Cuentos frágiles, Por donde se sube al cielo

Manuel Gutiérrez Nájera

Fragmento

Prólogo

Prólogo

MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA,

FUNDADOR DE UNA ESTÉTICA MODERNA

EL POETA-PERIODISTA

La literatura del siglo XIX fue poco conocida y difundida durante la primera parte del siglo pasado al ser señalada como carente de valor estético, debido a su función nacionalista. Más tarde, generalmente al irse cumpliendo los centenarios de nacimiento de los escritores, se iniciaron los proyectos de rescate de sus obras, lo que permitió que poco a poco recobraran su justo valor en el panorama de las letras mexicanas. Tal es el caso de Manuel Gutiérrez Nájera, quien al inicio del siglo XXI recibió de José Emilio Pacheco el mejor de los halagos, el reconocimiento como “el mejor escritor mexicano del siglo XIX”.1 Dos de sus obras narrativas están ahora reunidas en este volumen por primera vez, y en estas páginas introductorias comparto contigo, lector, un esbozo de su trayectoria e importancia.

La vida de este autor autodidacta comenzó el 22 de diciembre de 1859, y su vida escrituraria a sus escasos 15 años (1875), la que dos décadas más tarde terminó abruptamente al fallecer el 3 de febrero de 1895. Su producción asciende a más de dos mil registros de colaboraciones en periódicos y revistas literarias, para los cuales utilizó 46 firmas, si se toman en cuenta las variaciones de su nombre, de sus iniciales y de sus seudónimos, a los que solía dotar de una personalidad propia. Entre los más conocidos están El Duque Job, Junius, Monsieur Can-Can, Frú-Frú, Puck, Recamier: con ellos suscribió poemas, narraciones, crónicas, ensayos y artículos de actualidad que por muchos años quedaron dispersos en 37 publicaciones periódicas de la época.

En una entrevista realizada por Ángel Pola, el Duque Job relató cómo se había iniciado en la prensa al enviar sus primeras colaboraciones al periódico La Iberia, que Anselmo de la Portilla, director del diario, le adjudicó a su amigo Manuel Gutiérrez de Salceda Gómez, padre de nuestro escritor. Cuando se descubrió la identidad del novel literato y se celebró la calidad de sus textos, don Anselmo redactó una gacetilla donde “encomiaba al autor y le auguraba brillante carrera en las letras”.2 Este vaticinio rindió frutos sólo en las páginas de los periódicos; Gutiérrez Nájera únicamente llegó a publicar un libro: Cuentos frágiles (1883). ¿Cuál fue el motivo?

Al restaurase la República y con Benito Juárez en la presidencia (1867), México se incorporó a la modernidad al dejar atrás, en definitiva, el modelo político-económico novohispano, y se dieron los primeros pasos hacia el capitalismo. En el campo ideológico también hubo cambios, el gobierno asumió una postura positivista:3 de ahí que los escritores, ante la necesidad de integrarse a la vida productiva del país, se esforzaran por la profesionalización de la escritura; el camino que encontraron para ello fue ingresar a la prensa que les ofrecía tanto un modus vivendi como la posibilidad de publicar sus obras literarias.

Gutiérrez Nájera pensaba que el espacio periodístico era el “salón de desahogo de la literatura”, y que en esencia ésta era “incompatible con la prensa”. Y es que, a su parecer, el creador necesitaba de una esfera íntima donde tuviera tiempo de reflexionar y pudiera madurar las ideas que llevaría, con gran estilo, a la obra artística; así, en defensa de la empresa creadora les preguntaba a sus lectores, “¿Sabéis lo que tarda la germinación de una idea bella en el cerebro?” Y ante la imposibilidad de medir la actividad interna del entendimiento, les explicaba:

El artista trabaja cuando escucha, en medio de la noche, el canto escondido en las hojas del granado, el artista trabaja cuando besa una cabellera rubia, o cuando admira en la mitad del océano una puesta de sol. Acopia materiales; recoge líneas, aglomera colores. Cuando el recuerdo los haya distribuido en forma armónica, la estatua, el canto, el verso brotarán.4

En oposición, la labor del periodista se realizaba en un ámbito público, en la oficina de redacción se compartía la mesa con otros colaboradores; ahí, con la premura del tiempo escribían sus textos, guiados ya no por la imaginación e inspiración, sino por las necesidades del editor, del cajista y del público. El Duque Job aseguraba entonces que el poeta se tardaba en elaborar una frase lo mismo que en conquistar a una mujer; por el contrario, enfatizó: “el periodista no conquista: busca las frases prostitutas que andan en la calle y las recoge”.5 De las consecuencias de este nuevo modo de producción, Gutiérrez Nájera mostró clara conciencia al afirmar que se escribía para “los mares del olvido”; no obstante, creyó exagerado suponer “que todo lo hermoso legado a la posteridad” se iba a perder; para evitarlo heredó a las generaciones futuras la tarea de recuperar su obra, al exclamar: “¡y trabajo les mando a los del siglo veinte!”6

Al fallecer el Duque, sus contemporáneos quisieron rescatarlo de la indiferencia y muy pronto emprendieron las acciones para que al menos parte de su gran obra tuviera mayor trascendencia. En 1896, Justo Sierra editó buena parte de su poesía; Luis G. Urbina y Amado Nervo prepararon dos antologías que aparecieron con el título de Obras en prosa I (1898) y II (1903). En ese entonces, en su “Prólogo” al segundo volumen, Nervo destacó que la colaboración najeriana en los diarios “no sólo resistía esa suprema prueba del conjunto, del engarce del libro, que es piedra de toque para toda labor fragmentaria, sino que ganaba en precio y en hermosura”.7 Durante el siglo XX se elaboraron, entre otras recopilaciones, la de Carlos Díaz Dufoo (Hojas sueltas, 1912) y la de Salvador Novo (Prosas selectas, 1948), quien increpó a la severa crítica de su época por no haber otorgado a los textos najerianos el rango de literatura debido a que habían sido escritos con la premura que requería el periodismo, sin detenerse “a considerar a fondo aquellas muy breves obras”;8 muchas de ellas, pequeñas piezas de arte, como las definió su autor. Y esto fue realmente la prosa najeriana, una obra fragmentada porque cada día aparecían una o varias piezas en las páginas periodísticas, y aún más, muchas de ellas estaban divididas en sí mismas por los temas tratados.

Pioneros en el estudio formal de la producción najeriana fueron los profesores norteamericanos Boyd G. Carter y Erwin K. Mapes; este último elaboró un amplio catálogo de colaboraciones najerianas en los periódicos y las revistas, lo que además le ayudó a identificar algunos de los seudónimos. El laborioso ejercicio de recuperar a tan grande escritor cobró fuerza al acercarse el primer centenario del nacimiento del Duque Job, cuando el propio Mapes editó la mayor parte de los relatos que se publicaron en 1958 con el título Cuentos completos. A partir de 1978 el Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México prosiguió formalmente con el proyecto de rescate y edición crítica de hemerografía najeriana, lo que ha permitido ofrecer a los lectores contemporáneos nuevos acercamientos e interpretaciones.

Ahora podemos afirmar que el extenso ejercicio periodístico gutierreznajeriano sobrepasó su escritura puramente artística, que fue en verdad escasa. De su obra poética se conocen, hasta el momento, 235 poemas reunidos por Ángel Muñoz en su edición del año 2000, la más completa hasta hoy. Y su narrativa está publicada en dos volúmenes: Obras XI. Narrativa I. Por donde se sube al cielo (1882) (1994), única novela larga de su autoría, hasta ahora conocida, y Obras XII. Narrativa, II. Relatos (1877-1894) (2001), conformado por 89 cuentos. Gutiérrez Nájera produjo la mayoría de su poesía y narraciones durante los primeros diez años de su quehacer profesional, obra de creación que nos da a conocer su interior, es decir, sus emociones, dudas y preocupaciones; durante la década siguiente, observamos cómo el tiempo dedicado al arte fue mucho menor. La razón parece ser el cambio de estado civil: la soltería le ofrecía aquellos tan añorados momentos íntimos, cuando podía trazar con toda libertad sus creaciones en horas soñolientas, como él mismo confesó en la dedicatoria de su novela; días que quedaron atrás al adquirir nuevos compromisos. En 1888 contrajo matrimonio con Cecilia Maillefert y de Olaguíbel, con quien procreó dos hijas, Cecilia y Margarita. Estas dos etapas fueron el tema de su cuento “Paréntesis”, donde el personaje principal añoraba la felicidad que había tenido en su época de soltero, cuando solía tocar su flauta de granadilla y disfrutar de una pipa: “la música y el soñar, bueno es eso para los célibes”, exclamó. Por el contrario, la vida en matrimonio lo agobiaba y las necesidades económicas lo esclavizaban al trabajo productivo que desempeñaba en la morgue.9 Este protagonista representa la problemática najeriana: el hombre inclinado a las artes que debe insertarse en una sociedad capitalista.

De 1886 a su fallecimiento, dos fueron en esencia las actividades que constituyeron su actuar cotidiano: la primera, el periodismo, en él se desempeñó como jefe de redacción del periódico El Partido Liberal y como director de su suplemento dominical, que pronto se convirtió en una de las revistas literarias más importantes de finales del siglo XIX: la Revista Azul (1894). Al mismo tiempo, escribía dos célebres columnas para El Universal, “Crónicas de Puck” y “Plato del día”, sin contar las varias colaboraciones que día a día enviaba a otras publicaciones. Tan ardua, extensa e intachable trayectoria fue reconocida por la Asociación de la Prensa Mexicana al designarlo su presidente, cargo que le fue conferido unos días antes de su prematura muerte, con tan sólo 35 años de edad. La segunda actividad fue su función pública ante el Congreso de la Unión. A partir de 1886 dedicó buena parte de su tiempo laboral a la Cámara, donde se desempeñó primero como diputado suplente a la XIII Legislatura (1886-1888) y, más tarde, ya como diputado propietario, participó en las sesiones de las XIV, XV, XVI y XVII Legislaturas (1888-1896).

MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA, MODERNISTA

La literatura mexicana inició su vida independiente dentro del cauce romántico; en gran parte, guiada por Victor Hugo, quien propuso la libertad del arte; la representación de la verdad, manifestada por la unión de lo bello y lo grotesco.10 Aunado al regreso al pasado medieval, la actitud melancólica y la convicción de que la vida se encontraba determinada por un destino fatídico. A diferencia de los presupuestos franceses, el Romanticismo mexicano estableció como parámetros propios la pintura del paisaje y las costumbres nacionales expresadas con un lenguaje nuestro. Con estos principios, Manuel Gutiérrez Nájera comenzó su carrera de escritor, por lo que una parte de la crítica literaria del siglo XX lo consideró un romántico tardío. No obstante, algunos otros estudiosos vieron en su obra una tendencia distinta y lo calificaron como precursor del primer movimiento literario exportado al mundo desde nuestro continente: el Modernismo. Tales fueron las opiniones de Arturo Torres Rioseco (1925), Carlos González Peña (1928) y Francisco González Guerrero (1958). En cambio, Max Henríquez Ureña (1954) ubicó a nuestro escritor en el rubro de iniciador del movimiento renovador de las letras, y al observar la duda religiosa que afectó su espíritu al conocer la nueva ideología positivista, abrió el espectro de estudio de la obra de Gutiérrez Nájera, quien como poeta —afirmó— alcanzó la serenidad después de 1890, cuya “expresión más elevada [se aprecia] en composiciones como su poema Pax animae”.11

Uno de los primeros en considerar que los textos najerianos eran modernistas fue el panameño Darío Herrera, quien concedió el rango de iniciadores de este movimiento al cubano José Martí y a Gutiérrez Nájera, al aseverar que “Ambos vinieron a la vida literaria mucho antes que Darío y Casal, y eran modernistas cuando todavía no había escrito Darío su Azul ni Casal su Nieve”.12 Por su parte, Ermilo Abreu Gómez sostuvo que el Duque fue el prócer de una literatura que supo darle sentido estético a la palabra.13

Hoy, en los artículos sobre literatura mexicana del propio autor podemos encontrar las bases que sirvieron tanto a la crítica que lo encasilló en el Romanticismo, como a aquella que sólo lo calificó de precursor del Modernismo. Pieza importante en el desarrollo de su poética fue “El arte y el materialismo” (1876), ensayo escrito a los 17 años, al que podemos considerar uno de los manifiestos modernistas. Con este texto, el joven creador inició el deslinde de las corrientes literarias que lo precedieron: en primer lugar, rechazó la imitación y la sujeción a la norma seguidas por los neoclásicos; en segundo, a pesar de conservar la idea de “libertad del arte” propuesta por Hugo, marcó una distancia importante respecto de ella, al oponer la recreación de la “verdad” en aras de alcanzar la “belleza”, donde ésta se hallara; en tercer lugar, no siguió la intención de los realistas quienes se esmeraban en retratar con lujo de detalles la vida de la “enfermiza” y “prostituida Europa”. De ahí que el Duque Job, lejos de doblar su cabeza frente al yugo literario del Viejo Continente, se proclamara en aras de una América joven, en pleno progreso, capaz de “crear una escuela propia”.14

En las colaboraciones najerianas son identificables las siguientes características, todas propias del modernismo: el reconocimiento de la relatividad de la belleza; el eclecticismo, es decir, la unión armónica tanto de algunas cualidades estéticas de otras artes (pintura, música, escultura) como de tendencias en boga (además de las tres ya mencionadas —Neoclasicismo, Romanticismo y Realismo—, hay aspectos simbolistas, parnasianos, impresionistas, e incluso naturalistas); una clara renovación verbal con la que se crean sensaciones por medio de las sinestesias y el uso de novedosas metáforas, imágenes y símbolos, entre otros muchos recursos del lenguaje; y la inclinación por el cosmopolitismo, es decir la apropiación de literaturas extranjeras, con lo que modernizó las letras nacionales (este último enfoque le ganó a Gutiérrez Nájera críticas por parte de escritores como Vicente Riva Palacio, quien lo acusó de afrancesado).15 En su búsqueda de la belleza, además, el autor colmó su prosa de una voluntad idealista de carácter social, como veremos un poco más adelante.

Una manifestación más de la modernidad en las letras decimonónicas es la combinación de géneros literarios, hoy característica determinante de la narrativa posmoderna. Este rasgo se puede observar en los Cuentos frágiles, los cuales no mantuvieron la pureza del género, sino que se hibridaron con el ensayo o la crónica,16 salvo uno de ellos, “La balada de Año Nuevo”, cuyo final sí es sorpresivo.17 Esto nos remite a la fragilidad anunciada en el título de los quince relatos que Gutiérrez Nájera editó.

Bajo estos parámetros estéticos el Duque impulsó a nuestros poetas a abrirse un camino propio; de esta manera sus propuestas, al finalizar el siglo XIX, se convirtieron en la guía esencial del Modernismo.

DE LOS CUENTOS FRÁGILES A POR DONDE SE SUBE AL CIELO

Si en un momento, a partir de la poesía, la crítica literaria del siglo pasado afirmó que el Modernismo había sido la torre de marfil donde el escritor, aristócrata de la cultura, se evadía de la realidad cotidiana y se embelesaba con crear la belleza por medio de la palabra, hoy, con el rescate de la prosa, podemos decir que los modernistas fueron prosistas comprometidos, sí con la expresión estética, pero también con su entorno. En particular, la obra najeriana es un testimonio de ello. Manuel Gutiérrez Nájera, como conciencia vigilante, constantemente observaba los problemas de los habitantes de la urbe capitalina de su momento; en el caso de los Cuentos es evidente el abordaje de temas como la falta de caridad para con los semejantes desvalidos, la prostitución, el maltrato a los menores y la diferencia de clases.

La narrativa najeriana se nutrió sobre todo de dos fuentes de inspiración: por un lado, los asuntos sugeridos o tomados de periódicos, revistas y obras literarias, tanto nacionales como extranjeras; por otro, la vida misma. El Duque Job contaba que leía alrededor de cuatro horas diarias para poder escribir. Es así que, como advierte Ana Elena Díaz Alejo, en los relatos najerianos puede identificarse la recreación de obras de otros autores. Éste es el caso de “Las misas de Navidad”, que proviene de una leyenda que recogió Alphonse Daudet; “Tragedias de actualidad. El alquiler de una casa”, donde imitó a Charles Monselet, e “Historia de una corista. Carta atrasada”, pieza de la cual el escritor sólo especificó que no le pertenecía, pero cuya autoría quedó en el anonimato.

Por otra parte, los Cuentos frágiles brindan un panorama de los temas que preocuparon al poeta-periodista, uno de ellos es la maledicencia colectiva a la que se denominó en aquella época: “galeoto”. En “La venganza de Mylord ” el narrador da cuenta de este fenómeno, por medio del cual se puede destruir la reputación de una mujer honrada y honesta, que, por verse feliz, despierta la suspicacia y provoca las murmuraciones mezquinas de los envidiosos: “‘¡Esa mujer tiene un amante!’ Y no es verdad; pero un día, una semana, un año después, la mujer tiene un amante. El galeoto se equivoca nada más en la conjugación del verbo, debía haber dicho: tendrá ”. A lo que concluye: “La lengua mata más que los puñales. ¡Cómo se moraliza uno viendo estas comedias!”.

En la novela Por donde se sube al Cielo encontraremos la misma intención crítica que en los relatos breves. Por ejemplo, Gutiérrez Nájera conjuntó en Magda, la protagonista, preocupaciones que ya había dejado manifiestas en sus Cuentos. Una de éstas fue la suerte de las mujeres solas y pobres como Manon en “Después de las carreras”; o aquellas que cosen ajeno y a quienes “las máquinas han arruinado”, de “La novela del tranvía”; o esas otras, como Cecilia, de “En la calle”, que se confunden entre “una duquesa o una prostituta”. Es más, considero que la protagonista de “Historia de una corista” fue el bosquejo de Magda. En ambos textos, los narradores respectivos expresaron: “Cuando la mujer se resuelve a hacer de su belleza un negocio por acciones, el mercado mejor es el teatro”. De la misma manera, en Magda confluyen elementos que el escritor acopió de la vida de algunas comediantas que vinieron a México como parte del elenco de compañías teatrales europeas. En este tenor podemos mencionar a Paola Marié, quien dos años después de haber salido del Sacré Cœur, debutó en los bufos con la opereta Magdalena, en 1867.18 Paola, como la Magda najeriana, era una “parisiense de raza pura con movimientos de gata”.19 De la vida de Hortense Schneider llamó su atención el hecho de que, en oposición a las “grandes diosas que mueren llenas de polvo”, ella, tras haber “doblegado grandes títulos y fortunas”, contrajo matrimonio con el apuesto conde Émile de Brionne, y posteriormente, tras un escándalo, se divorció;20 anécdota que pudo inspirar a Gutiérrez Nájera para delinear una de las posibles resoluciones de Por donde se sube al Cielo.

Sin embargo, teniendo mucho en común ambos volúmenes, en la visión del mundo gutierreznajeriana ocurrió una notoria transformación entre los Cuentos frágiles (1881-1882) y Por donde se sube al Cielo (1882). En los primeros se conservan todavía las reminiscencias religiosas y la fatalidad del Romanticismo; es decir, que no importa la lucha que emprendan los personajes: al final, el destino los apresa y sucumben a él. Un claro ejemplo lo encontramos en la narración “Los suicidios”, donde los conceptos de la modernidad y del positivismo provocaron en el personaje central la secularización, que produjo los “terrores de la duda”; el materialismo, que hizo decir al protagonista “voy a matarme porque no tengo una sola moneda en mi bolsillo ni una sola ilusión en mi cabeza”; la sustitución de las creencias religiosas por el pensamiento científico, lo que enseñó a ese “moderno Hamlet” “que el Cielo era mentira”. Así, al quedar su corazón sin “un solo ochavo de esperanza”, ingirió el veneno.

En cambio, en la novela el tratamiento del personaje femenino, Magda, es distinto no sólo de las narraciones de los Cuentos frágiles, sino incluso de las novelas de otros autores que le precedieron en la temática: mujeres solas, jóvenes y hermosas que, determinadas por las circunstancias, al acabar como cortesanas o prostitutas, encontraron la muerte; tales fueron los amores trágicos de Margarita Gautier, quien, ante una sociedad que nunca la aceptaría, salvaguardando el porvenir de Armando, sacrificó su amor por él y, al poco tiempo, enferma y se deja morir (La dama de las camelias, 1848, de Alexandre Dumas, hijo); Manon Lescaut, cortesana enamorada del caballero de Dex Grieux, después de luchar por su gran pasión, pereció ante la fatalidad (Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut, 1773, de Antoine François Prévost d’Exiles); Magdalena, luego de confesarle su vida pasada a Mauricio y sufrir su rechazo por no ser digna de su amor, al estilo romántico, se quitó la vida (Redención, 1860, de Octave Feuillet).

Si en el contexto decimonónico, una cortesana tenía sólo dos alternativas de redención, la muerte o el convento, el lector actual podrá confirmar que la propuesta que Manuel Gutiérrez Nájera desarrolló en Por donde se sube al Cielo fue, en verdad, novedosa para su época. Con el interés de obtener el ideal modernista, rompió con todos los parámetros sociales, estilísticos y narrativos de la época. En relación con el tema, Magda, la comedianta-cortesana, lucha por el amor de Raúl e intenta cambiar su pasado disipado, que en un momento dado “quería despedazar”. Traza un “plan de campaña” para redimirse, en el que convierte su dedal de oro en un “escudo de combate” y, a la usanza positivista, hace del trabajo su dios para alcanzar la salvación. De ahí que el final de la novela ya no lo define el narrador, como lo marcaba la tradición, sino que queda abierto a distintas posibilidades, haciendo participar con ello al lector en la decisión con la que se consumará la historia, al darle o no a Magda la posibilidad de vencer las determinantes de la herencia, el medio ambiente y la circunstancia que la rodea, y conseguir cambiar su estado de prostituta.

Pero ésa no es la única sorpresa que nos depara la novela. En relación con el estilo, deseo llamar la atención sobre ciertos cambios: 1) Hasta ese momento, como hemos visto, prevalecía en México el Romanticismo nacionalista; movimiento que, según las directrices marcadas por Ignacio Manuel Altamirano, debía pintar las costumbres, el paisaje y lenguaje de México; por el contrario, el Modernismo najeriano se rebeló, y con la libertad y el cosmopolitismo que proclamaba, el narrador relata una historia cuya acción se desarrolla en París y en una playa de veraneo imaginaria llamada Aguas Claras, conocida sólo por “novelistas y soñadores”. 2) En la búsqueda de la belleza y del deseo de sugerir, en lugar de describir detalladamente el entorno de los personajes, el escritor crea por medio de la suma atributos de distintas artes —pintura, escultura y música—, más que descripciones de costumbres, verdaderos cuadros impresionistas que se complementan con el ritmo de la prosa:

Lame el mar sus peñascos esponjosos, y canta, cautivo en sus enormes diques, una canción monótona y pausada, como todos los cantos del esclavo. […] Aguas Claras, [… con] sus calles sombrías, estrechas, tortuosas, favorables a la emboscada y al asalto, parecidas a las calles de Argel en donde la basura se amontona, travesean los patos y los cerdos duermen.

3) En el gran refinamiento del lenguaje modernista, caracterizado por la presencia de metales y piedras preciosas, puede encontrarse el mundo imaginario del océano del que aquí ofrezco una breve muestra:

—Ven —le gritaba [a Magda] el genio del mar—, ven pronto a mi palacio: sus paredes son de conchas tornasoladas, y sus columnas, de perlas amasadas; los muebles están hechos de coral, y en los arcones guardo todo el oro de los barcos sumergidos. Juntos veremos, asomados a las ventanas de diamante, el vientre de los peces, que espejea herido por la luz y la estela que dibujan los barcos por la noche […], las escamas de los peces parecen hojas superpuestas de oro y plata […]. Ven, de cada gota de agua haré un brillante para tu cabello, y de cada coral, una gota de sangre para tus venas.

Asimismo, la moderna estructura de la novela, desde diversos ángulos, se anticipa a la del siglo XX al anunciar una transformación en los parámetros que serán prototipo de la narrativa contemporánea. Uno de ellos es la ruptura de la secuencia cronológica, propia de la narrativa decimonónica. En Por donde se sube al Cielo, el lector encontrará lo que he denominado el “juego del tiempo”. Por primera vez en nuestro país, un

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