RETRATOS DE SUS HIJOS
Una noche de finales de octubre, cuando salía de casa para dar su paseo diario, Richard Cantling encontró un paquete apoyado en la puerta de entrada. Aquello lo contrarió. Le tenía dicho al cartero que tocara el timbre cuando le llevara cosas que no cupieran por la ranura del buzón, pero el hombre continuaba dejándole los paquetes en el porche, de donde cualquiera podía llevárselos tranquilamente. Aunque lo cierto era que no pasaba mucha gente por casa de Cantling, pues estaba bastante apartada, al final de una calle sin salida, en lo alto de los barrancos y casi oculta por una cortina de árboles. Aun así, siempre existía la posibilidad de que los estropearan la nieve o el viento.
Pero el enfado le duró poco. Por la forma del paquete, envuelto en basto papel de embalar y cuidadosamente cerrado con cinta aislante, resultaba evidente que se trataba de un cuadro. Y la mano que había escrito su dirección en mayúsculas con grueso rotulador verde era, sin lugar a dudas, la de Michelle. Otro autorretrato. Debía de estar arrepentida.
Estaba más sorprendido de lo que estaba dispuesto a admitir. Siempre había sido muy testarudo. Podía pasar años, incluso decenios, resentido por algo, y le costaba mucho reconocer sus errores. Michelle, su única hija, parecía haber heredado esos rasgos. No esperaba un gesto como aquel por su parte. Era…, en fin, bonito.
Soltó el bastón para poder meter el paquete a la casa y abrirlo al abrigo del viento húmedo y tempestuoso de octubre. Medía un metro de alto y era sorprendentemente pesado. Lo arrastró con torpeza, cerró la puerta de una patada y fue empujándolo por el largo vestíbulo hasta el estudio. Las cortinas cafés estaban cerradas y la sala estaba a oscuras y olía a polvo. Cantling tuvo que dejar el paquete para buscar a tientas el interruptor de la luz.
No había hecho mucha vida en el estudio desde la noche en que Michelle se había ido dando un portazo, dos meses atrás. Su autorretrato seguía colgado sobre la majestuosa chimenea de pizarra, que pedía a gritos un trapo. En las estanterías empotradas, sus novelas, encuadernadas en hermoso cuero oscuro, estaban desordenadas y polvorientas. Cantling miró el viejo cuadro y sintió una breve oleada de rabia que dejó a su paso una resaca de tristeza. Había sido tan feo por su parte… El retrato era bastante bueno, la verdad; para su gusto, mucho mejor que las atormentadas piezas abstractas que a Michelle tanto le gustaba pintar en sus ratos libres y las trilladas cubiertas de libros de bolsillo con las que se ganaba la vida. Lo había hecho cuando tenía veinte años, como regalo de cumpleaños para él, y siempre le había tenido mucho cariño. Ninguna fotografía había captado tan bien no solo sus facciones (los pómulos altos y marcados, los ojos azules, el cabello rizado de color rubio ceniza), sino también su personalidad. ¡Tenía un aspecto tan juvenil, lozano y seguro! Y la sonrisa le recordaba enormemente a la de Helen, sobre todo en el día de su boda… Más de una vez le había dicho a Michelle cuánto le gustaba esa sonrisa.
Por eso había empezado por ella. Michelle tomó un puñal de la colección antigua de su padre y, con saña, arrancó la boca de cuatro puñaladas. Después le sacó los ojos, grandes y azules, como queriendo cegar el retrato. Cuando él entró corriendo en el estudio, ella ya estaba despedazando el lienzo con furiosos tajos, largos y tortuosos. Cantling no podía olvidar aquel terrible momento. ¿Cómo podía hacerle eso a su propia obra? No le cabía en la cabeza. Trató de imaginarse destrozando un libro suyo, de comprender qué podía llevar a alguien a cometer semejante acto, pero no pudo. Le resultaba impensable, inconcebible.
El retrato mutilado seguía en el mismo sitio. Aunque su necedad le había impedido descolgarlo, tampoco soportaba mirarlo, así que había acabado por no entrar en el estudio. No había resultado tan difícil. La vieja casona, enorme y laberíntica, tenía más habitaciones de las que querría ni necesitaría un hombre que vivía solo. Se decía que unos cuantos capitanes de barcos de vapor habían morado en aquella casa de un siglo de antigüedad, construida en la época en que Perrot era una próspera ciudad fluvial. Su estilo gótico, propio de los vapores, y lo recargado de la ornamentación evocaban los buenos tiempos del río, y desde las ventanas del segundo piso y la azotea se disfrutaba de una vista preciosa del Misisipi. Tras el incidente del retrato, Cantling había trasladado la mesa y la máquina de escribir a un dormitorio de los que no utilizaba y se había instalado allí para trabajar, decidido a que el estudio se quedara tal como Michelle lo había dejado hasta que regresara para disculparse.
No esperaba que esa disculpa llegara tan pronto, ni tampoco de aquella forma. Le habría cuadrado más una llamada plañidera de teléfono, quizá, pero no otro retrato. Bien pensado, aquello era más bonito, más personal. Y era un gesto, un primer paso hacia la reconciliación. Richard Cantling se sabía completamente incapaz de tomar la iniciativa, por muy solo que se sintiera. Al mudarse a aquella ciudad fluvial de Iowa, había dejado a todos sus amigos en Nueva York y no había entablado nuevas relaciones. Nada fuera de la normalidad: nunca había sido una persona muy sociable. Algo parecido a la timidez lo apartaba de los demás, incluso de los pocos amigos que tenía y, de hecho, también de su familia. Helen solía recriminarle que se preocupara más de sus personajes que de los seres de carne y hueso, y Michelle había hecho suya esa recriminación desde la adolescencia. También Helen se había ido. Se habían divorciado hacía diez años, y llevaba muerta cinco. Michelle, por desagradable que fuera, era lo único que le quedaba. La extrañaba, extrañaba hasta las discusiones.
Pensó en Michelle mientras rasgaba el basto papel café. La llamaría, claro que sí, la llamaría y le diría lo bueno que era el nuevo retrato y cuánto le gustaba. Le diría que la extrañaba, la invitaría a pasar juntos el día de Acción de Gracias. Sí, eso sería lo mejor. Ni una palabra de la discusión; no quería volver a ese punto, y ni Michelle ni él eran de los que se bajaban del burro así como así. Aquel orgullo terco, aquella cerrazón, era una marca familiar, tan connatural a ellos como los pómulos altos y la mandíbula cuadrada. La herencia de los Cantling.
Vio que el marco era antiguo y muy pesado, de madera, tallado con esmero, de sus preferidos. Iría de perlas con la decoración victoriana, mucho mejor que el delgado marco de latón del primer retrato. Cantling retiró el envoltorio, ansioso por ver la creación de su hija. Tenía casi treinta años. ¿O ya los había cumplido? Nunca se acordaba de su edad exacta; tampoco de su cumpleaños. En cualquier caso, pintaba mucho mejor que a los veinte, así que el nuevo retrato debía de ser fabuloso. Quitó el último trozo de papel y le dio la vuelta.
Su primera impresión fue la de estar ante una obra excelente, tal vez la mejor de Michelle Cantling.
Luego la admiración fue desvaneciéndose y dejó paso a la ira. No era ella. No era Michelle. Eso significaba que aquel retrato no sustituía al anterior, ultrajado con tanto encono. Era… otra cosa.
Otra persona.
Nunca antes había visto aquel rostro, pero lo reconoció como si lo hubiera visto mil veces. Vaya si lo reconoció.
Aunque el retrato representaba a un joven de unos veinte años o menos, tenía pinceladas grises en el pelo castaño y rizado, revoltoso y despeinado como de recién levantado, que le caía sobre los ojos verdes de mirada perezosa en los que brillaba, sin embargo, la chispa de algún secreto divertido. Los pómulos altos eran de los Cantling; no así la mandíbula. Una sonrisa sarcástica asomaba bajo la nariz ancha y chata, y su pose tenía un aire insolente. Llevaba un overol raído y una sudadera deshilachada de Good Guy de la WMCA, y sostenía una cebolla mordida en una mano. Al fondo se veía una pared de ladrillos cubierta de pintadas.
Era un personaje de Cantling.
Edward Donohue. Dunnahoo, como lo llamaban sus amigos y sus colegas, también personajes de Pasando el rato, la primera novela de Richard Cantling. Era el protagonista. Un tipo listo, de lengua afilada, demasiado inteligente para su desgracia. Al verlo en el retrato, le pareció que lo conocía de toda la vida, y así era en cierto modo. Lo conocía bien y también lo quería, claro, de esa forma tan peculiar en la que un escritor quiere a sus personajes.
Michelle había captado su esencia a la perfección. Cantling contempló el cuadro y revivió los recuerdos de aquella época: los acontecimientos sobre los que tanto se había volcado, las personas que había concebido y descrito con tanto esmero y cariño. Se acordó de Jocko, del Calamar, de Nancy, de la pizzería de Ricci (donde transcurría gran parte de la acción; la visualizaba con toda nitidez), el asunto de Arthur y la moto, el momento culminante de la pelea en la pizzería. Y de Dunnahoo. Sobre todo de Dunnahoo. Con sus impertinencias, sus tonterías, su pendoneo, su adolescencia. “Jódanse si no saben aguantar una broma”, repetía una docena de veces como mínimo. Era la última frase del libro.
Richard Cantling sintió un extraño, intenso y profundo afecto, como si acabara de reencontrarse con un viejo amigo al que hubiera perdido la pista hacía mucho tiempo. Pero enseguida le vinieron a la cabeza las duras palabras que había intercambiado con su hija aquella noche, y de repente lo comprendió.
—Zorra —dijo en voz alta, con el gesto endurecido. Se giró iracundo y desesperado por no tener dónde descargar su rabia—. Zorra —repitió mientras salía del estudio y cerraba de un portazo.
—Zorra —le había dicho.
Ella se volvió con el cuchillo en la mano. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar y la sonrisa en la mano. Hizo una bola con ella y se la lanzó.
—Toma, cabrón, ¿no te gusta tanto la sonrisa? Pues aquí la tienes.
La bola de lienzo le rebotó en la cara, cada vez más roja.
—Eres igual que tu madre. Siempre rompiendo cosas.
—Le dabas buenos motivos, ¿eh?
Cantling pasó por alto el comentario.
—¿Qué carajos te pasa? ¿Qué carajo crees que vas a conseguir con esta escena estúpida y melodramática? Porque no es más que eso, y lo sabes. Drama barato. ¿Quién te crees que eres? ¿Un personaje de Tennessee Williams? Déjalo ya, Michelle. Si escribiera una escena como esta, sería el hazmerreír.
—¡Esto no es uno de tus libros de mierda! —gritó Michelle—. Esto es la vida real. Mi vida. Soy una persona real, grandísimo mamón, no un personaje de un puto libro. —Le dio la espalda, levantó el cuchillo y apuñaló el cuadro una vez, y otra, y otra.
Cantling la observó, cruzado de brazos.
—Espero que estés disfrutando este absurdo ejercicio.
—¡Me la estoy pasando poca madre!
—Perfecto. Sería una pena que no fuera de ninguna utilidad. Es muy significativo, ¿sabes? Estás machacando tu propia cara. No pensaba que te odiaras tanto.
—Los dos sabemos quién me metió dentro todo ese odio, ¿verdad? —Había terminado. Se volvió y tiró el cuchillo. Lloraba de nuevo y respiraba entrecortadamente—. Me voy. Cabrón. Espero que te pudras aquí dentro. De veras.
—No he hecho nada para merecer esto —dijo Cantling con torpeza. No era precisamente una disculpa ni facilitaba el entendimiento mutuo, pero no era capaz de más. Pedir perdón nunca había sido lo suyo.
—Te mereces esto y mil veces más —le contestó Michelle. Con lo guapísima que era, en ese momento estaba horrorosa. Esa estupidez de que la cólera embellecía era un tópico lamentable, además de falso. Menos mal que nunca lo había usado—. Se supone que eres mi padre. Se supone que me quieres. Se supone que eres mi padre, y me violaste, hijo de la gran puta.
Cantling tenía el sueño ligero. Se despertó en plena noche y se quedó sentado en la cama, temblando, con la sensación de que pasaba algo.
La habitación estaba oscura y en silencio. ¿Qué había sido eso? ¿Un ruido? Era muy sensible a los ruidos. Se escurrió de debajo de las mantas y se puso las zapatillas. El fuego del que había disfrutado antes de acostarse se había reducido a cenizas y en la habitación hacía frío. Buscó a tientas la bata de cuadros, que descansaba a los pies de la gran cama con dosel, se la puso, se anudó el cinturón y se acercó con sigilo a la puerta. A veces chirriaba, así que la abrió muy despacito y escuchó.
Había alguien abajo. Se oían ruidos.
El miedo se le concentró en la boca del estómago. No tenía pistola ni ninguna otra arma. No creía que sirvieran de nada. Además, se suponía que vivía en un lugar seguro. Aquello no era Nueva York. En Iowa, en el anticuado Perrot, en teoría estaba a salvo. Pero alguien se había colado en su casa, algo que no había sucedido en todos los años que había vivido en Manhattan. ¿Qué demonios tenía que hacer?
La policía, pensó. Cerraría la puerta de la habitación con llave y llamaría a la policía. Volvió a la cama y alargó la mano al teléfono.
Sonó.
Richard Cantling se quedó mirando el aparato. Tenía dos líneas: una de trabajo, conectada a la contestadora automática, y un número privado que no aparecía en la guía y que solo tenían sus amigos más íntimos. Las dos luces estaban encendidas y la que sonaba era la privada. Vaciló, pero terminó contestando.
—¿Diga?
—El hombre en persona —dijo una voz—. No te vuelvas loco, papá. Ibas a llamar a la poli, ¿no? Qué idiotez. Soy yo. Baja y hablamos.
Se le secó la boca y sintió un nudo en la garganta. Aunque nunca había oído esa voz, la conocía, la conocía muy bien.
—¿Quién es?
—Qué pregunta más estúpida. Ya sabes quién soy.
—¿Quién? —insistió, aunque lo sabía.
—Dilo tú: Dunnahoo. —Cantling había escrito esa frase.
—No eres real.
—Hubo un par de críticos que dijeron eso mismo. Creo recordar que te enojó bastante.
—No eres real.
—¡Me duele en el alma que digas eso! Si no soy real, es culpa tuya. Así que deja de darme la vuelta, ¿sí? Mueve el trasero y baja de una puta vez para que pasemos un ratito juntos. —Colgó.
Las luces del teléfono se apagaron. Richard Cantling se sentó en el borde de la cama, perplejo. ¿Qué era aquello? ¿Un sueño? No lo era. ¿Qué podía hacer?
Bajó.
Dunnahoo había encendido la chimenea del comedor y estaba arrellanado en el sillón reclinable de cuero, tomándose una Pabst Blue Ribbon. Cuando Cantling apareció por el marco arqueado de la puerta, Dunnahoo le dedicó una sonrisa indolente.
—El hombre —dijo—. ¡Pero bueno! ¡Si pareces más muerto que vivo! ¿Quieres una cerveza?
—¿Quién carajos eres?
—Eh, esta conversación ya la hemos tenido, no me fastidies. Tómate una cerveza y aposenta el trasero cerca del fuego.
—Eres un actor. Eres un actor de mierda. Michelle te metió en esto, ¿verdad?
—¿Un actor? —Dunnahoo sonrió—. Bueno, eso es bastante poco probable, ¿no? Vamos, ¿meterías algo tan malo en una novela tuya? Ni de chiste. Tú jamás lo harías, y si vieras a alguien que lo hace, en un taller de escritura o en un libro que estuvieras revisando, le arrancarías el hígado de cuajo.
Richard Cantling entró despacio en la habitación sin apartar los ojos del joven apoltronado en el sillón. No era ningún actor. Era Dunnahoo, el chico de su libro, el rostro del retrato. Se sentó en una butaca mullida de respaldo alto sin dejar de observarlo.
—Esto es absurdo. Parece sacado de un relato de Dickens.
Dunnahoo soltó una carcajada.
—Esto no es Cuento de Navidad, hombre, ni yo soy un puto fantasma navideño.
Cantling frunció el ceño. Quienquiera que fuese ese tipo, la frase era impropia del personaje.
—No me la creo —replicó Cantling—. Dunnahoo no leía a Dickens. Batman y Robin, bueno, pero a Dickens no.
—He visto la película, papá. —Dunnahoo se llevó la botella a los labios y bebió.
—¿Por qué me llamas “papá”? Eso tampoco cuadra. Resulta anacrónico. Dunnahoo era un chico de la calle, no un beatnik.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? Como si no tuviera ni idea, ¿no? —volvió a reírse—. Carajo, hombre, ¿y cómo se supone que debo llamarte? —Se pasó los dedos por el pelo, apartándoselo de los ojos—. Al fin y al cabo, soy tu puto primogénito.
Helen quería ponerle Edward si era niño.
—No seas ridícula —le dijo él.
—Pensaba que Edward te gustaba.
Y además, ¿qué hacía en su despacho? Estaba trabajando, o más bien, intentando trabajar. Le había dicho que no entrara en el despacho cuando estaba frente a la máquina de escribir. Al principio de la relación, Helen le hacía caso sin protestar, pero desde que quedó embarazada no hubo manera de que respetara aquella norma.
—Claro que me gusta Edward —le dijo él, tratando de mantener la calma. Detestaba que lo interrumpieran—. Me encanta Edward. Me fascina el maldito nombre de Edward. Precisamente por eso se lo puse a mi protagonista. Se llama Edward. Edward Donohue. No podemos ponérselo al bebé porque ya se lo puse a él. ¿Cuántas veces tengo que explicártelo?
—Pero nunca lo llamas Edward en el libro —protestó Helen.
—¿Has estado leyéndolo otra vez? —le preguntó con mala cara—. Carajo, Helen, te he dicho mil veces que no toquetees el manuscrito hasta que esté acabado.
Pero ella no pensaba permitir que cambiaran de tema.
—Nunca lo llamas Edward.
—No. Es cierto. Nunca lo llamo Edward. Lo llamo Dunnahoo, porque es un muchacho de la calle, porque así lo llaman en la calle y porque no le gusta que le digan Edward. Pero sigue siendo su nombre, ya ves. Se llama Edward. No le gusta, pero es su maldito nombre, y al final dice que su nombre es Edward, y eso es muy importante. Así que no podemos ponerle Edward al bebé, porque él se llama Edward. Estoy cansado de esta discusión. Si es un niño, podemos ponerle Lawrence, como mi abuelo.
—Pero yo no quiero ponerle Lawrence —se quejó Helen—. Está muy pasado de moda, y la gente lo llamará Larry, y eso sí que no me gusta nada. ¿Por qué no le pones Larry a tu personaje?
—Porque se llama Edward.
—Lo que llevo aquí dentro es nuestro bebé. —Helen se puso la mano sobre el vientre hinchado como si Cantling necesitara un recordatorio visual.
Estaba cansado de discutir. Estaba cansado de hablar. Estaba cansado de que lo interrumpieran. Se reclinó en la silla.
—¿Cuánto tiempo hace que lo llevas?
Helen se quedó desconcertada.
—Ya lo sabes. Siete meses y una semana.
Cantling se inclinó hacia delante y dio una palmada a la pila de hojas del manuscrito que había junto a la máquina de escribir.
—Muy bien. Yo hace que llevo a este bebé tres años. Esta es la cuarta versión, y será la última. Se llamaba Edward en la primera versión, y en la segunda, y en la tercera, y se va a llamar Edward cuando se publique. Ya se llamaba Edward muchos años antes de aquella magnífica noche en la que decidiste darme la grata sorpresa de quitarte el diafragma y quedarte preñada.
—No es justo —se lamentó ella—. Solo es un personaje. Este es nuestro hijo.
—¿Justo? ¿Quieres justicia? Muy bien. Pues la vas a tener. Nuestro primogénito se llamará Edward. ¿Te parece justo?
La expresión de Helen se dulcificó y esbozó una sonrisa tímida. Pero Cantling levantó una mano antes de que ella dijera nada.
—Creo que solo me falta un mes para terminar esta condenada novela; si dejas de interrumpirme, claro. A ti te queda un poquito más. Pero más justo no puedo ser. Si tú pares antes de que yo escriba «FIN», el nombre es tuyo. De lo contrario, este bebé es el primogénito —dijo, dando otra palmada al manuscrito.
—¡No puedes hacer eso!
Cantling reanudó su tarea.
—Mi primogénito —dijo.
—De carne y hueso. —Dunnahoo alzó la cerveza a modo de brindis y prosiguió—: ¡Por los padres y los hijos, ea! —La vació de un largo trago y arrojó la botella a la otra punta de la habitación, que voló dando vueltas hasta estrellarse en la chimenea.
—Esto es un sueño —dijo Cantling.
Dunnahoo le hizo una trompetilla.
—Oye, carcamán, acéptalo: estoy aquí. —Se levantó de un salto—. Ha vuelto el hijo pródigo. —Hizo una reverencia—. ¿Dónde carajo están el ternero engordado y todas esas estupideces? Lo menos que podrías hacer es pedir una pizza.
—Te seguiré el juego —anunció Cantling—. ¿Qué quieres de mí?
—¿Querer? ¿Yo? —Dunnahoo sonrió—. ¿Quién demonios lo sabe? Yo nunca sabía qué quería, ¿no te acuerdas? Nadie en todo el puto libro sabía qué quería.
—De eso se trataba.
—Ah, ya entiendo. No soy imbécil. El niño del querido Dicky Cantling es todo menos imbécil, ¿verdad? —Se dirigió a la cocina tranquilamente—. Hay más cerveza en el refrigerador. ¿Quieres una?
—¿Por qué no? Mi hijo mayor no viene todos los días a verme. Una Dos Equis con una rodaja de limón, por favor.
—Vaya, ¿ahora bebes cerveza sudaca fina? Vaya. ¿Qué ha sido de la Piéis? Antes chupabas Piéis como Dios.
Desapareció por la puerta de la cocina y regresó con dos botellas de Dos Equis, sujetándolas por el cuello y con los dedos metidos en las bocas. En la otra mano llevaba una cebolla cruda. Las botellas entrechocaban. Le dio una a Cantling.
—Toma. Yo también voy a mamar un poco de cultura.
—Olvidaste el limón.
—Ve a buscarlo tú. ¿Qué?, ¿vas a dejarme sin paga semanal? —Hizo una mueca, lanzó la cebolla al aire, la volvió a agarrar y le dio un buen mordisco—. Cebollas. Esta te la tengo guardada, papá. Como si no bastara con tener que comer cebollas crudas, carajo, encima lo hiciste de manera que ni siquiera me gustaran. Hasta lo dices en el puto libro.
—Pues claro. La cebolla tenía una doble función. Por una parte, te las comías para demostrar que eras un tipo duro. Ninguno de los otros que frecuentaban la Ricci era capaz de hacerlo. Te daba prestigio. Pero, en un aspecto más profundo, cada mordisco a una cebolla era una metáfora de tu apetito por la vida, de tu avidez por toda ella, tanto por lo dulce como por lo amargo.
Dunnahoo dio otro mordisco a la cebolla.
—Tu puta madre. Un día te haré comerte una cebolla y ya verás qué gusto te da.
Cantling dio un trago a la cerveza.
—Era joven. Era mi primer libro. En aquel entonces me pareció un detalle acertado.
—Cómetela cruda. —Dunnahoo se terminó la cebolla.
Richard Cantling decidió que aquella escena hogareña tan entrañable ya había durado demasiado.
—¿Sabes, Dunnahoo, o quienquiera que seas? —dijo con familiaridad—. No eres como esperaba.
—¿Y qué esperabas, carcamán?
Cantling se encogió de hombros.
—Te creé con la mente, no con el esperma, así que tienes más de mí de lo que podría tener cualquier hijo de mi sangre. Tú eres yo.
—Eh, eh —dijo Dunnahoo—. Para el carro. Yo no soy tú ni de broma.
—No tienes elección. Tu historia está basada en mi propia adolescencia. Es lo que tienen las primeras novelas. La pizzería Ricci era en realidad la Pompeii Pizza de Newark. Tus amigos eran mis amigos. Y tú eras yo.
—Ah, ¿sí? —Dunnahoo sonrió.
Richard Cantling asintió y Dunnahoo soltó una carcajada.
—Ya quisieras…
—¿Por qué dices eso? —replicó Cantling.
—¿En qué mundo vives, carcamán? Igual te gusta jugar a que eras como yo, pero es una gran mentira. En la Ricci, yo era el rey. En la Pompeii, tú eras el cuatro ojos que no se separaba de la máquina del millón. Me hiciste aburrirme de tanto coger a los dieciséis, pero tú no te bajaste los pantalones hasta pasados los veinte, en la universidad esa a la que fuiste. Te llevaba semanas dar con las ocurrencias que me hacías soltar cada dos por tres. De todas las locuras que hice en ese puto libro, unas las había hecho el Holandés, otras Joey y otras nadie, pero ninguna la hiciste tú, carcamán. No me hagas reír.
Cantling se sonrojó ligeramente.
—Escribía ficción. Bueno, puede que de joven fuera un tanto inadaptado, pero…
—Eras un marginado. No intentes disfrazarlo.
—No era un marginado —replicó Cantling, molesto—. Pasando el rato solo refleja la verdad. Tenía más sentido poner como protagonista a alguien que tuviera más peso en la acción del que había tenido yo en la vida real. El arte echa mano de la vida, pero también tiene que darle forma, ordenarla, estructurarla; no puede limitarse a replicarla. Y eso fue lo que hice.
—No. Lo que hiciste fue aprovecharte del Holandés, de Joey y de los demás. Utilizaste todo lo que te dio la gana de sus vidas y luego te colgaste las medallas. ¡Pero si hasta has acabado por creerte esa locura de que yo estoy basado en ti! Eres una sanguijuela, papá. Un puto chorizo.
—¡Fuera de aquí! —Richard Cantling estaba muy furioso.
Dunnahoo se levantó y se desperezó.
—Me has herido en lo más hondo. Echar así a tu niño querido, dejarlo tirado en la noche helada de Iowa. ¿Qué pasa? Con lo que me querías cuando estaba en tu libro de mierda, cuando podías controlar todo lo que decía y hacía, ¿eh? Ah, ahora que soy real ya no te gusto tanto. Bueno, es tu problema. La vida real nunca te ha gustado ni la mitad de lo que te gustaban los libros.
—Me gusta mucho la vida, gracias.
Dunnahoo sonrió. De repente parecía desvaído e insustancial.
—¿Sí? —Su voz sonó más débil que antes.
—¡Sí!
Dunnahoo se desvanecía a ojos vistas. Había perdido todo el color y se había vuelto casi transparente.
—Demuéstralo —le dijo—. Ve a la cocina, carcamán, y dale un buen mordisco a tu puta cebolla cruda de la vida.
Se apartó el pelo de los ojos y no dejó de reír hasta que desapareció por completo.
Richard Cantling se quedó mirando el lugar donde había estado Dunnahoo. Al final, muy cansado, subió a acostarse.
A la mañana siguiente se preparó un buen desayuno: jugo de naranja, café recién hecho, panecillos untados generosamente con mantequilla y mermelada de moras, una tortilla de queso y seis lonchas gruesas de tocino. Supuso que se distraería cocinando y comiendo, pero no, no dejó de pensar en Dunnahoo. Había sido un sueño, sí, una especie de alucinación, aunque no podía explicar qué hacían esos cristales rotos junto a la chimenea ni todas esas botellas vacías de cerveza en el comedor. Al fin concluyó que habría sufrido un disparatado episodio de sonambulismo estando borracho, sin duda causado por la tensión del eterno enfrentamiento con Michelle y desencadenado por el retrato que le había enviado. Quizá necesitara que lo viera un médico, un psicólogo o alguien parecido.
Después de desayunar fue derecho al estudio, decidido a afrontar el problema y a resolverlo. El retrato mutilado de Michelle, aún colgado sobre la chimenea, era una herida purulenta que se había infectado, y había llegado el momento de deshacerse de él. Encendió el fuego, y cuando la leña hubo prendido, descolgó el cuadro, le quitó el marco de metal (como buen ahorrador que era) y arrojó el lienzo desgarrado a las llamas. El humo aceitoso lo hizo sentirse limpio y renovado.
Algo tendría que hacer también con el retrato de Dunnahoo. Cantling reflexionó al tiempo que lo observaba. El valor artístico de la obra era indudable. Michelle había captado la esencia del personaje. Podía quemarlo, pero estaría jugando al mismo juego destructivo que su hija. El arte no debería destruirse jamás. Él había dejado huella en este mundo creando, no destruyendo, y a esas alturas ya no iba a cambiar. Michelle había concebido el retrato de Dunnahoo como una burla cruel, ¿no era así? Pues Cantling le daría la vuelta a la tortilla y lo trataría del mejor modo posible. Lo colgaría, y además en un sitio destacado, en el lugar óptimo.
La escalera terminaba en un rellano alargado con una baranda de madera tallada que dominaba la entrada y el vestíbulo. La pared del fondo, de cuatro metros y medio de largo, estaba totalmente desnuda. La transformaría en una espléndida galería de arte. Cualquiera que entrara en la casa vería el cuadro, y no había más remedio que pasar por delante de él para ir a los dormitorios del piso superior. Tomó un martillo y unos clavos y colgó a Dunnahoo en un lugar de honor. Cuando Michelle regresara para hacer las paces, lo vería allí, y sin lugar a dudas pensaría que Cantling no había captado el mensaje del regalo. Que no se le olvidara darle efusivamente las gracias.
Richard Cantling se encontraba mucho mejor. La conversación de la noche anterior apenas era ya un recuerdo desagradable. Lo desterró con firmeza de su mente y pasó el resto del día escribiendo cartas a su agente y editor. Al caer la tarde, cansado y satisfecho, disfrutó de una taza de café con un trozo de streusel de mantequilla que escondía en el último rincón del refrigerador. Después salió a dar su paseo vespertino, del que regresó tras una hora y media larga de caminar por los despeñaderos del río, dejando que el aire frío y húmedo le azotara el rostro.
A la vuelta, un enorme paquete rectangular lo esperaba en el porche.
Lo apoyó en una butaca y se sentó en su sillón reclinable para analizarlo. Lo hacía sentir incómodo. Estaba impresionado, sin duda. Sintió un cosquilleo en el muslo, una erección que le apretaba la tela del pantalón.
El retrato era…, bueno, manifiestamente erótico.
Había una chica en una cama, una antigua con dosel, muy parecida a la suya. Estaba desnuda, con medio cuerpo vuelto, mirando hacia atrás por encima del hombro derecho. Se apreciaban la suave curva de la columna vertebral y la forma del seno derecho, un pecho lindo y generoso, bien torneado, con la areola rosada y grande, y el pezón erecto. Sostenía una sábana arrugada que, aunque llevada hasta la altura de la barbilla, de poco servía para ocultarle el cuerpo. Tenía el pelo rubio cobrizo, los ojos verdes y la sonrisa juguetona. Un ligero rubor cubría su piel joven y sedosa, como si acabara de incorporarse de un duelo amoroso. Llevaba un símbolo de la paz tatuado en la parte superior de la nalga derecha. Era muy joven. Richard Cantling sabía exactamente cuántos años tenía: dieciocho. Apenas una mujer, captada en aquella preciosa época entre la inocencia y la experiencia, cuando el sexo no es más que un maravilloso juguete nuevo. Oh, sí, sabía mucho de ella. La conocía bien.
Era Cissy.
Colgó su retrato junto al de Dunnahoo.
Flores muertas. Así había titulado Cantling la novela, pero su editor lo había cambiado por Rosas negras. Según él, resultaba más sugerente, más romántico, menos triste. Cantling se había opuesto alegando motivos artísticos, sin éxito. Después, cuando la novela se situó en las listas de libros más vendidos, tuvo a bien admitir, aunque a regañadientes, que se había equivocado. Le mandó a Brian una botella de su vino preferido.
Era su cuarta novela; su última oportunidad. Pasando el rato había
