Laura, amiga:
Si lees esto y no me llamas en menos de cinco minutos, sabré que has sido abducida por unos extraterrestres o que al final has huido con el frutero del mercado. Ambas opciones me parecen plausibles. Si es lo segundo, espero que al menos te haya llevado a un sitio con buen café y silencio absoluto.
Eres la amiga con las mejores ideas del mundo. Te juro que, cuando me propusiste que nos mandásemos cartas, me entraron ganas de recomendarte a mi terapeuta… Pero, oye, ahora que me he puesto, creo que ha sido una brillante idea. ¿Por qué siempre se te ocurren estas cosas a ti y no a mí? Je, je, je…
¿Me crees si te digo que he encendido una vela y he puesto música de fondo?
Ayer, después de que criticáramos las notificaciones del móvil, las prisas, el no llegar nunca a nada y el agotamiento perpetuo, supe que volver a hacer algo sin pantallas y sin WhatsApp y sin esa urgencia absurda de estar siempre disponibles nos irá de perlas.
Dijimos que queríamos recuperar algo de la vida de antes, como el diario que escribíamos cuando éramos adolescentes, o mejor aún: cartas de amor. Aunque, querida, lamento decirte que esta carta te la mandaré yo, no tu marido. Y bueno, aquí estoy, escribiéndote entre una pila de ropa sin doblar, un lavavajillas por vaciar y un niño que, justo en este instante, acaba de descubrir que la plastilina se puede comer.
Hoy mi día ha empezado con una pelea absurda con Isaac por todo y por nada, porque Diego ha decidido que la noche es el mejor momento para entrenar su capacidad pulmonar.
Yo estoy agotada, él está agotado, pero al parecer su cansancio es más legítimo que el mío.
En fin, lo de siempre.
Aunque, para ser justa, hace un rato me sorprendió con un café caliente (¡sí, caliente!) y una notita en la que ponía «Lo estás haciendo increíble». Casi lloro. Ridículo, ¿verdad?
Tal vez.
Cuando llevas un tiempo sintiéndote una sombra de ti misma, esos pequeños gestos valen oro. Estoy considerando seriamente la posibilidad de enmarcar la nota y colgarla en la pared como si fuera un cuadro de Picasso. O tatuármela en la frente para cuando me mire al espejo y dude de mi existencia.
Y sí, Laura, lo que hablábamos ayer sigue siendo verdad: amo a mi pequeño con todo mi ser. No hay nada en este mundo que me haga más feliz que su risa, sus abrazos y esas manitas pegajosas que me tocan la cara. Pero a la vez me siento agotada, perdida.
Extraño a la mujer que fui antes de convertirme en mamá.
Y sí, sé que me entiendes, porque lo vives multiplicado por dos con tu par de fieras. ¿Cómo hemos llegado a este nivel de agotamiento y amor a partes iguales? ¿Es esto la vida adulta? Si es así, exijo el reembolso.
O al menos un vale por una noche de sueño continuo y un desayuno sin interrupciones.
Ayer en pilates, mientras nos quejábamos en silencio y nos reíamos (con dolor) de nuestras desgracias, me di cuenta de que esos momentos son los que nos mantienen a flote. No importa si tenemos agujetas, al menos seguimos juntas. Y no nos olvidemos del café con leche después de cada clase en esa cafetería tan moderna del Borne… No sé qué tienen esa calles de Barcelona que entremezclan la memoria de lo que fue y los locales más modernos y cool de la ciudad. Son magia para nosotras.
Bueno, lo del monitor es solo un pequeño aliciente visual, que menos es nada. Y, tía, te juro que el modo en que me miró al acabar la clase no fue ni medio normal, ¡para nada!
No puedo quitarme su mirada de la mente… Parecía un depredador hambriento, sexy y letal que me ofrecía una tregua antes de abalanzarse sobre mi yugular. Por unos instantes me pareció que el mundo iba a cámara lenta. Joder, me siento fatal, pero me puso demasiado.
¿Crees que debería dejar el gimnasio para evitarle?
¿Me lo estoy imaginando?
¿En serio me está tirando la caña?
Ya no sé lo que es eso ni cómo reaccionar… Por nada del mundo quiero ilusionarme con semejante distracción. ¡Qué vergüenza! Porque, claro, ni fantasear nos permitimos sin sentir culpa. ¡Dios! Antes nos preocupábamos por si íbamos bien peinadas al trabajo. Ahora nos inquieta pensar si llevamos una pegatina de Peppa Pig en el pantalón. O si la ropa nos huele sospechosamente a leche agria.
La culpa…, ese monstruo que no nos suelta. Culpa por no ser la madre perfecta, por perder la paciencia, por necesitar un minuto a solas, por recordar con nostalgia aquellos días en que teníamos tiempo para pintarnos las uñas sin que nadie nos interrumpiera. Culpa por querer huir, aunque sea un ratito, pero también por no querer separarme de mi niño ni un segundo porque me derrito cuando me dice «Mamá, guapa».
Tía, seamos sinceras: a pesar del caos, de las noches sin dormir, de los berrinches y del lavavajillas siempre lleno, no hay amor más bestia que el que sentimos por nuestros hijos. Lo vale todo. Aunque, si soy sincera, también lo valdría una siesta de tres horas. O una semana en un spa sin cobertura. O, puestos a soñar, un año sabático en una isla privada con servicio de habitaciones y prohibición estricta de canciones infantiles. Y si viene el de pilates, pues, oye, que nos quiten lo bailado. ¡Je, je, es coña! Con mi marido, si volviera a ser el tipo seductor que era cuando nos enamoramos, ya sería feliz.
En fin, te dejo porque Diego ha descubierto que la mejor forma de expresarse artísticamente es lanzando yogur contra la pared, y ya no tengo fuerzas para seguir en modo zen. Estoy a punto de meter la cabeza en el horno, pero no lo haré porque está sucio y me falta energía para limpiarlo antes de hacerlo. Además, me acabo de poner una henna de color cobre que me ha quedado verdosa, y las cuatro canas que quería tapar se siguen viendo.
Y esto, amiga mía, resume mi vida a la perfección. Escríbeme pronto, dime que tú también te sientes así a veces. O miénteme, dime que lo tienes todo bajo control y dame la falsa esperanza de que algún día dormiremos de nuevo.
O, no sé, quedemos para tomar un café.
Con amor (y agujetas), tu amiga en crisis,
ANA
Querida Ana (o quienquiera que seas):
Creo que esta carta no era para mí. De hecho, estoy bastante seguro de que no lo era, a menos que haya olvidado algún episodio de mi vida en el que fui madre, tuve una amiga llamada Ana y asistí a clases de pilates. Lo único que podría ser real es que ahora mismo yo también tengo agujetas, aunque no es por el pilates, te lo aseguro. No descarto ninguna posibilidad, pero lo veo poco probable.
El caso es que abrí el sobre pensando que era una factura (mi única correspondencia últimamente) y, en lugar de eso, hallé un pedazo de vida ajena lleno de caos, amor y un humor que me ha arrancado una carcajada en el desayuno. Por un momento, me encontré ahí, entre tus palabras, sintiendo esa mezcla de agotamiento, ternura y ganas de meter la cabeza en el horno (aunque admito que el detalle de no hacerlo porque está sucio me hizo reconsiderar algunas cosas de mi cocina).
Mientras leía, sin querer te imaginé en tu casa. No sé cómo es, pero en mi cabeza hay juguetes desperdigados, una taza de café fría en la mesa y una chaqueta infantil abandonada en el sofá. Te imaginé con tu hijo, con tu marido, viviendo ese torbellino de amor y cansancio, y por un instante fue como ver el primer capítulo de una serie que te engancha desde el principio. Esa clase de historia que te atrapa porque sientes que ahí hay algo real, algo que merece la pena conocer. Dudé mucho antes de escribirte, pero, al final, ¡mira!
No quise quedarme como el vecino entrometido que lee una carta privada y sigue con su día como si nada. Me pareció injusto dejar sin respuesta a alguien que, aunque no sé quién es, está claro que necesitaba desahogarse. Busqué en los buzones a ver si había alguna Laura en el edificio, pero en ninguno aparece ese nombre… Así que aquí estoy, devolviéndote una carta que nunca debió llegar a mis manos, pero que, en cierto modo, me alegro de haber leído. Porque, aunque nuestra vida sea diferente, el sentimiento de estar un poco perdido es universal.
Por cierto, en lo que se refiere a tu monitor de pilates, quiero decirte algo: no te sientas culpable. Somos humanos. A veces, cuando nos creemos invisibles y estamos agotados, notar que alguien nos mira o nos hace sentir un poco vivos es como encontrar la carta de una desconocida un día en que sientes que la soledad empieza a pesarte. No es más que eso.
No eres mala por disfrutar de la sensación de que aún existes más allá de ser madre, esposa o la persona que recoge los juguetes del suelo. Quizá lo que deseas no es al monitor, sino recordar lo que se siente cuando alguien te ve, cuando alguien te admira sin que tengas que pedírselo. Y eso, créeme, no te hace ser egoísta ni mala persona. Solo te hace real.
Y coincido contigo: el Borne es el mejor barrio de la ciudad.
Ya que estamos, voy a proponerte algo: si necesitas seguir escribiendo y desahogándote sin miedo a que te interrumpan con un «Mamá, tengo hambre» cada dos minutos, vuelve a escribirme. Tienes mi dirección en el sobre que guardaba esta carta, así que no habrá duda ni equivocación. No sé si soy la persona adecuada para responderte, pero sé lo que es necesitar que alguien te escuche sin juzgarte, sin intentar arreglarlo todo, solo estar ahí.
Además, estoy seguro de que el agotamiento te queda bien. Porque, cuando se quiere tanto como tú explicas en la carta, se nota. Y hay belleza en eso, aunque a veces cueste verla detrás de las ojeras y las dudas. Entiéndeme, es como cuando alguien se enamora: se le pone buena cara, se pone guapo, vaya. Algo así.
Si decides aceptar este extraño giro del destino, estaré esperando tu respuesta. Si prefieres dejarlo aquí y fingir que esta carta nunca ha existido, lo entenderé. Eso sí, prometo que no volveré a abrir cartas que no sean mías.
Y, por cierto, disculpa, que no me he presentado. Soy Yago, encantado.
Hola, Yago (o ladrón de correspondencia, aún no lo tengo claro):
Bueno, esto sí que no me lo esperaba.
No todos los días se desahoga una en una carta con la esperanza de que su mejor amiga la lea y en su lugar recibe la respuesta de un vecino misterioso que, por lo que veo, además de entrometido, tiene bastante talento para escribir. Digamos que es… intrigante.
Lo primero: gracias por responder.
Si no lo hubieras hecho, habría añadido otra crisis existencial a mi colección. Imagina el drama: mujer agotada, al borde del colapso emocional, decide recuperar las viejas costumbres del slow life y, en lugar de recibir apoyo, su carta se pierde en el limbo. Lo mismo me daba por escribirle a la nevera.
Segundo: me ha encantado la forma en que te has imaginado mi casa. Permíteme corregir algunos detalles. La taza de café fría es acertada. La chaqueta infantil abandonada en el sofá también. Pero te ha faltado mencionar el bote de pintura medio derramado en la mesa, los calcetines desparejados esparcidos por el sofá —¿por qué siempre se pierden las parejas? ¡Es que no lo entiendo!— y el dinosaurio de juguete que me persigue como si tuviera vida propia. Mi casa es un campo de batalla, Yago. Y yo soy una soldado raso.
Y ahora vamos a la parte que me ha hecho soltar una carcajada y suspirar con alivio al mismo tiempo: el tema del monitor de pilates. Gracias por no hacerme sentir como una persona terrible por haberme visto atraída por un chico guapo, sexy y libre que no me pregunta en qué me he gastado tanto dinero con la compra semanal. Y tienes razón, quizá no sea él quien me atrae, sino el hecho de recordar que, en algún momento, fui alguien que podía despertar deseo sin tener que pedirlo.
No sé qué me empuja a escribirte, pero, si mi carta terminó en tus manos, quizá era justo lo que tenía que pasar. Además, Laura y su superidea se han desvanecido. ¿Te puedes creer que el otro día le pregunté si la había recibido y me contestó algo así como «¿Qué carta, tía? ¿Te lo tomaste en serio? Flipo con que creas que tendré tiempo para eso. Solo era una buena idea, no algo real»? Y se echó a reír justo antes de darle una calada al cigarro que siempre promete que será el último. Así que… ¿Por qué no?
¿Sabes que cuando envié la primera carta me invadió una increíble sensación de paz? Como de estar haciendo algo bien, de haberme tomado un momento para mí, solo para mí, de haber plasmado mis emociones sobre el papel, de haber evitado unas lágrimas y haberlas cambiado por una sonrisa… Porque, mientras escribo, me río. No lo puedo remediar.
Pero, Yago, no voy a contarte más miserias sin ayudarte un poco a ti también, si me lo permites. Así que cuéntame… ¿A qué se debe tu soledad y que solo recibas facturas?
Perdona el atrevimiento, pero, si te apetece, cuéntamelo.
Prometo no juzgarte si un día eres tú el que necesita desahogarse.
Atentamente (y con un poquito menos de desesperación que la última vez),
ANA
Querida Ana:
Si hace una semana me hubieran dicho que estaría esperando con curiosidad la respuesta de una desconocida que me escribió una carta por accidente, habría soltado una carcajada incrédula. Y, sin embargo, aquí estoy, con tu carta en la mano y la sensación de que esta conversación epistolar tiene algo de inevitable.
Gracias por escribir.
No te mentiré: cuando vi el sobre, dudé si abrirlo o no. Por un lado, temía que hubieras decidido reclamar mi indiscreción con una amenaza legal o, peor aún, con una invitación a limpiar el yogur de tu pared. Pero al final ganó la curiosidad y me encontré con otra entrega de tu maravilloso caos.
No sé por qué, pero me alivia saber que aceptas la rareza de esta situación. Quizá, de algún modo, también la necesito. No en el mismo sentido que tú, claro: no tengo un dinosaurio de juguete persiguiéndome por la casa ni una taza de café frío a
