Crea el espacio para el amor

Aura Medina de Wit

Fragmento

Crear el espacio para el amor

Introducción


Soy una mujer muy afortunada, bendecida por la existencia. A veces, al mirar hacia atrás, me parece que he vivido muchas vidas dentro de ésta. He sido hija, novia, esposa, madre, amante, hermana, amiga. Tuve varias parejas, he vivido en diferentes países y ciudades. Fui miss de inglés varios años, cuando me divorcié y empecé a ganarme la vida para mi hija y para mí. También intenté ser vendedora y secretaria, actividades que no eran para mí, pero las hacía porque tenía que mantenerme y mantener a mi hija.

Al poco tiempo entré a una compañía muy establecida. Era un sueño para mí. En unos meses comencé a subir de puesto. Fue una época maravillosa. Me encantaba la empresa, el trabajo y los compañeros. Viajaba mucho, conocí Centroamérica, Canadá y diferentes ciudades de Estados Unidos. Todo por trabajo y en las mejores condiciones. Estuve en Guadalajara un año, al siguiente fui a Puerto Vallarta para abrir una oficina, luego renuncié porque me enamoré de un hombre, Dennis, él me pidió casarnos y que me mudara a vivir con él –y, por supuesto, con mi hija– a Milwaukee. Allá estuve un año, tiempo que fue muy importante para mí en muchos sentidos. Gracias a este hombre experimenté de nuevo ser mamá, sin tener que preocuparme por trabajar. Eso me permitió pasar más tiempo con mi hija, ella tenía nueve años entonces.

Cuando mi hija salía de la escuela, yo estaba allí para recibirla, podía estar al pendiente de ella y cocinar diario, comíamos en familia cuando llegaba Dennis. Algunas tardes ella y yo íbamos al cine del pueblo cercano, otras la llevaba a sus clases en la YMCA, donde yo pasaba casi todas las mañanas en la alberca o en el gimnasio, o asistiendo a conferencias de temas que me atraían. Nos mudamos allá en verano, el clima cálido nos dio la bienvenida y conocimos el lago, los parques, los festivales y el zoológico, uno de los lugares favoritos de las dos.

El otoño llegó y fue una experiencia hermosa; las hojas de diferentes tonos: dorados, rojos, ocres, naranjas. Era alucinante ver los árboles cambiar de color en el campo, al cual Dennis nos llevaba para andar en bicicleta los domingos, que él no trabajaba. Mi madre nos visitó una semana y la invitamos a lugares maravillosos llenos de colores otoñales.

A mediados de octubre recibí una terrible noticia. Una fría mañana que regresaba de nadar, mientras mi hija estaba en la escuela y Dennis en el trabajo, el teléfono sonó. Entré a la casa y respondí. Era mi madre, aún recuerdo su saludo:

—Hola, chatita, ¿estás sola?

—Sí, ¿qué pasó ma?

—Ya murió…

¿Murió? ¿Quién murió? Ah, de seguro mi abuelita, la madre de mi papá que vivía con él y ya era muy viejita. Todo esto pasó por mi mente durante las milésimas de segundo de silencio entre las dos. Entonces se oyó la voz de mi madre de nuevo:

—Tu papá, se murió tu papá.

Me senté en el suelo sin comprender. ¿Mi padre? No entendía nada.

Colgamos, yo entré en modo funcional: Dennis, boletos de avión, Ligia, maleta. Hice las llamadas necesarias. Al rato, Dennis llegó, recogimos a mi hija en la escuela, compramos los boletos en una agencia de viaje, regresamos a casa, hice maletas y Dennis nos llevó al aeropuerto de Chicago. Una hora y media de camino en profundo silencio. Nos dejó ahí, él tenía que regresar al trabajo. Me quedé con mi hija de nueve años, quien no dejaba de abrazarme e intentar consolarme. Todavía yo no lloraba, estaba en shock.

Pasamos por la Ciudad de México donde mi entonces cuñado recogió a mi hija, yo me seguí en otro vuelo a Puerto Vallarta, el lugar en que todo había sucedido. Mis hermanos y mi madre ya estaban allá. Mis padres estaban divorciados, pero tenían una relación cordial. Mi madre, por supuesto, estaría presente, siempre apoyándonos, después de todo, era el padre de sus cinco hijos, el amor de su vida.

No fue hasta que vi a mi padre que me di cuenta de lo que pasaba y pude llorar. Al inicio, en la pequeña agencia funeraria, me quedé afuera, saludando y recibiendo a sus amigos, que también eran míos, pues yo había vivido un año allí y los había conocido a todos. No quería ver. Mi hermana me jaló hasta el ataúd y me hizo verlo, su rostro estaba pálido, como de cera, sin expresión. Entonces me derrumbé.

Cuando regresé a Milwaukee, nada era igual. El hermoso festival de colores había terminado, los árboles estaban sin hojas y se sentía el arribo del frío invierno. Todo se veía gris, desolado, o al menos así me parecía. A finales de noviembre nos cambiamos al campo, a una casa que Dennis compró. Había ochenta árboles de manzanos que habían perdido sus hojas, por las noches parecían figuras fantasmagóricas que me daban miedo. Sobre todo allí, en medio de la nada. Empezaba a sentir un frío que nunca antes había experimentado. Los días cada vez eran más cortos, las noches oscuras más largas y mi tristeza más profunda.

Un día, en una cena a la cual asistió gran parte de la familia de Dennis, se me pasaron las copas y cuando todos se habían ido y mi hija y Dennis ya estaban dormidos, empecé a llorar como el día del velorio de mi padre, sólo que esa vez lo hice durante horas, hasta quedarme dormida. Desperté con la certeza de que necesitaba buscar ayuda, pero no sabía dónde.

Todo era muy difícil para mí, el invierno con su frío inmenso y el tener que pasar demasiadas horas en casa. No podía tomar mi bicicleta como antes y disfrutar por horas del lago y los parques. No tenía amigos, me sentía tremendamente sola. Dennis era un buen hombre, pero no sabía cómo apoyarme. Su reacción frente a mi tristeza fue trabajar cada vez más, siempre estaba ocupado. Mi hija era sólo una niña, pasábamos tiempo juntas, pero no era la persona con quien pudiera hablar, a pesar de que se daba cuenta y trataba de animarme por todos sus medios.

Busqué refugio en la comida, dejé de ir a hacer ejercicio a la YMCA porque tenía que manejar lejos y no me gustaba por tanta nieve. Obvio, subí mucho de peso. Eso aumentó mi depresión y mi frustración. Un día Dennis me llevó un libro: It’s Not What You’re Eating, It’s What’s Eating You [No es lo que comes sino lo que te está comiendo]. Esa lectura me abrió los ojos a lo que pasaba en mi interior. A pesar de años de terapias en México, de meditaciones y de muchas cosas, nada me había preparado para enfrentar la muerte de mi padre. Y me refugiaba en la comida, como cuando era pequeña.

Empecé a buscar ayuda en grupos de doce pasos, decidí ir a comedores compulsivos, no sabía que había también grupos de codependencia, de todos modos, no entendía. Encontré que en la YMCA darían una conferencia sobre desórdenes alimenticios, que yo tenía y lo descubrí gracias al libro. Así conocí a Nick. Empecé a asistir a un grupo de terapia con él dos veces a la semana y al grupo de doce pasos incluso hasta dos veces al día.

Obviamente el dolor por la muerte de mi padre no se fue, tardó mucho tiempo, pero empecé a saber cómo manejarlo para no permitir que me dañara. El invierno estaba por finalizar, los venados se acercaban más a la casa a comer el maíz que les dejábamos cada noche. Caminaba de nuevo en el campo, iba a la YMCA otra vez con regularidad a hacer ejercicio. Los grupos y la terapia tomaron el lugar de la comida y, poco a poco, los kilos desaparecieron. Descubrí que podía vivir el duelo por mi padre, honrar su memoria y no lastimarme tanto en el proceso.

Llegó la primavera. Una mañana me asomé y vi los ochenta manzanos llenos de flores blancas. Fue lo más hermoso que había visto en mucho tiempo. ¡Y el olor! Salí con el perro y me senté entre los árboles sin hacer nada, sólo me llené de tanta belleza. Esta escena ahora la relaciono con unas palabras de Osho que alguna vez escuché: “Siéntate en silencio. No hagas nada. El invierno pasa. La primavera llega y el pas

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos