1
Eme
MIRO FIJAMENTE EL DESAGÜE EN EL CENTRO DEL PISO DE concreto. Fue lo primero que vi cuando me encerraron en esta celda, y apenas he dejado de observarlo desde entonces.
Al principio sólo me puse necia, arrastraba los pies dentro de las delgadas pantuflas de prisión que me dieron, para que tuvieran que jalarme a lo largo del pasillo por ambos brazos. Pero cuando vi el desagüe, comencé a gritar. Invadió mi visión hasta que dominó por entero la pequeña celda de bloques de hormigón, y lancé patadas a los hombres que me sostenían, tratando de arrancar mis brazos de su agarre de hierro. Sólo pude imaginar las más espantosas razones posibles por las cuales necesitarían un desagüe en el piso.
Cualquier horror que haya imaginado, aún no ha sucedido —al menos no todavía—, pero el desagüe todavía domina mi atención. Es como un faro, convirtiéndose en mi foco de atención una y otra vez. Incluso ahora, estoy tumbada sobre mi costado en el angosto catre que está contra la pared y mirando fijamente esa cosa como si aún hubiera algo que aprender de ella. Catorce centímetros de ancho, treinta y dos pequeños orificios, y una abolladura del tamaño de una moneda de cinco centavos casi en el centro.
—¿Qué estás haciendo? —la voz familiar suena distante a través del ducto de ventilación.
—Horneando un pastel.
Se escucha una risa, y el sonido me hace sonreír. Me sorprende un poco que mis músculos aún recuerden cómo hacer ese movimiento.
—¿Estás mirando el desagüe otra vez? —no digo nada.
—Eme, por favor. —dice—. Lo único que lograrás es volverte loca.
Pero tengo algo más en mente.
Hoy, por fin, voy a descubrir todos los secretos del desagüe.
Poco después, escucho los pasos de un guardia que se acerca. Es difícil calcular el tiempo aquí, sin relojes o ventanas o cualquier actividad que rompa el largo transcurrir de los segundos. Todo lo que tengo para medir el tiempo son mis conversaciones con el muchacho de la celda de al lado y el crecer y menguar de mi propia hambre.
Mi estómago gruñe ante el sonido de las botas contra el cemento, reacciona como el sonido de una campana para uno de los perros de Pavlov.
La pesada puerta de metal se desliza lo suficiente para revelar a Kessler, el guardia con la cara como la combustión lenta de llamas extinguidas. La mayoría de los guardias son indiferentes conmigo, pero él en verdad me odia. Resiente que lo hagan esperar por mí, supongo, cuando trae mis comidas y cambios limpios de la ropa azul que me han dado para ponerme. Me hace sonreír. Si tan sólo supiera a lo que estaba acostumbrada antes de que el mundo se desmoronara a nuestro alrededor como una casa consumida desde dentro por la podredumbre.
Kessler me tiende la bandeja del almuerzo y yo me muevo rápido para arrebatarla de su mano. Cuando no soy lo suficientemente rápida, la deja caer con estrépito al suelo, mandando pedacitos de comida a volar en todas direcciones. La humillación de arrastrarme por cualquier cosa que Kessler me ofrezca me quema las entrañas, pero, para variar, estoy ansiosa por mi comida. Aunque no gracias al alimento café y blando de la bandeja, por supuesto.
Tal vez por los cubiertos que lo acompañan.
Kessler me ofrece una sonrisa mordaz y burlona, y desliza la puerta de mi celda para cerrarla otra vez. En cuanto se va, agarro la cuchara y el tenedor de la bandeja y comienzo a examinarlos. No hay cuchillo; nunca lo hay. La carne remojada no necesita ser cortada, y probablemente temen que monte un atrevido intento de fuga con el desafilado utensilio de plástico, blandiéndolo contra los hombres con metralletas afuera de mi celda.
Pongo la bandeja a un lado y me siento con las piernas cruzadas junto al desagüe. Intento primero con el tenedor, presionando las puntas contra uno de los tornillos que mantienen la rejilla en su lugar. Como lo sospeché, son demasiado gruesas para encajar en las ranuras, así que lo aviento. Vuela sobre el concreto y con sonidos metálicos musicales aterriza junto a la bandeja.
Mi única esperanza es la cuchara. Presiono su parte curva contra el mismo tornillo, y esta vez uno de los bordes se agarra. Contengo la respiración, como si cualquier cambio en la presión del aire de la habitación pudiera deshacer las cosas, y empujo la cuchara, tratando de usarla para aflojar el tornillo. Se resbala. Lo intento de nuevo una docena de veces, pero no funciona; la cuchara se sigue resbalando del tornillo de manera que sólo estoy presionando y dándole vueltas al aire. La parte curva de la cuchara es tan pronunciada que no encaja con la ranura recta de la cabeza del tornillo, y casi lanzo la cuchara contra la pared por la frustración.
Me detengo con la mano en el aire. Tomo un respiro. Piensa.
El mango de la cuchara es demasiado grueso para encajar en la ranura y la base es muy ancha, pero toco el concreto rugoso del suelo de la celda; se siente áspero y frío contra mi palma. Podría funcionar.
Cuando Kessler regresa por mi bandeja, lo estoy esperando. Mi estómago está vacío y duele, pero no he tocado la comida. Necesito toda la bandeja de porquería intacta. Kessler desliza la puerta, y justo cuando el espacio es lo suficientemente grande, lanzo la bandeja a través de éste.
—¡Esto es asqueroso! —grito—. ¡No somos animales!
Kessler se agacha y la bandeja se estrella contra la pared detrás de él con un chasquido. Se retuerce y maldice cuando las salpicaduras de comida café y verde manchan su cara y su uniforme. Reprimo una sonrisa traviesa durante el medio segundo que le toma a Kessler levantar la mano y golpearme el rostro con fuerza. Me derrumbo sobre el piso, las lágrimas punzantes suben hacia mis ojos por el golpe.
—¡Perra loca! —dice Kessler, mientras me cierra la puerta.
Sólo puedo esperar que esté tan enojado por tener que limpiar el desastre que no note la cuchara faltante.
Espero tanto como puedo sólo para estar segura. Una hora, ¿quizás dos? Entonces saco la cuchara de donde la había escondido debajo de mi delgado colchón de espuma. Le arranco la cabeza, lo que deja un borde afilado, y lo mido con mis dedos, comparándolo con la ranura en el tornillo.
Me acerco a la pared y pongo la cara cerca del ducto de ventilación.
—Oye, ¿estás ahí?
Escucho el rechinar tortuoso de los resortes mientras Finn rueda para bajar de su catre.
—Estaba por salir. Tienes suerte de encontrarme.
Presiono con mis dedos las láminas frías de la rejilla. A veces es difícil creer que sólo nos separan 30 centímetros de concreto. Se siente tan lejano.
¿Alguna vez tocará su lado de la pared cuando piensa en mí?
—¿Podrías cantar? —le digo.
—¿Cantar?
—¿Por favor?
—Mmm, okey —suena desconcertado pero dispuesto. Finn nunca dice que no.
—¿Algo en especial?
—Lo que tú quieras.
Comienza a cantar algo que suena a iglesia. Un himno, quizás. No lo supe sino hasta después de que todo empezó —hasta que estábamos en la carretera, dejando atrás todo lo que tenía que ver con nuestras viejas vidas, como el tubo de escape que arrastraba de la camioneta que nos estaba sacando de la ciudad—, pero Finn iba a la iglesia cada semana con su madre. Incluso le gustaba. De momento me sorprendió, aunque ahora no puedo recordar por qué. Tal vez debido a que la religión nunca fue una parte de mi vida, o porque la idea de la oración y los convivios en la iglesia y los sermones parecían tan ajenos al Finn que conocía.
El Finn al que pensé que conocía.
Tiene buena voz; un tenor fuerte con una textura de algodón fresco tocando la piel. Nunca te lo imaginarías si lo vieras. O, no lo sé, quizás lo harías. No he visto a Finn en meses. Tal vez ya no luce como lo recuerdo.
Mientras la voz de Finn reverbera contra las paredes de bloques de hormigón hasta llenar cada grieta y fisura, presiono el borde puntiagudo de la cuchara rota contra el concreto. Lo arrastro hacia adelante y hacia atrás sobre la superficie rugosa, afilando lentamente el plástico. Me muevo cada vez más rápido; el raspar de la cuchara sobre el suelo se mezcla con la voz de Finn en mis oídos.
A pesar del frío en la celda, siento el cosquilleo del sudor en mi frente por el esfuerzo. Me detengo y reviso el ancho de la cuchara contra el tornillo. No está lo suficientemente delgado, pero está más cerca. Empiezo a afilar de nuevo, apretando la cuchara tan fuerte que mi mano empieza a doler. Esto va a funcionar; estoy segura de ello.
Finn deja de cantar, pero apenas lo noto por estar tan enfocada en mi tarea.
—Eme, ¿qué estás haciendo?
—Va a funcionar —susurro para mí.
—¿Qué cosa?
Reviso la cuchara otra vez, y esta vez la punta rebajada encaja perfectamente en la ranura del tornillo. La empujo con fuerza y la temperatura de mi sangre se eleva. Una vocecita suave en el fondo de mi mente me pregunta por qué me preocupa tanto este estúpido desagüe, pero apenas la escucho en medio del retumbar de mi cabeza, como un tamborilero llevando a los soldados a la guerra. Comienzo a dar vueltas a la cuchara, aunque el tornillo no se mueve; años de suciedad, óxido y Dios sabe qué más lo mantienen en su lugar. Doy vueltas más fuertes, tratando de forzarlo a moverse, hasta que el plástico rechina y amenaza con romperse.
—¡Vamos, carajo!
Sujeto la cuchara justo en la base, tan cerca del tornillo como lo permiten mis dedos, y doy vuelta. Con un chirrido, el tornillo empieza a moverse. Me río, pequeños resoplidos que se sienten extraños pero maravillosos en mis labios. Cuando el tornillo cede, ataco al siguiente y al siguiente, arañándolos hasta que mis uñas sangran cuando la cuchara no funciona lo suficientemente rápido, y finalmente tirando de la parrilla cuando sólo una pequeña rosca del último tornillo la sostiene en su lugar.
Sale disparada a mi mano, de pronto nada más que una delgada pieza de metal, y al dejarla caer hace un sonido metálico.
—Eme, ¿qué está pasando?
Ahora Finn suena ansioso, pero no tengo tiempo para preocuparme. El desagüe está abierto y expuesto, al fin. Meto la mano, la parte racional de mi cerebro me dice que no voy a encontrar nada más que una tubería fría, pero algo más profundo e instintivo dentro como un susurro ¿qué? ¿Un propósito? ¿Destino? ¿Alguna de esas otras cosas grandiosas en las que dejé de creer hace años?
El susurro no se sorprende cuando mis dedos se cierran alrededor de un objeto escondido en el desagüe. Mi cuerpo se tensa mientras que algo salvaje y feliz estalla dentro de mí, como si mis músculos supieran contener esa explosión. Libero el objeto con un tirón, lo saco a la luz y lo miro fijamente.
Es una bolsa plástica para congelados, muy vieja y manchada por años de agua dura y moho. Un objeto tan mundano —que evoca memorias de los sándwiches de crema de cacahuate que solía encontrar en mi maleta del gimnasio— parece en extremo fuera de lugar en mi pequeña celda de prisión. Adentro hay una sola hoja de papel, blanca con líneas azules, como las que usaba en la escuela, con un borde dentado que delata que ha sido arrancada de un cuaderno.
Abro la bolsa con dedos temblorosos, repentinamente asustada. Sabía que había algo importante acerca del desagüe desde el momento en que lo vi. No es natural. Nada de esto puede ser bueno.
Saco la hoja de papel y puedo echarle un buen vistazo por primera vez. La habitación se vuelve un vacío a mi alrededor. Trato de inhalar y me doy cuenta de que no puedo, como si todo el aire se hubiera ido.
La página está escrita casi completamente. Algunas líneas en tinta, otras a lápiz; las líneas en la parte superior tan difuminadas por el tiempo que son difíciles de leer, y las de la base lucen casi nuevas. Todas las oraciones, menos la que está justo al final, están cruzadas por una línea clara y delgada.
Hay un nombre en la parte superior de la página, escrito en letras mayúsculas que lucen familiares, y el renglón en la parte inferior es grueso y oscuro; las palabras están grabadas en el papel como si la persona que las escribió hubiera presionado la pluma fuertemente sobre él.
Esa persona fui yo.
Nunca había visto ese pedazo de papel en mi vida, pero la caligrafía definitivamente es mía: mi e cursiva cuando todas las otras letras son de molde, mi k inclinada y la a muy delgada. Una parte primitiva de mí lo reconoce, como un teléfono sonando en otra habitación.
Comienzo a temblar. En este momento y lugar, una carta que no recuerdo haber escrito significa algo muy específico.
Pero es la última línea la que me hace refugiarme desesperadamente junto al inodoro en la esquina de la celda.
«Tienes que matarlo».
2
Eme
SIENTO ARCADAS HASTA QUE MI ESTÓMAGO SE RECONCILIA con el hecho de que no hay nada dentro qué vomitar, luego recargo la frente contra la pared fría y me limpio la boca con la manga.
«Tienes que matarlo».
Cuando cierro los ojos, aún puedo ver las palabras. Están grabadas en mí, pero no puedo aceptarlas. Tiene que haber otra manera. No soy tan fría.
Todavía no.
A lo lejos del pasillo escucho el tintineo de una puerta. Alguien se acerca. Me paro de un salto y me lanzo hacia el desagüe. Ni idea de qué haría el doctor si me encuentra registrándolo y si ve la hoja de papel.
Mis manos entorpecen por la prisa, rompo la cuchara en varios pedazos y los aviento por el desagüe. Ahora puedo distinguir un par de botas pesadas contra el cemento. Atasco la rejilla nuevamente en el desagüe y vuelvo a colocar los tornillos lo mejor que puedo con las puntas de los dedos y las uñas. Tomo rápidamente la bolsa de plástico y la hoja de papel y me aviento sobre mi colchón. Meto ambas debajo de él justo cuando la cara de Kessler aparece en la pequeña ventana de la puerta de mi celda.
—¿Dónde está la cuchara? —pregunta.
Genial. Kessler no es tan estúpido como esperaba.
—No sé de qué hablas —le digo mientras recargo la cabeza despreocupadamente. Me esfuerzo por respirar de forma normal, pareja, aunque mis pulmones están ardiendo por la explosión del esfuerzo.
Kessler gira hacia a su derecha y delibera con una persona a quien no puedo ver. Alguien que no está usando botas militares, por eso no pude escuchar que se acercaba. Los dedos de mis pies se encogen dentro de mis pantuflas.
Kessler voltea hacia mí.
—Sabemos que la tienes. Entrégala.
Bueno, ésa ya no es una opción. Tendría que sacar las astillas del desagüe, y luego registrarían todo el cuarto tratando de encontrar lo que estoy escondiendo. Si encuentran ese pedazo de papel con su lista interminable de amenazas escritas con mi letra, estoy muerta.
Además, nunca les daré a estos hombres nada que quieran, no importa que tan pequeño sea.
Pongo mis manos detrás de mi cabeza.
—Púdrete.
—Sólo es una cuchara de plástico, niña —es el doctor, su voz amortiguada por la puerta—. ¿Qué vas a hacer con ella, cavar un túnel de escape?
Me paro de un salto con el sonido de esa voz.
—¡Vete al infierno!
—¿Eme? —es Finn en el ducto de ventilación—. ¿Qué está pasando?
—Última oportunidad.
Escupo a la ventana de la celda. Mi piel se electriza por la furia. La puerta se abrirá en cualquier momento, el doctor entrará y comenzará algún nuevo horror. Todo por una cuchara de plástico. Mis piernas se estremecen con la necesidad de correr, pero no hay a dónde ir.
Además, puedo aguantarlo.
—Ábrela —dice el doctor.
Escucho el sonido metálico de una llave en una cerradura, el ruido de una puerta que se desliza, pero la mía no se mueve. Entiendo lo que pasa un momento más tarde de lo debido.
—¡No! —me lanzo hacia mi puerta cerrada, mis puños hacen sonidos de golpes sordos contra el metal—. ¡Déjenlo en paz! ¡Finn!
Del otro lado de la pared, Finn chilla de dolor. Escucho el distante crepitar de la pistola eléctrica militar que el doctor prefiere usar para no ensuciar sus finas manos. Tiene una gran variedad de configuraciones, algunas de las cuales pueden noquear a una persona y dejarla inconsciente o detener instantáneamente un corazón. He experimentado la primera y visto la segunda, y la idea de que ese dispositivo se esté usando en Finn me vuelve loca. Grito su nombre y me lanzo contra la puerta una y otra, y otra vez.
El doctor aparece en la pequeña ventana de la puerta de mi celda, y yo brinco hacia atrás como temiendo que sus manos atraviesen el cristal y me agarren por la garganta. No es que tuviera que hacerlo. Tan sólo ver su rostro me hace sentir como si me estuviera arrancando la vida, asfixiándome.
—Puedes detener esto en cualquier momento —dice. Se ve igual que siempre. Dudo poder reconocerme en un espejo, pero el tiempo a él no lo ha tocado. Su voz se suaviza hasta parecer amable—. Sólo dame la cuchara.
Lo observo fijamente con la mirada borrosa y ardiente. Finn gime de dolor ahora, no hay nada que pueda hacer, pues ese papel nos condenaría a ambos. Trago saliva, y sabe a bilis.
—No la tengo. Seguro Kessler la perdió.
El doctor se ve triste, y, Dios, lo detesto por ello. Entonces inclina su cabeza, y Kessler hace algo que causa que Finn grite.
Para cuando Finn se queda en silencio, mi voz está ronca y algunas partes de mis puños están en carne viva por golpear la pared. Los pasos pesados de Kessler y los más ligeros del doctor desfilan por mi celda y luego se desvanecen. La culpa cae en mí como plomo; hace mis movimientos lentos y agotadores mientras arrastro la almohada y la delgada sábana de algodón de mi catre y me hago un ovillo en el suelo frío junto al ducto de ventilación.
—¿Finn? —susurro—. ¿Estás ahí?
Silencio. ¿Me odia tanto como yo a mí en este momento?
—¿Finn?
—Voy llegando a casa. Salí por pizza —estallo en llanto.
—Oye —su voz es suave y ronca—: Oye, tranquila.
—¡Cállate! —digo llorando—. ¡No trates de consolarme! ¡Hice que te torturaran!
—Sh, Eme, estoy bien.
—¡No lo estás!
—Lo estoy. Es sólo que…
—¿Qué?
Suspira.
—Es sólo que quisiera poder verte.
Me acerco más a la pared, hasta que estoy pegada a ella, y extiendo mis dedos sobre los bloques de concreto como si lo estuviera tocando a él. Es tonto, y me alegra que no pueda verlo, pero me hace sentir un poco mejor.
—Yo también.
—¿Recuerdas cuando me odiabas?
Me río, resuello, me da hipo.
—Bueno, eras insoportable.
—Creo que incorregible es una mejor palabra.
Recargo la frente contra la pared y me permito imaginar por un momento que es su hombro, cálido y firme, junto a mí.
—Eres un hablador.
—Oye, me acaban de torturar por tu culpa. Bájale al ego.
—Finn.
—Sh —dice suavemente—. Ahora háblame de lo equivocada que estabas en ese tiempo y de lo maravilloso que soy.
Es maravilloso. Y no se merece esto. Tampoco yo.
—Lo voy a matar —digo suavemente.
—Sí, ya lo sé.
—No, es en serio. Vamos a salir de aquí —digo—, y lo voy a matar.
Le explico todo —el drenaje, el papel y el mensaje al final— en un susurro a través de la rejilla del ducto. El silencio de Finn es tan grueso y sólido como la pared entre nosotros. Trato de imaginarlo. Cabello rubio y desaliñado que de seguro necesita un corte desesperadamente, enroscado alrededor de sus oídos y su nuca. Grandes ojos azules, desenfocados por el shock. ¿O son verdes? No, definitivamente azules. Azules como agua profunda y limpia. La boca abierta, pero no importa cuánto lo intente, no puedo recordar cómo luce su boca. ¿Labios delgados o gruesos, rosados o pálidos?
Ya ni siquiera sé cómo me veo yo.
—¿Podemos hacerlo? —pregunta por fin.
Que si podemos matarlo es lo que quiere decir, pero quizás no puede decir las palabras.
—No estoy segura de que tengamos otra opción.
—Pero primero —dice—, tendríamos que escapar de aquí. Regresar. ¿Crees que es posible?
—A juzgar por la nota, ya lo hemos hecho catorce veces.
—¿Cómo?
—No sé. Pero estoy segura de que me lo hubiera dicho si necesitara saberlo.
Se ríe.
—No puedo creer lo lunática que suena esa oración. ¿Tú puedes? —envidio el don que tiene Finn para encontrar el humor en cada situación, pero nada de esto es gracioso para mí—: Eme…
—No me digas que no tenemos que hacer esto —debo haber tenido una razón jodidamente buena para escribir esa oración, y la retorcida criatura dentro de mí, la que está hecha de todo mi enojo y amargura, no lo lamenta—. No me digas que hay otra manera.
—De hecho, te iba a preguntar qué traes puesto.
Muerdo mi labio para detener la sonrisa. Okey, eso fue un poco gracioso.
—Dios, te extraño —le digo, e instantáneamente deseo no haberlo dicho. Volteo al lado opuesto del ducto, con un miedo irracional de que me vea sonrojarme.
—Lo sé —dice con voz suave. Lo imagino presionando la mano al otro lado de la pared—. Pero aquí estoy.
Pasan días. Finn y yo pasamos el tiempo entre las tres comidas hablando de lo que he descubierto.
—¿A qué época debemos ir? —pregunta finalmente. Ambos hemos estado evitando el tema. Es doloroso, y ya tenemos bastante de eso aquí.
—He estado pensado en eso —digo—. Necesitamos estar ahí el cuatro de enero. Hace cuatro años.
Silencio.
—¿Es en serio?
Entiendo su vacilación. Tampoco es un momento que yo quisiera revivir.
—No podemos hacerlo antes de que haya descifrado la fórmula —digo—. La paradoja sería tan grande que no hay forma de predecir lo que pasaría. Tiene que ser después.
—Okey —dice—, ¿pero por qué el día cuatro?
—Porque nunca se le ocurrirá buscarnos ahí —digo—. ¿Recuerdas cuando conseguí los documentos?
—Claro. Fue ese día.
—Pero el doctor no sabe eso —digo—. Piensa que me los encontré tiempo después. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque él no recuerda haber descubierto la fórmula ese día —explico—. Piensa que la escribió por primera vez tres días después, el día siete.
—O sea que, si llegamos el cuatro —dice Finn—, tendremos al menos tres días antes de que nos esté esperando.
—Exacto —suspiro—. Además, estará débil por lo que acaba de suceder. Cualquier momento después será demasiado poderoso. Estará demasiado protegido.
Finn está de acuerdo. Sabe tan bien como yo que no hay otro momento que nos pueda dar una segunda oportunidad. Repasamos todo una vez más, resolviendo cada detalle que podemos por adelantado. Al final, he memorizado cada palabra tachada de la nota y pienso en la cadena de eventos que la llevó a mis manos. No recuerdo los sucesos que me obligaron a escribir estas líneas, pero esas versiones pasadas de mí, copias de mí que ya no existen, me dejaron suficientes pistas para descubrirlo.
Sin nada más que discutir y sin el desagüe para obsesionarme, no hay otra cosa más que mirar al techo. La mala comida, el dolor, incluso las visitas del doctor, todo lo puedo manejar. ¿Pero este tedio? ¿Este esperar que algo suceda? Estoy segura de que me volverá loca.
—Finn, ¿estás despierto? —digo rodándome sobre mi costado.
No hay respuesta. Su habilidad para dormir bajo cualquier circunstancia me impresiona. Debe pasar dieciséis horas al día durmiendo sólo para evitar el aburrimiento.
—Apestas —susurro.
Miro hacia la puerta durante un rato para darle un descanso al techo. De alguna manera, uno de estos días, debo salir de esta celda. Al menos lo he hecho antes, cada versión anterior de mí que ha escapado y ha añadido algo a la nota debajo de mi colchón. ¿Cómo lo hago? Ojalá pudiera recordar los eventos que las otras Emes han experimentado, porque un escape parece imposible. Repaso cada opción en mi cabeza por la centésima vez. Podría someter al guardia que me trae las comidas, o atrapar al doctor cuando viene a una de sus visitas de media noche y usarlo como rehén. Eso me sacaría de mi celda y quizás a Finn de la suya. Pero incluso si pudiera hacer eso —y, enfrentémoslo, la probabilidad es diminuta—, de todas formas, hay una gigantesca instalación gubernamental más allá de mi celda, a la cual solamente di un vistazo una vez, hace meses, el día que me arrastraron hasta aquí. Incluso si supiera a dónde voy, y definitivamente no lo sé, está llena de soldados armados que se interponen entre Cassandra y yo. Cada plan que se me ocurre lleva a un callejón sin salida o a una bala en la cabeza.
Como todo lo demás, contemplar mi escape o mi muerte, eventualmente se vuelve aburrido. Tan aburrido que casi me siento aliviada cuando la puerta se abre para revelar al doctor y al hombre a quien Finn bautizó como «el director», el titiritero que jala las cuerdas del doctor.
Casi.
Pretendo bostezar, porque sé que eso lo exaspera, pero mi corazón está retumbando.
—¿Ya es tiempo otra vez?
El director inclina la cabeza y un soldado avanza para pararme a la fuerza y sentarme en la silla plegable de metal que han traído con ellos. Asegura mis manos a los soportes de la silla con el mismo tipo de cintillo de plástico que nuestro jardinero usaba para los rosales.
—También sus pies —dice el director. Me satisface que recuerde lo que sucedió la última vez.
Una indefensa chica adolescente rodeada por los hombres con metralletas se encuentra apropiadamente sujetada; la interrogación comienza. Solía contar cuántas veces el doctor y el director me visitaban para una de nuestras pláticas —pensando que cada vez sería la última, que se les acabaría la paciencia y finalmente me matarían— pero perdí la cuenta por ahí de los veinte. Eso fue hace semanas.
—¿Dónde están los documentos? —dice el director.
—¿Ni siquiera me vas a preguntar primero cómo va mi día? ¿Tu madre no te enseñó buenos modales?
El director me da una bofetada. Al contrario del doctor, no le importa ensangrentarse las manos. Mi visión flota. Las películas no me prepararon para esto, para cuánto realmente duele que te golpeen, y de alguna manera siempre resulta una sorpresa.
—No tengo tiempo para tus juegos hoy —dice el director—. Necesitamos saber dónde están los documentos. ¿A quién se los diste? ¿China? ¿India?
—Hay vidas que dependen de esto —dice el doctor tranquilamente desde la esquina de la habitación, como si le importara un carajo.
Le lanzo un beso al director lo mejor que puedo sin usar las manos. Sé muy bien que en el momento que les diga dónde están los documentos, mi última carta de negociación se habrá ido. El hecho de que tenga información que ellos no poseen es lo único que nos ha mantenido vivos a Finn y a mí por tanto tiempo. Aunque preferiría decirlo y acabar con el asunto de mi muerte, saber que la vida de Finn también está en mis manos me mantiene en silencio. No importa lo que hagan.
Y hacen lo más maldito que pueden.
Estoy segura de que mis gritos despiertan a Finn de su siesta, pero al menos no nos traiciono.
3
Eme
OTRO DÍA PASA. APENAS ESTOY MEDIO DESPIERTA, MIRANDO al techo, tratando de distinguir las grietas que sé que están ahí con la tenue luz azulada que viene del pasillo. Paso mis dedos por los moretones distraídamente. Por la manera en que se sienten cuando presiono mis dedos contra ellos, pienso que probablemente son de un color rojo y algo morado, parecido a la colcha de nuestro viejo cuarto de huéspedes. A mi madre siempre le gustó ese color. Sospecho que tenía que ver con su afición por un buen cabernet.
Escucho botas en el pasillo y frunzo el ceño. No tengo hambre; ¿ya es hora de desayunar? Pero no, las luces del pasillo siguen apagadas.
Mi puerta se abre lentamente, y el guardia detrás de ella es uno al que recientemente nos han asignado. Me agrada. Aún hay un destello de decencia humana básica en sus ojos, y, al contrario de Kessler, siempre me entrega mis comidas en la mano e incluso dice gracias algunas veces cuando le devuelvo la bandeja. No estoy segura de su nombre. ¿Connor? ¿Cooper?
—Cuando eras pequeña —dice, rondando la puerta—, tenías un amigo imaginario llamado Miles. Era un canguro morado.
Me incorporo al instante.
—¿Qué?
—Vamos. Tenemos que irnos.
—¿A qué te refieres?
—Te voy a sacar de aquí.
Mi boca se seca, y mi lengua de pronto se siente demasiado grande para mi boca. Esto es lo que he estado esperando. La manera de salir. Nunca le conté a nadie sobre Miles, nunca en toda mi vida.
Excepto, aparentemente, a este guardia.
—¿Qué hay de Finn? —digo.
—Él también. Apúrate.
Me paro de un salto, y mis piernas se sienten sorprendentemente sólidas debajo de mí. Meto la mano bajo mi colchón y saco la hoja de papel en la bolsa de plástico, la meto en mi bolsillo. El guardia —¿Connor?— ya se ha ido, para abrir la celda de Finn. Camino hacia la puerta de mi celda lentamente. Está abierta de par en par. Toco el marco con la punta de los dedos, examinando el lugar donde las paredes que han sido mis límites por tanto tiempo terminan y se convierten en nada. Doy un paso tentativo cruzando la puerta, y por un estúpido segundo pienso que podría llorar.
Escucho el repiqueteo de una llave en una cerradura y volteo, veo a Connor batallando para abrir la puerta de la celda de Finn. Dios mío. El darme cuenta me golpea como aquella ola inesperada en la isla Kiawah que me sacó el aire de los pulmones: estoy a punto de ver a Finn.
Por fin, Connor se las arregla con la cerradura y abre la puerta, y todo se vuelve lento hasta que el silencio entre cada latir del corazón en mis oídos es expansivo y ensordecedor. Si yo reaccioné a nuestra repentina libertad como un animal que ha olvidado el mundo afuera de sus rejas, Finn sale volando de su celda como un ave de una jaula. Apenas tengo tiempo de mirarlo antes de que se estrelle conmigo en un enredo de brazos y piernas, abrazándome tan fuerte que no puedo respirar y no me importa.
—Oh, Dios mío —dice una y otra vez—. Oh, Dios mío.
—Déjame verte —me aparto un poco y pongo las manos en sus mejillas, examinando su rostro. Ojos azules, por supuesto. ¿Y cómo pude olvidar esa boca? Labios rosados delgados con una esquina retorcida siempre sugiriendo una sonrisa burlona. Dios mío, ¿cómo es que jamás había notado lo guapo que es?—. Necesitas un corte de cabello.
Frota mi pómulo con su dedo pulgar.
—Eres hermosa.
He estado asustada por años. Escapando, aislada de todos a quienes amo, y luego encerrada en esta celda, torturada e interrogada con la amenaza de muerte siempre flotando sobre mis hombros. Pero juro que nunca he estado tan asustada como cuando Finn se inclinó hacia adelante para besarme por primera vez.
Presiona sus labios contra los míos tan suavemente que creo que debe temer que esto sea un sueño que se disolverá en su mejor parte. Sus manos se agarran más fuerte a mi espalda, acercándome, y por un segundo, todo mi miedo se ahoga.
—Lo siento —dice Connor—, pero tenemos que movernos y punto.
Finn me dispara una sonrisa tímida mientras nos desenredamos, y Connor saca una pistola mientras comienza a andar por el pasillo. Tomo la mano de Finn y entrelazamos nuestros dedos. Ahora que está junto a mí, no quiero perderlo de nuevo, ni siquiera por un segundo.
Connor nos guía, y nosotros lo seguimos justo detrás. Mi cabeza se mueve constantemente, asimilando todo a nuestro alrededor. Es mi primer vistazo al lugar desde que nos encerraron aquí hace no sé cuántos meses, y en ese momento no estaba en condiciones de asimilar el escenario. Hay tres celdas más al lado de la mía y la de Finn, reforzadas como las de nosotros con paredes de bloques de hormigón y puertas metálicas, pero están vacías. El resto del pasillo parece sólo usarse como almacén, y es tan banal que me impresiona y me ofende no en menor medida. Parece como si el doctor nos hubiera empaquetado a Finn y a mí con el resto de los triques viejos, como una caja con la ropa de invierno que se guarda durante el verano y se olvida eventualmente.
—¿Dónde están todos? —pregunto una vez que pasamos la puerta cerrada que separa nuestro pasillo del resto de las instalaciones. Hasta ahora no hemos visto a un solo soldado.
—Estamos a mitad de la noche, turno con personal reducido —dice Connor sobre su hombro—. Y puse droga en la cafetera de la sala de descanso.
—¿Sabes? —digo—, empiezas a caerme muy bien.
—No decidas eso hasta que lleguemos a Cassandra. Ahí es donde está la verdadera seguridad.
Nos movemos lentamente hacia el corazón de las instalaciones; ahora veo que son inmensas. Connor tiene que ser cuidadoso para que sus botas no retumben contra el piso de concreto, mientras que Finn y yo caminamos silenciosamente con nuestras delgadas pantuflas de prisioneros. Mi respiración se vuelve más trabajosa con cada paso, el centro de mi pecho quema por el esfuerzo. No me había dado cuenta del precio que vivir en una habitación de cuatro pasos de ancho le estaba cobrando a mi cuerpo hasta este momento. Mir
