Prólogo
Londres, 1858
Camila descendió del sombrío y viejo carruaje. En silencio, y con la cabeza baja, siguió a la supervisora al interior de la tienda. Una abrumadora calidez la envolvió apenas traspasó la puerta, aunque no fue suficiente para paliar el frío mordaz que albergaba su corazón. Era como una costra endurecida que se había ido formando poco a poco a su alrededor —desde que puso un pie en Hopeless Park, o quizá desde mucho antes, cuando su madre enfermó— a base de soledad, tristeza e indiferencia. No es que el orfanato fuera un mal lugar, le proporcionaba un techo, comida y vestidos, pero había algo que faltaba en él.
A sus nueve años, la niña no podía comprender del todo qué era ese «algo», pero sentía la ausencia de afecto del mismo modo que sentía el vacío de su estómago cuando tenía hambre, lo cual le ocurría con bastante frecuencia en los últimos tiempos. Tal vez por eso, cuando descubrió sobre uno de los mostradores un frasco de cristal que contenía caramelos de aspecto delicioso, la mirada se le quedó prendida en él y la boca se le llenó de saliva.
—Quedaos aquí y no toquéis nada —les ordenó la supervisora a ella y a las otras dos niñas, algo más mayores, que la acompañaban.
Mientras la señorita Mitford se dirigía a una de las empleadas del primoroso —aunque modesto— negocio, Camila reprimió la tentación de echar un nuevo vistazo a los caramelos, apretando las regordetas manos a los costados. Tuvo cuidado de no arrugar la burda tela de su vestido, pues era el único, de los tres que poseía, que no le apretaba en la cintura. La señorita Braithwaite, que era quien mandaba en Hopeless Park, la había acusado de haber engordado, como si fuera una falta intolerable en una huérfana, y le había asegurado que no le proporcionaría nuevos vestidos, así que debía cuidarlos con esmero.
Así pues, ya que su atención no podía centrarse en los dichosos caramelos, su mirada vagó por cada uno de los rincones del establecimiento. Sus grandes ojos del color de las avellanas se detuvieron en uno de los mostradores sobre el que había varias cintas de diferentes colores, accesorios varios y un sombrero a medio concluir. Forrado con elegante satén rojo, una muchacha se afanaba en colocar una cinta de un suave color rosado alrededor de este. Camila frunció el ceño. No le gustaba esa combinación y, aunque no sabía decir el porqué, le parecía que restaba vivacidad al tono rojizo. Vio resoplar a la joven dependienta a causa de la frustración, incapaz de hacer bien el lazo, y suspirar con alivio cuando la mujer que hablaba con la señorita Mitford la llamó.
—Penny, haz el favor de ir en busca de la señora Bertram. Dile que está aquí la señorita Mitford, de Hopeless Park.
—Sí, señora Elger. Ahora mismo.
La joven abandonó su puesto detrás del mostrador y desapareció tras unas cortinillas que conducían a un largo pasillo en semipenumbra.
Camila enderezó la espalda cuando sintió la afilada mirada de la señorita Mitford, que había observado la partida de la dependienta y luego se había vuelto hacia ellas.
—Señoritas Dawson y Smith, vengan aquí. Usted, señorita Lockwood, quédese ahí.
—Permita que la niña se siente —intervino la señora Elger con tono amable, al tiempo que señalaba una pequeña butaca junto al mostrador del sombrero—. Tomar las medidas de estas dos jovencitas nos llevará un tiempo, lo mismo que llegar a un acuerdo con la señora Bertram sobre la posibilidad de admitirlas como aprendices.
La señorita Mitford asintió con regia dignidad.
—Sí, es comprensible —aceptó—. Puede sentarse en la butaca, señorita Lockwood, pero no olvide sus modales.
Ella se encaminó hacia el asiento, procurando no arrastrar los pies, que ya le dolían. Se detuvo un instante frente al mostrador y contempló el sombrero con la misma expresión concentrada con la que solía mirar las letras del alfabeto cada vez que tenía que copiar alguna durante las clases que impartía la señorita Peyton, como si fuera un enigma de difícil solución. Luego tomó asiento y clavó la vista en sus compañeras, para evitar fijarla en la cinta rosa que se agitaba con un suave balanceo cerca de su cabeza.
Lo intentó con todas sus fuerzas, procurando seguir la conversación que mantenían la señora Elger y la señorita Mitford sobre el estilo de los cuellos y puños, así como sobre los tipos de tela más adecuados para cada temporada, a pesar de lo inútil que eso resultaba, pues Hopeless Park era un lugar frío, tanto en verano como en invierno.
Después de un rato de lucha interior contra su conciencia, esta última perdió la batalla y se dio permiso a sí misma para actuar. Su primer movimiento fue estirar el brazo para tocar la cinta. El tacto suave y fresco le fascinó. Le recordó al de las manos de su hermana Violet —de quien apenas se acordaba, pues hacía casi cuatro años que se había marchado de Hopeless Park— cuando la ayudaba a vestir el camisón para acostarse. La nostalgia le arañó la garganta, una mezcla de dulzura y amargor que le escoció, humedeciéndole los ojos. No se dio cuenta de que apretaba la cinta con demasiada fuerza hasta que esta se deslizó desde el mostrador y quedó colgando de su mano como el tallo de una rosa ajada.
Se asustó tanto que su reacción inmediata consistió en recoger la cinta y ocultarla detrás de su espalda, al tiempo que desviaba su mirada hacia la señorita Mitford, quien, por fortuna, no le prestaba atención. «Robar es un pecado grave». Escuchó las palabras en su cabeza, como si la supervisora se las estuviera dirigiendo a ella en ese mismo momento, y su corazón comenzó a latir con tanta violencia en su pecho que su menudo cuerpo se estremeció con un leve temblor.
—No soy una ladrona —musitó en voz baja. No quería que la acusaran de eso. Una vez lo habían hecho y, como castigo, estuvo encerrada durante todo un día en una habitación, a pan y agua, para que reflexionara sobre su falta. De no haber sido por su hermana Melissa, que descubrió a la verdadera culpable, su encierro habría durado mucho más tiempo, ya que no podía devolver aquello que no había robado.
Abandonó la butaca para intentar colocar de nuevo la cinta alrededor del sombrero; sin embargo, se detuvo cuando estaba a punto de hacerlo y ojeó el resto de los listones y accesorios que había sobre el mostrador. Dejó encima el de tono rosado y tomó uno de color beige y otro blanco. No se percató de la mujer que, detrás de la cortinilla, la observaba con el ceño fruncido.
Camila perdió la noción del lugar en el que se encontraba y de lo que la señorita Mitford esperaba de su conducta, atrapada como estaba en lo que ella consideraba como un divertido juego. Nunca había tenido una muñeca, pero había visto una en el escaparate de una tienda, ataviada con un elegante vestido de volantes, y deseó poder hacer un atuendo igual para sí misma, en lugar del sencillo vestido gris que llevaba y que hacía que le picara la piel. Con las cintas en la mano, tuvo que empinarse un poco sobre las puntas de los pies para ver mejor el contraste entre los dos colores contra el satén rojizo. Le gustó más el efecto que causaba el listón blanco, así que lo colocó alrededor del sombrero, tal y como había visto hacer a la dependienta, aunque el lazo le quedó torcido. Luego cogió uno de los adornos, un pequeño ramo de rosas rojas y blancas, con hojas verdes, y lo colocó a un costado del sombrero, sujeto por la cinta. Sonrió, satisfecha.
—¡Señorita Lockwood! ¿Qué es lo que está haciendo ahí?
El sobresalto la hizo dar un respingo. El tono severo de la señorita Mitford provocó que su corazón empezara a latir con rapidez, como si deseara escapar de allí, dejando su cuerpo atrás. Se volvió hacia ella, con los ojos agrandados por el temor.
—Yo...
—Le había dicho que no tocara nada, ¿no es así?
No había alzado la voz, que carecía de inflexión, pero la mirada gélida que clavaba sobre ella le puso un nudo de lágrimas en la garganta, que contuvo a base de clavarse las uñas en las palmas de las manos.
—La... la cinta...
—No necesito excusas, señorita Lockwood —atajó la supervisora sin misericordia—. Cuando regresemos...
—No hay necesidad de ser tan severa, señorita Mitford —la interrumpió la señora Bertram saliendo de detrás de las cortinillas. Tomó el sombrero de satén rojo y lo observó con atención, antes de volver a dejarlo sobre la mesa. Un destello de aprobación acarició el azul profundo de sus ojos—. De hecho, debería felicitarla, ha hecho un trabajo estupendo. Si todas sus alumnas son como esta, estoy dispuesta a aceptarlas como aprendices.
El gesto grave en el rostro de la supervisora no varió ni un ápice, simplemente se limitó a inclinar la cabeza en señal de aquiescencia.
—Puedo asegurarle que no tendrá queja alguna. Las chicas saben cómo comportarse —declaró, al tiempo que dirigía una mirada de advertencia a Camila— y trabajar duro.
—Bien, entonces, creo que podríamos sentarnos y hablar de negocios, señorita Mitford. —Se volvió hacia su asistente—. Señora Elger, ¿ha tomado ya las medidas a las dos niñas?
—Así es, señora Bertram.
—Pues haga el favor de darles un bastoncillo de caramelo a cada una, luego puede enseñarles el taller, si la señorita Mitford está de acuerdo —añadió, esperando el consentimiento de esta. Cuando la vio asentir, continuó—: ¿Me permite hablar con la pequeña? Quisiera comprobar algo.
—Se llama Camila Lockwood —dijo, expresando así su conformidad.
La dueña del establecimiento le hizo una seña a la joven dependienta para que le trajera uno de los sombreros que estaba decorando. Luego se volvió hacia la niña, inclinándose para quedar a su altura.
—Camila es un nombre precioso.
—Muchas gracias, señora. —Realizó una reverencia, tal y como le habían enseñado, y miró a la señorita Mitford en busca de su aprobación. Aunque sabía que no debía decir nada más, no pudo resistirse a añadir—: Es el nombre de una flor, me lo puso mi mamá y me dio esto.
Le enseñó el medallón de latón que siempre llevaba colgado al cuello, en el que podía verse el grabado de una camelia y la letra C.
La señora Bertram no quiso corregir a la niña sobre la diferencia entre su nombre y el de la flor. No había necesidad de causarle dolor por enmendar un error. Era sabido que la pobreza engendraba ignorancia, pero el amor y el genuino afecto eran más importantes que el conocimiento.
—Es muy bonito —le aseguró. Los rubios tirabuzones que asomaban por debajo de la sencilla cofia que llevaba se agitaron cuando asintió. Le sorprendió ver que no sonreía. «¿Acaso no deberían hacerlo todos los niños?»—. ¿Cuántos años tienes, pequeña?
—Tiene nueve —respondió la señorita Mitford.
Eliza Bertram tomó el sombrero que había llevado la dependienta y se lo ofreció a Camila.
—¿Te gustaría decorarlo?
Era de paja, más pequeño que el anterior y sin alas, por lo que usar un listón para atarlo bajo la barbilla no resultaría favorecedor. La niña lo cogió y se volvió hacia el mostrador para observar el material. Cuando se percató de que tomaba una cinta rosada, del mismo tono que el ribete que bordeaba la estrecha ala, la señora Bertram sintió una punzada de decepción. Sin embargo, esta se disipó al ver cómo rodeaba con ella la copa y la ataba con un lazo al frente. Luego añadió sobre este una flor y colocó unas plumas de un tono rosado más oscuro, casi púrpura. El resultado era exquisito. Supo que Camila poseía un talento innato.
—¿Cuándo puede empezar a trabajar? —preguntó, volviéndose hacia la señorita Mitford con un brillo de triunfo en la mirada.
Capítulo 1
Londres. Febrero de 1870
De su padre y su madre ya no conservaba ningún recuerdo, excepto el medallón que le había dejado esta y que colgaba de su cuello. Carecía de valor económico, pues estaba confeccionado con latón, pero poseía un gran valor sentimental. Era lo único que la reconfortaba en las solitarias noches que pasaba cosiendo o elaborando sombreros a la luz de una vela. Cuando reuniese el dinero suficiente, pondría su propia sombrerería. Se haría tan famosa que el nombre Lockwood se pronunciaría con respeto en todo Londres, quizá en Inglaterra entera, y así llegaría a oídos de sus hermanas —allá donde estuvieran— y podrían reunirse de nuevo.
Exhaló el aliento cálido sobre los dedos ateridos y rojizos. Apenas podía moverlos, mucho menos manejar la aguja, pero debía terminar aquel sombrero para llevárselo a la señora Bertram. Se frotó los ojos cansados y miró hacia el ventanuco de la habitación que tenía alquilada en Red Lion Square, en el barrio de Holborn. La luz se abría paso tímidamente a través de la oscuridad. Pronto amanecería. Si no dormía al menos una hora, tendría de nuevo problemas en el taller.
Con un suspiro, tomó otra vez la aguja y se centró en coser el listón que pondría alrededor de la copa del bonete. Cuando terminó de dar la última puntada al lazo, observó su obra y asintió satisfecha. Sonaron unos golpes en la puerta.
—Señorita Lockwood, le traigo el desayuno.
Camila se levantó, frotándose la zona baja de la espalda, y fue a abrir.
—Muchas gracias, señora Perkins —dijo cuando le franqueó la entrada.
La casera entró en la estancia y buscó un lugar donde depositar la bandeja. Fue un vano intento. La habitación era reducida y apenas contaba con escasos muebles. La mesa y la butaca rebosaban de hilos, telas, cintas y adornos. Un par de vestidos descansaban extendidos sobre la estrecha cama. El único espacio vacío era la silla que la misma Camila acababa de abandonar.
El resoplido de la mujer resonó en medio del silencio, antes de que este se llenase con su verborrea.
—Haga el favor de despejar un poco esa mesa para que pueda dejar esto. No comprendo cómo puede trabajar entre tanto desorden y casi sin luz. —Depositó la bandeja con cuidado sobre la mesa, para no dañar la tetera de porcelana que ya estaba bastante desportillada—. Además, no duerme y apenas come, ¿cree que puede vivir así? Le van a salir arrugas en ese bonito rostro antes de tiempo, y así no podrá casarse. No pretenderá quedarse aquí hasta que se marchite, ¿verdad? Es usted una joven de buen corazón y la aprecio, es casi como mi hija, por eso le digo que debe conseguirse un esposo que la cuide como se merece y que le dé muchas criaturas que se agarren a sus faldas y la llamen «mamá». La felicidad hay que salir a buscarla, querida, no puede esperar a que le llegue sentada entre costuras a la luz de una vela. Bien, ahora siéntese y tome el desayuno, jovencita.
—Se lo agradezco mucho, señora Perkins, pero debo...
—No hay peros que valgan, señorita Lockwood. No me moveré de su lado hasta que se haya comido por lo menos una tostada.
—Está bien —aceptó con un suspiro resignado, al tiempo que se sentaba frente a la bandeja mientras la casera le servía un té.
A través de la estrecha ventana echó un nuevo vistazo al cielo, teñido ya de tonos rojizos y amarillentos. Debería darse prisa si no quería llegar tarde al taller.
***
Tenía que dejar de comer dulces. Ese fue el único pensamiento que cruzó su mente mientras caminaba con premura por la calle, intentando esquivar a los numerosos paseantes con los que se cruzaba y procurando que no se le cayeran los paquetes que llevaba.
Sintió una punzada en el costado y un jadeo escapó de sus labios, obligándola a detenerse para coger aire. Apenas unos segundos después, reemprendió la marcha. No estaba acostumbrada a caminar con rapidez, pero no podía permitirse llegar tarde. Sabía que la señora Bertram comprendería la situación si se la explicaba, pero aquel no era un día cualquiera. La dama que había encargado los vestidos y un par de sombreros acudiría a recogerlos temprano. Si no los entregaban a tiempo, no los aceptaría y podrían olvidarse de recibir el pago. Y necesitaban el dinero para que el taller siguiera funcionando.
La máquina de coser —que Elias Howe había patentado en 1846— había mejorado su funcionalidad con el paso de los años, revolucionando la industria textil. La venta de las Singer se extendía cada vez más, y el impacto se dejaba notar en los pequeños negocios como el de la señora Bertram, puesto que una de esas máquinas podía realizar el trabajo de cinco costureras con más rapidez. Proporcionaba mayor productividad y precios más bajos, al ser capaz de producir ropa en masa.
El dueño de la nave donde se hallaba ubicado el taller no estaba dispuesto a conceder una demora en los pagos de alquiler y eran pocos los clientes que solicitaban encargos, por lo que la señora Bertram se encontraba en graves dificultades económicas. Además, algunas de las muchachas se habían marchado a las fábricas textiles que proliferaban cada vez más, sobre todo en el norte de Inglaterra.
Camila no deseaba abandonar a la mujer que había sido para ella como una madre desde que la acogiera doce años atrás. La había tratado con cariño, ayudándola a sobrellevar la pérdida de sus hermanas cuando estas dejaron el orfanato y enseñándole todo lo que sabía sobre el arte de la costura. Sin embargo, necesitaba el dinero de su salario para pagarle la habitación y la comida a la señora Perkins, y no tendría más remedio que buscar otro empleo si el taller no conseguía salir adelante.
Dio un ligero resoplido para apartar el rubio mechón que había escapado de su recogido, cosquilleándole en la frente con el suave balanceo, y se alegró al ver que estaba llegando a su destino. Le apretaba el corsé, que seguramente le dejaría marcas en la piel, y le costaba respirar por la carrera, aunque también se debía al exceso de peso que tenía. «Y eso también se lo debo a la señora Bertram», pensó. Si no le hubiera dado tantos caramelos de niña ni la hubiera invitado a tomar ese delicioso chocolate a la taza, acompañado por las exquisitas galletas que horneaba, su cuerpo no se habría aficionado a los dulces ni habría adquirido aquellas redondeces de las que no era capaz de desprenderse.
Notó que uno de los paquetes se deslizaba hacia un lado, desequilibrando la torre que llevaba entre sus brazos, y tuvo que hacer malabares para no dejarlo caer al suelo. Antes de que pudiera reparar en el hombre que estaba parado en mitad de la calle, chocó contra él y los paquetes se desparramaron por el suelo.
—¡Oh, no! —El papel que envolvía uno de los vestidos se había rasgado, aunque, por suerte, la tela no parecía haberse ensuciado. También estaban a salvo las sombrereras, que no se habían abierto.
—Le pido disculpas, señorita. Ha sido un descuido mío.
Camila elevó la mirada hacia el caballero, que se había agachado junto a ella para ayudarla a recoger los paquetes, y se encontró con los ojos más verdes que había visto en su vida. Eran como dos esmeraldas y brillarían como tal, bajo las largas pestañas, si las permanentes arrugas en el entrecejo no ensombrecieran su gesto. Tenía un rostro apuesto, de facciones delgadas, y una nariz patricia sobre los labios finos, que no parecían propensos a las sonrisas, ni siquiera a las de disculpa. El cabello, del color del caramelo, lo llevaba peinado hacia atrás, aunque se le formaban pequeñas ondas a pesar del aceite que usaba para fijarlo.
Se había quedado mirándolo como si se le hubiera derretido el seso, y no había atendido a sus palabras.
—Disculpe, ¿qué me decía?
—Que espero que no se hayan estropeado —dijo Maurice, señalando los paquetes.
—¡Oh! No lo creo. —Echó un vistazo a los envoltorios con preocupación.
Maurice siguió su mirada. El satén de seda que asomaba a través de la rasgadura del papel era elegante y costoso, no parecía en absoluto el tipo de tela que vestiría una joven como aquella, por lo que supuso que estaba en lo cierto: el taller de costura que había estado buscando se encontraba cerca. Dado su aspecto, la muchacha debía trabajar como sirvienta en alguna mansión y había ido a recoger el pedido de su señora.
Sin embargo, antes de que pudiera pedirle razón del establecimiento, la joven se levantó y, con un escueto y apresurado «gracias» —tras haberle colocado el último paquete sobre la pila de encargos que llevaba de nuevo en los brazos—, se alejó calle abajo. Por unos instantes, se dedicó a contemplar el delicioso balanceo de las caderas femeninas. Las exuberantes curvas despertaron su admiración y el deseo de cubrirlas con alguna de sus creaciones en terciopelo, seda y satén. Sacudió la cabeza para alejar aquellos pensamientos, para los que no tenía tiempo. Debía encontrar pronto aquel taller, o estaría en graves problemas.
***
Camila llegó casi sin resuello a la tienda de la señora Bertram, aunque no se debía tanto a la rapidez de sus pasos como al ritmo acelerado que había adquirido su corazón después del encuentro con el caballero. Se había comportado como una tonta, huyendo sin agradecerle su ayuda apropiadamente, pero nunca había sido buena para entablar conversaciones —mucho menos si se trataba de hacerlo con personas del sexo opuesto—, pues los ocho años que había pasado en el orfanato la convirtieron en una persona más bien reservada y seria. Aunque, en esta ocasión, quizá su prisa por alejarse se debiera al fascinante aroma que desprendía aquel hombre, con la dulzura del coco y una nota floral exótica, y a la belleza hechicera de sus ojos verdes.
Se detuvo un instante para recuperar el aliento y entró en la tienda. No quedaba rastro de la elegancia de aquel antiguo local al que acudió por primera vez con tan solo nueve años. Los muebles habían perdido el lustre y el tapiz de las butacas lucía algo ajado. En el aire flotaba un cierto olor a rancio. Aunque no fue eso lo que le hizo arrugar la nariz con desagrado, sino la presencia del hombre que emergió en ese momento de la trastienda, seguido de la señora Bertram. Era delgado, con ojillos de rata en un rostro alargado cuya mandíbula perfilaba una barba corta, y tenía un cuidado bigote bajo la nariz aguileña.
—Se lo ruego, señor Hastings, deme un poco más de tiempo.
—Verá, señora Bertram, no se trata de tiempo, sino de negocios y, para ser sinceros, usted y su taller ya no me proporcionan ningún beneficio. Incluso aunque consiguiera el dinero, ya no me interesa. A menos, claro, que considerara aceptar esa oferta de la que le he hablado en otras ocasiones. Ya conoce el interés personal que tengo en esa muchacha, Lockwood..., si usted la persuadiera de convertirse en mi amante, quizá podría...
—Es usted un cerdo despreciable. ¡Fuera de aquí ahora mismo!
Camila notó un desagradable vuelco en el estómago y la náusea le subió por la garganta. Dejó los paquetes que llevaba en los brazos sobre una de las mesillas cercanas. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en el respaldo de una de las butacas que había cerca. Esta se movió y el sonido al raspar el suelo atrajo la atención de la señora Bertram y del señor Hastings, que se encaminó hacia ella con un brillo de satisfacción en la mirada, mezclado con una nauseabunda lascivia mientras recorría su cuerpo.
—Señorita Lockwood, qué inesperado placer. Justo estábamos hablando de usted. —Alargó el brazo y tomó uno de los rubios tirabuzones, frotando el cabello entre los dedos—. Tiene en sus manos la posibilidad de salvar este establecimiento. Si acepta mis condiciones, la cubriré de sedas y joyas, querida, y no tendrá necesidad de seguir trabajando para llenarse el estómago. No necesita responder ahora, pero tampoco se conceda demasiado tiempo para pensarlo. Mañana expira el plazo de su alquiler y vendré a por una respuesta.
Un ansia febril le recorrió las venas. Deseaba ser el primero en poseerla para borrar ese candor de sus ojos. Le gustaba entrenar perros de pelea, ser capaz de convertir un lindo cachorro en una auténtica bestia sangrienta, y quería comprobar si podía hacer lo mismo con la joven.
Soltó el mechón de cabello y acercó la mano a aquel hermoso rostro, tan lleno de inocencia y dulzura, para acariciar la suavidad de su mejilla; sin embargo, antes de que pudiera siquiera rozarla, la señora Bertram se la apartó de un manotazo, interponiéndose entre él y su presa.
—¡Salga de aquí!
Oliver Hastings no tuvo más remedio que obedecer, no tanto por el tono imperioso de la orden, sino, más bien, por las tijeras que empuñaba la mujer y que, a juzgar por la furia que brillaba en su mirada desquiciada, no dudaría en usar contra él. Prefirió retirarse, por el momento. De todas formas, solo tendría que aguardar unas cuantas horas, pues, si no lo habían conseguido ya a esas alturas, sería imposible que lograran reunir el dinero para pagar un mes más.
—Mañana volveré a por una respuesta, señorita Lockwood.
Camila se dejó abrazar por la señora Bertram, que temblaba casi tanto como ella misma. A pesar del nudo en la garganta, no pudo derramar ni una sola lágrima. No era capaz de hacerlo, ni siquiera tras la muerte de su madre o cuando sus hermanas se marcharon, dejándola sola en Hopeless Park.
—Se... señora Bertram...
La mujer se apartó un poco y la miró con los ojos enrojecidos por el llanto contenido.
—No te preocupes, pequeña, no permitiré que te suceda nada. Mañana, cuando vuelva, no nos encontrará aquí. —Giró la cabeza y echó un vistazo alrededor. Una pátina de nostalgia veló sus ojos cansados—. Todas las cosas tienen un principio y un fin. Hace tiempo que este negocio agonizaba, pero no quería admitirlo porque me negaba a perder todos los años de mi vida que había gastado en él. Sin embargo, he comprendido que lo más importante para mí no es este lugar, sino los recuerdos que creé en él, y esos me los llevaré conmigo allá adonde vaya. Ya estoy demasiado mayor para empezar de nuevo, pero tú aún eres joven y tienes un futuro por delante, estoy segura de que encontrarás el camino para cumplir tu sueño. Anda, ve al taller y haz el inventario de lo que tenemos, yo entregaré los paquetes.
«Cumplir mi sueño», pensó Camila, contemplando con tristeza a la señora Bertram. Abrir su propia sombrerería para hacerse famosa y poder encontrar a sus hermanas iba a requerir algo más que esfuerzo, necesitaría un verdadero milagro.
Capítulo 2
Maurice Durand había abandonado Francia, a pesar de ser centro indiscutible de la moda, para forjarse un futuro como modisto en Londres. Había meditado durante mucho tiempo aquella decisión, aunque su salida de París fuese más bien precipitada. Aun así, no lo lamentaba. En los cinco años que llevaba en la capital, había logrado establecerse y adquirir una respetable reputación; además, tenía una buena clientela gracias a las buenas referencias que le había dado su amigo y mentor, Charles Frederick Worth.
Aunque la fama de su maestro le había abierto algunas puertas muy convenientes, estaba decidido a hacerse un nombre por sí mismo, no deseaba vivir a su sombra. Quería mostrarle al mundo, y sobre todo a sí mismo, aquello de lo que era capaz. Sin embargo, necesitaba solventar dos problemas importantes. El primero se debía al florecimiento de su negocio: precisaba ampliar el taller de costura y contratar más personal, por eso se encontraba en Holborn. El segundo —menos sencillo de resolver— tenía que ver con su carácter. No destacaba por ser una persona sociable, sino más bien todo lo contrario, y, a diferencia de Worth, no sabía adular a las damas ni ocultar las verdades endulzándolas con empalagosas mentiras. Por ese motivo, había perdido a algunas clientas; otras seguían acudiendo a él a causa de su buen hacer y soportaban, con escasa paciencia, su trato frío y, en ocasiones, descortés.
Frunció el ceño y volvió a mirar la dirección escrita en el papel: «Regent Street, número 7». Lamentablemente, a pesar de los cinco años que hacía que vivía en la ciudad, todavía no conocía bien Londres. Su carácter adusto no le había granjeado demasiados amigos, por lo que no solían invitarlo a eventos sociales. Y aunque lo prefería así, también era consciente de la limitación que ello suponía para su negocio.
Vio que se acercaba un viandante y, a pesar de que el número que buscaba no debía encontrarse lejos, decidió preguntar por él. Sin embargo, cambió de idea a
