Capítulo 1
Ella
Unas gruesas oleadas de lluvia embisten la ventana de mi habitación. Los rayos y los truenos de una tormenta georgiana desgarran esta mañana de lunes. Hace horas que estoy despierta, que escucho el ulular del viento y fantaseo con que un vendaval destruya la pared y se me lleve.
Oigo un crujido en el suelo detrás de mi puerta y veo que la sombra de mamá se mueve por debajo. La madera gime bajo sus pies. Es el sonido de la indecisión. ¿Llamar a la puerta de su hija o no llamar?
Mamá se marcha. Oigo sus pasos cuando se retira de nuevo a su dormitorio.
No llamar, al parecer.
Hace un año, habría irrumpido en mi cuarto y me habría echado la bronca por seguir debajo de las mantas. Hace un año, su silencio habría sido inconcebible. Pero hace un año todo era distinto. Este silencio que cuelga alrededor de mi cuello, pesado como una piedra, me lo he ganado yo. Y, con esta penitencia, aparto las mantas y hago lo imposible: me preparo para el primer día de mi último curso en el instituto North Davis.
Aunque me siento como si esta fuese otra vida, todavía recuerdo lo estresada que estaba el primer día del curso pasado. No había cantidad de aceite de argán capaz de combatir la humedad de Georgia alojada en mi negra melena encrespada. El maquillaje de ojos de gato, que la noche anterior me había hecho sentir como una femme fatale, ese día me daba aspecto de querer tomar la ciudad de Gotham como rehén valiéndome de gas de la risa.
Presa del pánico, le había mandado un selfi a mi persona preferida del mundo entero acompañado de un mensaje:
E
Socorro.
Hayley me había contestado de inmediato:
H
¿Te estás quedando conmigo? ¡Si estás guapísima! Pero vente a casa un momento y yo te ayudo con el pelo. El verano de Georgia no tiene nada que hacer contra mi plancha.
Hoy, en cambio…
Hoy me pongo lo primero que mis dedos de los pies tocan cuando los bajo al suelo: los mismos vaqueros que llevé ayer (y antes de ayer, y el día anterior y el anterior) y una sudadera gris manchada de salsa de la semana pasada. No recuerdo cuándo fue la última vez que me miré en un espejo.
La pena ha abierto una sima entre yo y esa chica tonta de hace un año, cuyos mayores desastres eran una raya del ojo mal hecha y unos pocos mechones rebeldes. Cómo la odio.
Cómo la añoro.
Un rato después, cuando camino por los pasillos del instituto North Davis, no siento que haya vuelto como Ella, sino como la sombra de Ella, un fantasma en vida. Si lo pienso, es como si me desgarraran el corazón. Ojalá fuera un fantasma. Quizá así podría cruzar el umbral entre los reinos y seguir hablando con Hayley. Contarle todo lo importante.
Como, por ejemplo, que su taquilla ahora pertenece a Albert Wonsky. Seguro que soltaría un gemido y diría algo como: «Por favor, por favor, rescata mis fotos de Pedro Pascal antes de que mi marido acabe ahogado en porno anime», y yo me reiría y le contestaría: «Lo siento, demasiado tarde».
Le diría que la abolladura sigue ahí. La que hice yo cuando le di una patada a la taquilla después de sacar un notable en Latín. Y también está la abolladura que hizo ella, justo al lado. «Para una negación plausible», me dijo. «Eso no significa lo que tú crees», le contesté.
Le diría que todavía hay cera rosa de su vela de cumpleaños en la antesala junto al aula de música, del día que Sawyer Hawkins y yo nos escondimos allí agachados, sonriendo como un par de pirados, antes de salir de un salto con unos globos y un cupcake y gritarle: «¡Feliz cumpleaños!».
Sawyer…
Su nombre es como un puñetazo en el estómago. Hoy no puedo pensar en él. Ya es demasiado. Si lo hago, será como si las costillas se me partieran otra vez.
Y, en este preciso instante, lo veo. Ahí está, al final del pasillo, al lado de Mike Lim, al que le saca una cabeza. No sé de qué estarán hablando, pero hace que su precioso rostro se ilumine con una sonrisa torcida.
Me afecta tanto verlo que me detengo. Me apoyo en una pared y me aferro a los libros con tanta fuerza que creo que la palabra «Cálculo I» se me quedará grabada en el esternón durante días.
Sawyer mira hacia mí de repente, como si hubiera sentido mi presencia. Dejo de respirar. Es la primera vez que veo sus amables ojos castaños desde el funeral.
Solo que ahora no hay amabilidad alguna en su mirada.
Sawyer, el único chico que conozco que celebra los mesiversarios con pequeños regalos perfectos, el que estuvo encantado de traernos palomitas y Sprite durante una maratón de Crepúsculo, un día que Hayley estaba enferma, el que quería a mi mejor amiga tanto como yo…
Ese mismo Sawyer está ahora mismo fulminándome con la mirada con tanta furia que me entran ganas de vomitar.
Lo sabía. Me culpa a mí.
Debería aguantarle la mirada. Debería dejar que su ira me carbonizara. Es lo que me merezco, por lo que le robé. Por lo que le robé a ella.
Sin embargo, doy media vuelta y reprimo un sollozo, preparada para salir corriendo de allí, del instituto, tal vez para siempre. Pero me doy de bruces contra el señor Wilkens.
—¡Ay! ¡Cuidado, amiga! —El psicólogo del centro trastabilla hacia atrás, pero me coge de los hombros con el fin de evitar que me caiga.
—Ay, lo siento muchísimo —consigo decir avergonzada.
—No, no, Ella, no pasa nada. Estoy bien. —Agacha la cabeza intentando mirarme a los ojos—. Eh, oye… Me alegro de haberme topado contigo. ¿Cómo estás? —Me encojo de hombros. No confío en mi propia voz—. No muy bien, ¿no?
El señor Wilkens suele ir bien afeitado, pero hoy lleva una sombra de barba en la mandíbula. Sus ojos, que normalmente son de un azul brillante, hoy tienen un tinte más turbio, del color de un moratón. Quizá sea uno de esos consejeros escolares que se preocupan de verdad por sus estudiantes. Quizá él también esté triste esta mañana.
La idea me reconforta.
—Ella… —dice—. Sé que hoy es un día duro. Y espero que sepas que puedes contar conmigo. —Parece querer añadir algo más, pero en ese momento suena la campana, interrumpiendo sus pensamientos—. Ah, salvado por la campana. —Se echa a reír—. No llegues tarde a clase. Hablaremos pronto, ¿de acuerdo?
Me observa alejarme con el ceño fruncido de preocupación. Es amable por preocuparse tanto. Por querer ayudarme. «No se moleste, señor Wilkens —debería decirle—. Ahorre sus esfuerzos y su tiempo para los alumnos que no sean una causa perdida. Los alumnos que se lo merezcan».
Los alumnos que no hayan matado a su mejor amiga.
Me tiro el día entero intentando hacerme invisible, tratando de ignorar las miradas, algunas acusadoras y otras más amables, más empáticas, colmadas de compasión. Pero es imposible. Cuando paso junto a un grupito de chicas, cerca de la fuente, se callan de golpe. En clase de Lengua, Seema Patel, una chica con la que no hablaba desde la escuela primaria, se acerca y me ofrece una bolsa de gominolas ácidas.
—He pensado que no te vendrían mal.
Y antes del almuerzo, cuando estoy al lado de mi taquilla, aparece la gente que esperaba evitar toda la jornada: mi viejo grupo de amigos. O lo que queda de él. Nia Wiley, Beth Harris, Rachael Evans e incluso Scott Logan se me acercan desde detrás. La ausencia de Sawyer es evidente, pero no hay ningún vacío que pueda compararse al más evidente, que tiene el tamaño de un cráter.
En realidad, eran amigos de Hayley. Nia y Beth estaban en el equipo de atletismo con ella, Beth y Rachael salen juntas desde el primer año de instituto y Scott es como un grano en el culo del que no consigues librarte por mucho que lo intentes, una mezcla entre adolescente arrogante y personaje cómico. Fue Hayley quien me integró en este grupo y, ahora que no está ella, le falta un eje que lo mantenga en pie. Si aguanto otra semana ignorando sus llamadas, acabaré expulsada de él por inercia, en mi propia órbita, lo que será más cómodo para todos.
Sin embargo, ahora Beth me rodea el cuello con los brazos.
—Ella, ¿dónde te habías metido? ¡Estaba preocupadísima! Este verano te he llamado un montón, ¡todos los días!
Nia alarga una mano y me quita a Beth de encima con suavidad.
—Ya te lo dije. Seguramente yo tampoco te habría contestado si me hubieras estado llamando todos los días como una loca.
Beth hace un puchero y se apoya en Rachael. Nia niega con la cabeza y me dirige una mirada de disculpa.
—Solo queríamos saber cómo estabas, Ella. O sea…, además de lo evidente.
—Sí, te echamos de menos. —Rachael me dedica una sonrisa tímida y Beth asiente. Nia le da un codazo a Scott, que está detrás de ellas mirando el móvil con el ceño fruncido.
—Sí, Ella, eso mismo, cuenta con nosotros. —Solo levanta la vista de la pantalla medio segundo.
Nia lo fulmina con la mirada, pero luego se vuelve hacia mí con una expresión más dulce.
—¿Cómo estás?
Beth y Rachael parecen nerviosas y Scott no me hace caso. Prefiero ambas cosas a la mirada compasiva y cómplice de Nia.
—Ha sido duro, pero estoy bien, os lo prometo. —Hago lo posible por sonreír mientras cierro mi taquilla—. No os preocupéis por mí. Lo aprecio mucho, de verdad, pero estoy bien.
Beth y Rachael parecen aliviadas, pero Nia frunce el ceño.
—Ella, ¿sabes que puedes…?
—Ya la has oído —interrumpe Scott justo cuando suena la campana—. Está bien. Ha desbloqueado sus chacras, su aura está limpia, está en Mercurio retrógrado o lo que sea. Llego tarde a clase.
Nia le dirige una mirada asesina mientras se aleja, pero no le dice nada. Por una vez, me alegro de que Scott sea un poco capullo.
Sin embargo, la cosa no se limita a mis viejos amigos. No hay profesor que no quiera comprobar si estoy bien. Igual que ha hecho el señor Wilkens, me cogen del codo con dulzura y me preguntan en voz baja cómo me encuentro. Pero ¿qué esperan que les diga durante los tres minutos que hay entre clase y clase? ¿Lo que no he logrado contarles a mis padres o la ristra de profesionales de la salud mental a los que me han llevado en los cuatro meses que hace que murió Hayley? Les ofrezco la única respuesta que puedo ofrecer, y la única que quieren oír: «Bien. Estoy bien».
Por obra de un milagro, el tiempo sigue avanzando, acercándome cada vez más al final del día. Aun así, me siento como si estuviese en un bote de madera con los lados llenos de agujeros, cada uno de los cuales es un recuerdo. El pupitre del aula de la tercera hora, ahora vacío; la mesa en la que nos sentamos a comer durante tres años, que ahora han ocupado unos de primero. El océano está agitado y yo lucho por tapar cada agujero, para mantener a raya las aguas embravecidas. Las olas rompen contra el bote, a punto de volcarlo, pero me las arreglo para mantenerme a flote.
A las tres y cuarto suena la campana.
Por fin.
Echo a correr hacia la puerta principal, pero una voz me detiene.
—¡Señorita Graham! La estaba buscando. —La señora Langley, la profesora de cerámica, me hace señas para que me acerque desde el aula de arte. Miro anhelante las puertas que me esperan al final del pasillo y la señal parpadeante de «Salida», pero voy hacia ella.
—Hola, señora Langley —saludo mientras me recoloco la mochila de libros sobre el hombro. Mis educados instintos sureños están luchando contra mi desesperación por marcharme.
—Solo será un momento. Quería darte una cosa. —Levanta un dedo, se va y reaparece un instante después con una cajita de cartón en la mano. En un lado, escrito con rotulador, se lee: «ELLA Y HAYLEY». Dentro hay dos tazas de cerámica hechas a mano.
Y así, sin más, el bote diminuto que había logrado mantener a flote todo el día empieza a hundirse.
—He pensado que tal vez las quisieras —susurra con casi tanta tristeza como la que yo siento—. No fueron al horno hasta después de… En fin, te las estaba guardando.
—Ah —contesto parpadeando con la mirada fija en la caja.
Hacernos una taza la una a la otra había sido idea de Hayley. Tazas de café para cuando compartiéramos habitación en la Universidad de Georgia. Hayley me había enseñado su diseño muy orgullosa: una taza con una «D» ornamentada estampada en un lado. «D» de… «dentadura». Cuando protesté y le dije que no quería beber de una taza para la dentadura, alzó una mano y repuso: «Piénsalo. Esta es una taza que usarás durante toda la vida. Solo me estoy preparando para la mejor etapa de nuestra amistad: cuando seamos viejas y estemos seniles. Piensa en lo gracioso que será. —Un destello parpadeó en sus ojos verdes y traviesos—. Cada vez que nos veamos, nos haremos mejores amigas otra vez. —Se encogió de hombros—. Y tendrás una taza donde guardar tu dentadura».
Las dos habían quedado preciosas.
Apenas recuerdo haberme despedido de la señora Langley. Salgo del instituto aturdida, incapaz de dejar de mirar las tazas, que repiquetean la una contra la otra en la caja de cartón. Me gustaría apartar la vista. De verdad. Me gustaría tirarlas por un barranco, pero sé que sería como arrancarme un órgano y pisotearlo. De algún modo, necesito que estas dos tazas sobrevivan.
Acaricio la que hizo Hayley. Hay una marca en el culo que olvidó alisar. La examino más de cerca y descubro un pequeño remolino de líneas, un patrón.
Su huella dactilar.
Reparo vagamente en que hay un mundo que me rodea. Quizá haya hierba, un cielo. Oigo unas voces en la distancia.
Sin embargo, ahora mismo solo puedo concentrarme en presionar el dedo en esa pequeña marca.
Sucede muy rápido.
En un segundo, tengo unas luces alumbrándome la cara: un autobús se abalanza sobre mí. Se oyen gritos, el bramido de una especie de cuerno, como el de un dragón majestuoso. Tengo el corazón en la garganta; lo último que pienso es que debo proteger las tazas. Y entonces salgo disparada hacia atrás.
No muero.
Me choco con algo sólido. Mi cerebro, el muy ridículo, piensa en un muro de ladrillos, pero este muro es cálido y tiene un corazón que palpita. Alguien me ha apartado de la carretera. Alguien me ha salvado.
Levanto la cabeza y me descubro mirando los ojos muy abiertos y asustados de Sawyer Hawkins.
—¡Sawyer! —grito. Me aparto de sus brazos tropezándome y lo miro. Mi mochila se ha caído al suelo, pero yo sigo aferrada a la caja de cartón. Las tazas no se han roto de milagro.
—Ella. —Sawyer está jadeando, lívido del horror. Tiene una mano sobre el pecho y con la otra se tira de su grueso pelo. Respira hondo varias veces para tranquilizarse y cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo, están llenos de ira—. ¡Ella! —gruñe—. ¿En qué estabas pensando? ¡Te podrías haber muerto! ¡Muerto de verdad! ¿Y si no hubiera estado yo aquí? ¿Y si no te hubiera estado mirando? ¡Dios!
—¿Por qué me estabas mirando? —Tardo un segundo en darme cuenta de que lo he dicho en voz alta.
—¿Qué? —pregunta perplejo.
—Que por qué me estabas mirando. —Trago saliva—. ¿Para qué me has salvado? —Para mi horror, se me llenan los ojos de lágrimas. Ya no puedo seguir fingiendo que estoy bien.
Sawyer empalidece. La ira que inundaba sus rasgos se evapora y, si fuera posible, parece más impactado por mis palabras que por haber estado a punto de presenciar mi muerte. Se lame los labios y abre la boca, pero no dice ni media palabra.
Quiero saber la respuesta. Hay un diamante microscópico de esperanza alojado en mi estómago que me ruega que me quede, que escuche lo que tiene que decir.
Pero no lo hago. No puedo.
Ya sé la respuesta. Y cualquier frase amable que salga de su boca no será más que pena o una compasión que no merezco. Doy media vuelta y me marcho.
No me llama. Ese rayito de esperanza me pide que mire atrás, solo una vez. Pero no lo hago.
Y me juro no hablar con Sawyer nunca más.
Capítulo 2
Ella
En el autobús de vuelta a casa, apoyo la frente en el cristal sucio y revivo una y otra vez el momento en el que he pensado que iba a morir. Pienso en las luces dirigiéndose a mí a toda velocidad, en el olor a gasolina y goma quemada. No he tenido tiempo de gritar ni de pensar en nada que no fueran las tazas, que ahora mismo repiquetean dentro de su caja, en mi regazo.
«Hayley, ¿a ti te dio tiempo a pensar?».
Conociendo a Hayley, seguro que tuvo tiempo de crujirse los nudillos y decir: «Muy bien, vamos a ver qué me espera».
Sigo sin entender cómo es posible que ella ya no esté y yo siga aquí.
Y parece que Sawyer también.
¿Qué me habría dicho si hubiera esperado a que respondiera? ¿Me habría confesado lo que siente de verdad?
Conozco a Sawyer. No es ningún monstruo. Por supuesto, me habría dicho: «Pues claro, Ella, claro que me alegro de que no te hayas convertido en un amasijo de carne delante de mis narices». Aunque, en el fondo, piense que debería haber sido yo.
Lo cierto es que estuve a punto de ser yo. O, al menos, es lo que me dijeron en el hospital, donde me desperté con varias costillas rotas, un traumatismo craneal y ningún recuerdo de las veinticuatro horas anteriores.
Una «respuesta al trauma», según los médicos. «Es normal». Como si hubiera algo normal en todo esto. Dijeron que tal vez recuperase la memoria, pero de momento… nada. Y, según lo que me dijo la policía, no sé si la quiero recuperar.
Ocurrió la pasada primavera después de una fiesta en casa de Scott, pocas semanas antes de que terminara el curso. Los testigos afirman que me vieron beber una cerveza y luego llevarme a una Hayley borracha y muy disgustada a mi coche, tras lo que me puse al volante. Íbamos camino a casa cuando estrellé el coche, destrozando el quitamiedos, justo antes del puente del río Silver. Me encontraron en el asiento del conductor, con el coche estrellado contra una roca en el terraplén inclinado sobre las aguas embravecidas del río.
A Hayley no la encontraron.
Lo único que quedaba de ella era un agujero en el parabrisas, por donde había salido disparada del coche. El cristal roto estaba lleno de su sangre. No llevaba puesto el cinturón de seguridad, y me dijeron que, si no la había matado el impacto, se habría encargado de hacerlo el río, tristemente famoso por sus fuertes corrientes, sus rocas afiladas y sus cascadas repentinas. En Cedarbrook no hay ni un alma que no sepa lo traicioneras que son esas aguas.
Tan traicioneras que ni siquiera pudieron recuperar su cuerpo. Lo intentaron, por supuesto, pero el oleaje de la corriente era tal que no había forma de saber dónde habría terminado, e incluso los mejores submarinistas tenían reparos para meterse en el río. Tras una semana de búsqueda infructuosa y después de que uno de los rescatadores estuviera a punto de perder la vida, la dieron por terminada.
Hayley había muerto y era por mi culpa. Había sido yo quien se había bebido esa cerveza. Conducía yo. La había matado yo.
El autobús se detiene con un quejido cuando por fin llegamos a mi barrio.
Cuando pongo un pie en el camino de entrada a casa, el sol arroja un resplandor dorado y alarga las sombras que se extienden por el césped. La humedad sigue siendo sofocante, aunque el sol ya haya bajado.
Cuando entro, la casa está en silencio. Hace un año, mamá se habría abalanzado sobre mí en cuanto me hubiese visto aparecer por la puerta. «Vamos a repasar el programa del curso; ¿tienes ya el horario de las competiciones de natación?; ¿ha recibido el señor Prescott mi correo electrónico?». Mi hermana pequeña, Jess, me habría mirado y habría puesto los ojos en blanco en señal de conmiseración, y poco después papá habría vuelto a casa después del trabajo y me habría rescatado con un comentario jocoso con el que se habría ganado un cachete en el brazo de mamá, aunque no habría podido evitar reírse.
La mitad del tiempo, Hayley estaba conmigo, en cuyo caso mamá le habría dedicado a ella todas sus atenciones, controladora como mamá pato con sus polluelos, sin importarle que perteneciera a una parvada diferente. A Hayley le encantaba, incluso cuando mamá la regañaba por sacar solo suficientes.
Oigo un maullido a mis pies. Una gatita gris se restriega contra mis piernas. Me mira con sus ojos verdes, parpadea y vuelve a maullar.
—¿Dónde has puesto tu collar, Midna? ¡Vas desnuda otra vez! —Hago equilibrios con la caja de las tazas, colocándomela sobre la cadera, y me agacho para coger al animal con un brazo. Cuando presiono la cara contra su pelaje, ronronea. La llevo a mi habitación, que abro con el hombro. Midna salta de mi brazo y se ovilla sobre el escritorio, haciendo repiquetear las tazas. Con una punzada en el corazón, dejo la caja en el suelo y la meto debajo de la cama.
Entonces reparo en lo que Midna está toqueteando en mi escritorio. Cojo una copia con las hojas dobladas de Los secretos del aquelarre, la segunda entrega de la serie de Los reinos de las maravillas. Una de mis preferidas.
—Todavía no lo has leído, ¿no? —Jess está apoyada en el marco de la puerta. La sombra de ojos verde y el brillo de labios oscuro acentúan sus rasgos, que ya son llamativos de por sí. Sin duda, el maquillaje es cortesía de su mejor amiga, Kelly, que es toda una gurú de belleza a la edad de catorce años. Reprimo la punzada de envidia que siento al imaginarla riéndose mientras pasa una brocha por los párpados de mi hermana.
Me aclaro la garganta.
—Ni siquiera sabía que ya había salido —susurro. Con todo lo que ha pasado, me había olvidado por completo. Algo que hace un año habría marcado en el calendario, que habría esperado con ganas. Ni me acuerdo de la última vez que se me ocurrió abrir un libro.
—No te voy a contar lo que pasa, pero es bueno. —Jess se encoge de hombros—. He pensado que sería una buena distracción.
—Gracias —contesto sinceramente conmovida. Es la única palabra que me veo capaz de pronunciar, pero espero que sepa que se lo agradezco de verdad.
Ella asiente.
—Ah, y… —Levanta la mano. Lleva un collar lila gastado colgando de un dedo, con un cascabel que tintinea—. Estaba en la maceta de la costilla de Adán de mamá. Le ha vuelto a chafar todas las hojas. No le va a hacer ninguna gracia.
—¿Chicas? —Es la voz de mi madre, que nos llega tras el sonido de la puerta trasera al abrirse y cerrarse. Jess y yo le ponemos enseguida el collar a Midna, que no para de retorcerse. Para cuando mamá aparece en la puerta de mi cuarto, ya se ha ido (probablemente, a dormir en sus plantas otra vez). Estaba trabajando en el jardín. La frente le brilla de sudor y huele a sol, pero la blusa de color melocotón sigue inmaculada, igual que sus uñas.
Mi madre perfecta. Ahora que la veo, lo noto con agudez: la brecha entre quien soy hoy y quien fui antaño, su hija perfecta.
Y, por la forma en la que me aguanta la mirada con los ojos oscuros, parece que ella también lo siente. ¿Esa tristeza? ¿Esa decepción? Sí, me la merezco.
Tras un silencio incómodo, Jess carraspea, lo que parece sacar a mamá de su ensimismamiento.
—¿Podéis bajar a ayudarme con la cena? Vuestro padre no tardará en llegar.
Una vez en la cocina, mi madre saca unas patatas de la despensa y se las da a Jess. Yo, mientras tanto, voy a la pila a fregar los platos.
—Bueno —dice Mamá mirándome—. ¿Cómo ha ido hoy?
La pregunta que más temía. Y no tengo ni idea de cómo contestar. Por suerte, no me hace falta.
—Bien —interrumpe Jess—. Todo el mundo dice que segundo es mucho más difícil, pero yo creo que solo quieren asustarnos. Y Kelly va conmigo a dos clases. La verdad es que…
Le dedico a Jess una oración silenciosa de agradecimiento por seguir charlando mientras corta las patatas. Yo cojo el estropajo y empiezo a frotar. Por desgracia, Jess termina demasiado pronto y la mirada de mamá se vuelve hacia mí. Pero entonces la puerta se abre; salvada otra vez.
—¡Ya estoy en casa! —anuncia papá. Entra en la cocina con los brazos abiertos y la barba oscura estirada en una sonrisa—. ¡Aquí están mis preciosas mujeres! —Le da un abrazo a Jess, un beso en la cabeza a mamá y, cuando se vuelve hacia mí, su mirada avellana se suaviza—. ¿Cómo estás, pequeña?
—Hum… —contesto mordiéndome el labio, a punto de echarme a llorar al oír la dulzura en su tono de voz.
—¿Has podido hablar con la entrenadora Carter hoy? —Mamá se pone a mi lado para enjuagar el arroz en el fregadero.
Cierro los ojos. Se refiere a la entrenadora del equipo de natación. Tenía la esperanza de evitar esta conversación durante al menos otra semana. Se me pasa por la cabeza mentir, pero la verdad es que no tengo energía para hacerlo.
—No.
Jess deja de cortar verduras y papá cambia de postura a mi lado, incómodo.
—¿Estaba de baja? —Mamá mueve la mano en círculos en el interior de la olla de arroz. El agua se tiñe de blanco.
—Mamá… —Evito su mirada—. No he hablado con la entrenadora Carter porque no voy a volver al equipo de natación.
Deja la mano quieta. Se le tensan los hombros. Rígida, lleva la pesada olla a la arrocera mientras los demás la seguimos con la mirada. Los tres estamos esperando una respuesta feroz.
Pero, para mi sorpresa, se limita a decir:
—Pero si te encanta nadar. —Nos da la espalda; su tono de voz es inusualmente comedido—. Desde que eras pequeña. El año pasado batiste un récord del instituto. —Cuando se vuelve para mirarme, me sobresalto al ver el dolor y el miedo que hay en su rostro—. ¿Qué pasa con tu futuro, Ella? El año pasado la entrenadora Carter nos dijo que ya le estaban escribiendo los cazatalentos de las mejores universidades. Piensa en eso, Ella. Piensa en…
Papá le pone una mano en el hombro.
—Solo es el primer día, Michelle —murmura.
Por un instante, un destello familiar y afilado centellea en los ojos marrón oscuro de mi madre. Todos lo notamos; papá y Jess se quedan rígidos. Sin embargo, desaparece al cabo de un instante. Mamá, deshinchada, asiente una única vez y se vuelve hacia la arrocera sin decir nada. Jess vuelve a cortar patatas con los labios apretados y papá me da un beso en la cabeza.
—Ahora vuelvo. Voy a quitarme esta ropa tan agobiante. —Se tira de la corbata y, sin mucho entusiasmo, pone cara de bobo para intentar quitarle hierro al asunto. Funciona a medias. Me dedica una sonrisa triste y sube a la planta superior.
Yo miro a mamá incrédula.
Mi madre viene de un largo linaje de mujeres feroces y guerreras que crecieron con un machete en la mano. Solía contar la historia de cómo su lola («abuela» en tagalo, o sea, la abuela de mi madre) arrastraba a mi lola y a sus hermanas por los campos de cañas de azúcar para esconderse de las tropas enemigas en Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial. Mi lola todavía tiene restos de metralla en el pie izquierdo.
Me alegro de que mamá no haya tenido que poner a prueba sus talentos para la guerrilla, pero no me cabe duda de que esta mujer sería capaz de hacer llorar a cualquier soldado. No le dio ningún miedo dejar atrás a todos sus amigos y su familia para construir su vida desde cero en un país desconocido.
Y esa misma mujer está ahora desmoronándose en mitad de la cocina. Tiene los hombros hundidos y se está tragando sus palabras.
Y esto se lo he hecho yo. Se lo he hecho a todos. Por un momento, daría cualquier cosa por oír la cadencia estridente del clásico sermón de mamá; oír cómo me levanta la voz por haber sacado solo un notable alto en un examen de Historia universal. Porque eso significaría que, además de todo lo que he hecho, no he roto también a esta familia.
Que no he roto a una mujer irrompible.
Jess termina de cortar las verduras sin mediar palabra y sube a su cuarto a cambiarse de ropa. Yo sigo fregando los platos. El silencio entre mi madre y yo se alarga y se alarga, hasta que ella dice:
—Antes ha llamado la madre de Hayley.
Se me cae el plato que tengo en las manos en el fregadero y se rompe con un estruendo. Mamá lo mira con el ceño fruncido, pero no abre la boca; tiene el cuidado de no reprenderme.
—¿Qué quería? —Quito los pedazos de cerámica de la pila con dedos temblorosos y el corazón alojado en la garganta.
—Tienes que ir a su casa el viernes después de clase. Quiere que la ayudes. —Mamá suspira—. Tenía pinta de estar fatal.
Me sobreviene una náusea repentina y feroz.
—Mamá, pero ¿qué…? ¿Cómo puedo ayudarla yo?
—Quiere que vacíes la habitación de Hayley. —No me doy cuenta de lo mucho que estoy apretando el puño hasta que no me sobreviene un dolor agudo. Cuando bajo la vista, veo que tengo los pedazos rotos en la mano y la palma llena de sangre.
—Mamá… —le digo con voz ronca—. Por favor, no me obligues. Por favor.
«Volveré al equipo de natación —quiero prometerle—. Iré a la universidad que tú quieras, pero, por favor, no me mandes a la guarida de los recuerdos de mi mejor amiga muerta».
Mamá se vuelve de los fogones para mirarme. Me sorprende ver una pizca de contrición en sus ojos.
—Ella, me ha dicho que ni siquiera es capaz de entrar en la habitación de Hayley. —Aprieta los labios—. Ahora está completamente sola en esa casa. No tiene a nadie más. Y nadie conocía a Hayley mejor que tú. Seguro que sabes lo que habría querido hacer con sus cosas.
No puedo respirar. Quiero gritar: «¿Cómo narices voy a saber yo lo que Hayley habría querido? ¡Ninguna chica de diecisiete años habla sobre su muerte y hace planes por si acaso!».
—No soy capaz —digo.
Mamá me mira con tristeza.
—Sé que no quieres hacerlo, Ella. Lo siento. Pero no tienes elección. —Abre la tapa de la arrocera y el olor del arroz hervido, normalmente tan agradable, me pone el estómago del revés—. El viernes por la tarde. Ve directa desde el instituto. Te estará esperando.
Capítulo 3
Ella
–¿Nadie? De verdad, ¿nadie? Vamos. —Cuando está empezando a exasperarse, el señor Moss siempre se sube las gafas por el puente de la nariz con el dedo corazón. Es la tercera vez que lo hace en un minuto—. Claro, seguro que ninguno de vosotros se ha acordado del pobre profesor de Latín en todo el verano. —Eso es quedarse corto—. ¿En serio? ¿Ninguno de vosotros se acuerda de la diferencia entre el nominativo y el genitivo? ¿Ninguno?
Yo sí. Yo me acuerdo. La vieja Ella le habría dado al resto de la clase la oportunidad de responder, pero solo durante un segundo o dos. Luego, tras dar la respuesta correcta, se habría regodeado, radiante, con las alabanzas del señor Moss.
Pero ahora mismo rezo por que no pueda verme. Me he escondido en el último pupitre de la fila del fondo, donde estoy estratégicamente agachada tras la cabeza llena de rizos rojos y despeinados de Thomas Jones.
El señor Moss suspira, se sube las gafas otra vez y se vuelve hacia la pizarra para escribir la respuesta. El único sonido que se oye en el aula son los chirridos de desaprobación del rotulador.
No hay músculo de mi cuerpo que no se relaje de alivio. Suelto el aire que contenía en los pulmones y miro a mi alrededor. Nadie me está mirando. Los demás toman apuntes en sus libretas, hojean el libro de texto, llamado Ecce Romani, o miran de soslayo sus móviles por debajo de la mesa.
Rachael viene conmigo a esta clase. Antes me ha saludado con la mano para que me sentase a su lado, pero no se me ha pasado por alto que, cuando me he negado educadamente, se le han relajado los hombros. No la culpo. ¿Cómo va a saber ella qué decirme cuando ni mi propia familia es capaz? ¿Cuando ni yo misma lo soy?
Me hundo más en mi asiento y me concentro en que solo quedan diez minutos. Hago unos cálculos garabateando unos números en la página en blanco de mi libreta y se me cae el alma a los pies cuando veo la cifra. Quedan más de setenta y tres mil minutos de año escolar. Necesito descubrir como sea una forma de hacerme invisible y no sentir nada durante los siguientes setenta y tres mil minutos.
De repente, se oyen las interferencias del sistema de megafonía y todos damos un respingo.
—Señor Moss, por favor, se solicita la presencia de Ella Graham en Administración —dice una voz aburrida por el interfono.
El señor Moss me mira y parpadea, como si se hubiera olvidado de que estaba aquí. Se oye el crujido de las sillas cuando todo el mundo se vuelve para mirarme. Rachael me dirige una mirada comprensiva.
Adiós a ser invisible.
No tengo ni idea de por qué podrían necesitarme en administración, salvo por una razón: lo que ocurrió con Hayley. Ya me había preguntado si sufriría alguna consecuencia, algún castigo por haber bebido. El año pasado, el doctor Cantrell, nuestro director, me felicitó por batir un récord estatal en natación. Hoy tal vez me expulse del instituto.
Me muerdo el labio para no llorar mientras el señor Moss abre la puerta del aula. Dejo que el pelo me tape la cara y encorvo los hombros. Ojalá pudiera teletransportarme para evitar este camino de la vergüenza. Cada ojo es como el flash de la cámara de un paparazzi.
Mientras recorro los largos pasillos hacia las oficinas, decido que me parece bien. Me sacaré el graduado escolar a distancia e iré a una universidad donde nadie me conozca. Utilizaré mi segundo nombre.
Abro la puerta de las oficinas con un hombro mientras me imagino respondiendo al nombre de Anna.
—¿Puedo pasar ya al despacho del doctor Cantrell? —le pregunto a la señora Bertram, que está tras el mostrador.
—¿Ella? —Me vuelvo y veo que el señor Wilkens asoma por una esquina—. Ven por aquí.
Vacilo, confundida.
—Pensaba que quien me había llamado era el doctor Cantrell, que quería… —Me muerdo el labio. De repente, me siento avergonzada—. Expulsarme, tal vez.
—Ella, siento mucho haberte preocupado —responde el señor Wilkens frotándose la nuca—. He sido yo quien te ha mandado llamar, no el doctor Cantrell. Ven a mi despacho y te lo explico.
—Ah. —Me siento estúpida. Lo sigo por el pasillo.
En realidad, el despacho del señor Wilkens es más una sala de conferencias que un despacho. Hay una pared llena de estanterías y varios sillones y un sofá que forman un círculo amplio en el centro.
Y cada uno de esos asientos está ocupado por otro estudiante.
Bueno, no todos. En el sofá hay un asiento libre, presumiblemente para mí.
Y está justo al lado de Sawyer Hawkins.
Por supuesto.
No levanta la vista cuando entro; ni siquiera parece percatarse de que otra persona acaba de entrar en el despacho. Tiene los brazos cruzados y apretados contra el pecho y mueve una pierna arriba y abajo, irritado. Se me encoge el estómago.
—Disculpad —dice el señor Wilkens mientras me indica con un gesto que me siente—. Ahora que Ella ya está aquí, podemos empezar.
Sawyer levanta la cabeza al oír mi nombre. Me dirijo al sofá cabizbaja y ocupo el lugar vacío que hay entre él y Mary Collins, intentando desesperadamente no rozarlo.
—Muy bien —dice gentilmente el señor Wilkens. Se apoya en su mesa y cruza una pierna sobre la otra—. Gracias a todos por venir. Supongo que os estaréis preguntando la razón por la que estáis aquí… —Suaviza la voz y añade—: Hayley Miller.
Mi cuerpo reacciona al oír su nombre; la culpa y la pena me atraviesan con violencia. Me pregunto si Sawyer también se ha estremecido o si me lo he imaginado.
—Es una gran pérdida, y el dolor va y viene. Estoy seguro de que, ahora que hemos vuelto a clase, muchos de vosotros estáis sintiendo la ausencia de Hayley más acusadamente. En Dirección me han pedido que organice unas sesiones de grupo con los del último curso para que tengáis un espacio para sanar y para ser escuchados. ¿Alguien quiere ser el primero y compartir con los demás lo que se le pasa por la mente? ¿Scott? ¿Quieres empezar tú?
Había estado tan distraída con Sawyer que no me había dado cuenta de que Scott también se encontraba aquí. Lleva el pelo castaño claro alborotado, como de costumbre, y ropa informal, aunque sé perfectamente cuánto cuestan tanto sus zapatos de cuero blanco como su reloj, sobre todo porque él mismo se ha asegurado de que todo el mundo se entere. Scott no era rico hasta que su madre no se volvió a casar con un hombre que tiene una empresa de marketing de éxito en Atlanta, pero ahora que lo es no permite que a nadie se le olvide nunca. Hayley siempre ponía los ojos en blanco. «Es como una plaga molesta que soportas por los chistes. Se comporta como un idiota, pero sé que tiene un buen corazón escondido en algún sitio. O eso creo».
Ahora se está frotando las manos con fuerza y lleva su sonrisilla de suficiencia característica pintada en la cara.
—Ay, qué bien, señor Wilkens, por fin podemos empezar a sanar. Veamos… —Empieza a contar con los dedos y, con la voz rezumante de falsa sinceridad, dice—: No me puedo creer que Hayley ya no esté; tenía una personalidad arrolladora. Dios mío, qué injusto. Estoy furioso por que haya muerto. Quizá, si mi madre y mi padrastro no se pasaran la vida fuera de la ciudad, no habría celebrado esa fiesta tan genial y todavía estaría entre nosotros. Guau, no me puedo creer lo tristísimo que estoy…
—Scott… —lo interrumpe el señor Wilkins contrariado.
—Espere, que ya casi estoy. Solo me queda una de las fases. Aunque echo de menos a Hayley, sé que volveré a aprender a amar la vida. —Su apuesto rostro se deforma con una sonrisa burlona—. Hala. Listo. Las cinco fases del duelo en un tiempo récord.
El señor Wilkens contempla a Scott con una mano sobre la barbilla.
