley Crüe, Cinderella, Winger, Dokken, Tesla o Mr. Big, y no tengo problema en confesar que uno de mis grandes “placeres culposos” es Bon Jovi, gran banda en todo el sentido de la palabra (si tienen dudas, vean el documental Thank You, Good Night en Star+). Me encantan los álbumes Keep The Faith, Slippery When Wet y New Jersey; me los conozco de principio a fin y puedo recitar de memoria “I’ll Be There for You”. Además, Bon Jovi fue el primer artista de renombre internacional que vi en vivo en Bogotá, aquel inolvidable 2 de noviembre de 1995, el día que mataron al político Álvaro Gómez Hurtado.
Siento que con el paso del tiempo he abierto mucho más mi mente para conectarme con otro tipo de artistas de los que escuché hablar y a los que poca atención les había prestado, hasta que encontré elementos muy valiosos en su sonido, como pasa con 38 Special, Boz Scaggs, Ambrosia, Allman Brothers, Lynyrd Skynyrd, Doobie Brothers, Henry Paul Band, Firefall, Marshall Tucker Band, Little Feat, Atlanta Rhythm Section, Blackfoot, Outlaws, Alabama, The Highwaymen, Van Zant, entre otros. El responsable: Ray, un disquero de la ciudad de Brunswick (Georgia), donde vive mi hermano, y en donde solo hay una tienda de discos maravillosa: Lou’s Records. El acento de la discotienda, por supuesto, es el rock norteamericano, con una variada oferta en LP y CD, a precios realmente muy favorables para completar una colección de rock estadounidense, principalmente.
Hace un par de años, mientras escuchaba el álbum Hi Infidelity (1980) de REO Speedwagon, me di cuenta de que por esos prejuicios del pasado me estaba perdiendo de un gran álbum de rock, más allá del éxito inmortal “Keep On Loving You”. Y es que no es cualquier álbum en la historia del rock: en menos de un año de su lanzamiento se convirtió en un gran éxito en Estados Unidos, alcanzando el número 1 en Billboard. Llegó a ser el disco más vendido de 1981, siendo certificado diez veces como disco de platino por la Recording Industry Association of America (RIAA). De los cuatro sencillos lanzados al mercado, “Take It on the Run” alcanzó el número 5 en el Billboard Hot 100, y la banda consiguió su primer número 1 en Estados Unidos con “Keep On Loving You”.
Un artista lleva a otro, hay un algoritmo emocional que permite identificarlos. Esos tentáculos que se extienden entre estilos y bandas hay que aprovecharlos en función de construir una posibilidad infinita de apreciaciones musicales. Me pasó con Grateful Dead, a quienes veía como una manada de hippies, adictos al LSD, sin mucho que proponer en materia musical. Error. Luego me di cuenta de que la historia de Grateful Dead puede ser una de las más interesantes, apasionantes y fascinantes de la historia del rock, y no exagero.
Una era de hitos
Este libro no es la historia del rock norteamericano en un determinado periodo, pues sería imposible hacerlo en un solo tomo. Son relatos del rock y el pop en los años ochenta, a través de reseñas y crónicas que reviven momentos, hechos, álbumes, e historias de artistas y canciones que definieron el sonido irrepetible de una era. Lo he dicho en reiteradas oportunidades, incluso en mi libro Los 80: Volver al futuro. Otra edad de oro de la música británica: en mi opinión, la edad dorada y más luminosa del pop rock, el new wave, pospunk, synthpop, electro pop, thrash metal, glam metal y el heavy metal, fueron los años ochenta, en ambos lados del Atlántico, por una serie de hechos, factores y variables que lo hicieron posible.
En primer lugar, por los cambios y el impacto a largo plazo en el mercadeo musical (afiches, revistas, camisetas, muñecos, mugs, máscaras, películas, conciertos, tiendas de discos, prensa, vallas, entre otros), de la mano de la fuerza que tomó la industria y la cantidad de dinero que jugó a su favor para que más y más sellos aparecieran tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.
También por la relevancia, pertinencia e influencia de la prensa para posicionar y darles visibilidad a cientos de miles de artistas. Desde 1967, en Estados Unidos, tanto Rolling Stone como Creem, Billboard y Musician Magazine lideraban el mercado de información musical escrita. Eran el referente principal para legitimar o acabar una carrera. Sin embargo, a inicios de la década de los ochenta surgieron fanzines que fueron fundamentales para la escena del punk y el glam metal, como Flipside, Slash, Forced Exposure y Cometbus y Maximumrocknroll.
Los avances en tecnología de grabación y la cantidad de estudios que aparecieron en diversos países del mundo —no solo en Europa o Norteamérica, también en Colombia (¿recuerdan a Fonovisión y la presencia de Eddie Kramer en Bogotá?) y en Argentina, México o Brasil—. No es necesario profundizar en la amplia difusión de los contenidos en todo el planeta gracias a cadenas como MTV y a licencias de contenidos para radio como el memorable American Top 40, que se escuchaba todos los sábados, a través de 88.9 FM, con la voz de Casey Kasem doblada por Hernando “el Capi” Romero Barliza.
Fue la edad de oro para el auge de las grandes discotiendas. En Estados Unidos y Europa (Tower Records, FYE, HMV o Virgin Records); y en Colombia: Prodiscos, La Música, Musiteca, Antífona, Hi-Fi, Oma, Bambuco, Mercado Mundial del Disco, La Rumbita, Tango, Karamba, Rock N’Roll, entre otros. Esos espacios impulsaron y legitimaron el consumo de múltiples formatos físicos como el long play (LP), el casete, los cartuchos y, desde mediados de los ochenta, el compact disc (CD). No olvidemos que, a inicios de esa década, el formato rey, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos era el casete. “En el Reino Unido —recuerda el escritor y periodista británico David Hepworth—, ese año, casi la mitad de los álbumes vendidos lo fueron en casete. En Estados Unidos, 1980 fue el primer año en que las ventas de casetes superaron a las de cartuchos de ocho pistas”.
Si de formatos se trata, otro aspecto relevante fue la portabilidad de la música gracias al Walkman y el Discman: el oyente ya no dependía de la programación de las emisoras, se podría ser DJ en casa y aprovechar al máximo la experiencia personalizada, en cualquier lugar, con la música y el intercambio de grabaciones con mixtapes memorables y pacientemente curados.
A todo eso se sumaba el poder de la imagen gracias a MTV (se lanzó en Estados Unidos el 1.º de agosto de 1981, con emisión de videoclips las 24 horas) o a VH1, los medios que hicieron posible acercar mucho más al artista con su público. “Vender MTV fue como vender el Walkman. Era empujar una puerta que ya estaba abierta. “Solo hacía falta promoverlo como si fuera un derecho civil del que los adultos no podían privarte”, recuerda Hepworth. El formato de videoclip fue fundamental para posicionar la imagen de los grupos y ampliar sus públicos; para generar impacto y recordación, como le sucedió a mi generación en los años noventa después de ver el video de “Closer” de Nine Inch Nails.
También fue la era de otros formatos portátiles para el hogar, como el Betamax, el Laser Disc y el VHS. Vivir un concierto de Pink Floyd o Led Zeppelin en casa, o ver parte de la saga de Star Wars, pasó de ser un sueño a una realidad. Eso trajo consigo avances en la tecnología de video y reproducción de audio. Fue la edad dorada del estéreo o del equipo de sonido con calidad de audio superior. Sin embargo, el home video fue una tecnología que tardó cerca de cinco años en consolidarse, ya que, desde la aparición de los primeros reproductores caseros, en 1979, los precios de venta al público eran elevadísimos, de la misma manera que sucedía con las cintas en formato Beta.
Eso fue cambiando a medida que las grandes productoras liberaban los derechos de emisión y distribución pública a menos de un año de estrenar las producciones en cine. A finales de los años setenta, surgieron videotiendas en Los Ángeles (Video Station) que trataron de impulsar el consumo casero de películas. Sin embargo, fue con Blockbuster, en 1985, y el auge del VHS, que todo cambió y se masificó. En Colombia tuvimos Betatonio, a finales de los años ochenta, que fue determinante para formar públicos. “El VHS introdujo de repente una nueva manera de pasar la noche. Al igual que el Walkman, ofrecía una vertiginosa sensación de libertad. Comenzaba cuando tú querías, se pausaba cuando tú querías”, recuerda Hepworth.
Y hay otros aspectos relevantes: el auge de festivales de música en Europa y Estados Unidos como el US Festival y Donington; la masificación de los conciertos en todo el planeta (salvo en Colombia que, hasta la visita de Guns N’ Roses en 1992, éramos invisibles en ese aspecto); la capacidad creativa de los artistas y la cantidad de subgéneros que surgieron desde el debut de Van Halen en 1978, la banda que le dio un segundo aire al rock.
Ni hablar de todos los estilos que surgieron de la electrónica, el pop y el new wave. Por último, debo mencionar a las bandas sonoras y el cine: fue la edad de oro para la música creada y curada para películas y el impacto emocional en toda una generación. Que lo digan aquellos que crecieron al son de “Glory of Love” de Karate Kid, “Eye of the Tiger” de Rocky III, “The Power of Love” de Back to the Future, “I’ve Had the Time of my Life” de Dirty Dancing y “Take My Breath Away” de Top Gun.
Changes
En la década de los setenta se hablaba de una era de grandes capacidades creativas (por la fuerza del rock progresivo, el glam, el hard rock, el rock sinfónico y el funk) y de una masificación de esos sonidos en gran parte del planeta. Ni hablar de la importancia de los grandes conciertos en los estadios de Estados Unidos, que masificaron un género, gracias a bandas como Kiss, Led Zeppelin, Fleetwood Mac o Wings.
Sobre ese momento en particular, mejor no lo pudo describir el escritor Simon Reynolds en su libro Rip It Up and Start Again: “Los años setenta fueron una época extraordinaria para la música moderna, con una diversidad enorme de artistas que abarcaron múltiples géneros. No había reglas, pero de alguna manera tener una identidad única era un requisito, y hasta los artistas que seguían una tendencia terminaban inevitablemente esculpiendo su propia personalidad. Todo era hecho a mano: analógico, sin computadoras, sin afinación digital de voces”.
Es cierto, pero en los setenta no estaban al alcance de la industria las variables que hicieron posible que medio planeta vibrara al son del rock. El cambio de década y las nuevas tecnologías alentaron a más y más a los jóvenes a perseguir el sueño de vivir de la música. El punk, en ambos lados del Atlántico, tuvo mucho que ver para derribar algunos obstáculos que venían desde los días posteriores a la crisis del petróleo de 1973, que limitó la apuesta de las disqueras por nuevos artistas. “La música pop siempre había sido tanto sobre lo que te gusta como sobre lo que no te gusta, pero la era del punk fue la primera en que la gente comenzó a identificarse a partir de la música que rechazaban. Una de las primeras historias que circularon sobre los Sex Pistols fue la de Johnny Rotten usando una vieja camiseta de Pink Floyd en la que había escrito con marcador “I hate”, cuenta Hepworth, quien sobre la anécdota anterior explicó: “Cualquiera que ya tuviera éxito era blanco de ataques, bajo la sospecha de estar conspirando para mantener a la siguiente generación alejada de su lugar bajo el sol y fuera de las listas de éxitos”.
Pero a inicios de los años ochenta —independientemente de si el gusto de las personas estaba asociado al rock progresivo, el new wave o el punk— estar en una banda era algo viable; había una sensación generalizada, tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos, de que todo era más accesible y posible gracias a nuevos espacios para la promoción de grupos, al surgimiento de nuevos sellos discográficos independientes, al poder de la radio y a una prensa musical que cada vez se hacía notar más.
El punk no solo alteró los cimientos del rock, también catalizó una explosión sin precedentes de sellos independientes. De pronto, en cada rincón del Reino Unido y Norteamérica surgían pequeñas disqueras con el único propósito de registrar la rabia urgente de una banda local. Algunas de esas etiquetas desaparecían tan rápido como el grupo que intentaban promocionar, casi como un acto de resistencia efímera contra la industria dominante. Atrás quedaron los días en que tocaba ser un hijo perdido de virtuosos como Frank Zappa o Rick Wakeman para ser exitoso en la música. A inicios de 1980, cualquier persona con ambición y determinación podía llegar a ser una estrella de rock y un ejemplo que sirvió como inspiración fueron los Sex Pistols y su álbum Never Mind the Bollocks, elegido por la revista Rolling Stone como el más importante de 1977. “Un disco aún más notable por su envoltorio que por su contenido”, como lo afirmó David Hepworth en su libro.
The Nostalgia Factory
Escribir sobre el rock norteamericano de los años ochenta es regresar a una década que no solo produjo música, sino que redefinió una era en todo el sentido de la palabra. Fue una década en la que el rock pasó de ser un elemento de la contracultura, a convertirse en un pilar cultural, influyendo en campos como la moda, el lenguaje y la manera en que las personas se veían a sí mismas. Si hubo una década que definió la identidad de las personas, a través de la música, fueron los años ochenta. Porque más que un simple sonido, era una consonancia cargada de rebelión sonora, en la que primaban la libertad, la ambición y un toque de exceso que capturaba el espíritu estadounidense del momento.
No era música solo para escuchar, era para vivirla y por eso fortaleció la identidad de las personas. Era especial hacerse notar con una camiseta de Metallica, Guns N’ Roses o Kiss porque eso hablaba de los gustos de las personas y lo que significaba para ellos que se les asociara con esos artistas, aspecto que fue capitalizado por la industria discográfica en todas las instancias posibles. Ni hablar de la moda y la tendencia de replicar modelos estéticos a seguir, especialmente con peinados y prendas. Sin todo lo anterior, esa edad de oro del pop rock nunca hubiese sido posible.
En esos diez años, los avances tecnológicos que ya mencionábamos hicieron que el rock fuera más poderoso, masivo y accesible. Pero ocurrió especialmente en Estados Unidos, Canadá y Europa que, con el surgimiento de MTV (1981), la músi
