La historia de las guerras

Rafael Pardo Rueda

Fragmento

INTRODUCCIÓN
CONOCER LA GUERRA PARA CONSEGUIR LA PAZ

Las guerras no empiezan por casualidad. Ocurren, en general, por profundas razones sociales, políticas o económicas, y usualmente tampoco se acaban solas. B. H. Lidell Hart, estudioso británico de temas militares, enfatizaba en la necesidad de estudiar la guerra como fenómeno social, pues “parece ser vista como una alteración de la naturaleza similar a un terremoto más que como una enfermedad que podría ser prevenida, y sus peligros, al menos, podrían ser controlados con tratamiento científico”.

En esta segunda edición, este estudio contiene dos partes precedidas de un prefacio. Este trata de las distintas concepciones teóricas que hay sobre el papel de la guerra y sobre sus justificaciones dentro de una sociedad. La primera parte recorre la historia de la guerra en Colombia a partir del siglo XIX. Cómo fue la constitución de la República de Colombia, que nació con una guerra de independencia que se extendió durante quince años y cubrió todas las provincias que componen el territorio nacional. En su tope de movilización, la guerra tuvo en filas a un hombre de cada cuatro familias. Posteriormente, la naciente República tuvo nueve guerras civiles generalizadas de alcance nacional. La separación en 1830 de los tres países que conformaban la Gran Colombia generó una anarquía extendida que puede clasificarse como la primera contienda civil en el nacimiento de la República. La Guerra de los Supremos, entre 1840 y 1841, enfrentó a los partidarios del general Santander, bajo el mando del general José María Obando, contra el Gobierno de José Ignacio de Márquez, que reunió de su lado a los partidarios del libertador Simón Bolívar. La guerra de 1851 opuso a los conservadores contra el régimen liberal de José Hilario López. La cuarta contienda fue contra la dictadura del general José María Melo en 1854. La única revolución triunfante en la historia colombiana fue la encabezada por el general Tomás Cipriano de Mosquera en 1860-61 contra el Gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez. La guerra de 1876-77 fue de los conservadores contra el Gobierno liberal radical. La de 1885, que determinó el fin del radicalismo y el nacimiento de la actual República de Colombia, fue de los liberales radicales contra el presidente Rafael Núñez. La de 1895 fue de los liberales contra el Gobierno conservador. Finalmente, la de 1899 a 1902, llamada de los Mil Días, fue también de los liberales contra el Gobierno conservador.

Pero, además, el país tuvo más de setenta guerras civiles parciales, golpes de cuartel y alzamientos en la primera centuria de vida independiente. Fue asolado en el siglo XX por veinte años de violencia política campesina, periodo conocido como “La Violencia”, que para muchos fue una guerra civil no declarada. Ha tenido dos décadas con explosiones frecuentes de una guerra narcoterrorista y cumple, en los albores del siglo XXI, cuarenta años continuos de guerra revolucionaria.

Las causas de estas guerras y las formas como terminaron, sus más relevantes consecuencias sociales y políticas en la vida nacional, las fuerzas en contienda, las operaciones y acciones militares principales son la materia de esta primera sección. En ella se pretende dar una doble visión sobre el papel de la guerra. La primera en el campo social y político, es decir, la exploración de objetivos, causas y motivaciones de las guerras, quiénes las hacen, quiénes las dirigen, cómo se financia y sostiene el esfuerzo bélico, qué organizaciones se adoptan y qué consecuencias tienen sobre la vida de la Nación. De otro lado, se busca también dar una mirada al aspecto operacional de las guerras: cómo se organizan las fuerzas, qué armamentos tienen, qué campañas fueron las principales y en qué geografía se desarrollaron.

Esta historia, que profundiza en la Colombia de la segunda mitad del siglo XX, intenta una caracterización de la guerra moderna o de las guerras que se dan y se superponen en el país, su evolución, sus fuentes de financiación, sus principales contendientes y sus propósitos. La guerra revolucionaria que tuvo Colombia desde los años sesenta se ha transformado. El final de la Guerra Fría cambió la forma, los objetivos y el desarrollo de los conflictos internos en muchas partes del globo. También esto ha ocurrido en Colombia, donde se desarrolla paralelamente una guerra de nuevo tipo, en la que los civiles y no los militares son el objetivo de la acción armada, en la que la economía de guerra depende de sectores globalizados, en la que la violencia está fragmentada y descentralizada, en fin, una guerra que se ve y se transforma por televisión.

La última parte de esta primera sección aborda los intentos por ponerle fin a la guerra moderna en Colombia. Se hace una revisión analítica sobre los principales procesos de paz en la Colombia reciente: los iniciados en los años ochenta, el de los años 89 y 90, y el adelantado entre 1998 y 2001. Uno exitoso y el resto fracasados, pero todos sirven para obtener conclusiones respecto de cómo enfocar el fin de una guerra interna a través de negociaciones.

La segunda sección trata sobre la guerra internacional. Enfrentó Colombia no menos de cinco incidentes con Ecuador en el siglo XIX. Uno de ellos, el ocurrido en 1863, puede ser catalogado propiamente como guerra. Con Perú tuvimos una guerra cuando formábamos parte de la Gran Colombia y otra entre 1932 y 1933. Y, finalmente, en 1950 Colombia hizo parte de una fuerza multinacional de Naciones Unidas en Corea, la primera acción de uso de fuerza de esta organización. Se examina también en esta sección el contexto americano de la guerra entre naciones, las concepciones jurídicas y políticas de la guerra, los debates sobre la no intervención en asuntos internos de otros Estados y el marco jurídico internacional sobre el uso de la fuerza. También se refiere a una modalidad de guerra que prevaleció en el último medio siglo en el mundo y en el continente: la Guerra Fría y sus consecuencias.

En Colombia, que vive una guerra y ha tenido muchas en su historia, es importante tratar la guerra como un fenómeno social y político, no solo por conocer la guerra misma, porque su mejor conocimiento es una contribución para entender su prevención que, en otras palabras, no es más que la paz, la cual requiere de tantos planes, preparativos, estudios y análisis como la guerra misma. Sin conocer la guerra, sus causas, sus motivaciones, su desarrollo y su evolución, sería puramente casual poder construir una paz estable y duradera.

LA GUERRA CONTEMPORÁNEA

Los conflictos más visibles en nuestros tiempos a primera vista parecieran tener patrones distintos de los conflictos más usuales. El atentado en París contra los caricaturistas del semanario Charlie Hebdo, que dejó 12 muertos y 17 heridos, por supuesto que es un acto terrorista y en eso no se sale del patrón. Lo que es atípico es el contexto de la agresión. No se trata aparentemente de un conflicto por el poder, ni de uno territorial, no fue tampoco dirigido contra un centro de poder asociado a un Estado-nación ni tampoco originado en ninguno.

Las estructuras y redes de lo que se conoce como Al Qaeda tienen el territorio como un necesario referente para tener un pie a tierra, pero sus objetivos no son territoriales. Esto se sale de los patrones usuales de la violencia organizada. Y ante atentados perpetrados por células de Al Qaeda, como el ocurrido en el 2001 contra las Torres Gemelas y contra el Pentágono en Estados Unidos, o el atentado en la estación de Atocha en Madrid, o el ya referido en París, la reacción de Occidente ha sido hacer un frente común focalizado contra el terrorismo, evitando estigmatizar el Islam. El arco de combate cubre zonas críticas de Pakistán, Afganistán, Irak, Yemen, Somalia, Etiopía, e incluso grupos asociados a Al Qaeda en Europa y Estados Unidos. El territorio para esta red es puramente instrumental, sirve como base de operaciones o como retaguardia, pero el control territorial no es uno de sus objetivos.

Mientras tanto, por el contrario, el grupo llamado Estado Islámico, conocido en inglés como ISIS, lo que busca es consolidar el territorio para un Estado, o califato, regido por las leyes islámicas y situado entre Siria e Irak. En medio de la guerra civil en Siria y de la convulsionada zona del norte de Irak, en especial luego de la retirada de fuerzas estadounidenses, una facción extremista del Islam ha convocado jóvenes combatientes de diversas latitudes con el propósito de lograr control territorial y constituir un Estado. Los voluntarios que se han unido a esta lucha provienen en muchos casos de Europa: Alemania, Francia, Bélgica, entre los principales, y también son musulmanes conversos de esos países y de Estados Unidos. Han elevado su perfil de amenaza global en razón de los brutales métodos que practican, en particular delante de cámaras de televisión, degollando ciudadanos europeos y norteamericanos. La reacción de las potencias de occidente ha sido crear un frente común para desplegar operaciones continuas de bombardeo en combinación con fuerzas terrestres formadas por kurdos contra bastiones controlados por ISIS. Es una guerra con patrones más convencionales, bombardeos, así se usen drones no tripulados, contra fuerzas terrestres que buscan controlar un territorio específico.

Es la yihad, cuya interpretación convencional es la lucha para defender y propagar el Islam, que para algunas concepciones extremas de esta religión, como las que soportan tanto a Al Qaeda como a ISIS, comprende incluso el uso de la violencia. Pero en ambos casos contemporáneos la guerra se realiza con modalidades distintas.

Otro elemento que ha aumentado su participación en los conflictos es el de los contratistas de la guerra, que tampoco es totalmente nuevo. La participación de mercenarios, o sea de combatientes a cambio de una paga, ha sido usual a lo largo de la historia. Pero lo que sí es novedoso es el carácter empresarial de esta participación en ciertos conflictos. En la ocupación de Irak, contratistas del Departamento de Defensa de Estados Unidos desempeñaron diversos papeles, muchos puramente auxiliares sin sustituir a fuerzas regulares de combate. Pero en algunas operaciones, en particular en África, se han usado empresas contratistas de defensa ya en funciones más propias de fuerzas estatales, y en otros casos sí han sustituido por completo fuerzas estatales como, por ejemplo, el predominio de robustas empresas de seguridad que protegen los buques cargueros que atraviesan la costa de Somalia para defenderlos de piratas que operan desde esta extensa costa.

Las guerras contemporáneas pueden parecer distintas a las convencionales a lo largo de la historia pero son de una u otra forma guerras que en las que se reproducen y repiten patrones, muchos ya conceptualizados desde los tiempos de von Clausewitz e incluso desde variaciones modernas de la idea de guerra justa, pero potenciados los métodos con desarrollos tecnológicos y avances científicos. La guerra ha sido, es y será en definiciones más simples o más complejas el uso intencional y sistemático de la fuerza para conquistar objetivos de poder o políticos.

PREFACIO

LA GUERRA EN LA HUMANIDAD: CONCEPTOS Y TEORÍAS

La guerra ocupa un papel preponderante en la historia humana. Ha sido determinante de tragedias y de cambios en el curso de la historia de civilizaciones enteras. Los historiadores Ariel y Will Durant, en su monumental Historia universal, calculan que de la historia de Occidente, estimada en treinta y cinco siglos, tan solo 270 años discontinuos han estado libres de guerras. Tan frecuente y común es esta actividad humana que, paradójicamente, un periodo de inmensas tensiones y con altos riesgos de destrucción del género humano por una confrontación nuclear, como ocurrió durante la Guerra Fría, ha sido el espacio de tiempo continuo más largo de paz de que ha gozado Europa en toda su historia.

El papel de la guerra en la sociedad humana es uno de los temas que más ha interesado a los estudiosos de la historia. ¿Es la guerra algo connatural al género humano o es un comportamiento anómalo? ¿Es una invención o un impulso biológico? ¿Es una necesidad o un producto social? Son estos los extremos en los que la guerra se interpreta. Si acaso, es la guerra una actividad social y, por tanto, un producto de las relaciones entre los hombres. Si es una conducta incorporada en el código genético, es un debate que aún no se ha resuelto.

Hay muchos más partidarios de la vertiente ideológica que entienden a la guerra como un producto social. Filósofos y, más recientemente, antropólogos han sostenido que la naturaleza humana es pacífica y que la convivencia en sociedad es la que genera conductas agresivas de grupos sociales por largos periodos. En 1940, Margareth Mead, fundadora de la antropología cultural, en medio de la discusión sobre si Estados Unidos debía o no entrar en guerra contra la Alemania nazi, escribió un famoso artículo cuyo título es suficientemente descriptivo y orientado a promover el pacifismo: “La guerra es solo una invención, no una necesidad biológica”.

Pero no es patrimonio exclusivo de los pacifistas considerar que la guerra es producto de la sociedad. También Karl von Clausewitz, prusiano y creador de la teoría de la guerra, sostiene que “la guerra es una forma de relación humana. La guerra no pertenece al campo de las artes o de las ciencias, sino al de la existencia social. Es un conflicto de grandes intereses, resuelto mediante derramamiento de sangre, y solamente en esto se diferencia de otros conflictos” (von Clausewitz, p. 156).

En la otra vertiente, la que indica que la guerra es un instinto natural, se encuentran estudiosos del comportamiento animal y humano. Se observa que la territorialidad y el mantenimiento de jerarquías en grupos animales y humanos conllevan al uso de fuerza para preservar estas necesidades. Distinguen dos tipos de conductas: una, la agresividad individual, el instinto de defensa, o el matar para comer; y otra, una conducta colectiva que es una actividad propiamente bélica que podría definirse como guerrera. El estudio de los homínidos, nuestros antepasados, muestra ciertas conductas agresivas, mejor definidas como guerreras, en los grupos de primates que salieron de los bosques, se asociaron y lograron caminar erguidos en las planicies de África oriental hace dos millones y medio de años. El estudio de los actuales chimpancés, nuestros más cercanos parientes, muestra comportamientos que pueden ser considerados como instintos de guerra.

Si mis colegas y yo nos hubiéramos detenido [en el estudio del comportamiento de grupos de chimpancés], al cabo de diez años [en 1970] nos habríamos quedado con la impresión de que los chimpancés son mucho más pacíficos que los humanos… Pero Goodall [Jane Goodall, una de las mayores autoridades en el estudio de los chimpancés] quedó espantada cuando en 1974 uno de los cuatro grupos de chimpancés que estudiaba emprendió un ataque contra una fracción separada del conjunto. La guerra duró cuatro años y solo concluyó con la muerte de todos los miembros de la comunidad escindida (Berger y Hilton-Barber, p. 159).

Sea la guerra una actividad social o un código genético, lo cierto es que está enquistada en la humanidad. La definición clásica de lo que es guerra la adelanta Clausewitz como “un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario”. Es un medio para cumplir con un objetivo, que no es otro que el de desarmar al enemigo. “La guerra no es un pasatiempo, ni una simple pasión por una osadía y el triunfo, tampoco es el resultado de un entusiasmo; es un medio serio para un fin serio… La guerra de una comunidad —guerra de naciones enteras y particularmente de naciones civilizadas— surge siempre de una circunstancia política y se pone de manifiesto por un motivo político” (von Clausewitz, p. 56).

Una definición más actual la trae Luttwak:

Es una forma de relaciones internacionales en la cual la violencia organizada es utilizada en adición a otros instrumentos de política. Para proteger lo que se tiene o para adquirir más, los estados usan la diplomacia, el comercio, la propaganda, la guerra política, la guerra económica, la amenaza de guerra y la guerra misma. La guerra y la amenaza de la guerra son entonces instrumentos ordinarios de poder en ausencia de mecanismos supranacionales de regulación (Luttwak, p. 658).

La Stanford Encyclopedia of Philosophy define guerra como un conflicto armado, extendido e intencional entre comunidades políticas definidas como entidades que son Estados, o que aspiran a serlo en el caso de conflictos civiles.

LA GUERRA MODERNA

La manera como entendemos hoy la guerra entre naciones es una concepción relativamente nueva. La más alta conceptualización de la guerra moderna la plasmó el militar y teórico prusiano Karl von Clausewitz en la segunda década del siglo XIX. Su definición más conocida, “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, indica que la guerra, en una sociedad de Estados-nación, es un instrumento legítimo de la política, por tanto, es una herramienta al servicio de los más altos intereses de un Estado.

Von Clausewitz fue oficial prusiano durante las guerras napoleónicas. Hecho prisionero, pudo reflexionar, a partir de su experiencia, sobre el sentido y la naturaleza de la guerra. La guerra napoleónica cambió a Europa y a la guerra misma. La contundencia de los ejércitos franceses mostró la conjunción de tres elementos interdependientes y con objetivos complementarios, que von Clausewitz identificó como el núcleo de su teoría sobre la guerra. Bautizó a estos elementos como la trilogía y estableció que sus componentes son el Estado o la política, el Ejército y el pueblo.

La guerra, en el sentido moderno del término, se asocia con el nacimiento de una figura hoy dominante en el ordenamiento internacional, el Estado-nación, que en Europa y en la cultura occidental se ubica a partir de la firma en 1648 del Tratado de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años. Este acuerdo reconoció la soberanía de los estados y su delimitación dentro de fronteras territoriales. Territorio y Estado se fundieron en un solo ente, reconocido y respetado por otros Estados. La noción de soberanía implicaba, en lo interno, el reconocimiento a una autoridad legítima; y en lo externo el respeto a esa autoridad legítima por parte de terceros Estados. Este tratado terminó con los feudalismos y los señoríos semiautónomos y estableció dentro los límites geográficos de un Estado el reconocimiento a su autoridad y su derecho al monopolio del uso de la fuerza.

LA GUERRA JUSTA. LOS CLÁSICOS

Para Jesús y los primeros cristianos el rechazo a la violencia, la no retaliación y el perdón debían ser la norma de conducta del cristiano. Los Evangelios, así como varios autores de la primera época de la cristiandad, como Orígenes y Tertuliano, eran enfáticos en condenar todo tipo de violencia y consideraban toda actividad militar como incompatible con la fe cristiana. Pero entrado el siglo III d. C., cuando el emperador Constantino tomó la decisión de tolerar el cristianismo dentro del Imperio romano después de tres siglos de persecuciones, la doctrina de la Iglesia empezó a adoptar conceptos que establecían ciertas condiciones bajo las cuales la guerra podía ser una actividad aceptada. El catolicismo, después de tres siglos de persecuciones, había pasado a ser la Iglesia del Estado romano.

En el siglo IV d. C., san Agustín de Hippo-Regius enunció la doctrina de “las guerras justas e injustas”. Las guerras defensivas, las que pretenden reparar una injusticia, las que buscan restaurar lo que ha sido tomado injustamente son guerras justas. Las que buscan someter a los vecinos, a gentes que no han hecho daño alguno, no son más que robo a gran escala, son guerras injustas. La guerra justa no busca otra cosa que la paz; ese es el principio enunciado por san Agustín.

Un milenio después, santo Tomás de Aquino, sobre el concepto de guerra justa delineó tres condiciones bajo las cuales se puede calificar como tal a una guerra:

En primer lugar la autoridad del príncipe, a cuyas órdenes se hace la guerra, porque no puede el individuo hacer la guerra puesto que para obtener justicia el individuo obedece a un juicio superior… y desde que el cuidado de los Estados está confiado a los príncipes, es a ellos a quienes pertenece el derecho de portar la espada en los combates para defenderse de los enemigos externos. En segundo lugar debe haber una causa justa, lo que es que quienes sean atacados hayan merecido serlo. En tercer lugar es necesario que la intención de los que deban luchar sea justa, es decir que tengan un bien que buscar o un mal que combatir. Las guerras justas tienen la paz como intención.

Autoridad legítima, causa justa y correcta intención serían, pues, los requisitos de una guerra justa, y el único fin que justificaría una guerra sería el propósito de obtener la paz.

Los teólogos españoles Francisco de Vitoria y Francisco Suárez dieron al concepto de guerra justa el alcance apropiado para la conquista americana. La guerra, dentro de estas influyentes concepciones, no fue una acción que debiera ser evitada por los cristianos, sino que se le consideró como parte de la vida de una nación. Esta guerra hace parte de los poderes ordinarios de la autoridad legítima (el príncipe), es ordenada por la ley natural y con los principios éticos que fueron comúnmente aceptados. La guerra de conquista en nombre del rey y del papa fue considerada una guerra justa.

Pensadores laicos o no cristianos también desarrollaron la teoría de la guerra justa. Cicerón, filósofo romano y famoso orador, elaboró el concepto de un orden superior, humani generis societas, cuyas normas trascienden las de los Estados individuales, y predica ciertas condiciones en las cuales el uso de fuerza es aceptable. La guerra debe ser declarada públicamente por una autoridad legítima y dentro de límites específicos. Solo son aceptables o justificables como guerras aquellas emprendidas por los Estados. Las guerras legítimas requieren de una manifestación formal de su porqué y de qué se le pide al enemigo, por lo cual debe prevenírsele. En este pensamiento se encuentra el origen de la declaración de guerra, hoy día presente en todos los ordenamientos jurídicos internacionales e internos.

El holandés Hugo Grotious, protestante que vivió en siglo XVI, desarrolló la teoría del derecho de las naciones al uso de la fuerza en defensa propia. Para que una guerra fuera justa debían llenarse tres requisitos: que el peligro que amenaza a una nación fuera inminente, que el uso de la fuerza fuera necesario para defender a la nación amenazada y que el uso que se hiciera de la fuerza fuera proporcional a la amenaza. Coincide con Cicerón en la necesidad de declarar la guerra y en la obligatoriedad de proteger a heridos y a civiles no combatientes. Estos principios reafirman la existencia de normas superiores a las de los Estados, que regulan las relaciones y las guerras entre naciones. En la visión secular de Cicerón se trata del humani generis societas, y en la visión cristiana de santo Tomás de Aquino, del derecho natural.

Si bien la teoría de la guerra justa apareció en el siglo IV como una alternativa a la descalificación absoluta de la guerra, la teoría moderna de la guerra justa, que ha tenido especial auge después de la Segunda Guerra Mundial, ya no es el opuesto a la descalificación total de la guerra, como lo planteaban los primeros cristianos, sino la refutación de la teoría contraria, es decir, la que justifica la guerra como instrumento legítimo del poder y de la política.

TEORÍA MODERNA DE LA GUERRA JUSTA. LA REGULACIÓN INTERNACIONAL DE LA GUERRA

Reparar una agresión, defenderse de una amenaza inminente o castigar a un culpable son bases de la guerra justa. Esta teoría tiene elementos asimilables a los procedimientos judiciales en los que se buscan pruebas y elementos que justifiquen una guerra con una pretendida imparcialidad. Por ejemplo, la designación de inspectores nombrados por la ONU en el 2002 para buscar en Irak pruebas de que el Gobierno de ese país fabricaba armas de destrucción masiva es un procedimiento típico judicial de búsqueda de pruebas que demuestren la violación de una conducta proscrita. La aparente inexistencia de tales armas luego de que Estados Unidos y Gran Bretaña atacaran a Irak con este pretexto ha causado serios debates políticos a sus líderes.

La tesis de guerra justa tiene expresión en el ordenamiento jurídico internacional desde hace un siglo. Las convenciones de La Haya de fines del siglo XIX y comienzos del XX son una codificación de las teorías de la guerra justa. Fines justos y medios justos deben darse para que la guerra pueda ser considerada como justa. Una guerra puede ser adecuada en sus fines, pero los medios pueden ser desproporcionados y eso la haría injusta. Estos dos conceptos son distintos, pero interrelacionados, y son parte de la moderna teoría de la guerra justa. Uno es la justificación de la guerra o el derecho para hacer la guerra (ius ad bellum) y otro es la justificación de los medios usados para hacer la guerra (ius in bellum). La proporcionalidad en los medios, o en las armas usadas con relación a los fines, y no afectar civiles son los principios que hacen justificable la conducción de una guerra. Los acuerdos que limitan el uso de armas de destrucción masiva posteriores a la Segunda Guerra Mundial, lo mismo que los convenios de La Haya, de principios del siglo XX, y de Ginebra, de la segunda mitad, son instrumentos de la moderna teoría de la guerra justa.

En la década de los veinte, se plantearon dos desarrollos en el derecho internacional, que avanzaron en una moderna concepción de guerra justa. El Tratado de París, o Briand-Kellog, firmado en 1928 por Francia y Estados Unidos y ratificado por quince países más, proscribió la guerra como recurso legítimo de las relaciones internacionales. Dijo, y fue la primera vez que se estipuló en un instrumento internacional, que “las partes contratantes declaran que condenan el recurso de la guerra para solucionar controversias internacionales y renuncian a este como instrumento de política nacional en sus relaciones con otras naciones. Declaran que los conflictos entre naciones deben resolverse por medios pacíficos”. También, en 1928, la VI Conferencia Panamericana, celebrada en La Habana, Cuba, acordó que la guerra de agresión era un crimen contra la especie humana y se le calificó como ilícita y prohibida.

La Organización de las Naciones Unidas, ONU, se creó como resultado de la Segunda Guerra Mundial y como expresión del nuevo orden internacional que resultó vencedor en la contienda. Se elaboraron nuevas normas internacionales que desarrollaron principios de la teoría de la guerra justa. El tribunal de Nuremberg, que juzgó a los dirigentes nazis que participaron en la guerra, lo hizo bajo la tesis de las normas universales superiores a las leyes internas de los Estados.

La teoría de la guerra justa es hoy en día la concepción dominante en el ordenamiento internacional. Ha avanzado entonces la regulación internacional para promover soluciones pacíficas a conflictos; sin embargo, las guerras siguen.

Pese a los desarrollos conceptuales y jurídicos, lo que hace la diferencia entre una guerra justa y una injusta no siempre es tan claro como se quisiera, y la aplicación de esta teoría a situaciones concretas no siempre está libre de apreciaciones subjetivas y de cierta carga política.

La larga tradición de teorías sobre la guerra justa ha fracasado precisamente en el intento de establecer un conjunto de criterios de justicia comúnmente aceptados y ha fracasado porque, quien decide sobre la guerra, es la misma parte interesada y no un juez por encima de las partes. Una guerra podría ser justa para ambas partes... Para un procedimiento cuyo objetivo es establecer quién tiene la razón y quién no, no hay mayor prueba de fracaso que tener que admitir al final que ambos contendientes tienen la razón (Bobbio, p. 52).

LA GUERRA COMO INSTRUMENTO DE LA POLÍTICA

La máxima de von Clausewitz que dice que la guerra es la continuación de la política por otros medios, indica que es un instrumento de la política, un instrumento válido, legítimo y a veces indispensable. La influyente escuela realista de pensamiento en política exterior postula que los países en sus relaciones internacionales buscan maximizar su poder, es decir elevar al máximo su capacidad de influencia sobre otros países, para alcanzar sus propios objetivos nacionales. En esta línea de pensamiento, el uso deliberado de la fuerza, lo mismo que de la diplomacia, son recursos al alcance de la mano para la política exterior. Un desarrollo moderno de esta escuela, llamada neorrealista, elabora sobre el concepto de poder e indica que es la búsqueda de seguridad lo que mueve las relaciones entre los países. Los conceptos morales para esta escuela no sirven ni como descripción ni como prescripción de comportamientos en las relaciones internacionales.

Los orígenes de la escuela realista se encuentran en los clásicos Tucídides, autor de La guerra del Peloponeso, Maquiavelo y Hobbes. Para esta escuela el comportamiento de los Estados no está animado por valores de justicia y moralidad, sino por la búsqueda de poder, de seguridad y de maximización de sus intereses. La guerra no tiene otro objetivo que el triunfo, y el Estado está obligado a hacer lo necesario para lograrlo, sin límites de ninguna clase. Los Estados viven en medio de una sociedad internacional anárquica en la cual cada uno busca su propia seguridad y sus intereses, afines al bienestar de su pueblo. Por tanto, deben tener a disposición todos los instrumentos que les permitan realizar sus objetivos, uno de los cuales es la guerra. No hay guerra justa ni injusta, sino necesaria o innecesaria. El fin justifica los medios.

LA GUERRA COMO ESTÍMULO AL PROGRESO

Pero hay teorías que van más allá de la justificación de la guerra como instrumento político y la consideran un estímulo para el progreso humano. Algunos consideran que las guerras promueven virtudes tanto individuales como sociales, como el valor, el sacrificio y la solidaridad. Los apologistas de la guerra tienen dos vertientes: las que enfatizan en el estímulo a las virtudes individuales, como Wilhem von Humboldt; y quienes realzan las virtudes que la guerra produce en los pueblos, como Hegel, quien sostiene que la “guerra mantiene la salud moral de los pueblos… como el agitarse de los vientos preserva de la podredumbre a que una calma duradera reduciría los lagos”. Por su parte, Friederich Nietzche dice que

por ahora no conocemos otros medios [más que las guerras] mediante los cuales se pueda comunicar a los pueblos que se debilitan, la ruda energía del campo de batalla, el profundo odio impersonal, la sangre fría homicida con buena conciencia, el ardor general en la destrucción organizada del enemigo, la soberbia indiferencia por las grandes pérdidas, por la propia existencia y la de los seres queridos y el sombrío sacudimiento del alma, en forma tan fuerte y tan segura como lo hace toda gran guerra (citado por Bobbio, pp. 67-68).

Para otros autores, también la guerra promueve el progreso técnico. “Al corresponder a las imperiosas exigencias de la guerra, la industria hizo grandes progresos y ganó mucho en capacidad y destreza... si nos remontamos a la Edad de Piedra veremos que los utensilios destinados a la caza y a la guerra son aquellos en que se revela mayor esfuerzo y destreza” (Bobbio, p. 69). Muchos inventos y avances técnicos modernos, que han contribuido al bienestar general, fueron desarrollados para fines bélicos. Sin ser exhaustivo, como ejemplos de aportes de las guerras al progreso tenemos el radar, el avión a reacción, el cohete, e incluso la Internet, cuya primera versión desarrolló el Departamento de Defensa de Estados Unidos para permitir la comunicación en caso de un ataque nuclear.

LA GUERRA COMO FENÓMENO OBSOLETO

En varios momentos de la historia se ha predicado que la guerra se volvería obsoleta o innecesaria si se dieran ciertas condiciones. Enmanuelle Kant así lo postuló en 1795 en su obra La paz perpetua, en la que idealizó la situación y concluyó que las guerras dejaban de ser necesarias tras la instauración de estados democráticos y no despóticos. El fin de las monarquías era una condición que hacía prever el fin de las guerras por agotamiento del despotismo, que para los filósofos iluministas era la principal causa de las guerras. Una federación que, a su vez, hiciera parte de otra federación y esta de una universal, con características no despóticas, eliminaría todo estímulo a las guerras entre Estados.

El marxismo también consideró que la paz universal sería alcanzada cuando desaparecieran las clases sociales, y afirmó que eran los conflictos entre las clases y los Estados dominados por la clase social de la burguesía los que buscan realizar sus intereses de clase mediante confrontaciones contra otros Estados. Una sociedad internacional compuesta por Estados dominados por la clase obrera no tendría estímulos para las guerras.

También, la adopción de la democracia como sistema político o el aumento del comercio internacional han sido planteados como argumentos sobre la obsolescencia de las guerras. En las teorías sobre iniciación de las guerras se resalta la evidencia histórica que muestra que las democracias no se hacen la guerra entre ellas y que la extensión de este sistema de gobierno reduce las confrontaciones entre Estados. También el aumento del comercio entre naciones, se dice, contribuye a disuadir la iniciación de guerras, puesto que a mayor comercio entre países, en especial entre aquellos que tienen rivalidades históricas, los intereses económicos en preservar la paz pueden ser mayores que los que llevan a desatar un conflicto entre ellos.

LA GUERRA REVOLUCIONARIA

El ascenso del movimiento comunista desde finales del siglo XIX y en todo el siglo XX generó un tipo de guerra novedoso que se denominó guerra revolucionaria. Los elementos teóricos primigenios se encuentran en los escritos de Lenin, quien indica que

… las guerras son inevitables mientras las sociedades estén divididas en clases... y para acabar con esta explotación no podemos prescindir de la guerra que siempre y en todas parte es declarada por las propias clases explotadoras, dominantes y opresoras. Hay guerras y guerras. Hay guerras que son emprendidas por una dinastía, para satisfacer los apetitos de una banda de salteadores, para alcanzar los fines de héroes del lucro capitalista. Hay guerras —y estas son las únicas legítimas en la sociedad capitalista— dirigidas contra opresores y esclavizadores del pueblo (Lenin, vol. II, p. 445).

Lenin en sus textos indicaba que la guerra no es un asunto sentimental y enunciaba los elementos de una organización sistemática y planificada para el movimiento revolucionario: decía que no hay movimiento revolucionario sin teoría revolucionaria y que este debe ser encauzado y organizado. Criticaba lo que denominó el culto a la espontaneidad. Los levantamientos o revueltas o huelgas espontáneas fracasan y un Ejército revolucionario es indispensable “porque los grandes problemas de la historia se pueden resolver únicamente por la fuerza, y la organización de la fuerza en la lucha de clases es una organización militar”. En una argumentación contra el pacifismo y el desarme, Lenin, en el Programa militar de la revolución proletaria, declaraba:

Los socialistas no pueden estar contra toda guerra... no podrán ser enemigos de las guerras revolucionarias... en segundo lugar las guerras civiles también son guerras. Quien admita la lucha de clases no puede menos de admitir las guerras civiles, que en toda sociedad clasista representan la continuación, el desarrollo y el recrudecimiento de la lucha de clases... Negar las guerras civiles u olvidarlas sería caer en un oportunismo extremo y renunciar a la revolución socialista... En tercer lugar el socialismo triunfante en un país no excluye en modo alguno todas las guerras en general. Al contrario, las presupone (Lenin, vol. VI, pp. 113-115).

En su concepción, la guerra revolucionaria es una forma particular de guerra justa y la organización de la guerra es la prioridad de un movimiento revolucionario.

Mao Tse Tung se ocupa tanto del concepto como del carácter de la guerra revolucionaria.

La historia solo conoce dos tipos de guerras: las justas y las injustas. Apoyamos las guerras justas y nos oponemos a las injustas. Todas las guerras contrarrevolucionarias son injustas y todas las guerras revolucionarias son justas. Cuando la sociedad humana progrese hasta llegar a la extinción de las clases y del Estado, ya no habrá guerras, ni contrarrevolucionarias ni revolucionarias, ni justas ni injustas. Esa será la era de la paz perpetua para la humanidad. Al estudiar las leyes de la guerra revolucionaria partimos de la aspiración de eliminar todas las guerras (Mao Tse Tung, p. 16).

TERRORISMO

El terrorismo es un signo de la guerra de estos tiempos, en especial desde los años setenta cuando el fenómeno tuvo un desmesurado auge en distintas partes del globo. La violencia, utilizada en forma selectiva, contra objetivos específicos o indiscriminada contra blancos civiles o ejercida con la intención de producir efectos de terror sobre la población o sobre un sector de ella ha sido denominada “terrorismo”. Su ascenso en tiempos modernos se dio en los años setenta cuando grupos propalestinos usaron este tipo de métodos para elevar el nivel de su guerra contra Israel. Paradójicamente, fueron grupos de proindependentistas judíos los que usaron métodos de terror para expulsar a las tropas inglesas de lo que sería más tarde el estado de Israel. El secuestro de aviones de pasajeros civiles para pedir liberación de presos o los actos de propaganda armada para ventilar las causas de lucha fueron frecuentes en la primera mitad de los setenta en Europa y Medio Oriente, y se extendieron a otras latitudes y a otras motivaciones de guerra. Desde entonces prácticamente todos los grupos separatistas, independentistas o revolucionarios del mundo han recurrido en mayor o menor grado a métodos terroristas en el desarrollo de su lucha armada. Uno de los elementos que se identificó como amplificador del terrorismo moderno fue el poder de los medios de comunicación. Matar a uno y amedrentar a cientos es lema del terrorismo y para maximizar la amenaza los medios masivos de comunicación son el vehículo ideal.

No se puede asimilar el terrorismo a la actividad guerrillera ni a la violencia indiscriminada. Tampoco puede identificarse con las tácticas de sabotaje económico que hacen parte del inventario de la guerra convencional y de la revolucionaria. Terrorismo es el uso de la violencia para producir temor colectivo con propósitos de afectar decisiones de un Estado.

Si el terrorismo es una manifestación moderna de la guerra o una antigua táctica es un debate sin cerrar. Los rastros conocidos más antiguos de terrorismo se pueden ubicar en la secta de los sicarii, en Palestina, un siglo antes de Cristo. La secta, con visión mesiánica, realizaba ataques calculados contra dirigentes religiosos y centros de poder para incitar una revuelta de pobres contra ricos. Su nombre se deriva del arma que usaban para perpetrar sus crímenes: una pequeña espada llamada sicca.

También se recuerda otra secta originada en Persia, los assasins, quienes desde el siglo XI pretendieron mantener su autonomía religiosa mediante una organización secreta que se extendió por Persia y Siria. Asesinaron a califas, prefectos, gobernadores, incluso al rey de Jerusalén, el cruzado Conrado de Monferrat. Sus militantes intentaron, en dos ocasiones, asesinar al sultán Saladino. Sus miembros, los fidaiyin, se disfrazaban cuidadosamente y las misiones que se les encomendaban eran usualmente suicidas. Dos siglos duraron las acciones aisladas de esta secta, que fue suprimida en forma definitiva por los mongoles en el siglo XIII.

Muchas sociedades secretas a lo largo de la historia y a lo ancho del globo han utilizado el asesinato selectivo como método de acción. Los thugs de la India, los boxers de la China de inicios del siglo XX y el Ku Klux Klan en Estados Unidos utilizaron el terror y el asesinato selectivo.

Las luchas políticas del siglo XIX en Europa y el ascenso de movimientos socialistas dieron origen a elaboradas teorías sobre el uso de la violencia. Bakunin, ideólogo ruso del anarquismo, escribió en 1869 Principios de la revolución, en donde expresaba que “no reconocemos más acción que la de destrucción, aunque admitimos que las formas en que se manifieste esta acción serán extraordinariamente variadas: veneno, soga, puñal” (Laqueur, p. 64).

El terrorismo ha sido utilizado tanto por grupos inconformes para promover sus objetivos como por los Estados para consolidar su poder o disuadir por la vía del temor manifestaciones en contra de sus fines primordiales. El término terrorismo está asociado, en su origen, al régimen del terror impuesto por el Directorio durante la primera etapa de la Revolución Francesa, entre 1793 y 1794. Sería lo que hoy se denomina “terrorismo de Estado”, es decir, el uso sistemático de la violencia para infundir temor en la población.

El terrorismo también ha sido utilizado tanto por la izquierda como por la derecha, por extremistas religiosos y por ideologías extremas. A lo largo de la historia lo han empleado muchas organizaciones de diversa naturaleza como táctica secundaria o marginal. Incluso, fuerzas armadas regulares han recurrido a sabotajes, bombas o bombardeos indiscriminados, o hasta al asesinato selectivo o al magnicidio, pero siempre como complemento de la estrategia principal. En el desarrollo de la guerra convencional también se provocan hechos que podrían clasificarse como terroristas por sus propósitos, que no son otros que aquellos dirigidos a atemorizar a la población para quitar el respaldo a la decisión de continuar la guerra a los gobiernos enemigos. Por ejemplo, los bombardeos indiscriminados contra objetivos civiles en ciudades inglesas o alemanas durante la Segunda Guerra Mundial o el lanzamiento de las dos bombas atómicas por parte de Estados Unidos contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Lo que caracteriza a una organización terrorista es su uso como táctica principal de lucha.

Durante el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial el terrorismo vino sobre todo de la izquierda. Era anarquista y social revolucionario, y por supuesto también nacionalista separatista, como en el caso de los irlandeses. Sin embargo entre las dos guerras mundiales los principales perpetradores de actos terroristas pertenecieron a la extrema derecha y con frecuencia tuvieron simpatías fascistas. Hubo poco o ningún terrorismo durante la Segunda Guerra Mundial y en el periodo inmediatamente posterior hubo mucha actividad de guerrillas pero casi ningún terrorismo individual. De pronto, a finales de los años sesenta del siglo XX se produjo un súbito brote de terrorismo de izquierda en Europa, Latinoamérica y otros lugares, que duró aproximadamente una década y después desapareció o fue suprimido tanto en Alemania como en Italia, en Uruguay como en Argentina, y también en Estados Unidos. Fue seguido por una ola de terrorismo que provino en su abrumadora mayoría de la extrema derecha. Las células terroristas de izquierda no desaparecieron del todo pero sin duda no estaban en la vanguardia (Laqueur, pp. 9-10).

El terrorismo, como táctica, es muy poco eficaz. La desestabilización que provoca con sus actos —atentados, magnicidios, secuestros— usualmente genera la reacción contraria, es decir, fortalece las opciones opuestas a las del terrorismo. La reacción en el Cono Sur fue establecer dictaduras militares que duraron una década larga y en Oriente medio treinta años de terrorismo han polarizado a la sociedad y alejado la posibilidad de un arreglo pacífico. En Irlanda del Norte solo el cese del terrorismo trajo la posibilidad de negociación política. El terrorismo sistemático atrae atención, desestabiliza gobiernos, pero no tiene capacidad de lograr objetivos políticos ni de tomar el poder.

GUERRAS CIVILES Y NUEVAS GUERRAS

Las guerras civiles, como la guerra misma, son fenómenos tan viejos como la humanidad. A estas se les define por cuatro características principales: “1. Son conflictos violentos de masas. 2. Implican al menos dos fuerzas contendientes de las cuales al menos una debe estar al servicio del Gobierno. 3. En los bandos debe haber una organización centralizada. 4. Las operaciones armadas hacen parte de una estrategia global de los bandos” (Waldman, p. 28).

Durante el largo periodo de paz que vino después de la Segunda Guerra Mundial se dieron pocas guerras internacionales, pero fueron muchas las guerras internas. Unas de tipo civil, en las que se cumplían las condiciones antes enunciadas. Fueron guerras revolucionarias en las que grupos insurgentes pretendían tomar el poder y derrocar gobiernos por la vía armada, o guerras de liberación nacional contra poderes coloniales. Pero se evidenció otro tipo de guerras que, particularmente, una vez terminó la Guerra Fría, persistieron o surgieron como guerras no ideológicas. Guerras que no son contra un Estado, pero sí entre grupos no estatales que luchan por el control de recursos o de regiones. Se trata de movimientos que no pretenden obtener el poder político del Estado. Estos fenómenos se conocen como las nuevas guerras.

Después de la Guerra Fría, el Estado-nación ha sufrido un paulatino deterioro. En lo externo, por efecto de la globalización y la injerencia de instituciones multilaterales supraestatales como el FMI, el Banco Mundial, la OMC, la ONU, la Corte Penal Internacional y otras, que asumen funciones con consecuencias dentro de los países. En lo interno, la soberanía se ha visto afectada por el ascenso de grupos étnicos, tribales, religiosos y regionales que permanecieron hibernando durante la guerra fría y que con su finalización han ganado preeminencia.

Estos fenómenos de las llamadas nuevas guerras se caracterizan por ocurrir dentro de un Estado reconocido, con relaciones internacionales normales, incluso con gobiernos democráticos. Pero, a pesar de la existencia formal de un Estado, las nuevas guerras proliferan a su sombra. Los contendientes no se enfrentan al Estado, sino que existen y crecen por su debilidad.

Las nuevas guerras se dan en una situación dual en la que conviven la modernidad y el atraso, el aislamiento y la globalización. Modernidad en el tipo de armas y en las tácticas; atraso en las condiciones generales de vida y en la organización social y política. Proliferan en regiones sin control, aisladas físicamente el resto del país, pero con conexión al mundo global por la comercialización de los recursos. Diamantes, petróleo, oro, maderas, cocaína, heroína, son productos que se venden en el mercado global de mercancías; sus precios son fijados en el mercado global, pero su producción, control, transporte, almacenamiento y envío al exterior hacen parte de las nuevas guerras. La privatización de la violencia y la erosión del monopolio de armas en manos del Estado son características del nuevo tipo de guerra, y coexisten zonas de paz con zonas de guerra en un mismo país e, incluso, en una misma ciudad.

De las observaciones sobre conflictos posteriores a la Guerra Fría que han hecho cronistas de viajes como Kaplan, en sus relatos de viaje por África occidental (La anarquía que viene) o académicos como Mainwaring, quien acuñó el término fenómenos de zona gris (grey area phenomena), se ha pasado a un intento de conceptualización denominado teoría de las nuevas guerras. “Los rasgos de las nuevas guerras son: la política de identidades, la descentralización de la violencia, y la economía de guerra globalizada, rasgos que se pueden ver, en mayor o menor medida, por todo el mundo” (Kaldor, p. 177).

La política de identidades se diferencia de la política de ideas en que ha caracterizado a la guerra ideológica o revolucionaria. La identidad es una reivindicación del poder que se basa en la identificación concreta con un estereotipo, sea este nacional, étnico, lingüístico, regional.

Se suele afirmar que la nueva oleada de política de identidades no es más que un retroceso al pasado, la reaparición de antiguos odios que estaban bajo control en el colonialismo y la Guerra Fría. Tales proyectos políticos retrógrados surgen en el vacío por la ausencia de proyectos de futuro. A diferencia de la política de ideas, que está abierta a todos y por tanto tiende a ser integradora, este tipo de política de identidades es excluyente, y por tanto tiende a la fragmentación (Kaldor, p. 22).

La descentralización de la violencia se refiere a la fragmentación jerárquica de las nuevas guerras. A diferencia de la guerra civil clásica, cuya definición anotamos al inicio de esta sección, que tiene bandos claros e identificables, las nuevas guerras tienen una variedad de comandos, de jefes, de grupos, de facciones, de caudillos, de siglas que se entrelazan en confrontaciones en ciertos casos y zonas, y cooperan en otras.

En la guerra convencional o regular, el objetivo es la captura del territorio por medios militares; las batallas son medios decisivos. La guerra de guerrillas se desarrolló como forma de sortear las grandes concentraciones de fuerza militar que caracterizan a la guerra convencional. En ella, el territorio se captura mediante el control político de la población más que por avances militares. También la nueva guerra intenta evitar el combate y dominar el territorio a través del control político de la población. Al menos en la teoría elaborada por Mao Tse Tung y Che Guevara pretendía ganarse la gente, [pero] la nueva guerra toma prestadas de la contrarrevolución unas técnicas de desestabilización dirigidas a sembrar el miedo y el odio. El objetivo es controlar la población deshaciéndose de cualquiera que tenga una identidad distinta. Por eso, el objetivo de las nuevas guerras es expulsar a la población mediante diversos métodos, como las matanzas masivas, los reasentamientos forzosos... Esa es la razón de que en todas estas guerras haya habido un aumento espectacular del número de desplazados y de personas refugiadas, y de que la mayor parte de la violencia esté dirigida contra civiles (Kaldor, p. 23).

El terror y los métodos terroristas son entonces elementos centrales de la política de los grupos armados en las nuevas guerras. Es a través de prácticas terroristas como magnifican la capacidad de daño y, por tanto, tienen efecto sobre amplios sectores de la población, que valoran las amenazas a sus comunidades y toman decisiones como el desplazamiento forzado de fracciones sociales que sienten que por su identidad se corre riesgo en regiones que pretenden ser controladas por grupos armados.

Un tercer rasgo de este nuevo tipo de guerras, según Kaldor, es una economía de guerra globalizada. La financiación del esfuerzo bélico es descentralizada, como lo es la dirección de los grupos combatientes, pero es, a la vez, globalizada en el sentido de acudir a fuentes de recursos estrechamente vinculadas a mercados globales: la extracción de diamantes, oro, petróleo, carbón, y también de coca —que, aunque ilegal, es un producto global— son fuentes para sostener la guerra. El saqueo, la extorsión, el secuestro, el cobro por “protección”, el pillaje y la apropiación de bienes de los enemigos son formas usuales de financiación de los grupos que intervienen en las guerras de nuevo tipo. “Todas estas fuentes solo pueden mantenerse a través de la violencia permanente, de modo que la lógica de la guerra se incorpora a la marcha de la economía” (Kaldor, p. 24). Y la guerra, a su vez, se convierte en el único instrumento para mantener el flujo de recursos para alimentar la guerra misma. De ahí la observación que se hace sobre el carácter primordialmente económico de las nuevas guerras, porque en ellas se desdibuja el objetivo político de la guerra y adquiere primacía el sostenimiento de la guerra misma y de su aparato armado.

Una cuarta característica, poco resaltada por los analistas, es el papel de la televisión en los conflictos. El terrorismo y su difusión por los medios, en particular por la televisión, al registrar las atrocidades en unas regiones contra grupos específicos de la población, extienden la amenaza a otros grupos de características similares en otras regiones. Es conocido que el terrorismo moderno magnifica sus efectos debido a los medios de comunicación, pero lo que no se ha desarrollado es el análisis de la relación inversa. Es decir, el efecto de la televisión sobre la guerra. Las nuevas guerras han ocurrido en la era de la televisión instantánea, global y continua. Cualquier acto de la guerra, tenga o no consecuencias militares relevantes, alcanza en minutos audiencias masivas y sus imágenes llegan a los hogares de millones de televidentes. Esto tiene efecto no solo sobre los gobiernos, que se ven obligados a responder ante hechos de guerra, sino sobre los contendientes mismos. El efecto sobre los gobiernos ha sido bien estudiado en el caso de Vietnam para Estados Unidos, que por la difusión de las imágenes de guerra perdió el apoyo de la población, la que, a su vez, presionó al Gobierno para terminar la guerra a cualquier costo. Más recientemente se conoce el papel de las transmisiones de televisión para promover la intervención europea y estadounidense en la guerra de Yugoslavia. Lo mismo se dice de la intervención en Somalia y, por ello, se ha generalizado el nombre del factor CNN.

Pero la televisión también ha cambiado el modo de combatir y los objetivos parciales de las nuevas guerras. Para el propósito de intimidar poblaciones o de provocar desplazamientos de personas de ciertas áreas la televisión es el medio idóneo. Una imagen de una familia desplazada es una advertencia al resto de la población. Para usar los términos de la trilogía de von Clausewitz, el pueblo —el tercer factor del trípode— tiene su ánimo determinado por lo que a diario ve por la televisión. Esto ha forzado a suprimir cierto tipo de armas y de tácticas por parte de la fuerza pública por el temor al rechazo de la opinión de las masas. Como consecuencia de lo anterior, ya no importa tanto que la población afectada directamente apoye o rechace una guerra, mientras resulta esencial que el público que ve la guerra por televisión la apoye. Unos y otros —gobiernos y grupos terroristas— tratan de ganar no solo la guerra en el campo de combate, sino en las salas de los televidentes.

Persiste, sin embargo, la noción de que nada de esto es totalmente nuevo como manifestación social. Los esfuerzos por dar un marco conceptual a las llamadas nuevas guerras pueden ser vistos como un intento por sistematizar algo que ha existido en muchas sociedades a lo largo de la historia: el bandidismo. El historiador Eric Hosbawn ha tratado este fenómeno bautizándolo como bandidismo social, el cual, según él, se ha manifestado en diversas geografías y momentos de la historia. Colombia ha tenido regiones en las que un grupo armado, independientemente de motivaciones políticas o ideológicas, ejerce control social sobre la población por periodos significativos. Los bandoleros posteriores al periodo de violencia interpartidista de los años cincuenta, como Efraín González o Sangrenegra, corresponden más a la caracterización de bandidos que a la de revolucionarios, y, ciertamente, los fenómenos que generaron no se parecen a los de las nuevas guerras.

PACIFISMO

El rechazo absoluto a la guerra, no a una guerra específica, sino a todas las guerras, es una posición que se denomina pacifismo. No hay guerras justas o injustas, ni necesarias o innecesarias. Todas las guerras son equivocadas.

Por pacifismo se entiende toda teoría (y el movimiento correspondiente) que considera una paz duradera o, para usar la expresión de Kant, una paz perpetua y universal, como un bien altamente deseable, tanto que todo esfuerzo por conseguirla se considera digno de ser llevado a cabo. La paz a que aspira el pacifismo no es una paz cualquiera, no es ni puede serlo una paz de equilibrio, que es de naturaleza inestable, y mucho menos una paz de imperio o de hegemonía, que se basa en una relación entre superior e inferior, en la que el inferior no acepta sino que sufre el estado de no-guerra impuesto por el superior, y en la que por consiguiente el estado de no-guerra es para el inferior una forma del estado de servidumbre (Bobbio, p. 178).

El pacifismo no es, entonces, una simple reacción contra la guerra, sino una concepción amplia que pretende diseñar una situación política que haga inútil la guerra. En su historia, el pacifismo tiene dos tendencias. Una que enfatiza en el análisis científico de las causas de las guerras y los remedios para acabar con ellas. Pacifismo pasivo se le denomina. Otra, que va más allá del análisis y pone el acento en el activismo político en contra de la guerra o en favor de determinadas ideas que conduzcan a la paz. Los tres principales autores clásicos del pacifismo son: el abate De Saint-Pierre, quien escribió en 1713 Projet pour rendre la paix perpetuelle en Europe; Enmanuel Kant, autor en 1795 de La paz perpetua; y Saint-Simon y Tierry, que escribieron en 1814 De la réorganisation de la société européenne. El pacifismo tiene también antecedentes en autores católicos de los primeros siglos de la cristiandad, quienes rechazaron toda forma de violencia y de actividad militar.

Los modernos pacifistas siguen dos tendencias: una que considera a la guerra ineficiente y costosa por definición: la guerra es el método menos eficiente para lograr objetivos políticos, pues las pérdidas humanas y monetarias no tienen retribución en los resultados; y otra que descalifica moralmente a la guerra, ya que la considera equivocada siempre y en toda circunstancia y valida cualquier acción que la impida o que le ponga fin.

LIBRO PRIMERO

LA GUERRA EN LA HISTORIA DE COLOMBIA

Decir que la guerra ha estado presente en muchas etapas de la historia colombiana no es una afirmación precisa, pues lo más adecuado sería decir que es con la guerra como se ha formado el país. La conquista española fue una guerra entre culturas, una guerra sangrienta de dominación y, en no pocos casos, de exterminio. Pero los europeos no trajeron la guerra a estas tierras, trajeron su manera particular de hacer la guerra, pues las armas como medio de dominación eran comunes en las culturas americanas.

La guerra, tanto interna —contra indios rebeldes— como externa —contra potencias europeas— estuvo presente durante todo el periodo colonial. Las colonias eran fuente de recursos para financiar las guerras que sostenía España por la hegemonía global, y, en muchos eventos, fracciones del territorio americano fueron parte de guerras entre las potencias del momento.

La independencia fue lograda por las armas en continuas guerras que duraron quince largos y penosos años. La vida independiente de la República estuvo signada por las confrontaciones. Nueve guerras civiles de alcance nacional ocurrieron en el siglo XIX, además de no menos de 70 revueltas, alzamientos, golpes, pronunciamientos y confrontaciones de alcance parcial. La mitad de los años del siglo XIX se vivió en algún tipo de guerra.

Colombia estuvo en guerra sesenta de los cien años del siglo XX, incluyendo el conflicto con el Perú en 1932 y la participación de fuerzas militares colombianas en Corea en 1950 y 1951. En 1965, mientras los gremios de la producción agradecían a las Fuerzas Armadas en solemne banquete efectuado en el hotel Tequendama de Bogotá su papel en la pacificación del país, pues era el final de la violencia, a esa misma hora comenzaba otra guerra, que cuatro décadas después aún no termina y que involucra a las guerrillas izquierdistas. Por si fuera poco, a esa guerra se le superpuso una más, declarada por traficantes de drogas ilícitas contra el Estado colombiano. Más de la mitad de los años de su historia, media vida, ha tenido guerras la República de Colombia.

SIGLO XIX. EL SIGLO DE LA GUERRA

INTRODUCCIÓN

Las guerras no son hechos casuales, sin razón y sin explicación, y tampoco se acaban solas. Sin conocer la guerra, sus causas, sus motivaciones, su desarrollo y evolución, sería puramente casual poder construir una paz estable y duradera. Sin conocer la historia de las guerras, de los conflictos, de los acuerdos, de los armisticios, no entenderemos la Colombia de hoy. La paz requiere de tantos planes, preparativos, estudios y análisis como lo exige la preparación de la guerra misma. Por esto tal vez el mejor aporte a la paz, a la paz concreta de la Colombia actual, sería estudiar la guerra, o las guerras, que vivimos, sacar conclusiones sobre estas y así poder planificar el fin de la guerra y la posterior situación de paz.

Este volumen tiene dos partes. La primera recorre las luchas por la independencia, iniciando por las reformas militares españolas que antecedieron al movimiento del 20 de julio de 1810. A partir de esa fecha y hasta 1826, cuando se consolida la libertad del Perú, por quince años continuos, el territorio que hoy es Colombia estuvo en guerras y sus habitantes sufrieron, o se ilusionaron o combatieron en la larga sucesión de guerras que llevaron al nacimiento de lo que hoy es Colombia. Primero las guerras de la consolidación de la primera República y la Primera Campaña de Sur, con destacamentos venidos de Santa Fe y de Cali que liberaron a Popayán y fueron derrotados en su intento por tomar Pasto. Luego viene la primera guerra civil entre las Provincias Unidas, presididas por Camilo Torres y con capital en Tunja, y Cundinamarca con capital en Santa Fe y liderada por Antonio Nariño, quien triunfó en este primer choque. Vino luego la consolidación de la independencia en la costa norte y desde Cartagena se lanzaron diversas operaciones. A Cartagena llegaron docenas de venezolanos expulsados luego de la caída de la Primera República de Venezuela y se incorporaron a las fuerzas de la Junta Suprema de Cartagena. Desde allí se dispone la campaña del Bajo Magdalena, comandada por Bolívar, y la Campaña Admirable, que desde Mompós lleva a Bolívar a liberar Caracas. Nariño encabeza la Segunda Campaña de Sur y cae preso en Pasto. Se unifican las Provincias Unidas, cae la segunda República de Venezuela, Bolívar se exilia de nuevo en Cartagena y luego en Jamaica, y se inicia en 1815 la Reconquista española a cargo del Ejército Expedicionario de Costa Firme comandado por Pablo Morillo, quien al cabo de un año retoma el control español de toda Venezuela, excepto las bocas del Orinoco en el oriente y de toda Nueva Granada, excepto los llanos de Casanare.

Desde estas dos regiones, Angostura, en las bocas del Orinoco a donde llegó Bolívar en 1817, y Casanare, donde se refugió Santander luego de la Reconquista, se organizó la Campaña Libertadora, la que en 1819 inicia la travesía que lleva a tomar a Santa Fe luego de la batalla de Boyacá. Desde Santa Fe se articula un gobierno estable, la República de Colombia, y Bolívar inicia la campaña de independencia de Venezuela. En 1822 Bolívar inicia la Campaña de Sur que liberaría lo que hoy es Ecuador. Y luego se inicia la Campaña Libertadora del Perú, donde fuerzas españolas controlaban aún amplios sectores de la sierra y lo que entonces se llamaba Alto Perú, hoy Bolivia. La batalla de Ayacucho y la fortaleza del Callao, que cayó en enero de 1826, sellaron el final de las guerras de independencia y el final de España en América del Sur.

La segunda parte de este volumen transita por lo que fue la sucesión de conflictos en este primer siglo para la nación que hoy es Colombia. Desde la disolución de la Gran Colombia, entre 1829 y 1831, la nueva nación tuvo en la guerra su principal instrumento de política. Las disputas por el poder se tramitaban por medio de las armas.

Entre 1839 y 1842, partidarios de Bolívar, ya muerto, y de Santander, también muerto, los jefes militares que venían de la independencia se enfrentaron en la Guerra de los Supremos. Esta guerra cristalizó la matriz política del país que se originó desde la Independencia. José Eusebio Caro escribió en 1842 este párrafo revelador:

“Desde 1821 estamos divididos... desde 1821 se dividió la sociedad entre nariñistas y santanderistas. Muerto Nariño los nariñistas se hicieron bolivarianos… muerto Bolívar y ausente Santander los bolivarianos se hicieron urdanetistas y los santanderistas liberales. Derrocado Urdaneta y vuelto Santander los santanderistas subieron al gobierno y sus antagonistas les hicieron la oposición. Caído Santander… la discordia continuó entre marquistas y santanderistas, después se convirtieron en ministeriales y progresistas, después en amantes de orden y facciosos”

Termina Caro. Y desde 1848 las controversias estarían entre liberales y conservadores y entre conservadores unidos a fracciones liberales contra otras fracciones liberales. Los partidarios del gobierno de José Ignacio de Márquez, los herederos de las corrientes de Nariño, Bolívar, Urdaneta, contra quien se inició la rebelión, formaron en 1848 el Partido Conservador, y quienes se alzaron en armas, las corrientes santanderista, obandista y progresista, formaron, también en 1848, el Partido Liberal.

En 1851 estalló en el Cauca una rebelión encabezada por el conservador Julio Arboleda contra el presidente liberal José Hilario López, la Guerra del Medio Siglo. En 1854 el comandante militar de Bogotá José María Melo dio un golpe militar y derrocó al presidente José María Obando. Se levantaron contra Melo los expresidentes Tomás Cipriano de Mosquera y José Hilario López, y se les unieron los conservadores Márquez, Arboleda, Ospina y Briceño. Derrocaron a Melo. En 1860 se levantó Mosquera contra el presidente conservador Mariano Ospina y en 1861 se tomó el poder en Bogotá. En 1863 se proclamó la Constitución de Rionegro que consagró un régimen federal liberal. En 1876 los conservadores de Antioquia y el Cauca, encabezados por Sergio Arboleda se levantaron en el Cauca contra el gobierno radical liberal de Aquileo Parra y fueron derrotados. En 1884 el péndulo había cambiado y gobernaba Rafael Núñez, liberal independiente con el apoyo de los conservadores, y se levantaron en armas en su contra los liberales radicales en Santander y la guerra se extendió a medio país. Al año siguiente en una batalla entre buques artillados en el río Magdalena, frente al sitio conocido como La Humareda terminó la rebelión y Núñez desde un balcón del palacio de San Carlos en Bogotá dio su parte de victoria: “La Constitución de 1863 ha dejado de existir”.

En 1895 el liberalismo se alzó contra el régimen conservador de Núñez y Caro y los rebeldes fueron derrotados por el Gobierno bajo el comando del Rafael Reyes en la batalla de El Enciso en Santander (hoy Norte de Santander).

En 1899 en El Socorro, Santander, se alzó el liberalismo contra el gobierno conservador presidido entonces por el vicepresidente José Manuel Marroquín, quien ejercía frente a la vacancia del titular Manuel Antonio Sanclemente. La guerra se extendió prácticamente a todo el país y terminó después de mucha sangre, no menos de cien mil muertos, y de más de 3 años de guerra, mil ciento treinta días exactamente, con 3 armisticios que firmaron los jefes liberales. En la hacienda Neerlandia, cerca de Santa Marta acordó la paz Rafael Uribe Uribe. En la bahía de Panamá, en el acorazado USS Wisconsin, Benjamín Herrera firmó el tratado de paz, y en Chinácota, Norte de Santander, Ramón González Valencia y Gabriel Vargas Santos hicieron lo propio.

Además de los quince años de guerras de Independencia, el siglo XIX fue el siglo de la guerra: dos guerras civiles en 1812 entre Federalistas (Provincias Unidas de Nueva Granada) y Cundinamarca; otra, entre 1829 y 1831 en la disolución de la Gran Colombia, y ocho guerras de carácter nacional, además de múltiples revueltas, revoluciones locales, pronunciamientos, y golpes o derrocamientos que ocurrieron durante este siglo. Solamente durante los 20 años del periodo radical, 1863 a 1884, se presentaron 40 revoluciones locales y 40 gobiernos estatales fueron derrocados a la fuerza y se estima que en todo el siglo XIX ocurrieron más de 70 revueltas regionales. La Guerra de los Mil Días fue el antídoto contra futuras guerras después de 1902. Las confrontaciones de este siglo XIX significaron muerte, ruina y atraso, regiones que crecieron y otras que se retrasaron, pero marcaron la matriz política de Colombia y son el crisol de nuestra nacionalidad.

LAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA

DE LA INDEPENDENCIA POLÍTICA A LAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA

La revuelta del 20 de julio de 1810 fue un acto deliberado, provocado por un grupo de criollos santafereños para generar una insurrección. Ese día el dispositivo militar en Santa Fe estaba compuesto por una compañía de alabarderos y una compañía de caballería de la Guardia del Virrey, un parque de artillería (16 cañones), un Batallón Auxiliar con 749 hombres, una milicia de blancos de Cartagena de 200 hombres y una milicia de pardos, también venida de Cartagena. La reacción militar de las guarniciones de la capital del virreinato fue crucial, puesto que tomaron la decisión de no actuar en contra del alzamiento popular. El Batallón Auxiliar, aunque se componía de una fuerza regular, es decir, tenía mandos y soldados españoles, no actuó para reprimir la revuelta. Su comandante, el español José María Moledo, oficial nacido en Barcelona, quien había sido recientemente trasladado a la capital del Nuevo Reino desde Cartagena, con un batallón de infantería española y con su reciente esposa cartagenera, después de firmar el acta de independencia del 20 de julio volvería a Cartagena, donde tendría una breve carrera entre las fuerzas patriotas, con más pena que gloria, pues terminó su vida en una celda de la prisión del fuerte de San Sebastián de Pastelillo, en plena bahía. Sería el abuelo del futuro regenerador Rafael Núñez. El segundo comandante, el capitán Antonio Baraya, criollo, secundó a Moledo en la orden de que no se reprimiera a los insurrectos.

Varios años después los oficiales españoles que dirigieron la reconquista determinaron que la inactividad del Batallón Auxiliar había sido la principal causa del éxito del alzamiento del 20 de julio. Pero, en cierto modo, era comprensible esta actitud a la luz de las circunstancias del momento. La tendencia predominante en la insurrección era de apoyo al monarca español Fernando VII, quien había sido derrocado por la invasión napoleónica en la península. Por tanto, la lealtad de las unidades militares al Rey, tanto las compuestas por españoles como por nativos, no estaba en duda.

Además del vacío de autoridad en España, provocado por la invasión de Napoleón a la península, que fue la causa directa de las revueltas, había en el virreinato fuentes de insatisfacción derivadas de una excesiva tributación impuesta en los tres años anteriores, en los que se duplicó el total del recaudo, y una subida extraordinaria del costo de vida. “Entre 1806 y 1809 hubo una subida extraordinaria del costo de la vida, que se duplicó. Esto explica el ambiente favorable a la revolución de 1810. El alza continua en siete años debió agotar todas las reservas de la gente y debió producir un descontento tal que hizo posible la revolución a la que se sumó el pueblo. Los intelectuales que la provocaron nada hubieran podido hacer en un tiempo en el que no había medios de comunicación con el pueblo. Se necesitaba un ambiente de inquietud que se produjo por el alza (de precios) y que explica el éxito de la revolución” (Pardo Pardo, p. 199).

PRIMERA CAMPAÑA DEL SUR

La primera actividad militar de la nueva Junta Suprema de Gobierno de Santa Fe fue tratar de organizar una fuerza armada, por lo que se dispuso la creación de un Batallón de Voluntarios de la Guardia Nacional, cuya formación fue anunciada a la ciudadanía en un bando emitido el 23 de julio de 1810, pero que en realidad no se constituyó como tal hasta noviembre de ese año. Se designó como su comandante al capitán Antonio Baraya quien, para este efecto, fue ascendido a coronel. Se organizaron también unas milicias, que se denominaron Patriotas de Defensa, para prestar seguridad en la capital. “El 5 de agosto, dice José María Caballero, se comenzaron a formar los regimientos de milicias de infantería y caballería de la suprema junta. Toda la caballería, y la que había sido la guardia de honor de los virreyes, se dejó ver armada en la carrera [la actual carrera 7ª] y la ceremonia fue de las más solemnes y lucidas” (Riaño, 1971, p. 49).

El 9 de noviembre 1810 la Junta Suprema dispuso a todos los hombres entre 15 y 40 años la obligación de alistarse en los cuerpos del Ejército. El 19 de agosto se inició la inscripción de voluntarios y “las gentes corrían a alistarse”. El 1º de noviembre de 1810 quedó integrado el Batallón de Voluntarios de la Guardia Nacional, compuesto por 400 hombres, distribuidos en una compañía de granaderos y cuatro de fusileros, cuerpo integrado por muchos orejones, nombre dado a los vaqueros de las haciendas de la sabana de Bogotá. Su cuartel estaba en el convento de Las Aguas, hoy calle 19 con carrera 3ª.

Las milicias de infantería, que tomaron la flor de lis como su símbolo, se organizaron con una superficial instrucción militar dictada por parte de los oficiales que habían venido de Cartagena; las milicias de pardos, de blancos y el fijo, tomaron el nombre de Regimiento de Voluntarios de Infantería, y bajo el mando del coronel Luis Caicedo formaron dos batallones, cada uno con ocho compañías de fusileros, para un total de “plazas de mil seiscientos quince, incluso sargentos, tambores, cabos y demás”. Su primer cuartel fue el convento de San Agustín, donde está hoy construido en Ministerio de Hacienda, en la carrera 8ª con calle 6ª. En diciembre, la Junta Suprema de Santa Fe ordenó crear la Escuela Militar, a cargo del coronel español José Ramón Leyva.

La independencia de 1810 fue un conjunto de decisiones locales de diversos cabildos municipales a lo largo del territorio del Virreinato de la Nueva Granada. No todas las provincias principales manifestaron su deseo de independencia ni tampoco su visión sobre la organización política era compartida. Las primeras preocupaciones oscilaban entre conformar un nuevo esquema de gobierno, apoyar a provincias que seguían bajo influjo español y defenderse de posibles ataques españoles. Antonio Nariño, en su periódico La Bagatela, publicaba sus opiniones políticas, y en septiembre de 1811, en una columna que tituló “Noticias muy gordas” expresó su visión sobre las amenazas que afrontaba la naciente Nación.

Nos hallamos amenazados por tres puntos. Por Cartagena se confirman las noticias de que el Virrey Benito Pérez [quien reemplazó a Amar y Borbón, fugado de Santa Fe después de los hechos del 20 de julio de 1810] no es a Panamá, sino a Santa Marta que viene... y Santa Marta es la pocilga donde se abrigan cuantos malvados perdona o protege nuestra bondad americana. Suben a 800 hombres de tropas los que tienen allí ya nuestros enemigos... Por el norte sabemos que Cúcuta está resuelta a unirse a Maracaibo y la toma de Pamplona y de Girón serán el resultado de las primeras operaciones de nuestros enemigos por aquel lado. De Popayán por el sur ningún aspecto favorable nos presentan las cosas... La patria no se salva con palabras ni con alegar justicia de nuestra causa. La hemos emprendido, la creemos justa y necesaria. Pues a ello, vencer o morir y contestar los argumentos con bayonetas (Nariño, p. 51).

En octubre de 1811 se celebró un trascendental congreso en Villa de Leiva que reunió a representantes de todas las provincias que habían manifestado su independencia. Allí nació la primera organización política de la Nueva Granada independiente: las Provincias Unidas de la Nueva Granada, ente que pretendía confederar las juntas de gobierno de las ciudades que habían proclamado la separación de España. Formaron parte las provincias de Antioquia, Cartagena, Casanare, Pamplona, Tunja y Popayán, y fijaron su capital en Tunja, pues Cundinamarca, liderada por Antonio Nariño, partidario de un régimen centralizado, no hizo parte de la federación.

En noviembre de 1810 las ciudades confederadas del Valle del Cauca, que habían designado una junta provisional de gobierno, pidieron ayuda a Santa Fe para combatir al gobernador de Popayán, Miguel Tacón, que amenazaba su naciente independencia. La junta de Cundinamarca organizó una columna al mando del coronel Antonio Baraya, que con una desorganizada e incipiente fuerza compuesta por 150 hombres y dieciséis artilleros se dirigió a Cali. Allí estuvo durante dos meses, recibió refuerzos de Neiva y del mismo Valle, y luego se dirigió a Popayán con 450 infantes, una caballería de 350 hombres y otros 300 lanceros a pie. En el puente sobre el río Palacé, en el camino de Cali a Popayán, Baraya se enfrentó a las tropas del gobernador, que llegaban a dos mil hombres, y los derrotó provocándoles 100 bajas, mientras en las suyas hubo 11 muertos y 21 heridos. El gobernador Tacón huyó hacia Pasto, y Baraya, junto con Atanasio Girardot, entonces teniente, quien encabezó la caballería en el combate de Palacé, entraron a Popayán el 1o de abril de 1811. Fue esta batalla o combate, como lo definen analistas militares, del bajo Palacé, la primera acción militar victoriosa de la naciente República. El regreso de Baraya y de las tropas de Cundinamarca a Santa Fe fue apoteósico. Fueron recibidos con arcos triunfales hechos de flores y la ciudad entera salió a aplaudirlos a su paso por la calle de la Carrera.

En Popayán las fuerzas de Cundinamarca, con 1200 hombres, reforzadas con personal del Valle y de Popayán, se reorganizaron, reaprovisionaron y marcharon hacia Pasto, que seguía bajo dominio leal a la corona. Las tropas se estacionaron en el valle del Patía mientras los patriotas de Quito, encabezados por Pedro Montúfar, avanzaron hacia Pasto, que fue ocupado por ellos en noviembre de 1811, en tanto los realistas se resguardaban en la vertiente pacífica en el pueblo de Barbacoas. Debido a abusos de las tropas patriotas contra la población civil, entre ellas el incendio del pueblo de Patía, se empezaron a formar en el valle del mismo nombre guerrillas favorables a los realistas.

Cerca de Barbacoas, en los esteros del Pacífico caucano, a donde se había retirado el gobernador español Tacón, derrotado en el bajo Palacé, se presentó un enfrentamiento fluvial de embarcaciones realistas contra otras enviadas desde Buenaventura al mando del capitán patriota Ignacio Rodríguez, El Mosca, comisionado por la Junta de Cali para apoyar los esfuerzos de los nativos de Iscuandé en su declaración de independencia. Las naves, precarias canoas de madera de fabricación local, que tenían montadas piezas menores de artillería, se encontraron en Iscuandé —punto de salida al Pacífico desde Popayán— con los realistas y los derrotaron. Tacón, por su parte, contaba con un bergantín, un cañón, una lancha cañonera con casco de cobre y cuatro buques menores. Esta acción liberó el litoral sur.

El control de destacamentos patriotas acantonados en Popayán después del regreso de Baraya y sus tropas a Santa Fe estaba a cargo de José Joaquín Caicedo, presidente de la Junta de Cali, y de José María Cabal, patriota nacido en Buga. El estado de las fuerzas era muy deficiente, lo mismo que sucedía con los reductos realistas. Pocos oficiales y soldados tenían experiencia militar y muchos menos habían recibido alguna noción sobre las artes militares. La impericia de los patriotas, las deserciones en el campo realista y la falta de definiciones políticas de las distintas juntas de las ciudades que habían proclamado la independencia fueron las constantes de las operaciones militares en el sur. “Si los de Quito eran bisoños en las artes militares, los de Pasto se hallaban en el mismo estado, con la diferencia de que estos estaban peor armados” (Ortiz, p. 112).

Mientras los patriotas al mando de Caicedo dominaban Pasto sin combates, las guerrillas prorealistas patianas y las del río Juanambú, en la ruta de Popayán a Pasto, se unificaron bajo el mando del criollo José Joaquín Paz e intentaron tomarse Popayán. Fracasaron, aunque lograron penetrar hasta el centro de la ciudad. La defensa de Popayán contó con la espontánea colaboración de un joven estadounidense con evidente preparación en el campo militar, Alejandro Macaulay, de veinticinco años, quien con su activa participación en asuntos públicos logró no solamente desbaratar los planes de los patianos, sino proporcionar a estos una eficaz y estruendosa derrota (Ortiz, p. 234). “Las acciones comenzaron cuando los guerrilleros (que eran 1500 hombres) invadieron las bocacalles del sur para tomarse la plaza. Por el oriente penetraron hasta Santo Domingo, pero el ingenio táctico del joven médico estadounidense Alejandro Macaulay, utilizando un cañón obligó a los atacantes a replegarse” (Castrillón, p. 22).

Luego de fracasar en la toma de Popayán, las guerrillas del Patía dirigieron su esfuerzo hacia la recuperación de Pasto, que cayó de nuevo en manos realistas el 20 de mayo de 1812. Los 430 fusileros patriotas que la defendían no soportaron el ataque de los patianos apoyados por grupos armados en el interior de Pasto. Caicedo fue hecho prisionero junto con todos los oficiales y las tropas de la guarnición patriota.

Popayán organizó entonces una expedición para liberar a la ciudad y al presidente Caicedo. Camilo Torres, presidente de las Provincias Unidas, nombró a Cabal comandante y a Macaulay jefe militar con el título de Ayudante e inspector de armas de la Provincia, en el grado de coronel del Ejército. Con 600 hombres marchó hacia Pasto y antes de iniciarse la expedición los patriotas de Popayán dirigieron un oficio al Cabildo, Justicia y Regimiento de la ciudad de Pasto. Sus términos eran:

La ruina de Pasto ha llegado y esa ciudad infame y criminal va a ser reducida a cenizas... Las tropas belicosas de las provincias de la Nueva Granada reducirán a pavesas a Pasto y solo podrá evitar su irremediable destrucción poniendo inmediatamente en libertad a las personas del presidente, oficiales y soldados pérfidamente sorprendidos y entregando todas las armas. Decídase pues ese ayuntamiento: esta es la primera y última intimación que hace este gobierno, justamente irritado, de la provincia de Popayán (Guerrero, p. 48).

Marchó la fuerza hacia el sur y luego de una feroz lucha de dos días y medio en el escarpado paso de Juanambú, bien defendido por los realistas pastusos, Macaulay logró pasar sus tropas y llegar a las puertas de Pasto, desde donde envió la siguiente intimación al cabildo de Pasto, comandado por Blas de la Villota:

Entrégueseme las personas del excelentísimo señor presidente, la oficialidad, la tropa y demás sujetos que aprisionó ese pérfido vecindario, indemnizándolos de los perjuicios que se han irrogado, entrégueseme todas las armas y pertrechos de guerra que hay esa ciudad y entonces ella será tratada con benignidad. De lo contrario, si no viene usía muy ilustre al camino a formalizar la entrega de presos y armas, si me dispara un solo fusilazo en el tránsito, Pasto pagará sus crímenes desapareciendo de la tierra. Y si para colmo de su maldad ejecuta el más pequeño agravio a las personas de los presos, tiemble ese pueblo bárbaro infractor de los derechos de Dios y del hombre y no habrá piedad; no quedará hombre vivo desde el Guáitara hasta Juanambú, el fuego consumirá sus edificios y propiedades.

A lo cual el cabildo de Pasto respondió:

Ha recibido este ayuntamiento un oficio firmado por un Macaulay, coronel comandante desconocido de este cuerpo... y aun cuando fuera dirigido a un particular de crianza y distinción, chocarían las expresiones poco decorosas y ajenas a la buena educación con que está concebido... Por lo demás cuando las condiciones que se propongan vengan desnudas de fanfarronada y terrorismo y sean conformes a la equidad, al derecho de gentes y a evitar la efusión de sangre, este cabildo sabrá oírlas y sabrá proponer medios conciliadores (Guerrero, pp. 45-46).

Villota añadió: “que nosotros sostendremos el antiguo Gobierno hasta que deje de existir el último hombre de esta ciudad. Dios guarde a usted por muchos años. Blas de la Villota” (Guerrero, p. 48). Sin embargo, a pesar de las amenazadoras palabras, no hubo lucha y la superioridad de las tropas venidas de Popayán llevó a los pastusos a firmar una capitulación para intercambiar prisioneros.

La capitulación no se cumplió, inicialmente de parte de los patriotas, por encontrarse en contradicción las órdenes de Caicedo —presidente del Gobierno de Popayán— con las que había recibido Macaulay de parte de Camilo Torres, presidente de la Unión. Después de varias escaramuzas entre las tropas de Popayán y los pastusos en Chachagüí y Catambuco, se acordó un nuevo armisticio. Sin embargo, los pastusos, el 13 de agosto de 1812, atacaron el campamento de los patriotas, descuidados por haberse firmado la capitulación, a quienes tomaron por sorpresa y entre quienes hicieron prisioneros a 417 hombres, incluyendo al presidente Caicedo y a los oficiales, y mataron o hirieron a más de 200 soldados, mientras al asalto solo escapaba una columna de 120 hombres. Historiadores califican este hecho como la traición de los pastusos.

Macaulay fue hecho prisionero en Buesaco, cuando escapaba rumbo a Popayán. Todos los presos fueron conducidos a Pasto y recluidos en conventos y en improvisadas prisiones. Muchos de ellos escaparon o murieron por enfermedades o por física inanición. En Pasto se condujo un consejo de guerra que duró cuatro meses. Mientras tanto, las guerrillas patianas “se adueñaron de la ciudad y empezaron a cometer toda clase de desafueros”.

El 12 de diciembre de 1812 llegó la orden del presidente de la Audiencia de Quito, brigadier Toribio Montes. “El presidente de la Junta de Popayán [Caicedo] y el inglés-estadounidense Macaulay merecen pasarlos por las armas y que se ejecute, desde luego quitando a los oficiales prisioneros, y diezmando a los soldados para que sufran la misma suerte, verificándolo en la presencia de los que queden libres a quienes se les permitirá regresar a su patria apercibidos de que si vuelven a tomar las armas se les quitará la vida” (Ortiz, 1974, p. 297). De los 130 soldados que quedaban, seleccionaron (diezmaron) a trece y de ellos fueron fusilados 10 hombres. Uno de cada cinco oficiales (quintados) se sortearon para ser fusilados y los demás fueron deportados a la selva ecuatoriana. José Joaquín Caicedo y Alexander Macaulay fueron fusilados junto con los 10 soldados, delante de sus compañeros presos, el 23 de enero de 1813. Pasto siguió siendo un bastión realista.

PRIMERA GUERRA CIVIL

A comienzos de 1811 se empezó a delinear la organización política del país. Cundinamarca adoptó, en marzo de 1811, la primera Constitución, que reconocía a Fernando VII, “siempre que viniera a reinar entre nosotros”, e instauraba un sistema federal; se nombró como presidente a Jorge Tadeo Lozano. La relación con otras provincias era inexistente o conflictiva y el nuevo Gobierno empezó muy pronto a tener oposición. Antonio Nariño, liberado de la prisión de Cartagena como consecuencia de los hechos del 20 de julio de 1810, se estableció en Santa Fe y publicó su periódico La Bagatela, desde el cual ejercía una fuerte influencia contra el Gobierno. El 19 de septiembre de 1811, con un artículo en su periódico, provocó la caída del Gobierno de Lozano y un grupo de agitadores proclamó a Nariño para la Presidencia.

En 1812, un nuevo Serenísimo Colegio Revisor y Electoral convocado por Nariño expidió una nueva Constitución. No asistieron delegados de todas las provincias a ese acto donde se redactó un proyecto de Constitución similar al estadounidense. Se eligió a Camilo Torres presidente del Congreso de la Provincias Unidas, y con la presidencia de Cundinamarca en cabeza de Nariño se agudizaron las tensiones. Nariño trató de someter a la fuerza a varias provincias, como Mariquita y Socorro, y sus incipientes fuerzas armadas tuvieron éxitos iniciales. Su estrella militar era Antonio Baraya, héroe del combate del bajo Palacé. Las provincias de Chiquinquirá y Muzo se anexaron a Cundinamarca, lo que provocó la reacción del Gobierno de Boyacá, que preparó también una acción militar. Baraya, en plena campaña en Boyacá, cometió defección y se pasó con sus tropas al bando de Tunja, lo que motivó a Nariño a erigirse como dictador. Reorganizó fuerzas y marchó hacia Tunja, pero finalmente no combatió y, en cambio, los gobiernos de Boyacá y Cundinamarca acordaron una división de provincias para cada uno. Nariño invitó a todas las provincias a un congreso en Ibagué, pero de nuevo fue investido de facultades dictatoriales. Los diputados se trasladaron a Villa de Leiva y allí sesionaron y nombraron presidente del Congreso a Camilo Torres. De nuevo quedaron enfrentados Nariño y el Congreso, pues, aunque este último aceptó la anexión de Muzo y Chiquinquirá a Cundinamarca, le exigió a Nariño que cesara en la dictadura y se le sometiera. Esto motivó que Nariño expidiera una declaratoria de guerra y un llamamiento general a la población de Santa Fe. “Toda persona comprendida en este bando que, después de oídas las señales, no concurriere a los lugares prefijados o se evadiere con frívolos pretextos, será declarada enemiga de la patria y castigada como reo de alta traición” (Riaño, p. 149). Era octubre de 1812 y todos los esfuerzos en lo corrido de ese año y del anterior se habían concentrado en luchas de poder y en la disputa entre el Congreso y Cundinamarca.

Nariño partió para Tunja con sus tropas, 700 hombres, comandados por el brigadier José Ramón Leyva, con la vanguardia al mando del coronel del Batallón Provincial, Bernardo Pardo. Una columna del ejército federal al mando de Ricaurte salió de Tunja y en Ventaquemada esperó a la columna de Girardot, que venía por el camino de Samacá. A las cuatro de la tarde del 2 de diciembre chocaron los dos ejércitos. Baraya dirigió las tropas del Congreso. Las fuerzas de Nariño se retiraron a Ventaquemada a las seis y media de la tarde. Leiva, con tres piezas de artillería, protegió la retirada de los de Cundinamarca hasta las tres de la mañana. Dejaron en el campo 20 muertos y 30 prisioneros y perdieron toda la artillería y 30 fusiles. Se retiraron a Santa Fe. Los federales persiguieron y se lanzaron a atacar Santa Fe ocho días después y esa demora les impidió cobrar la ventaja obtenida en el campo de batalla.

Nariño ofreció la rendición. Reconocería al Congreso temporalmente y convocaría a una junta del Gobierno de Cundinamarca para renunciar ante ella. Era una salida digna para el Precursor. Baraya, sin embargo, no la aceptó. Estaba seguro de entrar triunfante a Santa Fe y de vencer incondicionalmente. El 24 de diciembre las tropas del Congreso empezaron a establecer un sitio a la capital, que entonces tenía no más de veinte mil habitantes. El dispositivo del ejército de la Unión era

La primera brigada que tenía un batallón, once piezas de artillería y los lanceros y caballería con un número considerable al mando de Ricaurte quedó situada en la punta del cerro de Suba, con destacamentos en el camino viejo de Usaquén y la segunda [brigada] con igual fuerza quedó acampada en Ontibón, con destacamentos en el puente de Bosa y en Chise, camino que sale cerca de la estación de Garzón (Santander, en Riaño, p. 163).

También tomaron Monserrate, altura dominante sobre la capital. En total tenían 3000 hombres.

Nariño, por su parte, contaba con 2000 hombres, a los que dispuso, junto a las milicias, en Puente Aranda, Bosa y Monserrate. Fortificó San Diego y destacó la artillería y el campamento principal en San Victorino. Los sitiadores impedían la entrada de víveres y ponían especial cuidado en evitar la entrada de miel, materia prima para fabricar chicha.

El 9 de enero se desató el ataque de Baraya por San Victorino. Nariño interceptó un mensajero de Baraya a Girardot, destacado en Monserrate, y lo engañó cambiándole la orden original de atacar a las tres de la mañana por otra en la que le indicaba que pasara lo que pasara no se moviera de allí. Girardot cayó en la trampa y su fuerza quedó inutilizada. El ataque se hizo por el lugar más fortificado, defendido con artillería emplazada, que batió sin misericordia a los federales. “Perdimos 200 hombres, más de la mitad de nuestras fuerzas”, escribió Santander, oficial del Congreso, con el grado de capitán y veinte años de edad a la sazón. Nariño ordenó perseguir los dispersos restos de las tropas de Baraya y capturó mil doscientos treinta y cinco enemigos, entre ellos al gobernador de Boyacá, a Urdaneta y a Santander. Quedaron 600 muertos y 400 heridos.

Baraya menospreció la capacidad de defensa de los bogotanos y despreció la rendición propuesta por Nariño. Su máximo error fue lanzar un ataque hacia el punto más fuerte del enemigo —por entre calles con artillería en las bocacalles, con poco horizonte para tiro de fusil y con obstáculos para la caballería— en circunstancias siempre favorables a quienes defendían. No hubo maniobras de distracción ni coordinación entre los distintos destacamentos. Nariño, en cambio, mostró liderazgo, sentido táctico, insuperable disposición de artillería y capacidad de motivación a la ciudadanía, que alentó y apoyó todo el tiempo a las tropas, y de ello dieron ejemplo las propias hijas de Nariño, que estuvieron en primera fila animando a los artilleros.

La primera guerra civil que tuvo la naciente República la ganó Cundinamarca; la ganó Nariño —el centralista— que derrotó a Baraya, su antiguo subalterno, por sus múltiples errores. Pero este triunfo no unificó los dos bandos ni dio a la República un gobierno único.

CARTAGENA CONSOLIDA LA INDEPENDENCIA EN EL NORTE

En la costa norte también la consolidación de la independencia fue muy difícil. Panamá había quedado bajo el control español y fue ubicada allí la sede del nuevo virrey, Benito Pérez, enviado en reemplazo de Amar y Borbón, expulsado de Santa Fe el 20 de julio. Cartagena se había declarado independiente el 11 de noviembre de 1811, pero Santa Marta era decididamente leal a la Corona, y fue reforzada para su defensa con tres buques de guerra y un batallón español enviado desde Cuba. Los realistas buscaron el control del río Magdalena y estimularon revueltas en las sabanas del Sinú en contra de la Junta de Cartagena.

A comienzos de 1812, solo Cartagena y Mompós, puerto sobre el río Magdalena, se mantenían en manos de juntas patrióticas. Panamá, Santa Marta y La Guajira, todo el curso del Magdalena, las sabanas del Sinú y del San Jorge y el resto del litoral permanecían bajo control español. La Junta de Cartagena hizo varios intentos por ocupar Santa Marta y por recuperar el control sobre el río, pero todos fracasaron. Ataques patriotas fueron rechazados en un combate fluvial en Santamartica, sobre el Magdalena, y también fueron abatidos en Zambrano, en Tenerife y en Pedraza. En octubre de 1812 los realistas, desde Santa Marta y por río desde El Banco, intentaron tomar Mompós, uno de los focos de resistencia, pero también fracasaron.

Manuel Rodríguez Torices fue designado dictador y luego presidente de Cartagena. Para romper el aislamiento que podía llevar al fracaso a la débil independencia, les abrió las puertas a todos los que quisieran combatir contra los españoles. Recibió decenas de revolucionarios venidos de Caracas, que había caído en manos españolas luego de un romántico y desorganizado primer esfuerzo independiente encabezado por el precursor de las ideas de independencia americana, Francisco de Miranda. La llamada Primera República de Venezuela se desbandó cuando los españoles retomaron Puerto Cabello, cuya defensa estaba a cargo del coronel Simón Bolívar. Sus líderes se fugaron hacia Cartagena.

En acta de noviembre de 1812, la Junta de Cartagena otorgó grados y destinó a misiones en unidades militares a 38 extranjeros. Entre ellos, fueron “admitidos al servicio del Estado los forasteros y extranjeros siguientes con los empleos de... coronel vivo del ejército al coronel Simón Bolívar”. El futuro Libertador había arribado en septiembre de 1812.

También Cartagena, para mantener una fuerza naval, abanderó a todo buque que quisiera hostigar naves españolas con la figura de la patente de corso para barcos extranjeros. La patente de corso consistía en dar refugio en su puerto a barcos y tripulaciones piratas que se dedicaran a asaltar buques de otras banderas a cambio de contribuir, bajo órdenes de la Junta, a la defensa de la ciudad que les ofrecía puerto seguro. Esto les reportó a los patriotas una sólida fuerza naval integrada por una fragata, diez goletas de guerra, tres bergantines y cinco buques corsarios, comandados principalmente por oficiales extranjeros. Esta flotilla causó grandes daños a las comunicaciones navales, comerciales y militares españolas en el Caribe central.

A diferencia de las primeras operaciones de guerra en el sur, que se caracterizaron por la inexperiencia de oficiales y soldados, en Cartagena la situación fue otra. Las fuerzas españolas tenían importantes bases de apoyo en Panamá y Cuba, y desde Santa Marta —que era una plaza fortificada de segundo nivel— lanzaban ataques y controlaban la navegación por el Magdalena y el camino a Ocaña, puerta de entrada a los Andes granadinos y venezolanos. Batallones de veteranos de las guerras europeas y buques de guerra mayores componían las fuerzas realistas. De otro lado, las patriotas eran más numerosas y experimentadas. La tradición militar de Cartagena; la numerosa población criolla y negra involucrada en las milicias disciplinadas, formadas por los españoles; los oficiales criollos; algunos europeos simpatizantes de la patriota, y los venezolanos permitieron construir una real fuerza militar. Adicionalmente, las fortificaciones de Cartagena, que habían sido diseñadas y construidas para resistir los más fieros ataques de las potencias europeas, aseguraban una sólida retaguardia a los patriotas.

La Junta de Cartagena organizó, a finales de 1812, una contra-ofensiva articulada por varias operaciones simultáneas en contra de las posiciones españolas que la rodeaban. Llegando por el mar, el coronel venezolano Miguel Carabaño encabezó una fuerza de 150 hombres que ocupó la desembocadura del río Sinú, en la bahía de Cispatá. Por tierra, el oficial español simpatizante de la independencia, teniente coronel Cortés Campomanes, dirigió una fuerza de 700 hombres que controló Corozal, Sincelejo y Lorica, derrotó a las tropas españolas compuestas por veteranos de Panamá y 1500 milicianos, y tomó el control de las sabanas del Sinú y del San Jorge, importante región costera y fuente de abastecimiento para Cartagena. Desde Mompós, los patriotas, dirigidos por Pantaleón de Germán-Ribón, recuperaron el control del río Magdalena en un corto tramo aledaño a esta ciudad, que iba hasta Plato y Zambrano, por el norte, y hasta El Banco por el sur. El coronel francés Pedro Labatut, de amplia experiencia militar y venido también de Venezuela, ocupó Santa Marta después de una difícil campaña de cuatro meses, en la que se destacó otro francés, el capitán Nicolás Valest, quien al mando de unas fuerzas sutiles —grupos de infiltración y reconocimiento— operó sobre los poblados al norte de la Ciénaga Grande del Magdalena por el camino sur occidental de Santa Marta. A diferencia de las atrocidades cometidas en Pasto por los patriotas, Labatut, de entrada, dictó una amnistía en Santa Marta y se ganó inicialmente a la población local que había sido leal a los españoles; sin embargo, él y sus lugartenientes cometieron luego una serie de abusos que volvieron a poner a los samarios del lado de los realistas.

BOLÍVAR Y LA CAMPAÑA DEL BAJO MAGDALENA

El coronel Simón Bolívar había sido destacado por la Junta Suprema de Cartagena dentro de las fuerzas del coronel Labatut que buscaban recuperar Santa Marta, y, como tal, recibió el comando de un puesto militar secundario sobre el río Magdalena, situado en el poblado de Barrancas —la actual Calamar—, localizado a unos 100 kilómetros al sur de la Barranquilla actual. Luego de varios días de inactividad en Barrancas y sin haber recibido una orden superior para operar, Bolívar decidió tomar la iniciativa. Con los 70 hombres con que contaba su unidad y después de haber recibido informes de enviados suyos sobre el estado de las posiciones españolas aledañas, marchó unos pocos kilómetros hacia el sur. Con su escasa fuerza intimó a rendirse a la guarnición española que estaba a cargo del pueblo de Tenerife, localizado al sur de Barrancas, lugar clave para la comunicación de Cartagena con Mompós y con las provincias del interior que tenazmente mantenían su independencia. “Si a esta intimación no me envían, en el término de veinticuatro horas después de recibido este parlamento, a los principales oficiales y magistrados a tratar conmigo del modo de entregar la villa a las armas del Estado de Cartagena, pues de lo contrario están prontas nuestras fuerzas a pasar a tomar esa plaza con todo el rigor de la guerra... Firmado, Simón Bolívar, coronel comandante del departamento de Barranca”. La guarnición española se retiró y Tenerife fue ocupado sin combate.

Siguió Bolívar luego hacia el sur, hacia Mompós, que se mantenía independiente. Allí fue reforzado con más de 500 momposinos, con sus armas y los mejores 15 buques del lugar, y de inmediato continuó su campaña hacia el sur por el Magdalena, pasando por Guamal, El Banco, Chiriguaná, Tamalameque y la actual Gamarra —entonces llamada Puerto Nacional— en persecución de tropas españolas, que a la llegada de los hombres de Bolívar desalojaban sus posiciones y huían hacia el norte, por el Cesar hasta la Guajira y Maracaibo, zonas dominadas por los españoles.

El coronel Labatut, su comandante directo, lo acusó de desobediencia por haber abandonado su destino en Barrancas sin orden superior y pidió un consejo de guerra, pero el presidente de la Junta de Cartagena, Manuel Rodríguez Torices, en lugar de sancionar al coronel Bolívar lo autorizó para continuar la ofensiva hasta Ocaña.

Esta acción militar, denominada la campaña del Bajo Magdalena, que duró escasos trece días, permitió a los patriotas tomar el control sobre el curso completo del Magdalena, vía crucial para la nueva República, y para comunicar Cartagena con el interior.

LA GUERRA PROGRESIVA DE BOLÍVAR

La guerra que desarrolló Bolívar en esta campaña fue el inicio de un nuevo concepto bélico, que le dio la libertad a cinco naciones. El historiador venezolano Vicente Lecuna lo bautizó la guerra progresiva, que consistía en que el ejército libertador podía ir creciendo durante la campaña, puesto que muchos se le sumarían a su paso de manera entusiasta, y otros criollos que hacían parte de fuerzas españolas y tenían experiencia militar se pasarían a los patriotas al tener oportunidad de hacerlo. Contar con oficiales y cuadros de mando experimentados y con armas y pertrechos suficientes eran las prioridades, pues con voluntarios se podría ir aumentando el pie de fuerza. “Tal fue el sistema seguido por Bolívar. Con una pequeña división libertó las provincias de Cartagena a Caracas... A la acción enérgica se agregaban las ideas del siglo [la Ilustración]... mientras a los españoles solo los animaba la tradición y la lealtad a su soberano” (Lecuna, vol. I, p. 6). Pero esta circunstancia no era exclusiva de los patriotas. Los españoles también la tenían y, en palabras de Bolívar, “el ejército [español] podrá aumentarse en las marchas en lugar de disminuirse, porque en compensación de las bajas que pueda producir el clima en las tropas europeas, el país le dará reemplazos con ventajas, pues no debemos alucinarnos, la opinión de la América no está bien fijada y aunque los seres que piensan que son todos independientes, la masa general ignora todavía sus derechos y desconoce sus intereses”.

Por esto, Bolívar enfatizó desde antes de su primera campaña del bajo Magdalena en darle un marco político a la guerra. A poco de llegar a Cartagena y días antes de partir hacia Barrancas, su primer destino militar en estas tierras, el joven coronel publicó dos manifiestos, uno titulado Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, en el que explicaba el sentido de la guerra contra los españoles y la visión del nuevo país. Era un concepto embrionario de lo que, una década después, desarrollaría von Clausewitz al observar la superioridad de los ejércitos franceses, compuestos por los ciudadanos que defendían la revolución: el éxito en la guerra tiene estrecha relación con la política que la motiva.

LA CAMPAÑA ADMIRABLE

El Gobierno de Cartagena autorizó a Bolívar a marchar hacia Ocaña —que no tenía presencia española—, donde concentró sus tropas: 400 hombres venidos de Cartagena y Mompós con sus fusiles. Allí el Gobierno de la Unión, presidido por Camilo Torres desde Tunja, le dio la orden de acudir a la defensa de Pamplona, ciudad que estaba en riesgo inminente de caer en manos de fuerzas realistas que alistaban, por orden del Capitán General de Venezuela, Domingo Monteverde, una decisiva invasión desde Cúcuta a los territorios independientes de la Nueva Granada. El coronel español Ramón Correa, a cargo de la vanguardia de las tropas de invasión, había dispuesto sus fuerzas en varias localidades en una avanzada para atacar Pamplona. Había 750 hombres en Cúcuta, doscientos en San Cayetano, 240 en Salazar de las Palmas, 100 en el alto de la Aguada, y 1200 en reserva, también en Cúcuta, mientras se esperaba que llegara de Apure y Barinas el grueso de la fuerza invasora: 3000 infantes y 1200 jinetes. El Congreso de la Unión, presidido por Camilo Torres desde Tunja, todo lo que había podido hacer era enviar una precaria fuerza de 200 hombres bien apertrechados y 300 mal armados, que se encontraban en Piedecuesta, cerca de Bucaramanga, al mando del cartagenero Manuel del Castillo y Rada.

Bolívar salió de Ocaña y en lugar de dirigirse a Pamplona —que tenía solo un destacamento de 350 patriotas— empezó a atacar las posiciones españolas avanzadas, primero en el alto de la Aguada y luego en Salazar de las Palmas, y batió sus destacamentos. “Proponíanse destruir los destacamentos del lugar sin dejarlos reunirse al cuerpo principal... Por esas rápidas marchas los destacamentos refugiados en Arboledas no pudieron reunirse con Correa sino en Cúcuta siguiendo veredas extraviadas y reducidos en número” (Lecuna, vol. I, p. 17). Se había conjurado el ataque a Pamplona.

Las fuerzas de Bolívar, que no llegaban a 500 hombres —reforzadas por dos compañías enviadas por Castillo desde Pamplona— se dirigieron hacia Cúcuta, donde estaba concentrándose la fuerza de invasión. Atravesaron el río Zulia con gran dificultad por contar únicamente con una canoa para transportar a todos los hombres, y siguieron la persecución de los destacamentos de Correa hasta Cúcuta. Allí, por la rapidez de la acción, tomaron una posición ventajosa sobre una altura y atacaron a las fuerzas de Correa en San José. Cuatro horas de dura batalla, que se decidió por una carga final de bayoneta ordenada por Bolívar, dejaron a Cúcuta en sus manos con grandes cantidades de armas, pertrechos y municiones que tenía allí almacenados Correa para la invasión a la Nueva Granada.

A las puertas de Venezuela, Bolívar hizo una proclama a sus tropas.

Soldados del Ejército de Cartagena y de la Unión. Vuestro valor ha salvado la patria surcando los caudalosos ríos del Magdalena y del Zulia, transitando páramos y montañas... tomando las fortalezas de Tenerife, Guamal, Banco, puerto de Ocaña, combatiendo en los campos de Chiriguaná, alto de la Aguada, San Cayetano y Cúcuta, reconquistando cien lugares, cinco villas y seis ciudades... En menos de dos meses habéis terminado dos campañas y habéis comenzado una tercera, que empieza aquí y debe concluir en el país que me dio la vida... Venezuela bien pronto verá clavar vuestros estandartes en las fortalezas de Puerto Cabello y en la Guaira. Corred a colmaros de gloria adquiriéndoos el sublime renombre de Libertadores de Venezuela. (Riaño, p. 242).

Al asentarse en Cúcuta, Bolívar solicitó permiso y recursos al Congreso de las Provincias Unidas, presidido por Camilo Torres, para desarrollar su campaña para liberar a Venezuela. También los solicitó al Gobierno de Cundinamarca, presidido por Antonio Nariño. El Congreso de Tunja autorizó la expedición con las siguientes condiciones:

1. Que estuviera siempre a sus órdenes, por lo cual debía prestar, antes de iniciar la marcha, juramento de obediencia al Congreso y al Ejecutivo de la Unión, en el Concejo de San José de Cúcuta. 2. No iniciar operaciones sin reunir un consejo de guerra en el cual se examinara la posibilidad de la empresa. 3. Dar a su ejército el solo título y carácter de Libertador de Venezuela. 4. Restablecer el Gobierno de la provincia que libertara en el estado anterior a su subyugación por Monteverde (Riaño, p. 265).

A la orden general de operaciones, Tunja le adicionó un moderado suministro de pertrechos, municiones y artillería. Cundinamarca, por su parte, envió 150 voluntarios, entre ellos muchos oficiales con experiencia en la primera campaña del sur.

Los 200 momposinos se quedaron en Cúcuta. La fuerza de Bolívar para liberar Venezuela se formó con cerca de 500 hombres agrupados en los Batallones 3, 4 y 5 de Infantería de la Unión, compuestos por tropas al servicio del Congreso de Tunja y por un grupo de artillería con cinco obuses y ocho piezas de artillería, además de 1400 fusiles, número en exceso para los hombres con que se contaba. Los dos últimos batallones estaban conformados exclusivamente por oficiales. El concepto de guerra progresiva era la base de la empresa.

El 15 de mayo de 1813 salió este ejército de San Cristóbal, teniendo como segundo comandante al brigadier santafereño Joaquín Ricaurte, nombrado por el Congreso. La división de vanguardia la dirigía el antioqueño Atanasio Girardot, llegado en los refuerzos enviados por Nariño, y la retaguardia, José Félix Ribas, tío de Bolívar.

Las fuerzas españolas, bajo el mando del capitán general Monteverde, tenían cerca de 8000 soldados en Venezuela, la mitad de ellos emplazados en las guarniciones costeras y los demás dispersos a lo largo de las principales ciudades del interior. La línea de penetración dispuesta por Bolívar, desde Cúcuta hasta Caracas por el lomo de los Andes, permitía entrar por la espalda de las principales defensas de la Capitanía General.

La primera acción fue ocupar Mérida, de donde había huido la guarnici

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