Aprender a habitarte

Radhi

Fragmento

Aprender a habitarte

Prólogo

“Cuando terminas un buen libro, no se acaba; se esconde dentro tuyo”

—Liniers.

Recuerdo todas las veces que traté de que me gustara el yoga. Entraba a la clase (una sola y muy de vez en cuando) con ilusión y salía con dolor de cabeza. Mi negación era inminente y progresiva: empezaba con ganas de irme y terminaba prometiéndome no volver nunca más… Pero al cabo de un tiempo volvía y el patrón se repetía.

—Yo soy más de correr —decía.

Hasta que un día, a mis 40 y habiendo desistido y abandonado todos mis intentos, me llegó un mensaje de ella, de la mismísima Radhi, invitándome a su primer retiro en España. Sentí emoción, alegría, gratitud y preocupación en cantidades iguales. Fui brutalmente honesta y le dije:

—Yo no hago yoga. No esperes nada de mí, por favor.

Ella sonrió y me contestó, con una convicción serena, que no pasaba nada. Lo dijo tan serena y convencida que acepté.

Al llegar, me di cuenta de que todas esas mujeres sabían lo que iban a hacer y lo habían elegido a consciencia. Yo era la única que no sabía lo que le esperaba y que lo había elegido inconscientemente. No había tiempo para pensarlo mucho ni existía la posibilidad de huir, así que simplemente apechugué.

Me esperaban repetidas sesiones de tres horas intensas de yoga. Durante las primeras, noté el óxido de mis articulaciones, mi incapacidad de sostener la respiración y un ceño fruncido, apretado, incómodo e inhabilitante. Quería relajarme, quería que mi cara se viera tan sedosa como las de las demás, pero no podía (incluso hay fotos en las que se me ve con los ojos cerrados y un “11” en el entrecejo que denota mi preocupación).

En fin, en solo tres días, algo dentro de mí se rompió… o tal vez se arregló. Tanto fue así y tan contagiosa fue la energía de Radhi que sentí la necesidad de seguir practicando con sus clases en línea cada mañana, alrededor de 45 minutos, antes de comenzar a trabajar en el ordenador.

La voz del “mejor hoy no” y “¿cuándo termina?” hablaba sin cesar hasta que venía la parte de la relajación en Savasana. Solo ahí aparecía una voz que me decía “gracias, Leticia, gracias por hacerlo igual”. Después de eso, absoluto silencio.

Los cambios físicos fueron importantes, sí, pero no fueron los responsables directos de que pudiera sostener un hábito tan incómodo. Lo que me movía a repetir la práctica a diario era la extraña sensación de que los días duraban más. Paradójicamente, dejé de sentir que perdía 45 minutos de mi mañana y empecé a sentir que le agregaba 45 minutos a mi mañana. El resto del día transcurría con más claridad, más foco y una calma difícil de perturbar.

Ahora entiendo que el yoga llega a nuestras vidas en el momento, de la manera y de la mano que él sabe que puede llegar. En mi caso, llegó en el instante en el que estaba convirtiendo mi cuerpo en una máquina de trabajar. Tal vez por eso eligió disfrazarse de oportunidad laboral y tal vez por eso eligió venir de la mano de alguien a quien no le podía decir que no.

Radhi es maestra por vocación, comunicadora por misión y yogui por amor. Ella sabe, a través de la práctica, cómo “hacer alquimia con la realidad”.

En este libro, encontré todas las respuestas a ese “no sé qué”, a lo que sucede en mí desde que practico yoga. Entre sus páginas me sentí vista, abrazada e importante. Me dieron ganas de saber más, practicar más, sentir más, “habitarme” más…

“Creo que lo simple enamora y que el amor es dar”, así que deseo que este libro, simple y lleno de amor, llegue tan lejos como pueda llegar y toque tantas almas como pueda tocar (empezando por la tuya).

Con amor, Leti.

@conamor.leti

Introducción

¿CÓMO LLEGÓ EL YOGA A MI VIDA?

Descubrí el yoga por casualidad. A mis 20 años, bailaba y de ese modo resolvía todas “mis dudas existenciales”, así que no estaba en la búsqueda de un camino espiritual. Sin embargo, suelo decirle “sí” a todo y así fue como llegué a una clase de yoga que cambiaría mi relación con el movimiento y con mi vida entera para siempre.

Una amiga me pidió que la acompañara a probar una clase que ofrecían gratis cerca de nuestra universidad. Le dije que sí solo por hacerle compañía.

Código QR con la palabra "Escanéame" arriba.

Recuerdo que participé con los ojos cerrados y que me encantó la sensación de poder moverme sin tener que mirar a nadie. Amé sentir mi cuerpo y conectarme desde un lugar distinto al que solía buscar todo el tiempo en la danza. Me gustó, además, sentir mi respiración. Respirar lento y con conciencia fue algo nuevo para mí. En mis sesiones de danza, bailaba, sí. Estaba conectada con mi cuerpo, sí. Pero lo que había sentido en esa clase de yoga era algo completamente diferente.

Me impactaron los cantos al final de la clase; los sentí hermosos. El profesor entonó, al principio y al final de la práctica, unos mantras para abrir y cerrar la sesión. Ni siquiera sabía que existía algo llamado “mantra”. Solo descubrí que me parecía sublime.

Mi amiga fue a esa clase, pero nunca más volvió. En cambio, yo quise seguir asistiendo. Veía la práctica del yoga como el complemento perfecto para mi rutina de danza y una oportunidad para aprender algo nuevo y bonito que me permitiría volverme más flexible. Sin entenderlo del todo, el yoga hizo en mí un clic muy profundo.

Al principio, lo que más me motivó fue que, muy rápido, noté cambios físicos: no solo me hacía más flexible, sino que también me sentía mejor con mi cuerpo.

Como la gran mayoría, empecé a hacer yoga con un interés enfocado en el cuerpo, convencida de que era una práctica de estiramiento más, una de las tantas que ya existen. Pero en el yoga encontré una filosofía completa, un estilo de vida que transformó mi realidad.

Pronto entendí que esta práctica tenía una profundidad especial. Me di cuenta de que el propósito central no era solo hacerme más flexible o más delgada, sino conectarme con un lugar muy profundo de mi ser.

Con el tiempo, noté cómo mi relación conmigo misma comenzaba a cambiar.

Antes de practicar yoga, vivía con un diálogo interno lleno de frustración hacia mi cuerpo y sentía una ansiedad constante por bajar de peso. No me gustaban mis piernas y me hablaba con dureza cuando me veía al espejo. Además, mi relación con la comida era punitiva, rígida y poco disfrutable, pero una vez que integré el yoga a mi vida, sin darme cuenta y sin proponérmelo, comencé a aceptarme. Poco a poco aprendí a amar mi cuerpo tal como era, y mi relación con la alimentación pasó de ser una lucha constante a una experiencia llena de placer y amor.

Creo que este cambio, tan sutil pero al mismo tiempo tan transformador, fue lo que me conectó de una manera muy profunda con el yoga. Sentí, a un nivel inconsciente, que había llegado a un lugar que me invitaba a conocerme de verdad y a amarme sin la necesidad de aparentar algo diferente a mi esencia.

A las pocas semanas, mi profesor se acercó y me invitó a unas meditaciones especiales que realizaban cada jueves en su escuela. Sin dudarlo, comencé a asistir. Meses después, me inscribí en mi primera formación de profesores de yoga. Y, sin saber muy bien cómo ni cuándo, al año de haber empezado a practicar ya estaba dando clases.

Han pasado más de 15 años y aquí sigo, firme con la práctica que me ha permitido cultivar la mejor relación conmigo misma hasta ahora.

Hoy, mi vida respira yoga: en mi casa hay mats y altares en cada rincón, mis hijos tararean mantras a la par de las canciones de moda y conocen los nombres de las posturas de yoga como si fueran los días de la semana.

La vida así me parece hermosa y por eso escribí este libro.

Quiero que más personas puedan sentirse tan a gusto en su cuerpo y en su vida como me he sentido yo desde que el yoga forma parte de mi existencia. El yoga es una herramienta para aprender a vivir. Lo que se practica en el mat se traslada a la vida y la transforma.

Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que practicar yoga es hacer alquimia con la realidad.

Estoy segura de que, si te conectas con esta práctica y la haces parte de tu vida con devoción, entrega y dedicación, experimentarás lo mismo que yo: un día te sorprenderás al descubrir lo vital, radiante y fuerte que te sentirás.

Creo, de una forma muy profunda, que el yoga me encontró porque, al menos conscientemente, yo no lo estaba buscando. Y si estás aquí, leyendo este libro, es porque quizás también te está buscando a ti.

Déjate encontrar.

Con amor,

Texto en cursiva que dice "Radhi".

Un ejercicio antes de empezar

Quiero invitarte a que comencemos esta lectura con un ejercicio. Léelo con cuidado y hazlo conmigo.

Toma consciencia de tu respiración.

Respira profundo y siente tu inhalación.

Ahora suelta el aire y siente tu exhalación.

Repítelo tres veces:

Inhala… Exhala…

Inhala… Exhala…

Inhala… Exhala…

Conecta ahora con la pausa que se forma entre cada inhalar y cada exhalar.

Inhala… Siente la suave pausa que se genera.

Ahora exhala…

¿Logras percibir ese espacio de pausa?

Sigue respirando con consciencia y mira si logras alargar esa pausa un poco más y exhalar cada vez más lento y suave.

Inhala… Siente la pausa… Exhala…

Hazlo de nuevo.

Inhala… Siente la pausa… Exhala…

De nuevo.<

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