Introducción
Crecí manejando una cuatrimoto y atrapando lombrices para usarlas como carnada de pescar. Nunca me gustaron las muñecas. No me interesaba el maquillaje. Y odiaba ir de compras.
Pero mis rodillas raspadas, el cabello despeinado y las uñas sucias me dieron una maravillosa niñez. Mis padres me convencieron de que podía hacer las mismas cosas que los niños y lo intenté sin dudar. Ya fuera corriendo con los niños en el recreo o peleando hasta someterlos, la mayoría del tiempo fui capaz de llevarles el ritmo. Pero no trataba de probar nada. Sólo me divertía.
Recuerdo la primera vez que me encontré con la palabra sexista: estaba en primero de secundaria. Mi maestro de álgebra siempre hacía una pregunta extra relacionada con los deportes que no tenía nada que ver con las matemáticas. Si tenías la respuesta correcta, te añadía cinco puntos a la calificación del examen. Era frustrante que cinco puntos dependieran de saber quién corrió más yardas en el partido del domingo o quién anotó más puntos en los playoffs de la NBA del año pasado. Pero nadie se quejaba.
Un día estaba enferma y no fui a la escuela. Me perdí un examen de álgebra, así que al día siguiente me quedé después de clases para reponerlo. La pregunta extra era sobre un jugador de beisbol de las grandes ligas. Por fortuna, amaba este deporte y sabía la respuesta. Al día siguiente el maestro me devolvió el examen con mi calificación. Con tinta roja escribió: “0 puntos extras, tuviste bien la pregunta sólo porque uno de tus compañeros te la dijo”.
Me horrorizaba que mi maestro pensara que había hecho trampa, pero no le dije nada. No sabía qué decir. Así que llevé el examen a casa y se lo mostré a mi papá.
Él escribió una nota para el maestro: “Amy tiene más de 10 000 tarjetas de béisbol y ve los partidos conmigo todas las semanas. Como tuvo bien la pregunta extra usted la acusó de hacer trampa. Ella sabía la respuesta de forma justa. Lo que no es justo es que haga preguntas extras que no tienen nada que ver con matemáticas. Es claro que trata de darles ventaja a los niños ya que la mayoría de las niñas de 13 años no ven deportes”.
Le di la nota a mi maestro al día siguiente y me fui a sentar. Cuando terminó de leerla, anunció a la clase: “Ya no les daré preguntas extras porque el papá de alguien cree que soy sexista”. Fue la primera vez que pensé en el sexismo.
El hombre no asumió que mis amigos me hubieran pasado las preguntas de matemáticas, sólo la de deportes. Y supuso que no había forma de que supiera la respuesta a una pregunta de beisbol a no ser que hiciera trampa. No puedo evitar preguntarme si habría pensado lo mismo si hubiera sido varón.
Eso pasó hace 25 años y quiero imaginar que los maestros ya no dan ventajas injustas a los niños. Pero las investigaciones muestran que todavía ocurre. Hablaremos sobre ello más adelante.
También me gustaría pensar que los estudiantes y padres ya no son tan tolerantes con algo así en estos días. En ese entonces nadie decía nada, ni siquiera los padres. Lo aguantábamos. Si el maestro no me hubiera acusado de tramposa no sé si mi padre habría hecho algo al respecto.
Mis ideas sobre el sexismo han cambiado desde la secundaria y por fortuna también nuestra cultura. Pero las mujeres siguen enfrentando retos únicos en la actualidad. Lo he visto en mi vida y en mi consultorio.
Mi interés en la fuerza mental es personal
Cuando llegué a mi primer empleo como terapeuta, estaba emocionada por ayudar a las personas a superar los retos que enfrentaban. Tenía una maestría y conocimientos recopilados de mis libros de texto, clases en la universidad y prácticas. Durante el primer año como terapeuta, mi madre falleció de forma repentina e inesperada. La búsqueda por aprender sobre fuerza mental se hizo algo personal.
Empecé a estudiar a todos los que entraban en mi consultorio de manera más profunda. Me di cuenta de que algunas personas eran más capaces de mejorar que otras. Se recuperaban más rápido, tenían esperanzas en el futuro y sin importar qué retos enfrentaran, persistían. Quería saber qué hacía que siguieran adelante.
Después, en un giro cruel del destino, en el tercer aniversario luctuoso de mi madre, Lincoln, mi esposo de 26 años, falleció de un paro cardiaco. Ser una viuda de 26 años es una experiencia surrealista. A veces la pena era abrumadora, pero sabía que permitirme experimentar emociones dolorosas era parte del proceso de sanación.
Entonces adquirí nuevos conocimientos sobre fuerza mental. Descubrí que las personas perseverantes en la vida no sólo tenían hábitos saludables, sino que de forma intencional evitaban los hábitos dañinos que las mantendrían estancadas.
Empecé a observar patrones claros en mi consultorio. La gente que tenía la intención de alcanzar su mayor potencial rechazaba hábitos contraproducentes. La clave para su progreso no era sólo lo que hacían, más bien era lo que no hacían.
Apliqué lo aprendido en mi propia vida mientras procesaba mi pena. Mi corazón tardó muchos años en sanar. Tuve la fortuna suficiente de encontrar el amor de nuevo, cuando conocí a Steve. Pero poco tiempo después de casarnos al papá de Steve le diagnosticaron cáncer terminal. Comencé a pensar cosas como: “Esto no es justo, ¿por qué tengo que seguir perdiendo a la gente que amo?”
Pero sabía que autocompadecerme era uno de esos malos hábitos que drenarían mi fuerza mental en el momento en el que más la necesitaba. Así que me escribí una carta recordando todos los malos hábitos que podrían mantenerme estancada en un lugar de miseria. Cuando terminé, tenía una lista de 13 cosas que las personas con fuerza mental no hacen. Leí la lista varias veces los siguientes días. El recordatorio de lo que no debía hacer me daba consuelo. Pensé que si esa lista me ayudaba, tal vez a otros también. Así que la publiqué en línea, esperando que mi mensaje sobre la fuerza mental resonara en alguien más.
En pocos días el artículo se hizo viral. Más de 50 millones de personas lo leyeron. Antes de darme cuenta, medios de comunicación como Forbes y CNN me llamaban para hacer preguntas. Mi artículo no explicaba el contexto de la lista, por lo que el mundo asumió que lo escribí porque dominaba todo sobre él. Pero la verdad, todavía necesitaba un recordatorio para evitar esas 13 cosas.
Agradecí mucho la oportunidad de escribir el libro 13 cosas que las personas mentalmente fuertes no hacen para explicar la historia detrás del artículo viral. Cuando los lectores siguieron preguntando cómo enseñar fuerza mental a los niños, me emocioné al escribir 13 cosas que los padres mentalmente fuertes no hacen.
Desde que empecé a hablar de fuerza mental he abordado muchas preguntas de mujeres, en especial a partir de las revelaciones del #MeToo. Y aunque los principios de la fuerza mental son los mismos para todos, nosotras sufrimos presiones culturales diferentes a los hombres. Por consiguiente, hay algunos malos hábitos específicos a los que somos más propensas comparadas con ellos.
Los tres componentes de la fuerza mental
La fuerza mental es como la fuerza física. Cuando se trata de fortalecerse y mejorar, los buenos hábitos son importantes. Pero los buenos hábitos no te llevarán tan lejos en la vida si van acompañados de malos hábitos.
Si quiero aumentar la fuerza física podría levantar pesas. Pero si en verdad quiero tener músculos definidos necesito dejar de comer tanta comida chatarra. Si no, mis ejercicios no serán tan efectivos. Es lo mismo con los músculos mentales. Necesitas buenos hábitos (como la gratitud) para fortalecerte. Pero si de verdad quieres ver resultados, también tienes que dejar los malos hábitos (como compararte con otras personas).
Es importante mencionar que tener una enfermedad mental no significa que eres débil. Así como alguien con diabetes puede fortalecerse de forma física, alguien con depresión puede fortalecerse de forma mental. Una enfermedad complica la generación muscular, pero es posible.
No eres fuerte o débil mental. Todos tienen fuerza mental en cierto grado. Y no importa qué tan fuerte seas, siempre se puede mejorar.
También es importante seguir entrenando tus músculos mentales. Si los descuidas o eres flojo, se atrofiarán.
Hay tres partes de la fuerza mental:
• Pensamientos. Es importante desarrollar un monólogo interno realista. Pensar demasiado cosas negativas como: “Nunca lo voy a lograr”, te arrastrará al piso. Pero tampoco exageres pensando de forma positiva. Decir cosas como: “Esto será fácil”, puede ocasionar que te encuentres poco preparada para alguna situación.
• Sentimientos. Aunque es saludable experimentar un amplio rango de emociones, no permitas que tus sentimientos te controlen. Si amaneces de malas, realiza acciones para sentirte mejor. Saber cómo calmarte cuando estás enojada puede prevenir que hagas algo de lo que te arrepientas. Mientras más fuerza mental tengas, más consciente estarás de tus emociones y de cómo afectan tus decisiones.
• Comportamiento. Sin importar en qué situación te encuentres, es fundamental actuar de forma positiva. Ya sea que vayas al gimnasio aunque estés cansada o que hables durante una reunión aunque estés llena de dudas, tus decisiones cambian tu vida. Incluso si no resuelves un problema, siempre puedes decidir mejorar tu existencia o la de alguien más.
Los tres aspectos de la fuerza mental están relacionados. Si piensas: “No tengo nada interesante que decir”, te sentirás rara de hablar. Esto afecta tu comportamiento ya que permaneces en silencio. Por consiguiente tu creencia de que no tienes nada que añadir a la conversación se fortalecerá.
Todos caemos en patrones negativos como éste. Desarrollar fuerza mental interrumpe esos ciclos dañinos y te ayuda a generar mejores hábitos para que puedas vivir una vida más significativa.
Por qué me enfoco en las mujeres
Quise escribir un libro que retratara la fuerza de forma precisa. Aunque muchas personas consideran a los Navy SEALs como la personificación de la resistencia mental, las mujeres, que tienden a ser más cuidadosas y dar más valor a las relaciones, también pueden ejemplificar la fuerza mental. No tienes que suprimir tus emociones, negar tu dolor o llevarte al límite para ser fuerte.
Los estudios muestran que las mujeres consideran que la fuerza mental juega un papel importante en sus vidas. En 2015 y 2016 Kellogg encuestó a 6 000 mujeres en todo el mundo sobre fuerza interna. He aquí algunos de sus descubrimientos:
• El 92% dijo que la fuerza interior es importante en el mundo actual.
• El 90% considera que la fuerza interior es clave para tener éxito.
• El 71% siente que con más fuerza podrían alcanzar todo su potencial.
• El 82% desearía tener mayor fuerza interior.
Claro, las mujeres quieren tener fuerza mental, pero muchas no están seguras de cómo desarrollarla.
Escribí este libro con dos objetivos en mente:
1) Empoderar a las mujeres para desarrollar sus músculos mentales. Así podrán ser la mejor y más fuerte versión de ellas mismas.
2) Alentar a las mujeres a crear una reacción en cadena que inspire a otras.
Entrevisté a mujeres de todo el país y en este libro compartiré sus historias, retos y estrategias. También los casos de estudio de mi consultorio que muestran los resultados de dejar los malos hábitos que quitan fuerza mental.
Los siguientes 13 capítulos no son una lista de cosas que hacer o no. Todos nos involucramos en estas prácticas dañinas en algún momento (en especial en la adversidad).
A veces te sientes fuerte, poderosa e imparable, pero esos momentos pueden ser pocos. También es probable que vislumbres lo fuerte que puedes ser, como en esos momentos en los que casi hiciste un movimiento valiente. ¿No sería lindo recurrir a tu fuerza interior todo el tiempo para que puedas alcanzar tu máximo potencial? Este libro es para ayudarte a hacer justo eso.
No te voy a decir que realices actividades más agotadoras para vivir una mejor vida (ya hay muchos mensajes en el mundo insistiéndote que deberías hacer más para mejorar). En vez de eso, explicaré cómo dejar los malos hábitos que están drenando la fuerza que has conseguido con tanto trabajo. Te enseñaré a trabajar de forma más inteligente, no sólo más duro, para que puedas convertirte en la mejor versión de ti.
1
No se comparan
con otras personas
Cada flor florece a diferente ritmo.
SUZY KASSEM
Cara empezó con terapia porque sentía que no era tan feliz como debía. Era una enfermera de 28 años que amaba su trabajo en la unidad pediátrica de un hospital. Llevaba casi un año con su novio y estaba segura de que él era “el indicado”. Tenía una magnífica relación con sus padres y con su hermano mayor. También muchos amigos.
Heredó una casa cuando murió su abuela, así que no tenía problemas económicos. Como no pagaba renta o hipotecas, finiquitó antes de tiempo sus préstamos estudiantiles.
A pesar de tener todo lo que quería, estaba insatisfecha y por eso se sentía culpable y desagradecida. Le preocupaba que su descontento fuera como una cachetada a sus padres que habían sacrificado mucho para darle las herramientas que necesitaba para construir una gran vida.
“Sé que mucha gente daría cualquier cosa por tener mi vida. Así que no entiendo por qué no estoy feliz”, dijo.
Pasamos varias semanas hablando sobre su descontento y la discrepancia entre la forma en que se sentía y la forma en la que creía que debería sentirse. Estaba convencida de que sus amigas eran más felices que ella y pensaba que estaba haciendo algo mal.
Cuando hablaba con una amiga casada y con dos hijos, Cara se preguntaba si su vida progresaba con la rapidez que debería. Cuando pasaba tiempo con otra amiga que hacía ejercicio todo el tiempo, Cara se sentía como un “hipopótamo fuera de forma”.
“Una parte de mí cree que debería tener amigas miserables para sentirme mejor”, bromeó. Y aunque era una opción, no era probable que la ayudara mucho.
Mientras pensara que debía ser más feliz, no iba a disfrutar su vida. Para dejar de sentirse así, tenía que evitar comparar su nivel de felicidad con el que suponía que sus amigas habían conseguido.
Necesitaba concentrarse de nuevo en sus metas si quería sentirse satisfecha. Convertir la vida en una competencia de felicidad resultaba contraproducente.
Mi trabajo con Cara se centró en replantear sus pensamientos. Cuando pensaba cosas como: “Mi amiga tiene mejor vida que yo”, debía recordarse: “Mi amiga tiene una vida diferente a la mía, no es mejor ni peor. Sólo diferente”.
Cara también tuvo que aceptar que sus amigas podían ser más felices que ella a veces. Pero la vida está llena de altibajos y pensar que estaba en una competencia para ser la más feliz nunca le iba a dar una sensación de paz interna.
Conforme se hacía más consciente de sus emociones y practicaba el replantearse pensamientos, se dio cuenta de que no necesitaba ser tan feliz como sus amigas para tener una gran vida. Durante una de las últimas sesiones, dijo: “En vez de medir mi felicidad con la de mis amigas, estoy practicando sentirme feliz por ellas cuando me comparten sus pasiones y entusiasmo. Me ayuda a sentirme más satisfecha con mi vida”.
¿Te comparas con otras?
Todas nos comparamos de vez en cuando. Después de todo, ¿cómo sabes si eres buena en el basquetbol o terrible en matemáticas si no hay alguien con quién medirte? Y aunque la comparación ayuda a identificar algunas fortalezas y debilidades, medir tu valor con el de otras personas es perjudicial para tu sentido de identidad. ¿Alguno de los siguientes puntos suena te suena verdadero?
Creo que otras personas son más felices, más atractivas y tienen mejor vida.
Trato la vida como si fuera una carrera y veo a la gente que me rodea como competidores.
Siento envidia cuando otras personas tienen éxito.
Paso mucho tiempo pensando si otras tienen más dinero que yo.
Cuando conozco mujeres, de inmediato comienzo a compararme con ellas.
Me siento mejor cuando me siento más atractiva que las mujeres a mi alrededor.
Cuando reviso redes sociales, con frecuencia veo a otras mujeres para ver si lucen más felices, delgadas o afortunadas que yo.
Trato de seguir el ritmo de mis amigas porque pienso que tienen mejor vida que la mía.
Tengo miedo de ser la persona más tonta, pobre o la menos atractiva en la habitación.
Me siento insignificante o insegura cuando conozco mujeres con cargos impresionantes.
Por qué lo hacemos
Cara creció con sus amigas más cercanas. Cuando eran jóvenes compartían sus sueños sobre el futuro y hablaban sobre todas las cosas diferentes que podrían conseguir mientras crecieran. Pero tras graduarse de la universidad tuvieron que seguir su camino. Cuando se embarcaron en diferentes viajes, Cara se preguntó si había tomado el “mejor”. Durante una de sus sesiones dijo: “Todos sólo queremos ser felices, ¿no? Por lo que si alguien es más feliz que tú, significa que resolvió su vida mejor”.
La creencia de Cara de que había una mejor ruta a la felicidad tenía que ser trabajada. En el fondo, creía que estaba compitiendo con las personas que la rodeaban por tener la mejor vida. Pensaba que ser más feliz que sus amigas significaba que iba ganando. Y cuando percibía que ellas eran más felices se sentía una perdedora.
Es fácil caer en la trampa de la comparación como lo hizo Cara. Las redes sociales han hecho más fácil que nunca seguir la vida de los demás y compararse. Y para muchas mujeres la comparación se ha convertido en un hábito difícil de romper.
HAY UNA PRESIÓN CULTURAL PARA SER MEJORES
Imagina que eres una estudiante en una clase. Haces un examen y el profesor te revela que obtuviste un 8. Toma un minuto para imaginar cómo te sentirías con ese 8. Ahora imagina que te enteras de que todos en la clase reprobaron. ¿Cómo te sentirías con el mismo 8?
¿Qué pasaría si te enteraras de que todos sacaron 10 y que tu 8 fue la nota más baja? Si eres como la mayoría de las personas, lo que sientes por tu calificación estaría influenciado por cómo les fue a los otros.
Casi todas hacemos esto en la vida diaria, observamos alrededor para ver cómo le va a la gente. Y hasta cierto punto tiene sentido. ¿Cómo sabes si eres lista si no te comparas con otros? ¿O cómo sabes si eres buena golfista, pésima en el boliche o excelente cocinera? Sin alguien con quien compararte es imposible.
Lo mismo con el dinero. ¿Eres rica o pobre? Bueno, depende, ¿no? Compárate con gente alrededor del mundo y es probable que seas rica. Contrasta tus bienes con los de un deportista profesional o las celebridades y te sentirás pobre.
Ver a otras personas nos da información sobre nosotras. Aprendemos mucho sobre nuestros talentos, fortalezas y debilidades al entender en qué posición estamos respecto a los demás.
Una de las formas engañosas en la que las compañías tratan de convencer a las mujeres de invertir en sus productos de belleza es mostrando modelos y actrices hermosas que parecen felices, saludables y ricas. Quieren que te compares con ellas para que sientas que te falta algo. Te prometen que si compras sus productos tendrás una mejor vida.
Hay mucha presión en las mujeres sobre ser hermosas. Los medios y los productos de belleza enfatizan la importancia de la apariencia. Esta industria creó lo que Renee Engeln, profesora de psicología en la Universidad Northwestern, llama “la enfermedad de la belleza”. En su libro Enfermas de belleza, dice: “Una lluvia imparable de publicidad nos dice que lo único que tenemos que hacer para liberar la versión más bella de nosotras es gastar dinero. El rímel correcto puede cambiar tu vida, nos dicen. La crema antiarrugas correcta detiene el tiempo. Perder cinco kilos cambia de forma fundamental la naturaleza de tus relaciones y borra la neurosis”.
Engeln les pidió a más de 200 universitarias que escribieran todo lo que pensaban mientras veían publicidad en revistas para mujeres. Algunas imágenes presentaban sólo productos, como un labial, y otras incluían modelos. Más de 80% hizo una comparación (por lo menos). He aquí algunos de los comentarios:
• Creo que sería más feliz si mis muslos fueran así de delgados.
• Dios mío, sí que es bonita. ¿Por qué no puedo ser tan bonita?
• Me gustaría tener un abdomen plano y perfecto como ella.
Trabajó con asistentes para analizar todos los pensamientos que enlistaron y aprendió que las mujeres con mayor insatisfacción por su cuerpo hicieron más comparaciones sociales. Concluyó: “Cuando ya te sientes vulnerable sobre cómo te ves, tu tendencia es buscar de manera constante más información sobre tu cuerpo”.
LAS REDES SOCIALES PROPICIAN LAS COMPARACIONES
Instagram está lleno de gurús del ejercicio con abdominales de six pack. Los anuncios de Facebook proclaman expertas en negocios que pareciera que lo tienen todo. Y Pinterest promociona artistas que hacen que la decoración, ser anfitrión o cocinar parezcan algo muy fácil. Por eso es difícil mirar a estas mujeres y no pensar: “¿Por qué no puedo ser así?”
María es una de las mujeres que entrevisté para este libro. Dijo: “Estoy muy contenta de que no hayamos tenido redes sociales cuando era niña. Veo a mi hija de 15 años pasando horas tratando de sacar la selfie perfecta para subirla a Instagram. Cuando le pregunto por qué pasa tanto tiempo para una foto me dice: ‘Quiero que la gente piense que me veo bonita. Pero no soy tan bonita como la mayoría de las chicas, así que me toma mucho tiempo encontrar un foto que me haga ver mejor de lo que me veo en la vida real’”.
Claro, no sólo las jóvenes hacen comparaciones con las redes sociales. Hablé con una mujer de 38 años que dijo: “Veo de forma constante las fotos de mis amigas en Facebook y, en secreto, trato de encontrar fallas como canas o arrugas. En vez de ver sus fotos y alegrarme porque están disfrutando sus vacaciones o una noche fuera, sólo las reviso para ver si se ven mejor que yo”.
Los hombres no son inmunes a hacer comparaciones sociales en las redes, pero las mujeres pasan más tiempo conectadas. También son más propensas a usar redes sociales que recaen en las imágenes, como Facebook, Pinterest o Instagram, mientras que los hombres son más propensos a usar Twitter y LinkedIn.
Las redes sociales pueden envolver tu perspectiva sobre otras personas. Un estudio de 2012 descubrió que mientras más tiempo pasas en Facebook, más propensa eres a concluir que otras personas tienen una vida mejor y más feliz que la tuya.
Un estudio de 2015 descubrió que el humor y la imagen del cuerpo de una mujer pueden verse afectados tras usar Facebook por sólo 10 minutos, donde se suben 10 millones de nuevas fotos cada día. Mirar fotos en las redes sociales se asoció con niveles bajos de satisfacción corporal porque las participantes comparaban su rostro, cabello y piel.
Por qué es malo
Cara asumió que sabía todo sobre sus amigas, porque se conocían desde mucho tiempo atrás. Pensó que la vida de ellas era color de rosa como parecía en Facebook.
En una ocasión le pregunté si les había contado a sus amigas que iba a terapia. Admitió que no. La cuestioné si publicaba en las redes sociales que pensaba que todas parecían más felices que ella. De nuevo, admitió que no. Eso nos llevó a una conversación interesante sobre cómo sus amigas podrían estar lidiando con problemas similares y sólo no se lo habían contado y seguro no compartían sus problemas personales en las redes sociales.
Esto la ayudó a ver que estaba volcando su atención al lugar equivocado. En vez de enfocarse en lo que quería lograr, se distrajo con el éxito de sus amigas. Su preocupación por su aparente nivel de felicidad creó confusión y angustia innecesarias.
Las comparaciones no necesariamente se basan en hechos y pueden ser interminables. Siempre habrá alguien mejor que tú o que tiene más que tú. Gastar tu energía comparándote con otras no te motivará a hacer más. En vez de eso, te hundirá y retendrá.
LAS MUJERES SE SIENTEN MAL, LOS HOMBRES
GANAN INSPIRACIÓN
Hay dos tipos de comparaciones sociales: ascendentes y descendentes. Las ascendentes son cuando ves gente que parece superior, más rica, más sana o más feliz. Puedes comparar tu cuerpo con el de una modelo o tu casa con la mansión al fondo de la calle.
Ver gente que parece más afortunada que tú genera confusión en tu bienestar psicológico. Te lleva a creer que vales menos, eres menos capaz, menos atractiva y menos agradable que otras. Los estudios han demostrado que la comparación social ascendente aumenta la depresión y la envidia.
Por el otro lado, la comparación descendente implica ver gente menos afortunada. Tal vez piensas en la amiga más gorda que tú para sentirte bien con tu cuerpo o pasas por un vecindario feo y experimentas cierta satisfacción porque vives en un lugar mejor.
Quizá piensas que compararte con alguien menos afortunado será bueno para ti. Al fin y al cabo ¿no te hará sentir mejor con lo que tienes? La respuesta es no. Los estudios demuestran que la comparación social descendente puede mejorar tu autoimagen de forma momentánea, pero a largo plazo ver hacia abajo genera preocupación y compasión, lo que te hará sentir peor.
Al final, no importa si te mides con alguien que lo tiene todo en orden o con individuos menos afortunados. De cualquier manera, limitarás la cantidad de fuerza mental que eres capaz de construir.
Aunque los hombres no son inmunes a compararse con otros, los estudios demostraron que las mujeres comparan su apariencia más rápido. Y son más propensas a hacer comparaciones ascendentes que empeoran su imagen corporal.
Un estudio de 2012, realizado por investigadores de la Universidad Marquette, examinó con quién es más probable que se comparen los seres humanos. A través de una serie de preguntas, los investigadores descubrieron que las mujeres tienden más a comparar su rostro y su cuerpo con el de la mujer idealizada. Y son más propensas a pensar que nunca lograrán resultados similares. Los investigadores sospecharon que esto se debe al énfasis que la sociedad hace en la belleza femenina.
Por el otro lado, los hombres son más propensos a comparar su físico con su cuerpo futuro. Así que en vez de desear lucir más atractivos, imaginan cómo conseguir resultados similares. A diferencia de las mujeres, que sienten que nunca serán capaces de lucir como la idealizada, los hombres tienden a creer que tienen el poder de mejorar su apariencia.
Así que cuando un hombre ve la imagen de otro más musculoso o con un físico ideal, es probable que se sienta inspirado. Pensará en hacer ejercicio o cambiar su dieta para verse igual algún día. Cuando una mujer ve imágenes de otra más atractiva, es más propensa a sentirse mal porque cree que no tiene oportunidad de conseguir resultados similares.
Además, el estudio es claro en una cosa: mientras más se comparan las mujeres, peor se sienten con su cuerpo. Y mientras peor se sientan consigo, es más probable que se comparen. Es un círculo vicioso.
Pero tal vez no necesites un estudio que te diga eso. ¿Cuándo fue la última vez que viste celebridades en una revista o gurús del ejercicio en redes sociales y pensaste “¡Wow, qué bien me veo!”?
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DE LA VIDA DE ALGUIEN
En 1996 Mindy McCready alcanzó un nivel de fama que sueña la mayoría de los cantantes. Su álbum debut, Ten Thousand Angels, vendió más de dos millones de copias y contenía cuatro sencillos que estuvieron en las listas de éxitos.
Además de su fabulosa carrera, su vida personal también parecía perfecta. Se comprometió con Dean Cain, el actor que interpretó a Superman en el éxito de televisión Lois y Clark: Las nuevas aventuras de Superman. Eran una hermosa pareja que parecía tenerlo todo.
Pero poco tiempo después se vino abajo. Su relación con Dean Cain terminó y su carrera también. Empezó a salir en las portadas por las razones equivocadas: conducir bajo influencia de alcohol, fraude con drogas prescritas y manejar con una licencia suspendida. Después, en 2005, su novio, Billy McKnight, la golpeó tanto que se le acusó de intento de homicidio.
McCready se reunió de nuevo con McKnight el tiempo suficiente para quedar embarazada de su primer hijo. Pero la relación no duró y McCready intentó suicidarse varias veces.
Luego comenzó una relación con David Wilson y se embarazó de su segundo hijo. Su lucha con el abuso de sustancias continuó y su relación con Wilson era una relación de rupturas-reconciliaciones.
En 2013 encontraron a Wilson muerto de una herida de escopeta que él se hizo. A McCready le quitaron a los hijos por sus problemas con el abuso de sustancias y un juez le ordenó entrar a un centro de rehabilitación.
Cuando le dieron los papeles para que sus hijos fueran enviados con su alejada madre, McCready no pudo más. Salió al pórtico y se dio un tiro. Sólo tenía 37 años.
No puedo evitar preguntarme cuántas mujeres se compararon con McCready en algún punto. Era hermosa, talentosa y famosa. Por un buen tiempo vivió una vida envidiable.
No tengo idea si era un alma atormentada desde el principio o si una serie de circunstancias complicadas la hundió, pero sí sé que ahora, sabiendo por todo lo que pasó, no querríamos cambiar de vida con ella.
La historia de Mindy McCready no es la única de alguien que parecía tener todo por fuera pero en realidad estaba derrumbada por dentro. Sospecho que hay mucha gente que ha deseado “ser gracioso como Robin Williams” o “cantar como Kurt Cobain”. Es fácil pensar que alguien tiene una gran vida por lo que ves, pero nunca sabes qué tipo de batallas luchan en el interior. No es justo comparar tu vida real con la vida aparente de alguien más.
Qué hacer en vez de eso
Cara era una mujer inteligente que reconoció que compararse con otras personas no le ayudaba. Pero al mismo tiempo decía: “No lo puedo evitar. Veo lo que están haciendo mis amigas y empiezo a cuestionarme, incluso pequeñas cosas como lo que hago un viernes en la noche o mi cena”.
Ya que las comparaciones de Cara surgían de las redes sociales, accedió a tomar un descanso de ellas por una semana para ver qué pasaba. Cuando regresó a terapia después de su semana libre de Facebook me dijo: “Noté que no estaba tan preocupada por lo que todos hacían cuando no usaba redes sociales”.
No las quería dejar por completo, pero estuvo de acuerdo con monitorear su uso. El solo hecho de ser más consciente de la forma en que las redes sociales afectaban su ánimo y sus pensamientos le ayudó a ser más proactiva para reducir las comparaciones.
Cara reconoció que su actitud comenzó a cambiar y dijo: “Así como hay luz del sol para todos y una persona tomando el sol en la playa no afecta cuánto sol puedes tomar, también hay mucha felicidad”.
Hay tres cosas principales para evitar caer en la trampa de la comparación:
1) Reduce las probabilidades de compararte con otras.
2) Cambia tu forma de pensar y trabaja las exageradas e injustas comparaciones que haces.
3) Lidia con el malestar que experimentas cuando otras personas tienen más que tú.
CREA UNA VIDA TAN RICA QUE NO TE IMPORTE
LO QUE HACEN LOS DEMÁS
Un estudio publicado en 2017 en Body Image descubrió que cuando las mujeres tienen algo en mente son menos propensas a ser afectadas por comparaciones sociales. Cada participante en el estudio reconoció que las imágenes en los medios la hacían sentirse mal sobre ella. Pero cuando se les dio una tarea que realizar mientras veían las imágenes de una mujer idealizada, su humor e imagen corporal no se vieron afectadas.
Antes de ver las imágenes, se les pidió calificar su humor y la satisfacción con su apariencia. Después las dividieron en tres grupos: al grupo uno se le pidió memorizar un número complejo de ocho dígitos mientras veían imágenes de modelos atractivas, al grupo dos se le pidió memorizar un número simple mientras veían modelos atractivas y el grupo tres vio imágenes que no mostraban personas.
Después se les pidió calificar su humor y atractivo otra vez. Los investigadores descubrieron que las mujeres preocupadas por memorizar un número complejo no se vieron afectadas por las imágenes. Su humor permaneció estable y calificaron su atractivo de la misma forma.
Las mujeres que sólo tenían un número simple para recordar no lo hicieron tan bien. Tras ver las imágenes, su humor declinó y se calificaron como menos atractivas que antes.
Entonces ¿qué podemos concluir con este estudio? Que cuando tienes en qué ocuparte, la vida de los que te rodean te afecta menos. Eso no quiere decir que tengas que llenar tu vida de trabajos y distracciones, pero sí significa que crear una vida plena y rica puede prevenir que gastes tu tiempo preocupándote en si a alguien le va mejor.
Cuando te comparas con otra mujer, ya sea navegando en alguna red social o viendo a tu alrededor para ver cómo está vestida, atrápate. Piensa en cosas mejores que podrías estar haciendo con tu tiempo, como conocer gente a un nivel más profundo, leer un libro, aprender nuevas habilidades o practicar un pasatiempo. Recuerda que puedes dar pasos para crear una vida tan rica que la aparente buena fortuna de los demás no te distraerá.
RECONOCE LA DIFERENCIA ENTRE EL INTERIOR Y EL EXTERIOR
Imagina que estás creando un collage en una caja de zapatos. El exterior de la caja refleja cómo te ven los demás. Tal vez añadas imágenes de algunos de tus pasatiempos favoritos, actividades o intereses. O quizá te presentes con una sonrisa, feliz y trabajadora.
Ahora imagínate decorando el interior de la caja para reflejar cómo te sientes por dentro. Tal vez mostrarías tus miedos secretos, tus inseguridades escondidas y pensamientos oscuros. Quizá representarías algunas de esas cintas negativas que reproduces una y otra vez en tu cabeza.
