Juntos en el infierno

Jorge Pech Casanova

Fragmento

Juntos en el infierno

La comadrona dejó a Micaela Arámbula ese 5 de junio toda abrasada por dentro, helada por fuera, traspasado el vientre por mordiscos de dolor; sentía Micaela sus muslos en carne viva por las contracciones que los tensaron, comprimieron, punzaron, trituraron antes de que el niño asomara por fin la cabeza, el torso, los bracitos increíbles, las piernas, los piecitos pasmosos, el cuerpo sanguinolento, sucio de placenta, para al poco soltar su primer gemido en la madrugada, casi al tiempo que los gallos junto con los pájaros se ponían a cantar. Agustín Arango, el padre, escuchó el llanto con el pecho aún encogido de miedo; casi lloró a su vez, aunque él nunca lloraba, sólo padecía con semblante mustio los reatazos que la vida tuviera a bien descargarle. La partera salió por fin.

—Tienes un hijo muy impaciente —dijo—, no esperó a mi nalgada para soltarse a chillar, va a ser retencajoso. A tu mujer encárgale que se lo traiga al tiro. Ahora llévame a ver tus gallinas para arreglarnos. Tu mujer está bien, el niño está sosiego, ya pueden comenzar el jolgorio.

La vieja comadrona miró a Agustín con sorna al decir la última frase; ya no le dijo al padre, pero lo pensó: «Más bien ya puedes romperte mejor el lomo en los terreros para alimentar a esa boca chiquita. No pude verle fondo con la poca luz del jacal, pero no sólo por la penumbra: esa boca se va a tragar a estos cristianos». En cambio, apremió al hombre:

—Llévalo con el cura a la de aluego, no se vaya a malograr.

Ni bien Agustín Arango le entregó sus gallinas por el servicio, la mujer dejó a paso ligero aquel jacalón de La Coyotada, donde una boca más se quedaba a malcomer, a subsistir quién sabe cómo.

En Durango, a una legua de San Juan del Río, la Hacienda de Santa Isabel de Berros era enorme en 1878. Su amplísimo terreno abarcaba ranchos como el Río Grande, además de caseríos como La Coyotada: cinco o seis muy dispersos cajones de adobe sin ventanas, techados con tejas, que sus habitantes llamaban casas. La Coyotada estaba muy lejos, a casi una legua del rancho Río Grande, en aislamiento agravado por lomas. Sobre una de ellas se asentaba la casa de la familia Arango Arámbula, donde no había mayor cosa que hambre, fatiga, desamparo sin redención. Ahí fue a nacer el niño que primero llamaron Doroteo, aunque al registrarlo en la iglesia, con nada de prisa pese a la admonición de la partera, le pusieron José Doroteo. No tuvo que preocuparse Agustín Arango demasiados años por lo que sus hijos comerían; se murió joven Agustín, de hambre, de agotamiento, de enfermedades nunca atendidas. Dejó viuda a María Micaela con todos sus hijos, con toda su hambre en el jacal de adobe arrinconada. En el cementerio donde enterraron al señor Arango, su familia no lloró ni sollozó siquiera cuando el sacristán, llegado con dos días de atraso al velatorio, salmodió:

—Dios padre, aloja en tu reino a Agustín, que ahora está en un sitio mejor.

—Y nos quedamos, en el peor lugar, tus demás hijos —murmuró una voz con mal encubierta envidia entre los dolientes.

—Que Dios nos saque de penas y nos lleve a descansar —añadió el rezandero sin fijarse en que había alterado el propósito de la oración fúnebre. Él también sentía cierta apetencia por dejar este mundo.

Huérfano de padre, muy mocito, Doroteo se habituó en la vida familiar a compartir estrechez con penuria, agobio con desesperanza. Doroteo, pequeño al principio, hambriento sin falta, se hizo recio en labores de campo, en cosechas de maíz, en tareas diversas, desde llevar encargos de leña, carbón o maíz, hasta lidiar con mulas, reses o cuacos. Años después juraba que ni un solo día fue a la escuela; pero sí asistió: en San Juan del Río, ocho días. El primer día el profesor recibió a un alumno azorado, tímido, cuyas ropas luidas no se veían muy limpias. Al cuarto día el niño, con la misma vestimenta, bromeaba entre sus compañeros, acaso con demasiada confianza, pensó el profesor. El octavo día tuvo que reprender a Doroteo: lo sorprendió muy entretenido en tallar un pedazo de madera con una navaja oxidada que le arrebató de las manos encallecidas, aunque menudas.

—Alumno Arango, haga el favor de pasar a la pizarra para sintetizar lo que estoy diciéndoles —ordenó mientras examinaba la vieja hoja herrumbrosa.

El niño, dolido por la navaja perdida, azorado por la lección que no se preocupó en retener, volvió la vista hacia el pizarrón pero se quedó rígido en su asiento. A la mirada perentoria del mentor, al fin dijo:

—No sé qué es sin tizar, maestro.

Fatigado, el hombre fue hacia el niño, lo levantó de su asiento jalándole la oreja izquierda, lo obligó a colocarse de pie junto a la pizarra, tras plantarle en la cabeza unas orejas de burro hechas con trapos mugrosos.

—Ahí te quedas, por distraído.

La sentencia casi quedó ahogada por las risas de los demás alumnos. El hombre sintió lástima pero no podía rectificar su sanción. Doroteo aguantó las burlas de sus compañeros al abandonar el salón tras el castigo. Se le veían las lágrimas pugnando por saltar a su tez arrebolada. El maestro sólo atinó a despedirse con pesar:

—Ya no seas tan descuidado, debes escuchar, aprender.

Esa tarde el reprendido se fue del salón sin decir nada. No miró hacia atrás. El profesor se quedó en la puerta contemplando al triste pupilo que se perdía en el camino al caserío de La Coyotada. El noveno día de clases el niño Doroteo no volvió al saloncito donde aprendían, todos revueltos, grandes y chicos; al décimo día el niño Arango Arámbula, Doroteo, tampoco retornó, ni al siguiente ni en los demás días.

Doroteo se hizo mayorcito en el trabajo, en los arreos del campo, en la cosecha que debía recoger para entregarle la mitad al patrón, porque los Arango Arámbula eran medieros de los dueños de la hacienda, los López Negrete. Como a tantos jornaleros del campo, a Doroteo se le desarrollaron los músculos, aunque bien poco podía nutrirse. Como tantos más, sólo podía añadir, a su cuerpo fatigado, frijoles, tacos de sal con chile, té de zacate o agua del arroyo. Sin embargo, tragaba cuanto podía para evadir el destino de su padre.

No sólo Doroteo adelantaba y espigaba. Su hermana Martina también iba dejando las formas infantiles en su paso a la pubertad, a ser mujer tiernita con güesitos que tronaban, como intuyó Agustín López Negrete, el hijo del patrón, cuando fue un día a la casa y se quedó nomás mirando a la Martina. Doroteo, aún chamaco, se malició que tanta fijeza en la mirada del joven dueño no podía ser buena. Lo mismo pensó su madre Micaela. Para remediar el infortunio, la viuda Arango fue a darle dos bofetadas a Martina, repitiendo:

—No me vas a andar de cuzca, condenada.

Lloró Martina, se amuinó Doroteo, la madre se quedó impotente: veían la sombra de don Agustín amagando el jacal de los Arango pero no sabían cómo espantarla. Era una mancha negra marcada a fuego por el sol, por la inopia de los medieros bajo la opulencia de los amos.

Doroteo fue a pedir ayuda a sus tíos, a sus primos, a sus demás parientes de La Coyotada. Todos se disculparon.

—No hay para donde moverle, es el hijo del patrón —le espetó un tío.

—Tú, sosiego: estas cosas luego se olvidan, al cabo todas las viejas de aquí pasan por la casa grande —le advirtió un primo.

—Ya la Martina está llenita, no hay caso en querer guardarla —le retobó un primo hermano.

Doroteo volvió a su casa preocupado; en el camino la preocupación se le hizo rabia: «¡Pinches parientes agachones, pero yo no me dejo ni del patrón!», iba diciendo para sí.

Así que el día en que oyó alboroto en su jacal, llanto de Martina con voces de hombre burlón —¡’Tate sosiega, pendeja!—, corrió para encontrarse con don Agustincito arrimado a su hermana, estrujándola para inmovilizarla, metiéndole mano entre las piernas. Doroteo miró que el joven patrón no se cuidaba de nada más que de Martina, se le llenó de sangre la cabeza y se fue corriendo para el jacal de un tío donde colgaba a mano una pistola vieja. Volvió Doroteo a la carrera, el arma en la diestra; encontró a don Agustín aún en lidia con su hermana, a la joven ya casi vencida por su brioso asaltante, a la madre llorando, el desamparo de fijo en la casa de los Arango Arámbula. Un velo de sangre en la mirada, un jalón en su mano, el dedo ansioso del gatillazo: uno, dos, tres tiros salieron de la pistola para morder a don Agustín. De los tres balazos, dos atinaron a las piernas del violador. El tercero por poco no alcanzó a Martina. Ahora el patroncito se anegó en lloriqueos —¡Me mataron, me mataron!—, como el maricón que era. A los plañidos acudieron los mozos, hasta parientes de los Arango, para castigar al atrevido chamaco, al «creminal». Cuando tuvieron a Doroteo desarmado, trabado entre cuatro peones, aturdido a manazos, don Agustín dejó los alaridos para berrear: «¡Déjenlo vivo, yo mismo me lo voy a quebrar!». Luego se desmayó. Los peones soltaron a Doroteo para levantar al amito mientras clamaban: «¡Ya lo mataste, ya lo mataste!». Doroteo no se quedó a averiguar lo que seguía, salió del jacal, montó un caballo de los mozos, cabalgó hacia la sierra de Gamón para no volver a su jacal. Se alimentaría de yerbas o de bichos en los días siguientes; bebió agua de charcos, cuando los encontraba. Se murió de sed otros días con sus noches. La cosa era perderse de vista mientras en La Coyotada todos gemían por don Agustincito y en Santa Isabel de Berro don Agustín López bramaba por su hijo.

Doroteo, todo hambriento en su escondite, hubo de salir a buscar en las cercanías vacas desperdigadas, cuyos trozos de carne, después de matarlas, arrancaba casi con un machete que tomó del penco robado antes de soltarlo en la sierra. La ropa del muchachito eran jirones ya, sus teguas se rompieron; andaba a pie desnudo sin saber a dónde dirigirse. Llegó a San Juan del Río, donde ya tenía orden de captura. Preso, le repasaron ante la celda los cargos:

—Chamaco pendejo, el amito está grave, se va a morir. El amo López ordenó cobrarte este crimen con la vida. Te vamos a llevar a Santa Isabel para que respondas por tus delitos.

Doroteo pensó: «Cuando me lleven los rurales me van a matar en el camino, si bien me va, o si me llevan a Santa Isabel, me van a enterrar en un hormiguero de arrieras». Esta posibilidad atroz lo puso en guardia. En cuanto lo sacaron a moler un barril de nixtamal como castigo, Doroteo usó la mano del metate para descontar al guardia que lo acompañaba. Se peló de nuevo a la sierra. No tenía ni dieciséis años cumplidos, pero hubo de mantenerse en los montes él solo, robando vacas, con trueques de cuero y carnes, atento a los rurales que lo buscaban por toda la región. Ni agua podía tener segura en esa vida de fugitivo. Dos años se mantuvo así entre las peñas.

Andando entre las montañas se topó Doroteo, en 1897, con la gavilla de Ignacio Parra y Refugio Alvarado, cuatreros cuyos nombres conocían todos en la frontera de Durango con Chihuahua. Famélico, sediento, en harapos, Doroteo pidió a Parra, a Alvarado, hasta a sus monturas, admitirlo de mozo o lo que fuera.

—De lo que sea, pues’n —le dijo Ignacio Parra—. Cuida a mi caballo, prende la lumbre, haz café, consíguete mercancías.

—No tengo dinero —respondió Doroteo.

—¿Quién te dijo que pagues por ellas, pendejo? —se carcajeó Parra.

Trajinando con estos salteadores aprendió Doroteo a reconocer las huellas de carretas, de caballos, de víboras, de otras fieras menos sañudas que los rurales. Aprendió a guiarse con las estrellas en la noche, a sentir el aire que traía nubes cargadas de lluvia, para no pasar sed. Dándole un arma, le dijeron:

—Aprende a tirar.

—Ya sé tirar —dijo él.

Parra se carcajeó:

—No sabes tirar si no le has puesto dos plomos a un cristiano.

—Le disparé tres veces a mi patrón —porfió Doroteo.

—¿Lo mataste? —reviró Parra.

—No, pero quedó grave —insistió Doroteo.

—Entonces no cuenta. Si tiraste tres veces, al segundo tiro debiste dejarlo tieso, pendejo, porque cuando te balaceas con un fulano, si no lo matas a él, te mata él a ti.

Así que Doroteo aprendió a tirar, en escaramuzas contra rurales que los perseguían o rancheros a quienes sus vacas les importaban más que sus vidas. Doroteo supo que tener puntería no es lo mismo que tener tino; hace falta aguantarse las ganas de correr mientras las balas vienen a buscarte, tirar con calma para que quien te busca encuentre nomás tu plomo. Aprendió Doroteo, por último, a compartir lo que caía en los robos con la gente de los alrededores, para cerrarles la boca si los rurales llegaban a preguntar.

Al principio Doroteo se resistía, pero Parra le dijo:

—Por no gastar unos pesos vas a acabar colgado de un árbol, no seas mísero, al fin ni es tu dinero, y hay más de donde viene éste.

Doroteo comenzó a tener tanto dinero que hasta a su madre le envió pesos para que viera lo buen hijo que había resultado. «Fugitivo, sí, pero pesudo», le mandó decir a la familia con un arriero. No tardó en volverse más desprendido que los jefes de la gavilla, siguiendo el consejo que Parra le dio. Entretanto, vagaban de Durango a Chihuahua, de Chihuahua a Sinaloa, otra vez a Durango, después a Jalisco, hasta llegar a Mazatlán, donde había menos vacas pero estaba el mar. Doroteo nunca lo había visto. Se quedó admirado con el estruendo de las olas, con tanta agua que hacía parecer el desierto como un terrenito. Por allí, también, el joven Doroteo tuvo un último atisbo de su humanidad cada vez menos dispuesta a la benevolencia. Se encontraron con un vendedor de pan por el camino a quien Parra le dijo desde su caballo:

—Qué buen pan ese de su canasta, paisano.

—Lo llevo a vender a la ciudad —respondió el caminante.

—Pues aligera tu carga. Un poco danos, compadrito —pi-dió Parra.

—No —contestó el vendedor desde el suelo—; si les doy, qué vendo luego.

—Ah, cómo serás pendejo —se exasperó Parra—, si no quiero que me lo regales, aquí está el dinero.

—No —reiteró el ambulante panadero—, lo necesito para mi venta en la ciudad.

—Entonces te vas a la chingada con todo y pan —escupió el forajido antes de pegarle dos balazos al vendedor, quien se murió sin comprender lo sucedido.

Doroteo protestó por la gratuita crueldad:

—Oye, le hubieras quitado el pan y ya, no tenías que matarlo.

Parra, con la pistola aún humeante en la mano, le puso al muchacho el cañón en la cara:

—A mí ningún cabrón chamaco me dice qué hacer. ¿O ustedes van a seguir a este pendejo en sus quejas? —amagó a sus hombres. Ninguno de ellos parpadeó en tanto Parra oprimía con el cañón de su arma al joven.

Doroteo tampoco movió una pestaña, mirando con altanería a su jefe. Calculó que su pistola estaba demasiado lejos para defenderse. Sólo podía esperar el disparo o dejar a Parra apaciguarse para responderle. Como Doroteo no se movió, después de unos segundos, Parra enfundó el revólver. El jovencito se le quedó viendo con insolencia mientras espetaba:

—Pos pa’ que nadie se amosque, ahi nos vemos.

Parra escupió al piso antes de revirar:

—Ahi te lo haigas, morro.

Los demás gavilleros no fueron más ceremoniosos:

—Nos vemos, Teo —mascullaron antes de seguir su ca-mino. Lo observaron con lástima o desaprobación, a manera de despedida.

Doroteo se quedó un rato junto al camino, mirando al muerto, lamentando haber pasado por tantas cosas para acabar solo de nuevo. Cuando Parra con los demás se había perdido de vista, Doroteo le dio una palmada a su cuaco para avanzar sin apuro. Al cambiar de ruta imaginó cambiar de vida. Necesitaba un nombre nuevo. Cavilando en el trayecto a Sonora, se acordó de un tío o algo así llamado Villa. Como en la familia le tenían un misterioso respeto, Villa decidió ser, con tal de borrar los tiempos del chamaco Teo. Villa, pues. ¿Y el nombre? Pancho no sonaba mal. Pancho Villa fue en adelante.

La ruta de Pancho Villa no fue diversa a la de Doroteo Arango: siguió robando vacas, caballos y mulas hasta ser aprehendido de nuevo. En la cárcel, sin embargo, lo obligaron a un nuevo destino: le dijeron que podía registrarse en el ejército para ir a combatir contra los yaquis en Los Mochis, o ser conducido a otra cárcel donde penaría bajo trabajos forzados.

—Pero el camino a ese presidio es curioso, los convictos casi siempre se mueren antes de llegar —le advirtieron.

Villa no lo pensó demasiado: mejor morir con un rifle en la mano, matando indios, no baleado por la espalda.

Pancho Villa era hombre ajeno a la vida militar. Demasiado toque de cornetas, demasiadas órdenes de oficiales sin valor, demasiado desierto, demasiados indios a quienes matar.

Un día de marzo de 1902, Pancho se descubrió disparando por puro placer a un viejo yaqui todo derrengado durante el arrasamiento de una aldea. Nadie le afeó su saña pero él recordó al vendedor de pan exterminado por Parra. «Ya soy como él, ya no tengo alma», se dijo Villa. Hubiera llorado pero sus ojos estaban secos desde años atrás. A la noche, cuando todos se iban a dormir, el comandante eligió a Villa para la guardia. Otros cinco centinelas acompañarían su desvelo, pero el joven sabía que todos, incluyéndolo a él, se iban a dormir en la madrugada. Esperó el momento de más silencio para tomar cartuchos, algo de comida, los pocos bastimentos de su pertenencia. A la escasa luz de las estrellas de marzo, se convirtió en desertor del glorioso ejército de Porfirio Díaz. Pensó que jamás volvería a ponerse uniforme. Durmió por la mañana en una cueva de las que no faltan en esas soledades. Soñó que no había perdido su alma.

Juntos en el infierno

POR LOS PIES DE MONTEZUMA

En la fila de hombres que se enganchaba al regimiento de Iowa el año de 1898, el muchacho de recia esbeltez, gran altura, cuya cabeza rubia alongada lo distinguía, sonrió al inclinarse sobre la mesita en que se anotaban los voluntarios a la marina de guerra.

—¿Tu papá sabe dónde estás? —le preguntó el reclutador, dudando si debía aceptar al muchachito de rostro aún cubierto de pecas. Le calculó dieciséis años. La sonrisa del joven se amplió aún más:

—No sólo sabe, ¡vino a acompañarme! Cuando tenía mi edad, él estuvo en Cháputec; todavía alcanzó a pelear en Charleston —el jovencito señaló a un alto individuo de barba canosa, con traje oscuro, a poca distancia de la mesa.

La referencia al castillo mexicano donde el propio sargento había comenzado su historial de guerra no disipó sus dudas, sobre todo al escuchar mal pronunciado el nombre.

—¿Qué sabes de Chapultepec, muchacho? —su tono fue retador.

—Mi papá dice que fue un gran paseo, en los salones de Montezuma, todo eso, ¡ya sabe usted, capitán! —el jovencito pronunció el grado, que no le correspondía al viejo, con tono admirativo—. Pero si tiene dudas, que mi pa le cuente —el jovencito llamó a gritos al individuo de traje oscuro—. ¡Pa, dile al capitán de cuando estuviste en México, en Cháputec!

El hombre llegó hasta ellos, se inclinó ante el viejo sargento para decir algo, pero el uniformado le hizo una seña con la mano para detenerlo; se volvió hacia el muchacho:

—Muy bien, Holmdahl, por los pies asados de Montezuma, ingresas al ejército —con un último escrúpulo, el sargento inscribió en el registro el nombre que el pecoso rubio le deletreó cuidadosamente:

—Emil Lewis Holmdahl, hijo de Montgomery Holmdahl —el alto hombre de traje oscuro no se inmutó al oír el último nombre; se hubiera dicho que no era el suyo.

Después, el joven se alejó en busca del cuartel del ejército, seguido por la alta figura a la que había llamado padre. Tras doblar una calle que los puso fuera de vista del sargento reclutador, el jovencito sacó unos dólares de su bolsillo para entregarlos con frialdad al hombre de barba y traje.

—Bueno, aquí te quedas sin hijo. Ten lo que acordamos, nos vemos otro día.

El hombre se metió el dinero en un bolsillo del traje antes de hablar:

—Espero que no te maten los de España; si necesitas otra vez un padre, búscame.

Emil Holmdahl se cuadró ante él, chocó los talones con un juguetón salto, para enseguida irse corriendo al cuartel. En cuestión de horas, el rubio recluta ya se había ajustado el uniforme del 51º Regimiento de Voluntarios de Iowa.

Meses más tarde, en noviembre de 1898, Holmdahl se mareaba en los mares del sur rumbo a Manila, donde McKinley mandaba a su ejército contra los españoles, después de que Teddy Roosevelt se cubriese de gloria en Cuba. Sobre la cubierta del modesto buque Pennsylvania, el animoso Emil, verde por el mareo, se consolaba pensando que este malestar era preferible al aburrimiento insondable de la escuela, de donde desertó para enlistarse. Un renovado retortijón lo persuadía a concentrarse en la cosa ardiente, amarga, ácida que brotaba de sus intestinos para estallar en su boca. Un rato después, tirado al tenue sol en la cubierta del barco, aspirando con ansiedad la brisa de aquel mar tan taimado, alcanzó a pensar en los filipinos que iba a combatir. Luego se quedó dormido cuando una nube ocultó durante horas el disco tibio en el cielo, restando brillo o viscosidad a la mezcla de baba con humores aún adherida a la cubierta donde el joven había estado arqueado durante ingobernables minutos.

El 7 de diciembre avistaron el puerto de Manila los pasajeros del Pennsylvania, sobre cuya cubierta Holmdahl por fin había aprendido a lidiar con el mareo. El 51º Regimiento de Voluntarios de Iowa, sin haber desembarcado, recibió la noticia de que la guerra con los españoles había concluido; la isla estaba ahora bajo dominio de Estados Unidos. Sin poder bajar a tierra, los jóvenes voluntarios tuvieron que esperar al 24 de diciembre para enterarse de su nuevo destino: la isla de Panay, donde debían ocupar el puerto de Iloílo. Llegados en enero al nuevo destino, los voluntarios ya hartos de su travesía pensaron que entrarían en batalla al fin con sus carabinas Springfield, armas que forzaban al combate, pues su denso humo les impedía ocultarse luego de un tiro. Intentaron desembarcar en lar-gos botes de remos, pero las tropas de rebeldes filipinos en la costa eran tan numerosas que su oficial juzgó impracticable el atraque. De nuevo retornaron al buque de guerra, a ver la costa alejarse. Otro mes desesperante de navegación pasó antes de que al fin, a mediados de febrero de 1899, los voluntarios del quincuagésimo primer regimiento de Iowa al fin chocaran con fuerzas filipinas en la isla de Luzón. A partir de ese día los voluntarios de Dakota del Sur, Iowa y Nebraska hubieron de sobrellevar una guerra de guerrillas en selvas, en pantanos, a veces amontonados durante días en sus barcos en me-dio de la calma chicha, inmóviles en un mar ardiente. De cuando en cuando un recluta enloquecido se arrojaba al mar; lo veían agitar los brazos por algunos minutos, luego aparecían, entre las olas, cuatro, seis aletas lustrosas en dirección al náufrago; poco después ya no había hombre, sólo una mancha roja desliéndose con cada ola. Otros días, instalados en el caliente invierno filipino, asediados por mosquitos o sanguijuelas en los lodazales, con las heridas fácilmente enconadas por la humedad hasta gangrenarse, los jóvenes soldados pronto se sumieron en el salvajismo, en atrocidades sin cuento. Cuando los relevaron al fin en septiembre de 1899, eran un ejército triunfante pero de honra muy menguada por su afición a la rapiña, al asesinato de civiles. Las noticias de esta ignominia llegaron con toda lentitud a Washington, donde al fin, en mayo de 1902, George Frisbie Hoar pronunció ante los senadores de la Unión un discurso para fulminar a los combatientes estadounidenses en Filipinas:

—Han devastado provincias. Han asesinado a incontables miles de personas a las que deseábamos beneficiar. Han establecido campos de concentración. Los generales vuelven a casa con una cosecha de poleas con que remolcan a otros miles de enfermos, heridos, locos, quienes llevarán vidas míseras, arruinados no sólo en cuerpo, sino en alma. Han convertido la bandera de Estados Unidos, a los ojos de un pueblo numeroso, en emblema del sacrilegio cometido dentro de iglesias cristianas, de la quema de moradas humanas, del horror de la tortura con agua. Pienso que… ¡No! Estoy seguro de que en general sus oficiales, sus soldados, son humanos. Pero en algunos casos han hecho la guerra mezclando el ingenio americano con la crueldad castellana.

Los ocho meses de infierno en la selva no disuadieron a Emil Holmdahl de continuar la campaña en el lejano territorio. La mayoría de sus compañeros de regimiento retornó a Iowa en cuanto los desmovilizaron; el ya curtido Emil se abstuvo de embarcarse a su patria. Por aquellos días la emperatriz Tzu Hsi había encomendado al mercenario Edmund F. English reclutar un ejército para combatir diversas rebeliones contra el imperio chino. Se suponía que los hombres reclutados por English serían la Guardia Imperial de la Orden de los Dragones. Les ofrecían paga espléndida, sake, opio, geishas a placer. Emil Holmdahl con entusiasmo firmó para ser uno de esos guardianes extranjeros; emprendió el viaje a China junto con los demás soldados de fortuna, en un lento sampán. Pudo ver muchos tiburones entre las olas, pero al menos nadie enloqueció lo suficiente para arrojárseles de carnada. Al llegar en 1900 a territorio imperial, los aventureros hallaron un país totalmente en contra suya, con el nacionalismo exasperado por un antiguo grupo rebelde: la secta del Justo Puño Armonioso. Desde mediados de 1840, los europeos habían identificado este levantamiento de nacionalistas chinos con el nombre mucho menos digno de boxers o peleadores a mano limpia. Edmund English se vio rechazado junto con sus mercenarios por los del Puño; la emperatriz Tzu Hsi se abstuvo de recordar el llamado que les hizo en época menos comprometida; cada mercenario hubo de buscar cómo embarcarse de vuelta a Filipinas por cuenta propia, sin haber recibido los al-tos salarios que auguraban, defendiendo sus vidas de los muchos pobladores hostiles a todo extranjero. Holmdahl, afortunado, tenía el dinero suficiente para pagar su boleto de retorno. Llegó vivo al muelle, abordó la nave, vio de nuevo alejarse otra costa donde no era bienvenido.

Los tiburones acompañaron de vuelta al navío desvencijado que transportaba al joven americano, cuyas esperanzas de esplendor se habían ido por la borda. Emil se entretuvo con placer malsano en observar las aletas cuando aparecían en las aguas. En la tripulación, mayoritariamente amarilla, ninguna cabeza bullía con impaciencia. En algún momento, aburrido de ver las aletas lustrosas, se dijo que él mismo no sería mala carnada. Antes de que pudiera arrojarse al mar, la modorra de a bordo lo venció. Muchas noches soñó que era un tiburón de cacería bajo los mares del sur. Llegó a Filipinas sin novedad en 1901. En cuanto desembarcó, pudo observar la fuerza del movimiento insurgente de Emilio Aguinaldo contra los estadounidenses. Si ya habían echado a los españoles, pensaban Aguinaldo y sus hombres, por qué tolerar a los descoloridos soldados de Norteamérica. El ejército invasor respondió con carteles en inglés que ofrecían quinientos dólares a cada soldado que batiera a los patriotas filipinos. Sin tardanza, Holmdahl sopesó esa oferta. En cuestión de minutos estaba ante el reclutador del 20º Regimiento de Infantería para firmar su contrato; una hora después recibió un moderno rifle danés de cerrojo Krag-Jørgensen, con cinco cartuchos calibre 30-40 en el cargador, cuya pólvora sin humo superaba el demasiado humoso fulminante empleado durante las campañas con carabinas Springfield.

Holmdahl se convirtió en un experto tirador con su rifle danés, capaz de atinarle a un enemigo a quinientos metros de distancia. En sus asignaciones, Holmdahl cumplió la orden de su comandante Jacob W. Smith; éste insistía en no tomar prisioneros, en aniquilar a quien fuera apto de portar armas. Smith les dijo a sus soldados que un filipino era capaz de matar desde los diez años de edad, así que Holmdahl, junto con los demás francotiradores, se habituó a matar niños tanto como adultos. Otras tareas endurecieron al extremo a los tiradores del vigésimo regimiento: las torturas aplicadas al enemigo, la «cura de agua», alternada con la «cura de cuerda». Holmdahl, no menos que sus compañeros, aplicaba con impasible asiduidad, con eficacia sin tregua, esos métodos para obtener información. Obligaban a los prisioneros a beber agua hasta casi reventarlos, o los ataban con cuerdas que luego retorcían mediante palos al grado de estar a punto de romperles los huesos. Para atizar la barbarie, los oficiales relataban por las noches historias de norteamericanos capturados por el enemigo. Eran las preferidas en noches febriles: a Thomas Kilby y Kenneth Truncheon, de Iowa, los habían enterrado junto a un hormiguero; antes de acabar con el par de infelices, las hormigas les devoraron los ojos, las lenguas.

—Yo los escuché gritar durante horas, ¡horas! Todavía escucho los alaridos —machacaba el capitán a su tropa.

A Timothy Danfrey, el más viril de los fusileros de aquel regimiento, lo perdieron en acción. Recuperaron su cadáver días más tarde. Los guerrilleros lo colocaron atravesado en una armazón de varas de bambú, sólo el torso con la cabeza, horriblemente traspasado por agujas de madera ensangrentadas; los brazos y las piernas que le amputaron estaban puestas en los sitios equivocados, como un monstruoso muñeco desmembrado, vuelto a armar con inepta perversidad; en la boca del soldado dejaron los guerrilleros incrustado el propio pene de Timothy. Cuando Holmdahl prestaba demasiada atención a los gritos de algún torturado, si comenzaba a cuestionar la razón de su conducta, recordaba a Danfrey; entonces los gritos le sonaban a redoble de tambores. Apretaba con más fuerza las ligaduras, vertía lodo en el embudo incrustado en la boca de su víctima como si estuviera derramando agua bendita.

En 1902 los Estados Unidos enviaron al comisionado William Howard Taft para concluir la guerra en Filipinas. Taft declaró el fin de las hostilidades para regresar triunfante a Estados Unidos, si bien los filipinos mantuvieron su beligerancia durante otros diez años. Al final de esa insurgencia tan larga, veinte mil patriotas habían muerto en combate; otros veinte mil perecieron de hambre o por los abusos de los soldados. Entre los estadounidenses hubo cuatro mil muertos, además de tres mil bajas por heridas o enfermedad. Holmdahl logró mantenerse fuera de esta cuenta, combatiendo con asiduidad, torturando casi con la misma frecuencia. A veces algún compañero, harto, le recordaba:

—¡La guerra ya se terminó!

Emil lo miraba con fastidio antes de arrancar un nuevo bramido a su víctima:

—¡Díselo a este puto amarillo que no deja de atacarnos!

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