Vibrato

Isabel Mellado

Fragmento

Cero

Escucha.

Es el primer compás:

1

2

3

4

Casi me llamo Marta. Marta era el nombre de la amante de mi padre cuando nací. En una mezcla de perspicacia e imaginación, pudo mi madre impedirlo nombrándome igualito que ella. Soy, pues, Clara para el que quiera creérselo. Me consta mi ineludible cara de No-Marta. Mis labios lo pronuncian a cada rato en voz baja. No-Marta, No-Marta. No-Marta.

Me extirparon del compás materno. Sostienen mi cabeza. Cuando vacilo, tiran. Tiran sin sentimentalismos, con oficio. Ensamblo en un espacio de horas consecutivas, lógica tacaña y cinco sentidos. Admitida en el circuito vital, me entrego sin resistencia a los engranajes rígidos. Ya encontraría una forma.

Húmeda de sangre ajena, fue sencillo adherirme a una fresca espiral de manchas que surcaba el aire. Sonidos los llaman. ¿Ayudaré a esas manchas a sobrevivir? Sí y al revés. El sonido es innato. Y yo, ¿sonido o persona? El mundo es un sonajero. Escucha: tú serás persona y tendrás recuerdos y sonidos que crean en ti.

En silencio absorbí abundancias sin la sordina amniótica. Vengan, soy toda oídos. Soy toda. Soy. Una mano firme me abofeteó y mi grito no fue una opinión apresurada. Supe encajar el primer golpe. Se mostraron satisfechos. Dos hileras de punzantes luces apuñalaban mi recién estrenada lengua. Cerré bien la boca y dejé de ser urgencia para convertirme en cautela.

Mujer de voz fosforescente ofreció voluntad y pecho, pero el sabor aún tendría que esperar: cuidado, hombre que se aproxima, ladeando sus palabras para enternecerlas. Se acerca demasiado; escucho su olor y es el mío. Huele a mí pero en grande. Aquel hombre era mi padre el primer día.

Él y madre se abalanzan sobre mí, me estudian con minucia, no acaban de pulirme con sus ojos, recomponerme a placer para reencontrarse en mis facciones. Mi rostro, un segundo lecho marital. Los dejo hacer, qué más da. Desean tan locamente entremezclar sus fisonomías.

Los hijos como reverberación de los padres. Supuse que me habían regalado tiempo para modular de tonalidad o tono, para encariñarme con el oído.

A tres pasos se esbozaba el infinito.

Lo primero es lo primero hasta que no

Traía la mirada desocupada, pero ya la edad comienza, mis edades. Un mundo redondo se pega a las pupilas redondas y el redondo pecho se aleja. No hay alternativa; aparecen para quedarse tenedor, cuchara y un cuchillo. Cada cual cumple su trabajo. También las personas parecen dividirse en tenedor, cuchara y cuchillo. Primaveras, veranos, otoños e inviernos van cayendo al saco. Escucho voces deshojándose o floreciendo. Primero quieren enseñarme a comprender las horas del día, espacios bien demarcados para que juegue el tiempo. No respetan mis horarios, que algunas horas pasen o pesen más que otras. Es la vida, me repito. Escuece. Consigo por fin organizarme y conciliar el día y la noche, intuyendo sus futuras dimensiones. Muy pronto me enseñan a mover la boca como hacen ellos. Se ven bastante ridículos. Yo correteo durante semanas a unas consonantes con mi lengua siempre atosigada de papillas (alimento y sonido se han autoproclamado los reyes de mi paladar). Voy ajustando el mundo a las palabras que me son deletreadas. El sol es la gran sílaba. Mediante ensayo y error ejercito un y un no todavía asustadizos. Llegan entonces mis primeros zapatos, mi primera sopa, mi primer espejo, mi primera vergüenza y una avalancha de primeros sucesos que amenazan con desbaratarme. Ya me enseñan a escribir, con letra pequeña. Sin salirme del margen. Me dictan. Mis oídos siempre como escudos a los lados, captan incontables sonidos extinguiéndose aún en bruto, qué desperdicio.

Poco a poco afino perspectivas; rasgos, protuberancias, hediondeces o emociones y demás chirimbolos a los que he de irme acostumbrando. Y a una gran densidad de población en suspenso. Partí de cero, como ellos, pero voy ganando pistas. Descubro el hule, las ranas, la compota de membrillo, lo lustroso y lo opaco y lo suculento. Y más y más. A diario escucho desde mi cuarto un suspiro metálico que aquí se empeñan en llaman ascensor. Me aburro y lloro. Percibo más brillantes los colores así, húmedos de lágrimas. Lo tendré en cuenta. Veo a los árboles y a mis dedos crecer, a mis costillas que como un puño me estrechan y grito feliz. El sonido se propaga y todo oscila y todo vibra, ¿o es que todo tiembla con desmesura de la buena?

¿Y este niño que a cada momento me observa, me persigue y me sonríe, mostrando sus dientes con sarro, quién se supone que es?

Personajes

Una madre, con sus pinceles, con su libre acceso a los colores. Su voz espigada, sus celos.

A veces mi madre, ya de mañana, se llevaba la botella a los labios o vaciaba su contenido en el lavatorio. Para que padre beba menos, decía (¿o era para alegrarse la casa y ella?).

Un padre. Cuánto lo quise. Mi padre y su pena. Estábamos tan cansados de ella y no sabíamos cuándo podríamos comenzar a disfrutar de la nuestra.

Los zapatos de mi padre, torcidos y viejos. El taco más gastado desde la mitad hacia adentro. Hombre de pies planos, remachados a la tierra, y el cuerpo en vaivén.

Mi padre no pasaba en balde. Cualquier objeto, animal o individuo con el que se relacionaba, quedaba impregnado de su singularidad y sus gestos. Esos zapatos suyos rezumaban más carácter que la mayoría de las personas.

Clotilde, mi gallina. Yo quería quererla y ella, que la quisiera. Con puntualidad ponía un huevo, de eso sí me podía fiar. A veces yo se lo entregaba a mi padre para su ponche. Los gallos, Silvio y Guirnaldo, eran de mi hermano Raúl.

Raúl era calladito.

Y la calavera. Nunca supimos de su vida tan pasada, su ex nombre ni su voz. Nosotros le pusimos Gerundia porque sabía vivir el momento. Era la más vieja de la familia, la que venía de vuelta. Desde que tengo uso de razón estaba en casa. Mi madre sentía recelo, sospechaba que esos huesos, esa mandíbula fina, eran de mujer.

Le poníamos por ojos los huevos duros de Clotilde y la horrorizábamos repitiendo las historias que nos leían las monjas.

Cicatrices

Un fresco eclipse de cantos de gallos nos despertaba. Con estribillos comedidos y homogéneos invitaban a la luz del amanecer. Silvio y Guirnaldo sabían ignorar cualquier borrachera o pelea nocturna que ahuecara nuestro sueño. Con puntadas rítmicas cicatrizaban la oscuridad.

A mi padre había que despertarlo a dos manos, remecerlo bien fuerte. No bastaban los sonidos externos; los suyos propios, más tercos, lo arropaban. Sus ronquidos eran los terrones de una noche que a menudo deseaba seguir arando durante la mañana.

—No eres una mujer resoluta —decía mi abuela a mi madre cada vez que le hacía una visita.

—¿Por qué no dejas de una vez a esa calamidad de hombre?

—Prefiero ser irresoluta a quedar resolita —respondía mi madre a su madre y así quedaba zanjado el tema.

Malabarismos

Una noche, mi madre no lo dejó entrar en casa. Se había enterado de una de sus donjuanerías. Llegó borracho, y a fin de calmar los ánimos, anunció que salía a comprar harta carne para un asado. Se fue sin sus llaves y al volver no hubo caso; por más que rogó y amenazó y prometió, mi madre ni se inmutaba. A mi hermano Raúl y a mí se nos revolcaban las lágrimas en los cachetes. El ruido fue lo peor.

—Ese bellaco les está torciendo el pescuezo —gritó mi madre y abrió la puerta lo más rápido que pudo. Comenzó lo que yo, mucho más tarde, ya conocedora de vanguardias y estilos, logré calificar como una escena deconstructivista: nuestros padres se perseguían de una habitación a otra, provocándose, llorando y también riendo, a la vez que se arrojaban por ventanas y puertas los cuerpos agonizantes de Clotilde, Silvio y Guirnaldo en un malabarismo frenético. Nos contagiaron la risa vidriosa. Era bien cómico aquello. Mi hermano y yo nos quedamos en un rinconcito hasta que la lluvia de plumas amainó.

A causa del escándalo, los vecinos llamaron otra vez a los pacos, quienes vinieron con la sirena del furgón encendida y se llevaron a Guirnaldo y a Silvio, a mi padre y a la Cloti, con mucha autoridad y aún más apetito.

Al menos nos quedó Gerundia, porque se había muerto hacía rato. Mejor concentrar el amor en nuestra calavera, la única mascota que nos iba quedando. Ni siquiera tendríamos que llorar su muerte.

Segundos y plumas

El cielo estaba pánfilo, descosido, y no había gallos para cicatrizar nada. ¿Qué hará que al cielo no se le caigan las tripas?

El suelo quedó lleno de plumas, y mi madre, siempre tan artista, cogió una de ellas, la más negra de la cola del gallo Guirnaldo, y la puso de tal forma que sustituía perfectamente al segundero de nuestro reloj de pared. Para que el tiempo nos sea liviano, supuse yo. Para que los segundos vuelen y lo suelten pronto de la comisaría, dijo mi madre. Mi hermano Raúl se quedó calladito.

Clínica del Carmen

Me encantaban esas clínicas de desintoxicación donde lo visitábamos. Ya las conocíamos casi todas. A él le gustaba una en especial adonde iban sus poetas amigos, pero esa solía estar repleta.

Mi padre subyugaba a las enfermeras con iniciativa y carisma. Una vez pasada la peor fase del síndrome de abstinencia, jardineaba de buen ánimo, organizaba talleres y sellaba amistades. Reinaban allí la rutina y la lógica. Así cada noche tendría lugar en el mismo sitio y a la misma hora. Comprendí a mi padre y sus recaídas, ahí daban ganas de regresar.

Con picardía y linda voz de hueso, saludó mi padre a una enfermera y nos comentó luego:

—Las mucosas son quizá lo mejor de nosotros, no lo olviden.

Cruzábamos el jardín de la clínica. Se agachó y abrió un tarro grande de leche Nido. Estaba repleto de caracoles recolectados y alimentados por él con entrega. Después de una tarde distendida, regresábamos a casa, mi hermano Raúl y yo, la canasta llena de Pepsis que mi padre atesoraba pensando en nosotros durante la semana y con mermelada de moras del jardín.

A la semana siguiente fuimos a visitarlo y nos dijeron que no estaba: se había fugado de la clínica. No era la primera vez. Buscamos en el jardín el tarro de caracoles, queríamos llevarlos con nosotros a casa, pero alguien los había cocinado.

Adelgazó mucho. Cuando lo volvimos a ver, su mirada también era huesuda.

Y Dios más encima

Además éramos hijos de Dios, una responsabilidad más, pero me tranquilizó saberlo. Lo había confesado mi hermano que, como es calladito, cuando hablaba había que tomarlo muy en serio. Llegué al colegio vanagloriándome de mi otro padre. Mis compañeros se encargaron de abrirme los ojos. Resulta que no éramos hijos únicos, Dios había esparcido hijos por todo el colegio, incluso por todo el universo, igual como hacía mi padre, según especulaba mi madre. O sea que también éramos unos huachos, bastardos.

Luego me enteré de los detalles. Después de mucha discusión entre aquella madre católica y aquel padre ateo fui inscrita en el colegio de monjas. Se hablaba allí sin parar de la mano de Dios, una sola, y de sus grandes obras. Jamás mencionaron ni su pie, ni su fémur, ni menos todavía sus uñas. ¿Será porque las llevaría siempre sucias?

En el San Juan Bautista me enseñaron una oración que luego mi padre perfeccionó: Ángel de la guarda, dulce de membrillo, no me desabroches los calzoncillos.

En mi memoria la versión original fue sustituida por la versión mejorada y ni qué decir del éxito que tuvo entre las monjas.

El olor del alma

Si Dios nos escuchaba, yo no lo tenía tan claro. Con seguridad nos olfateaba. Era el gran catador. Nos tenía a todos de pie en el mundo para lucir creaciones odoríferas. Éramos sus botellitas de perfume. Él era quien creaba e insertaba los olores en nosotros, de eso se trataba el insuflar del alma al cuerpo. Me enteré el día en que al sorprenderme una monja mientras dulcemente rezaba al ángel del dulce de membrillo, me envió a un rincón, exigiendo que me mantuviera allí, en cuclillas, el resto de la mañana. Lo soporté, entre las burlas de las niñas, acalambrada y sin el consuelo de Raúl (tampoco podía clamar a Dios, la monja lo tenía al corriente). Demasiado sola estuve, hasta percatarme de que el olor de mis rodillas me acompañaba, a ellas recé agradecida. Desde entonces nunca dudo del olor.

Cumpliendo

Desde el primer cumpleaños no había querido precipitarme. Me olí un reino licuado y resbaladizo y preferí ir creciendo ordenadamente, aumentándome día a día, litro a litro, con algún que otro retroceso.

Pero fui más joven de lo que pensaba. Durante un cumpleaños me di cuenta; por fin mi madre había logrado capturar a algunos niños del barrio con la carnada de un buen bizcochuelo a cambio de que se asomaran a entonar el Cumpleaños feliz. Comenzaron en un tono inverosímil de puro agudo, y en pleno desentone apareció mi padre. Sostenía en la mano un papel ajado y con aureolas de vino tinto. Registro de Nacimiento, se alcanzaba a leer. Anoche no podía dormir y me acordé de que tú naciste el veintiséis de julio, no el veinticinco, hija. Fíjate, pues, nos despistamos todos estos años, respondió mi madre. Si quieren vengan mañana otra vez a celebrar, que seguro sobra torta. Chirriaba la expresión comprensiva de Gerundia y Raúl frente a las bromas de los invitados. Aparte de destemplados, esos cabros eran bien tontones.

Poetas

Jorge Teillier también vino. Y Rodrigo Lira, poetas amigos de mi padre y asiduos colegas de bares y clínicas. Como un tesoro conservo un único poema en rima y un dibujo que dedicaron a mi noveno cumpleaños.

Cada quincena se nos llenaba la casa de poetas de voz aguileña y cutis de epílogo. Poetas, como mi padre. Con Raúl nos engolosinábamos desentrañando sus frases llenas de pliegues, aunque el protocolo de sus charlas amenazaba con devolvernos al aula del colegio con su compañero esto y compañero aquello. Los más atrevidos, aventurando arpegios de novena y hasta de décima al declamar. Otros, a lo Neruda, incoloros, lentos. Todos con un insaciable apetito de honduras y costillar de chancho aliñado.

Líquidos

Cuántas veces fue la leche o el agua... Muchas más, el vino.

Nunca tuvimos solidez. Fuimos propietarios solo de materia líquida o sonora. Tantos litros, así como las terapias contra esos litros, nos erosionaron. La palabra «empeño», para pagar las curas en la clínica, empezó a juntarse a menudo con «Casa de...». Aunque en nuestra casa le poníamos empeño del otro, parecía no servir de nada.

Un buen vino también se escucha, decía mi padre mientras vaciaba la botella en su copa predilecta. Recién salido de la clínica, entonaba otra vez su elogio etílico. Afuera la lluvia caía por su propio peso.

El que calla otorga silencio

Desconocíamos la cadavérica voz de Gerundia, la mascota hueca, y con Raúl aprendíamos a rellenarla hablando por ella, imitando a un ventrílocuo que vimos en televisión. Hablábamos casi solamente a través de Gerundia. Nuestro pequeño mundo acurrucado allí dentro. ¿Por qué eres tú tan calladita?, preguntó Gerundia una tarde. La callada eres tú, respondí. Hablar sola no es callar. ¿Callaba al hablar por dentro? ¿Palabras bien puestas en la propia cabeza, en oídos propios, no valen? Cierto, así las palabras no se agotan, no se oxidan ni se pierden, más bien acrecientan, murmuró Raúl. Las palabras nos acumulan. Quién sabe si el silencio es la pequeña libertad del hombre.

Nosotros, los calladitos, fuimos los ventrílocuos más dichosos. Pero al descubrir los instrumentos, dejamos a Gerundia balbuceando y pronto se quedó afónica. La habíamos reemplazado por dos pequeños violines que nos regaló la abuela. Uno para cada uno, nuestros «gerundios» personales, supimos apenas verlos. Nos cautivaron las efes del violín, esos orificios que sugerían una sonrisa y al revés, comedia y tragedia simultáneas. ¿Podría expresarse todo allí? Dejamos de ser dos cerebros en un mismo cráneo fallecido. Despacio pero con naturalidad, nos transformaríamos en la materia gris de esos huecos violines, nuestros nuevos cráneos de madera. Un músico, un ventrílocuo de sí mismo.

Podría llamarse música

Fue a mi hermano Raúl a quien primero llevaron a desruidar al conservatorio. El arco le patinaba sobre las cuerdas igual que la sonrisa en la cara. De la noche a la mañana comenzó a hacer música con su violín, mientras yo continuaba organizando ruidos. Mis padres me avistaron tan descorazonada manipulando el violín sin éxito, que decidieron llevarme también.

Usábamos muy pocas notitas, pocas, pero bien deschavetadas. Las que nos iba suministrando el profesor en las clases y que, desafinadas, repetíamos en cuanto llegábamos a casa hasta que ellas pedían clemencia. Fueron pacientes y astutas, y al contrario que las palabras y otros trastos, las notas no se humillaban, día a día ganaban cuerpo, textura, empezaban a confiar, soltando gracia y sentido. Imaginamos que aquello podría llamarse música.

¿Por qué los segundos se llaman así? Ni terceros ni cuartos. Y lo primero ¿qué fue? Tocando, o sea cosquilleándoles el ombligo a las notas con nuestros segundos de pluma negra, conseguíamos que sonrieran. Se distinguían entonces, eran segundos corregidos en primeros.

Junto a los segundos volaron terceros, cuartos, nuevamente los primeros y después, quintos o sextos. Era así con los sonidos; voltear, alternar o frecuentar. Remachar, ignorar, doblar, mezclar, saltar, burlar la cronología, macerar bien el ritmo. Estaba prohibido estacionarse en una escala. En otros idiomas, tocar un violín es «jugar», dijo el profesor. Jugar con tiempo era mejor aún que jugar con tierra.

Casi ajena

Muy temprano, antes del colegio, reemplazando a Silvio y Guirnaldo, nuestros difuntos gallitos, los dedos nos despertaban. Recién terminados de jabonar, los montábamos sobre cuerdas tensas. Los dedos funambulistas ensayaban equilibrio y malabares. Las yemas perdían a veces la orientación y desentonaban. La vecina no sabía perdonar y arrojaba verduras al tejado. Nos daba lo mismo porque amaestrábamos los dedos hasta que quedaban mejor, casi ajenos. Sorprendían sus nuevas y continuas ramificaciones. Pompas de sonido estallaban fuera de nuestras ventanas, doblaban las esquinas. Todo el barrio nos conocía por nuestras pompas bulliciosas y aventureras, como conocía el olor del alcohol cuando se descarrilaba.

Si yo tocaba un puñado de arpegios, Raúl encontraba el atajo y me esperaba un buen rato en la mullida tónica. Hasta para eso era escueto Raúl. Otras veces yo hacía la filigrana, el paisaje, y él marcaba el sendero. Nos enloquecía acabar en disonancia y que los oídos quedaran todo el día a la escucha, al ojito, pidiendo a gritos la tónica.

Nombres y caras

Hay nombres que no alcanzan para nada, cuesta llegar con ellos a fin de mes. Y hay nombres más eficientes que otros. Siempre llamó mi atención lo mucho que un nombre puede marcar un destino. Tekla se llamaba la hermana de Mozart, por ejemplo.

Los nombres se repiten, las caras no: el Cara de Pan de Pascua (Pan de Pascua y con mucho ron), amigo de mi padre, su nombre verdadero nunca lo supimos. Su cara era un disparate, casi tan mal organizada como su conversación. Sin embargo, presumía de ser el mejor maestro chasquilla, el albañil del barrio. Lo recuerdo pintando el techo de casa y hundiendo en nuestras orejas sus sílabas alcaparradas.

Puede que Cara de Pan de Pascua no estuviese a la altura intelectual de mi padre, pero aparentaba estar, al menos, en el mismo grado alcohólico. Error de cálculo: su graduación no era tan alta o mi padre tenía más aguante. El pobre Pan murió pronto, desmigajado y sin ninguna alharaca. Fue entonces cuando por primera vez oí esa palabra que me hizo temer mi infancia completa, aquel oráculo amargo y amarillo: cirrosis.

El perfecto compás

Durante una de las más rústicas peleas de nuestros padres, colocó Raúl la partitura de la Sonata para dos violines de Prokófiev, la Op. 56, en el atril, y subrayó con lápiz rojo un único compás. «El compás perfecto, mi habitación preferida», dijo él, maestro del resumen. Y tocábamos ese compás una, otra vez, siempre distinto, y los asuntos importaban y dejaban de importar. Mientras nuestros padres repartían sus gritos, desplazábamos el arco de un sitio a otro, metíamos como se pudiese toda la tarde y a nosotros dentro. La unidad de tiempo, de espacio, que menos hiere, el compás.

Restos de mar

Nunca supuso un viaje tanto movimiento como allí, dentro de aquellos autobuses viejos donde nos entregábamos en cuerpo y alma a lo destartalado. Íbamos a la playa. Desde la ventanilla jugábamos a contar vacas negras como televisores apagados.

El primero que vea la franja azul tiene que gritar: ¡agua!

El mar, con su overol azul de trabajo, yendo y viniendo, de acá para allá, como nosotros con el arco y el violín. El mar era un solitario compás practicándose a sí mismo sin descanso.

El mar me caía bien. Sí. El agua, que reclamaba una relación igualitaria. No así la ostentosa leche y su magnético infierno de nata. Me obligaban a tomar leche. Despacio iba cayendo cada mañana un mundo al tazón. El mundo y la mañana. No era tiempo perdido el mío, se lo quedaba la nata. El aroma era su embudo. Y la asquerosa nata lo pedía todo, todo lo atraía hacia sí, con movimientos envolventes, con su irresistible contoneo de hombros y su olor fanático de sí mismo. Yo luchaba y luchaba. Luchaba hasta que se me caía el alma al tazón. Absorbía la leche como una esponja pero la nata me estrujaba. En blanco, lechosa y nula, partía a estudiar violín ya de mañana, arco para arriba, arco para abajo y al revés.

Frotar el arco en las cuerdas era tener un moscardón dentro de la boca. Su vibración cosquilleaba las encías. Toda yo era encía gustosa, vulnerable. Entreví lo que había querido expresar mi padre sobre las mucosas esa tarde en la clínica.

Por suerte no existe un mar de leche, el gran océano de leche, pero sí la Vía Láctea. Mi madre insistió en que observarla hacía bien a los huesos, así que cuando nos acordábamos, poníamos a Gerundia a mirar por la ventana.

En verano, los mosquitos, sin torre de control, colapsaban el tráfico del aire y de la sangre. Volaban y zumbaban en intervalos de tercera, con avaros glissandos de cuarto de tono. Siempre glissandos hacia abajo y rigurosamente en terceras menores, lo que no producía precisamente optimismo escuchar. Si acaso un solitario mosquito sobrevolaba la noche, se las apañaba bien para emitir un intervalo de tercera menor partiendo del sonido que tuviese uno en la cabeza. Los mosquitos adivinan cuál es ese sonido. Siempre. Te chupan sangre y tonalidad.

Bajábamos a la playa buscando la parte menos hechita del cielo para instalarnos justo abajo con nuestras roñosas toallas.

La familia chapoteando como si nada, como si nunca. Yo no sabía nadar. En mi corazón de agua solfeada, la sal dibujaba toda la tarde su autorretrato.

Al regresar, nuestra madre nos enviaba bajo la ducha a quitarnos los restos de mar, como si eso fuese posible.

En el terreno vecino a la cabaña, una vaca y un caballo, por costumbre uno al lado del otro, así: caballo de pie y vaca recostada. Qué alivio verlos tan serenos. Creía que eran marido y mujer y un tremendo ejemplo de saber perdonar sus diferencias.

De noche, marea alta; escucho cómo el mar se acerca a nuestras camas. Pero el mar retrocede, el vino no tanto.


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