MENÚ
ENTRADA
Prólogo
Introducción
de Martha Ortiz
Introducción
de Laura Raquel Manzo
PLATO FUERTE
Bárbara Anderson
Marcelina Bautista
Natalia Beristáin
Cannon Bernáldez
Tatiana Bilbao
Mariana Camacho
Elisa Carrillo
Ana Clavel
Patricia Conde
Eufrosina Cruz
María José Cuevas
Claudia de Buen
Gina Diez Barroso
Sharon Drijanski
Laura Esquivel
Cecilia Flores
Julia y Renata Franco
Susana Franklin
Marlene Garayzar
Zélika García
Naian González Norvind
Bertha González
Alexandra Haas
Tessa Ía
Ana Elena Mallet
Karla Martínez de Salas
Gabriela Molinar
Sandra Monroy
Renata Morales
Saskia Niño de Rivera
Ana María Olabuenaga
Gabriela Ortiz
Feggy Ostrosky
Vivir Quintana
Beatriz Rivas
Sandra Romandía
Betsabeé Romero
Kala Ruiz
Katya Somohano
Cecilia Suárez
Daniela Villegas
POSTRE
Glosario
Agradecimientos
Semblanzas
PRÓLOGO
En el vibrante tapiz del arte culinario, pocos hilos brillan tanto como aquellos tejidos por mujeres que se atreven a crear, inspirar y transformar. Con profunda admiración y alegría les presentamos Recetas de vida para mujeres con grandeza, una obra notable de mi querida amiga Martha Ortiz. Junto con Laura Raquel Manzo, editora y una de las voces más importantes del feminismo en México, Martha ilumina las poderosas historias de grandes mujeres de las artes que han pavimentado el camino para futuras generaciones.
Como chef, uso la comida como una expresión poética y reconozco el profundo impacto que esta tiene en nuestras vidas, culturas y comunidades. Cada platillo creado encarna nuestras experiencias, emociones y aspiraciones. La genialidad culinaria de Martha captura esta esencia haciendo que el sustento trascienda hacia una celebración de la vida misma.
En un mundo que con frecuencia busca silenciar o disipar las voces de las mujeres, es vital que nos unamos para levantarnos y elevarnos una a la otra. Esta colaboración entre mujeres —ya sea en la cocina, la galería o cualquier espacio creativo— nos sirve como un poderoso recordatorio de nuestra fuerza y resiliencia. ¿Quién como Martha Ortiz para esto? Una mujer cuya pasión por la comida y el arte ha inspirado a incontables personas para abrazar su grandeza.
A través de historias y recetas, Martha y Laura nos invitan no solo a saborear, sino a reflexionar sobre los viajes de las mujeres extraordinarias que han dado forma a nuestro paisaje artístico. Celebremos sus legados y abracemos el espíritu de la hermandad que nos une. Juntas podemos crear una sinfonía de voces, cada una contribuyendo a una hermosa narrativa de empoderamiento y grandeza.
Acompáñenme mientras nos sumergimos en esta compilación exquisita en la que la comida y el arte se entrelazan, y donde las historias de importantes mujeres nos recuerdan que la grandeza no es solo una aspiración sino un viaje en el que nos embarcamos juntas.
Dominique Crenn Chef, activista y poeta
Martha Ortiz
INTRODUCCIÓN DE MARTHA ORTIZ
Construí mi memoria gastronómica desde pequeña. Imaginé que la vida contenía sabores luminosos, me aventuré a probar la lluvia y entender que sabía a cielo y nubes. Un sabor primero y otro después… para mezclarse y crear la degustación de la vida. Así fue como me llevé a la boca, mastiqué y tragué flores para aprender que no todas son dulces. Algunas tienen pétalos amargos y de igual manera existen las picantes y las pizpiretas de sabores que estallan. Todas juntas en un ramo unen notas y decibeles para bailar en nuestro paladar. En ese jardín encantado, una infancia de sabores de luz y oscuridad, también gocé el resabio de los tréboles, frijoles germinados y hojas de elote tiernas que me recordaban a las mujeres y hombres hechos de maíz, tal cual relata el Popol Vuh.
En mi curiosidad culinaria permití que el Sol y la Luna sazonaran mi piel. En las composiciones comestibles encontré la distinción que me ayudó a construir una identidad propia a partir del sabor como saber; es decir, un lenguaje, un simbolismo y un viaje, unido con las emociones y los sentimientos que también cocinaban la existencia y prometían la posibilidad de la transformación a partir del mandato culinario. Viví el escudo nacional mexicano como símbolo gastronómico: un águila devorando una serpiente sobre tunas y nopales en la guirnalda de la sofisticación, y las filigranas bien tejidas de futuros platillos exquisitos.
Me gusta ser mexicana de sabores recios, sazonada con maravillas gastronómicas. Nací en un país que le regaló al mundo joyas comestibles, ingredientes y métodos sin los cuales no existirían las bondades de otros platillos muy lejanos geográficamente a nosotros. Estas son las bendiciones culinarias poderosas, ceremoniales y espirituales de un territorio conquistado que ahora ha conquistado al mundo a través de una profunda magnitud gastronómica vital y luminosa. Esta tierra fértil también nos ha regalado mujeres que, al igual que los otros tesoros de sabor y belleza, dan brillo a nuestra corona gastronómica.
Nuestra gastronomía mestiza, seducida y seductora, aguerrida, de colores y sabores contrastantes (dulces, salados, agrios, florales y violentos), se guisa en ollas de barro con cucharas de palo labrado y se muele en metates y molcajetes creando al roce de la piedra sonidos y estallidos de éxtasis que hacen temblar de placer a quien se lleva un bocado a la boca. Esa cocina erótica y comestible se refleja en las páginas de este libro gracias a las mujeres que nos enseñan con la mirada y el cuerpo la fuerza de la identidad gastronómica.
También sé que en nuestra historia, la mexicana, las heroínas llevan en sus arterias la salsa madre: el mole especiado, arrojado, profundo, aromático, vital y palpitante. Con la palabra cocinada da comienzo la historia de este libro-recetario, testimonio de la memoria gastronómica de mujeres valientes que sazonan su vida en el fuego, ya sea manso o vivo, y que distinguen en su alacena gastronómica-emocional los ingredientes que las definen. Ellas saben cocinar su vida como una receta maestra inspiradora que nos comparten.
Además, nos regalan su receta de cocina preferida, la cual encierra una historia, una narrativa propia y un sabor que marca un carácter y una memoria anticipada. Como en los buenos recetarios, que nos enseñan a cocinar despacio y con cuidado, en este libro se mezclan las recetas de vida y de cocina dentro de una preparación y cocción vitales, gracias a su generosidad de compartir con nosotros —como buenas cocineras— sus sazones, como inspiración y como secreto de vida revelados a través de la pasión culinaria.
En las páginas de este exquisito recetario desfilan, como en pasarela gastronómica, diseñadoras, brujas, politólogas, compositoras, arquitectas, empresarias, abogadas, artistas, bailarinas, terapeutas, galeristas, luchadoras sociales, mujeres de muchos sabores y profesiones. Todas son cocineras certificadas, críticas de los sabores rígidos, patriarcales, y saben dar paso a bocados existenciales y valientes. No le temen al fuego, a la verdad, a la alquimia, ni a romper el techo de caramelo por sí mismas, por todas y por las que vienen.
En este libro, nuestras cocineras expertas y vitales son reconocidas en su estar en el mundo con la danza del viento que las mueve. Pero ellas, con firmeza y elegancia, responden como las plantas de maíz y sus mazorcas, con sus colores infinitos y la vibración tonal que las define y adorna para convertirlas en poética comestible.
Estoy honrada y agradecida de compartir esta cazuela de barro con mi coautora Laura Manzo, cocinera incansable que me enseña a diario que hay que traer las enaguas bien puestas, el mandil bien amarrado y la mirada feminista, y que los platillos deben tener siempre diamantina morada simbólica arrojada con firmeza para caminar y crear una dulce patria. Juntas, incluimos un glosario lírico para compartir y explicar sazones de las recetas vitales y términos que, al ritmo del sabor, crean danzas de conocimiento desde la trinchera del fuego, que es la vida propia y el banquete que debe ser compartido.
Cocineras, a servirnos con la cuchara grande de la existencia, ya que desde la cocina todo es posible.
Martha Ortiz Chef y escritora
Laura Raquel Manzo
INTRODUCCIÓN DE LAURA RAQUEL MANZO
El feminismo también implica revisitar nuestra propia vida para observarla —como dicen las mujeres diamantina— con lentes de color violeta.
La narrativa del mainstream está cambiando como resultado de la ola que ha sido la de mayor alcance en la historia de la lucha por la igualdad de género. Catapultada por las valientes que a través de redes sociales conformaron el movimiento #MeToo en 2017, la revolución social más relevante de nuestros tiempos ha logrado en estos últimos años, entre otras cosas, la desestigmatización del feminismo y la normalización para hablar o debatir acerca del patriarcado. A la vez, hay que decir, ha tenido como consecuencia la explotación comercial del empoderamiento femenino, que tocó uno de sus puntos cumbre con el estreno de Barbie en 2023, recaudando en taquilla a nivel mundial mil 445 millones de dólares, y logrando acomodarse en el onceavo lugar en la lista de películas más vistas de todos los tiempos.
El cine, la televisión y la literatura ofrecen hoy relatos de mujeres como nunca antes se habían contado: desde un punto de partida distinto y con una mirada inédita dentro del mundo patriarcal. Más allá de los casos de purplewashing —aquellos intentos superficiales de incluir personajes femeninos “fuertes” sin cuestionar las estructuras que las rodean—, lo que presenciamos es la irrupción de narrativas que antes fueron ignoradas, silenciadas o tergiversadas. Son historias que aquellos cuyas jerarquías se sostenían por el sistema decidieron no contar. Hoy no solo vemos más mujeres en pantalla o en los libros, sino que las vemos narradas y narrando desde su propia experiencia, con sus propias contradicciones, deseos, dudas y potencias. Y este cambio no se limita a un reparto de roles: implica una transformación profunda. Ya no se trata únicamente de mostrar a mujeres protagonistas, sino de permitirles ser sujetos completos, no objetos que giran en torno a los hombres. Las tramas han dejado de centrarse exclusivamente en el amor romántico, la maternidad o el sufrimiento como destino, y se abrieron paso relatos donde lo personal se vuelve político, donde se cuestionan las reglas del juego y se imaginan otras formas de vivir, liderar o fracasar. Además, se amplió radicalmente el tipo de mujeres que vemos: indígenas, negras, lesbianas, trans, mayores, con discapacidad, de distintas clases sociales. Lo simbólico no se trata de una cuota de inclusión cubierta, sino de saber a todas estas mujeres portadoras de vivencias propias que desafían el centro narrativo tradicional. Ahora ellas no necesitan ser redimidas, castigadas o perfectas. Pueden ser complejas, incómodas, fallidas, poderosas. Pueden simplemente ser. Ahora, también al frente las heroínas que no consiguieron bronce para sus monumentos en las plazas, y las intelectuales que nunca alcanzaron una placa con su nombre en una calle o una avenida. Y no se trata solo de las mujeres de la política institucional que fueron borradas de los retratos oficiales de la Historia, sino también de aquellas discriminadas en lo cotidiano: las que no fueron madres, juzgadas de incompletas; las de kilos de más y de menos, rechazadas por no dar el número en la báscula; las que portan canas y han sido invisibilizadas por seguir cumpliendo años; las mujeres que aman mujeres y han sido calcinadas; las que gritan y han sido abominadas por su falta de silencio y su sobrada habilidad de perturbarse e incomodar. Ahora ocupan cada espacio las historias de aquellas mujeres maldecidas por querer vivir. Por gritar, por perturbarse, por cuestionar, por soñar, por defender, por no dejarse violentar, por no dejarse violar.
Y no olvidemos aquellas cuya inteligencia fue históricamente subestimada o ignorada. Las pensadoras que fueron omitidas de los grandes relatos intelectuales; las creadoras a las que se les negó la autoría de sus obras; las científicas borradas de los premios; las periodistas, filósofas, artistas, activistas, líderes comunitarias, que durante siglos hablaron y nadie registró. Porque a las mujeres no solo se les negó el poder, sino también la educación y el pensamiento. El sistema supo disfrazar esa negación con halagos vacíos, con elogios que las llamaban “intuitivas”, “sensibles”, “misteriosas”, mientras les cerraban las puertas del saber, del crédito, de la historia escrita. Lo que hoy vemos en las narrativas contemporáneas es, también, la revancha simbólica frente a siglos de haber sido tratadas como ciudadanas de segunda, no por falta de voz, sino por exceso de oídos sordos.
Las condiciones disparejas impuestas por el sistema cruzaron hasta en la manera de vernos a nosotras mismas. Hoy en día, al entrar a la adolescencia, las niñas pierden alrededor de un 35 por ciento de la confianza en sí mismas porque el patriarcado todavía las quiere moldear a su antojo. Así que la tarea es contar más historias de mujeres desde la pluma y el corazón de las mujeres. Entre nosotras y para los otros, aprendiendo a observar con perspectiva de género, que no es otra cosa más que tomar en cuenta los obstáculos y las desventajas que están en nuestra vida solo por el hecho de ser mujeres.
En el documental Mountain Queen: The Summits of Lhakpa Sherpa, la directora Lucy Walker retrata la historia de quien en el año 2000 se coronó como la primera mujer nepalí en escalar el Everest, y en 2022 se convirtió en la primera mujer en subir la montaña más alta del mundo 10 veces. Ella no pierde de vista que Lhakpa nació en una cueva en los Himalayas y que, por ser niña, no tuvo una educación formal; que muy joven fue madre soltera y luego se casó con un hombre alcohólico y violento. ¿La cámara de un director hombre hubiera retratado esto de la misma forma? La tarea es contar las historias de las mujeres para conocer, más a fondo o en verdad, las esencias femeninas, su dulzura y su tenacidad, sus fortalezas y sus miedos, sus presiones o sus trastornos. La tarea es contar las historias de las mujeres para entender cómo se van despojando, de un jalón o por capas, del sistema que las obligó a no confiar en sí mismas, que entorpeció su camino, que obnubiló sus nociones de éxito o de felicidad, o que brutalmente les arrebató la paz y la vida, las de sus hermanas o las de sus hijos.
Conocer a las mujeres detrás de la cortina patriarcal. Contar las historias de mujeres para cambiar la vida de las mujeres. Este libro ha sido esa aventura para mí y, al mismo tiempo, lo veo como una forma de resistencia ante una fuerza manifiesta, la de la reacción machista, que busca —desde discursos ultraconservadores o estrategias disfrazadas de sentido común— volver a apagar los derechos conquistados.
Este libro es una forma de feminismo popular consciente, ese que atraviesa la moda, las series, las redes sociales con una dosis de intención; ese que no estaría mal que dejara de ser visto como algo superficial o banal por las esferas intelectuales. Porque es una vía crucial para amplificar la conciencia colectiva más allá de los libros o la academia, para tocar a más personas, para llegar a las políticas públicas y gestar transformaciones concretas. Porque así sumaremos y haremos más difícil que la obstinación machista dé uno o varios pasos al frente.
Soy una periodista que con frecuencia conversa con mujeres en puestos de poder en diferentes industrias y sectores y que, por otro lado, analiza los acontecimientos de la vida pública y social a través de una lente de género. A lo largo de la construcción de este recetario me he encontrado con un buen cúmulo delirante de relatos y experiencias, que suman al espejo y a la inspiración, y que suman también a desmitificar el liderazgo femenino, aquel que el feminismo pop sin conciencia edificó y al cual le sumó barreras que solo le complicaron la realización a miles de mujeres. Las recetas de vida aquí interpretadas me han vuelto a recordar la importancia de la vulnerabilidad, de la congruencia y de la honestidad, de tocar fondo, de romperse, de verse entre mujeres, pero sobre todo de observarse a una misma y de accionar en el presente, porque no hay otro tiempo para hacerlo, y porque hoy es el mejor tiempo en toda la historia para ser mujer.
Romper el techo de “caramelo”, como le suele decir la chef Martha Ortiz al techo de cristal, es solo el comienzo de la batalla presente en esta guerra llamada igualdad.
Laura Raquel Manzo Periodista y editora
Martha Ortiz |
Laura Raquel Manzo |
MANUAL DE COCINA Sugerencias para la deliciosa lectura de este libro
Este imaginativo y novedoso libro de recetas de vida y cocina con sabores femeninos excelsos pretende ser inspiración y gozo para cocineras y cocineros de vida, así como para amantes de las sazones de un recetario culinario.
Los textos líricos de las protagonistas que nos acompañan en estas páginas contienen ingredientes vitales y preparaciones existenciales maravillosas, y han sido redactados por ambas. Somos cómplices desde distintas perspectivas culinarias y diferentes estilos literarios, pero con el mismo exquisito paladar para el feminismo.
En estas páginas utilizamos el distintivo gráfico de un tenedor para aquellos textos realizados por Laura y el de una cuchara para los escritos por Martha.
La obra está organizada como un recetario, en el que el índice juega el papel de un menú, que en esta ocasión solo contiene platos fuertes: las mujeres. Consiste en el despliegue de más de 40 historias nunca antes contadas o, bien, recapitulaciones de vida de nuestras invitadas a crear el banquete. Se trata de relatos manifestados en forma de recetas de vida.
Acompañando a cada una de ellas, por un lado, emplatamos una receta de cocina de importante significado para las invitadas y, por otro, su ingrediente predilecto en la cocina. Finalmente, agregamos una pequeña semblanza para no dejar escapar algún ingrediente relevante.
Como en los recetarios tradicionales, el glosario es fundamental. Una herramienta para que los lectores consulten y entiendan algunos términos que se han utilizado. Cabe mencionar que en este libro tuvimos la audacia de redefinir, desde la alquimia luminosa, muchos de los mandatos culinarios que distinguen este elemento, con explicaciones distintas y líricas. Vale la pena una lectura específica para las páginas que lo componen.
Invitamos a las y los lectores a que saboreen desde la curiosidad, el antojo o la extravagancia, y sin orden alguno, estos textos. Incluso, les invitamos a formular menús de degustación propios a partir de nuestra propuesta culinaria: la óptica y el gusto de las sazones de la libertad. Les hacemos una invitación a llevarlos a la mesa emocional para compartir las viandas y las narrativas entre tenedores y cucharas. Aunque, podemos asegurarles que cuando se lee todo en conjunto y de corrido, “se abre más rápido el apetito”.
Finalmente hacemos una mención especial a la parte visual, que es por donde el hambre entra. En el diseño de este libro el rosa y su vibración tonal han sido fundamentales, por femeninos y luminosos. Las ilustraciones son interpretaciones de estas cocineras de vida sobre su estar en el mundo, intervenidas de forma artística con la diversidad de la gastronomía.
¡Buen provecho!
Martha y Laura
Bárbara Anderson
PERIODISTA Y ESCRITORA LA CUMBRE, ARGENTINA, 1973
INGREDIENTE PREDILECTO EN LA COCINA: EL AJO
La prodigiosa hija de la gran cocinera

INGREDIENTES VITALES
- La suerte que se honra en grandes cantidades.
- La generosidad en ramilletes, para aromatizar.
- La fe en el buen destino, para sazonar la vida.
- Hacer visible lo invisible, siempre.
- Solidaridad y sensibilidad para otros, como aderezo.
- Severidad hacia sí misma, la cantidad necesaria.
- La mirada luminosa durante toda la entrevista de vida.
MANERA DE HACERSE
Bárbara nació en Argentina, en un pequeño pueblo llamado La Cumbre, muy cercano a Córdoba, de no más de 8 mil habitantes. Este lugar se caracteriza por sus ingredientes frescos, joyas comestibles que en invierno se cultivan bajo la tierra (como los tubérculos) y en primavera y verano sobre esta. Vale la pena recordar que en Argentina predomina la influencia de la tradición gastronómica europea y en todo el mundo se reproducen sus famosos asados a golpe de parrilla y lumbre, en los cuales confluyen su famoso ganado y estos exquisitos ingredientes.
Su madre era una cocinera excepcional, cuyo regalo a sus cercanos era el prodigio de un pequeño pedazo de masa madre, la cual posee la bondad de fermentar de manera natural y, por contacto cariñoso con otras harinas, hacer que la masa para el pan que se comparte en la mesa crezca como por arte de magia. Pienso que esta masa genera calidez, que es precisamente parte del prodigio de las madres cocineras, dotadas de la generosidad para compartir la mesa y el amor.
La madre de Bárbara fue capaz de elaborar un lenguaje gastronómico: la comida es amor y también medicina. Todo mal se cura con guisados y paciencia. Solo los ingredientes del fogón poseen esta sabiduría y saben que hay un guisito de arroz para la pena, un limón fregado en la panza para cuando comemos de más o un vino hervido con azúcar para la noche fría de un sábado.
El amor, la devoción, la sabiduría, la unión, la bondad y la suerte tienen un sabor, y todo está presente en la olla cuando cocinamos. Los sentimientos son capaces de penetrar los alimentos y transmitirles, cual líquido precioso, el valor del júbilo y la alegría. La cocina de la madre de Bárbara era de hierro y su imagen perdura en una hermosa ilustración con sus mejores recetas, en un bello libro que fue precisamente el regalo de bodas de madre a hija. Cuánta sabiduría hay en esas páginas que, escritas de puño y letra, demuestran una vez más que todos cocinamos nuestra propia vida y que en los guisos del amor encontramos destino.
En esta gran cocinera estaba presente el miedo de quien sabe (o teme) que en los restaurantes puede que no todo esté limpio tras las puertas, y que los ingredientes naturales corren el riesgo de mancillarse. Por ello creía firmemente que la mejor mesa era el hogar.
Así creció Bárbara, hija de la dueña del fuego, quien la apoyó cuando en Argentina se perdió el horizonte económico y no había bancos para pagar el sustento. La cultura del trueque inundaba el país y esta joven periodista-escritora pudo venir a México, con el ingrediente que ella llama suerte, a cobrar algunas colaboraciones periodísticas. A partir de ese momento creció una vez más, como buena receta de masa madre.
Llegó a la revista Expansión, que se engalanó con su inteligencia y maravillosa pluma en el terreno financiero. México fue tierra fértil para el desarrollo de este manjar de inteligencia, cuyas capacidades la llevaron a preparar su receta maestra como editora general de la revista, donde se hizo cargo de cinco publicaciones femeninas para iniciar la transformación a fuego medio de sus contenidos. Estos incluyeron gradualmente temas más aguerridos con el fin de espumar el juicio de las mujeres.
Con la sabiduría de la espera aprendida del fogón, como el licor casero que ella describe y la imagen pictórica del garrafón con alcohol saborizado de manera paulatina por una naranja suspendida —para convertirlo en elíxir de conocedores que serviría como presagio para encontrar a su compañero de vida—, encontró, referencia gastronómica de por medio, a su media naranja. Fruto que, aunque se corte con cuchillo, se une de nuevo para formar un todo.
Llegó su primer hijo, Lucca, con una discapacidad importante provocada por mala praxis. A partir de ese momento la vida cambió y la receta se escribió de otra manera, recreando otros sabores. Su trabajo empezó a realizarse en horarios flexibles y con el lenguaje culinario aprendido, para ser una madre amorosa y proporcionar bienestar y cuidados a su amado hijo.
Aquí agregamos la pizca de sal que cambia todo platillo. Sabemos que su paso por Milenio fue brillante, creando contenidos editoriales provistos de sabor. A la par, continuó amasando la vida con ternura. Así llegó su segundo hijo, Bruno.
En el terreno de la receta maestra, esta escritora, periodista y activista ha realizado importantes investigaciones y su inquebrantable generosidad la ha llevado a realizar proyectos editoriales, como In(visibles), que están cambiando la percepción sobre las personas con discapacidad. A este empeño también ha contribuido el estreno en pantalla, con gran éxito, de la película Los dos hemisferios de Lucca, basada en el libro homónimo de la autora. También ha creado una fundación a través de la cual ha logrado importantes cambios legales a favor de las personas con discapacidad.
Asimismo, se ha dado a la tarea de gestionar tecnología de punta para mejorar la calidad de vida de personas como Lucca, que, gracias al prodigio de la masa madre, hoy es poeta y escribe su propia receta de vida bajo el linaje de dos grandes mujeres.
La mirada de Bárbara, su sonrisa, lágrimas, aderezos, especias, la sal y la dulzura del azúcar, la han convertido en activista, editora, escritora, autora. Aprendió a unir con vigor los ingredientes y, en pleno cocimiento, hacer visible el amor, el hilo conductor que fermenta y hace crecer al tiempo que entibia las manos de quien lo prepara y lo recibe. Y que nos acompañará toda la vida, honrando el linaje y dibujando el destino.
Debo confesar que, palabra de cocinera, me sentí aprendiz de quien sabe del lenguaje del amor en la alta cocina. Y, como parte final de este guisado, Bárbara comparte la receta de la bagna cauda y este gran pensamiento: “Las flores en las plantas y los pájaros sueltos: la libertad”.
Bagna cauda
Es una comida piamontesa que llegó como tantas otras a la Argentina. Creo que tuvo mucho éxito porque, como el mate, obliga a la familia o los amigos a rodear la mesa y compartir la misma comida. Es una especie de fondue que se coloca en el centro de la mesa, en una cacerola con caldero para mantenerla caliente. Se acompaña con una buena dotación de comida para pinchar con tenedor y untar en la salsa: carne asada, milanesas, ravioles recién hechos, coliflor y brócoli cocidos, coles de Bruselas, mariscos, pescado, pollo… Pero si me dan a elegir, nada mejor que trozos de pan.
INGREDIENTES
- 220 gramos de mantequilla
- 1 cabeza de ajo por cada dos personas
- 1 paquete de anchoas (dos por persona)
- 1 litro de crema de leche
- Leche entera, la necesaria para aligerar la mezcla
PREPARACIÓN
Derretir a fuego suave la mantequilla y saltear los ajos finamente picados. Cuando estén dorados, agregar las anchoas y poco a poco la crema. Revolver de manera constante con cuchara de madera para evitar que se queme la preparación. Si la mezcla espesa demasiado, agregar leche entera para aligerarla.
El resultado será una salsa gris con perfume profundo y retrogusto prolongado. Se dice que es un platillo para comer en verano al aire libre (el ajo es muy protagónico), pero no hay mejor excusa para esta salsa que los días fríos de invierno.
“
No hay que dejar que la tristeza crezca.
”
