Yo, presidente

Tristán Paniagua

Fragmento

Capítulo 1

1

Me llamo Humberto Hurtado. A esta hora de la noche, puedo decirles que voy a ser su próximo presidente del Gobierno. Los que me han llamado insensato e ingenuo a lo largo de mi vida ahora deben estar comiéndose los puños. Empezando por mi padre, que en paz descanse, que siempre se burlaba de mis aspiraciones. «Eres un iluso, además de un vago», decía. «Mira, Teresa, que tu hijo quiere ser político». Y mi madre, abatida, se lamentaba: «¡Qué hemos hecho para merecer esto, Gerardo!».

No deja de sorprenderme que, en este momento de mi vida, recuerde a mi padre. Nunca lo habría imaginado, porque fue un verdadero ejemplo para mí de lo que no quería ser. Pero no conviene anticipar acontecimientos. Todo a su tiempo. Ahora me dispongo a contarles cómo he llegado hasta aquí.

Para ser el próximo presidente del Gobierno, no me veo tan mal. Dicen que tengo rostro abuhado, la voz demasiado aguda y un bigote en herradura pasado de moda. Hasta dicen que tengo un principio de alopecia que deja a la vista un espacioso frontón. Lo que hacen los celos. Todo falso. Mi melena es envidiada por mucha gente. Maldades de Rosa Peláez, mi rival en la carrera por la presidencia, y de su equipo de asesores, que todavía estarán asimilando que han perdido las elecciones. Curiosamente, no ha sido ella, sino Elena, quien me ha dado más problemas durante la campaña. Rosa tenía todas las de perder y lo sabía. Le comieron la cabeza para que se presentase, cuando lo que tenían que haberle aconsejado es que buscase un hombre de paja a quien echar las culpas del fracaso mientras ella seguía haciendo y deshaciendo en los órganos del partido. Pero pudo más su ego, y ahora está achicharrada, un fiambre político que, fuera de este mundo, no tiene oficio ni beneficio.

—¡Jefe, tiene que ponerse en marcha! Va a ser el próximo presidente del Gobierno. ¡Enhorabuena, Humberto! ¡Lo ha conseguido!

La voz de mi secretaria suena áspera como una lija. Me sacude los hombros y, llevada por el entusiasmo, me estampa un beso en cada mejilla. Salomé es una rubia deslucida y cincuentona con una naricilla altiva y pecas a rabiar, sin instintos primarios ni secundarios. Es la primera vez que tiene un gesto espontáneo de afectividad conmigo, y espero que sea la última, porque no me gusta que me besen. He tenido que aguantar demasiados besuqueos durante estas dos semanas de campaña y todavía no sé cómo he podido sobrevivir. Lo de te­ner que besar a la gente es de las cosas más desagradables de la política.

Tendré que prescindir de Salomé en cuanto se pueda, pero ahora no es el momento de decírselo. Tiempo habrá en los próximos días para que se busque un trabajo adecuado para su capacidad. Afortunadamente, no tiene información comprometida sobre mí, pues me he cuidado mucho de que así sea. Nos ha sido útil hasta ahora, pero es el momento de cambiar de caballo. Ahora que vamos a jugar con los grandes, necesito que todos mis jugadores estén a la altura. No, Salomé ya no sirve.

Veo a Alberto salir del baño de la habitación rozándose las aletas de la nariz. Ni rastro de entusiasmo en la cara. Algo que no ha aprendido este idiota, y mira que llevamos años juntos, es que no puedes ser solo un emisario de las calamidades.

—H. H., Elena quiere hablar contigo. Me ha llamado esta tarde —me susurra Alberto al oído—. Mis amigos son los únicos a los que permito que me llamen H. H., y, para mi desgracia, Alberto lo es desde el inicio de los tiempos. Cuando se me acerca, percibo un olor a acetona procedente de su boca. Definitivamente, no tiene arreglo.

—Ahora no es el momento —digo mientras me levanto con un gesto airado del sofá. La imagen de Elena me ahoga—. ¿Podéis subir el aire acondicionado? No se puede respirar y huele a cerrado que tira para atrás. Salomé, por favor, avisa a mi mujer… Creo que está en la habitación de al lado. Que se vaya arreglando. En unos minutos tendremos que salir al balcón. Y tú, Ramírez, hoy no quiero ninguna entrevista, así que ve preparando todo para mañana. Va a ser una noche muy larga. Hoy solo redes sociales y todo el mundo en la sede y en provincias celebrando la victoria. Mi victoria. Las fotografías de cuando salga a ese puto balcón tienen que ser épicas. ¿Me entendéis? De leyenda. Hoy es un día histórico. Alberto, dile al fotógrafo que quiero verlas antes de que se las pase a los de re­des y a los medios. ¿Entendido?

Nos quedamos en silencio y nos miramos, pensando cada uno en sus cosas. Empiezo a sentir por los muslos ese maldito calambre que, como un acordeón, acaba alcanzando mis caderas. Siento un deseo incontenible de doblarme sobre el estómago y expulsar a golpes la batidora que llevo dentro. No hay un maldito médico que dé con la tecla. La cara se me empapa y presiento que van a comenzar nuevamente los espasmos. Desde pequeño, mi cuerpo tiene tendencia a somatizar mis temores y puede que la amenaza de Elena esté detrás de estas sensaciones.

Me agacho y tiro de un manotazo una botella de agua que cae sobre la camisa y la corbata verde que me regaló ella. Ramírez, mi jefe de prensa, se aproxima con sus gafas de montura plateada y me limpia con un pañuelo, que a saber de dónde habrá salido. Nunca me había fijado en el azul índigo de sus ojos.

—¡Déjame! —jadeo casi sin respiración—. Necesito una de esas pastillas. ¡Rápido!

Ramírez parpadea agitado, como un palomo nervioso, y sus ojos se hacen todavía más pequeños. Salomé me tiende la mano con el pastillero abierto para que coja el comprimido. Me lo embucho y cierro los ojos por un instante mientras voy sumergiéndome en un dulce sopor. El dolor va remitiendo y me sobreviene un sueño placentero que solo queda interrumpido con el tumulto de voces en la calle. «¡Presidente! ¡Presidente!». Un bochorno embriagante que me permite contemplar todo desde otra perspectiva. Oigo que alguien abre la puerta a mi espalda.

«¿Qué tal se encuentra?», oigo decir a Pedro, el mayor hijo de puta que he conocido, un macarra sin escrúpulos que se ocupa de hacer lo que haya que hacer en cada momento, sin darme demasiadas explicaciones. Es mi brazo ejecutor. Exactamente lo opuesto a Alberto, que siempre vive en un mar de dudas. Este lo mira con aprensión desde el otro lado de la estancia. Ambos compiten por ser mi mano derecha. Los secretos de cada uno son la amenaza del otro.

Pedro se acerca a mí y me observa mientras me palpa la cara. Después se dirige a los demás, adueñándose de la situación.

—No podemos hacerles esperar más. La calle está llena de banderas; no cabe un alfiler en la plaza y están impacientes por ver a su líder. H. H., no puedes aparecer así, hecho un guiñapo.

Tras decir esto, se muerde el labio inferior y se aproxima a mi cara, sonriendo traviesamente mientras me cuchichea al oído.

—Y no quiero incomodarte en un momento como este, H. H., pero convendrás conmigo en que a partir de mañana tendremos que empezar a pagar nuestras deudas. La campaña ha sido costosa y vas a tener una fila de acreedores en la puerta, empezando por nuestro buen amigo Del Río. Ha vuelto a llamarme para que te recuerde que él ha cumplido su parte del trato y quiere asegurarse de que tú vas a cumplir la tuya. Me manda de avanzadilla, para que te lo comunique.

Pedro se incorpora y camina hacia la posición donde está Alberto, con pretendida despreocupación. Se lleva las manos a los bolsillos y se planta desafiante, observando a su rival. Aunque baja la voz para que no lo escuche, leo en sus labios las palabras que salen de su boca:

—Alberto, no se te ocurra volver a mencionarle a Elena. Tiene que pasar página. Nosotros nos haremos cargo de ese asunto a partir de mañana. No podemos dejar ningún cabo suelto a estas alturas.

Alberto parece amordazado, sin capacidad de respuesta. Respira profundamente, poniendo todo el empeño en que sus pulmones oxigenen su cuerpo, antes de susurrar:

—No sé si podemos esperar tanto —murmura con cautela aproximándose a Pedro mientras contempla a los demás, ajenos a la conversación—. Esta tarde estaba fuera de control cuando he hablado con ella.

—¡Pásame el número desde el que te ha llamado! Ya me encargo yo —dice Pedro resoplando con hartura mientras teclea sobre la pantalla del teléfono. Afean sus pómulos unas cicatrices del acné de una adolescencia difícil—. Suena, pero no lo coge —añade dirigiendo una mirada furibunda a Alberto—. Esto hay que zanjarlo ya.

Me voy despejando poco a poco y observo la puerta de acceso al balcón. Las voces se oyen cada vez mejor. No ha sido una campaña sencilla ni tranquila. Cada día un nuevo contratiempo. Primero, esas malditas fotos y después, ella.

En la calle, se oye cada vez más intenso el griterío. «¡Presidente! ¡Presidente!». Pienso en la nube de fotógrafos, cámaras y reporteros, y en los miles de descerebrados que sostendrán con una mano una bandera y con la otra el móvil para inmortalizar el momento en el que salga.

Voy incorporándome poco a poco y comienzo a oír el zumbido del himno del partido. Tengo que deshacerme del tipo al que se le ocurrió que podría versionarse en diferentes estilos. Ahora toca perreo. Me imagino a todos los que están allí abajo, perreando: la abuela fiel que muestra orgullosa su carné; el joven de las Nuevas Juventudes que busca un selfi y una stock option para un puesto de concejal o de senador, esos que tanto se han abaratado en las últimas décadas; el acreedor del partido, esperando que caigan las prometidas compensaciones, o el militante raso, que después de echar más horas que el reloj aspira a un sueldo de asesor sin funciones específicas. Todos y cada uno de ellos suspiran por mi victoria.

Hoy me acuerdo de todos los que alguna vez me miraron por encima del hombro, los que no creyeron en mí y pensaron que era un pretencioso más que fuera de la política no tenía dónde caerse muerto. Pienso también en todos los que me han despreciado creyéndose más inteligentes que yo, pavoneándose de sus carreras universitarias terminadas, pero que no han pasado de ser más que gallos en su corral. Y recuerdo también a quienes se cachondearon de mis sueños y estarán viendo la televisión atragantándose con mi éxito.

A partir de mañana, la sede del partido se convertirá en un panal de rica miel al que acudirán moscas y moscardones de variopinto pelaje, ávidos de participar del festín. Cuando ganas, todo son palmadas, abrazos y parabienes. Cuando pierdes, el teléfono deja de sonar y las ovejas huyen en estampida en busca de nuevos pastores que las guíen. En este mundo de la política no hay lugar para la compasión, la amistad ni la lealtad sincera. Todo son intereses cruzados. Gente que utiliza a otra gente que, a su vez, solo piensa en cómo sacar provecho de ese uso.

La primera vez que me di cuenta de esto, sentí una fuerte repulsión, pero con el paso del tiempo me fui acostumbrando, como esos personajes literarios que tomaban veneno en pequeñas dosis para inmunizarse. Aunque nunca te acostumbras del todo. Un día cualquiera, el suceso más insignificante activa las toxinas ingeridas a lo largo del tiempo y sientes un deseo incontenible de expulsar a golpes toda la toxicidad que llevas dentro.

—¡No me lo puedo creer! ¡Qué resultado dan las encuestas a pie de urna! ¿Las has visto?

Carmen, mi mujer, entra sobresaltada a la habitación. Su melena resplandece en la penumbra. De un tiempo a esta parte había optado por un peinado equino con crin trenzada, una evocación de una adolescencia tardía para una mujer bien entrada en los cincuenta. Se sienta a mi lado, mirándome fijamente y ensayando una tentativa de sonrisa.

—¿Te gusta el vestido? Me lo compró papá hace dos semanas —añade—. Daba por descontada tu victoria.

Mi mujer balancea un clutch de lentejuelas de color azabache, a juego con su cabello, cerca de una televisión que emite imágenes de la calle y de estudios de televisión plagados de todólogos y tertulianos políticos. La observo con detenimiento mientras voy recuperando el pulso de la situación y compruebo que parte del carmín se ha esparcido por su boca. Nunca ha sido una experta en el arte del maquillaje y no podía ser menos esta noche.

—Estás muy guapa —miento piadosamente con un tono parecido al afecto conyugal—. Tu padre no podía fallar, como siempre.

Mi cuerpo se estremece al pensar en Alejandro, mi suegro. Nuestra relación no es que esté pasando por uno de sus mejores momentos, que digamos.

—Perdonad que os interrumpa —refunfuña Alberto con esa voz nasal de permanente resfriado—, pero hay que preparar el saludo en el balcón. Después tenemos que salir pitando hacia la sede, donde te espera todo el comité de dirección para ha­cer desde allí las primeras valoraciones oficiales, ya con los resultados del recuento. Están nerviosos, ya sabes. Cada uno quiere su espacio en la foto de familia. La mayoría piensa que sus posibilidades de ser ministro del nuevo Gobierno dependen del lugar que ocupen en esa imagen.

Entretanto, Carmen nos mira a Alberto y a mí, confiada en encontrar una solución a mi bloqueo. Se acerca a darme un beso en la frente, esperando calmar la sorda agitación que adivina que me invade.

—Vamos a centrarnos en lo importante. Que ellos tengan su minuto de gloria, su fotografía para la posteridad alzando los brazos y dando botes. Quiero ver al bobo de Eduardo con sus patas de plantígrado en la estructura. Quizá sea la manera más inocente de acabar con un petardo como ese. —Carmen sonríe sarcásticamente, sugestionada por la idea de poner fin a la vida política de un zoquete profesional al que sabe que detesto—. En apenas unos minutos, el país se detendrá para ver a su futuro presidente, así que lo que haga el grupo de pelotas de los que te has rodeado no tiene que importarte.

Carmen se aleja con una afección impostada que no le pega. Debe pensar que es su noche y se ha metido de lleno en su papel de mujer del presidente. «¡Presidente! ¡Presidente!». Ya mucho más despejado, vuelvo a pensar en Elena. No sé dónde puede estar ahora. Tengo que localizarla enseguida, antes de que me estropee la noche.

—Venga, H. H. Te recuerdo que miles de personas te están aclamando y que es hora de que aparezcas —reclama Pedro, a un tris de perder por completo la paciencia—. Ya se conocen las encuestas a pie de urna y empiezan a comparecer los perdedores. Es tu hora. La hora de la verdad.

Me aproximo a la ventana y me asomo por el costado izquierdo de la cortina. Ya no cabe un alfiler. Alzo la mirada sobre los tejados. Es una noche de cielo bajo, sin estrellas. Comienza a sonar de nuevo la sintonía del partido. Un grito ensordecedor y entusiasta alcanza la estancia. Un sudor templado y exultante, como un orgasmo de buena mañana, me baña la frente, las cejas y la nuca.

Antes de entregarme a la muchedumbre, miro a Alberto, que con la cara pálida me hace una indicación señalando a su móvil. Parece que está a punto de darle un ataque, no sé si de pánico o de sobredosis. Le hago un gesto rechazando su llamada. Para que me interrumpa de esta forma, tiene que tratarse de algo serio, pero ya no puedo retrasar más la salida. Aparto la vista de su cara de angustias y reproduzco otra vez la imagen difusa de mi padre, el que nunca confió en mí. Cojo a Carmen de la mano y respiro.

—¡Abrid el balcón!

Las puertas se abren y salimos. Una luz cenital inunda la escena. Hay focos por todas partes. La calle es un clamor.

—¡Presidente! ¡Presidente!

Domingo

Siete días antes de las elecciones

2

Cuando la entrevistadora me preguntó cuál era mi primer recuerdo de infancia, por un momento dudé, pero enseguida acerté a poner esos ojos de cordero degollado que tanto provecho me habían dado en la vida. Sé que es asqueroso tener que interpretar constantemente, pero en este mundo de la política, mi mundo, resulta inconcebible no hacerlo. Y más un domingo por la tarde en un programa popular de televisión dirigido a jubilados y viudas. La gente piensa siempre que los políticos tenemos algún trauma oculto o un trastorno auto­bio­grá­fi­co que no ha visto todavía la luz, y los periodistas se mueren por ser los que los descubran a sus lectores. Por supuesto que los hay, pero llegar hasta ellos no está al alcance de cualquiera, porque forman parte de nuestros secretos íntimos. O eso pensamos.

—Un beso de mi madre en la frente —contesté sin rubor, con un mohín de nostalgia de esos que conmovían a las madres de este país—. Se filtraba por la ventana de mi casa una luz de color rojo, luego amarillo y, por fin, violeta. Y la cara de mi madre delante de mí. Así la recuerdo y la recordaré siempre.

La periodista me miró con cierto arrobo y sacudió la melena a su derecha, dejando entrever un pendiente de aguja afilada en el lóbulo izquierdo. Era evidente que había mentido, pero mentir en nombre del padre o de la madre de uno era un recurso políticamente necesario. Siempre funciona. He conocido a cretinos con acta de diputado que apelaban de modo habitual a su madre o a su padre muerto. Incluso a alguno al que se le murieron varias veces su madre y su padre, casi siempre coincidiendo con acontecimientos a los que prefería no asistir. Cuántas lágrimas de cocodrilo derramadas por muertos a los que en vida no podían ni ver.

La verdadera respuesta era otra, por supuesto. Debía tener apenas dos años e iba paseando de la mano con mi madre. Una señora vivaracha nos detuvo el paso. «¡Pero ¡qué bien alimentado está! ¡Está para comérselo!». Tan efusiva era la cacatúa que me pellizcó el moflete hasta que me escoció. En ese instante, me vino a la cabeza la primera maldición de mi vida. Siempre he creído que fue en aquel momento cuando nació mi fobia maxilofacial. Desde entonces, nunca he podido soportar ni besos ni pellizcos.

Siendo muy chico, desarrollé un profundo sentido del olfato y llegué a identificar a las personas por su aroma. Mi madre decía que tenía la trompa de un elefante africano y que aspiraba profundamente los olores como solo sabían hacerlo los paquidermos. Ella desprendía uno salino de algas muertas que emanaba de todo su cuerpo. Era un sudor espeso, una combinación indefinida de humedad y de cansancio.

Mi padre, en cambio, olía muy fuerte. Era un olor revenido que se nutría de muchas noches de insomnio, del calor húmedo de la ciudad y, sobre todo, de rabia contenida. Una ira indefinida, sin causa alguna, pero que debió marcarme de pequeño. Quizá oí alguna discusión o una pelea con mi madre que luego olvidé. Quizá algún bofetón recibido sin motivo. La cosa era que siempre había temido a mi padre y eso era algo que compartía con mi madre. Fue entonces cuando descubrí que eso era lo que de verdad movía el mundo. Ni el amor ni otras zarandajas. El miedo.

Llegué a querer en algún momento a mi madre, quizá con un sentimiento doloroso de compasión y de pena. Quizá nunca tuve responsabilidad, porque un niño nace por definición en estado original de cobardía, pero muchas veces me he arrepentido, pasado el tiempo, de no haber sabido reaccionar.

—Pero hábleme ahora de su padre. Queremos conocer los detalles de la vida familiar del candidato. Hay muchos espectadores que se preguntan qué aprendió usted de él. —La periodista había tensado la piel del rostro como el cuero de un tambor mientras me miraba con sus ojos de gata.

—Conservo un gran recuerdo de él. Un hombre hecho a sí mismo que me enseñó el valor del esfuerzo y de la integridad. Tuve la suerte de compartir largas conversaciones con él. Las recuerdo todas y cada una de ellas. Imagino que forman parte de mi aprendizaje de vida —contesté sin vacilación.

Esta vez me tuve que concentrar más en la bola porque, en verdad, jamás pude quererle. Aunque nunca lo expresase en voz alta, mi padre era un hombre que sentía un profundo desprecio por todo y por todos. En el fondo, ese comportamiento envolvía un soterrado complejo de inferioridad. Un hombre servil para los de fuera y autoritario para los de dentro. Tenía un extraño sentido del humor, ya que solo era capaz de reírse de sus propias bromas.

Trabajaba de funcionario en el servicio de urbanismo del Ayuntamiento de nuestra pequeña ciudad, aunque nunca supe realmente qué era lo que hacía allí. Y él evitaba hablar de ello. Salía todas las mañanas de casa a las ocho, no sin antes acercarse a mi cama y acariciarme la espalda. Yo me hacía el dormido y, cuando se daba media vuelta, abría los ojos y me sentía liberado. El sonido de la puerta del piso al cerrarse tras su marcha era el anuncio de unas horas de tregua.

Lo único que nos unió, durante algunos años, fue el fútbol. Cada domingo, mi padre me arengaba antes de ir juntos al partido: «Vamos, H. H. Hoy ganamos seguro». En su juventud, había sido un admirador del futbolista Helenio Herrera. Hasta tal punto que su primera intención fue llamar Helenio a su primer, y único, hijo varón. Pero a mi madre no le gustaba, y fue una de las pocas veces que consiguió imponer su criterio: «Parece el nombre de un metal. Así no puede llamarse el niño». Por lo que finalmente mi padre cedió, pero no del todo. Estaba empeñado en que mi nombre comenzase por H, así que acabaron llamándome Humberto.

Mi padre coleccionaba todos los reportajes, entrevistas y fotografías de su ídolo. Nos hablaba de su estancia en Italia como si fuese un familiar suyo, del catenaccio como si lo hubiesen diseñado juntos, de sus triunfos en el Barcelona, el Atleti, el Inter de Milán. Sus tres matrimonios, sus ocho hijos, sus tres pasaportes… Sin duda era la persona que le hubiese gustado ser.

Cuando discutía con mi madre siempre le decía, vaya usted a saber por qué, lo mismo que Helenio a su segunda mujer, Dolores: «Me casé con un balón». Y ahí lo dejaba. Durante cinco años, desde los diez a los quince, cada domingo, me acompañó a los partidos para gritar como los demás padres, exigiéndonos un rendimiento que ellos jamás tuvieron, intentando curar sus frustraciones con nuestros futuros éxitos, que nunca llegaron.

Seguramente soñaba con verme triunfando, como al otro H. H., y se sentía frustrado cuando mis actuaciones no se correspondían con sus aspiraciones. «A Helenio le apodaban el Mago —me dijo un día en tono lastimero—, pero a ti, como mucho, te llamarán el Escapista, porque desapareces en cuanto el partido se complica». El muy desgraciado no pretendía otra cosa que hacerme sentirme mal, pero estaba, sin saberlo, anticipando mi futura carrera en la política.

Solo cuando ganábamos o marcaba algún gol, me daba una espléndida propina de cinco duros. Aquellas monedas que tenían un agujero en el centro, como los donuts. A cambio me pedía que le diera un beso. Yo apretaba la tripa, cerraba los ojos para estamparle el beso en la mejilla y después salía a la carrera con el premio en la mano. Era algo parecido al asco, pero mayor rechazo me producía ver cómo acariciaba a mi madre, y cómo ella se dejaba. Cuando a los quince años dejé el equipo, se acabaron nuestras escasas complicidades.

Un día escuché una conversación entre ellos: «Gerardo, ¿puedo preguntarte una cosa? ¿De dónde sacas el dinero para las propinas de H. H.?». La curiosidad era lógica, porque mi madre administraba los fondos que religiosamente le entregaba mi padre cuando iba al banco al principio de cada mes. «No hagas preguntas que no debes hacer, Teresa. No querrías escuchar la respuesta. Pero que sepas que el urbanismo es como las bodas de Caná, a ti que tanto te gusta ir a la iglesia. El agua se transforma en vino. Pues así es en el Ayuntamiento… Los expedientes se transforman… en otra cosa». Guiñó un ojo y se descacharró de risa, con un cinismo impúdico. Posiblemente esa fue la primera y única gran enseñanza de mi padre.

—Candidato Hurtado. Situémonos de nuevo en esos primeros años de vida. ¿Recuerda su primer día de colegio? —inquirió rendida la periodista, quien cumplía a rajatabla las instrucciones que le había pasado Ramírez sobre las preguntas que tenía que hacerme.

—Por supuesto: era un día de bochorno de esos que funden la sangre. Me acompañó mi madre, y yo me sentía el niño más afortunado del mundo. La amaba con locura y tenerla en ese momento allí, conmigo, era mi máxima aspiración. Cuando llegamos a las puertas del colegio de Santa María, una monja, la que sería mi profesora los años siguientes, la madre Sofía, me alzó con sus manos y me miró. Le dijo a mi madre que era un niño precioso y que tenía cara de listo. Que pronto aprendería a leer y a escribir. Y que también estaba convencida de que iba a ser un hombrecito muy importante. Bueno, imagino que se lo decía a todos, pero a mí lo de ser importante me llenaba de orgullo. —Sonreí, forzando el hoyuelo de mi pómulo izquierdo, uno de mis principales trucos para seducir al electorado.

Una vez más, la realidad era muy diferente. Acostumbrado a ser el dueño de mi casa, condición que mantendría a lo largo de toda mi vida como hijo único, mi madre tuvo que arrastrarme todo el camino hasta llegar al colegio. Para entonces, la bata ya estaba llena de manchas varias y de lamparones del chocolate que había desayunado. Nada más ver el corrillo de críos que esperaban la llamada de la campana para entrar al patio, me puse a llorar sin consuelo, como si el fin del mundo estuviera a punto de suceder. La madre Sofía me cogió de la mano con displicencia y me miró como a una rata. «Es el primer día y, por esta vez, no lo voy a tener en cuenta. Pero no vas a volver a llorar. Y ahora tira para adentro», me espetó la monja y, agarrándome del brazo, me arrastró hacia el interior como un pelele. No me giré para ver a mi madre, porque imaginé que, para entonces, ya estaría camino del supermercado.

Durante los días, semanas y meses siguientes, me senté en un pupitre de la última fila y observé. En aquel tiempo, aprendí que, para sobrevivir, lo mejor era indagar con detenimiento. Los humanos siempre hemos sido como los animales, criaturas de costumbres. Todos nos comportamos de un modo parecido, con una disciplina que nos hace predecibles. El buen observador tiene que estar pendiente de las incidencias que puedan alterar la estabilidad del ecosistema. Si alguien se comporta de forma distinta a la habitual, hay que desconfiar.

A su vez, la madre Sofía también me miraba y se daba perfecta cuenta de mi estatismo contemplativo. Hasta que un día me llamó a su mesa, la mesa de la autoridad. «Humberto, quiero proponerte algo. Mira allí, en el baño: hay un disco colgado de la puerta con el color verde en el anverso y el rojo en el reverso. He visto estas semanas que eres un hombrecito de orden. Lo vas a demostrar. Te voy a sentar en la puerta y, cuando alguien entre en el baño, tienes que poner el disco en rojo. Luego, cuando vuelva a estar libre, en verde. No queremos poner cerrojos ni que nadie se encierre. ¿Lo entiendes? Además, si me cuentas qué chicos se portan mal, tendré un premio para ti».

Asentí mientras me hurgaba el caño izquierdo de la nariz. Pensé que de esa forma podría mirar por encima del hombro a todos los mocosos que compartían aula conmigo. Fue mi primera experiencia como titular de prerrogativas, y pensé que la tarea que me había asignado la monja me hacía superior a esos enanos a los que todavía se les escapaba el pis por la entrepierna del pantalón. Tan orgulloso estaba que, nada más ver a mi madre a la salida del colegio, le dije que me habían nombrado jefe y que, si me pagaban algo, la invitaría a una Coca-Cola. Doy mi palabra de que hubiera sido así de haber sido compensado. Pero la muy miserable de la monja jamás se rascó el bolsillo de su hábito.

De aquel modo, fui logrando cierta fama entre mis compañeros, sentado en la silla como un santo en una hornacina velando por la seguridad del urinario. Incluso llegué así a conseguir mis primeras comisiones. Saquear a esa panda de meones era una tarea bastante sencilla. Bastaba con negarles el paso al baño en un estado de aguda necesidad y pedirles una chuche o un pedazo del bocadillo del recreo para dejarlos entrar. Es cierto que a cambio me tenía que tragar olores pestilentes, pero así es como aprendí que, para sobrevivir, muchas veces tenías que taparte la nariz o, directamente, sumergirte en la basura.

Pero, además, con este encargo comencé a experimentar el placer casi físico del poder. Tenía un pacto con los matones del patio: solo pegarían a los que yo les dijese, si querían que no los putease en el baño ni los acusase de lo que fuese ante la monja. Los débiles me hacían la pelota para que los protegiese, y los chulos se llevaban bien conmigo, por si acaso. Lo importante, como siempre, era ejercer ese poder sin que se notase.

—¿Recuerda algún momento que le marcara para siempre? En esos años de infancia, ocurren cosas que a veces son difíciles de olvidar.

La presentadora entornó los ojos cuando acabó de hacer la pregunta, probablemente porque ya le habían adelantado la respuesta.

—Sin duda, la muerte de mi abuelo. Dormía en la habitación contigua a la mía. Todas las tardes, antes de acostarme, me acercaba a su cama y hablábamos de cualquier cosa. De la guerra, del odio, de la necesidad de superar los traumas del pasado. Cuando yo tenía diez años, un buen día de vuelta del colegio, mi madre me dijo que se había muerto. Para ella, su hija, suponía perder al referente de toda su vida. Y, sin embargo, la vi fuerte. Me llamó la atención su entereza en ese momento. Fue otra gran lección que no he podido olvidar.

La realidad, otra vez, distaba mucho de la respuesta. Mi abuelo llevaba años, al menos desde antes de mi nacimiento, postrado en su cama, ciego y mudo. Mi madre siempre contaba anécdotas macabras sobre la vida de su padre, que iba transformando día a día con una capacidad creativa espeluznante. Cada vez más sórdidas. Lo peor de todo era que se creía su propia historia, que nada tenía que ver con la que había contado la semana anterior.

Con el recuerdo de mi abuelo moribundo todavía presente, fui bajando la mirada para elevarla nuevamente hasta fijar los ojos en la nariz de la entrevistadora. Mi tono de voz fue descendiendo hasta convertirse en un sonido casi inaudible. Habíamos llegado al acuerdo de que en ese momento la entrevista tenía que ser muy emocional para captar la atención de la audiencia.

—Desde luego es una historia triste. Todos, de un modo u otro, hemos tenido que atravesar algún momento así en nuestras vidas —dijo la presentadora, con un ademán de resignación, encogiendo a continuación los hombros y posando la vista en la cartulina que sostenía en las manos—. Pero vayamos con la siguiente cuestión. Ha llegado el turno de los telespectadores, que quieren que le preguntemos cuál fue el primer episodio histórico que recuerda y que más ha condicionado su vida.

Sin dudar un instante, respondí con tono grave:

—La muerte de Franco. Aquel día estaba jugando en el parque y vino corriendo mi madre a buscarme. Recuerdo a muchas otras madres llegar en tropel a buscar a sus hijos para llevarlos a sus casas. No comprendí al principio la razón de tanto jaleo, pero pronto me explicaron lo que había ocurrido. Sentí una extraña sensación de liberación, algo parecido a lo que se debe sentir cuando recobras la libertad después de haber pasado unos años en prisión. Y eso que yo solo tenía siete años. Mi padre me dijo que me sentase a su lado a ver la televisión, y así pasamos las horas restantes de aquel día. Tenía una sensación placentera que no acertaba a entender, pero que era muy agradable. —Sonreí a la vez que resoplaba, como si ahuyentara de mí algún recuerdo desagradable de aquel frío noviembre.

Mi biografía inventada no era capaz de evitar que afloraran los recuerdos de ese momento que guardaba en mi memoria.

Aquel 20 de noviembre, mi madre apareció de sopetón en el parque, sobresaltada, gritándome con su voz frágil y escurridiza: «¡Vamos a casa! Hay que esperar que venga tu padre. Y no te muevas de la habitación hasta que te digamos. No sabemos qué puede ocurrir ahora. Me dice la tía Julia que el ejército está movilizado y que, en cualquier momento, pueden tomar las calles». Lo cierto es que la idea de ver militares desfilando por mi barrio me parecía excitante.

De hecho, por aquel entonces, me hubiera gustado ser militar y tener un tanque para disparar a troche y moche. O ser obispo, de esos que mandaban bajo palio y con una cohorte de curas que le hacían la ola. La primera vez que le dije a mi padre que quería ser obispo me soltó una carcajada burlona, y, cuando cambié de opinión y le dije que mejor general del Ejército de Tierra, me respondió que me encerrara en mi habitación «antes de que me soltara dos hostias sin bendecir». Mi padre pensaba que mi cabeza no tenía límites para decir burradas y que estas me caían por la boca a chorro. Mi madre, sin más, no me hacía ningún caso y me observaba con sincera ternura.

Cuando mi padre regresó a casa, sentí una inquietud todavía mayor a la habitual. Había en sus ojos un gesto de amargura que se confundía con un miedo inaprensible.

«¡Joder, que se ha muerto Franco! Y dicen que viene la democracia, sea lo que sea eso. Toda la morralla de alborotadores estará frotándose las manos porque ven que esto puede cambiar. Aquí va a pasar que dejarán de trincar unos para que trinquen otros».

Cuando terminó su alegato, le ordenó a mi madre que tirara a la basura la fotografía de Franco que teníamos en el salón y otra en la que estaba con un grupo de falangistas cantando el «Cara al sol».

«Tenemos que adaptarnos rápidamente, porque todo va a ser diferente a partir de ahora. Y quiero que lo entendáis, porque no lo voy a repetir. En esta casa, nunca hemos sido franquistas. ¿Lo tenéis claro? Nunca», sentenció.

Mi madre abría atribulada los ojos, como si acabara de ver a Lázaro levantarse realmente de entre los muertos. Habíamos dejado de ser franquistas en un pispás. Yo tenía un nudo en la garganta y no me atrevía a hablar hasta que, pasado un buen rato, me quedé a solas con ella: «Pero a papá le gusta cantar esa canción con el brazo en alto y ver los desfiles con esos tra­jes folclóricos, ¿no?». Mi madre se llevó el dedo índice a los la­bios, haciéndome el gesto de callar. Yo obedecí y no volví a mencionar aquello nunca más.

Nos convertimos en antifranquistas de primer año. Me sequé las lágrimas y me tranquilicé. Y más cuando recibimos la noticia de que las clases se suspendían una semana en señal de luto oficial por la muerte de Franco. Lástima que no resucitara de vez en cuando para volver a morir. Deberían haberme dejado tomarle el pulso para comprobar si estaba muerto. Ya tenía experiencia.

Mientras transcurrían aquellos días, aciagos para unos, venturosos para otros, el advenimiento súbito de mi familia a la democracia me enseñó que, por muy sentidas convicciones que se puedan tener, todas son susceptibles de ser cambiadas de la noche a la mañana. Nada es inmutable y, en general, el tiempo disuelve las contradicciones. Uno de los ejercicios que más me gustaba practicar con los responsables de mi partido era el de cambiar de opinión radicalmente sobre un asunto. Ajustaban el paso a una gran velocidad, entre el miedo y la aprensión. Decían y hacían lo que quería, porque yo mandaba. Así de sencillo.

—Puedo decirle, sin riesgo a equivocarme, que hoy conocemos mucho mejor al candidato Hurtado. Ahora solo queda esperar el resultado electoral ¿Puede usted adelantarnos su pronóstico? —La presentadora no podía ocultar el alto grado de satisfacción con el que se había desarrollado la entrevista. Soltó una sonrisa fallida y me miró con una complicidad poco disimulada.

—Estamos en manos de todos los ciudadanos. La democracia es que la gente decida y la gente es inteligente. Pone a cada uno en su lugar. Lo aprendí en mi casa desde niño —sentencié de corrido.

—Le agradezco que haya compartido con nosotros esta entrevista en la recta final de su campaña. Creo que esta mañana ha viajado usted a Santander y a Oviedo. Faltan apenas siete días, así que le deseamos suerte, de todo corazón —agradeció la presentadora con pretendida sinceridad.

—Así es. Gracias a usted y a toda la audiencia. Y vayan to­dos a votar el próximo domingo. —Giré la vista hacia la cámara y miré fijamente hacia el centro. Esa era la actitud correcta. Por un momento, pensé que Elena también estaba contemplando la función, como el resto de los millones de personas que nos estaban viendo. La diferencia era que ella conocía la tramoya a la perfección, del mismo modo que conocía todo sobre mi vida. No sabía a ciencia cierta si mi representación habría superado su análisis crítico, y más en ese momento en el que ella hacía pasar todo por la trituradora del despecho.

En cuanto acabó la entrevista, y mientras terminaba de saludar a los espectadores del plató, Ramírez me abordó sin contemplaciones.

—Has estado estupendo, jefe, pero me temo que no tenemos tiempo de relamernos. Me ha llamado Pedro. Hay un «asunto» que requiere tu intervención. Nos pide que nos reu­na­mos ya mismo en el restaurante de Ramos, antes de tu cena con Carmen.

—¿Y qué es eso tan misterioso que nos tiene que contar ahora este? —pregunté enojado. Detestaba los contratiempos, y más teniendo en cuenta que faltaban apenas seis días para las elecciones.

—Ni idea, jefe. Alberto viene para acá también. En cuanto llegue, nos vamos —concluyó Ramírez.

3

A decir verdad, Alberto casi no había cambiado en lo esencial. O, al menos, yo no tenía consciencia de que así fuera. A mi lado, en el coche que nos llevaba al restaurante de Ramos, mi amigo de la infancia chasqueaba los dedos mientras observaba la pantalla de su móvil.

—Ya sabéis que no suelo ser demasiado optimista —dijo sin apenas tomar aire—, pero creo que estamos muy cerca de la mayoría absoluta. Leo los comentarios de la gente tras la entrevista y, joder, has triunfado. Parece que Elena piensa lo mismo. Me ha escrito a mí porque dice que no quieres saber nada de ella. «Es un sinvergüenza, pero confieso que ha estado insuperable. Díselo si te atreves. Que es un sinvergüenza». Pues nada. Que sepas que eres un sinvergüenza.

Lo observé detenidamente y contraje los hombros en un gesto inequívoco de resignación. Alberto me sonrió con esa mueca que había visto millones de veces desde que lo conocí con diez años.

Subimos al coche y Ortega, mi guardaespaldas, achuchó al conductor.

—Pisa a fondo, Andrés, que el jefe ha quedado después en Velázquez a cenar con su mujer y no debe hacerla esperar.

El chófer asintió y arrancó con brusquedad cuando el semáforo se puso en verde. El rally duró lo que dura un suspiro, porque a escasos cien metros el tráfico se había paralizado por completo. Con desgana, a sabiendas de que era inútil agobiarse, me arrellané en el asiento y me puse a leer los borradores de discurso del día siguiente—. Ninguna novedad, por lo que veo. Vamos con los mismos contenidos. Parece que Quintanar se está quedando sin inspiración. Habrá que pensar en contratar a otro, con un estilo diferente, más institucional.

Alberto evitó contestarme y esbozó un gesto de asentimiento, frunciendo los labios y agitando la cabeza. Como el día en que lo vi por primera vez.

Había abandonado el colegio de monjas y, como en el orden arcangelical, había ascendido al trono de los mayores. Me tocaba ahora practicar el sonambulismo en las aulas del colegio de San Francisco.

«Os presento a Alberto García. Va a ser vuestro nuevo compañero a partir de ahora. Se incorpora hasta final de curso y quiero que lo tratéis como corresponde. —El padre Casimiro tenía la costumbre de hablar y agitar el faldón de la sotana a la vez, por lo que no quedaba claro si la voz procedía de la laringe o del peroné—. Pasa al fondo y siéntate en el pupitre que está vacío. Te presento a tu compañero, Humberto».

Aquella irrupción repentina en el aula me sacó de mi natural estado de duermevela. Alberto avanzó por el pasillo, esquivando mochilas y carteras, y se dejó caer en la silla con naturalidad. Recorrió con una mirada de suficiencia toda la sala, como si quisiera apoderarse de ella en ese preciso y único instante, y comenzó a sacar sus cuadernos de la mochila. Me llamó la atención el control aparente que ejercía sobre todo y sobre todos. Fue en ese momento cuando se giró hacia mí y sonrió con la marca de esos labios carnosos, antes de que existiera el ácido hialurónico.

Se sumaba así a mi retaguardia. Porque los curas habían tenido la genial idea, como antes las monjas, de situarme al fondo del aula. En ese sentido, la transición de los hábitos de monja a las sotanas de sacerdote en el nuevo colegio no había deparado ninguna novedad. Desde mi posición en la retaguardia, contemplaba, como en una película, las escenas que se sucedían. Los niños embadurnados de tiza, resoplando mientras resolvían la última multiplicación de di

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