La línea de la venganza

Ángel Osuna

Fragmento

Capítulo 1

1

París, mayo de 2024

Es de noche. Por fin.

Dos mujeres yacen en la cama, atrapadas en una quietud que parece haberlas arrancado del tiempo. La primera lleva horas esperando a que la oscuridad tome forma y la muerte le revele su rostro. La otra, más joven —enfermera de profesión, aunque en su mente esa vida parece distante—, ha intentado salvarla. Ha luchado con todo lo que tenía: ha presionado heridas, contado pulsaciones, hablado, gritado, susurrado palabras de consuelo e incluso rezado.

Pero al final solo le quedan las manos teñidas de sangre, el sudor abrasándole los ojos y súplicas que ya ni siquiera suenan, ahogadas en la impotencia.

Nada.

La vida se escapa de la primera, y la enfermera lo sabe. Lo sabe, a pesar de que se niegue a aceptarlo. Por eso ha seguido intentándolo hasta hace un minuto. Por eso sus manos siguen temblando sobre un cuerpo que ya no responderá. Uno que solo aspira a apagarse.

Resignada, la enfermera deja caer los brazos. Ya no hay fuerza, ya no hay lucha. Solo el gesto automático, vacío, de deslizar la yema de los dedos por el crucifijo que le cuelga del cuello. Una última súplica muda que no espera respuesta. En su mente, los ecos del horror que han vivido aún resuenan, confundiéndose con el murmullo de la lluvia al caer. El miedo, persistente, continúa deslizándose por la piel de ambas, envolviéndolas con su gélido tacto.

Fuera llueve a mares, igual que si el cielo se hubiera abierto en dos y alguien estuviera echando gigantescos cubos de agua por la resquebrajadura. La primera mujer —la mayor, la que se muere— aspira aire entre los dientes con un esfuerzo evidente, como si sufriera una enfermedad pulmonar causada por el maldito tabaco, aunque jamás haya fumado. Cierra los ojos un segundo e intenta respirar hondo; se ahoga. No lo logra. El dolor y la fatiga le impiden levantar lo suficiente el diafragma. Su cuerpo se queja, e intuye una debilidad creciente y letal. Abre los ojos y acepta la derrota. Hasta ese instante seguía aferrada a esa esperanza a la que todos tenemos derecho, pero, llegados a este punto, solo necesita dar un paso más y dejarse llevar. El miedo la carcome. No está preparada para afrontar la gran prueba de la muerte, pero ¿acaso alguien lo está? Siempre ha pensado que morir es un horror inevitable, a pesar de que toda su vida ha creído que existe algo inmortal en nosotros. Sin embargo, ahora no se cree distinta a una piedra o a una planta con las raíces secas.

Dentro, fuera, dentro, fuera…

A la enfermera, escuchar esa respiración entrecortada, esos breves jadeos contenidos, le crispa los nervios. Cada siseo, cada pausa agónica la sacude por dentro, haciendo que la desesperación se enrede en su garganta, obligándola a contener el aliento, a no moverse, a no hacer nada. Pero en realidad, si pudiera, respiraría por ella. Sin duda, lo haría con tal de dejar de percibir ese sonido sibilante que emana de los pulmones de su amiga. Porque, al final, eso es lo que son, ¿no? Amigas.

El dolor compartido crea un vínculo indestructible. No importa quién seas, de dónde vengas ni cuánto dinero tengas: cuando sobrevives a la misma batalla, cuando te hieren en la misma guerra, te conviertes en hermano de sangre no por elección, sino por la cicatriz que os une. Porque quienes han visto el abismo juntos siempre reconocerán su reflejo en los ojos del otro. Y eso, eso no se rompe jamás.

No es agradable escuchar cómo alguien se muere. Oír que la respiración se quiebra, se vuelve errática, frágil… hasta extinguirse. Sentir el silencio que llega después, ese vacío insoportable que se cuela en cada rincón del alma. Pero no es solo alguien. Es ella. Su amiga. Y no puede hacer nada para evitarlo. Solo mirar. Solo escuchar. Porque la muerte no pide permiso. No negocia. Solo llega. Y arrasa.

A la enfermera se le ocurre que, quizá, abrir la ventana para renovar el aire de la habitación ayudaría a su amiga, y puede que así deje de boquear en busca de oxígeno como un pez recién pescado y aterrizado en la cubierta de un yate. Al instante desecha la idea por estúpida. No hay corriente de aire fresco que arregle ese cuerpo molido a palos. Porque a la mujer la han golpeado a conciencia, y lo que necesita realmente es un bazo en condiciones, unos pulmones sin perforar, unos riñones funcionales y un hígado nuevo; el de serie ha reventado y le está ocasionando una alarmante hemorragia interna.

La habitación huele a muerte.

Por un momento, la enfermera —que no se muere, pero que también se ha llevado lo suyo— se olvida del crucifijo, aún aferrado entre los dedos. Se mira las manos: los nudillos pelados, las uñas rotas. Todavía siente la bolsa de plástico asfixiándola, la desesperación clavándose en su pecho. Tiene la cara marcada, el cuerpo magullado, cortado, pero no como ella. No como su compañera de habitación. Así que sí, puede sentirse afortunada.

«El infierno debe de parecerse mucho a esto», piensa mientras se incorpora en la cama y enciende un cigarrillo. La enfermera fuma. Lo había dejado, pero esta noche ha decidido volver a las andadas. De hecho, está decidida a fumar el doble que antes de dejarlo, para compensar. Piensa otra vez en abrir la ventana, por eso del humo y de que su amiga agoniza a su lado, pero se acuerda otra vez de la lluvia, del aire fresco y el cuerpo molido, y lo olvida.

Dentro, fuera, dentro, fuera… y fin.

El siseo entre dientes y los jadeos contenidos se extinguen para no volver. La mujer de más edad, la que llevaba horas esperando a que la oscuridad tomara forma, ha muerto. Ahora, por fin descansa. Su amiga, aún con vida, fuma y piensa en cómo seguir existiendo. Como si la muerte, antes de marcharse, le hubiese susurrado que tiene un lugar reservado para ella.

«Ha tenido una mala muerte y una mejor vida», piensa mientras aspira con fuerza del cigarrillo. Pero ahora eso no le importa a nadie, porque ha pasado a ser solo un recuerdo: alguien que estuvo y que ya no está. Un espectro invisible que todavía le pesa y le roba el aire.

La enfermera permanece sentada, fumando en silencio, intentando evitar que su mente comience a divagar. No quiere recordar lo sucedido ni los errores que la han traído a este lugar. Solo desea escuchar pensamientos positivos que la ayuden a salir del atolladero en el que se encuentra. Debe actuar con diligencia; el tiempo no está de su lado. Más pronto que tarde darán con el hotel, y no quiere ni imaginar lo que sucederá si la atrapan.

«Tengo que buscarme otra afición —medita en silencio dejando escapar el humo por un lateral de la boca—. Esta mierda es demasiado peligrosa, aunque está claro que me va la marcha».

—Bueno… a tomar por culo todo —masculla al tiempo que se levanta y aplasta el cigarrillo contra una de las paredes, dejando un rastro de ceniza.

Antes de vestirse, echa un vistazo a su teléfono móvil para comprobar la hora. Es pasada la medianoche. No quiere asustarse, aunque sabe que, de una forma u otra, el miedo siempre termina colándose. Sopesa las distintas rutas que podría tomar para llegar al aeropuerto Charles de Gaulle, pero encuentra objeciones llenas de sombrías intenciones en cada una de ellas. Al final opta por el trayecto más largo, pensando que será el último que imaginarán que tomará. Se moverá por calles poco transitadas, protegida por la oscuridad y la lluvia. Cruzará barrios en los que la gente se preocupa solo por sus asuntos y espera que los desconocidos hagan lo mismo. Caminará por aceras en penumbra, y solo en el último tramo tomará un taxi. Andar la tranquilizará y quiere pasar el tiempo justo en el aeropuerto antes de embarcar. Cuesta imaginar a alguien huyendo de una gran ciudad a pie, recorriendo calles peligrosas y desoladas, pero esa es su apuesta.

Mientras se sube los vaqueros, piensa que sería fácil quedarse allí, tumbada en la cama de ese hotel, esperando —rezando— para que todo se arregle. Como si la vida pudiera ordenar sus piezas por sí misma. Pero eso no sucederá. Lo sabe. Nada se arregla solo. No aquí. No ahora.

La enfermera es consciente de que, si la cogen, su cuerpo será arrojado a un callejón oscuro y húmedo. Seguro que la degollarán, pero antes le envolverán la cabeza con una bolsa de plástico hasta casi asfixiarla, dejando el pavor atascado en su garganta. Con suerte, a pesar del hálito de vida que le permitan conservar, no notará del todo cómo le quiebran los huesos en tantos lugares que se deformará, hasta convertirse en una masa de carne informe y doliente. Por último, cuando se cansen de infligirle sufrimiento, le rajarán el cuello y la arrojarán a la basura. Su cuerpo, sucio y violentado, dejará un pegajoso rastro de sangre que atraerá a las ratas, las cuales mordisquearán su vientre pálido, como la panza de un pez, con sus asquerosos dientecillos. Porque, para quien no lo sepa, París es una ciudad infestada de roedores. Tanto es así que forman parte de la vida cotidiana, y los parisinos se han acostumbrado tanto a su presencia que están intentando diseñar un plan de cohabitación pacífica con ellos.

Relámpagos.

Truenos.

—Por Dios, deja de desbarrar —se dice—. Se te está yendo la olla —musita apretando los ojos mientras se presiona las sienes con los dedos.

Tiene un terrible dolor de cabeza y nada a mano para aliviarlo. Termina de vestirse y ajusta la pistola que ha conseguido en la funda sobaquera antes de cerrarse la cazadora. Una Glock de 9 mm que apenas sabe manejar y que, en este momento, le parece algo superfluo. No confía en que ese trasto pueda salvarla de nada.

Se apoya en la pared, absorta, con la mirada perdida en la ventana. El Focaccia Club de enfrente ya ha cerrado. La rue La Fayette, vacía, desierta, como si la ciudad entera hubiera decidido esconderse. Solo un puñado de valientes desafían al aguacero, cenando en la brasserie junto al pequeño local italiano, indiferentes al caos que se ha desatado en la ciudad; siluetas borrosas tras el cristal empañado.

El viento ruge. Golpea la ventana con fuerza, arrastra basura, papeles, lo que encuentra a su paso. Alimento para las ratas. París se ahoga bajo un diluvio inmisericorde. Pero Lola —que así se llama la enfermera— no tiene la intención de hundirse con la ciudad.

Lola Barco vuelve la cabeza y contempla el cuerpo sin vida que descansa en la cama. Por su trabajo, está harta de ver cadáveres, pero algo en el rostro de la mujer la deja hipnotizada. Tiene los ojos abiertos y presenta una mueca en la cara, como si quisiera decir algo. Como si la muerte le hubiera sobrevenido justo antes de hablar. «¿Qué estaría a punto de decir?», se pregunta. Es irónico, pero al final la mujer ha muerto tal como vivía, sin ser capaz de decir lo que pensaba. En esta ocasión ha sido la muerte la que le ha cerrado la boca; en otras, la vida se encargó de silenciarla. Lola entierra esos pensamientos e imagina que a lo mejor solo estaba rezando y se quedó con la oración a medias. Indecisa, se acerca al cuerpo y le baja los párpados con delicadeza. Hace lo propio con la boca, que se le había quedado entreabierta, dejando a la vista la ausencia de varios dientes. Luego camina de espaldas hasta la puerta sin apartar los ojos de su amiga.

—Este mundo no estaba hecho para ti —le susurra al cadáver.

Solo queda una cosa por hacer, pero, al pensarlo, comienza a sudar, y el corazón le late con tal fuerza que parece que se le vaya a salir del pecho y a caer botando en el suelo de la habitación. Sabe que, en parte, se debe a la cocaína y al moncler verde que aún corre por su torrente sanguíneo. Se siente al borde del colapso. Ahora es a ella a la que le cuesta respirar, y sus pies parecen haberse convertido en bloques de hormigón, incapaces de moverse. Tiene la cabeza patas arriba, y los pensamientos se le arremolinan, haciéndole conjeturar cosas que no debería. Es como si el mundo entero se hubiera puesto en su contra y hubiese decidido ir a por ella. La mera idea de salir de la habitación la aterra. La mera idea de quedarse allí la horroriza.

—Venga, Lola… coño —se anima—. Tampoco tienes mucho que perder; ni siquiera hay un gato esperándote en casa.

Lola alarga la mano hacia el pomo cuando, de repente, la puerta se abre de golpe. El hombre es mucho más alto que ella; es un saco de músculos, y su rostro deja claro que está loco de remate. Una media sonrisa morbosa se le dibuja al observar la mezcla de sorpresa y horror en la cara de la mujer. Lola tiene el impulso de echar mano de la pistola, pero, antes de que pueda mover un dedo, el tipo lanza su brazo y la agarra con facilidad por el cuello, bloqueando cualquier movimiento que pretendiera hacer. A pesar de su tamaño, es sorprendentemente rápido. Luego, la empuja hacia el interior del cuarto mientras niega con la cabeza. La escanea de arriba abajo, aleteando sus pestañas rubias perladas de lluvia que esconden unos ojos pequeños, fríos y amusgados, enmarcados por unas cejas casi blancas. No es albino, pero casi.

—¡Mierda, no! —farfulla la mujer, porque, como se le juntan las paredes de la tráquea, no puede gritar.

Lola proyecta el brazo derecho hacia el rostro del hombre, pero, en su situación de desventaja, el puñetazo no alcanza mucha velocidad en su recorrido. El casi albino lo esquiva sin dificultad, le lanza un empellón vigoroso y la mujer cae pesadamente sobre el suelo, levantando una fina capa de polvo. El impulso hace que la Glock salte de la funda sobaquera, se desliza hasta la pared del fondo y se queda junto a la puerta de la terracita.

Con rapidez, el casi albino se lanza de nuevo hacia delante y se abalanza sobre Lola, a la que todavía no la ha abandonado la sorpresa inicial. A pesar de su tamaño, el tío se desplaza con la gracilidad y la elegancia de un bailarín clásico. Tras el empujón, la mujer se queda encajada entre la cama y el mueble bar, situado bajo el televisor. El tipo es grande, mucho, y el espacio es demasiado estrecho para que se pueda mover sin dificultad, a pesar de ser ágil. El hombre la ataca una y otra vez, pero las reducidas dimensiones del lugar donde Lola yace de espaldas le otorgan cierta ventaja. Sin embargo, no es suficiente para que no encaje algún que otro golpe, lo que provoca que su consciencia se tambalee.

El tipo es grande, mucho, y por eso se agota con facilidad. Y dar puñetazos al vacío cansa. Ahora la descarga de golpes parece sucederse al ralentí, a cámara lenta. Lola aprovecha la situación para reaccionar y contraatacar. La mujer concentra toda su furia y desesperación en el puño derecho, que lanza contra el mentón del casi albino, que alcanza de lleno, para asombro de este. Un asombro que se torna en estupor cuando esta le propina, desde el suelo, una patada en las pelotas como si quisiera que las escupiera por la boca. Y, vista la reacción que le provoca, casi lo consigue. El hombre se dobla de dolor antes de caer fulminado de rodillas, con los ojos en blanco, la boca abierta, la cara desfigurada y las manos agarrándose los doloridos testículos.

De inmediato, Lola recupera la verticalidad y remata la faena estampando la botella de agua mineral, situada sobre el mueble bar, en la cabeza del tipo. El golpetazo contra el parietal derecho suena a estado vegetativo de por vida. El recipiente de cristal estalla en mil pedazos y hace vibrar, como si fuera un diapasón, la cabeza del casi albino, que cae de bruces contra el suelo con un sonido pesado y sordo.

—¡Hijo de la gran puta! —chilla Lola fuera de sí con un tono de voz que no reconoce.

Su instinto y el amasijo de músculos desmadejados a sus pies le dicen que debe salir de allí cagando leches. Antes de dirigirse a la puerta, echa una última mirada al cadáver de la mujer de la cama. Los ojos se le han vuelto a abrir y presentan esa fina capa de barniz mate que en tantas ocasiones ha visto en otros muertos. La expresión de su rostro sigue pareciéndole la de alguien que se ha quedado con ganas de decir algo antes de morir.

Cuando Lola Barco sale del hotel, todavía llueve. Sin saber por qué, comienza a correr. A pesar del esfuerzo, o quizá debido a este, la respiración y el latido de su corazón se regulan y, al cabo de un instante, comienza a sentirse mejor.

Los militares y la policía empiezan a desplegarse también en esa zona de la ciudad.

Allí arriba, en la habitación del hotel, tumbada en la cama, había pensado que no podía más. Ahora, mientras corre por una rue La Fayette desierta, comprende que sí que puede más. Que, para su desgracia, siempre puede más.

Lola sonríe y sigue corriendo. No hay tiempo que perder.

PRIMER ACTO

Ernest Hemingway dijo: «El mundo es un buen lugar, y vale la pena luchar por él». Yo estoy de acuerdo con la segunda parte.

TENIENTE SOMERSET, Se7en

2

Cádiz, febrero de 2024

El levante saltó anoche, como casi siempre, sin avisar. Porque el levante salta, no entra ni se mueve de altas a bajas presiones. Simplemente se despierta y se precipita como una leona africana sobre una gacela hambrienta. Aparece de sopetón y se larga cuando le viene en gana. Es un aire traicionero que puede volar la cabeza a los forasteros. Un viento que desarbola y arrasa con todo lo que no está bien sujeto, y se apodera de tu alma. Francisco Raíllo es de aquí, pero empieza a estar cansado de tanta corriente. Bueno, en realidad, empieza a estar muy cansado de todo. Se siente sucio y polvoriento. Tiene un organismo repleto de chasquidos, huesos agotados y un corazón que lleva demasiado tiempo sangrando. Es consciente de que hace rato que encara la última curva de la carretera. Y lo sabe no por las señales de su cuerpo, que también, sino por los arrebatos de nostalgia que lo arrinconan cada vez con más frecuencia. Oculto en su casa frente a la playa de la Aceitera, junto al faro de Trafalgar, Raíllo observa insomne cómo el viento arrastra las culpas propias y ajenas de una comarca tan castigada como querida.

El hombre lleva dos días encerrado en casa. Necesita estar solo para zambullirse en su fracaso. El tiempo no ha curado ninguna de sus heridas; siguen frescas y presentes. Lo harán cuando muera, porque así funciona la vida. Por lo menos, la que él conoce. No existe nada mejor que la tierra fresca de un camposanto para eliminar los pesares.

De adolescente, Raíllo abandonó la pesca, el oficio de su padre, para meterse a paterista. El chaval era capaz de enclavar una embarcación cargada de hachís en lugares donde nadie se había atrevido. Solía bajar a Marruecos a comprar chocolate, y en la barriada del Príncipe encontró a lo mejor entre lo peor: un sargento de la Legión nacido en Dos Hermanas, ferviente devoto de la Virgen de la Esperanza Macarena, con quien trabó amistad. Un tipo duro como el granito que le inyectó en vena la fiebre por el uniforme mientras se ponían hasta las cejas de coca y porros. El sargento bautizó al joven, le dio la comunión y lo acogió en su iglesia de la vida, convirtiéndose en su guía.

En la Legión le enseñaron disciplina, a desfilar, a matar e incluso a follar. Después, la fe duró lo que tuvo que durar. Miembro de la familia de los Osuna, que junto con la de los Palete controlaban el tráfico de costo en Barbate, el chaval había nacido marcado en el amplio sentido de la palabra.

Raíllo se mira en el espejo del baño. La mitad de su rostro está cubierta por una gran mancha negra de nacimiento que se extiende desde la frente hasta el mentón. Por suerte, su único hijo no heredó esa marca. Ese chaval al que enterró la semana pasada, tras meses sin verlo. Ese que, cansado de la cocaína y el hachís, encontró en la heroína su último refugio hasta que una sobredosis puso fin a su vida. Si el caballo adulterado lo combinas con un cuerpo castigado que ya no aguanta mucho más, el resultado siempre es el peor.

Raíllo ha sido muchas cosas: piloto de gomas, gepero, punto, volaor, petaquero, bracero, pero sobre todo legionario. Durante todo un decenio, la Legión le alimentó el estómago y el alma. Lo suyo fue un amor a primera vista. Pero claro, con la mierda que le pagaban como caballero legionario, pronto se vio obligado a buscarse la vida. Y ahora acumula tantos pecados que tiene una lista de antecedentes tan larga como el brazo de Pau Gasol. En toda la comarca, Francisco Raíllo es una leyenda. Ha roto tantos huesos y partido tantas cabezas que su sola presencia le encogería las pelotas al mismísimo Satanás.

El hombre regresa al salón, toma el canuto que había dejado en el cenicero y aspira con ganas. Con el humo, que expulsa con fuerza, se desvanecen los pensamientos nostálgicos y esa puta sensiblería que tanto le irrita.

Francisco Raíllo, porro en mano, se sienta frente a una ventana que da al mar. Ahí se siente seguro. Es su playa, su territorio. La tierra que ama y odia. La tierra que lo vio nacer y que espera que reciba su cuerpo al morir. Una tierra ni compasiva ni misericorde, pero es la suya. Una que le ha ofrecido tantas victorias como derrotas, pero siempre lo ha tratado con justicia. Al fin y al cabo, a quien mucho se expone, al hacer cuentas, le sale a pagar. Por eso no hay lugar para quejas. A lo largo de todos estos años, podría haber amasado una auténtica fortuna. Sin embargo, no tiene ni un cochino euro. La vida le ha escamoteado todo lo que consiguió, pero, como he dicho, no se queja. Las cosas son como son, no como quisiéramos que fueran. Por eso no se lamenta ni por dentro ni por fuera. No cabe duda: Francisco Raíllo siempre ha sido un hombre práctico.

El sol está a punto de salir. Le encanta ese momento, así que decide saborearlo. En la burbuja de su hogar se siente bien. Fuera, las gaviotas graznan histéricas mientras juegan con el levante. La última vez que habló con su hijo, la conversación estuvo llena de expresiones desagradables, exabruptos y palabras violentas. Pero ahora, incluso después del trágico desenlace, no puede evitar sonreír al recordar el valor que mostró el chico. Ni lloró ni suplicó. Aquella tarde, Raíllo lo echó de casa. El chaval conocía la única regla: nada de caballo en su hogar. Los adictos a la heroína no son de fiar, por mucho que sean hijos de uno.

El chico murió solo, de noche, tirado en un callejón oscuro entre contenedores de basura. Al recibir la noticia, ni siquiera pestañeó. Solo con el paso de las horas la pena comenzó a abrirse paso. Una de intensidad moderada que, poco a poco, se transformó en culpabilidad. Efímera, apenas duró unos minutos. Porque, como Francisco Raíllo no es persona propensa a las mojigaterías y además es un hombre de acción, decidió que el resentimiento fuera el motor de sus últimos meses de vida. Resolvió tomar de la mano a su infortunio y, en un postrero acto de maldad, acabar con todos los malnacidos que se cruzasen en su camino. En definitiva, todo padre tiene derecho a vengar la muerte de un hijo, y él ha decidido ponerse manos a la obra.

Hoy es día de quimio. El hombre se viste con ropa de domingo, a pesar de que el calendario marca que es viernes. Las enfermeras del hospital de día del Puerta del Mar, donde le administran el maldito tratamiento, no se merecen menos. Aunque le fastidia, a base de sonrisas y buenas palabras han terminado por caerle bien. A pesar de que esa porquería que le inyectan en vena lo deja mareado e indispuesto durante días, pero ajo y agua. No teme a la muerte. En realidad, le importa más bien poco. Solo que ha decidido que, antes de irse, quiere llevarse a unos cuantos por delante. Cabrones que, como él, han hecho sufrir a muchas familias. Gentuza responsable de muertes inocentes que actúa como una auténtica bestia. Según sus cálculos, y por mucho que diga la oncóloga, antes de morir —porque de esta no sale, por más que le inunden el cuerpo con oxaliplatino—, cree que podrá ajusticiar al menos a diez. Sin trámites molestos ni abogados, que siempre lo complican todo. Y si la divina providencia le pone en el camino a un pez gordo, mejor aún: portada asegurada en el Diario de Cádiz.

¿Y por qué Francisco Raíllo ha decidido embarcarse en semejante empresa? Desde luego, no es porque las sombras de la noche le traigan pesares imposibles de acallar. Si se lo propone, puede dormir de un tirón, como un bebé. Tampoco es como consecuencia de un ataque de culpa por la vida que ha llevado ni por la muerte de su hijo, a pesar de ese relato de venganza tan teatral con el que, en ocasiones, se engaña. Ni siquiera se debe a la proximidad de la muerte. Porque, en el fondo, por muchas penas que arrastre, ninguna representa una carga tan pesada que no pueda dejarla atrás. Los sucesos suceden porque sí, y las personas van y vienen, sin más. A veces queda un recuerdo distante, pero siempre fácil de olvidar. A lo largo de su vida, Raíllo ha hecho todo lo posible por mantenerse libre de ataduras. No lleva consigo pesos innecesarios; vive siempre ligero, presente y sin cargas. Y, por supuesto, sin la necesidad de ser perdonado ni de perdonar. De manera que hace lo que hace porque le da la gana y porque puede. Con el pleno convencimiento de que es la forma correcta de vivir y actuar. Por eso, antes de mostrar la baraja de forma definitiva, sueña con darse una buena juerga que le permita llegar al tanatorio con una sonrisa grabada en el rostro. Allí, arropado por las paredes del ataúd, no espera escuchar ni pésames ni palabras de afecto.

Sentado en una de las butacas naranjas del centro de día, Raíllo respira hondo e intenta templarse. Todavía le quedan dos horas de suplicio. Es frustrante que, justo cuando empieza a recuperar el tono vital, tenga que volver al matadero. Para colmo, en su caso, la quimioterapia solo le concede aplazamientos y prórrogas, no cura. Una auténtica putada, aunque, como buen legionario, sabe lidiar con el sufrimiento. Como siempre, al llegar se entretuvo saludando a todas las enfermeras del mostrador. A continuación, cogió una sábana y se dirigió hacia uno de los asientos del fondo, alejados del aire acondicionado. Una vez acomodado, Teresa conectó la aguja al catéter que lleva instalado bajo el cuello, y la mezcla de medicamentos comenzó a fluir desde la bolsa hasta su torrente sanguíneo. Durante el tiempo que permanece enchufado a la bolsa amarilla que cuelga de una pértiga sobre su cabeza, Raíllo suele adormilarse. Hoy, sin embargo, su cuerpo parece no pertenecerle, y se rebela contra las órdenes que le envía el legionario. A regañadientes, el hombre cede y decide distraerse observando al resto de los pacientes. Entre ellos, Raíllo sorprende a uno que le dirige una mirada de desconfianza. Es evidente que lo conoce, pero últimamente tiene la cabeza como unas maracas y le cuesta reconocer a la gente. El hombre no le quita ojo, mirándolo de arriba abajo como si fuese una aparición fantasmal. Raíllo duda, pero al final recuerda quién es. La cabeza pelada y el cuerpo cansado y encogido en el asiento lo han despistado.

Se trata del Peluca, un narco local especialista en pegar vuelcos a los grandes traficantes. Un cabrón con pintas que actúa con contundencia y extrema violencia. Pegar palos a los alijos de los demás es la forma más segura y rápida de forrarte.

—Ese hijo de puta calvo y arrugado me debe varias —masculla mientras rememora su último encuentro, en el que las aguas del Estrecho se tragaron a dos de sus tripulantes.

El Peluca los embistió de forma brutal con su lancha, sin darles tiempo al esquive, y se desató la batalla de Trafalgar a escala doméstica.

Ahora, al verlo allí sentado desprovisto de su melena de Camarón, su físico imponente y los tres cordones de oro que amortajaban siempre su cuello, no parece gran cosa. Como un viejo caimán en su charca, Raíllo entrecierra los ojos, pero no duerme. Remolonea en la butaca y aguarda a que el Peluca le dé pie a actuar. No tiene que esperar demasiado. Más pronto que tarde, todo el que está en la sala tiene que desengancharse de la máquina para ir a mear. Las próstatas agrandadas y las bolsas de suero nunca se han llevado bien.

El Peluca avisa a una de las enfermeras y, una vez liberado de la bomba de impulsión, abandona la sala con paso cansino en dirección a los servicios. El viejo caimán, lleno de odio, abre los ojos y hace lo propio. Mientras se acerca al aseo, palpa con la mano la navaja de mariposa que siempre lleva en el bolsillo, por si acaso. Es un mundo peligroso, nunca se sabe. Raíllo mira a ambos lados antes de abrir la puerta con facilidad. El pestillo cede con un leve empellón. Sentado en el inodoro, la mirada incrédula del Peluca al verse sorprendido de esa guisa es un cuadro. Sus ojos quieren huir de las cuencas. Francisco cierra a su espalda.

—¿Qué coño…? —acierta a balbucear mientras se incorpora con los pantalones en los tobillos y los calzoncillos enrollados bajo las rodillas.

De haberse visto, el Peluca se habría maldecido por la imagen más bien pobre que ofrecía, siendo generosos. Semidesnudo, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y la fuerza justa para no perder el equilibrio, su rostro es una máscara de horror, al límite de la broma.

Raíllo cierra el puño y se pasa la lengua, ansioso, por los labios. El Peluca comprende tarde, mucho, lo que está a punto de suceder. El legionario avanza con una zancada firme y el cuerpo tenso como una máquina de combate. Con una furia contenida, hunde el puño en el estómago del Peluca, que se dobla en dos con un gemido ahogado, sintiendo que el aire le es arrancado de golpe. La vista se le nubla, le tiemblan las piernas, pero se aferra a la consciencia. Raíllo, implacable, le descarga con violencia un segundo golpe en el pecho, un impacto brutal que le sacude el cuerpo de tal manera que cada hueso parece vibrar como un diapasón gigante. La fuerza despiadada del último impacto —un puñetazo seco dirigido al hígado—, que le explota en el costado, provoca que finalmente se desplome de rodillas, jadeando y vencido por la brutalidad del ataque. De su boca comienzan a salir todo tipo de espumarajos, babas y fluidos que le resbalan por el mentón y le empapan el pecho. El pobre desgraciado eructa y empieza a toser, salpicándole a Raíllo los pantalones de domingo.

—Me cago en la puta… —se queja contrariado el legionario—. Pareces una puñetera escopeta de perdigones.

El Peluca, con los ojos en blanco, no le oye. Está demasiado ocupado luchando por no morir. Semiinconsciente, se desploma en el suelo del baño y vomita un revoltijo de restos de desayuno, sangre y bilis. El hedor que emana de ese desconcertante amasijo es una mezcla de miedo y medicina. El tipo ha caído despanzurrado boca arriba. Y, como la gravedad es obstinada y siempre impone su ley, el vómito pronto encuentra el camino de regreso, inundando los pulmones sin remedio.

Raíllo saca la navaja, la de por si acaso, con la férrea decisión de terminar el trabajo. Entre estertores, el pecho hundido del Peluca sube y baja, desesperado por una bocanada de aire que no llega. A pesar de su aspecto débil y enfermizo, su cuerpo se resiste a rendirse, como si aún le quedaran ganas de sufrir. El legionario contempla la escena atónito. Es un espectáculo grotesco, una auténtica fiesta de ajusticiamiento y muerte en directo. «La hostia puta. No me lo puedo creer», piensa mientras cierra la navaja y la guarda de nuevo en el bolsillo. En el suelo, el Peluca emite algo parecido a un gruñido, seguido de un par de jadeos, varios cabeceos espasmódicos… y, finalmente, se apaga.

Raíllo sonríe como un abuelo bonachón en Navidad que observa desde la ventana la llegada de sus nietos a casa. Para cualquier otro, la escena habría resultado insoportable. Sin embargo, a él no se le despierta nada dentro, salvo risa. Una carcajada irresistible que reprime y le provoca un breve espasmo de dolor en el pecho.

—Contrólate… —se dice observándose al espejo—. Que no estás mucho mejor que ese… —añade mirando por el rabillo del ojo el cuerpo sin vida del Peluca.

Cuando sale al pasillo, un brillo de satisfacción le cruza el rostro. Un cadáver acuchillado en un hospital genera preguntas; un tipo que se ahoga con su propio vómito en plena sesión de quimioterapia solo despierta pena. Con calma, Raíllo regresa a su butaca naranja. Una de las enfermeras le reconecta la aguja al catéter. El batido de medicamentos aún no ha llegado a su vena cuando ya se ha quedado dormido.

3

A pesar del cansancio y el barullo mental, Lola baja a la calle a todo trapo. No espera el ascensor. Hace un cálculo rápido: cuatro plantas separadas entre ellas por diecisiete peldaños suman un total de setenta y ocho escalones, más los descansillos. Si cada una de sus pisadas mide veintiocho centímetros y los descansillos, unos dos metros, apenas tiene que recorrer treinta mal contados antes de llegar abajo. En la práctica, poco más de un minuto; en su cabeza, una eternidad y un millón de kilómetros de distancia.

—Hoy hace un año —repite sin cesar mientras corre hacia las escaleras.

Cada palabra desata una avalancha de pensamientos que enreda aún más la madeja que es ahora su mente. Hace tres días apartó la fecha y la escondió en un rincón de su cerebro, pero de nada sirvió; el drama seguía cociéndose a fuego lento en el escenario principal.

En este momento, con la entereza desbordada como una presa que se resquebraja, la ansiedad y el pánico han tomado el control de su cuerpo. Cada paso es un tormento, y las náuseas la obligan a doblarse sobre sí misma.

La mujer recorre los pasillos a toda velocidad, esquivando a los compañeros del cambio de turno, mientras los zumbidos de los aparatos y monitores llenan el aire. En algunas habitaciones los pacientes aún duermen (las menos); en otras llevan rato despiertos, y en unas pocas, el tiempo se extingue despacio, sin remisión.

Su rostro cansado y pálido refleja fielmente el peso del sufrimiento de todo un año. Su bienestar se ha convertido en una piedra lanzada a un pozo demasiado profundo, acompañada de todo lo que solía hacerla sonreír. Ahora se siente como un pedazo de carne inerte, un desecho que comienza a encontrar cierto alivio en el dolor.

Una vez en la planta baja, pasa el torno de acceso volando bajito, con la identificación en la mano para evitar que el celador le haga preguntas, dominada por la ansiedad. Al salir por fin a la avenida, entrecierra los ojos como si estuviera chupando algo amargo. El corazón le va a mil, y se tambalea, aturdida. Por un instante, siente el impulso de lanzarse al suelo y romperse la crisma. Son las nueve de la mañana, y la ciudad hace rato que ha dejado de bostezar.

Lleva las últimas diecisiete horas encerrada en el hospital. En el interior del edificio, respirar se convierte en una tarea difícil. Se le cierra la garganta, como si alguien le tapara la cara con un velo que le roba el aliento. El semáforo se pone en verde para los peatones, y cruza a la carrera. Cuando llega al paseo marítimo, el cabrón de su corazón late tan fuerte que parece a punto de salírsele del pecho. Tanto que imagina verlo en cualquier momento rodando por el suelo de piedra caliza.

Lola intenta inspirar y frunce la nariz de inmediato. El oxígeno no le llega a los pulmones. Quiere llorar, pero solo logra emitir un jadeo ronco y fatigado que le retumba en los oídos con un eco sordo. «Voy a morir por gilipollas», piensa justo cuando la reverberación se desvanece.

Como enfermera, sabe reconocer un ataque de pánico nada más mirar a un paciente. También domina todas las recomendaciones necesarias para superarlo sin recurrir a medicación. Sin embargo, fiel al dicho «Consejos vendo, y para mí no tengo», se deja llevar por la angustia. Suda a mares y le tiembla el cuerpo como un flan de vainilla del Mercadona. Uno de esos que a ella le encantan, pero su madre desprecia, pues siempre asegura que eso no es flan. Que los flanes, afirma, «son de huevo y hechos en casa».

Apenas puede caminar. Está al borde del colapso. Un grupo de corredores de edad avanzada pasa a su lado y la observa con extrañeza, pero ninguno se detiene a ayudarla. Mejor. Si llegara a sufrir un ataque al corazón, lo último que querría sería que unos labios sudorosos, secos y arrugados intentaran insuflarle aire. Por ahí no pasa. Ni de puta coña. Antes, la muerte.

—¡Eh, tú! ¡Aparta!

El bufido del ciclista la hace reaccionar.

—¡Vete a tomar por culo! —le grita mientras se aparta del carril bici—. Joder, es como si el mundo entero se hubiera confabulado para venir a por mí —farfulla recomponiéndose en parte.

Una vez fuera de la dichosa senda, la enfermera se sienta en uno de los bancos de piedra que salpican el paseo. Lola permanece un rato doblada, con la mirada fija en el suelo. Frente a ella, el mar está tranquilo, silencioso. Una alfombra turquesa de bordes dorados que parece prometer una madrugada perfecta para pateras y narcolanchas.

De sopetón, la imagen del cuello hecho jirones del infeliz de Selu irrumpe en su mente, incapaz de evitarla. Las malas pasadas que a veces nos juega la memoria son la leche. Ha pasado un año de una crudeza inaudita. Trescientos sesenta y cinco días y sus noches en los que Selu se ha convertido en un fantasma fiel y solícito. Un espectro omnipresente que no la abandona ni a sol ni a sombra.

Y, sin embargo, a estas alturas le cuesta evocar su mirada vivaracha y su sonrisa perpetua. Paradójicamente, el reguero de sangre que le cruzaba la cara cuando lo encontró muerto en su dormitorio sigue fresco en su memoria, como si nunca fuera a secarse. Ese vívido recuerdo la embarga y la golpea con dureza. Por más que intenta ahuyentarlo, lejos de disiparse, se hace más presente.

El rostro abotargado y degollado de su hermano parece perseguirla. Su mente vaga al azar, saltando de una imagen a otra, cada cual más cruel y maliciosa. Y para el final le reserva la peor de todas: el agujero en mitad de la frente y el líquido cerebral brotando como de un huevo roto.

Lola se lo había advertido en más de una ocasión. Sabía que Selu estaba metido en asuntos turbios, pero nunca imaginó que fueran de una profundidad tan oscura. Estaba acostumbrada a los rumores que corrían por el barrio. Guillén Moreno es un distrito de gente humilde y trabajadora, un lugar donde la precariedad laboral ha golpeado con crudeza desde siempre. Una barriada de edificios altos de hormigón y ladrillo con cuerdas para tender la ropa y olor a guiso para diez escapando por las ventanas. Entre sus bloques transcurrieron la infancia de Lola y la juventud de Selu. Diez años mayor, su hermano tuvo que enfrentarse a la heroína, el hachís, las jeringuillas en las escaleras y algún que otro ajuste de cuentas. Pero, sobre todo, ambos tuvieron que lidiar con el estigma de pertenecer al barrio de Guillén Moreno. La enfermera recuerda a Selu buscándose la vida, peleando por salir adelante. Primero menudeando de manera flagrante, sin pudor. Más tarde, subiendo la apuesta con operaciones muy ambiciosas, siempre dentro de sus posibilidades. Sin el temor del que trajina en la ilegalidad. Lola no recuerda las veces que su madre se lo advirtió, en especial cuando él empezó a llevar una vida demasiado ostentosa en un barrio en el que el súmmum del lujo era comer tres veces al día. A las quejas maternas, Selu respondía que debía forjarse un nombre y que el dinero era el medio para lograr la tan deseada respetabilidad en el vecindario. Para su hermano, todo se reducía al dinero… y al carácter. Y de lo último iba más que sobrado. Por aquel entonces, ella sentía por Selu una admiración que rozaba la idolatría. Veneraba su orgullo de barrio y la facilidad con la que sorteaba los problemas de la vida. Lola, en cambio, siendo aún una niña, solo veía ante sí un camino plagado de obstáculos con los que tropezar.

A pesar de su teórica mala cabeza, por aquel tiempo el chaval no malgastaba todo lo que ganaba en zapatillas, coches, joyas o en financiar juergas a sus amigos. Lola Barco le debe a su hermano todo lo que es ahora. Fue él quien la animó a continuar con sus estudios y le pagó la carrera de Enfermería. Ella habría preferido estudiar Medicina, pero no quiso abusar. Sabía que el dinero para la matrícula provenía del trapicheo, y seis años de matrículas y libros (en el mejor de los casos) hubieran supuesto mucho trabajo ilícito.

Ella siempre ha sido de pensar que cada uno tiene el futuro escrito al nacer, aunque en su caso Selu definió el suyo. Es una deuda que la acompañará siempre y que la mantiene ligada a su hermano. Una difícil de pagar y que cada día que pasa siente que aumenta. Una deuda que solo la muerte del asesino de su hermano podrá cancelar. Le debe una vida a Selu. Y una vida solo se puede pagar con otra.

Pasada la tempestad, Lola levanta la mirada. Es principios de mayo, y Playa Victoria aún no se ha convertido en un bullicio de turistas armados con sombrillas que ocultan el mar. Solo unos pocos jubilados pasean tranquilamente por la orilla mientras algún perro juega con una pelota, siguiendo los aspavientos de su dueño en la distancia. Así da gusto.

—Un año… —musita.

En automático y muy despacio, va desgranando los recuerdos del pasado que han bombardeado su mente durante el ataque de ansiedad. Con la mirada fija en la playa, la enfermera intenta organizar sus pensamientos, buscando algo parecido a la comprensión. Es un ejercicio que realiza con frecuencia, aunque nunca tiene éxito. Sin embargo, Lola sigue esperando que, en algún momento, empiece a dar fruto.

Al menos un día por semana Selu dormía en Cádiz, en su casa de la avenida Bahía Blanca, número 9. Los hermanos siempre quedaban para cenar y hablar de sus cosas en el restaurante El Faro. Era una especie de ritual que solo rompían en contadas ocasiones a lo largo del año.

Lola recuerda aquella última cena como si hubiera sido ayer. Él parecía feliz. Incluso pidió postre: la tarta de queso azul que tanto le gustaba. Era poco habitual, ya que solo la comía el día de su cumpleaños. Aquel pequeño detalle despertó en ella un mal presentimiento, pero, al ver que le había cambiado la expresión y que ya no quedaba en su rostro ni rastro del nerviosismo de las últimas semanas, decidió no darle importancia.

Semanas antes, Lola le había preguntado por su inquietud. Selu apenas le dio detalles: que si estaba trabajando en un negocio importante, que si no debía preocuparse, que si se suponía que el hermano mayor era él. No quiso contarle más y, como siempre, le pidió que no le dijera nada a su madre.

Era ya de madrugada cuando terminaron de cenar. Él le anunció que pasaría un tiempo antes de que volvieran a verse. Ella no pudo evitar mostrar extrañeza, pero Selu cortó cualquier pregunta con suavidad y un beso en la frente. Luego se creó un silencio denso y cargado que apenas duró un instante, pero que Lola jamás podrá olvidar. Esa noche, su hermano pagó la cena sacando un fajo de billetes de un bolsillo más abultado de lo habitual.

A la mañana siguiente, el deseo acuciante de saber más la despertó de golpe. Tras llamar a una compañera para que la cubriera, la enfermera tomó un taxi y se dirigió a la calle donde vivía Selu. Al llegar frente al portal, la invadió un repentino sentimiento de estupidez. Jamás había actuado de una forma tan exagerada, como si todo el orden construido a lo largo de su vida se hubi

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos