El dulce poder.

La Silla Vacía

Fragmento

Introducción

Uno puede decir lo que quiera en Bogotá, pero la política, la verdadera política electoral, no se hace en el altiplano, se hace en la tierra caliente, que constituye la mayor parte de Colombia. Es en los pueblos, al calor de una banda desafinada, de carne adobada con achiote, de mazorcas asadas, de aguardiente y de cerveza Póker, donde se define la representación política, el ADN de eso que llamamos democracia.

Hace unos años, un congresista de los buenos, quizás de los mejores, me invitó un día a verlo en campaña para que entendiera cómo es que se hace política en Colombia.

En la legislatura inmediatamente anterior a nuestro encuentro, este político había logrado meter algunos artículos fundamentales en leyes que les traerían beneficios económicos concretos a segmentos vulnerables de la población, y él estaba muy orgulloso de eso, aunque ningún medio hubiera escrito sobre el tema. Pero aprobar leyes es solo una fracción de lo que hace un político como él. El resto del tiempo, él ‘hace’ política.

En ese fin de semana, como todos, este congresista salió de campaña, porque aunque no aspiraba a ningún cargo en esas elecciones locales, sabía que su reelección dependía en gran parte de lo que les sucediera a ‘sus’ alcaldes.

Suyos en el sentido de que le debían un favor (el puesto), y en política nadie es más confiable que alguien que debe favores. Alguien decía que el problema de Antanas Mockus es que no era confiable porque no le debía favores a nadie. “En la política lo que importan son los amigos”, me dijo varias veces este político, y la mejor forma de hacerlos, o por lo menos de conservarlos, es haciendo favores.

¿Qué tipo de favores hacía este congresista? Muchos. Los más frecuentes (y baratos) eran los de intermediación. Llamar al Ministro para recordarle o convencerlo de que tal carretera era una prioridad; garantizar que tal municipio quedara incluido en el plan de aguas; recomendar al hijo de no sé quién para tal puesto; conseguir que la EPS pública atendiera a tal paciente.

Hay otros favores más costosos, que no son solo apreciados, sino esperados. En esas elecciones, por ejemplo, sus alcaldes esperaban que él los ayudara a financiar su campaña. Y él lo hizo. No necesariamente porque los apreciara mucho, o pensara que serían los mejores representantes de su pueblo. Lo hacía porque era una forma barata de financiar su reelección en el Senado. Era un pago anticipado con descuento.

Él, que no era todavía un cacique, calculaba que reelegirse en el Senado le podría costar entre 1.500 y 2.000 millones de pesos, y que le costaría 4 o 5 mil millones si no tuviera estructura política. (Todos sabemos que los topes son un chiste). Pero él era respetuoso de la ley, y el tope para una campaña al Senado el año en que fue elegido fue de 531 millones. Por eso, tenía que maximizar la inversión antes de que comenzaran a operar los límites legales, y ninguna es mejor que tener alcaldes ‘propios’. Darle entre tres y cinco millones de pesos a cada uno de los diez alcaldes garantizaba su lealtad (y entre dos mil y cuatro mil votos de cada uno, dependiendo del municipio), y sobre todo, que no se la debieran a alguien más.

Este político temía que su aliado local quisiera competirle en las siguientes elecciones. Se había enterado de ciertos acercamientos que había tenido con algunos de ‘sus’ líderes, y por eso sentía que no podía ahorrar en las elecciones. Recuperar a un líder es más costoso que mantenerlo. Y ellos siempre están en el mercado.

Una de esas líderes nos acompañó en la gira de ese sábado. Era una mujer pequeña y simpática, que transpiraba fervor político. Llegó con una camisa marcada con el nombre del senador. La acompañaba otro líder, este un poco más viejo y un poco más desencantado con la política.

Creía que el congresista se equivocaba al ser tan fiel a sus aliados políticos. Le insistió en que le iría mejor si montaba rancho aparte. El senador ya había considerado todas las opciones, pero optó por hacer un chiste y cambiar de tema.

En el carro me dio la explicación: era sencilla, lógica y humana, como casi todos los asuntos en la política: si el senador tenía su propio grupo político, el líder tendría más juego, sería más importante y podría abrirles espacio a otros líderes locales. Pero el congresista no quería hacerlo porque el esfuerzo sería descomunal. Era mejor seguir en el equipo político mayoritario de la región en la cual él trabajaba, ayudando a financiar los alcaldes. Además, un trabajo de llanero solitario era imposible.

Este político era joven y tenía plata propia. Pero igual, la maquinaria es un monstruo voraz. Por eso, me dijo, estaba pensando en crear una fundación y comenzar a recoger donaciones desde ese instante para financiar las campañas de sus alcaldes y la suya propia. Le daba miedo tener que pedirles a las grandes empresas y corporaciones, muchas veces asociadas con los grandes grupos económicos. Pero si no era a ellas, ¿a quién?

Le pregunté cómo hacían los que no llegaban ya con plata a la política. Él no me respondió. Lo hizo su asistente. Me contó que el Instituto Nacional de Concesiones (Inco), actual Agencia Nacional de Infraestructura, por ejemplo, había tenido tradicionalmente unos ‘cupos’ para ciertos senadores (algo que luego Juan Manuel Santos hizo extensivo a varias entidades con los famosos cupos indicativos). Esto les daba derecho a los senadores a incidir para que se hicieran ciertas carreteras, y sobre todo con ciertos contratistas. Los contratistas, una vez obtienen el contrato y el anticipo, le dan un porcentaje, el 3 o 4 %, al respectivo senador. Y así se repite con los contratos públicos en las demás entidades. Este es el aceite que mantiene la máquina funcionando. Este senador, sin embargo, no se beneficiaba de ningún cupo en ninguna parte, me aseguró su asistente.

La plata es solo una variable de la ecuación (un político curtido me decía que es el 50 % de la ecuación). Hacer presencia, estar físicamente donde se necesita, es igual de importante. El objetivo de la gira de ese sábado era ser visto y hacer visible al candidato del senador.

Fuimos en tres camionetas a un pueblo que quedaba a una hora de distancia. Inicialmente pienso que los dos ‘líderes’ que nos acompañan cumplirán una función específica en el pueblo que vamos a visitar, pero el político me dice que su rol es ‘hacer bulto’. La importancia de un político está determinada por el tamaño de la corte que lo sigue. Nada más triste que un político solo.

Por eso es que los hombres que quieren parecer importantes (casi siempre son hombres), suelen ser seguidos por un séquito de asistentes, que parecen atropellarse unos con otros para seguirle el paso al jefe, que quizá por eso, o quizá no solo por eso, siempre es el que brilla. Sus asistentes siempre son anodinos, su función es realzar la figura del político. Y también ir convirtiendo los deseos de los otros en promesas cumplidas que posiblemente se convertirán en votos.

Dicho y hecho. Llegamos al pueblo y comenzamos a caminar y la gente a mirarnos. El político se coge del brazo de su bella esposa y saca pecho como un pavo.

El recorrido dura menos de 500 metros. Recorrerlos de ida y vuelta nos toma unas buenas dos horas a pleno rayo de sol. El político va dándole la mano a todo aquel que se molesta en mirarlo. Eso toma tiempo. Lo que más lo retrasa son los hombres que literalmente se le cuelgan del cuello al político. Es cierto que están borrachos, pero es más que eso. La política es física. Y es de machos, pero de machos que se tocan. El que no aguante el contacto, que se dedique a otra cosa. Los políticos locales juntan sus panzas con la del político y la del otro candidato, que ya son grandes y crecen cada día, porque después de cada abrazo viene un guaro y otro más. Nadie quiere ofender diciendo que ya ha tomado lo suficiente.

En la esquina del pueblo nos espera una banda, que se prende cuando el político se encuentra con su candidato a la Alcaldía. Acuerdan que recorrerán el pueblo con la banda detrás tocando; si la comitiva no es suficiente para llamar la atención de los campesinos que ya para la una de la tarde están bastante ebrios, las cornetas estallando en sus oídos lo lograrán.

Cuando finalmente llegamos a nuestro destino, que es la plaza de toros, el senador y su candidato se reúnen con otros aspirantes del partido al Concejo y la Asamblea. Todos quieren algo del congresista: unos quieren acusar al contrincante que perdió la consulta; otros quieren quejarse de una componenda que hizo el gobernador para retirarles su apoyo a unos candidatos al Concejo a cambio de que otro partido le apoyara a su sucesor; otros quieren que vuelva a una reunión la próxima semana. Es un círculo cerrado el que lo rodea y yo solo puedo oír algunas de las peticiones.

Pero un señor que claramente no pertenece a ese círculo logra hacerse piches y acceder hasta el político. El círculo se abre y el hombrecito —mide la mitad de lo que el senador— le comienza a decir un secreto al oído, como una confesión vergonzosa delante de los otros que por un segundo callan y miran al piso. El político lo remite a su asistente y le hace una seña. El asistente saca la billetera y le da 20 mil pesos.

El asistente es el que maneja la billetera porque no es extraño que la gente le pida plata al político: una solicitud frecuente no es solo que le consiga una cita en el hospital o con la EPS, sino que le dé plata para la consulta de una hija, un sobrino o un papá anciano (cuando finalmente se la consiga el político). El político casi siempre da menos de lo que le piden, pero siempre da.

La

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos