¿Qué diablos nos pasó?

Jaime Durán Barba
Santiago Nieto

Fragmento

Introducción

Introducción

Vivimos la etapa de mayores cambios de la historia de la humanidad. Aunque físicamente no hemos evolucionado demasiado, el mundo imaginado que creamos a partir de la revolución cognitiva evoluciona a una velocidad vertiginosa. Somos la única especie que habita, la mayor parte del tiempo, en un mundo paralelo al físico, en el que se encuentran los demás seres vivos.

No solo influimos en nuestro entorno, sino que hemos acelerado nuestra propia evolución a una velocidad que, con la revolución tecnológica, crece de manera exponencial. Durante decenas de milenios lo hicimos de forma instintiva, pero hemos creado las herramientas necesarias para actuar con plena intencionalidad.

Fuimos asumiendo el rol de dioses creadores y todo indica que, en este siglo, produciremos cambios de tal magnitud que reordenaremos el mundo inteligente.

De hecho, la mayoría de los entes con los que nos relacionamos existen solo porque los humanos les damos un sentido, son nuestras invenciones. Si especuláramos con que nuestra especie desapareciera, toda la realidad que nos rodea colapsaría: la computadora con la que escribimos este libro no se encendería nunca más y las ciudades —con sus trenes, aviones y barcos— desaparecerían junto con todo lo que acostumbramos a usar. Los billetes y los periódicos no serían más que pedazos de papel manchado sin interés para ninguno de los seres que quedarían vivos.

Las demás especies seguirían habitando la realidad en la que vivieron desde hace millones de años. Cuando una de ellas se extingue, el impacto es mínimo; cada mes desaparecen varias especies sin que ni siquiera lo percibamos. Por el contrario, aunque se esfumaran todos los chimpancés —nuestros parientes más cercanos—, la Bolsa de Nueva York seguiría funcionando, la NASA continuaría explorando el espacio y nuestra expectativa de vida seguiría creciendo.

Hace unos cuarenta mil años se produjo la revolución cognitiva, con la que iniciamos un proceso de innovación del que hemos sido poco conscientes. Al igual que otras especies humanas, que existían en ese entonces, teníamos dificultades para formar grupos de más de cien ejemplares. Como ellas, habíamos controlado el fuego, el cual —además de otras ventajas— nos convocó a reunirnos diariamente y a comunicarnos de manera cada vez más sofisticada. Desde entonces, nuestra evolución dependió siempre del desarrollo de la tecnología y de la comunicación.

Fue precisamente al calor de las fogatas donde los Sapiens gestaron la revolución cognitiva. Solo cuando inventaron la existencia de seres sobrenaturales pudieron conformar los grandes grupos con los que sometieron a los demás seres vivos. Como dice Hermann Hesse en Demian: “Creamos dioses, luchamos con ellos y ellos nos bendicen”.

Al formar grupos más numerosos, tuvimos que desarrollar un lenguaje más complejo para intercambiar información —chismear— sobre otros humanos con los que no era posible mantener la cercanía de antes. A partir de ese momento, iniciamos un camino que culmina, por ahora, en la inteligencia artificial. Dejamos de evolucionar adecuándonos a las circunstancias naturales para participar activamente de nuestro propio rediseño, terminando por crear una realidad virtual que, actualmente, algunos temen que sea capaz de independizarse.

Para comprender el fenómeno, analicemos un ejemplo: cuando terminó la Era del Hielo, el nivel del mar subió 120 metros, transformando la geografía de todo el mundo. Las llanuras que conectaban las actuales islas británicas con Europa, así como el puente de Beringia entre Asia y América, quedaron sepultados bajo el agua. Muchos seres humanos, sin información para comprender el fenómeno de la glaciación, creamos el mito del Diluvio Universal porque solo podíamos imaginar que esa enorme cantidad de agua procedía de una lluvia torrencial.

Pero nuestra mezcla de mitos y avances técnicos nos hizo reaccionar activamente ante la hecatombe y acelerar nuestra evolución. Respondimos produciendo la Revolución Agrícola: descubrimos la semilla, domesticamos animales, mejoramos nuestra dieta, fundamos ciudades y formamos culturas. Mientras tanto, los otros seres vivos —incluidos los grandes simios— se limitaron a adaptarse para vivir de la misma manera, ocupando las nuevas masas de tierra. Nosotros dimos un salto en nuestra vida, ellos continuaron con su lento desarrollo biológico.

A lo largo de los últimos milenios, los inventos y descubrimientos han puesto en nuestras manos un arsenal creciente de herramientas que cambiaron nuestra vida. Se generó un círculo virtuoso: cuanto más progresábamos, nuestro cerebro mejoraba, permitiéndole producir nuevos avances tecnológicos que potenciaban más su posibilidad de evolucionar.

En el siglo XVII la Ilustración produjo un cambio radical que reformateó el cerebro de los seres humanos. El libro impuso un modelo lógico a nuestra forma de entender el mundo. Se produjo la Primera Revolución Industrial, con la que inventamos máquinas que podían moverse a nuestra voluntad mediante el vapor, sea cual sea la estación, la hora o las condiciones meteorológicas.

Se crearon las instituciones políticas que nos rigen y se consolidó un modelo de comunicación dependiente en gran parte de la imprenta. Los cambios de la Ilustración han durado unos pocos siglos, pero algunos cometen el error de creer que son naturales y propios del ser humano como tal. La democracia y la división de poderes no son una constante histórica, sino una excepción revolucionaria instalada hace pocos años. No existieron antes, y tampoco han estado vigentes en buena parte de la Tierra actual, en las que hay culturas que conservan otros modelos de poder.

En los últimos años aparecieron las computadoras, que son el equivalente de la máquina de vapor de la Tercera Revolución Industrial, y la internet, el nuevo ferrocarril. Casi superpuestos, se desarrollaron elementos como la impresión 4D, la internet de las cosas, la robótica, la computación cuántica y la inteligencia artificial, que marcan la llegada de la “singularidad”: la transformación de nuestra especie como la concebíamos.

Algunos miembros de la elite siguen preguntándose cómo dar nueva vida a los partidos e ideologías, cómo educar a las nuevas generaciones para que lean programas políticos y escuchen discursos, o qué hacer para que lean En busca del tiempo perdido en vez de conectarse con TikTok. Esas inquietudes no están en la conversación de la inmensa mayoría de la población, que lo que hace es averiguar cuál es el último modelo de celular y cómo manejar la inteligencia artificial para crear algo o simplemente para jugar. Una gran mayoría de los menores de cuarenta años no leyó, ni leerá nunca, las obras completas de Lenin, ni los textos de Max Weber o de Trotsky. La edad de las ideologías acabó a fines del siglo pasado y nada de lo que parecía importante en la política de ese entonces figura en la conversación cotidiana de la gente común.

Este libro surge de la constatación constante, en el mundo real, de cómo las instituciones de la democracia representativa funcionan mal y han perdido la aceptación mayoritaria de la que gozaban hasta hace poco. El fenómeno no es nacional, se produce en todos los países, normalmente ganan las elecciones los candidatos que más llaman la atención y no los que poseen un discurso formal; los que no tenían ningún chance; los que no cuentan con apoyo de las viejas estructuras partidarias. El apego de la gente común y de los líderes a las instituciones es muy débil.

Las actitudes de las personas cambiaron no solo en la política, sino en todas las actividades de la vida. Así como la sociedad tradicional de los gremios y la solidaridad desapareció con la Revolución Industrial, hoy todo lo que vivimos se ha transformado por el crecimiento y desarrollo de la sociedad digital.

Nuestro tema central es comprender cómo se puede hacer política en la era de la inteligencia artificial. Ya no mueve a la gente el discurso ideológico, nadie lee programas de gobierno, ni folletos ideológicos, el aparato parece poco útil cuando hay candidatos que ganan las elecciones sin pisar físicamente los territorios.

No se trata solo de contratar a un publicista para que haga más moderno el logo del partido. Tampoco de explicar los fenómenos electorales simplemente porque se grita y se insulta. Si eso fuera así, insultadores seriales que son detestados de manera generalizada habrían sido líderes populares.

Se necesita una reflexión más profunda. Necesitamos, ante todo, conocer cómo surgió el orden político en que vivimos, cuánto puede durar y cuál es su futuro. Están equivocados quienes creen que esta crisis es pasajera y que un péndulo nos volverá al pasado, logrando que en unos años la gente deje la internet por el Kempis. Ese tipo de libro está tan lejano del scroll infinito que invadió nuestra vida cotidiana, como las tablillas cuneiformes de Mesopotamia.

En el capítulo primero hacemos una revisión somera de lo que ocurrió con nuestra especie en los dos últimos millones de años, desde nuestra aparición hasta la Ilustración. No pretendemos escribir un resumen de la historia de la humanidad, sino mencionar hitos que marcaron el desarrollo tecnológico y la evolución de nuestro cerebro. No buscamos encontrar a buenos y malos, lejos de escribir una “historia políticamente correcta”, narramos hechos que nos permiten comprender la relación de la evolución de la tecnología con la de nuestra especie.

En esto tiene especial importancia el mundo imaginado, que se convirtió en el centro de la realidad. Mientras los demás seres vivos siguieron evolucionando a los ritmos de la evolución natural, nosotros fabricamos un mundo que existe solamente en la relación entre nuestras mentes. Si millones de personas creen que el Apóstol Santiago está en Compostela, eso es una realidad que moviliza a millones de personas e impacta en la sociedad global. Si solo una persona imagina en el campo a un jinete sobre un caballo blanco matando moros, le mandan al sicólogo y no pasa nada.

Hemos sido seres sociales que dependían de la comunidad para construir una realidad donde siempre existieron misterios, fantasmas y milagros. La imaginación nos permitió realizar la Revolución Agrícola, crear religiones, inventar la escritura, formar imperios y conocer el conjunto del mundo. Con este recorrido pretendemos comprender cómo aprehendíamos la realidad y qué sentido hemos dado a las cosas hasta la Ilustración.

El capítulo dos se llama “La Galaxia Gutenberg”, tomando el nombre del texto de Marshall McLuhan que estudia los cambios provocados en la sociedad y en la mente humana por la imprenta, que hicieron posible la Revolución Industrial y el tránsito a la Era Moderna.

El libro formateó nuestra cabeza con una lógica que suponía orden, principio y fin, capítulos y líneas racionales. Con la Revolución Industrial se desmoronó la sociedad tradicional y se produjeron bienes y servicios en cantidades nunca antes vistas. Aparecieron pensadores preocupados por la igualdad, otros por la eficiencia y la producción. Las ideologías surgieron como nuevas religiones cívicas que enfrentaron a distintos grupos de seres humanos. Durante el siglo XX provocaron enormes guerras y masacres; gran parte del mundo terminó gobernado por partidos comunistas que abolieron la propiedad privada. La guerra de las ideologías terminó en 1990 con el derrumbe del socialismo real y de la economía centralmente planificada. Empezamos el capítulo hablando del gran protagonista de este cambio: el libro.

¡El tercer capítulo se llama “¿Qué nos pasó?”! Desde hace algunas décadas, mientras tenía lugar la guerra de las ideologías, que empezó con la revolución soviética y terminó con la caída del Muro de Berlín, se desarrolló la revolución del conocimiento a la sombra del desarrollo de las ciencias. Explicamos someramente cuáles son las herramientas de la revolución tecnológica que han cambiado y siguen cambiando nuestra sociedad y a nosotros mismos. Hablamos de las características de la sociedad que surgió, mencionando los cambios que se dieron especialmente en el área del trabajo, la educación y la salud.

Hacemos también mención a los temores que suscitan estos cambios, especialmente la inteligencia artificial. Los grandes cambios tecnológicos siempre suscitaron temores, algunos los sintieron como síntomas de la llegada del Apocalipsis, pero lo que ocurrió es que evolucionamos hacia mejores formas de vida.

El cuarto capítulo se llama “La Galaxia Internet”, tomando un concepto desarrollado por Manuel Castells. Empezamos observando cómo la Revolución de Mayo de 1968, el rock y el hippismo corroyeron las verdades únicas de las ideologías. Las siglas PC, que durante décadas se refirieron al Partido Comunista, pasaron a significar Personal Computer, un nuevo huésped que reordenó nuestra casa y nuestra vida.

Las computadoras, internet, la datificación de la realidad y la inteligencia artificial cambiaron todo, imprimiendo una velocidad vertiginosa a la transformación de las cosas y de nuestra mente. Actualmente, cada año, evolucionamos más que en los dos primeros millones de años de existencia de nuestro género.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos