«Ningún
suave
inteligente
frágil
tierno
tejido
humano
debería
jamás
ser
destrozado
porque
tengamos
diferencias».
Tine Van Aerschot,
mural en Gante, Bélgica
«El recurso a la violencia revolucionaria es hoy rechazado por todo el mundo, incluyendo a la mayoría de la clase obrera. Tan solo pequeños grupos de ultraizquierda la invocan […]. Los secuestros, la captura de rehenes, los asesinatos no obedecen al socialismo, sino a un fascismo rojo que es su negación.
Que una pequeña minoría pretenda poseer una verdad incomprensible para las masas, que quiera imponerla mediante el terror, es una forma de elitismo y tiranía cuyo color no modifica su carácter [...].
“Democracia-testigo” de América Latina durante más de un siglo, Uruguay fue dislocado por la violencia de los tupamaros, que lo hicieron tambalear en una terrible dictadura».
Maurice Duverger (politólogo francés de filiación socialista),
Los naranjos del lago Balatón
«Nosotros planteábamos el retorno a una sociedad arcaica, en oposición a una sociedad moderna de individuos libres. Ese fue nuestro fracaso. Nos inscribimos en una utopía reaccionaria.
No nos dimos cuenta de que el mundo avanzaba hacia modelos políticos de más justicia, más libertad y más igualdad, pero dentro de las instituciones democráticas.
Es decir, modelos modernos.
Nosotros pretendíamos una comunidad arcaica en la que el individuo está supeditado al grupo».
Luis Alemañy (último jefe militar de los tupamaros)
Esta es una obra narrativa que,
si bien posee carácter ficcional,
ha sido inspirada por hechos reales.
Durante los años sesenta del siglo pasado, y hasta comienzos de los setenta, la democracia uruguaya se vio sacudida por la aparición de grupos guerrilleros, cuyas violentas acciones estremecieron a la comunidad y tuvieron un desenlace dramático.
Este libro relata una parte de esos hechos, la mayoría poco conocidos, cuyas consecuencias todavía hoy conmueven a nuestra sociedad y generan controversia.
«Aquellos que no recuerdan el pasado
están condenados a repetirlo».
George Santayana
INTRODUCCIÓN
Octubre Rojo
«Coquetear con el depositario de la fuerza solo puede conducirnos hoy a los más sombríos mañanas».
Carlos Quijano, Marcha, 27/10/72
Madrugada, fines de octubre de 1972
Grupo de Artillería número 1, La Paloma, Montevideo
El tiempo decisivo había llegado.
Faltaban tan solo un par de horas para el momento convenido.
A las tres en punto de la mañana, bastante antes del amanecer, los camiones con los efectivos militares partirían hacia la Ciudad Vieja. Luego no habría marcha atrás. La dictadura del proletariado ya estaría naciendo...
Durante años habían soñado con ese instante, que imaginaban de gloria, de fuerza revolucionaria, porque esa era su misión histórica: golpear donde más les doliera a la rosca oligárquica y a los políticos corruptos —que eran todos, pues eso, entendían, estaba en la esencia misma del sistema—. Destrozar su imagen impoluta de buenos señores y padres de familia, liquidar sus negocios, expropiarles sus recursos.
¡Y pensar que todo había comenzado con los sueños de Raúl Bebe Sendic, que muchos consideraban desvaríos, diez años atrás! Hablar ahora del Tiro Suizo era como hablar de la prehistoria. Habían sucedido muchas cosas. La toma de Pando —primera ciudad «liberada»—, el Plan Cacao —para sacudir a los burgueses en los lugares donde se divertían a espaldas del pueblo—, el arresto de oligarcas y personeros del gobierno en la «cárcel del pueblo», la toma del aeropuerto de Paysandú, la declaratoria de guerra desde el litoral, la profundización de las hostilidades con la ofensiva del 14 de abril.
Sin embargo, era necesario reconocer que los resultados no habían sido los deseados. Por decir poco. Entonces, cuando menos se esperaba, cuando ya era imposible disimular la derrota —dura, total, sin atenuantes—, sucedió el milagro.
La Orga se caía a pedazos. La plana mayor del Movimiento estaba encarcelada o en el exterior. Muchos cantaron, traicionando a los compañeros. La tregua entre milicos y tupas había fracasado, en gran medida por la intransigencia del Bebe, incapaz de asumir la nueva realidad, lo que lo llevó a plantear exigencias inaceptables. Para rematarla, alguien de la cúpula del Movimiento tomó la decisión de ejecutar nada menos que al coronel Artigas Álvarez, hermano de Gregorio Goyo Álvarez, a quien muchos señalaban como el general más peruanista, que fue asesinado el 25 de julio en la puerta de su casa, delante de su esposa y su hija.
No obstante, las entradas y salidas de los tupamaros de los cuarteles continuaron, a tal punto que el 25 de agosto el propio Sendic ingresó al cuartel del Batallón Florida, mantuvo reuniones y se retiró sin inconvenientes. Finalmente, el 1.º de setiembre fue descubierto y arrestado, herido luego de un intenso tiroteo. Había sido denunciado por alguno de sus compañeros, de eso caben pocas dudas. Para varios, de ambos lados de la trinchera, era una piedra en el zapato.
Y fue entonces que la labia de Eleuterio Ñato Fernández Huidobro y los suyos logró el prodigio. Cayendo en la cuenta de que buena parte de esos milicos que los enfrentaban, perseguían y torturaban sabían bastante del movimiento peruanista, apareció el resquicio caído del cielo; que las fuerzas militares se aliaran con los intereses revolucionarios. Dejando de lado el Poder Judicial y las prerrogativas burguesas. Al final de cuentas, muchas veces lo político está por encima de lo jurídico. En eso también coincidían.
Así comenzaron las impensables negociaciones. O tal vez fue una «nueva tregua», o «un intercambio de informaciones», o «una componenda para arremeter contra la oligarquía y el poder político», o «un acuerdo para terminar con la desprestigiada democracia burguesa». Quizás fue una mezcla de todo eso. Nunca se sabrá.
Para ello se crearon las comisiones. Milicos y tupas trabajando juntos, codo con codo. ¡Eso sí que no se lo esperaba la oligarquía! Los integrantes de la Orga llegaron a disponer de espacios de trabajo en algunos cuarteles, donde procesar las montañas de documentos notariales, libros contables, facturas y giros bancarios, que eran obtenidos en allanamientos que realizaban los milicos con la colaboración de los tupas. El ojo clínico del contador David Cámpora —destacado cuadro del Movimiento— sabía muy bien dónde posarse. Y con los papeles vinieron los empresarios y contadores que los manipulaban: Wegbrait, Buka y muchos más.
Seguro que para que abrieran el corazón y colaboraran había que ayudarlos. No alcanzaba con plantones o amenazas. También era necesario encerrarlos en celdas minúsculas. Y, de ser necesario, hacerles un buen «tacho».
No todos los tupamaros quisieron participar. Algunos se rehusaban a colaborar con los uniformados y les parecía una locura convertirse en una especie de grupo paramilitar, oficiando de soporte de los torturadores. Otros, cuando escuchaban a Adolfo Nepo Wasen entusiasmado con los comandos conjuntos, anunciando que «la guerra recién iba a empezar», quedaban aterrorizados y estallaban en ataques de pánico. Todavía peor con los autoproclamados luchadores sociales, como los del Grupo de Artillería número 5. Estaban anclados en el pasado, fuera de la realidad. No comprendían la nueva fase de la lucha revolucionaria. Lejos de ayudar, se burlaron de los tupas que se pusieron la tarea al hombro: «Es de bebés de pecho pensar que el enemigo que los tiene presos se va a aliar con ustedes, para hacer lo que ustedes quieren. ¡Una megalomanía!»,1 les decían.
* * *
No había acusaciones formales, abogados, pruebas, presunción de inocencia, habeas corpus ni ninguna otra de esas ridículas prerrogativas de la Justicia burguesa. Cuando se llegaba a la conclusión por parte de los socios de la nueva alianza de que un tipo era culpable, lo iban a buscar y lo metían en cana. Además, en el caso de Jaime Wegbrait, su colega León Buka y algunos otros, les recordaban todas las veces que podían que eran «unos judíos de mierda».
Pero querían más. Se necesitaba un impacto grande. Así nació la idea de meter en cana «al gran infidente. Sí, al Jorgito. A ese ya le va a llegar el tacho», decían los flamantes socios. Era con él que debían comenzar. A tal punto llegó la cosa que empezaron a aparecer en la ciudad misteriosas pintadas con la leyenda: «Jorge Batlle al submarino».
Estaban casi en un punto de no retorno. Los de la nueva alianza lo sabían muy bien. Por eso no había tiempo que perder. Era tan solo necesario dar un paso más. Simplemente… tomar el poder por la vía de los hechos. Y proclamar la nueva revolución. A los que se opusieran ya sabían lo que les esperaba.
Solo faltaba un golpe de efecto.
* * *
Carlos Koncke había estudiado cuatro años en la Escuela Militar. Ya próximo a graduarse de alférez cometió una grave falta disciplinaria. Fue arrestado durante varios meses y finalmente expulsado de la escuela. Abrazó entonces la carrera de contador. Luego de recibirse trabajó en Uruguay y Argentina. De ideas izquierdistas, marxista convencido, afiliado a un grupo maoísta, recibió con entusiasmo el golpe de Estado con que el general Juan Velasco Alvarado derrocó al presidente constitucional del Perú Fernando Belaúnde Terry en 1968. A tal punto que, con 40 años de edad, esposa y tres hijas, decidió dejarlas por un tiempo y probar suerte en el país incaico. Le fue bien. Contratado por el gobierno, en poco tiempo ascendió hasta ocupar los más altos cargos en la dirección de la reforma agraria, uno de los íconos de la Revolución peruanista. Recorrió el país de norte a sur controlando que las plantaciones e ingenios agrarios cumplieran los decretos del gobierno. Cuando entendía que ello no sucedía, de inmediato y sin más trámite procedía al decomiso de la hacienda, y su entrega a nuevos propietarios. Tenía trato personal, aunque ocasional, con varios ministros y con el presidente Velasco, a quien admiraba. Y quedó fascinado cuando la dictadura —sin previo aviso y con absoluto sigilo— llevó adelante un «genial operativo para hacerse del dinero y joyas que la alta burguesía peruana guardaba en los cofres fort»2 de los bancos de Lima. Durante un fin de semana los cofres fueron abiertos a medianoche y por la fuerza, y sus valores confiscados. A cambio, se les dejó a los propietarios un papel por su supuesto valor.3
Todo esto llegó a oídos de la Dirección del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) – Tupamaros en Uruguay, convencida de que pronto alcanzarían el poder. Necesitaban un hombre así, con esa experiencia, en el ya cercano gobierno tupamaro. Le enviaron un emisario que lo invitó a sumarse a sus filas. Koncke llevaba dos años alejado de su familia, y la oferta le resultó tentadora. Decidió volver.
La realidad no pudo ser más decepcionante.
Los cuadros y la mayoría de los mandos medios eran muy jóvenes. Campeaba la informalidad y la impuntualidad, la compartimentación se violaba todo el tiempo y la formación política era nula. Carlos ofreció dictarles cursos de economía y marxismo, pero el desinterés fue total. En cambio, lo que sí abundaba eran el triunfalismo y el militarismo. Estaban convencidos de que muy pronto entrarían al Palacio Estévez y que para ello solo era necesario ejecutar acciones armadas. No importaba demasiado elaborar una estrategia, planificar, definir criterios y cumplirlos. Todo se redujo a lo militar.
Ahora, desde hacía varios meses Koncke estaba preso en el Grupo de Artillería número 1. En ese tiempo se había ganado la confianza de unos cuantos militares. De esa confianza entre parte del comando del cuartel, unos cuantos tupamaros y él nació el Operativo Cofres Fort.
* * *
Ahora estaban tan solo a un par de horas de ejecutar el plan. Sería a las tres. A las tres en punto de la madrugada. Abrirían los cofres volándolos con explosivos. Al frente del operativo estaría el mayor Washington Scala, pero Carlos Koncke lo iba a acompañar. El coronel Ramón Trabal sabía del asunto. Aunque, como dijo de forma imprudente, con tono provocador y triunfalista un capitán durante una reunión informal en el Círculo Militar, pocos días antes, al preguntársele quién estaría al mando de la operación:
—El Ñato, por supuesto.
El centro de operaciones se ubicaría en la plaza Zabala, que —como si fuera un presagio de los nuevos tiempos que se avecinaban— había sido creada un siglo atrás por un decreto del dictador coronel Lorenzo Latorre. Allí, en pleno corazón de la histórica Ciudad Vieja, estaba a punto de acontecer un hecho que sacudiría la city montevideana y los cimientos de la institucionalidad democrática vigente.
—Hacer la operación es tomar el poder directamente —le advirtió Koncke a Scala.
* * *
Un mes antes…
Mediodía, comienzos de setiembre de 1972
Casa de Residencia, Ministerio del Interior, La Habana, Cuba
Luis Prudencio Alemañy observó sorprendido el espléndido mantel blanco que se extendía ante sus ojos. Pulcro, impoluto, sin mácula.
Pero mucho más absorto quedó al contemplar las bandejas rebosantes de exquisitos manjares que, un instante después, depositaron sobre la mesa los camaradas a cargo del servicio. Luis llevaba ocho meses en la isla, desde enero, y nunca había visto nada igual. Langostas, pulpo, camarones.
Momentos después arribó el compañero Manuel Piñeiro Losada, el poderoso comandante Barbarroja, viceministro primero del Ministerio del Interior, y jefe de la Dirección General de Liberación Nacional. Tan conocido por su frondosa barba rojiza como por haber organizado, con ayuda de la Stasi y la KGB, el temido Servicio de Inteligencia de Cuba. Además de ser el responsable del apoyo secreto de Cuba a los grupos radicales de izquierda en América Latina y África.
La reunión estaba por comenzar.
* * *
Lo venían tratando bien. Luis Prudencio no se podía quejar.
Estuvo en los mejores lugares de adiestramiento militar y recibió formación de élite. «La misma de los Rangers», solían decirle, con orgullo. Manejo de armas diversas —de todo tipo—, incluidos fusiles AKM, ametralladoras y hasta tanques. Con especialización en uso de armas a larga distancia, por si se requerían acciones de francotirador. Para esto último lo trasladaban a un campo de tiro donde —entre otros ejercicios— debía disparar a un gong de cobre dorado ubicado a unos quinientos metros. Fue afinando su puntería y finalmente logró acertar. Reiteró el ejercicio varios días, hasta alcanzar absoluta regularidad. El sonido estentóreo del gong, una y otra vez, así lo acreditaba. También fue adiestrado en acciones de guerrilla urbana, en una suerte de ciudades armadas a esos efectos, estilo Hollywood, donde entrenaban a guerrilleros latinoamericanos.
No fue el único en recibir instrucción militar en ese tiempo. Junto a él otros veinte jóvenes uruguayos fueron capacitados. Pero el caso de Luis Prudencio era singular y, por lo tanto, se le dio un trato especial. Con sus 24 años ya había participado de importantes acciones —como el robo de armas al Centro de Instrucción de la Armada, uno de los más exitosos golpes del Movimiento—. Fue apresado en abril del 71, luego de una cinematográfica persecución en la que disparó a sus seguidores con una bazuca, cuyo proyectil impactó justo en el centro del parabrisas de su coche. En enero del 72 fue enviado a capacitarse a Cuba, la Meca de la revolución socialista para los latinoamericanos, al frente del grupo de uruguayos.
Muy pronto vio cosas que no le gustaron. Los compañeros que ocupaban altos cargos en el gobierno o en el Partido Comunista de Cuba llevaban un tipo de vida. ¡Y qué vida! Pero la situación del pueblo cubano era muy otra. Lindaba con la miseria. Nadie pretendía milagros. Pero, después de tantos sacrificios, quizás un poco más de igualdad.
Y luego estaba el «asuntito» de las libertades. Expresar su opinión era, para un cubano, cada día más riesgoso. Más aún cuando comenzaron a trascender algunos hechos aberrantes. Como la creación de lo que llamaron las UMAP, Unidades Militares de Ayuda a la Producción, y que resultaron verdaderos campos de concentración. Allí internaron por la fuerza, y bajo tutela militar, a miles de jóvenes acusados de ser homosexuales, religiosos y disidentes políticos, como el cantante Pablo Milanés. Al principio los combatientes uruguayos pensaron que se trataba de un error, derivado de las urgencias propias del proceso revolucionario. Que pronto Fidel Castro lo subsanaría.
Pero no. El propio líder de la Revolución cubana afirmó: «No podemos llegar a creer que un homosexual pudiera reunir las condiciones y los requisitos de conducta que nos permitirían considerarlo un verdadero revolucionario».4 La consecuencia de estas y otras declaraciones similares de jerarcas del gobierno fue que los homosexuales pasaron en un santiamén a la categoría de parias y fueron sometidos a toda clase de abusos y desprecios. La Unión de Jóvenes Comunistas se definió con claridad: «Es necesario expulsar a los elementos contrarrevolucionarios y homosexuales en el último año de su carrera en el secundario, para impedir su ingreso en las universidades». Porque «es nuestra opinión que la Universidad no debe graduar gentes que sean homosexuales».5 Todavía era peor cuando los dirigentes revolucionarios hasta se divertían al justificarlo:
—Mira, chico, ahí están todos los maricas, trabajando en el campo desnudos, picados por unos mosquitos ¡así de grandes!
El propio Fidel se burlaba de los pepillitos que «andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos, algunos de ellos con una guitarrita en actitudes elvispreslianas, y […] han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides».6
Como resultado de este atroz proceso, las violaciones a adolescentes por parte de los soldados a cargo de las UMAP, los suicidios y las internaciones en hospitales psiquiátricos de jóvenes recluidos en los campos se dispararon a niveles inimaginables.
Pablo Milanés, entonces con 23 años, estuvo varios años internado en una UMAP. Logró escapar, y junto con otros compañeros se fue a La Habana a denunciar lo que llamó una «represión de corte estalinista». Como resultado fue internado en un «campamento de castigo peor que las UMAP»,7 rodeado por una cerca de seis metros de altura con catorce hilos de alambre de púas. Años después lo recordó en una canción:
Catorce pelos y un día me separan de mi amada,
catorce pelos y un día me separan de mi madre,
y ahora sé a quién voy a querer
cuando los pelos y el día
los logre dejar.
A medida que progresaba el entrenamiento militar, también crecía el desencanto de los jóvenes combatientes uruguayos. El paraíso prometido se asemejaba cada vez más a una cruel dictadura.
* * *
Mientras tanto, las noticias del lejano Uruguay no cesaban de llegar. Los tupamaros, que apenas un año antes habían tocado el cielo con las manos cuando 106 guerrilleros —entre ellos, muchos de sus principales jefes— escaparon de la cárcel de Punta Carretas, lo que condujo a su emblemático líder Raúl Sendic a declarar la guerra total el último día del 71 y a iniciar la fase final de las operaciones el 14 de abril de 1972, sufrieron desde entonces una sucesión de derrotas que en apenas cuatro meses los situaron al borde de la debacle.
Para colmo, la novedad de que varios referentes de la guerrilla estaban colaborando con los militares —por las razones que fuera, eso no les importaba— llevó a las autoridades cubanas a congelar a los combatientes que se encontraban en la isla. Quedaron virtualmente aislados y fueron sometidos a escuchas en sus habitaciones. Les preguntaban todo el tiempo:
—¿Por qué están cayendo sus compañeros?
Así las cosas, arribó a La Habana el Negro Lucas Mansilla. Era uno de los pesos pesados de la Orga, muy cercano a Sendic, reconocido por su inteligencia. No le faltaba currículum.
Luis Prudencio lo conocía bien. Habían compartido la prisión, primero en Punta Carretas y luego en la entonces flamante cárcel de Punta de Rieles, donde forjaron una linda amistad. Tenían el mismo abogado, Hugo Batalla, y por lo general coincidían en sus opiniones. Eso le permitió hablar con brutal franqueza:
—Negro, con vos compartimos una cárcel con muros de piedra. Ahora estamos encerrados en una cárcel con muros de agua.
El Negro lo miró con afecto. Pero también con tristeza. El Movimiento crujía por todos sus costados. Él también, aunque guardó silencio, compartía sensaciones similares: «¿Cómo habíamos llegado a esto?».
* * *
Un mes después
Mediados de octubre de 1972
Confitería Torres, cercanías del Palacio de La Moneda, Sede Presidencial, Santiago de Chile, Chile
¿Existe el amor a primera vista? ¿Aquello lo fue?
De lo contrario, ¿cómo explicar lo que vivió Willy?
Llegó a Chile a fines del 70, luego de que el juez decretara su libertad de Punta Carretas y él se acogiera a la ley de Medidas Prontas de Seguridad para salir del país. No bien arribar, recibió precisas instrucciones de la Orga sobre cómo manejarse en ese país: «Las relaciones de los tupamaros son con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Y solo con el MIR». Le pareció absurdo. Consultó sobre los vínculos que el grupo tenía con Salvador Allende, el presidente constitucional que los había acogido como exiliados, y a quien él admiraba. «¡No! Con ese reformista, ¡nada!». Esa fue la respuesta. De hecho, lo que se quería era que los tupamaros en Chile siguieran viviendo en una suerte de clandestinidad. Eso fue demasiado para Willy. Decidió asistir a algunos eventos en los que participaría el presidente Allende. En un acto de rebeldía. Y fue entonces que sucedió.
De repente, apenas a un par de cuadras de La Moneda, se cruzó con unos jóvenes que parecían venir desde el palacio presidencial rumbo a una plaza cercana, donde estaba prevista una actividad del mandatario. Y entre esos jóvenes, una chica. El milagro fue que a ella tampoco le pasó desapercibido este muchacho más bien alto, de cabello castaño claro y ojos verdosos —bastante pintún, solían decir sus amigos, que en la cárcel lo bautizaron como «tupa de luxe»—. A quien hasta su prontuario policial describía como de «aspecto social: bueno».
Conversaron largo rato, tomaron interminables cafés, se enamoraron.
—¿Cómo te llamás?
—Isabel Jaramillo Edwards. ¿Y tú?
—William Allen Whitelaw.
Ambos rieron. Los dos eran rara avis de origen británico. ¡Y mira cómo se vinieron a cruzar en la vida! A partir de allí fueron inseparables. Ella integraba la Secretaría Privada del presidente Salvador Allende, y él era un estudiante de Medicina avanzado en el exilio. Formaron una pareja y más tarde tuvieron un hijo, Rodrigo, a quien él llamaba Rodriguín. Mientras tanto, Willy empezó a colaborar en diversas tareas en La Moneda, que iban desde asesor a chofer, en caso de ser necesario. Más adelante, en el correr de ese largo año de 1971, comenzó a tener contactos y hasta a participar de reuniones con Allende.
La respuesta de la cúpula del MLN no se hizo esperar: fue expulsado de la Orga.
Recién a comienzos del 72, cuando Lucas Mansilla arribó a Chile para poner algo de orden en un movimiento poblado de conflictos, Willy fue reintegrado. Aunque ello significó la división del movimiento en dos corrientes: la militarista (que estaba entonces en pleno auge) y la humanista (donde se ubicó Willy, con el respaldo de Mansilla, junto a algunos compañeros más).
Fue en nombre de esta corriente humanista que en octubre del 72 Willy recibió a Luis Prudencio, que regresaba de Cuba cubierto de oropeles: formación militar de élite al más alto nivel y el ya legendario apodo de Bazooka, por su valentía y arrojo.
La reunión se produjo en un histórico café frente al Palacio de Gobierno, con la presencia del Negro Mansilla, que fue quien la organizó. Quería que se conocieran. Willy se preguntaba: «¿Tendrá alguien que recibe el apodo de Bazooka el más mínimo interés de integrarse a los humanistas?».
Se llevó una grata sorpresa. Alemañy no demoró en explicarle que Prudencio, su alias, era un doble homenaje: porque era el nombre de pila de su abuelo —a quien admiraba— y por el recuerdo de Bernardo Prudencio Berro —presidente constitucional del Uruguay, de filiación blanca—, gobernante de ideas avanzadas con profundo sentido humano. Willy y Luis Prudencio bien podrían haber cerrado aquel encuentro evocando Casablanca: «Presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad».
Pero lo que entonces los tres ignoraban era que los terribles tiempos que se avecinaban en el Movimiento pondrían a prueba sus convicciones.
Y que muy pronto deberían demostrar, a riesgo de sus propias vidas, si el humanismo que ostentaban era un compromiso auténtico con los valores que enaltecen al ser humano y lo hacen digno de serlo.
PRIMERA PARTE
LA ADVERTENCIA
«Ustedes tienen algo que hay que cuidar, que es la posibilidad de expresar sus ideas, la posibilidad de avanzar por cauces democráticos […].
Sin que se produzca nada de lo que se produjo en Cuba».
Ernesto Che Guevara, Paraninfo de la Universidad de la República, 17 de agosto de 1961
Mi infancia transcurrió en el montevideano barrio de Reducto, en la calle Pando, a una cuadra del Hospital Español.
Si bien nací en el Rosario oriental —lo que me otorgó hasta el fin de mis días la orgullosa condición de «pichonero»—, mis padres se radicaron en la capital cuando yo todavía era un bebé.
Como la mayor parte del Uruguay, el Reducto era un barrio tranquilo, de trabajo, de costumbres sencillas, de ahorro «para poder progresar», herencia directa de nuestros ancestros inmigrantes, cuyo mayor orgullo era que los hijos pudieran vivir mejor que sus padres. Jugábamos a la pelota en la calle hasta muy tarde en la noche, íbamos a ver la tele todos juntos en el único televisor de la cuadra, y hacíamos los mandados que nos encargaban nuestras madres sin quejarnos demasiado, porque el almacenero de la esquina —Martín Gazarian, a quien en nuestra ignorancia cometimos la herejía de apodarlo el Turco— nos premiaba con unos ricos caramelos Zabala.
Por supuesto que también estaban los paseos «de lujo», reservados a algunos fines de semana: ir a mirar vidrieras por la avenida General Flores, o a disfrutar de una función vermouth en el Flores Palace o en el Lutecia. Y, para celebrar acontecimientos especiales, como cumpleaños o bautismos, ¡qué mejor que el bar Casal, con su exquisito fainá de orilla, o las masas de El Timón!
Así transcurría la vida en el Uruguay de comienzos de los años sesenta. Un país no exento de problemas, pero que procuraba resolverlos en democracia, con el trabajo y esfuerzo de su gente, que exhibía una cohesión social sin par en el continente. Una América Latina en la cual Cuba y Colombia, entre otros países, estaban sacudidos por violentos enfrentamientos entre guerrillas, revoluciones y dictaduras. Aquellos atributos orientales —la vida democrática, la alternancia pacífica de los partidos en el gobierno, sus políticas sociales y la capacidad de dirimir sus diferencias mediante el diálogo y la negociación— despertaban la atención de numerosos europeos y americanos.
Incluso, en ocasiones, hasta de aquellos que nunca hubiéramos imaginado.
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Hora 10:00, viernes 11 de agosto de 1961
Residencia La Azotea, Punta del Este, Uruguay
—La Cumbre de las Américas debe realizarse… en la Suiza de las Américas.
«¿Cómo?». «¿Dónde?». Las reacciones de los funcionarios diplomáticos internacionales con él reunidos oscilaron entre la sorpresa y la perplejidad.
Pero don Eduardo Víctor Haedo era tan seductor como firme en sus ideas. Y, sobre todo, muy tenaz —algunos dirían obstinado— a la hora de volverlas realidad. Prosiguió, sin inmutarse:
—Y no en cualquier lado. Sino en Punta del Este. Un lugar mágico, donde la naturaleza y la creatividad del hombre se dan la mano. Un sitio llamado a ser una de las grandes estaciones balnearias del continente. Pues bien: ahora ustedes tienen la oportunidad de adelantarse a los tiempos que vendrán.
Proponer que un encuentro internacional donde participarían grandes personalidades de las Américas se realizara en Uruguay, y en pleno invierno austral, era una temeridad. Sugerir que fuera en Punta del Este, y a mediados de agosto —cuando el gélido y húmedo viento antártico se desata con toda su fiereza—, lindaba con la insania. Solo don Eduardo Víctor podía lograrlo. Y así fue: los diplomáticos decidieron poner en riesgo su integridad física y «adelantarse a los tiempos» que vendrían. Pocas semanas después, presurosos funcionarios ya recorrían los ciento cuarenta kilómetros que separan Montevideo de Punta del Este, ajustando todos los detalles de la cumbre del Consejo Interamericano Económico y Social, que reuniría a los poderosos ministros de Economía de las naciones integrantes de la Organización de los Estados Americanos (OEA).
El objetivo: dar forma a la iniciativa presentada meses antes por el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy. Allí habría de nacer la emblemática Alianza para el Progreso, con un presupuesto sideral para la época de veinte mil millones de dólares, destinado a ser invertido en obras de infraestructura en las naciones de América Latina. El encuentro entraría en la historia como la Conferencia de Punta del Este, y Haedo sería su presidente.
Sobre fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, ayudado por el alza del valor de sus productos como consecuencia de la guerra de Corea y otros conflictos internacionales, Uruguay disfrutaba de un razonable bienestar económico. Una democracia consolidada, que reposaba en un saludable equilibrio entre gobierno y oposición, así como en la educación laica, gratuita y obligatoria de su población, permitía administrar diferencias y conflictos dentro del marco de la Constitución y la ley. Su población cosmopolita era un verdadero crisol cultural. «De cada pueblo un paisano», rezaba la expresión popular. Todo lo cual ayudó a moldear el carácter pacífico de los uruguayos, propensos a tender puentes y limar asperezas. A estas características se sumó que en 1952 el país había adoptado un sistema de Poder Ejecutivo colegiado, con un presidente que cambiaba todos los años, llamado Consejo Nacional de Gobierno, muy similar al de Suiza. Eso terminó de instalarle el apelativo de Suiza de América, con el que se lo conocería desde entonces.
Ese año de 1961 Haedo era el presidente del Consejo y, por tanto, el presidente de la República. Periodista en sus pagos nativos de Mercedes y luego destacado artista plástico, fue un decidido amante y promotor de la cultura. Incursionó en el mundo de la política con singular éxito: fue diputado, senador y ministro de Instrucción Pública con 33 años. Redactor de la Ley de Derechos de Autor, creador de la Facultad de Humanidades, de la Comedia Nacional y del Salón Nacional de Bellas Artes, además de impulsor de la adquisición por parte de Uruguay de un pabellón permanente en la Bienal de Venecia. Su casa de Punta del Este, llamada La Azotea, se transformó a fines de los años cincuenta en un centro de encuentro cultural de la región. Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Juana de Ibarbourou, Rafael Alberti, Alfonsina Storni, Ernesto Sábato, Fernán Silva Valdés y Osiris Rodríguez Castillos disfrutaron de la hospitalidad del anfitrión. En marzo del 61, a los 59 años, Eduardo Víctor Haedo alcanzó la primera magistratura.
Fue en ese carácter que el 5 de agosto recibió a los representantes de toda América en el hotel Nogaró del balneario oceánico. Muchas personalidades de renombre se dieron cita. Pero dos atrajeron todos los reflectores: Douglas Dillon —secretario del Tesoro de los Estados Unidos que, a pesar de su filiación republicana y de ser un hombre de Wall Street, fue elegido por el presidente demócrata Kennedy para la delicada tarea de conducir las finanzas del país más poderoso del planeta— y Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el Che —ministro de Industrias de Cuba y uno de los líderes del movimiento que apenas dos años antes había derrocado al dictador Fulgencio Batista—.
Eduardo Víctor Haedo, entonces presidente del Consejo Nacional de Gobierno, reunido con autoridades extranjeras. Fuente: Museo La Azotea de Haedo.
Don Eduardo Víctor se reunió de manera privada varias veces con cada uno de ellos, así como con otras figuras claves de la Cumbre, en su difícil tarea de zurcidor —para la cual todos le reconocían dotes excepcionales—, en búsqueda de acuerdos a menudo imposibles de lograr. Juan Eduardo Azzini, contador y ministro de Hacienda —que un año antes había impulsado una ambiciosa reforma cambiaria y monetaria por la que, entre otras cosas, se eliminaron los 14 tipos de dólar diferentes que existían por entonces—, fue su fiel escudero. Haedo era un abnegado discípulo de la máxima de Pascal: «No se muestra uno grande por ubicarse e
