Con mucho orgullo

Marian Arpa
Eleanor Rigby
Daniel De la Peña
S. F. Tale
Hollie Deschanel
Emmanuel Guerra Martos
Blanca Túnez

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

Año 2000, Madrid.

Cuando cruzó las puertas de la casa de sus abuelos para la reunión familiar, Julia contuvo el aliento porque no sabía lo que podría esperar.

Su familia siempre había sido convencional, pero no respetaban mucho la vida de los demás y siempre tenían una opinión que dar. Llevaba casi cuatro años sin verlos en persona porque no quería que fuesen partícipes de la transición que había atravesado en esos meses. Sabía que sus abuelos no lo tomarían bien porque estaban chapados a la antigua y, aunque quisieran negarlo, no lo entenderían. Algunos de sus tíos respetaban la intimidad de sus familiares, pero otros no.

Se quedó en mitad del pasillo al escuchar el ajetreo en el salón porque tenía miedo del recibimiento. Se miró las manos temblorosas y vio su manicura perfecta, pero ya no le parecía buena idea. Se había arreglado con esmero ese día, pero lo que realmente quería hacer era marcharse para evitar el aluvión de preguntas que iban a hacerle.

―¿Julio? ―preguntó la voz de su tía Irene desde la cocina.

Ella cerró los ojos con arrepentimiento porque no tenía tiempo para regresar a la puerta. Al escuchar pasos hacia ella, se giró con una mueca parecida a una sonrisa. Irene la miró con extrañeza, pero, con el paso de los segundos, sus ojos castaños se llenaron de reconocimiento y emoción.

―Ahora soy Julia ―murmuró con inseguridad, saludándola con la mano.

Irene caminó hacia ella con decisión y la acogió en un abrazo estrecho, haciéndola respirar hondo. Julia le devolvió el abrazo sin titubear y sonrió cuando se separó para mirarla de arriba abajo.

―Estás preciosa, cariño ―le acarició la mejilla con una sonrisa―. Siempre fuiste guapo, pero ahora estás increíble.

―Te he echado mucho de menos, tita ―sonrió agradecida.

―Y yo a ti, cariño ―la abrazó otra vez besando su cara.

Era la primera persona de su familia, a excepción de sus padres, que la aceptaba de ese modo sin hacer preguntas o comentarios malintencionados. Irene siempre había sido una de sus tías favoritas y adoraba pasar tiempo con ella, pero con el paso del tiempo y al enfocarse en su cambio y en los estudios, se había perdido eso. Se parecían bastante, ambas tenían el pelo castaño, los ojos marrones con toques avellana y labios gruesos. Irene no tenía hijos y la consideraba a ella como tal desde que nació. Marta, la hermana de Irene, estaba igual de orgullosa de ella por su cambio de género. A Julia le había costado aceptar que era eso lo que necesitaba para sentirse bien consigo misma y para empezar a vivir con libertad.

―¿Irene? ―preguntó la voz de la abuela desde el pasillo―. ¿Por qué tardas tanto?

Julia miró a su tía preocupada porque la opinión de su abuela era muy importante. Llevaba sin verla varias semanas y temía que su reacción fuese mala y le afectase al corazón. Escucharon pasos y ella se quedó allí estática, esperando malas caras e incluso gritos por ver el cambio completo, aunque nunca dio señales de estar en contra.

Una señora de unos ochenta muy parecida a Irene apareció en la puerta del pasillo y se quedó quieta al ver a Julia, se ajustó las gafas, mirándola de arriba abajo en silencio. Julia seguía siendo alta, de hombros anchos y cintura estrecha, pelo castaño y ondulado como su abuela que llevaba largo hasta la mitad de la espalda. Sus operaciones se notaban si la conocías desde pequeña porque había cambiado mucho, pero seguía  teniendo la misma esencia y su abuela lo sabía.

―Ya era hora de que volvieras a casa ―dijo la abuela Helena con tono suave, acercándose a ellas―. Te he echado muchísimo de menos, Julia.

Julia sintió que sus piernas se aflojaban y que podía respirar antes de cruzar el espacio que las separaba para abrazar a su abuela, una de sus personas favoritas en el mundo. Habían estado en contacto durante todo el proceso, pero Julia quería verla en persona cuando todo hubiera terminado para que no la viera dolorida y molesta por los cambios hormonales.

―¿Me perdonas por haberme mantenido alejada estos meses? ―preguntó emocionada.

―No tengo nada que perdonar si eres feliz y sé que ahora lo eres, ¿verdad? ―Julia asintió conteniendo las lágrimas―. Pues eso es lo más importante para mí, cariño.

Julia la abrazó otra vez y se rio cuando su abuela besuqueó su mejilla repetidamente, pasando un brazo por su cintura para ir juntas al salón. El resto de la familia la recibió con alegría porque hacía mucho tiempo que no se veían y fue un alivio tremendo sentirse así después de tanto tiempo alejada de ellos.

Cuando Helena le pidió que salieran juntas al jardín porque quería hablar con ella de algo importante, Julia aceptó sin dudar, ayudándola con la caja que llevaba en las manos. Se sentaron en el porche con un par de vasos de limonada recién hecha y Helena abrió la caja para mostrarle los recuerdos de su hermano mayor, de quien no le había hablado antes.

Capítulo 2

Año 1920, Madrid.

La vida le sonreía a la familia Díaz del Jerte tras haberse mudado de su Granada natal al centro de Madrid después de que Pedro consiguiese hacer fortuna con sus negocios. Padre de dos hijos, Guillermo y Helena, esposo de Sofía, director de una fábrica textil en auge, prometía tener una vida idílica. De puertas para dentro era otra cosa, no eran una familia perfecta, pero el amor y el respeto eran lo primordial en su hogar.

―Padre ―dijo Guillermo, tocando a la puerta del despacho―. Madre dice que la cena estará servida dentro de diez minutos.

―Enseguida voy ―murmuró Pedro distraído revisando unos papeles.

Guillermo se ajustó las mangas del traje con cierta incomodidad porque el verano era bastante caluroso y mucho más sofocante que en Granada, pero intentaba acostumbrarse. Llevaba el pelo castaño peinado hacia atrás marcando sus ondas naturales, un bigote fino acorde a la época y sus ojos avellana ansiaban conocer mundo, aunque aún no se lo podía permitir. Ser el hermano mayor conllevaba muchas más responsabilidades de las esperadas al subir en el escalafón social y debía mantener una imagen casi intachable. Pedro no era estricto con él, solo lo mantenía cerca para que aprendiera el negocio familiar con la esperanza de que, cuando él faltase, continuase con la empresa. Pero a Guillermo no le gustaba ser empresario. Él soñaba con ser escultor y había tenido que dejar su pasión al mudarse a Madrid por petición de su madre. Había tanto que quería hacer y experimentar que perdió la cuenta hacía mucho tiempo, se sentía atrapado de un modo que no conseguía explicar.

―Esta noche saldré a tomar algo con unos amigos, llegaré tarde y…

―Será mejor que lo dejes para otro día. Por la mañana tenemos una reunión importante y no puedes faltar.

―Me he comprometido, no puedo faltar a mi palabra ahora, padre.

Pedro alzó la mirada muy serio y Guillermo supo que no habría forma de convencerle de permitirle salir y discutiendo no ganaría nada. Daba igual que rozase la treintena y que tuviese sus propios ingresos. En aquella casa la única palabra que valía era la de Pedro. Sabía por experiencia que insistir solo serviría para alterarlo y que descargase su frustración gritándoles a su madre y su hermana, por lo que asintió con pesar.

―Llamaré para avisarles ―murmuró señalando el teléfono junto a la ventana.

Pedro asintió, observándolo en silencio, y Guillermo alcanzó el teléfono respirando hondo, le pidió a la operadora que lo comunicase con la casa de los Gutiérrez y esperó con la mirada fija en la ventana. Odiaba tener que obedecer de ese modo, pero prefería hacerlo a escuchar a su hermana llorar en su habitación por las cosas que le decía su padre.

Cuando se despidió de su amigo, asegurándole que se pondría en contacto cuando no tuviera que atender los negocios de la familia, colgó sintiendo que el teléfono pesaba mucho. Al girarse y encontrarlo mirándolo, se ajustó la chaqueta otra vez antes de seguirlo hasta el salón en completo silencio. Aquello era algo que se repetía desde que él comenzó una relación con una chica de Granada. Era de buena familia y se tenían muchísimo cariño, pero Pedro se negó a que aquello fuese a más. Aún recordaba la tremenda discusión que tuvieron por eso porque Guillermo la quería lo suficiente como para casarse con ella y no le importaba nada más porque lo hacía feliz.

―No vas a casarte con esa chica y es mi última palabra ―dijo Pedro con tono amenazante meses atrás―. No permitiré que ensucies nuestro nombre después del trabajo que me ha costado sacar a esta familia a flote, Guillermo.

―¿Por qué? ―preguntó frunciendo el ceño―. ¿Qué tiene de malo mi relación con Vera? Es una chica dulce y buena, me quiere igual que yo a ella y…

―No es lo suficientemente buena para nuestra familia.

―Esa respuesta no tiene sentido y lo sabe ―lo acusó―. No puede pensar así ahora porque la empresa esté empezando a funcionar, padre. Hasta hace un año, nosotros teníamos menos dinero que la familia de Vera y le parecía bien nuestra relación. ¿Desde cuándo se ha convertido en un clasista?

Pedro dio un fuerte golpe en la mesa haciendo que la cubertería temblase, Helena dio un respingo en su silla y Sofía cerró los ojos con arrepentimiento porque sabía lo que llegaría después. Sofía miró a su hijo suplicante para que dejase de insistir aunque entendía su postura, pero Pedro no entraría en razón y la que saldría más perjudicada de todo aquello sería Vera.

―Si eso es lo que piensas de mí, eres libre de hacer las maletas y marcharte ahora mismo.

―Pedro, por favor, cálmate ―pidió Sofía preocupada―. Nuestro hijo solo quiere pedir la mano de su novia después de dos años de relación, estás exagerando las cosas y…

―Sabes lo que esa gente nos hizo cuando mi padre murió ―miró a su esposa suavizando un poco el tono―. He consentido esa relación porque creía que se terminaría en algún momento, pero hablar de matrimonio es otra cosa.

―Son jóvenes, es normal que…

―Nosotros también éramos jóvenes cuando Ricardo nos echó a la calle dos días después de que mi padre muriera trabajando en su fábrica, Sofía. Tuvimos que mudarnos con Guillermo de dos años y tú embarazada de Helena. ¿Ya no te acuerdas que eso casi te cuesta a nuestra hija? ―preguntó tensando la mandíbula―. No voy a permitir que el apellido de Ricardo y el mío se unan de ninguna manera, no cuando pisoteó el nombre de mi padre meses antes de que muriera.

―Si le tiene tanto resentimiento, ¿por qué me dejó empezar una relación con Vera? ―preguntó Guillermo con dureza―. ¿Tanto le costaba explicarme esto para que no me acercase a ella en lugar de reducirlo todo a prohibiciones y gritos?

―Creí que te darías cuenta mucho antes de que no te merece y…

―La quiero, padre ―lo cortó mirándolo a los ojos―. Estoy enamorado de Vera, de ella, no de su apellido ni de todos los años de resentimiento que intenta cargarme.

Pedro miró a su hijo muy serio porque no estaba dispuesto a ceder bajo ninguna circunstancia. Tomó una decisión el día en el que Guillermo les presentó a Vera sin ser consciente de las desavenencias que compartían las familias. Jamás permitiría ese enlace y no le pesaría en la conciencia que su hijo sufriera por ellos porque estaba haciendo lo correcto.

―Guillermo ―lo llamó Sofía con tono suave―. Déjalo estar, por favor, hijo.

―Pero, madre…

―Lo sé ―se inclinó hacia él para agarrar su mano y apretarla con cariño―. Intentaré hablar con él para que entienda que tu futuro no puede estar ligado a su pasado, pero no prometo nada.

―Sabe que no es justo que me haga esto cuando he aceptado renunciar a la escultura y ayudarle con la empresa para que me permita estar con Vera, madre.

―También lo sé ―apretó su mano de nuevo―. Sabes que tu padre es un hombre difícil y que no cede a la ligera, pero lo intentaré.

―¿Y si no lo consigue, tendré que renunciar a la única persona que me hace feliz? ―preguntó muy serio―. Porque en esta casa es imposible serlo. Llevo años intentando que vea mis esfuerzos, pero es inútil. Lo único que hace es tratar mal a Helena y gritarle a usted, que no tiene nada que ver con mis decisiones ―señaló el pasillo por donde su padre había desaparecido―. No tiene derecho a obligarme a renunciar a la mujer de mi vida y…

―Escúchame ―pidió tirando de su mano para que la mirase de nuevo―. Ricardo y tu padre tienen historia desde niños. No viene solo de lo que pasó con tu abuelo, hijo. Hay mucho más y él jamás lo reconocerá, por eso tienes que confiar en mí y darme tiempo para intentar arreglarlo.

―¿Cómo? ―preguntó desesperado―. Ha organizado la mudanza a Madrid para dentro de dos semanas, madre.

Sofía era consciente de que el tiempo obraba en su contra y que Pedro no daría su brazo a torcer fácilmente, pero haría lo imposible por convencerle para que les permitiera estar juntos.

Capítulo 3

Las semanas transcurrieron sin que Sofía consiguiera avances con su esposo. Mientras tanto, los demás intentaban hacerse a la vida en la ciudad. Para Helena era más sencillo porque apenas era una adolescente y aún no había terminado de formarse, pero para Guillermo era complicado. Extrañaba muchísimo a sus amistades de Granada, se sentía desplazado de la vida que conocía porque no tenía opción para descargar su frustración con su arte. Escribirle cartas a Vera era la única forma de comunicarse con ella y esperar la respuesta era muy frustrante. No podía seguir ocioso mirando la vida pasar por la ventana. Pedro apenas le dirigía la palabra y lo excluía de las reuniones importantes, pero lo cargaba de trabajo para obligarle a quedarse en el despacho.

Un toque de nudillos hizo a Guillermo alzar la mirada confundido, en la puerta estaba una de las doncellas con una bandeja con un refrigerio que dejó en el único lugar libre de la mesa. Él soltó la pluma y se pasó las manos por la cara, respirando hondo porque no se había dado cuenta de que se saltó la hora de la comida de lo enfrascado que estaba en los papeles.

―¿Necesita algo más, señor? ―preguntó con tono suave.

―No, María. Gracias ―suspiró dejándose caer en el respaldar del asiento.

―¿Se encuentra bien? ―Se atrevió a preguntar sin variar el tono, al verlo sonreír con ironía, miró hacia la puerta―. No quiero pecar de indiscreta, pero…

―¿Qué pasa?

―¿Ha recibido carta de la señorita Vera? ―preguntó bajando la voz.

―Creo que eso no es de tu incumbencia, María ―murmuró sorprendido y confundido.

―Lo sé, pero… ―miró hacia el pasillo otra vez antes de acercarse un par de pasos―. Hace un par de días escuché a su padre decirle a uno de los lacayos que no enviase sus cartas para la señorita y no he encontrado el momento para decírselo.

―¿Estás segura de lo que dices? ―preguntó frunciendo el ceño incorporándose.

―Sí, señor. Nunca mentiría en algo como esto.

Guillermo se levantó muy enfadado, pero María no le permitió pasar con gesto preocupado. Él pasó a su alrededor ignorando que lo llamase. María corrió hacia la puerta del despacho para cerrarla porque lo último que quería era meterse en un problema con los señores por ayudarle. Sabía que la relación de Guillermo con Vera era peculiar y quería ayudarles, pero era muy difícil mantener un secreto de ese calibre.

―María, apártate ahora mismo ―ordenó muy serio.

―Por favor, señor. Espere un momento antes de hacer una locura ―suplicó buscando en los bolsillos de su uniforme.

―No tengo tiempo para esto ―masculló pasándose una mano por el pelo antes de alargar la mano para llegar a la puerta―. Mantente al margen de mis asuntos, ¿de acuerdo?

María lo retuvo otra vez cuando encontró la última carta que Vera había enviado y que Pedro ordenó que no se le entregase. Se la tendió a Guillermo con una mueca de disculpa, se apartó de él para dejar que la abriera caminando hacia una butaca para leer.

―Si quiere enviarle una respuesta, avíseme y seré su intermediario.

―¿Por qué haces esto? ―preguntó sin sacar la carta del sobre.

―Porque todos tenemos derecho a ser felices.

María salió del despacho cerrando las puertas a su espalda y lo dejó solo para que se pusiera al día con Vera. Guillermo abrió la carta respirando hondo y reconoció la letra al instante. Su corazón se aceleró al leer el contenido a toda prisa y, cuando terminó, se levantó para buscar papel y pluma dispuesto a escribir una respuesta. Era tan complicado mantener una relación como aquella estando cerca, pero a tantos kilómetros era casi imposible y el temor no se reducía en absoluto. Vera era su salvación, la única persona que lo comprendía de verdad y necesitaba tenerla cerca para mantenerse cuerdo, por eso estaba dispuesto a mantener su relación a toda costa.

Querida Vera:

Echo tanto de menos estar cerca de ti que comienza a ser doloroso, pero estoy tratando de encontrar la forma de volver a estar juntos…

Por primera vez en ese mes, Guillermo tuvo la seguridad de que su carta llegaría a su destinatario porque María jamás lo defraudó, pero sobre todo, supo que recibiría la respuesta. Mantenerse callado y no pedir explicaciones a su padre iba a ser complicado, pero si quería que las cosas salieran bien, debía tener paciencia. María hizo de intermediaria durante los siguientes meses para que la correspondencia no sufriera ningún contratiempo y Guillermo estaba un poco más tranquilo, pero había algo que no lo dejaba dormir.

Una de esas noches, se quedó hasta tarde en la sala de estar tomando un digestivo, escuchó cómo los sirvientes de la casa iban asegurando puertas y apagando luces antes de retirarse. Su lacayo personal merodeaba por allí de vez en cuando para asegurarse de que no necesitaba nada, pero Guillermo no le prestaba atención hasta que escuchó la voz de María. Se incorporó para hacerle una señal y tanto lacayo como criada, se acercaron a la puerta en escasos segundos.

―Puedes retirarte, Fernando ―dijo Guillermo con tono suave, esperó a que obedeciera e hizo un gesto―. Entra y cierra la puerta, por favor.

María frunció el ceño haciendo lo que le pedía y se quedó quieta en mitad del salón, mirándolo con curiosidad mientras él servía una copa extra. Cuando Guillermo le pidió que se sentase a su lado en el sofá, María pronunció su ceño fruncido manteniéndose en su lugar.

―Señor, yo… ―carraspeó nerviosa, mirando hacia la puerta―. No sé qué idea se ha hecho de que le ayude con la correspondencia, pero yo no…

―María, por favor ―insistió dando un golpecito a su lado―. Solo quiero hablar contigo y sé que estás cansada después de una jornada tan larga como la de hoy.

Guillermo tenía razón, pero no quería ceder a lo que le pedía y que las cosas fuesen comprometidas para ambos porque la que saldría perdiendo sería ella. María frotó sus dedos con nerviosismo mirándolo con desconfianza, después se giró hacia la puerta y, respirando hondo, caminó para sentarse a su lado como si el asiento quemase.

―Relájate, no voy a hacerte nada.

―No he dicho eso ―susurró confundida.

―Parece que te llevan al patíbulo y solo te he pedido que te sientes conmigo. Respira un poco, no es para tanto ―sonrió de medio lado tendiéndole la copa extra, ella dudó―. Oh, por favor ―se rio un poco cansado―. Es brandy, no te va a matar.

María aceptó la copa sintiendo que podría romperse por cualquier movimiento y apoyó las manos en su regazo para evitar que temblasen. Era la primera vez que Guillermo hacía algo así y no quería volver al momento en el que, cuando ambos pasaban la veintena, le robó algún que otro beso.

―¿Va a decirme qué ocurre? ―preguntó María pasados unos segundos, girándose para mirarlo.

―Quiero pedirte algo y…

―¿El qué? ―preguntó entrecerrando los ojos, apartándose un poco de forma inconsciente.

―Me gustaría comprobar una cosa antes de tomar la decisión más importante de mi vida.

―No sé si estoy entendiendo lo que quiere decir.

Guillermo se acercó un poco a ella, pero al verla fruncir el ceño, se inclinó hacia la mesita de centro para dejar su copa en ella. Después cogió la que María sostenía como si fuera lo más preciado y la colocó a su lado, haciendo tintinear el cristal. Al girarse para mirarla, María estaba estática en el lugar y lo miraba absolutamente confundida. Guillermo se acercó a ella despacio y llevó una mano a su cara para acariciar su mejilla con dulzura antes de inclinarse poco a poco.

―¿Qué estás haciendo? ―susurró estupefacta al tenerlo a unos centímetros de la cara.

―Necesito que me ayudes a entender algo y esta es la única forma que se me ocurre ―dijo en el mismo tono mirándola muy cerca―. Por favor, María ―suplicó apoyando la frente en la suya―. Eres la única persona con la que puedo hacerlo.

―¿Por qué? ―preguntó cerrando los ojos al sentir su respiración en su barbilla―. Dijiste hace años que esos besos no significaron nada para ti, Guillermo. Prometiste que lo olvidaríamos y ahora…

―No puedo explicártelo porque ni yo mismo lo entiendo, pero necesito tu ayuda ―repitió apartándose para mirarla retirando la mano de su mejilla.

―No voy a…

―Solo un beso, nada más ―prometió suplicante―. Y te prometo que nunca más volveré a acercarme tanto a ti.

María vio la incertidumbre en sus ojos y una sombra de temor, algo le decía que no estaría pidiéndole aquello si no fuera de vital importancia y le apreciaba demasiado como para negarse. No era la primera vez que compartían un beso y él siempre fue respetuoso, por eso sabía que no se propasaría.

Tragando saliva con nerviosismo, María se irguió para acercarse de nuevo a él, Guillermo recorrió sus rasgos con la mirada antes de acortar la distancia entre ellos hasta llegar a sus labios. María llevó una mano a su cuello para pasar el pulgar por su mandíbula mientras lo besaba despacio, como esas primeras veces que los movía la curiosidad y sintió de nuevo ese cosquilleo de anticipación. Por su parte, Guillermo no sintió lo que esperaba. Le parecía una sensación agradable porque era suave, jugosa y delicada, pero no sentía esa electricidad que debía adherirlo a ella. Buscó un poco más de profundidad en el beso para comprobar si era por falta de pasión, pero no despertó en él más que gratitud por ser una buena amiga.

Se apartó de ella despacio, sintiendo que algo dentro de él no estaba bien, frunció los labios al mirarla con la boca sonrojada por su bigote y acarició su mejilla con decepción hacia él mismo. María frunció el ceño al percibir el miedo en sus ojos y cogió su mano para entrelazar sus dedos sin entender nada porque, para ella, había sido un beso perfecto.

―¿Qué ocurre? ¿He hecho algo mal? ―preguntó confundida―. Podemos intentarlo otra vez.

―No es eso, María ―sonrió apretando su mano―. Yo soy el problema, no tú.

―No creo que tengas ningún problema, así que no digas eso.

―Si supieras lo que estoy pensando, no dirías eso.

―Dímelo y juzgaré por mí misma ―pidió buscando sus ojos―. No puede ser tan malo y…

Guillermo negó con la cabeza, se llevó su mano a los labios para besar el dorso y la soltó para recuperar su copa, la bebió de un trago y respiró hondo levantándose. María no entendía nada de lo que estaba pasando. Había sido un beso tierno y muy delicado hasta que se volvió pasional y la hizo estremecer. No entendía dónde estaba el problema y quería entenderle para poder ayudarle porque sabía que había algo profundo que le preocupaba.

―¿Estás disgustado porque no te he correspondido como esperabas? ―preguntó confundida―. Porque hace mucho tiempo que no me besa nadie y quizás ha sido culpa mía, pero podemos intentarlo otra vez.

―Ya te he dicho que no tiene nada que ver con eso.

María se levantó para acercarse a él, lo agarró del brazo para girarlo y mirarlo a los ojos, pero él la esquivaba, avergonzado, como si ver sus ojos fuese doloroso. Se acercó un poco más a él para abrazarlo, se puso de puntillas para llegar a su boca otra vez, pero escucharon pasos ir hacia allí y se apartó.

―Quiero que me lo cuentes, ¿de acuerdo? No puede ser tan malo como imaginas.

Guillermo se lo agradecía muchísimo, pero no se sentía con la confianza suficiente como para hablarle de eso a pesar de su amistad. Le dio un corto abrazo antes de soltarla y ambos se retiraron a sus habitaciones antes de que se hiciese más tarde.

Capítulo 4

María estuvo pendiente de Guillermo para intentar descubrir lo que le pasaba, pero él siempre tenía una excusa para no responder sus preguntas, aunque continuaba enviando cartas. Helena los observaba en la distancia, presintiendo que podrían estar teniendo un romance clandestino, a pesar de que sabía que su hermano no le haría algo así a María. Quería preguntar porque notaba a su hermano demasiado serio, pero eso llamaría la atención de su padre y era lo último que necesitaba.

Por eso, cuando en la comida familiar del domingo, Sofía anunció que Vera y sus padres les harían una visita la próxima semana, se hizo el silencio absoluto. Pedro miró a su esposa muy se

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