Trochas y fusiles

Alfredo Molano Bravo

Fragmento

I
Isauro Yosa, el Mayor Lister

1. Nueve de Abril

Yo me acuerdo desde 1920 porque nací en 1910. Las primeras edades son una laguna de donde no se puede sacar nunca nada, ni siquiera un sabor. Mi padre era muy vicioso y yo le huía. De tanto huir, seguro se me ahogó todo en ese hueco. Pero después comienzan los recuerdos: los buenos, que son pocos, y los malos, que son el resto. En la escuela me amparó la maestra, una señorita que fue sana conmigo, aunque por su mano no aprendí nada. Me la pasaba bostezando en aquel calor que hacía en Chaparral, donde nací y donde murieron mis cuatro hermanas sin haber conocido ni siquiera Ibagué.

Nos criamos muy pobres. Primero por el vicio del viejo, que no dejó de beber desde que ganaron la guerra los conservadores, y segundo por ser arrendatarios de don Ricardo Trujillo, conservador también, que no dejaba de recordarle todos los días a mi papá que éramos arrimados, para poder sacar más partido a la obligación que había que pagarle.

Me fui de la casa a los dieciséis años por la carrilera que de Girardot iba llegando a Neiva. Siendo mocito ya, necesitaba vestirme como yo quería y llegué a El Guamo a trabajar en la misma línea del ferrocarril. No fue sino bajarme y coger la maceta para partir piedra. Peón de mano era mi grado. Ganaba lo que necesitaba para vestirme y para enamorar muchachas, que por aquella línea había muchas. Pero ese destino me cansó y me coloqué de ayudante en un Ford 28 recién salido que hacía viajes entre El Guamo y Villavieja. Yo a nadie miraba desde el estribo.

Era alcalde de Villavieja un conservador de esos malos que se criaban por esas épocas, don Fermín Sánchez, propio de Natagaima. Me conocía. Era sectario el hombre. Nos encontrábamos donde doña Julia, que nos daba a juntos la alimentación y veía por la ropa. Nos fuimos enamorando de Teresita, una de las hijas de la patrona. Ella me prefería a mí por lo joven, porque no tenía mañas, pero las venias eran con don Fermín porque eso volvía importante a doña Julia. Los amores iban bien pero las cosas iban mal; un día la policía me zampó al hueco para investigarme dizque por el robo de yo no sé que cosa. Ni me acuerdo, porque no tenía fundamentos. Don Fermín quería despejar su matrimonio. De Villavieja, acusado de hurto calificado, o sea premeditado, me llevaron a Neiva, y de Neiva a Ibagué. Ahí ya nadie me acusaba de nada, pero entonces no tenía libreta militar y al cuartel fui a parar. Don Fermín sabía defender a Teresa. No lo culpo. Me moría de celos mientras aprendí a cuadrarme, a hacer guardia y a llevar lo que el Capitán Laverde dejaba tirado, porque tenía malísima memoria. Yo acataba la disciplina y por eso no me dieron ni un plantón, ni tuve que lamentar castigos. Tampoco aprendí de milicias, puesto que cargarle los cigarrillos al capitán no era nada estratégico. Pero por esa razón me cambiaron los dieciséis meses obligatorios por dieciocho y hasta me invitaron a hacer las jinetas de cabo en Ipiales, porque ya se sentía la guerra con el Perú. Cuando eso fueron las elecciones de Olaya Herrera y el contingente nuestro tuvo que votar cuatro veces, todas por Vásquez Cobo, que era general. La tropa tenía derecho al voto, pero con todo y la ayuda nuestra salió elegido el gallo tapado que teníamos los liberales.

Cuando subió Olaya salí del cuartel. Me sentía dos veces libre. La noche goda había pasado y la perdedera de tiempo también.

Volví a Chaparral. Por Villavieja ni quise pasar. Teresita tenía ya un hijo. Don Isaías Suárez, dueño de la hacienda La Pedregosa, me dio coloca. Cogían quinientas cargas de café, tenían máquinas secadoras y se movía mucho billete en esos días, aunque el país estaba llevado. No había empleo, las obras públicas se acabaron y el conflicto con el Perú era el desayuno de todos los días.

Me coloqué por cinco centavos diarios recogiendo café. La carga de quince medidas, o sea sesenta libras, la pagaban a cinco centavos. Cuando la cosecha pasaba me trasladaban a la arriería: echábamos cuarenta mulas de Chaparral a Neiva. Nos ganábamos dos pesos en el viaje, que duraba una semana entre ir y venir. Pero uno se cansa del mismo patrón, sea bueno o malo. Salí para la hacienda La Providencia, de los Rocha. Ahí me casé, al fiado, como todo en esa hacienda. Me prestaron quinientos pesos para pagar en trabajo. Terminé de pagarlos cuando los niños hicieron la Primera Comunión. Sin embargo, mucho antes de eso me salí de La Providencia, ya que el garrote en el sistema era descarado. El dueño daba la tierra, o mejor el monte, porque había que abrirlo, tumbarlo, quemarlo, sembrarlo. El arrendatario —que era uno— tenía que trabajar la tierra en café, y el patrón le reconocía —después de dos años— un precio de un peso por palo y le compraba el café beneficiado a ocho centavos la arroba. El dueño tenía más encima derecho a la mitad de la yuca, el plátano, el maíz, la caña, el frijol y todo lo que uno cosechara. No se podía ser colono porque los cuatro dueños de Chaparral reclamaban toda la tierra; los Caicedo, los Rocha, los Cantillo y los Iriarte. La finca de don Camilo Iriarte tenía unas escrituras de 1840, en las que se reconocía la compra de una mejora de dos hectáreas en las juntas de las quebradas Amoyá y Ambeima. La compró con trapiche, casa y dos bestias, a un indio, pero cuando nosotros investigamos el caso con el doctor Preciado, juez de tierras nombrado por el propio López para callar a Gaitán, nos dimos cuenta —como nos lo puso de presente el secretario del juzgado, doctor Luis Enrique Lince— de que el globo de tierra de don Camilo tenía cien mil hectáreas y colindaba con Caldas y con el Valle: volteaba por encima de la cordillera a salir a Barragán.

Gaitán andaba ya con esa vocecita —que era mero timbre— pellizcándonos a todos desde la Cámara y recordándonos que nos estaba cogiendo el día. Nuestra pelea comenzó por las pesas. La hacienda no aceptaba pesar el café sino con sus propias romanas, que todos sabíamos adulteradas, cargadas para su lado. La arroba de café que uno trabajaba no era de quince medidas sino de doce, pero la arroba que uno compraba en el comisariato de la hacienda no era de quince medidas sino de dieciocho. Así nos daban por la cabeza dos veces; las romanas pesaban por menos lo que uno vendía y por más lo que uno compraba.

Nos metimos a la lucha con el movimiento que formó Gaitán, invitamos a una asamblea de tabloneros en El Limón y planteamos la cosa de las romanas.

El alcalde, que era un buen liberal, nos respaldó y salimos de ahí a comprar una romana nueva y certificada por la alcaldía. Con ella comenzó una pelea que todavía no termina. Nos presentábamos a las haciendas con nuestra romana el día que estaban pesando y mostrábamos la diferencia de pesos. La gente, contenta, nos apoyaba. Comenzó a ver su derecho y a hacerlo valer. La alcaldía se mantuvo firme.

Al principio era una sola comisión, pero al poco tiempo formamos cinco, después diez. Cada una con su romana. Los mayordomos se oponían defendiendo al patrón, o mejor, el negocio que tenían con el patrón, pero como éramos tantos, les costaba trabajo no dejarnos actuar. Eso se volvió hasta peligroso. Las diez comisiones formaron al poco tiempo lo que se llamó una liga campesina, y ya con nombre, más nos oía la gente y más nos odiaban los patrones.

De las pesas del café pasamos al comisariato y luego a la tierra misma: la liga comenzó a pensar en los que no tenían tierra donde trabajar. Con esa bandera fuimos a las elecciones del 36 y ganamos para Gaitán dos bancas en el Concejo. Esa vez los liberales sumamos ocho y los godos sólo tres.

El problema comenzó a presentarse porque los terrajeros quedaban sin trabajo cuando la cosecha se acababa. Entonces la hacienda les hacía un crédito de comida: sal, carne, jabón, panela, arroz, manteca. Las limpias de café no alcanzaban a cubrir los gastos, y entonces la nueva cosecha se quedaba corta para pagar la deuda y seguir en paz con el patrón a ver si volvía a dar trabajo. Las ligas dieron una nueva orientación: rozar para sembrar, sin respetar las tierras en montaña que las haciendas reclamaban. Hacíamos comisiones de cincuenta o de cien hombres para ir a trozar monte, hacer rocerías y sembrar. Al comienzo la policía nos sacaba, hasta que se le perdió respeto a la autoridad. «No mandar cosas imposibles —decía mi madre— para no verse desobedecido».

Por esas fechas salió la Ley de Tierras, la famosa Ley 200 de 1936. Yo era concejal y reclamábamos el triunfo como si nosotros la hubiéramos escrito. Las ligas se crecieron y los patrones se volvieron acérrimos, muy acérrimos, hasta el punto de importar mayordomos para amaestrar comunistas. Con esa ley se echó a oír hablar del comunismo y a señalarlo a uno como tal. La Ley era jodida: daba veinticuatro horas al propietario para denunciar la invasión de un predio. Se trataba de madrugar. De madrugar a sembrar para que, cuando aclarara, la tierra fuera de uno. Se desmontaba como un berriondo. Llegaba la policía y preguntaba: «¿De quién es esto?» Le contestábamos: «De todos, de todos, aquí no hay dueño». Y ahí fue que comenzó la vaina. Los patrones tronaban en Bogotá mientras nosotros sembrábamos matas de plátano ya prendidas. Eso era imparable; había más de mil colonos luchando por una tierra que no les iba a costar ni un centavo. La policía llegaba a sacarnos y nosotros se la montábamos en el Concejo. Denunciábamos los atropellos y así la parábamos. Huchábamos la gente a luchar, la invitábamos al Concejo a denunciar a la tropa, logramos hacer sesiones el domingo por la tarde, para que los campesinos asistieran. El personero, Álvaro Echandía, sobrino de Darío Echandía, nos apoyaba. Él nos puso sobreaviso de una parada que los Rocha estaban cocinando: se trataba de permitir que el banco le echara mano a la tierra, se pagara la deuda y la parcelara, vendiéndola, entre los colonos que la reclamaban. El ejército vigilaría toda la operación. Eso era burlarse de la ley.

Sucedió que unos campesinos de la liga le dieron unos golpes a uno de los ingenieros que estaban loteando. Nosotros los concejales de Gaitán respaldábamos a los compañeros. La gobernación del Tolima nos levantó la inmunidad y nos metieron presos. La gente entonces se arrebató y mandaron una comisión a conversar con nosotros. También los metieron presos. Pero todo el pueblo se levantó hasta que les tocó largarnos para la calle. El gobierno nombró entonces juez de tierras al mentado doctor Guillermo Preciado, un hombre templado, si no se ha muerto, que comenzó a parcelar, por orden del mismo López y de Echandía, las haciendas del sur del Tolima.

El hombre andaba a caballo con su secretario y con una máquina de escribir para redactar en limpio títulos de propiedad. Llegaban a donde los llamaba la liga y, por lo tanto, donde ya estaba medido y asignado. Hacían el título y lo entregaban ahí mismo: «Con esto le prestan plata para trabajar», decía el doctor Preciado. Los dueños de las haciendas lo odiaban, lo tildaban de comunista. «No importa, yo no vengo por cuenta de ellos», decía, y seguía escribiendo títulos. Pero al fin consiguieron hacerlo destituir y ese día las cosas comenzaron a ponerse feas.

Vino la elección de Santos y perdimos las bancas en el Concejo. El unirismo, el partido de Gaitán, se dejó convencer por los liberales santistas y yo me volví comunista de verdad, de partido. Pedí ingreso y recibí carné. Me eché la soga al cuello. Pero no había manera de echar para atrás. Los dueños de las haciendas se armaron y comenzaron las amenazas y el pajareo.

Yo me puse a trabajar la tierra que me había tocado. Sembré café y caña, metí un par de reses y hacía el deber de vivir. Hasta un día que resulté demandado por ocupación de hecho, teniendo el título que me había dado el doctor Preciado. Los Iriarte no descansaban y habían intrigado hasta jodernos. Para el 44 estaba López otra vez. Pero ya no era el mismo López; lo había domado Laureano a punta de gritos. Iniciamos el pleito. Éramos varios. Todos los que habíamos cogido tierra de los Iriarte y de los Rocha y de los Caicedo y de los demás. Mejor, a la cola de los primeros se montó el resto. Los colonos me nombraron en una comisión para ir a conversar con el presidente López, pero él no nos quiso recibir. En cambio, Lleras Camargo fue muy atento con nosotros. Nos prometió su «intervención personal». Recuerdo todavía los términos. Nos devolvimos muy contentos por haberle dado la mano a un doctor tan alto y encopetado.

Al poco tiempo nos citaron al Concejo. Yo pensé que se trataba del reconocimiento de nuestros títulos o de algo así. Pero no. Era para hacernos un debate por los ocho pesos que nos había dado la alcaldía para viajar a vernos con Lleras. Tras de palo, rejo. La sangre se me fue trepando por las manos y cogí del fundillo y del pescuezo al fulano que nos estaba haciendo el debate, lo levanté por el aire y me arrimé a la ventana del salón. Yo en esa época tenía toda mi fuerza. De la plaza comenzaron a gritar: «Tírelo, tírelo, échelo para acá». Yo estaba por hacerles caso cuando brincó el teniente de la policía y me lo quitó. Fue la única vez que la policía me ayudó, porque después llegó el 9 de abril.

A mí me tocó un 9 de abril muy triste. Estaba operado; hacía dos días me habían traído a Chaparral en manta, atacado de peritonitis. Me operó el doctor Rocha, el boquinche, uno de los dueños de La Primeriza. La finca que habíamos ganado. Yo hasta llegué a pensar mal de la ciencia, pero tampoco había solución porque los otros dos médicos eran conservadores. La operación fue de urgencia, dado que tenía el menudo floriado y estaba pudriéndome por dentro. El doctor Rocha me dijo: «Lo opero de buena voluntad, pero bajo su responsabilidad». ¿Qué podía hacer? Cuando desperté, la enfermera me dijo: «Si no le da hipo, puede seguir viviendo». Yo eché a esperar el hipo pero no llegó. Llegó a saludarme fue Teresita, la novia de Villavieja, viuda y todavía bonita. Me traía unos merengues y yo me puse tan feliz que me los comí debajo de las cobijas. Amanecí botando merengues por unas cánulas que tenía. Cuando vi eso todo blanco llamé a la enfermera: «¿Qué es eso señorita, qué me dejaron adentro?» Llamó a gritos al doctor Rocha. Se quedó seco: me dijo todo lo que quería decirme desde antes y me puso a punta de suero siete días.

El 9 de abril no se oían sino voladores, vivas y jodas. Yo no entendía qué pasaba porque el médico me mantuvo en la oscuridad, como vengándose hasta que llegaron los liberales a llevárselo a la cárcel. ¿Pero cómo dejarlo trastear? ¿Quién nos atendía? Tocó oponernos a nuestros copartidarios hasta lograr que lo dejaran en el hospital custodiado por un policía y por mí. Yo era el que le daba los permisos al policía y autorizaba las solicitudes del médico. Sin embargo, el gusto duró poco, porque a los días echó a llegar a Chaparral la pajaramenta del Valle; los godos armados y los policías civiles.

2. El Davis

Cuando salí del hospital, a los cuarenta días de haber entrado, la cosa ya se había prendido. Los muertos abundaban y eran conocidos. Los asesinos no. La policía no daba cuenta ni razón de nada, como si lo que pasaba fuera en el país de al lado. Por eso fue que tocó ponernos sobre las armas; porque nadie respondía. El alcalde se alzaba de hombros como diciendo: miren a ver. Por eso tocó hacerle caso y mirar por uno.

Una tarde llegó a Coronillas, la finca que yo estaba haciendo, don Alejandro Londoño, un antioqueño grandote y saludable, a contarme afanado que había sabido que en el directorio conservador se hablaba de mí como el comunista que armaba la chusma. ¿En realidad para qué voy a decir, ahora que tengo tantos años, que no era cierto? Era cierto: en la vereda que llamábamos Apicalá teníamos organizadas unas comisiones con cuatro escopetas que no alcanzaban más de dos metros, hechas para el pajareo y no para la guerra. Teníamos también lanzas encabadas en palos. Era todo nuestro arsenal. Habíamos organizado las comisiones porque en una vereda cercana, llamada El Totumo, la chulavita había masacrado a una familia liberal entera y había hecho chicharrón con ella. Cuando vinieron a avisarme les dije que bueno, que consiguieran los fistos y procuráramos la defensa. Se organizó bastante gente porque ya para esos días había mucho deudo. Comenzamos a comisionar nosotros también.

Le hice caso a don Alejandro, dejé la finca y me fui para Algeciras a manejar la cosa directamente. Yo era el jefe de los comunistas y el único que había prestado servicio militar. No podía primero chuzar para después saltar. Tocaba afrontar. Mandé la familia para Chaparral y me fui a frentear, pero era poco lo que podíamos hacer porque los atropellos resultaban muchos. A la vereda de Chicalá, en el Combeima, comenzó a llegar gente perseguida a que nosotros la amparáramos, aunque nosotros no teníamos más que lanzas y cuatro chopos de fisto. ¿Cómo podíamos parar con eso la matazón que venía andando de lado a lado, de casa en casa? No llegaban ni siquiera hombres formados, sino mujeres y niños. Más que defendernos, lo que podíamos era mantenernos despiertos unos con otros para estar atentos a la entrada de la chulavita. Al final eso no tenía importancia porque de todos modos entraban. Delante de todos mataron a la familia Guarnizo.

Yo había oído hablar de que por los lados de Río Blanco se habían levantado los Loaiza y los García. Eran afamados y ricos, sobre todo el viejo Gerardo Loaiza, hombre cabal, liberal de cepa, muy nombrado. Tomé la decisión de acercarme a hablar con ellos, a plantearles el negocio de armarnos. El sitio de ellos se prestaba para la pelea por ser alto y montañoso, y en cambio el nuestro era una rastrojera metida en un cañón. Estuve hablando con don Gerardo. Le conté la situación nuestra, la situación de tanta familia, de tanta viuda, de tanto huérfano. Tanto lo asusté, que me dijo: «¿Cómo los alimentamos?» «Ellos saben trabajar —le contesté—, siempre han trabajado. La gente no va a llegar aquí de bonita a que usted vea por ella, don Gerardo. Son todos buenos trabajadores. El todo es que usted les permita dónde y los proteja de la chulavita. Ella por aquí no sube y más sabiendo que andamos bastantes». Esa era en realidad nuestra ilusión. Quedamos en que iría a consultar con los García y con sus hijos y que nos avisaba. No había más que hacer. Al viejo no lo convencimos del todo porque tenía sus sospechas de nuestro comunismo, y cuando regresé a Chicalá estábamos rodeados por los chulos del ejército. Más de cien hombres armados buscándome a mí, el jefe de los comunistas. Habían acampado en la hacienda de los Iriarte y todavía no sabían hacer cercos. Yo mandé regar la gente para obligar a los chulos a desconcentrarse con la idea de golpear por ahí a algunos que anduvieran desprevenidos. Teníamos ya unos cincuenta fistos y doscientos catalicones, bombas de tubo y metralla, muy efectivas.

Una tarde se metió una comisión de cinco. Tal como la mirábamos desde una loma, venían más que en son de pelea con ganas de robarse unas bestias. Nos agazapamos en un paso y les soltamos dos catalicones y un par de descargas de escopeta que sonaron secas. Respondieron sin orden, a la loca, asustados. Ese día cogimos la primera carabina, con cartucheras y buen parque; era un arma belga, muy bella. Nos parecía mentira ese olor a nuevo que tenía. Con ella nos metimos en otra comisión y en otra. Miramos que en cada ataque sumábamos una o dos carabinas sin que a nosotros nos pasara nada. Había que pagar con susto, pero nada más. El ejército se retiró porque pensaba que teníamos un armamento pesadísimo, traído de Rusia, como más tarde echaron a decir. Esa vez conseguimos seis carabinas y se lo hice saber inmediatamente a don Gerardo, a quien, claro, ya le habían contado de nuestras acciones. Eso lo convenció. Si nosotros éramos buenos trabajadores y además buenos peleadores, el defendido iba a ser él. Hasta yo lo pensé así, pero la oferta ya estaba hecha y no había cómo correrse.

Entre el Ambeima y Río Blanco había dos días de camino cuando uno iba escotero. Pero andar con familias y con trasteo era un cuento distinto. Lo primero que hicimos fue construir en tierras del Davis, arriba de Río Blanco, un cuartel general y guindaderos para las familias. Mandé veinte hombres a trabajar en el punto de llegada mientras nosotros avanzábamos con ese reguero de gente. Más de doscientas familias. Iban desde los abuelos hasta las gallinas. Miles de personas. Nos dividimos en varias comisiones defendidas por fusileros, que llamábamos, para darles importancia. Los fusileros iban adelante y a los lados; las familias en el centro. Así nació la columna que bautizamos con el nombre de Luis Carlos Prestes, un comunista brasileño que iba allí pero que nadie conocía. Conocidos iban don Ricardo Aurelio Restrepo, antioqueño, una plata de hombre; don Pedro Ramos, don Eliseo Manjarrés, don Juan Robledo, don Genaro Useche, todos muy respetables y ya mayores. El más mozo era yo, que tenía cerca de cuarenta años.

A las familias las colocábamos bien arriba, y a las comisiones armadas a dos días de camino, de tal manera que pudiéramos combatir bastante antes de que el enemigo nos pudiera llegar al centro, donde estaba lo que defendíamos. Desde el principio tocó organizar todo muy bien: manejar tanta gente no es fácil. Nos ayudaba estar amenazados por la tropa y señalados de comunistas por los liberales. Eso nos hacía sentir más cerca entre nosotros y acatar la autoridad y la disciplina. Sin eso no habríamos sobrevivido a tanta necesidad y a tanto asedio.

Una vez construidos los alojamientos y los cuarteles, ubicadas las ranchas, instalada el agua, y destacadas las comisiones armadas o guerrillas, que así ya comenzaban a llamarse, había que organizar la comida. Al principio nos alimentábamos con lo que traíamos; luego se nombraron comisiones para ir a trabajar, para tumbar monte y hacer cosechas de maíz, de frijol, sembrar la caña, la yuca, el plátano. Más de doscientos hombres trabajaban en esa meta. La tierra, gracias a Dios, era agradecida y la comida nunca escaseó.

Lo mismo pasaba con las intrigas. Los Loaiza, hijos del viejo Gerardo, eran tres. Celosos y, por envidiosos, anticomunistas; eran llamados por mal nombre Calvario, Tarzán y Veneno. En junta con Peligro, que era Leopoldo García, hacían una trinca respetable, que no se podía descuidar. Tampoco uno se les podía arrimar. Yo les daba libros para que leyeran y cuando les pregun

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