INTRODUCCIÓN
Para explicarte qué es OBMO y cómo llegué a entender el poderoso estado de obmoción, debo contarte un poco sobre mis inicios laborales.
Soy un psicólogo rebelde. Desde los primeros semestres de la universidad me rebelé contra la psicología. Si bien soy un enamorado del comportamiento humano, nunca me identifiqué con las aplicaciones tradicionales que se le daban a este conocimiento. Consideraba que la mente humana era tan amplia que no podía limitarse a la práctica clínica u organizacional, quehaceres que se robaban el gran protagonismo.
Dicha rebeldía me impulsó a explorar la psicología en diferentes ámbitos como el teatro y la innovación; a salirme del molde y pensar diferente. Toda esa curiosidad inevitablemente me llevó a emprender. En el último semestre de la universidad, durante una materia de psicología organizacional, una profesora nos habló del teletrabajo —entendido en ese momento como el trabajo en casa— y nos lo presentó como una importante alternativa para revolucionar la forma en la que experimentamos los lugares de trabajo.
Los modelos tradicionales de trabajo no son ideales: son contaminantes, desgastantes —al obligar a los empleados a recorrer largas distancias— y, como si fuera poco, hacen que las personas estén rodeadas de las mismas personas durante años, provocando que el conocimiento se encapsule en un aislamiento incesante (ingenieros rodeados de ingenieros, diseñadores rodeados de diseñadores, abogados rodeados de abogados, etc.). Sin embargo, había algo que no me olía bien con plantear que la solución fuera el trabajo en casa.
Como verás en el transcurso de la lectura, me gusta aproximarme al cerebro desde su evolución; soy un gran convencido de que muchas de las explicaciones a los comportamientos humanos de hoy se encuentran en el entendimiento de miles de años de evolución. Y aquello que no me olía bien partía del hecho de entender que nuestro cerebro sigue en la selva. Tu cerebro y el mío no han caído en la cuenta de que estamos en ambientes civilizados, porque la civilización acaba de aparecer, en términos evolutivos; es mucho más extenso el tiempo que llevan los cerebros evolucionando en contextos primitivos y salvajes que el que llevamos con las condiciones mayormente “dominadas”.
Es decir que nuestros cerebros siguen inmersos en esa película primitiva, haciendo que lo que se entiende como “trabajo” sea percibido como una actividad muy riesgosa. Trabajar era, sobre todo, cazar y recolectar, y ejecutar dichas labores implicaba salir, exponerte tal vez a ser cazado por otro depredador, o, no menos peor, hacerlo mal y postularte a ser expulsado de tu pequeño grupo, siendo este el peor castigo de todos. Así pues, trabajar era prácticamente morir.
En cambio, el hogar era la caverna: ese lugar calientito y seguro que dejaba todos los peligros por fuera, donde el cuerpo entraba en un reposo necesario y reparador. Para el cerebro era (y sigue siendo) muy clara la diferencia entre la caverna y la selva, y necesita esta diferencia para poder equilibrar sus funciones.
Ahora bien, si miles de años después nos inventamos algo como el trabajo en casa, ¿qué podemos esperar? Para mí era algo como la selva en la caverna, y eso era lo que no terminaba de encajar, por lo menos en ese momento.
Entonces, si no eran los hogares la mejor alternativa para transformar las dinámicas de trabajo, ¿cuál era un punto intermedio? Justo ahí empecé a visualizar, junto con otros dos socios, la posibilidad de crear unos hábitats cerca de las zonas residenciales; unas atmósferas de trabajo que les permitieran a las personas dejar de recorrer largas distancias y, al mismo tiempo, respetar sus casas como lo que deberían ser: sus cavernas.
Toda esta búsqueda nos llevó a entender el modelo de coworking spaces, que, si bien eran una buena alternativa, no terminaban de generar lo que nosotros nos soñábamos: espacios dinámicos, distribuidos por toda la ciudad, integrados y con alta diversidad de profesionales. Y así nació NEWO (www.newo.co), una plataforma de espacios de trabajo en Medellín, con la que, además de brindar funcionalidad en el día a día, empezamos a conectar personas de todo tipo: abogados con psicólogos, youtubers con altos ejecutivos, diseñadores de moda con cocineros, generando así una diversidad espectacular, motivando nuevas ideas, nuevos negocios y una magia muy poco explorada en la convergencia de personas de conocimientos tan distintos.
Y te doy este contexto porque fueron todas las posibilidades que esta iniciativa me brindó lo que permite que hoy pueda hablarte de un concepto como la obmoción.
Todo empezó cuando tomé la decisión de conocer a los primeros mil usuarios de NEWO. Inicialmente, este impulso tenía una intención comercial (todos sabemos la importancia de conocer a tu cliente), pero muy pronto se convirtió en un gran laboratorio de personas.
Imagina, como psicólogo, poder conocer en un corto periodo a más de mil personas de universos tan diversos: fue una oportunidad única, a través de la cual pude acceder a mucha información. Y una de las cosas que más me llamó la atención fue que, de esas personas que conocí, pocas —muy pocas— eran capaces de convertir en realidad lo que tenían en mente.
En ese primer café me contaron sobre sus aspiraciones, sus sueños, sus proyecciones. Me volví testigo de los aconteceres de dichos sueños, pues NEWO me permitía encontrarme con ellos seis meses o un año después de nuestra primera charla y preguntarles cómo iban con sus proyectos, y, una vez más, quedé sorprendido con la frustración que hallaba en sus respuestas.
Casi todos mostraban la misma dinámica: se la pasaban apagando incendios en el día a día; sentían que hacían y hacían y hacían cosas para tratar de mantener el bote a flote, atendiendo lo urgente, y nunca les sobraba energía para lo importante. En otras palabras, eran personas muy pasivorreactivas, y eso hacía que la tasa de mortalidad de lo que proyectaban fuera muy alta, generando fuertes sensaciones de impotencia.
Lo anterior me dolió mucho. Imagina crear una plataforma como NEWO, que, en el fondo, tiene la intención de facilitar el cumplimiento de metas, objetivos y sueños, y encontrarse con una población bloqueada y frustrada, que no puede encaminarse con contundencia hacia sus inspiraciones, y se queda, por el contrario, gastando toda su energía en las amenazas que el día a día nos regala: el jefe, el cliente urgente, la fecha límite de algo, el pago de su tarjeta de crédito, entre otras.
Pero no todas las personas que conocí en NEWO eran así. De las mil que exploré, unas pocas —no más de cincuenta— tenían una lógica distinta. Eran personas que materializaban lo que se imaginaban, que ejecutaban sus ideas y se cumplían a sí mismas. Encontraban la forma de negociar energía con sus cerebros para dirigirla hacia sus proyecciones, lo que les permitía crear realidades y superar la lógica pasivorreactiva en la que la gran mayoría prevalecía. Estas escasas personas vivían en un estado proactivo que los llevaba a transformarse rápidamente.
Lo anterior despertó en mí no solo una curiosidad desbordante por entender sus mentes, sino también una urgencia de aprender de ellos su forma de pensar para aumentar así la tasa de vitalidad de los sueños de las personas bloqueadas, entre las cuales me sentía incluido.
Empecé a tener una serie de reuniones individuales con cada uno de ellos para entrar en la intimidad de sus mentes y buscar diferenciales, señales y claves que me dieran una luz sobre la naturaleza de su proactividad, tan escasa e importante en la sociedad actual.
Resulta que, al cabo de varias sesiones, descubrí un patrón. Fue tan evidente que decidí contrastarlo con la mentalidad de personajes históricos y me animé a estudiar la vida de personajes como Alejandro Magno, Nikola Tesla, Marie Curie, Steve Jobs, Michael Jordan, la madre Teresa de Calcuta, Elon Musk, Cristiano Ronaldo, entre otros. Y leyendo las biografías de estos científicos, conquistadores, deportistas y empresarios, encontré el mismo patrón que en las personas que conocí en NEWO.
Te confieso que este descubrimiento me sorprendió; incluso me llevó a resistirme un poco. Lo digo porque este patrón evidente e inevitable era, ni más ni menos, las obsesiones, que han sido consideradas tradicionalmente como una patología, un trastorno. Desde un abordaje clínico, las definiciones más relevantes de obsesión están adornadas por declaraciones como pensamientos e impulsos no deseados, intrusiones, estados disfuncionales asociados a ansiedad, angustia y miedo. La Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA, por su sigla en inglés) a través de su Manual Diagnóstico DSM5 las define bajo dos características fundamentales: intrusividad y malestar.
Entonces, ¿cómo puede una aparente “enfermedad mental” ser la clave para cumplir nuestros grandes objetivos, nuestros más añorados sueños? ¿No son las obsesiones un estado negativo?
Este hallazgo me sumergió en una curiosidad y una búsqueda profunda en la que me he embarcado los últimos años, tratando de entender las obsesiones, aprendiendo a evocarlas y, sobre todo, comprendiendo cómo se pueden utilizar de manera equil
