Primera parte
El hombre que iban a matar se llamaba como él, estaba vestido como él y era tan pequeño como él. Y, de no haber sido porque lo ayudó en el juicio, no habría tenido valor para verlo ahorcar. Pedro Regalado observó el patíbulo que le habían montado a Pedro Prestán y sintió escalofrío: lo habían trepado sobre una caja en la plataforma del tren, y en lo que le pareció el colmo del sadismo, habían colocado un ataúd abierto en el suelo.
Pero si habían pensado doblegar a Prestán se habían equivocado, porque el hombrecillo aparecía sereno, dirigiendo incluso a los verdugos, dando instrucciones en su coreografía macabra. Y allá arriba, en su saco y pantalón a rayas, camisa almidonada, chaleco, sombrero y gabardina, proyectaba su imagen de siempre: de jefe. Todo en Prestán transmitía entereza y Pedro Regalado recordó cómo, durante el juicio, Prestán se había mantenido fiel a su estampa de persona que sólo despierta grandes pasiones, sin términos medios.
Era el año de 1885, cuando Panamá era un Departamento de Colombia y el Istmo participaba de las acostumbradas guerras entre liberales y conservadores. Pedro Prestán, un liberal, se había tomado Colón, pero ante el avance conservador había huido a Barranquilla, dejando atrás la ciudad en llamas.
Allá lo apresaron y lo regresaron a Colón, donde pasó cinco días en la cárcel. Al sexto, lo juzgaron y condenaron. Entre los cargos estaba el haber incendiado la ciudad, a pesar de que Prestán alegara que él nunca habría quemado Colón porque aquí vivía su familia y aquí tenía propiedades, que los verdaderos incendiarios eran los gringos, que necesitaban justificar otra intervención en Panamá y sabotear el canal francés. Los gringos, había dicho Prestán en su defensa, no sólo habían incendiado la ciudad sino catorce barcos con mercancía francesa.
Viéndolo sobre la caja, sin una gota de sudor no obstante el calor y lo pesado de sus ropas, Pedro Regalado se dijo que se había identificado con Prestán desde que coincidieron en el barco, cuando ni remotamente pensó que lo auxiliaría en el juicio. Entonces, y a pesar de sus cadenas, Pedro Prestán se había mantenido erguido, elegante, estableciendo superioridad, más evidente aun con la gente que hoy había venido a presenciar su ejecución: soldados en uniformes raídos, burócratas en trajes domingueros, oficiales de mostachos simulando conversar, chinos que no paraban de fumar, negros semidesnudos de ojos muy abiertos, como preguntándose de entre cual de ellos saldría el próximo ahorcado. Y gringos y europeos muertos de la risa, una puta en cada brazo, seguros de que a ellos nadie nunca les pondría una soga al cuello.
Pedro Regalado mantuvo la vista en Prestán y por un instante sus ojos se encontraron. Y en su leve sonrisa, Pedro Regalado volvió a sentir la arrogancia, la temeridad que lo había llevado a ponerle un revólver en la cabeza al cónsul gringo y decirle que, si no le entregaba armas, le votaba el cerebro. Pedro Regalado estaba convencido de que fue esta osadía, más que ninguna ciudad en llamas, fue lo que selló el destino de Prestán.
Porque nadie toca a un gringo, mucho menos a un cónsul gringo. Y con la ejecución de Prestán se mandaba un claro mensaje a todos estos latinos atrevidos.
Un cura hizo la señal de la cruz y procedió a leer de la Biblia. Pedro Regalado tragó fuerte y apretó la mano de su esposa, Antonia. Cuando el cura terminó, Pedro Prestán se dirigió a los presentes y, con voz tranquila, insistió en su inocencia y perdonó a todos. Uno de los verdugos, entonces, tan elegante como Prestán y poniendo su mejor rostro para la fotografía, dio la orden de empezar.
El vagón se movió. La soga reclamó a Prestán, obligándolo a inclinarse. Los pies se aferraron a la caja pero la plataforma se la llevó y lo dejó colgando en el aire.
Los próximos segundos le parecieron eternos a Pedro Regalado. Porque al caer Prestán la soga se templó, subiendo y bajándolo tres veces, partiendo y estirándole el cuello y ladeándole la cabeza. Entonces Prestán pataleó, como ordenando a la tierra subir a sus pies. Pero la tierra no obedeció. Pedro Prestán permaneció quieto al fin y a Pedro Regalado le llamó la atención que durante todo el ahorcamiento Prestán había conservado el sombrero, como un grotesco triunfo final, la casi cómica inclinación del sombrero su gesto obsceno de despedida.
Pedro Regalado y Antonia empezaron a caminar hacia su casa. Iban en silencio, de prisa y Pedro Regalado volvió a decirse que era irónico que él, que había venido a Panamá para escapar de las guerras de Colombia, hubiera caído de bruces en una. Y nuevamente cuestionó su buen juicio cuando, con sólo veinte años de edad y una esposa, había escogido Colón para vivir.
En 1885, la “ciudad” de Colón, en el lado atlántico del Istmo, era un manojo de casas que se proyectaba desde la estación del ferrocarril, construido por los norteamericanos cuando la seguridad en Panamá era tan mala que habían tenido que contratar a un pistolero llamado Ron Runnels quien, fusilando a diestro y siniestro, impuso orden.
En la “Avenida”, una trocha llamada del Frente, por estar frente al mar, se alineaban oficinas y negocios. Las casas, con excepción de la estación del tren, eran de madera y, con el incendio atribuido a Prestán, algunos caseros empezaron a sentar bases de concreto pero conservando la estructura de tablas. Porque los lotes los alquilaba la Compañía del Ferrocarril y nadie tenía asegurada la renovación de su contrato. La madera y el apiñamiento garantizaban incendios periódicos en lo que se dio en llamar la “maldición de Prestán”. Los colonenses adoptaron, al efecto, el ave fénix como escudo de su ciudad.
Las “cantinas” eran unos huecos en las plantas bajas, con dos o tres mesas que sólo se usaban para cerrar transacciones con prostitutas, los regulares prefiriendo las “barras”, un pie sobre el riel. Había cuatro o cinco bacinillas para escupir pero por lo general los gargajos iban a dar a la calle, en donde se mezclaban con las corrientes de orines y materia fecal, todo misericordiosamente renovado por las constantes lluvias.
Las riñas eran frecuentes, los abaleados y acuchillados debiendo procurarse por ellos mismos porque no se sabía cuándo habría un médico disponible. Los curanderos llenaban el vacío, cosiendo y compartiendo con sus pacientes una botella de ron.
Los restaurantes también eran de pie, con platos de cartón que se llenaban de carnes conocidas y otras por conocer, la grasa nivelando sabores. Los sastres rara vez cosían ropa nueva, porque el clima, con su agobiante calor, propiciaba la desnudez. Su labor primordial era la de remendar, porque el que tenía algo de dinero y cerebro agarraba el tren para Panamá o el barco para Cartagena.
Pedro Regalado había puesto su letrero de abogado en la Avenida del Frente y, apenas se instaló, partidarios de Pedro Prestán le solicitaron ayudarlo en su defensa, porque nadie quería relacionarse con el subversivo. Pedro Regalado aceptó pero inmediatamente se dio cuenta de que su labor iba a ser un mero trámite, porque el destino de Prestán ya estaba decidido. Con la condena, se dedicó a poner en orden las cosas de Prestán. Su testamento, sobre todo, fue un documento desgarrador en que Prestán soticitaba le dieran el corazón a su esposa, lo que se cumplió.
A raíz de su actuación en el juicio de Prestán, a Pedro Regalado le empezaron a llegar los casos típicos de la ciudad: riñas, demandas y divorcios que él procuraba arreglar mediante entendimientos amistosos y una comisión. Su “despacho” era una mesa con dos sillas; detrás de él, en un clavo, había fijado su diploma de Bogotá y, en un estante, sus libros, puestos allí para impresionar, porque a sus veinte años el joven abogado no proyectaba mucha confianza.
Pedro Regalado y Antonia vivían arriba de la oficina, en un cuarto al que habían sacado sala, comedor y dormitorio. Caminar por el cuarto era imposible, y Pedro Regalado había adoptado la costumbre de comer en cama, para irritación de Antonia. Sus primeros vecinos fueron una pareja, joven como ellos y, por lo delgado de las divisiones, era imposible ignorar sus olores y sonidos, ya fuera a la comida o al amor. Lo único agradable de la casa era el balcón, que unía todos los cuartos y desde donde observaban el mar y la lluvia.
Más que el calor, más que el sudor y la permanente viscosidad del cuerpo, más que las nubes de mosquitos y la pestilencia de la ciudad, a Pedro Regalado le impresionaba la lluvia. Unos aguaceros que podían extenderse durante días, desbordando calles y aceras para colarse en las casas y dañar los muebles, una lluvia de truenos y relámpagos que aumentaba la temperatura y embrutecía la mente, propiciando la indolencia general. En su nativa Bogotá, la lluvia fría calaba los huesos pero avivaba el cerebro. Pero todo el que llegaba a Colón parecía estrellarse contra este muro de humedad de cuyo contacto salía idiotizado, pensando solamente en con quién acostarse o con qué embrutecerse.
Pedro Regalado había llegado a Colón huyendo de la violencia en general y de la intolerancia en particular. Con relación a la primera, había muy poco que pudiera hacer, más que mantenerse al margen, ya que consideraba las guerras civiles el colmo de la estupidez, la mayor traición a su ídolo, Simón Bolívar, estas luchas fratricidas que lo único que habían logrado era la división de Suramérica y su dependencia de las grandes potencias.
En cuanto a lo segundo, él, bogotano de ojos azules y cabello rubio, casado con una negra de la costa colombiana, estaba dispuesto a lo que fuera con tal de que se respetara. Porque desde que vio a Antonia, con su piel de seda y cuerpo esbelto, elegante aun en medio de trabajos indignos, tomó la decisión de casarse con ella. Antonia, por su parte, no estaba para retajos, mucho menos con uno de esos blanquitos capitalinos que sólo buscaban a las negras para pasar el rato. Pero esta bella mujer, que Pedro Regalado veía realizando oficios denigrantes en una casa vecina, despertó en él la necesidad de protegerla. Y venciendo las aprensiones de Antonia, se casaron.
En la iglesia, el cura que los atendió les dio un adelanto de lo que les esperaba al conducir una ceremonia irritantemente lenta, como para darles tiempo a que se arrepintieran, moviéndose y rezando con rambulería, un ojo entreabierto, como diciéndoles que él, célibe y todo, sabía que la lujuria era lo único que los había traído a esta iglesia, a ellos, una pareja tan desigual. Y cuando terminó, furioso por la determinación de los novios, dio un sotanazo y se fue sin felicitarlos.
Cuando Pedro Regalado entró con Antonia en su casa y sus padres se quedaron mirándolos, en espera de una explicación a esta negra que seguramente constituía algún capricho del niño, sí, alguna esclava recién liberada que él querría como juguete, Pedro Regalado tomó a su esposa y se marchó sin decir una palabra. Al principio pensaron establecerse en Cartagena, la ciudad de Antonia, pero las noticias de la construcción de un canal por los franceses los hizo decidirse por el de Panamá. Pedro Regalado se había dicho que si en alguna ciudad tendría futuro, sería en Colón. En la capital -pensaba- su juventud sería un impedimento, con toda esa competencia de abogados y tinterillos. Colón era la ciudad del futuro y él y su familia crecerían con ella.
Pero cuando bajaron del barco, en medio de un aguacero universal, cuando sintieron el calor subirles por las piernas y el sexo, cuando la piel les empezó a picar y tuvieron que cruzar la calle en planchones que no aguantaban su peso sino que hundían sus zapatos en orines y excremento, Pedro Regalado supo que tendría que llamar a toda su voluntad para no tomar el primer barco de vuelta.
Lo único bueno de la lluvia era su complicidad al hacer el amor. Él y Antonia habían hecho el amor en el frío de Bogotá y en el calor de Cartagena. Y tenía que reconocer que había algo mágico en el aporreo de tanta agua sobre el techo mientras los cuerpos utilizaban el sudor para su única buena causa. La obligatoriedad hacia los interiores, la condena a la cama que forzaba la lluvia, proporcionaba la justificación a la existencia de este olvidado rincón de un Departamento que ya había intentado separarse de Colombia y que muchos bogotanos, en su desprecio por lo costeño, gustosos habrían vendido al mejor postor.
Pedro Regalado jamás hubiera concebido hacer el amor con otra mujer que no fuera Antonia. Era este cuerpo y esta piel que lo atraían, su misma negrura un terreno de exploración y descubrimiento. Le gustaba hacerla suya a oscuras, para no verla, sólo sentirla y olerla, su presencia tan excitante que, aun cuando estaba en su despacho, debía llamarse la atención para no salir corriendo a buscarla. Y fue Antonia quien justificó a Colón; fue ella quien lo transformó en hogar y le dio coherencia. Ella quien salía feliz al mercado o se doblaba sobre la estufa o lavaba y cantaba con la mejor voz y los dientes más blancos; ella a quien él miraba de reojo para captar la insinuación de su sexo.
Antonia se identificó con Colón porque aquí se sentía libre del latigazo de la discriminación; aquí podía caminar por cualquier calle, entrar a cualquier tienda y saber que nadie la miraba por encima del hombro ni le negaba una atención ni, al contrario, la exageraba, en esa otra cara de la discriminación, cuando ante un hecho normal el otro se complica con cuidados que revelan su incomodidad.
En Bogotá ella siempre fue la “costeña”, una suerte de animal que para lo único que servía era para el sexo. Había tenido que dejar Cartagena en búsqueda de empleo y, como ocurría con las negras como ella, la habían pasado directamente a la cocina, para atender a las nacaradas bogotanas mientras callaba y se perdía por la casa como una sombra.
Cuando Pedro Regalado le habló, Antonia pensó que se trataba de otro cachaco más, otro bogotano atrevido como los de la casa en que trabajaba, que no dejaban de insinuarse al menor descuido de las señoras. Pero Pedro Regalado la sorprendió con su propuesta de matrimonio y, ante sus recelos, le argumentó que si querer protegerla, si querer defenderla además de desearla como lo hacía, si todo eso no era amor, entonces él no sabía nada de nada.
En Colón Antonia se sintió mejor incluso que en Cartagena. Y aunque no se engañaba con las diferencias sociales, eran un mismo pueblo, los costeños, todos comiéndose sílabas y todos con algo de negro por más blanca la piel, el vaivén de las caderas como elemento aglutinante. Su único deseo, para completar su felicidad y echar raíces aquí, era salir preñada, enseguida, un varón primero y luego los que vinieran.
Pero habrían de pasar diez años para que Antonia quedara embarazada. Diez años en que la regularidad de su menstruación renovaba frustraciones y los convencía de que eran estériles. Diez años en que intentaron todas las posiciones, comieron todas las comidas y bebieron todas las bebidas. Diez años en que hicieron el amor en la cama y en el suelo, en que se hundieron en las aguas saladas de los dos océanos y en las dulces de cuanto río, lago o arroyo encontraron. Diez años en que tragaron sapos, ranas y serpientes, testículos de toro y huevos de tortuga, colas de lagarto mezcladas con hígados de lagartijas y aletas de tiburón. Diez años en que soportaron emplastos, fríos, calientes y tibios; en que se quemaron, se helaron y volvieron a quemar; en que aguantaron el peso de una robusta madre de diez quien, a intervalos de 30 segundos, les orinaba las caras para, según decía, romper el maleficio de la luna. Diez años de experimentos que terminaron cuando una matrona, luego de desnudarlos, anunció gravemente que el problema era que Pedro Regalado no era lo suficientemente extenso, para, acto seguido, batir palmas y materializar a un negro, todo el metro noventa de él, todos los cien kilos de él y toda una erección de diez centímetros dispuesta a expeditarle el camino a Pedro Regalado. Y, ante la furia de los esposos, la matrona se encogió de hombros y aceptó medio precio por la consulta.
Pero, al cumplir treinta años, su menstruación cesó. Ella, que podía predecir el minuto exacto del inicio de su período, no se quiso adelantar, guardó silencio y espero un día más. A la mañana siguiente, luego de revisar la cama, pegó un grito y, sin percatarse de que tenía puesto sólo el camisón, bajó corriendo hast a el despacho de su marido. Pedro Regalado, entonces, cerró la oficina y subió con ella, a entregarse a un amor sin presiones, algo que no habían hecho en mucho, mucho tiempo.
A Antonia le habían asegurado que si la barriga era redonda significaba niña y que, si puntiaguda, varón. Al tercer mes su barriga fue una circunferencia perfecta y al cuarto y quinto mes se afianzó la redondez. Ella y Pedro Regalado comparaban las preñadas que encontraban, observaban redondeces y puntiagudeces y fueron partícipes de las frustraciones en uno u otro sentido, cuando mujeres con vientres como lanzas parían niñas o, al revés, cuando las barrigas redondas traían varones. Para Antonia daba igual niña o varón pero sabía que Pedro Regalado quería un primer hijo hombre. Naturaleza masculina, pensaba, y no había nada que hacer. Pero al final, cuando su panza adquirió la apariencia de un tambor y les decían que sólo un milagro produciría un varón en ese vientre, aceptaron la voluntad de Dios.
Y a los nueve meses exactos de la suspensión de su menstruación vino al mundo Martina Regalado.
Para entonces eran dueños de dos cuartos, habiéndose mudado los vecinos y permitiéndolo la práctica de Pedro Regalado. Porque el fracaso del canal francés, que significó una tragedia para miles de obreros, le brindó a Pedro Regalado la oportunidad de entablar demandas a diestro y siniestro, cada obrero agraviado pensando quitarle un pedazo al Conde de Lesseps, quien desprestigiado y enfermo ordenó liquidar la Compañía del Canal. Y los aullidos de los accionistas franceses repercutieron en el despacho de Pedro Regalado, quien tramitó cientos de solicitudes de indemnizaciones a las que jamás obtuvo respuesta. Pero él cobraba, contestaran o no, aunque los obreros, en su mayoría antillanos, dejaban de esperar y tomaban los barcos de vuelta a sus países de origen. La quiebra del canal francés significó para Pedro Regalado y Antonia la adición de una sala y una recámara.
Martina Regalado nació de día, luego de una noche de dolores y falsas amenazas. Pedro Regalado estuvo pendiente de Antonia, poniéndole paños, sujetándole las manos y maravillándose, con cada quejido, de la imperturbabilidad de la partera, dormida profundamente en una mecedora. Pedro Regalado veía a Antonia retorcerse con cada contracción, seguro de que con este grito saldría su hijo, pero la comadrona dormía.
A la mañana siguiente, 31 de diciembre, la partera le dijo a Pedro Regalado que se fuera a su despacho y no subiera hasta las diez en punto, ni un minuto antes porque su hija nacería a esa hora y no quería que la molestara. Pedro Regalado oyó claramente “hija” pero calló. Tenía el cerebro tan embotado que ya para entonces le daba igual si era varón o hembra. Sólo quería ver a Antonia libre, despegada de esta criatura que los había tenido prisioneros durante diez años. A las nueve y cincuenta y cinco de la mañana subió las escaleras como sentenciado y a las diez en punto oyó el llanto de su hija.
A pesar de que nunca lo habían hablado, a pesar de que ninguno se había referido a ello, las preguntas flotaban entre los dos con su presencia inquietante: ¿Cómo sería un hijo de ellos? ¿Qué color tendría? ¿Cómo serían sus facciones? Él tan blanco y Antonia tan negra; él tan pequeño y Antonia tan alta, el cabello de él tan lacio y amarillo y el de ella tan negro y ensortijado. ¿Qué clase de persona traerían al mundo?
Martina fue una decepción que ambos callaron. Y no por niña sino por fea. No había sacado ninguno de los rasgos de sus padres y parecía haber nacido para contrariarlos. No era ni negra ni blanca, era inclasificable. Pero el problema no estaba en la piel: estaba en su rostro y en su cuerpo. En Antonia la negrura era un manto de satín sobre sus facciones clásicas, boca, nariz y ojos en armonía. Y su cuerpo delgado y piernas largas le daban un aire de nubia aristocracia. Y Pedro Regalado, no obstante su baja estatura, era un hombre que atraía las miradas por su pelo dorado y su rostro severo suavizado por los ojos más azules del mundo. Martina no traía nada de los dos y si no hubiera sido por lo absurdo del menor pensamiento de infidelidad, Pedro Regalado habría pensado que no era su hija.
Martina casi no tenía nariz, sus ojos estaban demasiado juntos y poseía una fuerza intimidante. Lloraba a cada rato y sus robustos miembros se movían como retando a combate. Al cargarla, su peso era insoportable, como si se empeñara en rechazarlos, como si los estuviera culpando, desde este primer momento, por la vida que le aguardaba.
Martina había nacido el último día de 1895, cuando en Colombia empezaba otra guerra civil y en Panamá los liberales atacaban cuarteles de policía y puestos militares. Y cuando los esposos Regalado se preguntaban si val ía la pena traer un ser humano a este mundo.
Viendo crecer a Martina, Pedro Regalado y Antonia llegaron a pensar que carecían de condiciones para ser padres. Porque desde el primer día Martina exigió toda la atención, combinando el poderoso argumento de sus pulmones con la más firme posesión de su territorio, que incluía, primordialmente, los senos de Antonia. Y la madre, que había anticipado este intercambio de amor con su hija, se vio, a pesar de ella, suspendiendo la lactancia por el destrozo que le causaba Martina. Al principio, y tratando de que Pedro Regalado no se diera cuenta, Antonia había soportado en silencio el drenaje que le hacía su hija. Porque la niña no chupaba: jalaba como tratando de succionar a la madre. Pedro Regalado había observado esta forma de alimentarse de Martina y, cuando le resultó inadmisible, le exigió a Antonia que suspendiera el seno.
Pero Martina no lo aceptó calladamente. Sus ojos cerrados parecían ver la traición de Pedro Regalado al ponerle un biberón en la boca, porque, al apretarlo y sentir el engaño, Martina liberaba la furia de su llanto. Antonia, entonces, cedía a las exigencias de su hija hasta cuando le era insoportable amamantarla y Pedro Regalado le decía que, aunque la criatura se muriese, suspendiera el seno. Y cuando Martina aceptó el biberón, Pedro Regalado pensó que se estaba volviendo loco. Porque en el callado gorgoteo de su hij a, en cada sil enciosa succión, creía recoger el inicio de un plan de venganza.
Con los juguetes era igual. En su cuna, los padres se desvivían por procurarle muñecas y juegos que Martina agarraba con seguridad para, al rato, partirlos. Y cuando Pedro Regalado pensó que sería buena idea regalarle juguetes irrompibles, se dio cuenta de que el remedio era peor que la enfermedad, porque entonces los juguetes resultaban proyectiles que se estrellaban en sus frentes.
Martina caminó a los seis meses. Ya desde los cuatro se había levantado en su cuna y a los cinco dio sus primeros pasos. Los padres vieron asombrados cómo Martina cruzaba el cuarto con pisadas tambaleantes pero duras y no sabían si felicitarse o atemorizarse, porque con cada precocidad de su hija volvían a sentirse amenazados.
Al año Martina corría y se trepaba por los muebles. Y en cierta ocasión, cuando a Pedro Regalado y a Antonia les pareció una buena idea llevarla con ellos a un mitin al aire libre, el orador perdió totalmente a su público cuando los presentes se concentraron en el joven que parecía europeo con una niña chillona en los hombros y una negra que seguramente era su sirvienta y que intentaba calmarla. Todos se habían apartado mientras el joven luchaba por mantener a la criatura quieta tratando de que no le arrancara el cabello o le sacara los ojos. Y la reuni
