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La elección
y la dictadura perfecta
“México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética, no es Fidel Castro… es México, porque es la dictadura camuflada, de tal modo que puede parecer no ser una dictadura, pero tiene, de hecho, si uno escarba, todas las características de la dictadura: la permanencia no de un hombre, pero sí de un partido que es inamovible… un partido que concede suficiente espacio para la crítica en la medida en que esa crítica le sirva porque confirma que es un partido democrático, pero que la suprime por todos los medios, incluso los peores. Aquella crítica que de alguna manera pone en peligro su permanencia…”
Estas palabras brillantes, profundas, mordaces, fueron pronunciadas por el brillante, profundo y mordaz Mario Vargas Llosa, en 1990, en el corazón de México, en la señal de la Televisa de aquel entonces (declarada y pluralizada por Emilio Azcárraga Milmo como soldados del PRI) y que transmitía, en vivo, el debate “El siglo XX: la experiencia de la libertad”. Con ellas provocó la evidente irritación de Octavio Paz que anotaba y mordía su réplica al peruano con la tinta de su impaciencia; esa frase, casi 28 años después, abierta como una herida que supura cada seis años, todavía sigue vigente. Latente.
La dictadura perfecta, entonces encarnada por Carlos Salinas de Gortari en el poder presidencial, entronizado gracias al fraude electoral impune de 1988, y que partió el corazón de un país que, hasta ahora, no ha querido ni podido ni sabido arrodillar a esa dictadura perfecta y dominarla. Ello, a pesar de la innegable transición democrática del 2000 al 2012, cuando el Partido Acción Nacional ganó la presidencia, sí, pero que tampoco quiso ni pudo ni supo desmontar la dictadura propuesta años atrás por Vargas Llosa.
Una dictadura perfecta cuyo emblema, hoy por hoy, se llama Enrique Peña Nieto. Y es la dictadura política en su versión más oscura.
Si bien en 1990 Vargas Llosa le atribuía algunas cualidades, elogiando la Revolución de principios del siglo XX y calificando de valiosa “la reivindicación de la tradición prehispánica”, hoy, en 2018, de cara a una nueva elección presidencial, esa dictadura perfecta —que no es otra cosa que el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y su sistema político sui generis, como también lo definió el Premio Nobel de Literatura—, es una versión anacrónica, corrompida y, por tanto, tirana con la democracia.
Una dictadura perfecta autoritaria, que pretende seguir siendo eso: una dictadura sistémica que se eternice, aún más, en México.
Una dictadura perfecta ciega, que no ve la descomposición moral de los priistas que han ejercido el poder en los últimos cinco años.
Una dictadura perfecta sorda, que no escucha los reclamos de millones de ciudadanos por mejor economía y menos pobreza.
Una dictadura perfecta muda, que calla la escandalosa corrupción que Peña Nieto, su familia, sus amigos y sus colaboradores, han practicado a lo largo del sexenio.
Una dictadura perfecta omnipresente, que cierra los espacios de libertad de expresión, protesta pública y prensa crítica, a su manera: a billetazos, comprando espacios, páginas, conciencias, voces, plumas, y neutralizando a los periodistas que, como muchos más, no le aplaudan al presidente o, en el mejor de los casos, no denuncien los actos de corrupción a la vista de todos. No los ven quienes no los quieren ver.
Una dictadura perfecta avasalladora, que echará mano de todos sus recursos —financieros, políticos, sociales, militares, mediáticos, propagandísticos y persuasivos—, para mantenerse en el poder y dejar en Los Pinos a un empleado del sistema que garantice esa máxima que le ha permitido sobrevivir a la propia dictadura: la complicidad sexenal.
Estamos, lectores de este trabajo, ante una disyuntiva shakesperiana: CAMBIO RADICAL o DICTADURA PERFECTA. To be, or not to be. ¿Es Andrés Manuel López Obrador el cambio?
¿Es José Antonio Meade el cambio?
¿Es Ricardo Anaya el cambio?
¿Es Margarita Zavala el cambio?
Eso lo definiremos, finalmente, todos nosotros. ¿Por qué todos? Porque, en realidad, el cambio SOMOS TODOS. ¿Y cómo cambiar?
Cambiar, votando el uno de julio de 2018.
Cambiar, castigando al mal gobernante.
Cambiar, desterrando al mal político.
Cambiar, defendiendo nuestro voto.
Cambiar, exigiendo que se respete el triunfo del verdadero ganador.
Cambiar, reconociendo el triunfo mayoritario obtenido en las urnas.
Cambiar, viéndonos a los ojos la misma noche de la elección presidencial con un brillo de satisfacción, de orgullo por nuestra democracia.
Cambiar.
Prohibida la abstención electoral. No, al menos, bajo las actuales reglas electorales mexicanas. Voto abstenido es voto a la basura. Tan sólo beneficia a los partidos con voto duro (léase, en gran medida, voto comprado), que en poco o nada abona a nuestra democracia. No es por ahí.
Votar no es opción. Es obligación ciudadana.
Salir a votar a la hora que se prefiera, pero votar.
Cruzar la boleta electoral por quien se quiera, pero votar.
Hacer fila como cuando vamos al cine o al futbol, sin importar tiempo o clima, pero votar.
Veamos las encuestas, pero no creamos en la mayoría de ellas. Mintieron y manipularon en 2012. Sus propios números las desnudan y exhiben. Solamente consideremos aquellas encuestas que, de manera imparcial, hicieron un trabajo profesional y ubicaron —no se trata de decir “le atinaron”— el triunfo de determinado candidato presidencial de la manera más certera posible. (En el tercer capítulo de este libro presentamos un comparativo de Encuestas de la pasada elección presidencial que nos dirá, bajo la frialdad de los números y de manera confiable, en cuáles sí podemos confiar y de cuáles debemos desconfiar.)
“El cambio es AMLO”, apunta Jorge Castañeda en estas páginas.
“Meade es un candidato secuestrado”, advierte Alfonso Zárate.
“Yo sí investigaré a Peña Nieto”, asegura Margarita Zavala.
“El riesgo de que el PRI pierda la elección presidencial, es alto”, pronostica Eduardo Huchim.
“Hay un ambiente de encono y de polarización, mayor que el de 2006”, alerta José Antonio Crespo.
“Meade es candidato por necesidad política del PRI”, define Félix Fuentes.
Podrá sonar petulante. Tal vez. Pero me la juego:
Si al leer este libro considera usted, lector, que le aportó un panorama más claro, informado y amplio del entorno en el cual se desarrollará la próxima elección presidencial; si cree que tras su lectura o revisión le ayudó a afinar su criterio político-electoral, y con ello está convencido de que este libro fue útil cuando llegó a sus manos, cuando lo tuvo ante sus ojos y le ayudó a decidir para votar en la elección presidencial de 2018 en México, con información, escenarios y madurez, entonces todos ganaremos, incluido el país.
Leamos. Informémonos. Consultemos. Decidamos.
Votemos, pues.
¡Votemos!
(Nota pertinente del autor: a los precandidatos Andrés Manuel López Obrador, José Antonio Meade y Ricardo Anaya, se les solicitaron entrevistas para este trabajo periodístico. No aceptaron. La única que respondió fue Margarita Zavala.
En el caso de Jaime Rodríguez, El Bronco, enfrentaba un conflicto legal de carácter electoral: el 3 de febrero, el INE puso en duda casi 800 mil firmas recabadas para su candidatura independiente, lo cual ponía en riesgo su registro, por lo cual no se le consideró.
María de Jesús Patricio Martínez, propuesta por el Congreso Nacional Indígena como candidata presidencial, aún no alcanzaba en febrero de 2018 el número suficiente de firmas para respaldar su candidatura independiente.
Y respecto a Armando Ríos Piter, El Jaguar, continuaba recabando firmas para presentarse como candidato independiente a la Presidencia. Sin seguridad jurídica de que lo lograra, tampoco se le incluyó en este libro. Cuestión de tiempos de entrega y fechas electorales.
En todo caso, y para efectos prácticos del lector, ni El Bronco ni El Jaguar ni María de Jesús, figuran como posibles ganadores de la próxima elección presidencial. En las encuestas no se les da más de 5 puntos de preferencia ciudadana. Se optó por centrar el trabajo de este libro entre quienes aparecen con mayores posibilidades y probabilidades de ganar la Presidencia.)
Martín Moreno
Ciudad de México, 20 de febrero, 2018
2
La encuesta del Cisen:
pánico en Los Pinos
Para el grupo gobernante en México, los primeros días de diciembre de 2017 fueron fríos y angustiantes. Y no precisamente por el clima gélido que se experimentó entonces.
Aún más: las luces de alerta política se encendieron en avenida Constituyentes.
Una mañana decembrina, hasta el escritorio del presidente Enrique Peña Nieto llegó una encuesta ordenada por su propio equipo, encargada directamente, en su metodología, operación y desarrollo, al órgano de inteligencia gubernamental: el Cisen, dependiente de la secretaría de Gobernación.
Peña Nieto se desquició al conocer los resultados que estaban frente a sus ojos:
Andrés Manuel López Obrador aventajaba claramente a José Antonio Meade en esa encuesta interna, de casa.
AMLO: 30.18%
Meade: 19.42%
Pero todavía habría que agregar otro factor negro para el primer círculo peñista.
Meade estaba en tercer lugar, desplazado del segundo por Ricardo Anaya, postulado por la coalición “Por México al Frente” (PAN, PRD y Movimiento Ciudadano), registrando un sólido 20.3%.
Era el peor de los escenarios: el candidato no priista, la esperanza del priato para mantenerse en el poder, ungido de emergencia ante el desprestigio de los priistas y visto como tabla de salvación para evitar el naufragio de Peña, del PRI y de la dictadura perfecta que había regresado en 2012, arrancaba en tercer lugar, según apuntaba su propia encuesta:

La encuesta se levantó del 7 al 9 de diciembre de 2017, mediante 2 500 entrevistas a personas mayores de edad, en las distintas entidades y en la Ciudad de México, utilizándose un muestreo aleatorio simple con base en las secciones electorales. Se estima que el margen de error es del orden +/- 4%, y el nivel de confiabilidad de este ejercicio es de 95%.
El primer círculo de Peña Nieto —Aurelio Nuño, Luis Videgaray, Eduardo Sánchez, entre otros—, mostraba preocupación y zozobra ante los números fríos de aquella encuesta que les era contraria.
Un hecho era irrefutable: a pesar del ruido mediático y político que había generado el “destape” del secretario de Hacienda como candidato del PRI a la Presidencia —como un espejo histórico de 1976 con el hacendario José López Portillo, sin mayor carrera partidista que ser amigo del presidente en turno—, el efecto se había apagado rápidamente. En pocos días se diluyó. Un relumbrón que ahora aparecía muy lejano del primer lugar en las preferencias ciudadanas.
“¿Qué hacer para que Meade repunte?”, era la pregunta que se hacían en Los Pinos.
La respuesta llegaría ese mismo diciembre, política navideña, como veremos en estas páginas. (Capítulo: “Meade, el candidato secuestrado”.)
Un diciembre frío, muy frío para Los Pinos.
3
Las encuestas que
fallaron en 2012
Encuestas.
¿Ángeles o demonios?
¿Confiables o mentirosas?
¿Considerarlas o desecharlas?
Las opiniones que públicamente se tienen sobre las encuestas previas a una elección presidencial, son tan variopintas como polarizantes. Para muchos, son valiosas y definitorias en vísperas de una elección. Para otros, son sospechosas e innecesarias porque, a final de cuentas, son un negocio.
(Vale la pena recordar un pasaje que, como periodista, me tocó vivir: el amigo de un político me preguntó si conocía bien a un encuestador, colaborador mío, en mi noticiario de radio en Reporte 98.5 de frecuencia modulada. “Sí, lo conozco y confío en él”, respondí. Entonces me pidió que lo pusiera en contacto con él, porque necesitaban una encuesta para medir las posibilidades del político que aspiraba a gobernar su estado. “No creo que haya problema, déjame le pregunto y te doy su teléfono”, le dije. Pero antes, me planteó sus condiciones: “La encuesta debe salir favorable a mi recomendado, ¿eh?” Sorprendido, le dije: “¿Cómo?” “Sí, pagaremos la encuesta, pero mi gallo debe salir arriba en las preferencias”, me insistió. Le aclaré: “Yo no puedo pedirle al encuestador que haga eso. Sería faltarle al respeto. No lo haré.” Lo entendió y ya no habló del asunto).
Así ven en la política mexicana a la mayoría de las encuestas: como un negocio MANIPULABLE que tiene precio pero escasa ética. Y, como en cualquier otra profesión —incluido el periodismo—, hay encuestadores honestos y deshonestos, con ética y mercenarios. Los hay insobornables y también quienes tienen tarifa a modo. Sin duda.
Entonces, la pregunta aún es:
¿Son confiables las encuestas en México?
La respuesta que te damos, lector, es:
La mayoría de las encuestas en México, de cara a una elección presidencial, NO ES CONFIABLE.
¿Por qué nos atrevemos a advertirlo?
Por los números y porcentajes de las encuestadoras. Por sus propias tendencias fallidas y sus propios errores y desaciertos.
Atrevernos a decir que LA MAYORÍA de las encuestas NO SON CONFIABLES en torno a una elección presidencial, se basa no en la opinión del autor de este libro, ni mucho menos en una simple percepción o suposición. En lo absoluto.
Nuestra metodología es: evaluar la propia actuación de las encuestadoras en el país. Sus números y su trabajo, el mejor indicador para medirlas y juzgarlas.
El ejercicio de este capítul
