Prólogo
Esta es una historia de muertos que arden en mi memoria, la belleza esquiva y atroz de los difuntos, y la contó hace unos veinte años mi tía Blanca. Su relato era un entramado de enfermedades, exilios y desgracias que se remontaba a comienzos del siglo pasado y que ella iba desgranando con tono distanciado y casi ausente, como si nada la afectara. Fue durante una cena, y mientras la escuchaba lamenté que mi memoria no pudiera retenerlo enteramente.
Blanca estaba de visita, vivía en los Estados Unidos, así que apenas terminó el cuento le pedí que nos reuniéramos de nuevo. Volvimos a encontrarnos en la casa de uno de sus primos. Por esas cuestiones de la vida, mi madre y ella ya no guardaban parentesco político, pero se tenían afecto y quiso acompañarme. Como yo quería que el tono de la narración permaneciera en ese registro en apariencia despojado de todo sentimiento, le pedí que no mostrara emoción alguna mientras Blanca hablaba. Mi madre me lo prometió, y así fue durante cinco minutos. Al sexto, se le escapó un suspiro. La miré feo y se contuvo. Al minuto, un parpadeo compungido. Al siguiente, nuevo suspiro acompañado de brillo de lagrimales, y a la media hora, cuando promediaba el cuento, ya moqueaba y se secaba los ojos con pañuelitos de papel tisú.
Después merendamos y se habló de otra cosa.
Días más tarde escuché la grabación y supe que esa historia tenía que escribirse en el tono dominante de la voz de Blanca. Una voz que enseña que hay cosas que se dicen de verdad cuando se las cuenta como si no se las entendiera del todo. Ya no recuerdo qué agregué, corté, expandí o inventé. Cuando le pasé el borrador, Blanca me dijo: “Yo creí que ibas a contar la historia de mi padre y a vos te importó más el infeliz de mi cuñado”. Y me pidió, más bien me ordenó, que no publicara el libro mientras ella viviera. Le pregunté a qué temía y me dijo: “¿A quién va a ser?”. “Pero tía”, le dije, “tu cuñado vive en el desierto de Arizona. ¿Cómo se va a enterar?”. “Se va a enterar, se va a enterar. Vas a ver. Todo llega y todo se sabe”. Después agregó: “Prometeme que no vas a publicarlo mientras yo viva”. Y después: “Mientras vivamos mi marido y yo”.
Cumplí mi palabra. Cada tanto, en esa oscilación entre revelar y ocultar, iba agregando y quitando escenas, cambiando y reponiendo los nombres reales de los protagonistas a medida que morían. Pero Blanca no cedía. Cuando su cuñado falleció, creí que levantaría la interdicción. También había muerto su marido, así que ya no había que guardar lo escrito para protegerlos de la violencia de un cuñado de ultratumba. Blanca tenía más de noventa años, estaba medio sorda de un oído y vivía en una residencia para ancianos en Phoenix, frente a una ruta que por la noche cruzan los coyotes. La última vez que la llamé, me dijo (esto no hay que leerlo, hay que oírlo): “Dañi. Vos sos un escritor respetable. No podés publicar este libro. De ninguna manera. Este libro es una porquería. Por-que-rí-a. ¿Sabés lo que hice con este libro hace veinte días? Lo pasé por una picadora de papel. Todo. Entero. Listo. Y a las tiritas las tiré a la basura”.
Blanca murió. Su muerte no me libera del todo. Porque el libro está en tus manos, pero yo ya no cuento con ella.
1
Bernardo nació a principios del siglo pasado en Lanovetz o Krémenets, entre Ucrania y Polonia. Su madre, Betsabé, dio a luz once hijos. Sobrevivieron tres. Boaz, su padre, era un maestro que iba de pueblo en pueblo, enseñando los rituales de iniciación religiosa a los adolescentes.
Una noche, cuando Bernardo tenía trece años, a Boaz lo sorprendió una helada en medio del camino. Estuvo horas abrazado a su caballo, la nieve se filtró en su saco y cuando volvió a su casa tenía una fiebre muy alta y murió.
Bernardo quedó como único sostén de la familia: su madre, su hermana Miriam y su otra hermana, Esther, a quien pronto se la llevó el tifus. Sabía leer y escribir, así que se presentó en la estación. Los trenes pasaban por el pueblo llevando cargamentos de avena y arroz, y cuando los pesaban, él anotaba los kilos y entregaba las planillas a la administración.
Un día, de regreso a su casa, Bernardo se cayó del carro y las ruedas le pasaron por encima. La rueda izquierda le pasó por encima de una pierna y no le hizo mucho daño. La rueda derecha le pasó por la sien y le dejó terribles dolores de cabeza, pero no le cambió el carácter.
Bernardo decía:
—¿Qué? ¿Me duele? Sí. ¿Y? Me la tengo que aguantar. ¿Qué gano con quejarme?
Siempre fue así de tranquilo y bueno. A los noventa y cuatro años partió sin haber alzado nunca la voz.
Cansados de la amenaza de los cosacos, Betsabé, Bernardo y Miriam viajaron a la Argentina y se radicaron en el interior del país. Vivían en pleno campo, en medio de una provincia seca y pobre: Santiago del Estero. Unos meses más tarde llegaron de Europa otros parientes, entre los que estaba Sofía, una prima con la que Bernardo se casó. Al año nació Blanca, una criatura hermosa. Miriam sentía devoción por la sobrina. Jugaba con ella, le cambiaba los pañales y quería cargarla en brazos todo el tiempo. Bernardo se dio cuenta de que su hermana ya estaba con ganas de tener una familia y le encontró un candidato, que venía de la misma zona de Europa que ellos: Miguel era un hombre de pocas palabras que había tenido un matrimonio con una mujer que terminó internada en un hospital de enfermedades nerviosas. Se casaron pero no se llevaban bien y Miriam nunca le perdonó a Bernardo que la hubiera entregado al primer hombre que encontró. Su hermano le decía que ya había cumplido veintitrés años y que a esa edad una mujer o se casaba o quedaba soltera para siempre. Igual, el rencor dura más que el buen criterio y cuando le llegó la hora Miriam pidió que la enterraran abrazada a Betsabé, su madre. A Miguel ni lo mencionó.
En el campo todo se hacía muy difícil: las cosechas se perdían por la sequía y a veces ni había agua para tomar. Las dos familias vivían juntas en una choza. Bernardo dormía con una pistola bajo la almohada por miedo a que los asaltaran. Decidieron viajar a la ciudad. Ahí, unas relaciones que tenía Bernardo le ofrecieron llevar mercadería, venderla a domicilio y en cuotas mensuales. Bernardo aceptó, pero cada vez que iba a cobrar las cuotas, las mujeres no tenían plata. Y a él le molestaba vender por dos pesos lo que le había costado uno.
Bernardo decía:
—¿Los pobres están que se mueren de hambre y yo voy a pedirles que me paguen lo que me deben? ¿Qué soy, un explotador, yo?
El mundo era injusto, los ricos eran demasiado ricos y los pobres demasiado pobres: eso había que arreglarlo de alguna manera. Bernardo y Miguel a veces salían de noche a cortar los cables del alumbrado público porque en una reunión política conocieron a un hombre del Partido (lo llamaban el Ruso Hachao por un cuchillazo que le cruzaba la cara).
El Ruso Hachao decía:
—¿Qué hay que hacer? ¿Peleamos o nos quedamos cruzados de brazos? Si nos quedamos cruzados de brazos, no cambia nada.
Después se fue a pelear por sus ideas más al norte, en zonas de fronteras. Estuvo un tiempo en la selva, perdido entre los monos y escapando de la picadura de las víboras, hasta que en una emboscada el ejército brasileño le metió cuarenta y ocho tiros. Le apuntaban a la cara, a la cicatriz, aunque las balas le entraron por todos lados. Destrozado como estaba lo enlazaron y lo llevaron a la rastra, atado a la montura del caballo. Los pedazos que le quedaban se iban desprendiendo y al resto lo dejaron tirado a la entrada de un pueblo, para que la gente lo viera.
El Ruso Hachao no tenía familia, ni mujer ni hijos, así que nadie lo buscó.
Durante uno de esos cortes de cables, a Bernardo y Miguel los reconoció un policía. Los miró y no dijo nada. Pero por las dudas Bernardo se fue a Buenos Aires con Sofía, Blanca y su madre, Betsabé, y Miguel y Miriam fueron a La Banda, otro pueblo de Santiago, donde nació el primero de los hijos del matrimonio: Saúl.
En La Banda, Miguel puso un despacho de pan, pero como el negocio no anduvo pasaron a Tucumán, donde nació el segundo de los hijos, Alberto. En Tucumán, Miguel se ocupaba de instalar vidrios en casas y negocios. Andaba por las calles voceando:
—Vidriero, se arreglan ventanas y vidrios rotos. Arreglo garantizado. Buen precio.
Con un amigo compraron un carro y lo llenaron de sillas y mesas de esterilla que vendían por las calles y en un mercado. Las sillas y mesas eran de calidad, pero a la gente no terminaban de convencerla. Como ese comercio tampoco anduvo Bernardo los mandó a llamar.
En Buenos Aires nació el tercero de los hijos de Miriam y Miguel, Isaac.
Bernardo arreglaba colchones. Se cargaba a la espalda una máquina cardadora, salía a la calle y llamaba:
—Colchonero. Se cardan colchones, colchonero.
Su cintura no aguantó. Durante un tiempo fue lustrador de muebles y carpintero. Tampoco anduvo bien, y empezó con el reparto de leche en jarra. El caballo conocía el recorrido y paraba el carro ante las puertas de los clientes; Bernardo aprovechaba esas horas para leer el periódico del Partido. Su patrón bromeaba con él diciendo que discutía conceptos políticos con el caballo:
—Vos hablás y hablás, pero el animal se queda con la última palabra.
Aunque el trabajo era un poco aburrido, Bernardo no se podía quejar. Lo más pesado era subir los tarros de leche al carro: el caballo andaba y lo único que tenía que hacer él era llamar a las vecinas para que salieran de las casas y ahí servirles la medida de leche.
Una medida, un litro. Dos medi
