Una carta desde nosotras
A nuestras lectoras:
Mujeres buscadoras
Mujeres torturadas
Mujeres desplazadas
Mujeres que también se acompañan y accionan juntas
Mujeres activistas
Mujeres periodistas
Este libro se divide en dos partes. La primera es presentada por Verónica Gago, una activista y filosofa argentina, que desde el Cono Sur nos acompaña. En esta parte, las autoras intentan describir las diferentes formas de violencia que cruzan nuestros cuerpos y el sistema que permite la reproducción de éstas. La segunda parte es presentada por Raquel Gutiérrez Aguilar, activista y filosofa mexicana, punto de referencia para el feminismo en nuestro país. En esta parte nos centramos en las prácticas de lucha que las mujeres construyen colectivamente para transformar los espacios violentos en territorios habitables y amorosos.
Cada autora introduce su texto con un verbo que representa el sentido íntimo y político de su narración. Abrazar, amar, cuidar y muchos más. Sentidos que no están definidos por una academia de la lengua, sino por las autoras y quienes compartieron su palabra, mujeres que intentan desde sus prácticas cuidar la muerte para cuidar las vidas.
Somos compañeras que caminamos juntas desde hace una década. Reporteras, poetas, académicas, artistas, documentalistas, fotógrafas, escritoras, investigadoras.
Nuestra intención ha sido contar la violencia desde
el cuerpo de las mujeres.
La entendemos, a esa violencia, como una piedra que cae
en un lago.
Como ondas que se expanden, que avanzan en el espacio, cada vez más sutiles, silenciosas.
¿Cómo nos ha cruzado la violencia de esta guerra?
¿Cómo nos habita?
Identificamos nuestras historias a partir de nuestros verbos,
nuestros cuerpos-territorio:
escuchamos, sentimos, trabajamos
con y para las que vienen después.
Nos reunimos a mirarnos la cara:
a nombrar nuestras diferencias y agradecernos nuestra compañía
¿Qué estamos narrando?
¿Qué estamos produciendo y reproduciendo?
Éstos son textos “porque hay que nombrarlo”,
textos “porque hay que hacerlo”.
¿Cómo empezó esto?
Desde el interés de encontrarnos,
desde nuestros recorridos vitales, en caravana.
¿Cómo contar los años de militarización?
Hemos podido hacer un diagnóstico de lo que hemos vivido en nuestros territorios, un diagnóstico de este nuestro país.
Queremos que estos textos nos digan algo
(hay cosas que no habían encontrado su tiempo, su tiempo para ser dichas).
También, a nosotras mismas
decirnos gracias
¿Qué dicen nuestros cuerpos?
¿Qué dicen nuestras acciones?
UNA-Nuestra posible respuesta al dolor
Para curarnos de espanto
nos acuerpamos en esta lucha:
desde el dolor,
desde el miedo,
desde el sinsentido,
desde lo afectivo,
desde el cariño, la confianza, la ternura.
Éstas son nuestras redes de mujeres.
Pase lo que pase vamos a estar aquí, incluso sin importar que no siempre estemos juntas. Aquí estamos.
Redes íntimas que salvan, están salvando, nuestras vidas.
Éste ha sido un camino en la búsqueda de entender qué es lo
que nos ha pasado. También de poder conversar al respecto.
Con esperanza de que estas conversaciones se multipliquen.
Conversaciones para entender aquello que cargábamos con pesar,
aquello de lo que guardábamos silencio, aquello que nos daba
miedo.
Vamos encontrando momentos para dejar de estar silentes,
momentos para hablar.
Queremos dar otras visiones
Visiones que desde el sistema están desdibujadas.
¿Qué hicimos con todo esto?
Documentamos para nombrar,
para dejar testimonio de esto que nos ha pasado y no ha terminado.
Que esto decante
Ir a otros lugares.
Reconocernos al escucharnos.
Reconocer la fuerza de nosotras y de otras mujeres
¿Cómo seguimos teniendo fuerza con todo esto?
JUNTAS iluminamos hoy estas respuestas…
Ante la pregunta de ¿qué le ha pasado a este país?
Y ¿qué nos ha pasado en esta guerra?
Co-habitamos nuestros textos.
Aprendemos unas de otras.
Queremos hacernos justicia.
Hacerles justicia a las voces de aquellas mujeres,
a las que escuchamos.
Honrarlas.
Crear una justicia desde y para nosotras.
Sacamos juntas palabras cuando el silencio aquí ha imperado.
SUS-Nuestras palabras.
Narramos el horror,
Viviendo con lo no-imaginado.
Desde ahí, desde vernos reflejadas en la otra y reconocernos como afectadas, invitar a tejernos.
También,
a sembrar raíces aunque hayamos sido arrancadas.
Hablamos de nuestros recuerdos, de nuestras historias,
Enunciamos nuestras voces,
Comenzamos así a hacer sentido del dolor.
¿Cómo cuentas el amor a una persona que ya no está?
Elegimos otras formas de escribir un libro, como un encuentro alrededor de una fogata. Nos escuchamos. Encontramos afecto en las miradas, en los abrazos con ellas.
Elegimos otras formas. Ellos han partido desde narrativas bélicas. Nosotras desplazamos el centro, deconstruimos sus palabras.
Algunas hemos elegido escribir textos que escuchan, otras hemos elegido narrar desde lo personal. Hemos entendido que lo personal es político, transitamos en ello. Acortamos las distancias en un abrazo.
Honestidades que generan cercanías.
De alguna forma, de ésta, nuestras vidas siguen.
No nos ha ganado el contexto.
No nos ha ganado el miedo.
Al caminar junto a otras, reconociendo quizá que estamos rotas, también nos vamos preguntando cómo queremos estar bien.
¿Cómo tejer esto que está roto?
¿Qué hacemos con esto con lo que no estamos de acuerdo?
¿Qué activamos cuando las cosas fallan?
¿Qué escuchamos en este silencio?
Sabemos que no hay soluciones únicas.
Esta guerra nos obligó a caminar las ruinas de la destrucción.
Continuamos y seguimos aquí aunque a veces no encontremos sentido lo que se hace, lo que hacemos.
Y lo hacemos porque hay que hacerlo.
Esto nos enlaza.
Somos capaces hoy de mirar de frente (y hacia adentro) lo que nos ha pasado y lo que nos sigue pasando.
También de mirar de frente lo que todo esto nos ha hecho. Sí, estamos abriendo la puerta a mirar este dolor, aunque a veces no podamos nombrarlo.
Así también hemos encontrado nuestras estrategias
de supervivencia.
Hoy podemos decir que hemos resistido ante estos años tan oscuros.
Hoy podemos decir que ante las jerarquías del dolor reconocemos nuestras afectaciones compartidas.
Podemos decir que estamos juntas, que estamos vivas, que reconocemos este encuentro como una herramienta metodológica, como un proceso, como un aprendizaje, como una fogata, como un amoroso abrazo.
Así creamos disonancias en quien lee.
Queremos desplazar el centro del poder.
Ponemos atención a las reconstrucciones.
Sabemos que ésta no es la última palabra.
Resignificamos.
Sabemos que todo late,
que todo está vivo,
que todo está cambiando.
Revertir el efecto ruina para que sea semilla.
Tener a nuestras hijas, madres y hermanas abrazadas a nuestro pecho y, ante la incertidumbre, poder decirnos con certeza que todo va a estar bien. Porque es lo que queremos creer.
Seguimos creyendo y narrando lo posible.
Seguimos viendo futuro.
Construimos hoy los lugares que queremos habitar.
Primera parte
Una piedra cae en un lago
Presentación
Huellas para trazar caminos
Desde el Cono Sur, siempre pensamos que México es una excepción de la región porque no tuvo dictadura militar. De hecho, sigue siendo el recuerdo hospitalario para muchxs exiliadxs. Leer los textos de la primera parte de este libro lleva, desde otra geografía, a un primer momento de confusión: una suerte de falso reconocimiento de relatos, testimonios y secuencias del horror que van desde la brigada paramilitar a espacios convertidos en campo de concentración y fosas comunes, de las angustias de lxs familiares en búsqueda de desaparecidxs a los relatos de torturas de quienes sobrevivieron, todo como si fueran de los años setenta. Pero estos relatos, como dice el título de este libro, son más perturbadores porque son del presente. Porque están pasando ahora mismo. Porque hacen arqueología de ausencias recientes. Este presente en guerra ya es, sin embargo, una guerra de otro tipo y eso también se escucha en los relatos.
Sergio González Rodríguez acuñó el término campo de guerra para ubicar el tránsito del conflicto internacional a su interiorización con adjetivos precisos: “continuo, plano, simultáneo, ubicuo, sistémico y productivo”. Una modalidad que se despliega contemporáneamente en “mar, aire, tierra, espacio y ciberespacio”. Él habla de la cartografía movediza que surca México desde la desestabilización del Estado nación que empieza, según sus palabras, con el alzamiento zapatista de 1994 y que desemboca en el crimen organizado del siglo XXI.
Aquí esas palabras —campo de guerra— se llenan de locaciones concretas: una casa recién habitada en Villahermosa por unas novias que soñaban un negocio, una habitación limpia en Úrsulo Galván, la espera de una hermana a que vuelva la otra hermana en noches interminables, una casita de Infonavit en medio de la depresión de la pérdida, una cita pautada por Facebook con desenlace fatal, niñas vomitando debajo de los pupitres.
Y así cada historia envuelve y arrastra un sinfín de detalles que la hacen cotidiana, que nos llevan en un travelling mental a cada uno de esos sitios, y a la vez muestran lo corpóreo irreversible de vivir el horror.
Pero también aquí están narradas las explicaciones políticas de esa guerra. “La guerra es por la minería”, dice una pequeña admiradora de su madre activista. “La guerra es por el narcotráfico”, dice otra hija de esas periodistas entregadas a la tarea heroica de seguir investigando. Esas mujeres están en la “primera línea” de esta guerra sin ser combatientes, sin haber aceptado ir a la guerra. Ellas son periodistas y defensoras de derechos humanos dispuestas a que esa guerra no se tragu
