God of fury (Legado de Dioses 5)

Rina Kent

Fragmento

Nota de la autora

Nota de la autora

Hola, querido lector:

La historia de Nikolai y Brandon es el primer libro que escribí de esta saga y una de las pocas historias que me han consumido, en cuerpo, corazón y alma. Ellos viven en mí y, durante un tiempo, yo viví en ellos. Los días se transformaron en semanas, las semanas en meses, pero me deleité con cada lametón de intensidad, cada azote de pasión y cada punzada de rabia.

Volqué mi corazón en las páginas para contar su historia y espero que disfrutéis tanto como yo de esta dinámica tan especial y absolutamente explosiva.

God of Fury es una novela autoconclusiva. Sin embargo, esta historia tiene lugar durante la trama de los cuatro libros anteriores de la saga, por lo que destripa algunos acontecimientos.

Si todavía no has leído ninguno de mis libros, puede que no lo sepas, pero escribo historias oscuras que pueden llegar a resultar ofensivas y perturbadoras. Mis libros y mis protagonistas no son aptos para cardiacos.

Este libro no es tan oscuro como los anteriores en cuanto a la relación, pero sí que trata temas sensibles. Los he enumerado a continuación por tu bienestar, pero si no te altera nada, sáltate el siguiente párrafo y así no te desvelaré ningún dato de la trama.

God of Fury trata temas de salud mental, entre los que se incluye la depresión, el trastorno límite de la personalidad, pensamientos suicidas y autolesiones. También hay escenas de agresiones sexuales leves, intentos de suicidio y violencia. Confío en que sepas qué tipo de cosas te afectan antes de empezar a leer.

Si quieres leer más de Rina Kent, visita rinakent.com

ÁRBOL GENEALÓGICO

DE LEGADO DE DIOSES

Árbol genealógico de Legado de Dioses: Royal Elite University y The. King’s U’s College.

Lista de reproducción

«Love and War» – Fleurie

«Another Love» – Tom Odell

«We Have It All» – Pim Stones

«Save Me» – Emily Brophy

«Blindfold» – Sleeping Wolf

«Madness» – Tribal Blood

«Every Breath You Take» – Chase Holfelder

«I Want You to Want Me» – Chase Holfelder

«Young Beast» – World’s First Cinema

«Moth to a Flame» – The Weeknd & Swedish House Mafia

«Certain Things» – James Arthur & Chasing Grace

«Losing You» – James Arthur

«Compliance» – Muse

«Russian Roulette» – Rihanna

Encontrarás la lista de reproducción completa en Spotify.

UNO

Brandon

¿Qué estoy haciendo aquí?

En lo más profundo de mi corazón, conozco la respuesta. La conozco tan bien que aún puedo saborear las náuseas que se deslizaron por mi garganta y calaron hasta mis huesos en cuanto recibí ese puñetero mensaje.

Un mensaje que debería haber ignorado para después borrarlo y bloquear el remitente.

Un mensaje que no debería ni haberme dignado a mirar, y mucho menos debería haber permitido que interfiriera en mi toma de decisiones.

Pero así ha sido.

Y por eso estoy aquí.

Así ha sido.

Y ahora estoy en un callejón sin salida.

Así ha sido.

Y no sé si puedo achacar esta ida de olla a no haber tenido elección.

En realidad, sí que puedo.

Nunca se me ha dado bien tomar decisiones. No las valoro ni tampoco me gustan. Preferiría no tener que tomar ninguna.

El mensaje era una obligación o, más concretamente, una información pertinente.

No ha sido una decisión y, desde luego, no se trata de una situación de la que pudiera haber escapado.

El único motivo por el que estoy aquí ahora mismo es mi sentido de la responsabilidad, del que cargo en exceso desde que aprendí de qué iba la vida.

Estoy en lo que se antoja un centro de adoctrinamiento. A mi lado hay otros alumnos en pie que conforman hileras en paralelo y llevan máscaras de conejo blancas que les tapan los rasgos. Estamos delante de una mansión enorme de tres pisos de muros de piedra envejecidos con una antigua torre en la esquina derecha.

Cuanto más tiempo paso quieto, más irregular se vuelve mi respiración.

Inhalo y exhalo en un ritmo fracturado y rápido que genera condensación sobre el plástico y me obliga a respirar mi propio aire.

Tic.

El sonido es bajo, pero resuena en mi cerebro como un accidente fatídico. Mi boca se llena de saliva, y la trago de golpe para que se me asiente el estómago.

Tic.

Muevo la mano en un amago de tirarme del pelo del cráneo. A veces, me gustaría golpearlo contra la pared más cercana y observar cómo se astilla en mil pedazos de una vez por todas, joder.

Tic.

Curvo los dedos en el aire, pero bajo la mano y me obligo a dejar caer el brazo inerte a mi costado.

No pasa nada. Puedo hacerlo.

«Respira».

«Tienes el control».

Estas palabras amables de afirmación se hacen trizas cuando vuelvo a centrarme en todo lo que me rodea.

Da igual lo mucho que intente autoengañarme, lo cierto es que estoy en el último lugar en el que debería estar.

Y yo no suelo desafiar al destino ni ir a sitios a los que no debo.

En mis veintitrés años de vida, siempre he sido el chico que acata las normas. Nunca me he desviado de lo que se esperaba de mí y me pone de los nervios imaginarme diferente a los demás.

En cualquier sentido.

Por cualquier motivo.

Sin embargo, aquí estoy, en la mansión de los Paganos, porque he recibido un mensaje y he tomado la decisión consciente de no ignorarlo.

He decidido acudir a la iniciación del club más infame de la isla de Brighton, un lugar aislado junto a la costa sudoeste del Reino Unido.

Un club de una universidad de la que ni siquiera soy alumno.

Los Paganos son el club principal de la King’s University, un campus que apesta a dinero de la mafia y la nueva burguesía, donde conviven alegremente los alumnos estadounidenses.

Nosotros tenemos nuestro propio club infame en la Royal Elite University, o REU, donde me estoy sacando un máster en Arte. Se llama los Élites, y está liderado nada más y nada menos que por mi hermano gemelo, Landon, que solo me causa dolores de cabeza.

Sin embargo, los clubes de la King’s U —los Paganos y las Sierpes— son mucho más perversos, ya que los miembros proceden de familias mafiosas de verdad y aprovechan su tiempo en la universidad para afilar sus colmillos antes de aceptar sus puestos de liderazgo en Estados Unidos.

Si alguien me hubiera dicho hace una semana que estaría aquí plantado con una escalofriante máscara con forma de conejo, esperando a que aparezcan esos estadounidenses endiosados y sedientos de sangre, me habría reído.

Ahora no me río en absoluto. Muchas variables han cambiado a lo largo de una semana, y me he visto obligado a venir.

Como parte de la manada.

Y todo se debe a ese hermano que he mencionado antes, el que me causa dolores de cabeza.

Aunque me han quitado el móvil al entrar, recuerdo palabra por palabra el mensaje que recibí ayer.

Paganos

¡Enhorabuena! Has sido invitado a la ceremonia de iniciación de los Paganos. Muestra el código QR en la entrada del club a las 16 en punto.

Aunque he oído hablar de estas iniciaciones perversas, jamás he tenido el menor interés en ellas ni en los clubes. Si así fuera, me habría apuntado a los Élites, algo que Lan lleva años pidiéndome.

Así que ignoré el mensaje, y estaba a punto de bloquear el remitente cuando me llegó otro.

Número desconocido

Si quieres ver a tu hermano gemelo con vida en vez de metido en un ataúd para que lo vean todos los participantes, ven a la iniciación.

Ese es el motivo por el que he venido, aunque cada fibra de mi ser se rebela contra esta locura. Llamé a Lan y le envié un mensaje, pero no respondió, así que he tenido que salvarlo de sí mismo, como suele ser habitual.

Mi hermano siempre ha sido el motivo por el que me he desviado de mi forma de ser, aunque, según él, esta es mi verdadera personalidad y lo que yo considero normal no es más que el resultado de reprimirme.

De ocultarme.

De engrilletar a mi verdadero yo.

Percibo un movimiento con el rabillo del ojo y me pongo en tensión, listo para salir corriendo y alejarme del centro del peligro, para fingir que nada de esto ha sucedido.

La persona que hay a mi lado —una chica, a juzgar por sus pechos y su complexión— se ríe y le da un golpe en el hombro a quien la acompaña.

Se extiende en el aire un murmullo general de emoción.

No entiendo la obsesión que tiene la gente con este tipo de eventos. ¿Es por la grandiosidad? ¿Por tener la oportunidad de caminar entre dioses?

Pero, claro, me resulta imposible entender a cierta gente, ya que mi personalidad es radicalmente distinta a la del resto de mis contemporáneos.

No me malinterpretéis. Me llevo bien con casi todo el mundo y, por lo general, me describen como una persona muy educada y de buen perder, pero tengo pocos amigos de verdad. El único motivo por el que nos llevamos tan bien es porque nos hemos criado juntos y he pasado varios años familiarizándome con sus personalidades.

Es posible que mi incapacidad de generar conexiones cercanas más allá de las de la infancia se deba a la indiferencia que siento hacia lo que hace feliz a la mayoría de la gente. Un claro ejemplo es mi absoluto desconcierto hacia la idea de emoción que tiene esta gente. Hablan de los Paganos como si fueran la personificación de todo lo que aspiran a tener.

Riqueza, influencias y, sobre todo, un poder macabro.

Yo, Brandon King, pertenezco a una de las familias más influyentes del Reino Unido, tal vez la más influyente de todas, pero sigo sin entender la obsesión que tiene la gente con las élites autoproclamadas.

¿Les atrae el engaño? ¿Lo desconocido? ¿Algo totalmente distinto?

La cháchara de la chica se acalla y alza la vista cuando todos los demás se quedan en silencio. Sigo su línea de visión y me quedo petrificado cuando se abre la puerta del balcón de la segunda planta y aparecen cinco hombres. Todos llevan máscaras de Halloween con costuras de neón.

El del medio tiene una máscara naranja y lleva un palo de golf metálico. Es alto y de hombros anchos, pero el que está a su lado con una máscara amarilla es más grande y está más petado, y apesta a hostilidad hasta desde lejos.

Destaca porque es el único que no lleva armas, pero igualmente emana una energía nefaria. Sin embargo, los demás parecen tener sus pensamientos y acciones bajo control.

El de la máscara roja curva los dedos alrededor de un bate, que descansa sobre su hombro como si tal cosa.

En la mano del de la máscara verde hay un arco recurvo, y a la espalda lleva un carcaj, mientras que el de la máscara blanca acaricia una cadena de aspecto pesado que lleva colgando del cuello.

Todos van ataviados con camisetas de manga corta y pantalones negros, como si fueran un equipo de destrucción informal.

Por suerte, nunca me he cruzado en el camino de los Paganos, ni he interactuado con ellos, lo cual no puede decirse del capullo de mi hermano. ¿Está con ellos? ¿Estará jugando a algún juego enfermizo con su círculo más cercano?

¿Estará delante de mí, o detrás? ¿O tal vez a los costados?

El problema es que no logro imaginar a Lan formando parte de la gloria de otro grupo, ni siendo un mero seguidor del caos de otra persona. Es demasiado narcisista. Además, ¿cómo iba a conseguir invitación?

¿De la misma forma que yo?

Es probable.

Tal vez.

Observo atentamente a los cinco Paganos. El de naranja tan alto que está en el centro debe de ser Jeremy Volkov, líder de los Paganos y príncipe de la mafia rusa. Si los cotilleos de mi grupo de amigos tienen algún valor, es despiadado hasta decir basta y se rumorea que asesina a cualquiera que se interpone en su camino.

Los de las máscaras verde y roja seguramente sean Gareth y Killian Carson. Son hermanos asociados con la mafia, pero son más realeza estadounidense que príncipes mafiosos. Aunque no sé quién es quién. El de la máscara blanca parece el más esbelto de todos, así que no puede ser ninguno de los que he mencionado.

El de la máscara amarilla no puede ser otro que Nikolai Sokolov: otro príncipe de la mafia rusa, primo de Killian y Gareth, y el gilipollas más loco que ha pisado esta tierra.

Si los rumores son ciertos, y en el caso de Nikolai lo más probable es que lo sean, es capaz de matar a alguien a puñetazos solo por haberse atrevido a cabrearlo. Solo he estado cerca de él una vez, hace una semana, cuando mi hermano estaba peleando contra él en un club de la lucha clandestino… otra vez.

Mi preocupación por Lan se transformó en una inquietud perturbadora cuando Nikolai me miró con ojos de maniaco mientras caía la sangre de mi hermano de sus manos vendadas.

Sentí la imperiosa necesidad de salir corriendo de allí. Y eso hice… después de arrastrar a mi hermano conmigo, claro.

Nunca he sentido nada parecido con alguien más joven que yo, y Nikolai es bastante más joven. Creo que tiene diecinueve años. Un niño que acaba de salir de secundaria, o del instituto como dicen los estadounidenses.

Pero no parece un niño en absoluto.

Incluso ahora, que lleva ropa negra, su complexión destaca como si fuera una escultura de puro músculo e intenciones malvadas.

Cómo me alegro de no pertenecer a su círculo, ni ahora ni nunca.

Hoy es una excepción. En cuanto encuentre a Lan, nos largaremos de este sitio inmoral cagando leches.

El sonido de estática resuena a nuestro alrededor, seguido de una voz distorsionada.

—Enhorabuena, habéis llegado a la iniciación de los Paganos, un hito más que competitivo. Sois la élite selectiva que los líderes del club consideran digna de unirse a su mundo de poder y conexiones. El precio de estos privilegios es más de lo que el dinero, el estatus o el nombre pueden pagar. La razón por la que todo el mundo lleva una máscara es porque todos sois iguales a los ojos de los fundadores del club. El precio de convertirse en un Pagano es entregar tu vida. En el sentido literal de la palabra. Si no estáis dispuestos a pagarlo, salid por la puerta que hay a la izquierda. Una vez os marchéis, perderéis toda oportunidad de uniros.

Se abre una puerta junto a la cancela principal, por donde salen unas diez personas. Me planteo unirme a ellos y poner fin a esta locura, pero, como buena persona que soy, no puedo abandonar a mi hermano.

Nunca.

Vuelve a sonar la voz distorsionada.

—Enhorabuena de nuevo, señoras y señores. Demos comienzo a la iniciación.

Levanto la cabeza hacia los cinco Paganos, que han permanecido inmóviles. Totalmente quietos, apáticos hacia el caos que van a desatar en el mundo.

Todos excepto uno.

La anomalía.

La violencia en esteroides.

El de la máscara amarilla abre y cierra los puños a un ritmo constante, como si fuese un ritual. Este tío debería estar encerrado, en vez de dejar que forme parte de una iniciación sin sentido.

—El juego de esta noche es el depredador y la presa. Seréis cazados por los miembros fundadores. Son cinco contra noventa, así que tenéis ventaja. Si conseguís llegar al límite de la propiedad antes de que os den caza, seréis Paganos. Si no, estaréis eliminados y os acompañarán a la salida. Los miembros fundadores tienen derecho a emplear cualquier método disponible para cazaros, incluida la violencia. Si el arma que elijan os toca, quedaréis eliminados automáticamente. El daño físico puede ocurrir y ocurrirá. Vosotros también tenéis permitido el uso de la violencia contra los miembros fundadores, si es que podéis hacerlo. La única norma es no matar a nadie. Al menos, de forma intencionada. No se permiten preguntas ni se otorgará piedad. No queremos débiles en nuestras filas.

Bárbaros. Todos ellos. Son bestias descerebradas y salvajes sin pizca de honor. Pero, claro, ¿qué esperaba de unos mafiosos?

—Os damos una ventaja de diez minutos. Os sugiero que corráis. La iniciación ha comenzado.

La chica a mi lado y su acompañante salen corriendo a tal velocidad que las piedrecillas del camino quedan aplastadas bajo sus deportivas. Todos los demás echan a correr hacia el bosque y yo me debato entre seguirlos o quedarme aquí como una presa fácil.

Maldigo entre dientes y me dispongo a correr a toda velocidad. Mi ritmo cardiaco permanece igual: calmado, imperturbable ante el lametazo de peligro y los estallidos de emoción que surcan el aire como pinceladas de magenta sobre azul turquesa.

Supongo que esa es la desventaja de tener un cerebro anormal. Esta clase de sinsentidos no me afectan.

A pesar de haber salido tarde, corro más rápido y recorro más distancia que los demás participantes. Aunque no participe en estos eventos, soy un atleta, prácticamente un corredor profesional, y el capitán del equipo de lacrosse de la REU.

Me tomo muy en serio mi actividad física y nunca falto a los entrenamientos ni a las carreras, ya sea para el equipo o para mí.

Es importante mantener el orden y la disciplina y soy un as en la creación de estabilidad y rutinas.

Además, si no sigo una rutina, caeré en el bucle infinito de vacío hasta que acabe sufriendo un desafortunado accidente.

«No, gracias».

En unos minutos, consigo llegar a lo que creo que es la mitad del bosque, después de dejar atrás a todos los demás alumnos. Las últimas luces de la tarde proyectan halos anaranjados sobre la tierra y se cuelan entre los enormes árboles. Sin embargo, las nubes grises no tardan en absorber los rayos de esperanza y sumirlo todo en la oscuridad.

Me escondo detrás de un arbusto grande que me tapa por completo y espero.

Es lo único que puedo hacer a estas alturas.

Ser discreto. Esperar. Observar. Y no llamar la atención.

Algo que se me da genial.

Si aparece Lan, ya sea como uno de los Paganos —algo que me parece poco probable— o como uno de los participantes, sentiré una corazonada, gracias a la conexión de gemelos que tan poco usamos.

Pasan a mi lado algunas personas, como si fueran una manada de lobos. El hedor a violencia descerebrada flota en el ambiente y genera auras siniestras alrededor de las cabezas de los participantes, aunque de sus labios manen chillidos de emoción que pintan el cielo en churretes rojos sobre negro oscuro. Sin embargo, la emoción les dura poco. Hasta que el de la máscara naranja los persigue con su horrible palo de golf. Me encojo en silencio cuando golpea a uno con tanta fuerza que le gira la cara y estalla la sangre sobre la máscara, que se parte en dos.

Con el rabillo del ojo veo a otra persona que camina desconcertada con una flecha clavada en el hombro y el brazo inerte pegado al costado.

La perturbadora voz robótica va anunciando los números de los alumnos eliminados, a veces uno detrás de otro. Creo que es algo automático, porque cada vez que veo que alguien recibe una flecha o el golpe del palo de golf, se anuncia de inmediato su número.

Mientras se produce este espectáculo horroroso, no me muevo y, cuando lo hago, es solo para ajustar la postura.

«¿Dónde estás, Lan?».

Aunque me enorgullezco de mi resistencia, seguramente no pueda seguir así mucho más tiempo. Tal vez debería moverme a otro rincón de este bosque estrambótico por si mi hermano se encuentra en otra parte…

Noto un escalofrío en la nuca, seguido de un calor abrasador y una voz profunda y vibrante que me susurra al oído.

—¿Por qué no estás corriendo?

Mis sentidos se saturan con una oleada de estímulos externos desbordantes, y mi cerebro es incapaz de asimilar esta sobrecarga. Pierdo el equilibrio y me caigo de culo, golpeándome con el suelo con tanta fuerza que me sacude los huesos.

Miro hacia arriba y mis ojos se topan con la máscara de costuras amarillas, salpicada de gotas de rojo oscuro.

Sangre.

Está por todas partes: mancha su máscara, la camisa oscura, cae en gotitas por su cuello, cubre los tatuajes del dorso de las manos como si fueran guantes y se pega en los mechones de su cabello negro azabache, que le cae en ondas hasta los hombros.

Las náuseas inundan mi boca y se dirigen a mi cerebro desequilibrado.

Tic.

Tic.

Tic, tic, tic, tic…

—No has respondido a mi pregunta. —El tono áspero del de la máscara amarilla vibra por mi garganta y ahoga el ruido de mi cabeza, para sustituirlo por miedo.

Un miedo tenaz y venenoso.

Lo peor es que no puedo respirar.

Ese capullo se está acercando tanto que mis fosas nasales advierten el hedor metálico de la sangre junto al olor a tabaco, alcohol y una pizca de menta y bergamota.

La mezcla desbordante inunda mis sentidos como un remolino caótico de colores que se mezclan y arrebujan los pigmentos hasta llegar a un gris modesto.

Impecable. Atemporal. Vacío.

El de la máscara amarilla, que seguro que es Nikolai, me toca la frente con un dedo lleno de sangre. Y, aunque solo toca la máscara y no mi piel, se me encoge el estómago y me entran náuseas, como si fuera a doblarme para dar arcadas.

—Oye, ¿es que no me escuchas? —Solo está empleando un dedo, pero imprime tanta fuerza en ese solo movimiento que me rompo bajo la presión.

Nunca se me han dado bien las confrontaciones directas y prefiero no intervenir en ellas. Además, si lo que he oído sobre su infame reputación es cierto, jamás podría ganarle a Nikolai Sokolov, ni aunque me reencarnara en el cuerpo de un guerrero.

Es conocido por su comportamiento visceral, su temperamento desquiciado y su inclinación por respirar violencia en vez de oxígeno. La prueba queda patente en las salpicaduras rojas que tiene encima.

Está claro que es la última persona con la que querría discutir.

Nikolai chasquea la lengua, un sonido que suena extrañamente fuerte a pesar de los anuncios constantes de los números eliminados.

No oigo el mío, ochenta y nueve, pero Nikolai no necesita un arma como los demás, así que tal vez tenga que dar el golpe.

Es decir, que si consigo escapar, podré seguir con mi estrategia de esconderme hasta que dé con mi hermano. De verdad, me voy a cabrear con él un montón por todo esto…

Nikolai recorre mi frente con el dedo, pero parece que está enjugando algo. Se detiene; su cuerpo queda inmóvil. Yo dejo de respirar.

La hostilidad y la sed de sangre que emanaban de su cuerpo cesan. O, más bien, reducen su intensidad, ya que aprieta sus músculos exageradamente grandes, como el bíceps marcado.

Aunque está agachado, su altura y su complexión ancha son inconfundibles. Yo mido 1,92 metros, así que no soy en absoluto bajito, pero Nikolai me saca un palmo y está petado con más músculos de los que necesita nadie.

Pero, claro, tiene pinta de ser el típico sádico, de los que se ponen cachondos infligiendo dolor.

Sin embargo, ahora no parece el caso.

La sensación amenazante que exudaba hace unos segundos se ha sustituido por algo mucho más mórbido.

Divertimento.

No, ¿curiosidad?

¿Interés?

Nikolai retira el dedo de la máscara, pero antes de que me permita coger aire otra vez, me coloca la mano sobre la nuca, junto a los pelos que no dejo de arrancarme.

Tal vez sea porque es una zona especialmente maltratada y sensible, pero, en cuanto su piel áspera roza la mía, me desborda algo que imagino que son náuseas.

Pero no son náuseas.

Es…

A Nikolai se le escapa una carcajada que nos envuelve en un estallido de buganvilla y un naranja rojizo abrasador.

—Aquí estás. He estado buscándote por todas partes, Ochenta y nueve.

DOS

Brandon

—¿Sabes quién soy?

No tengo ni idea de cómo consigo sacar esas palabras de mi boca, aunque he de admitir que me sale una voz asquerosamente temblorosa.

Tic.

Una fisura aparece en mi fachada y se extiende hasta el suelo que tengo a los pies.

Tic.

El agujero negro se ensancha y la tinta embarrada se traga mis pies hasta que dejo de sentirlos.

Tic…

—Hum… ¿Debería? —El vibrar de la voz de Nikolai suena siniestro, sobre todo por las salpicaduras de sangre que tiene en la máscara de neón.

Soy hiperconsciente de mis alrededores desde que entró en mi espacio personal, pero esto no puede ser.

Esto no debería ir así.

Un resoplido de aire abandona mi pecho restringido y, al hacerlo, mi respiración recupera la normalidad.

Estoy dándole demasiadas vueltas…, como siempre.

Tengo que volver a hacer ejercicio o pintar mis cuadros escénicos calmantes para frenar este bucle infinito de rojo sobre negro.

O, más concretamente, de negro sobre gris inerte.

No puedo pensar. Si lo hago, se me vienen imágenes retorcidas que prefiero dejar en el cobertizo anodino de mi corazón, que palpita a duras penas.

Nikolai hunde los dedos en mi nuca, clavándolos en la piel, hasta que lo siento más que lo veo.

—La respuesta es sí, niño pijo. Debería saber quién eres, ¿verdad?

Una oleada de rabia me tensa los músculos y dejo que me recorra por completo.

La rabia es mejor que las náuseas.

Prefiero mil veces la rabia que esa maldita cuenta atrás que mi cerebro repite como el ritual de una religión ortodoxa.

¿Cómo se atreve a hablarme en ese tono burlón? Soy Brandon King, y eso significa algo en este mundo.

«Pero tú no. Sin el apellido de tu padre, no eres nadie».

La voz resuena como una lija sobre cristal y deja una sensación rasposa y seca en mi garganta.

Me trago ese sabor amargo y me obligo a calmarme mientras aparto el brazo de Nikolai.

Este no se mueve ni un milímetro, como si los dedos de este bruto se hubieran convertido en una extensión de mi nuca.

—Suéltame —digo, o más bien ordeno. Soy amable y agradable hasta que alguien se pasa de la raya, algo que Nikolai lleva haciendo desde que me pilló desprevenido.

—¿Tienes prisa por ir a alguna parte?

—Más bien no me gusta que me toquen, sobre todo con unas manos tan sucias.

Nikolai se queda mirando la palma de la mano que tiene libre bajo la luz del atardecer, que proyecta un brillo anaranjado sobre su cabello negro azabache. Contempla la sangre seca como si se hubiera olvidado de que estaba ahí y se encoge de hombros.

—Te acostumbrarás.

«¿Que me acostumbraré a qué?».

¿Es que está colocado o qué?

No me sorprendería que antes de esta puñetera iniciación hubiera esnifado coca como si fuera una estrella de rock de los años noventa o que hubiera fumado más marihuana que un club de fans de Bob Marley.

—Que. Me. Sueltes —repito en un tono firme y empujo su brazo con todas mis fuerzas.

Nikolai relaja el agarre, pero no me suelta. De su garganta mana una vibración afirmativa.

—Qué mandón. Me gusta. Pero ¿sabes qué me gusta más? Ese acento de pijo que tienes. Una pregunta: ¿suenas igual cuando dices cosas más ordinarias?

Entorno los ojos. ¿Qué cojones le pasa a este capullo? ¿Es que alguien le ha dado un golpe en la cabeza?

—Esta es la tercera y la última vez que te lo digo. Suéltame.

—¿Por qué? —Me acaricia junto al nacimiento del pelo, y esa sensación que no son náuseas me recorre las venas en pinceladas de amarillo brillante—. Prefiero quedarme así.

—Yo no. —Me pongo en tensión al notar esa intranquilidad por mi torrente sanguíneo—. Me das asco.

—¿Ah, sí? —Sus ojos del color azul de la medianoche brillan de puro sadismo cuando se inclina hacia mí y murmura—: Mejor aún.

Su aliento cálido se desliza por mi cuello. Aprieto la mandíbula y reúno toda mi fuerza de voluntad para mantener a raya esa incomodidad que no es náusea.

Para nada.

La sensación se extiende desde donde sus dedos se deslizan por mi nuca y acaba en el lóbulo de mi oreja, donde ha susurrado.

Tengo que largarme de aquí. Pero ya.

Cojo del suelo que tengo detrás la primera cosa a la que le echo mano y se la lanzo directa a la cara.

Nikolai me suelta la nuca y yo no espero a ver su reacción; me pongo de pie y echo a correr entre los arbustos.

Rápido.

Sin volver la vista atrás.

Corro como si estuviéramos en los últimos minutos de un partido y el equipo dependiera de que le pasara la pelota a los delanteros.

Soy yo contra el jodido paso del tiempo. Siempre ha sido así.

La aprensión se ve sustituida por una descarga de adrenalina y la necesidad de huir.

Lejos.

Muy lejos.

Una silueta oscura está a punto de tumbarme, pero ambos nos detenemos justo antes de chocarnos el uno contra el otro.

La máscara roja.

Lleva el bate de béisbol ensangrentado y me mira como si fuera un insecto que se ha cruzado en su camino.

La descarga de adrenalina empieza a disiparse y me recorre un escalofrío por todo el cuerpo como un fuego forestal.

«Deja de temblar».

«Deja de temblar, débil de mierda».

«¡Para!».

Estoy a punto de superar estas emociones tan repentinas y esporádicas cuando noto que las náuseas trepan desde mi estómago hasta mi garganta en un abrir y cerrar de ojos.

Estoy rodeado del olor característico del alcohol, el tabaco, la bergamota y la sangre.

No.

No.

No.

Miro a mi espalda, y mis ojos claros se topan con los oscuros de Nikolai. Están más desquiciados que una bruja durante un funeral pagano, inyectados en sangre y colmados de la promesa de sangre derramada.

Mi sangre.

No me doy tiempo a pensar y camino en dirección al de la máscara roja. Me da igual si me pega con ese bate. Tal vez, si tengo suerte, me quede inconsciente y pueda apagar el cerebro en esta situación.

—Mira, he encontrado un gato callejero. —La voz áspera de Nikolai parece sacada de una pesadilla—. Es que no dejaba de correr, ¿sabes? Y tiene mala leche. Me ha tirado una puta rama a la cara, casi me deja noqueado. Hay que apreciar a los capullos más feroces. Es más divertido cargártelos.

Me dirijo hacia el de la máscara roja, que me mira de arriba abajo y alza el bate.

Por fin.

Se acabó.

Ya está.

Volveré a un mundo donde no me cruzaré con estos desperdicios humanos…

Noto algo pesado en la espalda y encojo el gesto de dolor cuando me envuelven el cuello unos brazos fuertes que casi me revientan la tráquea.

No puedo respirar.

No puedo…

Se activa mi mecanismo de supervivencia y le doy un codazo a Nikolai con todas las fuerzas que me quedan. Es como si fuera un muro, porque no solo no me suelta, sino que aprieta con más fuerza.

El pánico pone en tensión mis músculos. Me resisto con fiereza e incluso le doy un mordisco, pero Nikolai ni se inmuta. Me lleva detrás de los árboles arrastrándome los pies. Yo abro la boca para pedir ayuda, aunque sea de otro puñetero Pagano.

Nikolai me pone la otra mano sobre la boca y me clava la máscara contra los labios.

—Chisss. Quiero que te estés bien calladito, hostias.

Mi respuesta suena amortiguada y atormentada, como en esas horribles películas de miedo en las que el friki muere el primero.

Ese soy yo. Yo soy el friki.

En un último intento a la desesperada, echo todo mi peso hacia atrás. Mi masa muscular no es comparable a la suya, pero me funciona.

Salgo corriendo. Más rápido de lo que es humanamente posible.

Nikolai pierde el equilibrio y yo me lanzo hacia mi derecha, pero el mundo desaparece de debajo de mis pies. Nikolai se abalanza sobre mí y aterrizo en el suelo sobre mi estómago.

Un peso descomunal me cae sobre la espalda; es Nikolai, que me cubre como si fuera una montaña de ladrillos.

Me retuerzo, tosiendo, e inhalo tan fuerte que acabo inspirando partículas de tierra. Me arden los pulmones, ya que aún me tiene sujeto por el cuello.

—Un luchador de verdad. Premio. —Su voz resuena como la tinta negra de mis pesadillas más grotescas—. Resístete más. Con más ahínco. Más fuerza. Más rápido. ¡Quiero luchar!

Le golpeo dos veces en el brazo, boqueando en busca de aire. Estoy empezando a marearme y veo manchas amarillas y naranjas detrás de mis pesados párpados.

—¿No quieres luchar? —Parece decepcionado—. Vale, supongo que no puedes hacerlo si te estoy ahogando. Si te suelto, ¿te portarás bien? —Araño con mis cortas uñas las mangas largas de su camiseta. Nikolai murmura—. Aunque me gusta como estamos. Prefiero esta posición.

Noto que me recorre la humillación como si fuera un veneno. Me percato entonces de que su cuerpo está sobre el mío, algo que me pesa más que la falta de oxígeno. Su pecho tapa mi espalda y su rodilla está clavada entre mis muslos. Soy consciente de todo su peso, y pesa un montón, joder.

Me dejo caer sobre la tierra, como si eso fuera a ayudarme a escapar. Llega a mis oídos una risilla cuando me suelta el cuello lo suficiente para que pueda respirar.

Aun así, no hace amago de soltarme del todo ni de presionarme con todas sus fuerzas.

Respiro de forma entrecortada y toso ante la entrada repentina de aire.

—¿Alguien te ha dicho alguna vez que estás muy sexy cuando estás luchando por recuperar el control? Podría tragarte enterito sin dejar miga. —La última frase la susurra junto al lóbulo de mi oreja y estoy a punto de vomitar.

De salirme del pellejo.

O de mi cerebro desquiciado.

No sé de dónde saco las fuerzas, pero le doy un codazo a Nikolai y salgo a rastras de debajo de él antes de que se dé cuenta.

En cuanto me pongo de pie, me dispongo a correr…

—Supongo que no te preocupa tu hermano, ¿no?

Me detengo y me giro lentamente. Nikolai está de pie, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada, y me mira con calma.

Aunque no hay nada calmado en su persona. Este capullo solo podría describirse como calculador.

—Dicen que se ha metido en un buen lío —continúa—. Landon, quiero decir. Es el motivo por el que has venido, ¿no?

Abro los ojos detrás de la máscara.

—¿Fuiste tú el que me mandó la invitación?

—Y no me has decepcionado. El amor fraternal siempre gana.

Me lanzo a por él y lo agarro del cuello de la camiseta. Lo acerco hacia mí, su pecho choca con el mío.

—¿Dónde está?

Nikolai extiende una mano hacia mi pelo y coge un manojo, tirando de la raíz hasta que echo la cabeza hacia atrás. Entonces me mira de arriba abajo.

—¿Dónde crees que está?

No le suelto el cuello de la camiseta. Me da igual que esté loco o totalmente desquiciado. Si se mete con aquellos que quiero, seré su peor enemigo.

—No quiero volver a repetírtelo —digo con los dientes apretados.

—¿Por qué? ¿Qué pasará si tienes que repetírmelo? Me da un poco de curiosidad y, cuando digo «un poco», quiero decir que necesito saberlo ahora mismo.

—Serás… —Me trabo cuando su máscara roza la mía.

Su aliento baña el plástico y mis labios.

—¿Mmm? ¿Qué? ¿Qué soy? —pregunta con un deje lunático, como un niño fantasma en un castillo encantado que no deja de repetir lo mismo con voz distorsionada.

Al soltarlo, Nikolai da un traspié hacia atrás y me suelta el pelo, pero, como si fuera una goma elástica, se recupera y vuelve a invadir mi espacio.

Es mucho más acechante e intimidante en persona. Y a mí no suele intimidarme nadie.

—¡Para! —Levanto las dos manos, y el muy idiota se choca contra ellas, sus músculos se endurecen bajo mis dedos.

—Todavía no me has dicho qué soy. Adelante. No me dejes con la intriga. —Sonríe de lado, un gesto que queda feroz tras la máscara ensangrentada—. ¿Es algo bueno? ¿O malo? ¿Las dos cosas o ninguna?

—Para de una vez. —Tengo que usar toda mi fuerza para frenarlo mientras sigue empujando y embistiendo como un puñetero toro.

El sonido que hace al chasquear la lengua resuena por todas partes cuando por fin separa su pecho del mío.

Mantengo las manos alzadas; no me fio de que vaya a seguir embistiendo como un loco. No puedo evitar fijarme en lo duro que está, como el acero.

Sus músculos pectorales se abultan bajo mis dedos, así que dejo caer los brazos a los costados para apartar la neblina mental y el extraño sabor de la adrenalina.

Cuando hablo, lo hago con calma. Tranquilo. En control.

—Landon. ¿Dónde está?

—Estos pijos de mierda son aburridísimos —masculla entre dientes. Luego gira sobre sus talones y se aleja en dirección contraria.

Me quedo ahí plantado unos segundos, mientras mi aliento se condensa en el interior de la máscara. Después lo sigo; mis piernas se me antojan ligeras y totalmente extrañas, como si no pertenecieran a mi propio cuerpo.

—¿Me vas a llevar hasta él? —pregunto cuando alcanzo a Nikolai.

Este gira la cabeza hacia mí, y tengo que contener el gesto de asco que me da ver la sangre de su rostro. No es algo a lo que vaya a acostumbrarme nunca, por mucho que me esfuerce.

—Si lo hago, ¿qué harás tú por mí? —me pregunta con un tono que juraría que no tenía hace dos minutos.

—No denunciarte a la policía por tus actividades ilegales. Aunque deberías plantearte un cambio de pasatiempos a algo menos violento.

—¿Y qué tendría de divertido?

—Serías normal, para variar.

—¿Eso se escribe a-b-u-r-r-i-d-o? —Se acerca a mí y yo me hago a un lado, evitando por los pelos que me dé con el hombro.

—Aléjate.

—Ay, joder. Quiero desmontar esa fachada de autocontrol que tienes levantada para ver qué hay detrás del niño pijo.

Aprieto los dientes y los separo lentamente para no sentirme ofendido por la sensación con la que llevo coexistiendo la mayor parte de mi vida.

—No soy un niño.

—Lo que tú digas, niño pijo.

—Pero ¿qué cojones te pasa?

—¿A mí? —Se señala con un dedo—. Eres tú el que está hasta arriba de problemas, niño.

Se me hinchan las narices y tengo la mano derecha apretada en un puño.

«Tienes problemas».

«Un montón de problemas».

«No querrás ser una decepción».

Nikolai pasa la vista a mi mano mientras se pone de puntillas como si estuviera esperando un regalo de Navidad.

—¿Qué vas a hacer con eso? ¿Pegarme un puñetazo? Pues ya te advierto que podrías acabar manchándote esas manos tan bonitas con sangre asquerosa.

Me entran tantas ganas de pegarle que me pongo en tensión, pero me obligo a destensar los dedos.

Yo no soy violento. Nunca.

Este capullo no va a cambiar eso.

—¿No? Qué pena. —Tan rápido como se habían encendido, sus ojos se opacan de nuevo, como dos círculos de oscuridad.

Negro sobre negro.

Negro sobre…

Cierro un instante los ojos para apartar los pensamientos grises. Cuando los abro, veo con el rabillo del ojo que Nikolai está acercándose a lo que parece una casa anexa.

Mientras caminábamos, no la había visto; estaba demasiado centrado en este capullo y en su comportamiento impredecible para observar por dónde cojones estábamos yendo.

De nuevo, en contra de mi buen juicio, lo sigo. Tampoco tengo elección. Nikolai sabe dónde se encuentra Landon y yo tengo que asegurarme de que mi hermano gemelo está a salvo.

El interior de la casa es mucho más simple que el exterior, limpio y quirúrgico, pero las paredes blancas están manchadas en algunas partes. La decoración se limita a un sofá de cuero y una mesa contra la pared, y hay una puerta que parece que da paso a un armario empotrado.

Me quedo en la puerta mientras Nikolai se tira en el sofá, con los brazos por encima de la cabeza y las piernas separadas, como si fuera uno de esos machotes que creen que dominan el mundo.

Me indica que me acerque con el dedo índice y se me escapa un gruñido por detrás de la máscara. Jamás he gruñido.

Tampoco suelo salir corriendo, dar codazos ni pedir ayuda a gritos, pero he hecho todo lo anterior esta noche. Por culpa de este capullo.

—Haz eso otra vez y te rompo el dedo —le amenazo con calma y una sonrisa. Probablemente no la vea, pero qué más da.

—Acércate de una puta vez si quieres volver a ver a tu hermano vivo y coleando.

Se me tensan los hombros, y me acerco con sumo cuidado. Cada paso resuena más de lo necesario.

Hasta que no estoy a un brazo de distancia, no caigo en la cuenta de que está ocupando un sofá en el que cabrían tres personas como mínimo.

Estoy contemplando ese tamaño descomunal cuando se me escapa un ruidito de los labios. Es un sonido sobresaltado y gracioso que no reconozco cuando me raspa la garganta.

Pero no me centro en eso, más bien me preocupo en la causa de ese ruidito.

Nikolai me ha agarrado de la cintura y me ha atraído hacia sí a tal velocidad que he aterrizado encima de él; mi pecho apretado contra el suyo, nuestras máscaras se rozan.

El asalto a mis sentidos es mucho más pronunciado en esta ocasión, cuando ese estúpido brillo vuelve a iluminar sus ojos opacos.

—Anda, hola. Me alegro de que por fin te unas a la fiesta.

Me contengo de insultarle e intento ponerme de pie. Nikolai me lo permite, pero entonces cometo el error de darle la espalda.

Unas manos bruscas rozan mis labios y se me escapa otro ruidito en mi intento de salir huyendo. Un insulto. Esta vez sí que le he insultado.

Y da igual que normalmente no insulte a nadie.

Nikolai tira de mí y mi culo se encuentra con una superficie dura: sus muslos.

Pero ¿qué…?

El pánico surca mis venas. Trato de levantarme, pero Nikolai hace fuerza para que mi carne quede pegada a la suya.

—Estate quiero, joder, a menos que quieras ocuparte de la erección que me estás provocando.

Se me descompone la cara…, en sentido figurado, claro. Pagaría dinero por esfumarme literal y definitivamente.

Pruebo a levantarme de nuevo, porque necesito escapar de este capullo. Pero, antes de que pueda moverme, Nikolai me pasa un brazo por la cintura y extiende la palma de la mano sobre mi estómago.

—Vaya, menudos abdominales tienes.

—Deja de tocarme y de lanzarme pullitas sexuales —siseo entre dientes, clavando los dedos en su brazo y empujando—. Soy hetero y no me interesan tus tonterías.

Nikolai suelta una risilla que reverbera como una sinfonía desafinada.

—No me digas.

—¿Qué cojones quieres decir con eso?

—No lo sé. Tal vez que hayas dicho eso de «pullitas sexuales». Qué pijo estás hecho.

—¿Qué?

Lo que fuera a decir queda amortiguado por unas voces y el sonido de unos pies en el exterior. El de la máscara verde cruza una puerta de la que no me había percatado, y me pongo en tensión.

Caigo rápidamente en la cuenta de mi situación y noto que me ruborizo. Estoy sentado en el regazo de un tío.

Yo. El puñetero Brandon King.

Aun así, me quedo inmóvil, ya que no quiero llamar la atención. Además, llevo puesta la máscara. Si me quedo quieto, no me mirará ni se dará cuenta de mi presencia…

Casi se me cae la mandíbula al suelo cuando nada más y nada menos que mi hermana pequeña entra por la misma puerta, con las mejillas sonrojadas y comportándose con timidez. Glyn me mira fijamente y yo me siento como si estuviera desnudo y cayendo desde el cielo sin red de seguridad.

Bajo la cabeza y me quedo mirando mis propios pies y, al cabo de unos segundos, esas aguas teñidas de tinta oscura se los tragan por completo y suben hasta las pantorrillas y las rodillas.

Unos tentáculos llenos de venas me rodean el cuerpo, como unas vides que tiran, agarran y me lanzan en un agujero sin fin.

Hacia abajo.

Abajo.

Abajo…

—Se ha ido —susurra una voz escalofriante junto a mi oreja, y pego un respingo.

La tinta negra se va disipando poco a poco y, al levantar la cabeza, veo que Glyn y el de la máscara verde han desaparecido por una tercera puerta que hay a la izquierda.

Dejo escapar el aire, pero queda atrapado en mi garganta cuando Nikolai me acaricia el vientre.

Lo está haciendo por encima de la camisa, pero es como si me arañara la superficie de la piel y me la arrancara de los músculos. Siento un ardor en la boca del estómago que se extiende por todas mis extremidades.

—Qué hermano más responsable eres. Primero, vienes aquí porque me inventé una historia sobre Landon, y ahora te preocupas por tu hermana. Tenemos algo en común. Me gusta.

La cabeza me da vueltas, sobre todo, porque noto su aliento junto a mi oreja, su mano sobre mi vientre y sus músculos duros como una piedra bajo los míos.

Entonces recuerdo lo que ha dicho y entorno los ojos.

—¿Te has inventado una historia sobre Landon?

Nikolai se encoge de hombros.

—¿Cómo, si no, iba a conseguir que vinieras? Y que te sentaras en mi regazo, claro.

En mi interior estalla un volcán de rabia, y quiero pegarle un puñetazo en esa maldita máscara con toda mi alma.

Con toda mi alma.

Pero no lo hago. Porque yo no hago esas cosas.

Empleo esa energía para apartarlo de mí y ponerme de pie de un salto.

—Aleja todas esas mierdas de mí. Bien lejos.

En sus ojos vuelve a asomarse ese brillo, pero antes de que pueda descu­brir qué gilipollez está planeando, Jeremy cruza la puerta por la que han desaparecido Glyn y el de la máscara verde, sosteniendo en la mano su máscara naranja y un palo de golf ensangrentado.

Le sigue a Nikolai en cuanto a anchura de hombros y expresiones faciales desagradables. Sin embargo, mientras que el capullo que tengo detrás es abiertamente ruidoso, violento y bastante molesto, Jeremy se muestra tranquilo. Es de los que aparentan calma, pero es tan infame como su querido e idiota amigo.

Ahora está con el ceño fruncido; parece perdido en sus pensamientos mientras tira el palo al suelo y se pasa los dedos por el cabello húmedo, que se le pegan a la nuca.

—¡Jer! —Nikolai se planta a mi lado y me pasa un brazo por los hombros como si fuéramos amigos—. Este es Ochenta y nueve. Creo que es el único que ha conseguido llegar hasta aquí y, por lo tanto, puede formar parte de los Paganos.

Jeremy levanta la cabeza y observa lo que tiene delante por primera vez. Estaba tan perdido en sí mismo que ni siquiera nos había visto.

Mira a Nikolai con las cejas levantadas y luego entorna los ojos ahí donde me está pasando el brazo.

Le dedico tal mirada fulminante a ese gilipollas que aparta la mirada.

Estará colocado. Debe de estarlo.

No hay otra explicación para que crea que el hermano gemelo de Lan, es decir, su peor enemigo, debería unirse a las filas de su valioso club. O que crea que yo quiero unirme.

Ahora que sé que Lan no corre peligro, no tengo motivos para tolerar su desagradable presencia.

Le aparto el brazo de mi hombro, sin molestarme en ocultar mi desprecio, me giro y me marcho.

No, corro.

Muy muy lejos.

TRES

Nikolai

Kolya Jr. ha vivido sus aventuras desde que tuvo su primera erección a la tierna edad de cinco años.

Fue un descubrimiento tan maravilloso que, cuando descubrí mi polla dura, me empecé a reír. Luego procedí a correr por toda la casa, meneándola, señalándola y enseñándosela a todo el que se cruzó en mi camino, mientras gritaba:

—¡Mira, tengo una pistola!

Mi padre se partió el culo. Mi madre parecía que iba a vomitar o a arder en llamas.

Qué buenos tiempos.

Para mí y para mi padre. Por supuesto, para mi madre no, ya que le tuvo que tapar los ojos a mis hermanas, pedirles que entraran y pedirme a mí que me guardara mi «cosita» en los pantalones.

Yo hice pucheros y mascullé:

—Pero a mi cosita le gusta el aire fresco.

Mi madre echó la vista al cielo, seguramente en busca del tiarrón que manda allí arriba y, cuando aquello no funcionó, se volvió hacia el verdadero dios de nuestras vidas: mi padre.

Después de partirse el culo —este hombre tiene un humor impresionante—, me ayudó a guardarme a mi pobre Kolya y, por supuesto, mi polla tenía todo el derecho a sentirse ofendida, ya que le habían cancelado su primer espectáculo.

Mi padre me dijo que, en realidad, no podía usar mi polla como arma. Al menos, todavía —¿ves? Ya te dije que mi padre tenía el mejor sentido del humor del mundo—, y que de ninguna manera podía desnudarme delante de mis hermanitas.

También puso la estúpida norma de que no podía ir desnudo en todo momento. Me cago en las restricciones sociales y todas esas gilipolleces.

En cualquier caso, ese fue el nacimiento oficial de Kolya Jr., o Kolya, para abreviar. Kolya, además, es el diminutivo ruso de mi nombre, pero no lo usa casi nadie, excepto mi abuelo ruso, que no termina de aceptar la realidad de que Niko le ganó la batalla como apodo hace mucho.

Y no, el abuelo no sabe que llamo Kolya a mi polla, porque, si no, me quitaría el título de ruso. Y eso no mola. Si respiro vodka.

En fin, que desde aquel incidente eréctil, Kolya se ha convertido en la polla más guarra y aventurera que nadie haya conocido jamás. Por decirlo finamente, tiene bastantes recursos y, si os soy sincero, quiere follar en todo momento. Parte de su extenso arsenal es que es fácil de satisfacer. Si le doy un agujero dispuesto, llora de alegría… literalmente.

Así que imagínate mi desconcierto absoluto cuando decidió quedarse callado hoy mismo.

A este Kolya algo frustrado sexualmente le presenté sus sabores favoritos. Todos al mismo tiempo.

¿Polla y coño? El puto premio gordo, la verdad.

Después de la iniciación, regresé a la mansión de los Paganos y le envié un mensaje a tres de mis contactos, para que vinieran a rezar al altar de Kolya.

Los tres respondieron, así que ¿qué iba a hacer? Un cuarteto sonaba divertido, por lo que les pedí que vinieran y eso hicieron, bien cargados de maría y alcohol, y uno de ellos masticando una pastilla azul.

No sé si debería mascarse, pero a mí me importaba un pimiento y le di un poco de vodka para ayudarle…, eh…, con la digestión y esas mierdas.

No me preguntéis de qué conozco a esos dos chicos y a la chica. La chica puede que sea de la facultad. De nuevo, no me preguntéis qué hago en la facultad. Estoy estudiando Empresariales, pero, desde que llegué a la universidad, he ido a pocas clases. Mientras mantenga una nota media decente, gracias a mi memoria impresionante, a nadie le importa. Ni siquiera a mí.

Los dos chicos, vete tú a saber. Al parecer, llamo mucho la atención. Puede que se deba al piercing mágico que tiene Kolya, por el que muchos afirman que ven el cielo.

O el infierno, según el fetiche de cada uno.

También puede que se deba a que cualquier petición me parece bien. Una vez, una chica me dijo: «Asfíxiame, papi», y estuve a punto de matarla. En mi defensa, diré que no me especificó cuánto quería que la asfixiara, así que me dejé llevar…, es decir, que usé la máxima violencia. A ella le encantó y volvió a por más.

Otro chico me envió un mensaje diciendo: «¿Quieres un felpudo? Porque te dejo pisarme todos los días, y hasta me pondré a cuatro patas para aceptarlo». Así que eso mismo hice, pisotearlo. ¿Qué? Fue él quien lo pidió, y no exagero: se corrió por toda la habitación. Después, se puso a cuatro patas para que me lo follara.

Qué buenos tiempos.

Sin embargo, anoche no sucedió lo mismo.

Fue lo contrario a divertido; de hecho, me dejó hecho polvo, joder.

Tenía tres personas muy sexis a mi disposición, pero Kolya se estaba haciendo de rogar como un capullo virgen. Y no lo es para nada.

Por primera vez en mi vida, no me puse cachondo. Tampoco cuando me ofrecieron sus bocas, sus agujeros y todo lo que se les ocurrió. De hecho, ni siquiera me motivaba liberar a Kolya de su confinamiento más odiado: los pantalones.

Los otros tres pronto se olvidaron de mí y se centraron los unos en los otros, mientras yo observaba sentado en las escaleras, tomándome una buena botella del vodka de siempre. Fue un trío bastante épico, que empezó con besos, siguió lamiéndose unos a otros, después los chicos penetraron a la chica a la vez y la follaron hasta que perdió el sentido. Después, la dejaron de lado. El de la viagra se ve que no tenía bastante, así que puso al otro chico de rodillas, se lo folló y se corrió en su culo. O al menos eso creo. Porque en algún momento me quedé dormido.

En el último escalón de las escaleras.

Si eso no os deja claro lo mal que está Kolya con eso de no pasárselo bien, ya no sé qué más deciros.

No por lo de dormir en unas escaleras, porque, te lo juro por lo más sagrado, mi cuerpo solo se queda dormido en cualquier cosa que no sea una cama. Es algo que viene de fábrica con mi mente perturbada.

Me refiero a la parte de no participar en el sexo. Normalmente, me habría involucrado de lleno y habría sacado lo mejor de esa energía gay que tiene todo el mundo. Hay un motivo por el que la gente siempre me dice que sí cuando les mando un mensaje: les garantizo que lo van a pasar bien sin medida.

Anoche, no solo no me follé a distintos agujeros, sino que, además, me aburrí.

Me sentí absolutamente indiferente.

Como hoy por la mañana, cuando una profesora estaba a punto de hacerme una mamada. Una tía que está buena y que tiene unos labios carnosos y todo.

Kolya estaba casi empalmado, pero no quería que sus labios se acercaran a su molesta existencia.

Joder.

Después de las clases, atravieso la puerta de la mansión y me detengo en el vestíbulo. Me quito la camiseta y la tiro al suelo. El collar que me regaló mi padre cae en mi pecho y acaricio la bala que cuelga de él.

Ya está. Mucho mejor así.

La gente debería dar gracias de que lleve pantalones. Esa sociedad mojigata tiene que aprender a relajarse, coño. Tengo un cuerpo bonito y prefiero enseñarlo a tenerlo tapado todo el tiempo. Y lo mismo digo de mi gigantesca polla. Normalmente estoy orgulloso del tamaño de Kolya y de su rendimiento al nivel de estrella porno, pero hoy no es su día.

Miro con ojos entornados la tienda de campaña a medio hacer de mis pantalones.

—¿Qué coño te pasa, gilipollas?

¿Es porque he follado demasiado? No, coño. Si a él le encanta eso. Le parece bien cualquier agujero. Por eso de las opciones infinitas y tal.

Tal vez debería aumentar las opciones… Pero ¿con quién? Me he follado a literalmente toda la población que tengo a mi disposición.

Rebobinemos.

¿Qué podría haber provocado el desinterés de Kolya? Se ha quedado atrapado en esta extraña fase en la que está a punto de empalmarse, pero no llega a hacerlo del todo.

Ayer por la mañana, me estaba corriendo sobre un culo y un coño… ¿o eran dos culos y un coño? Bueno, estaba fumado en ese momento, así que a saber cuánta gente había allí.

Pero lo que sí sé es que Kolya estaba muy emocionado por un evento que aguardaba con ansias: la iniciación. ¿Pegar palizas de muerte a la gente? ¿Dominar sus existencias insignificantes?

Una puta pasada.

Kolya se sentía totalmente feliz y tuvo la noche más guarra de todas, sobre todo después de…

Se me hace un nudo en las entrañas y lo sopeso.

Se sintió mejor que nunca cuando…

Un niño pijo amargado y estirado deslizó su culito prieto por encima.

—Ay, no. —Me miro los pantalones—. No, joder, me cago en todo.

Mi polla se menea de nuevo, como si dijera: «Vaya que sí».

—¿Qué coño eres tú? ¿Un masoquista? Me dijo que era hetero. Me pidió que mantuviera estas gilipolleces lejos de él, como si fuera un insulto.

Mi polla no entiende de insultos, ya que tiene la brújula moral de un condón usado y sigue pidiendo atención como un niño ansioso en clase.

—Tienes que hacértelo mirar, chaval. Preferiblemente por un exorcista que pueda sacarte esos demonios de la cabeza.

Ahora que lo pienso, cuando me estaba quedando dormido, no estaba viendo el fabuloso trío, sino el movimiento de la maravillosa nuez de Brandon, cómo se deslizaba cuando tragaba con dificultad.

Hay que joderse.

Ahora Kolya sí que está empalmado y con ganas de follar. Tal vez, si le busco el mismo sabor que los tres de anoche…

Se me baja la erección tan rápido que maldigo a su puñetero creador.

Soy yo. Yo soy su creador.

—Me cago en todo, hijo de puta —mascullo.

Yo no follo con tíos heteros.

Nunca.

La mayoría tienen egos frágiles y una energía de machote que me provoca una violencia repentina e impulsiva. Prefiero a la gente LGTB+ que está cómoda con su propia sexualidad como yo, muchas gracias.

El único motivo por el que me acercaría a un hombre heterosexual es que se tratara de un corderillo bicurioso que quisiera experimentar. En ese caso, me propongo la misión de llevarlo a los cielos. Como un ángel le hizo a algún profeta (no me preguntéis cómo se llamaba; no recuerdo ni mi nombre la mitad del tiempo).

Brandon King no entra en mi lista de intereses.

Es demasiado estirado y cerrado, eso sin mencionar lo altivo y arrogante que se muestra. Toda su existencia debería provocarme un caso grave de disfunción eréctil.

Por el amor de Dios.

Ese tipo debería relajarse un poco. O mucho. De hecho, alguien debería hacerle tragar un buen puñado de pastillas tranquilizantes hasta que se ahogue con ellas.

Me cago en él y en su «aléjate» y en su «deja de tocarme».

«Soy hetero». Y una mierda.

Casi se pone a rebotar en mi polla y se quedó ahí sentadito mientras yo le rozaba una erección de proporciones épicas durante más de cinco minutos. No es que estuviera contando ni nada.

O tal vez sí. Para desmontar su afirmación.

Hetero, por mis cojones. O los suyos, para ser más específicos.

Debería apuntar que, durante ese tiempo, su hermana entró en la habitación y estuvo a punto de volverse loco, por eso se quedaría tan quieto durante tanto rato, pero no quiero irme por las ramas.

Me da igual esa batalla mítica y heterosexual que está librando. Que le den por culo, sinceramente.

Lo invité a la iniciación solo para meterme con su hermano gemelo, que es el cabrón que lidera a todos los niños pijos de los Élites y que cree que puede plantarnos cara.

Hace unas cuantas noches, Landon y yo luchamos en uno de mis sitios favoritos de la isla: el club de la lucha. Estaba contentísimo de hacer picadillo a ese capullo británico delante de todos sus fans.

Pero entonces Brandon se plantó allí como si fuera la versión principesca de su hermano.

Admito que perdí la concentración porque parecía exageradamente alterado por que le estuviera pegando una paliza de muerte a Landon, y también admito que a Kolya le gustaron las vistas.

Está bueno. Y no se parece al hermano engreído y vanidoso que tiene.

Brandon tiene una presencia más tranquila y se comporta como todo un niño bueno.

El cabello castaño bien peinado, la cara afeitada, un cuerpo alto y esbelto, pero musculoso. Sí, que no os engañe esa ropa pija: ese cabrón tiene abdominales. Los seis músculos. Los conté ayer cuando no tenía nada más que hacer con mis manos. Me habría encantado que mis dedos siguieran un camino más divertido, pero dudo que le hubiese gustado al gruñón de Brandon.

En fin… «Deja de irte por las ramas, cerebro, lo digo en serio».

Casi perdí el combate por culpa de la intervención de Brandon. Quiero aclarar que no suelo distraerme en las peleas por este tipo de razones patéticas, de verdad.

Así que, evidentemente, tenía que fastidiar a Bran de la misma forma que él me fastidió a mí. Y como la iniciación estaba a punto de celebrarse, no quise perder la oportunidad.

Como estaba tan preocupado por el idiota de su hermano, me inventé toda una historia para que participara. Fue un tiro a ciegas. La verdad es que no pensé que Brandon fuera a caer en la trampa, ya que es un pedante de cojones que mira por encima de su alto caballo a la gente como yo.

Imagínate mi sorpresa cuando vino como un corderito perdido.

Un corderito perdido, pero «hetero».

Lo que no esperaba era esa agresividad sutil y esas pinceladas de sumisión que se asomaron por debajo de ese control riguroso que se autoimpone como una segunda piel.

Desde fuera, parece demasiado aburrido y pedante, como si le hiciera falta drogarse un poco. Puede que si toma una mezcla de todo se suelte un poco y deje de ser tan capullo.

Sin embargo, algo cambió cuando lo sometí a presión: se echó a temblar y le costó esconderse tras esa máscara, literal y figurada.

Mi polla crece al recordarlo quieto como una estatua sobre mi regazo. Creo que él no se dio cuenta, pero mantuvo las palmas de las manos sobre los muslos como un príncipe bien educado.

Pero luego se marchó antes de que pudiera convencer a los demás de admitirlo en el club. No creo que hubieran accedido, y Jeremy se mostró absolutamente horrorizado cuando descubrió quién era, pero bueno. Solo quería jugar un poco con él.

Y usarlo contra su hermano, si se daba la oportunidad.

Y, tal vez, mientras tanto, destrozar esa fantasía de ser hetero. Casi nunca tonteo con hombres hetero, pero este era demasiado tentador como para dejarlo pasar.

La sangre acude a mi entrepierna.

—Joder, me cago en todo. Necesito ayuda —mascullo.

—Sí que necesitas ayuda, Niko. —Mi primo Killian pasa a mi lado, acompañado de su hermano, Gareth, y de mi mejor amigo, Jeremy.

Deben de haber acabado las clases y han vuelto juntos, algo que debería haber hecho yo también.

Pero qué vamos a hacer, se me olvidó.

Jeremy se detiene a unos centímetros de mí. Es algo más bajito que yo y el más petado después de un servidor. También tiene unos años más, pero es mi mejor amigo desde que tengo memoria. Aunque puede que lo convenciera para que lo fuese.

Se aparta el cabello negro de la cara y me mira con ojos entornados.

—Niko, por favor, dime que no estabas hablando con gente invisible.

—Claro que no. Estaba teniendo una frustrante conversación con mi polla.

—Eso es aún peor. —Gareth me da un empujón y se ríe.

Mi primo mayor es el príncipe veinteañero de nuestro grupito de caóticos. Tiene el pelo liso y rubio, la mandíbula marcada, los ojos verdes como si fuera un puto elfo, y unos puñeteros hoyuelos. El problema es que es más listo de lo que debería. Y eso le hace un poquitín aburrido, la verdad.

No se parece en nada a su hermano pequeño, Kill, que tiene mi edad y el pelo negro, los ojos azul penetrantes y la personalidad de un asesino en serie. El tipo de personalidad que más me gusta. Cuanto más desquiciado, mejor.

Es un capullo, pero, al menos, es un capullo que no me impide desatar el caos; en ciertas circunstancias, hasta lo permite y lo alienta.

—¿Por qué estabas hablando con tu polla? —pregunta Jeremy, a medio camino entre la curiosidad y el horror, que es como suele mostrarse conmigo.

—Tenemos una diferencia de opinión. Llegaremos a un acuerdo tarde o temprano.

—O puedes tratarte esa disfunción eréctil como ya hablamos. Puedo darte el contacto de uno de mis profesores, que trabaja en el hospital de aquí —musita Kill mientras pasa a mi lado y se sienta en el sofá sonriendo como un cabronazo al que le borraré esa sonrisa Colgate cuando le arranque los putos dientes.

—Si quieres volver a verme la polla, dilo. —Echo mano al cinturón, dispuesto a dejar clara mi postura.

Gareth posa una mano sobre la mía con un gesto aterrorizado.

—No nos enseñes tu polla, Niko. En serio, ¿por qué sientes la necesidad de desnudarte en cuanto alguien menciona tu polla? Que somos primos, por el amor de Dios.

—Bueno, tu hermano no deja de ensuciarse la boca hablado de disfunción eréctil y quiero demostrar que no tengo de eso.

—Te creemos —gruñe Jeremy con un asco evidente—. Mantenla en los pantalones. Nadie de aquí quiere verla.

—No te creo. —Kill se encoge de hombros mientras juega con el mando a distancia.

—¡Kill! —ruge Gareth—. Deja de darle alas o irá desnudo unos cuantos días.

—Buena idea —digo chasqueando los dedos—. Qué listo eres, Gaz.

Se le descompone la cara.

—No, por favor.

Killian echa la cabeza hacia atrás para reírse y Jeremy suspira por enésima vez desde que llegó y se sienta a su lado. Creo que ese desagrado creciente se debe a mí, pero, lo juro por Dios, no sé qué he hecho o estoy haciendo mal.

—¡Ah, cierto! —Vuelvo a chasquear los dedos y me siento enfrente de Kill y Jer.

Gareth desaparece y, con el rabillo del ojo, veo que está subiendo las escaleras, seguramente para escapar de mi exhibicionismo futuro.

Pero eso lo dejo para más adelante.

—¿Qué sucede ahora? —pregunta Kill con cierto divertimento—. ¿Vas a contarnos una historia sobre tu polla?

—Es tentador, pero en otro momento. He estado pensando.

—¿Tú sabes pensar? Creo que vamos a tener que revisar esa cabecita que tienes cuando vayas a por tratamiento para la disfunción eréctil.

—Ja, ja, qué gracioso —digo con ironía—. Ahora cállate de una puta vez. Tengo que haceros una pregunta importante. ¿Alguna vez os habéis sentido atraídos por un chico?

Kill se cruza de piernas a la altura de los tobillos.

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