Qué estoy haciendo aquí
Eso mismo me pregunto yo: ¿qué estoy haciendo aquí, en una casa que no conozco y con esta gente extraña? Fuera, la noche es fría y la nieve que se ve en las montañas parece caída directamente de la luna llena. A mi alrededor todo son cámaras y micrófonos, pantallas, luces, personas que van de un lado a otro dando y recibiendo instrucciones, con papeles en las manos, cinturones llenos de aparatos electrónicos y auriculares en los oídos; cargadas con maletines, ordenadores, teléfonos portátiles, cables, focos... El asistente de vestuario me pone cada vez que salgo a la calle lo que ellos, con la terminología propia de su oficio, llaman un «abrigo de confort», y si llueve alguien me cubre con un paraguas. Me veo en un espejo y soy diez años mayor que yo, porque las maquilladoras y el peluquero, con los que he estado sentado frente a un espejo rodeado de bombillas alrededor de dos horas, me acaban de caracterizar como un hombre de esa edad. Cuando voy a empezar, todo el equipo trata de infundirme valor, me hacen gestos de ánimo o una caricia y me desean suerte. Repaso mentalmente lo que tengo que hacer, pero las palabras dan vueltas en mi cabeza igual que si estuvieran en otro idioma. Hay una electricidad en la atmósfera parecida a la que queda flotando en el aire después de una tormenta. Alguien manda callar, con una orden categórica. El ambiente se tensa, las miradas se afilan y hasta el oxígeno da la impresión de ser más denso. Todo el mundo me observa o quizá me vigila, lo mismo que si estuviese a punto de saltar de un trapecio a otro dando saltos mortales. Me dan ganas de salir corriendo, pero ya es demasiado tarde, no hay vuelta atrás. La regidora impone otra vez silencio y la ayudante del director grita: «¡acción!». Y el mundo se detiene. Y yo empiezo a actuar.
Un momento, un momento: ¿he dicho «actuar»? Debería haber dicho «hablar de mi último libro», ¿no creen? O «recitar». ¿Es que no soy poeta y novelista? Pues sí, pero el caso es que estoy en el rodaje de una serie de televisión, donde hago del padre del protagonista; es decir, que una vez más estoy haciendo algo que no había hecho en mi vida y a lo que no estoy muy seguro de cómo, desde dónde y, sobre todo, por qué he llegado, así que no tengo más remedio que volver a preguntarme lo mismo que me pregunto cada vez que me veo metido en otra camisa de once varas: pero ¿qué estoy haciendo aquí? La respuesta es que en mi vida todo ha ocurrido, al menos en gran parte, por casualidad y, en muchas ocasiones, sin que yo hiciera gran cosa para que sucediese, por mucho que después, ya metido en harina, sí que pusiera el alma, o por lo menos la vergüenza torera, en intentar hacerlo bien y sacarlo adelante. Y si no lo conseguía, pues aquí paz y después gloria; más triste es no probar: mejor temerario que timorato.
El cine consiste en que llegas al plató, te maquillan, te peinan, ensayas, grabas una escena y al acabarla el director grita: «¡Fantástica! ¡Habéis estado increíbles! ¡Vamos a hacerla de nuevo!». Así que vuelvo a subir con resignación y por séptima vez la escalera de piedra del chalé de la sierra de Madrid donde se verá mi primera aparición en la serie. Calculo que serán unos quince escalones de granito, o sea que, en total, habré ascendido el equivalente a una pirámide maya y, a mis sesenta y dos años, empiezo a sentir fatiga. «¡Pero si queda genial!», me dicen; «da la impresión de que jadeas porque te sientes violento al llegar tarde a la fiesta y has venido a la carrera». «Ya, ya, cuéntale luego eso al de la ambulancia, mientras me pone el oxígeno y una pastilla de nitroglicerina bajo la lengua», pienso, y vuelvo una vez más sobre mis pasos, me pongo de nuevo en situación, repaso el diálogo, salgo del chalé acompañado por un asistente que me controla y da pie, llamo a la puerta, cruzo el jardín a paso vivo y lanzando mil y una disculpas a quienes me esperan.... «¡Perfecta! Vamos a repetirla». Luego será aún peor, cuando representemos una cena de Nochevieja en la que parte de la acción se desarrolla mientras tomamos las doce uvas al ritmo de las campanadas del reloj de la Puerta del Sol: ese episodio se repite cinco veces, así que, a doce por toma, me tengo que comer sesenta uvas. Si le añades a eso que las jornadas de trabajo son de seis de la tarde a seis de la madrugada y, sobre todo, que las bebidas son falsas —unos jarabes disfrazados de vino— y cada día me cuesta Dios y ayuda que me den un poco del de verdad que tienen por ahí escondido, para entonarme, te das cuenta del sarao en el que me he metido. «¿Y aquí hasta cuándo se puede dimitir?», pregunto, en un descanso. «Ya es tarde — me responden—, has firmado un contrato y, de hecho, te has comprometido a participar también en la segunda temporada, si es que se hace». Me armo de paciencia y pongo cara de mártir. «Me habéis engañado —bromeo—, vuestras promesas son una droga, seguro que ya la están experimentando con ratones en los laboratorios».
Esta aventura empezó en verano. Estaba en mi casa de Rota (Cádiz), a donde voy desde hace veintitantos años cada julio y agosto a ser feliz y disfrutar del mar, la familia y los amigos, cuando me llamaron de una productora para decirme que quería hablar conmigo Rodrigo Sorogoyen, un director cuyos largometrajes eran ya muy celebrados, como suele decirse, por el público y la crítica —alguno de ellos había arrasado en los premios Goya— y al que rodeaba la aureola que distingue a los genios. No nos conocíamos de nada, pero yo admiraba enormemente sus películas, y por eso cuando me ofreció a quemarropa colaborar con él en la serie que estaba preparando y que, según me contó, era un proyecto de gran envergadura, le dije: «Pues ni te imaginas lo que lamento tu llamada, porque soy un seguidor entusiasta de tu trabajo y, a pesar de ello, voy a tener que decirte que no: estoy acabando contrarreloj una nueva novela —era El anillo del general, la séptima de las diez que debían de conformar las aventuras del profesor Juan Urbano—, la tengo que entregar en enero, voy con retraso, como de costumbre, y ahora mismo no sería capaz de compaginarla con nada, y menos de ponerme a escribir un guion que, por lo que me cuentas, seguro que no podrá esperar. ¡Qué lástima y qué rabia!». Le oí reír con ganas al otro lado de la línea. «No, no, veo que no me he explicado bien o que tú me has entendido mal —me respondió—. No te quiero como guionista, sino como actor». Y al acabar la conversación en la que me dio algunas pistas sobre el argumento y tres o cuatro rasgos de mi personaje, que me cayó bien, le dije que de acuerdo: tomaría un avión a Madrid, haría una prueba y, si no salía del todo mal, me tiraría a la piscina, aunque fuera muerto de miedo.
Porque eso, el miedo, siempre ha estado ahí, hiciera lo que hiciese, sobre todo cuando una y otra vez me salía del territorio conocido de la literatura para entrar, como veremos, en el de la música, el teatro o el periodismo: el temor a fracasar, a que te acusen de impostor, de tocar demasiados palos, de diluirte, de no estar a la altura... Con la edad, sin embargo, esas inquietudes se relativizan y dejan de afectarte en gran medida, entre otras cosas porque empiezas a vivir más de puertas adentro que de cara a la galería. Quien conserve la vanidad tras cumplir los cincuenta es un inmaduro, así que, a partir de entonces, cuando ya no aspiras a conquistar y seducir, sino a no rendirte y a que te quieran, uno ya hace las cosas más para sí mismo, para aprender algo que no sabes, pasarlo bien y atreverte a salir de la famosa zona de confort, que es un sitio donde yo siempre me he sentido incómodo. Y además, qué demonios: a la vejez, viruelas.
Una de las grandes ventajas de tener diferentes profesiones, en mi caso de mantenerme activo durante cuatro décadas, por ahora, en los ámbitos de la escritura —con más de treinta libros publicados entre novelas, poemarios y ensayos—, el periodismo escrito, de radio y televisión o el mundo del espectáculo, es la de haber tenido la inmensa suerte de conocer a personas extraordinarias, en ocasiones legendarias, que además de premiarte con su amistad y ser un ejemplo impagable en todos los sentidos, te llevaban a conocer a otras igual de fascinantes y te permitían vivir entre tus héroes como en un sueño, sin llegar a creer semejante fortuna. Ser amigo diario de Rafael Alberti durante quince intensos años que acabarían mal, sobre todo para él, tras una boda sombría, implicaba que, aparte de la maravilla de disfrutar de un ser absolutamente delicioso, una noche cenabas con Julio Cortázar, un día compartías mesa con Gabriel García Márquez, Idea Vilariño o Carlos Fuentes; otro, pasabas la tarde con José Bergamín en el Café de la Ópera —cómo adivinar que, no mucho más tarde, en el verano de 1983, asistiría a su entierro en Fuenterrabía—, te juntabas con Mario Benedetti en una cafetería madrileña de la plaza de España o asistías a una velada memorable con Matilde Urrutia, la musa y viuda de mi poeta preferido, Pablo Neruda, escuchando de la misma boca que él besaba el relato de la muerte de su marido en medio del drama que se vivía en Chile, cuando los militares sediciosos del general Augusto Pinochet ya controlaban el país, tras bombardear el palacio de la Moneda y asesinar al presidente Salvador Allende y se avecinaba el saqueo de las casas del matrimonio en Valparaíso e Isla Negra, que yo visitaría un par de veces, en su momento; conociendo sus sospechas de que el Premio Nobel, en realidad, hubiera sido envenenado con una inyección de cianuro; oyendo su relato en primera persona del viacrucis que tuvo que sufrir tras quedarse sola y ser la heredera de la memoria del genio prohibido. Era como ver a La Gioconda salir de su cuadro para contarte en qué circunstancias la pintó Leonardo da Vinci y aclararle a la humanidad, por fin, si mientras posaba para él se encontraban en la Emilia-Romaña o junto al lago de Como.
Si quieren otro ejemplo, ser hermano del alma, desde hace cuarenta y tres años cuando escribo estas líneas, del compositor Joaquín Sabina, que es una de las personas que más quiero, de las más buenas que conozco, con la que más me he reído hasta de nuestras sombras y la única capaz de llevarle a Almudena Grandes a domicilio y dejarle en su salón, como regalo de aniversario, a García Márquez —ahora lo contaré—, no sólo me ha dado el premio de su inteligencia, su carácter divertido y su generosidad casi ilimitada, sino que, al proponerme escribir desde 1988 algunas canciones juntos, que terminaron por ser varios álbumes enteros, me metió por la puerta más grande —para mí no hay otro como él en nuestro idioma, casi ni el mexicano José Alfredo Jiménez— en el negocio de la música popular, que siempre me fascinó y cuya estética a lo Bob Dylan he seguido religiosamente, hasta el punto de que él mismo, con un rasgo de ironía algo malvada —¿para qué están, si no, los amigos?— suele referirse a mí como «una estrella del rock sin ningún disco». Nuestros días en Praga escribiendo Vinagre y rosas, o en Rota y junto a otro amigo del alma, Leiva, Lo niego todo, son una de las experiencias más parecidas a la felicidad que he tenido. Por cierto, que una de las canciones de ese último disco se llama «¿Qué estoy haciendo aquí?» y, ahora que lo pienso, me parece que es un título, a lo mejor sin las interrogaciones, que le podría ir como anillo al dedo a esta autobiografía.
Aquel día con Gabo tampoco estuvo nada mal: Joaquín nos había advertido a los íntimos que iba a aparecer por sorpresa con él en casa de Almu —siempre la llamaré así— y Luis García Montero, donde ella celebraba su cumpleaños, y nos pidió, sabiendo lo que idolatrábamos al genio de Cien años de soledad, que por favor no se le agobiara, ni le lleváramos libros para firmar, porque eso le cohibía a él y no nos interesaba al resto, dado que solía ponerse a la defensiva ante las fotos y los autógrafos, cosa que yo sabía de una noche en que Alberti me llevó a cenar con él, y cuando le dimos un par de ejemplares de su última obra, El general en su laberinto, para que nos los dedicara a una amiga del poeta y a mí, exclamó, tras acabar laboriosamente la dedicatoria y con un tono de diva de ópera cansada: «¡Ya está. Aunque no sé si decir que sean dos libros más o dos menos». Así que cuando fuimos apareciendo por aquel piso de la calle Larra, yo tarde para no perder la costumbre, y nos lo encontrábamos de pie, en medio de la sala de estar, con una copa en la mano, le saludábamos, él te decía algo amable, tal vez ligeramente protocolario, y tras media docena de frases de cortesía nos disculpábamos y pedíamos permiso para ir a saludar a otro invitado. Y cuando tomó asiento nos turnábamos disciplinadamente para charlar unos minutos con él cada uno, contarle algo que le divirtiese y dar un paso atrás, asegurándonos así de no monopolizarlo. Cuando ya sólo quedábamos los más íntimos, se le veía feliz. A la mañana siguiente, alguien de su agencia nos contó que les había telefoneado de muy buen humor y que les dijo: «Ayer estuve en una jarana donde me divertí como hace mucho que no me divertía. Fue realmente fabuloso: ¡no me hicieron ni caso!».
Por supuesto, él estaba acostumbrado a ser el centro de atención allá donde fuera. Las otras veces que lo vi, siempre parecía agobiado por su celebridad, un poco en guardia. Y, desde luego, no era tan simpático como su amigo transformado en rival Mario Vargas Llosa, el que le había dado el puñetazo más célebre de la historia de la literatura. El autor de Crónica de una muerte anunciada se sabía una estrella y en público se andaba con pies de plomo, seguro de que cualquier cosa que dijese en una reunión sería contada por todos y cada uno de los asistentes. Y era una máquina de hacer dinero. En una cena que compartí con él y con su agente, Carmen Balcells, a quien yo había visto muy a menudo en casa de Alberti, de quien también era representante, se comió poco, se bebió más, hablé con los dos de nuestras supersticiones respectivas, un territorio donde cualquiera de los tres podíamos echarle un pulso a los demás —la Mamá Grande, como la llamaba Rafael, sólo firmaba contratos las fechas acabadas en siete y frecuentaba, además, a una pitonisa y a una astróloga— y, a los postres, repitieron entre los dos la anécdota de la noche en que él, que se sentía un poco melancólico, le preguntó: «¿Me quieres?», y ella respondió: «Pero ¿cómo no voy a quererte, si representas el treinta y seis por ciento de mi facturación?». Pero, sobre todo, ambos hablaron de adelantos y liquidaciones, y yo que estaba al lado puedo asegurar que las cifras eran mareantes.
La última vez que lo vi, ya no parecía el mismo, repetía las cosas, tenía lagunas evidentes, confusiones o pequeños olvidos, y estaba obsesionado con ir a la Moncloa a entrevistarse con el presidente del Gobierno, que por entonces era José Luis Rodríguez Zapatero. «¿Cómo puedo hacer para que me reciba?», preguntaba. Y todos le contestábamos lo mismo: «Llama y le harás feliz, le encantará conocerte. Es un buen lector y, por lo tanto, será devoto tuyo». Y el maestro sonreía y levantaba las manos para suplicar que no se le adulase, pero complacido.
En mi colección de billetes de escritores no falta el de cincuenta mil pesos colombianos que me traje de Bogotá, donde acababa de ponerse en circulación el mismo día de mi llegada a la ciudad, en agosto de 2016, y que lleva su imagen. El genio de El amor en los tiempos del cólera llevaba dos años muerto. A menudo lo miro y vuelvo a sentir nostalgia de lo pasado y gratitud por lo vivido.
Escribir unas memorias te permite recordar anécdotas simpáticas como esa y otras muchas que irán apareciendo por estas páginas, pero tiene un inevitable aroma a despedida y también un ángulo de tristeza: demasiadas amigas y amigos desaparecidos a los que echo muchísimo de menos, gente como Jaime Gil de Biedma, Javier Marías y Octavio Paz, con quienes disfruté y aprendí tanto; o a la que quise de todo corazón y jamás dejaba de visitar cuando iba —muy a menudo— a Barcelona o viajaban ellos a Madrid, como Juan Marsé y Joan Margarit; o íntimos a quienes intentaba cuidar y con los que hablaba prácticamente a diario, de esa manera en que lo hacen los amigos, no porque tengan nada concreto que decirse, sino para comprobar que todo va bien o contarse uno a otro los planes del día, como el propio Rafael Alberti o Ángel González, siempre dispuesto a disfrutar de una última copa que le hiciera exclamar, al levantarse: «¡Vaya por Dios, se me ha subido el alcohol a los pies!». Que ninguno de ellos esté ya aquí ha dejado vacía una gran parte del mundo para mí, y la otra mitad se ha vuelto melancólica. Sin embargo, le doy gracias a la vida por haberme otorgado el privilegio de conocerlos.
Porque fue así y de forma literal: un grupo de afortunados jóvenes poetas, como Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes y yo mismo, los conocimos muy al comienzo de nuestras carreras literarias y lo hicimos muy de cerca; llegamos a tener con algunos de ellos relaciones estrechas y sostenidas en el tiempo, en las que hubo mucho trato y no fue nada ceremonioso: esos maestros que antes nos parecían tan inalcanzables a los que empezamos a soñar con escribir a finales de los setenta y principios de los años ochenta del siglo XX resultó que eran personas accesibles, que compartían con los jóvenes historias, confidencias y a menudo mesa y mantel, sin dejar en absoluto de ejercer sobre sus discípulos un magisterio amable. No se olvide que cuando los poetas de mi generación empezamos a escribir seguía viva una parte muy importante de la del 27, la llamada Edad de Plata de nuestras letras —e imagínense aquí lo que significa esa medalla de subcampeones si los primeros, el Siglo de Oro, son Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, Calderón de la Barca...— y que después de haberlos estudiado en el colegio o el instituto, tener sus obras en un altar y considerarlos una especie de personajes mitológicos, uno podía ir a hacerles una visita a sus casas, tener su teléfono apuntado en la agenda, coleccionar sus libros dedicados, sentarse a comer junto a ellos en un restaurante. Era como salir a dar una vuelta después de estudiar Edipo rey y la Orestíada para tu examen de Griego y encontrarte en el bar de la esquina con Sófocles y Esquilo. En mi caso, tuve una relación casi familiar con el mencionado Rafael Alberti, pero también contactos de diferente magnitud con Jorge Guillén, Gerardo Diego, María Teresa León, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Ernestina de Champourcin, Dámaso Alonso, Rosa Chacel, José Bergamín o Francisco Ayala, con este último bastante extendida, puesto que vivió hasta los ciento tres años.
Por cierto, que el narrador de Muertes de perro, El boxeador y un ángel o Recuerdos y olvidos era un hombre irónico y de una sequedad a menudo desconcertante, quizá debido a la timidez, y dotado de un temperamento peculiar que atribuíamos a su condición de granadino. Le gustaba citarte en su domicilio a la caída de la tarde, para tomar un güisqui y lanzar algunas pullas contra sus colegas y tus amigos, por lo general malvadas y agudas a partes iguales. Hay que añadir, para completar el retrato, que a menudo tenía detalles de humor negro. Cuando estaba a punto de convertirse en una persona centenaria, le envolvía el aura ultraterrena de los supervivientes y se encontraba en la cumbre de su prestigio como intelectual, se habían convocado numerosos actos en su honor para celebrar semejante hazaña biológica. Uno de ellos contaría con la presencia de las máximas autoridades del Estado y el Gobierno, con los presidentes de la Real Academia Española y de casi todas las de Latinoamérica. El lunes de la semana en que iba a tener lugar ese acto solemne, que se celebraría cuatro días después, es decir, el viernes, Luis García Montero y yo estábamos almorzando con él cerca de su piso de la calle del Marqués de Cubas cuando, de pronto, Ayala exclamó: «¡Se me está ocurriendo una broma estupenda!». «¿Y cuál es, Paco?», le pregunté. «¡Morirme el jueves!».
Esas personas eran excepcionales pero fueron desapareciendo igual que todas las demás, porque el reloj no se detiene para nadie, pero nos dieron una lección, tanto en lo personal como en lo profesional, que nos ha influido y encauzado a quienes estuvimos muy próximos a ellos en su última etapa, que además tenía en muchos casos la emoción del regreso, de los reencuentros: sus vidas habían sido mágicas, pero terribles, estaban marcadas en su conjunto por la tragedia de la Guerra Civil; las y los republicanos, por la derrota y por un exilio que duró hasta treinta y ocho años —o cuarenta y cinco, en el caso extremo de la filósofa María Zambrano—; y quienes apoyaron la sublevación militar, por las sospechas que levantaba su innegable connivencia con la dictadura: era muy difícil estar con Luis Rosales sin que asomase en algún momento a la conversación el fantasma de García Lorca, que en 1936 estaba refugiado en su casa cuando le fueron a detener para matarlo. Una vez le oí decir, mientras nos explicaba su lucha a brazo partido contra varios de sus compañeros de la RAE, sobre todo con Camilo José Cela, para que no se dejase a Alberti, como aquellos querían, sin el Premio Cervantes: «¡Bastante tengo yo con llevar a cuestas el cadáver de Federico como para que ahora me echen también a las espaldas el tuyo, Rafael!». Al escritor gaditano, supersticioso por naturaleza, la frase le hizo poca gracia.
Pero mientras, sobre todo Luis García Montero y yo, disfrutábamos de los maestros de la Generación del 27, también empezábamos a tener una relación sólida con los que integraban la del 50, a la que nos sentíamos estéticamente más próximos: Jaime Gil de Biedma era al que más admirábamos y Ángel González a quien más amábamos, porque, aparte de un poeta magnífico, era un ser adorable. Cuando fuimos jóvenes era de ellos dos de quienes más hablábamos los tres amigos que desde el principio hemos compartido este viaje con mayor complicidad y que a estas alturas de la historia seguimos siendo uña y carne, además de pasar juntos todos los veranos: me refiero de nuevo a Felipe Benítez Reyes, a Luis y a mí. En este tiempo han pasado muchas cosas, hemos perdido gran parte de lo que más queríamos, sufrido vaivenes sentimentales y visto enterrar a nuestros padres y madres, pero nos queda el consuelo de recordarlo juntos. No es poca cosa.
A Jaime Gil de Biedma lo había visto por primera vez en Granada, donde Luis y yo llegamos tras un interminable viaje por carretera con Rafael Alberti, al que acabábamos de dejar en el aeropuerto. Una hora más tarde, nos encontramos en una terraza de la ciudad, según habíamos convenido, con el autor de Moralidades y Poemas póstumos, acompañados también por los otros dos miembros de la llamada «otra sentimentalidad», Javier Egea y Álvaro Salvador. Yo me sentía realmente intimidado por su fama de hombre cortante a quien no había manera de acceder si le caías mal a primera vista: sin duda, las tres veces que más nervioso me he sentido en mi vida fueron cuando conocí en Sevilla a Bob Dylan, en Bilbao a mi ídolo de la infancia, el guardameta José Ángel Iribar, y en Granada a él.
Tan aficionado al güisqui como Ángel González, que llamaba a las seis de la tarde «la hora Hemingway», es decir, la de la primera copa, Jaime llegaba, si no recuerdo mal, d
