BUE

Martín Caparrós

Fragmento

1

1

No queda tanto.

Azar acecha. En todas partes y en la Ciudad un poco más: azar acecha. Se terminaba el mes y Ramón andaba sin un peso: ni para el colectivo. Por eso esa noche no volvió a dormir a su casa fuera de la Ciudad —o en ese intervalo tan extenso en que la Ciudad se vuelve otra ciudad, con otros ritos y los mismos. Ramón se quedó a dormir en la casilla del fondo del taller; entonces, hacia la medianoche, oyó los gritos de la chica y se acercó.

—¿Qué pasa?

—Nada, nada, varón, qué va a pasar. Estamos con mi novia, todo bien.

—Ah.

El azar también quiso que a Ramón le doliera la cabeza y aceptara la explicación del otro. Quizás, además del azar, intervino el hambre que tenía, el descontento, la distracción de pensar en el partido del domingo, el no te metas, la sombra de las tetas de la Chiche, el recuerdo de aquella vez en que por mezclarse en un asunto ajeno la embarró: todo lo que llamamos el azar. A la chica la encontraron a la mañana temprano, despatarrada, fea, fría como una piedra fría. Después dijeron que era muy buena alumna, sencilla, callada, una chica que nunca se metía con nadie. A Ramón le pegaron días y días para que explicara por qué lo había hecho. Tosía, tosía más, y no podía parar de pensar lo fácil que habría sido todo si hubiera tenido para el colectivo. Después, ya en la cárcel, pensaba: ¿y si no hubiera sido fin de mes?

Se nos acaba el tiempo.

O, como dijo el otro: ya lo inevitable tuvo hace tiempo lugar.

—No, lo inevitable no.

—Sí, lo inevitable.

—Nada es inevitable hasta después.

—Después de qué, tarado.

La Ciudad ocupa trescientos kilómetros cuadrados de llanura despiadada. No tiene elevaciones —y sus habitantes siempre creyeron que no las necesitaban para nada. Muy de vez en cuando aparece alguien para postular —postular es la palabra— que el destino de la Ciudad habría sido otro con pequeñas colinas: que no nos habría dado esta impresión de facilidad, de todo a favor; que habríamos supuesto obstáculos que vencer y buscado el coraje de enfrentarlos, la fuerza de voluntad, la decisión. En esos casos siempre hay alguien para decirle que entonces no tiene más que irse a vivir a las cavernas montañosas: que el País, allá detrás, a la distancia, rebosa de tales accidentes. Los habitantes de la Ciudad siempre fueron muy localistas —de una manera extraña. Los habitantes de la Ciudad están muy orgullosos de la Ciudad

y después pasa algo.

hace tiempo

lugar

—Tus historias siempre son formas de no hablar de lo que importa.

—Con vos todo siempre son formas de no hablar de lo que importa. ¿Y qué es lo que importa, si se puede saber?

—Ya vas a ver, ya vas a ver.

—Mirá, lo único que te pido es que no hagas nada que después tengas que arrepentirte, Susy.

Cree que hay cosas, lugares, detalles de la Ciudad que se parecen a su cara. Adoquines, sobre todo, que se parecen a su cara. Eso cree, él como tantos.

—¿Y a mí qué carajo me importa?

si la Ciudad

no fuera lo que es

sino lo que parece, quién

Le faltaba el segundo botón de la camisa contando desde arriba. No el primero, el que se puede disimular con la corbata, ni los dos últimos, que se pueden esconder dentro del pantalón: el segundo. Todo el día sin el segundo botón de su camisa blanca. Todo el día con esa sensación de fragilidad: tener que controlar una y otra vez si la corbata se corría, si la ausencia quedaba al descubierto, si no asomaban pelos del pecho encaneciendo. Y odiar a la idiota que no lo había cosido: no se lo había cosido.

—Che, muchachos, ¿cuánto hará que paramos acá?

La pregunta del Gurka no le interesó; estaba muy ocupado en odiar a la idiota y decidió que no le iba a decir nada. No valía la pena. Para decirle algo tendría que odiarla un poco menos, y además volvía a oír sus respuestas de siempre: que no tenía plata ni para el hilo de coser o que qué quería que hiciera con su sueldo de mierda o que había tenido que llevar a la nena al dentista ese que queda en la loma del orto porque este seguro médico que te dieron o que si quería que le cuidaran las camisas que se pagara una mucama. Y entonces él le diría que ella bien que comía de ese sueldo de mierda y la nena también y que para qué carajo se pasaba toda la vida en casa si no podía ni siquiera ocuparse del segundo botón de su camisa y que le gustaría saber qué mierda hacía todo el día y cuánto se arrepentía del día en que decidió casarse con ella, que tendría que haberla mandado al carajo con embarazo y todo y ella le diría que todavía estaba a tiempo, que una palabra y se iba, que dale, que te animés cagón, una sola palabra y te librás de todo, ves que sos un cagón, cagón. La odiaba.

—Eso digo: ¿cuánto hace que paramos en este boliche?

—Yo qué sé. Seis años. Ocho años.

—No, loco, más de diez deben ser. Más de diez, por lo menos.

Se contesta el Gurka y Julio lo mira sin saber dónde va y Rodolfo también lo mira mientras disfruta de su odio. Quizá lo mejor es hacerse el boludo, no ir a casa esta noche o ir pero bien tarde, sin avisarle nada, que la idiota se preocupe un poco si es que se preocupa pero para eso tendría que ver si los muchachos lo bancan unas horas.

—¿Por qué?

—No, pensaba.

El Gurka pone cara de pensaba; Julio escupe la basurita que se sacó de entre los dientes. Ni a él ni a Rodo les importa demasiado cuántos años hace que se juntan en El Tambo; les alcanza con saber que es el tiempo suficiente para imaginar que nunca hubo una primera vez. Pero el Gurka sigue:

—¿Y nos vamos a pasar la vida en esta esquina?

—No, si esto sigue así nos vamos a tener que ir a vivir a un caño. Yo, por lo menos.

Le contesta Julio.

—No, boludo, no es eso lo que quiero decirte. Al revés.

—¿Al revés?

El Gurka no contesta: se queda ensimismado, como si hiciera un gran esfuerzo por entender lo que no dijo. Julio mira por la ventana y comenta lo fuerte que está la gorda esa. No le contestan.

—Che, Rodo, ¿qué carajo te pasa que estás en otro mundo?

—Nada, boludeces.

Julio se ríe: sí, claro, viniendo de vos.

No tanto: ya no queda tanto.

El Gurka, Julio y Rodolfo están en la mesa de siempre —la de la ventana entrando a la izquierda, la que no le llega tanto frío cuando se abre la puerta— y ya pidieron lo de siempre: el Gurka su café cargado, Rodo su cerveza no muy fría, Julio su fernet con cola. Julio dice que esto de café cargado o cerveza no muy fría son caprichos de viejos, un signo de la edad: que cuando eran pibes ni se les ocurrían esas pavadas. La primera vez que se lo escuchó Rodo pensó que era una boludez, pero ahora cada vez que dice «no muy fría» se acuerda de eso: es terrible cómo algunas frases se te pegan al cerebro y te lo van mordiendo, te lo roen. Rodo tiene calor y se desata el nudo de la corbata: la camisa se le abre hasta el tercer botón y suelta otra puteada.

—¿Qué, te jode tener que andar todos los días con corbata?

—No, no me jode. Un poco nada más.

—¿Y tu patrón te jode si no te la ponés?

Le pregunta el Gurka, que parece haber cambiado de interés de pronto: el Gurka no es capaz de pensar cuatro minutos seguidos en la misma cosa, piensa Rodo.

—No, Gurkón, no es por eso. Para mí que si no me la pongo el viejo ni se da cuenta. Es una cuestión de imagen: con una corbata sos un señor, otra cosa. Te tratan de otra forma.

—No seas boludo, man. Eso era antes; ahora cualquier gil se pone una corbata. Ahora las corbatas son para los giles.

Dice Julio, que se especializa en afirmaciones sin fisuras. Y el Gurka está de acuerdo, sorbo de café:

—Es cierto. Yo cuando tenía guita nunca me puse una corbata y no sabés cómo me atendían en el banco. Digo, al principio.

El Gurka tiene los dedos gordos bien morcillas, ocho y medio: el meñique y medio anular de la derecha se le fueron arreglando un motor. El Gurka anduvo siempre entre motores, pero su sobrenombre le viene de otra guerra. Cuando los militares invadieron las islas, el Gurka todavía se llamaba Carlitos: andaba tan emocionado que no paraba de decirle a sus amigos que se iba a ir al Sur a matar ingleses. Tenía trece años y no soportaba que la patria hubiera ido sin él: se pasaron doscientos años sin invadir las islas y no pudieron esperarme cinco años más, decía. Sus amigos lo cargaban y empezaron a llamarlo Gurka, como aquellos soldados. Al Gurka le gustó: le sonaba a valiente.

—¡Fernández!

—¿Me necesitaba?

—No. Quiero que termine esos cálculos hoy, antes de irse.

—Hoy no puedo, señor, justo tengo que…

—Le dije hoy, Fernández.

En 1536, cuando empezaron a fundarla, la Ciudad era un páramo. Hay lugares que son antes de ser; la Ciudad, antes que ella, no era nada. Antes de ser, Madrid era la sierra con mejor aire de Castilla; antes de ser, Roma era la belleza hecha colinas; antes de ser, Manhattan era un puerto perfecto; México, sin ir más lejos, siempre fue. La Ciudad, antes de ser, fue un pajonal infame; quizá por eso tardó siglos en empezar a ser otras cosas, otra cosa. Quizá por eso le da miedo su origen. Quizá por eso vuelve.

—No, Laurita, no me rompás más las pelotas. No quiero ir a verlo, no quiero saber.

—Pero tenemos que saber, Bepo, no podemos seguir en esta intriga.

—¿Qué intriga? Vos tendrás intriga.

—Ah, sí, porque a vos te da lo mismo.

—No, qué mierda me va a dar lo mismo. Por eso no quiero ni saber.

Bepo: la cantidad de personas que piensan Bepo y tiemblan,

piensa Bepo.

La guerra se le acabó demasiado rápido, y en cuarto año el Gurka dejó el colegio y empezó a trabajar con su papá. El padre del Gurka era un tipo tranquilo que tenía una empresita de fletes y mudanzas con tres camionetas, un local a la calle y seis o siete choferes y peones. El Gurka se casó con Graciela, su segunda novia —la primera, Maribel, lo había dejado por un vecino que estudiaba medicina y el Gurka dijo que era mejor, que si quería hacerse la concheta la mina no era para él, que se jodiera.

Cuando el Gurka estaba por cumplir los veinticinco su padre se murió sin aspavientos: su señora lo encontró sentado en su sillón de la empresita de mudanzas —un sillón manoseado, sin patas, apoyado en el suelo de baldosas— con la radio prendida, un cigarrillo apagado en una mano y la otra agarrándose el cuello como si hubiera querido defenderse de un enemigo íntimo o, quién sabe, acogotarlo. El Gurka se hizo cargo del negocio; al año le nació el primer hijo, otro Carlitos.

La empresa funcionaba. El Gurka le pasaba una plata a su madre y, de vez en cuando, ayudaba a su hermana mayor, que se había casado con un empleado de la empresa de Aguas. Andaba bien: un año se fue con su familia de vacaciones a Brasil y ni siquiera en esa época dejó de ir todas las tardes al boliche —o sí, cuando su mujer le decía que no perdiera más el tiempo, que no se juntara con esos amigos fracasados, pero los tres preferían recordar la otra versión: que el Gurka ni siquiera cuando tenía plata había dejado de ir todas las tardes al boliche. Graciela lo apretaba, le decía que estaban para más; en esos días el Gurka entendió que ella tenía razón y pidió préstamos para comprar cuatro camionetas nuevas, japonesas. La deuda lo mató. Al cabo de tres años le embargaron todo: menos mal que mi viejo se murió, decía; el pobre si estaba vivo y veía esto se moría de un síncope. Sí, boludo, pero antes te cagaba a sopapos, le gritaba su hermana, que se había separado del cobrador de Aguas. El Gurka, dentro de todo, tuvo suerte: un primo de Bragado le prestó una camioneta para empezar de nuevo. Pero la camioneta está muy vieja, gasta mucho en repuestos y últimamente no lo llaman tanto: no es culpa mía, Graciela. La gente sabe que yo laburo bien pero no hay guita, qué querés que hagan.

—No es la corbata solamente. Es cómo vas, la pinta. De veras que si vas prolijo te tratan diferente. Pero ya ni eso, muchachos, ya ni eso. Miren cómo tengo la camisa.

Dice Rodolfo y Julio le pregunta qué carajo le pasa a su camisa. Julio siempre parece al borde de la impaciencia, como si el esfuerzo de hablar con los otros dos le resultara intolerable: de seguir hablando con los otros dos, todas las tardes, casi todas.

—¿Cómo, boludo, no ves que le falta el segundo botón?

—A vos te pasa algo, Rodo.

—Sí, esto me pasa.

—No, vos tenés algún kilombo.

La ciudad está llena de pasos y de mierda. Muy a menudo se confunden. A veces, solo a veces, los unos descubren a la otra: son muy diversas las reacciones de los pasos cuando detectan en el suelo la presencia de mierda. Hay pasos que se apartan a zancadas urgidas, como si la mierda en vez de mierda de perro fuese uranio o una bestia a punto de su salto, la amenaza; pasos que esquivan con cuidado pero sin perder la dirección general del movimiento; pasos que eluden al milímetro, pisando justo al lado, jugando con el riesgo, caminando en el filo; pasos —muy pocos pasos— que impetuosos y decididos y gozosos caen, con chapoteo, en el centro preciso de la tortita parda; pasos que se detienen azorados, reconsideran, tardan; pasos que prefieren seguir como si no hubieran visto nada porque les atrae el albur de entregarse al azar y ver qué pasa.

Y los pasos corresponden a personas que, muchas veces, no corresponden a sus pasos —o al modo que tienen de enfrentar la mierda.

«Cualquiera inventa un territorio que no existe. Yo quiero inventar uno que ya existía: que tantos creyeron que existía», dijo, entonces, el viejo señor Verne.

—No, qué mierda me va a dar lo mismo.

Rodolfo, Julio y el Gurka se conocieron en el colegio secundario. En realidad se habían visto antes, en el barrio, pero se hicieron amigos en el colegio secundario. Nunca —en los años que llevan en el bar— hablaron de por qué ellos tres: quizá no quieren pensar la posibilidad de que haya sido un reflejo defensivo. Ninguno de los tres estaba con los vivos de la clase: Rodo por gordito, el Gurka porque nunca usaba las ropas adecuadas ni escuchaba la música correcta y Julio, que quizás habría podido, era demasiado orgulloso para aceptar el entre, el período de vasallaje que todo grupo exige a sus recién llegados.

—Sí, vos tenés algún kilombo en el laburo.

—No rompas, Julio. En el laburo está todo bien.

—¿Siguen levantándola con pala?

—Sí, mirá la pilcha que tengo.

—Vos no, boludo, el escribano. Es de locos la guita que pasa por ahí. Yo no sé cómo te lo bancás. A mí me agarraría cada tentación…

—¿Y a mí te creés que no?

—¿Tentación de qué?

Preguntó, como quien cae del cielo, el Gurka.

—De afanarlos, boludo, de currarlos. Es toda guita negra, ahí si se les pierde no pueden ni hacer una denuncia porque los primeros que van en cana son ellos.

Le aclaró Julio, y Rodo lo miro con una especie de cansancio:

—Boludo, vos sí que no vas a aprender nunca. ¿Qué te creés, que comen vidrio? Vos sos de los que creen que todo el mundo come vidrio, salvo vos.

—Tranquilo, che. Es verdad que el viejo está hecho mierda.

—Sí, y de tan reventado sigue llenándose de guita. Pero por favor, Julio. Mirá si va a ir en cana.

—No, ya sé, esos tipos nunca van en cana. Pero igual la denuncia no la pueden hacer.

—Capaz que la denuncia no, pero a los tres días aparecés en una zanja.

—A menos que uno cace la guita y se vaya a la mierda.

—Sí, tan fácil. Vos lo vas a cagar al viejo pelotudo. Como vos sos un vivo bárbaro… Por eso estás acá, ¿no, Julito?

Julio se rasca la barba de unos días: rubia, un poco rala, a juego con sus ojos claros ralos —como aguados. Mejor no contestarle: para contestarle tendría que explicarle demasiadas cosas; parece mentira, a veces ni este me entiende, el muy boludo. Ni siquiera este, que es mi amigo. Mejor pedir otro fernet. Juanca, desde detrás del mostrador, le ve la seña.

—No podés seguir tratándome así, nene.

—¿Así cómo?

—¿En serio te lo tengo que decir?

Porque todo consiste en calcular hasta dónde uno da. Yo para cuatro soy un lujo; como diez, del montón. Si yo hubiera tratado de jugar de diez estaría en Flandria; en cambio de cuatro llevo seis años en Excursio. Pero el mundo está lleno de gente que no sabe calcular. Están los que se creen que están para más: la mayoría. Culpan de todo a la injusticia de dios, su mala suerte, la ceguera de los demás, este país de mierda qué querés. Y están los que no se atreven: la mayoría. Los que ven a lo lejos lo que querrían y piensan cómo habrá hecho ese hijo de puta para conseguir ese puesto, qué habrá que hacer quizá cogerse a la hija del gerente o justamente no cogerse a la hija del gerente o vaya a saber

A mí me gusta la Ciudad

porque me mata

ir a los bares, a ciertos bares, y mirar

fijo, pesado a un hombre: desesperarlo

a golpe de miradas, retacearle

la vista cuando me busca con los ojos y volver

a mirarlo cuando me da por muerta. Sobre todo

traerlo y llevarlo con los ojos y mientras

tanto

en cada trago

imaginar la vida que podría inventarle

si quisiera: si alguna vez

quisiera, si supiera

paqué.

—Buenas noches sargento.

—Cabo. Soy cabo. Buenas noches señor. ¿Puedo ver sus papeles?

—Sí, claro, sargento. Espere que bajo la música. ¿Algún problema?

—No, sí, que se pasó el semáforo en rojo.

—Pero sargento, no lo vi.

A usted no lo vi, se dice —pero no lo dice.

—Ese es su problema.

Hay un lugar —uno entre tantos— donde la Ciudad se condensa, se sintetiza y es sí misma. Muchos están de acuerdo en esa idea —pero cada cual habla de un sitio diferente. La obviedad es esa verga de cemento blanco, una especie de espina sin la rosa, pero casi nadie la considera síntesis de nada. Cuando cada cual piensa en su lugar piensa más bien en una esquina sin grandes aspavientos que le resume un punto decisivo de su historia, o un árbol legendario o el lugar donde dio su primer beso o el hospital donde perdió algo importante o la primera confitería donde se sentó a la mesa como un grande o la puerta de la escuela o la cuadra del primer trabajo. Los lugares, en general, tienen que ver con inauguraciones, con comienzos: la Ciudad, todavía, consigue convencernos de que es ese lugar donde se empieza.

—Ay, vieja, si no hablaras tanto.

—¿Qué? ¿Porque me preocupo por vos te enojás?

El silencio es una de sus mejores coincidencias: Julio, Rodo y el Gurka saben que pueden quedarse callados el rato que haga falta y que ninguno se va a sentir incómodo. Hasta que el beeme se estaciona enfrente.

—Otra vez este guanaco.

—¿Quién?

—El del beeme, boludo, quién va a ser. El que se coge a la hija de la Claudia.

—Puta, ese sí que es un desaforado. ¿Será posible que todos los días le venga a hacer el orto?

Un cincuentón se baja del beeme: pantalones negros de algodón, una remera negra reluciente abombada por la panza importante, el pelo blanco de peluquería, la pulsera de oro.

—Esta, desde que se murió la vieja…

—Todos los días, eh.

—Sí, casi todos los días.

—Como nosotros.

—Que venimos acá.

—Sí, eso: que venimos acá casi todos los días.

Y otra vez el silencio. El Tambo se llama El Tambo porque durante años fue una lechería. Hasta mediados del siglo xx esos despachos abundaban en la Ciudad: lugares donde los parroquianos solo podían consumir productos lácteos, leches calientes y frías, submarinos, batidos, yogures, cremas, quién sabe algún pancito o algún flan, una factura. Después, una idea rara del progreso se los fue tragando. En El Tambo, que era uno de ellos, solo quedan, como recuerdo en las paredes, algunas fotos de holandoargentinas gordas como vacas gordas, sus caras de lecheras satisfechas, sus ojos bobos de servidoras de la comunidad.

—¿Y cómo está el partido?

—Yo qué sé, Julio, es uno de esos amistosos de verano.

En la televisión de la pared del fondo, al costado de la caja de Juanca, un rubio teñido mete goles uno detrás del otro. El sonido está bajo: no se oye. Afuera se está haciendo de noche. El tipo del beeme se dejó prendida la baliza: cuando vuelva no le va a arrancar, piensa Rodo y se ríe. Justo después del polvo. Julio se suena la nariz antes de hablar: suena como un anuncio, una trompeta, y entonces lo que dice le sale demasiado subrayado. No le gusta:

—Lo fácil es secuestrar a uno.

—Ah, sí. Recontrafácil.

—Sí, boludo. ¿No viste que todos los días andan secuestrando tipos? ¿O vos vivís en una pecera? ¿No ves los noticieros, vos? ¿No leés los diarios?

—Sí, pero son tipos que saben, pibes de la pesada.

Dice el Gurka con un asomo de respeto y Julio le dice que es una boludez:

—Es una boludez, Gurka, te lo digo yo. Es más fácil que cogerse una monja.

El Gurka se distrae: la hermana Ramira, su maestra de cuarto, abre grande la boca y pide más. Cómo me habría gustado, la gran puta. Rodo agarra el diario que alguien dejó en la mesa de al lado: Saqueos en el norte. Cuatro muertos. Heridos no se sabe. Pasa un rato.

El muchacho rubio con la cara tiznada o engrasada acaba de encontrar una fuente redonda de vidrio en medio de la basura y, antes de ponerla en su carrito, la mira por todos lados, con desconfianza, la esperanza.

—No, tiene que estar rota. Si no, por qué la van a tirar, qué te creés.

Lo desencanta su mujer, gorda en bluyín. El muchacho sigue mirando y no le encuentra falla:

—Sí, seguro que está rota.

Ni tanto ni tan poco. Ya

no queda.

—Che, Juli, ¿la viste a la Turca este fin de semana?

—No, el turro no se fue de viaje.

—Qué garrón. ¿Y a Vicki?

—No, viejo, me la pasé tranquilo.

—¿Vos, tranquilo? No jodas, Julito, por quién me tomás.

Le dice el Gurka y le sonríe para que el otro baje los ojos en un semblante de modestia falsa: es un juego que repiten casi todos los días.

—¿Y la de la fiambrería, cómo va?

—Esa va a terminar cayendo.

Rodo los mira con mueca de paciencia desbordada: a

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