1
Código
Cambiar el curso de una guerra en la que se lucha por la supervivencia de la especie humana no es algo que pueda hacer cualquiera. Y resulta especialmente poco habitual que tal oportunidad recaiga sobre un niño de ocho años. Pero Bingwen no vaciló al darse cuenta de que era una opción que tenía a su alcance. Como cualquier otro niño, respetaba la autoridad, pero cuando tenía razón era muy consciente de tenerla y de que los que ostentaban la autoridad se equivocaban o estaban presos de la incertidumbre.
En este momento, en medio de un barracón situado en una base militar abandonada del sudeste de China, la incertidumbre rodeaba a Bingwen por completo. Los hombres a su alrededor eran miembros de Policías de Operaciones Móviles —POM— y Bingwen tenía bien claro, siendo un niño chino de ocho años, que si se le permitía estar allí era porque Mazer Rackham le había adoptado.
Y ahora que Mazer había desaparecido, ¿cuánto tiempo más le permitirían quedarse?
Desaparecido y probablemente muerto.
Bingwen había sido testigo de innumerables muertes desde que los fórmicos habían empezado a rociar los campos de su patria con un gas que convertía los tejidos vivos, ya fuesen de plantas o animales, en una gelatina descompuesta formada por las moléculas orgánicas básicas. Se trataba de una inmensa montaña de abono, para devolver la fertilidad al suelo, dejándolo listo para lo que los fórmicos fuesen a plantar.
Los fórmicos mataban indiscriminadamente. Empleaban la misma e implacable eficiencia para masacrar a la gente trabajando, a los que huían de ellos presa del terror y a los soldados que les disparaban. Bingwen había visto tantas muertes que ya no podía más. No era ningún tonto. Sabía perfectamente que el hecho de que él necesitase a Mazer Rackham para seguir con vida no significaba que los fórmicos no le hubiesen matado.
Su razón para estar tan seguro de que Mazer seguía con vida: el equipo había logrado cumplir la misión. Era un buen plan. Y si algo había salido mal, Mazer era un soldado ingenioso y rápido de reflejos que daría con una vía de escape y se aseguraría de salvar a sus hombres, independientemente de si él era la persona al mando o no.
He aquí lo que Bingwen había aprendido observando a Mazer Rackham. Mazer no era el líder del equipo POM. Pero a los soldados POM se les entrenaba para tener criterio propio y valorar cualquier buena idea, ya viniese de sus líderes, de un huérfano chino de ocho años al que se le daban de maravilla los ordenadores o de un neozelandés medio maorí al que inicialmente habían rechazado para el entrenamiento POM pero que había persistido hasta que prácticamente les obligó a aceptarle en el equipo.
Sencillamente: Mazer Rackham estaba en China con la POM porque era el tipo de hombre que jamás de los jamases se rendía.
«Yo también voy a ser así», pensó Bingwen.
No.
«Ya soy ese tipo de hombre. Soy bajito, joven y carezco de entrenamiento como soldado, y al ser un niño, soy alguien al que estos soldados quieren proteger, pero no prestar atención. Pero tampoco pensaron jamás que prestarían atención a Mazer Rackham, nunca pensaron que él sería uno más de su equipo. Daré con él, y si es preciso rescatarle, le rescataré, y luego él podrá volver a ocuparse de mí.»
Al igual que los demás, Bingwen había estado prestando atención al monitor cuando las lentes en el tejado del barracón mostraron el destello imposiblemente brillante de la explosión nuclear, seguido de la nube en forma de hongo. Eran bien conscientes de lo que implicaba. El equipo compuesto por el capitán Wit O’Toole, Mazer Rackham y Calinga habían logrado llevar trineos perforadores chinos bajo el campo impenetrable que rodeaba a la sonda, y habían detonado el dispositivo nuclear. No habrían provocado la explosión de no haber alcanzado el objetivo.
Pero ¿lo habían hecho tal y como estaba planeado? ¿Habían usado un temporizador que les daba tiempo de volver a penetrar la superficie en trineos perforadores y alejarse de la zona de la explosión? ¿O la habían detonado en un último intento desesperado y suicida, lográndolo a pesar de que los fórmicos les impedían la huida?
Esa era la naturaleza de la incertidumbre que se cernía, seis horas después de la explosión, sobre el barracón. ¿Debían esperar a que O’Toole, Calinga y Rackham regresasen? ¿O debían dar por supuesto que habían muerto y avanzar para intentar estimar la efectividad del ataque?
Bingwen sería un peso muerto en una misión de reconocimiento. El traje contra la radiación que usaba lo habían diseñado para un adulto de pequeño tamaño, por lo que colgaba de su cuerpo de ocho años como si fuese un saco de dormir demasiado grande. Había recogido brazos y perneras para poder encajar guantes y botas, pero el efecto acordeón le obligaba a apartar las piernas al estar de pie y a caminar como un pato. Cuando los miembros de la POM tuviesen que dejar el barracón, Bingwen se quedaría allí... como debía ser.
Pero por ahora, Bingwen resultaba útil en el tipo de misión de reconocimiento que era posible ahora mismo: empleando la radio y el ordenador. A todos los miembros de la POM los entrenaban para usar todo su equipo y eran excelentes improvisando con lo que fuese que tuviesen a mano. Tan pronto como se confirmó la explosión instalaron antenas en el tejado, junto con una pequeña parabólica para satélite. Ya recibían confirmación de sus propias fuentes en lugares lejanos: había cesado toda actividad fórmica alrededor de la sonda.
Lo que a Bingwen se le daba bien era controlar las frecuencias de radio chinas. Como único hablante nativo del dialecto del sur de China y el mejor hablante del mandarín oficial, Bingwen era el que tenía más posibilidad de dar sentido a los fragmentos de transmisiones que recibían.
Y ahora prestaba atención a lo que oía, empleando una de las holoconsolas que habían encontrado en la base para analizar las redes disponibles y comprobar lo que se decía en los distintos grupos militares chinos.
Cualquier comunicación oficial, cualquier orden del mando central, estaría codificada. Lo que no estuviese codificado probablemente fuese algo en plan «¿Qué está pasando? ¿Quién ha provocado la explosión? ¿Fue una bomba nuclear?». Eran preguntas con respuestas que los miembros de la POM ya conocían.
Pero Bingwen tenía la habilidad de lograr entrar en redes informáticas que no querían admitir su presencia. El ordenador que usaba era el que se encontraba en el despacho donde se habrían recibido las comunicaciones oficiales. Lo habían limpiado antes de abandonar la base, pero no lo habían hecho bien, poco más que un borrado superficial. Se habían ido a toda prisa y ¿quién iba a pasar por allí? Como mucho los fórmicos. Y era de dominio público que los fórmicos pasaban por completo de toda tecnología y comunicaciones humanas. Por tanto, el borrado había sido más bien por cumplir. A los pocos minutos Bingwen lo había recuperado todo.
Es decir, aunque Bingwen no podía descodificar nada por sí mismo, el software de descodificación seguía allí y tras varios pasos en falso y reinicios del equipo, había logrado entrar empleando la contraseña de un oficial de bajo nivel.
Por desgracia, el oficial de bajo nivel tenía un nivel tan bajo que solo estaba autorizado para descodificar mensajes bastante rutinarios, por lo que Bingwen estaba sometido a la misma restricción. Aun así, los mensajes rutinarios codificados eran muchísimo mejores que las preguntas a causa del miedo y los rumores de la radio, por lo que mientras Bingwen seguía escuchando la cháchara de radio que la POM le localizaba, abría mensaje tras mensaje a medida que salían del programa de descodificación.
Por fin dio con algo útil.
—¡Deen! —gritó.
Deen, un inglés, era el oficial al mando mientras O’Toole estuviese ausente. Todos sabían que Bingwen no le habría llamado si no tuviese información real y concreta. Por lo que Deen no vino solo. Todos los que en ese momento no tuviesen una tarea específica se le acercaron.
Por supuesto, el mensaje estaba en chino, por lo que nadie podía leerlo. Aun así, pasó los dedos sobre el texto en pinyin mientras lo iba traduciendo.
—Dos soldados con uniformes POM —dijo Bingwen—. Retenidos en el cuartel general del general Sima.
—Así que los chinos los están tratando con seriedad —dijo Lobo—. Sima es un tipo importante.
—Sima es el tipo que no tiene ni el más mínimo interés en cooperar con la POM —comentó Cocktail.
—Así que están vivos —dijo Bolshakov—, pero se los han llevado al tipo que tiene más puntos para ofenderse por su presencia en China.
—Dos soldados —dijo Deen—. No tres.
Es decir, o un miembro del equipo había muerto durante la operación, o tres habían logrado escapar con vida y los chinos habían capturado a dos.
Para entonces el descodificador ya había soltado dos mensajes más, y uno era una continuación que contenía los nombres:
—Los prisioneros han sido identificados como O’Toole y Rackham —dijo Bingwen.
—¿Se han puesto en contacto con nuestros superiores? —preguntó Deen—. ¿Están negociando su liberación?
Bingwen examinó los mensajes.
—No. El personal de Sima se limita a decir que los han retenido. Nada más. No preguntan qué hacer con ellos ni tampoco dicen lo que planean hacer.
—Sima es de los que no pediría permiso a nadie y nadie tendría el valor de hacer sugerencias —dijo Bolshakov—. Incluso los miembros más importantes del gobierno civil se lo piensan dos veces antes de tratar con Sima.
Se produjeron unos momentos de silencio.
—Sería mala idea organizar una extracción —dijo Deen—. Pero el resto de las ideas que se me ocurre son peores.
—Incluso si lográsemos localizar con exactitud la base de Sima, no sabríamos cómo entrar —dijo ZZ—. O salir.
—A mí me encanta ir improvisando en medio de una base militar extranjera —dijo Lobo.
—Y una vez que lográsemos rescatarles —dijo Deen—, tendríamos totalmente en contra a uno de los hombres más poderosos del ejército chino, justo ahora que deberíamos recibir el mérito de haber salvado miles de vidas chinas.
—Yo tengo una idea —dijo Bingwen.
Esperó a que le desestimasen, a que le dijesen que se callase, a que le recordasen que no era más que un niño. Lo esperaba porque esa era siempre la reacción de los adultos. Pero estaba hablando con la POM. Ellos prestaban atención a cualquiera que pudiese ofrecer información importante o tuviese un plan alternativo.
Bingwen se puso a teclear en la ventana de mensaje. Escribía en pinyin, porque era su lengua nativa, pero fue traduciendo.
—El equipo POM dirigido por el capitán Wit O’Toole ofrece todos sus honores y agradecimientos al glorioso general Sima por haber proporcionado a la POM los trineos perforadores necesarios para transportar un dispositivo nuclear bajo las defensas fórmicas.
—No fue Sima el que nos dio los trineos —dijo Cocktail.
—Lo conseguimos a pesar de que él se oponía, ¿no? —dijo Bolshakov.
—Dejad que el chico escriba en paz —dijo Deen.
Bingwen seguía escribiendo, traduciendo mientras lo hacía.
—Todo reconocimiento para el glorioso general Sima, del Ejército Popular de Liberación, por concebir el plan de destruir la sonda fórmica desde el interior. Nuestro agradecimiento por permitir que los soldados POM recibiesen el inmenso honor de ejecutar el plan empleando el dispositivo nuclear obtenido por el general Sima. Nos enorgullece informar del éxito total de la empresa nuclear. Los soldados POM supervivientes han vuelto con el general Sima para informarle personalmente del éxito total de su brillante y atrevido plan.
—Vaya un montón de estiércol —dijo Bungy.
—Estiércol genial —dijo Deen—. Estiércol que bien podría sacar al capitán y a Rackham de la cárcel.
—Este pequeño huérfano sabe jugar a la política internacional mejor que la mayoría de los adultos —dijo Bolshakov—. No le pidas nada a Sima, no le supliques, no le quites nada. Limítate a darle todo el crédito y anunciar al mundo que nuestros hombres están en su base. No va a negar nada. Lo hicimos sin su permiso y salió bien, pero al concederle el mérito eliminamos toda vergüenza y le damos todas las razones para tratar como héroes a nuestros chicos.
—Lo he escrito en chino porque sé cómo hacer que suene correcto y formal —dijo Bingwen—. Pero ahora necesito a alguien que hable mejor inglés para que suene bien en la versión internacional.
Deen y Bolshakov invirtieron los siguientes quince minutos en ayudar a Bingwen a crear una traducción creíble, frase a frase, que sonasen como si fuese el original del que Bingwen hubiese traducido. Mientras tanto, ZZ y Cocktail prepararon una lista de receptores que incluía a personas importantes del gobierno chino, el cuartel general de la POM y organizaciones de noticias de todo el mundo.
—Un detalle más —dijo Deen—. Que vaya firmado con el nombre del capitán O’Toole.
—No le va a gustar —dijo ZZ.
—Le encantará si le quita a los chinos de encima —dijo Deen.
Momentos después, Deen se inclinó sobre el holo y le dio a enviar.
—Si no sale bien —dijo Cocktail—, siempre podremos entrar, matar a un montón de soldados y sacar a nuestros chicos en plan película de acción.
—Lo que Cocktail pretende decir —tradujo ZZ para beneficio de Bingwen— es que si esto sale bien, habrás salvado la vida de muchas personas y nos habrás sacado de un aprieto.
Lo que Bingwen pensaba era: ni los fórmicos ni la bomba habían matado a Mazer, y era posible que él personalmente le hubiese salvado de los chinos.
2
Bichos luminosos
Víctor penetró en la nave fórmica sabiendo muy bien que probablemente no lograría volver a salir. Era una cuestión muy simple: había demasiadas variables que no podía controlar, demasiados elementos desconocidos. Por ejemplo: ¿qué había más allá de la pared metálica que tenía delante? ¿Un escuadrón de fórmicos esperando con las armas listas? ¿Un sistema automático de seguridad que le incineraría en cuanto entrase?
No había forma de saberlo.
La nave era la estructura más grande que hubiese visto nunca, mayor que la mayoría de los asteroides del cinturón de Kuiper donde su familia había realizado sus actividades mineras. Y hasta el último metro cuadrado de su interior era un misterio. ¿Cómo iba a dar con el puente de mando y plantar el explosivo si no tenía ni idea de dónde estaba situado el puente? Vamos, era incluso posible que no hubiese puente. Y, de haberlo, ¿cómo podría llegar hasta él sin que le localizasen?
Expulsó tales ideas de su mente y se concentró en la pared que tenía delante. Movió la cabeza de izquierda a derecha de forma que los rayos de luz del casco iluminasen la superficie y revelasen hasta el último detalle.
Había llegado a un callejón sin salida. O para ser más exactos, había llegado al fondo del pozo por el que había descendido, un agujero en un lateral de la nave tan profundo, oscuro y estrecho que solo le recordaba los pozos mineros que su familia había excavado en los asteroides. Pajitas por la piedra, los llamaba Padre.
Padre. Recordarle era todavía como si le clavasen un cuchillo hasta el alma.
Incluso ahora, semanas después de saber de la muerte de Padre, Víctor era todavía incapaz de aceptar esa idea. Padre ya no estaba. Había desaparecido la única constante de la vida de Víctor, ya no estaban los únicos cimientos a los que Víctor siempre se había aferrado.
Padre siempre había sido la tranquila voz de la razón durante las crisis familiares. Es decir, si se producía, por ejemplo, un fallo mecánico en la nave, si fallaba el sistema de soporte vital, Padre nunca se asustaba, jamás perdía la fe, jamás dudada ni por un instante de que acabarían dando con una solución, incluso en aquellos momentos en que Víctor no imaginaba ninguna salida posible. La expresión tranquila y compuesta de Padre, que denotaba una confianza absoluta, parecía decirle: «Podemos arreglarlo, hijo. Saldremos de esta.»
Y de alguna forma, a pesar de todo lo que tenían en contra, a pesar de no tener casi ningún repuesto, Padre siempre acababa teniendo la razón. Lo habían arreglado, fuese lo que fuese: un acoplador dañado, un purificador de agua defectuoso, un calentador estropeado. De alguna forma, con algo de suerte, un poco de ingenio y bastantes oraciones dedicadas a los santos, Víctor y Padre lo corregían todo. Lo habitual era que la solución no tuviese nada de bonita —una reparación improvisada y temporal que solo aguantaría hasta llegar a la siguiente estación—, pero siempre bastaba.
Y ahora, ese sustento de confianza había desaparecido, dejando a Víctor con sensación de estar desconectado del único pilar que había conocido en su vida.
Una voz llegó al auricular.
—¿Estás seguro de querer continuar, Vico?
Imala. Estaba fuera, en la lanzadera, flotando a unos cientos de metros de la nave fórmica. Víctor y ella habían venido en la lanzadera desde la Luna, desplazándose con un ritmo lento y como de deriva, para no llamar la atención del sistema contra colisiones de los fórmicos. Víctor le enviaba imágenes en directo desde la cámara del casco.
—Si decides retirarte ahora, no te lo tendré en cuenta —dijo Imala.
—Tú misma lo dijiste, Imala. No podemos quedarnos cruzados de brazos. Si podemos hacer algo, debemos hacerlo.
Ella conocía los riesgos tan bien como él, y a pesar de todo había insistido en acompañarle.
—No sabemos en qué nos estamos metiendo —dijo Imala—. No digo que no ayudemos. Solo digo que deberíamos estar seguros. Si te pones a cortar esa pared ya no habrá vuelta atrás.
—Este es el único lugar donde puedo cortar, Imala. No puedo cortar el casco exterior. Está recubierto de esas aberturas del tamaño de un plato, cualquiera de las cuales podría abrirse mientras yo floto por encima y lanzarme a mi cara bonita material laserizado. Cortar ahí fuera sería como ponerse a cortar el cañón de un arma cargada.
—Sigue repitiéndote que tienes la cara bonita y quizá algún día se haga realidad —respondió Imala.
Víctor sonrió. Imala bromeaba, rompiendo la tensión como antes lo hacía Alejandra.
Alejandra, su prima y querida amiga en la nave familiar, la Cavadora. Ella y Víctor continuamente se lanzaban pullas de ese mismo estilo. Ella le decía que tenía las rodillas huesudas o se reía de él al verle chillar como una niña cuando su prima o Mono saltaban desde algún rincón y le pillaban por sorpresa. En cuanto a él, la imitaba cuando la pillaba tarareando mientras trabajaba. Cantaba melodías agradables que parecían contonearse de un lado a otro como un swing.
—¿Por qué canturreas? —le había preguntado en una ocasión—. ¿Qué tiene de agradable ocuparse de la colada?
—Me cuento una historia —fue su respuesta.
—¿Una historia? ¿Tarareando? Para contar una historia hay que usar palabras, Janda.
—La historia la tengo en la cabeza, tío listo. Canturreo... es la banda sonora.
—Te estás contando una historia y te inventas la música mientras lavas la ropa de otras personas. Eres toda una experta en multitarea, Janda. Y esas historias... déjame adivinar, tratan de un apuesto mecánico adolescente que puede arreglarlo todo, construir lo que sea y que huele tan bien como las rosas.
Ella le había mirado tan pillada, con tal expresión de sorpresa en la cara, que su primera idea fue que la había ofendido. Pero la expresión desapareció al instante y Janda volvió a sonreír y a frotar la ropa, con las manos en los guantes de la caja donde estaba contenida el agua de lavar.
—Víctor Delgado —le había dicho—. ¿No lo has pensado? Si alguna vez me invento una historia sobre ti, será una historia real. No olerías como las rosas, sino a pedos.
Luego había abierto de golpe la caja de lavar y le había lanzado a la cara una camisa mojada. Al pillarle por sorpresa, Janda se había empezado a reír a carcajadas, porque al retorcerse para evitar la tela mojada, en efecto, Víctor se había tirado un pedo. Había sido un accidente, evidentemente, algo que jamás habría hecho en su presencia. Pero había pasado.
Y la joven seguía riendo cuando pudo fijar los pies, retirar la camisa y lanzársela. La esquivó con facilidad y un segundo después él volaba subiendo por el pasillo de la nave, humillado, pero también riendo por dentro.
Recordaba que Janda había tenido problemas por hacerlo. El agua se había escapado de la caja estanca y a cuatro mujeres les había llevado unos buenos veinte minutos recogerla del aire y los huecos de las paredes.
En su momento debería haberlo comprendido. Debería haberse dado cuenta de que aquella amistad era algo más. ¿Por qué no había identificado los sentimientos como lo que eran?
Porque nunca antes los había experimentado, se dijo. Porque a lo largo de su vida se habían manifestado tan gradualmente que para cuando los identificó ya era demasiado tarde para evitarlos.
Ya no tenía la mayor importancia. Janda no estaba. Igual que Padre.
Y ahora se encontraba hablándole a Imala de la misma forma. ¿Por qué? ¿Le resultaba natural? ¿Echaba de menos ese aspecto de su personalidad, la que podía lanzar pullas a los amigos? No flirteaba. O al menos esperaba no provocar esa impresión. Él tenía dieciocho años. Imala... ¿cuántos? ¿Veintidós? ¿Veintitrés? Para ella él era un niño. ¿Ella pensaba que él flirteaba?
El rostro de Imala se manifestó en el interfaz del casco de Víctor, lo que le sacó de sus ensoñaciones.
—Si tienes dudas, Vico, mejor nos lo pensamos.
Había tomado su vacilación por miedo.
—Estoy bien, Imala. Simplemente pensaba en la mejor forma de proceder.
Soltó de la espalda la bolsa de lona y sacó la burbuja, una bóveda hinchable diseñada para formar un cierre hermético en un lateral de la nave. Con Víctor en su interior, podría abrir un agujero en la nave sin exponerlo al vacío del espacio.
Víctor tiró del cordón y la burbuja se llenó de aire y adoptó su forma. Se metió debajo portando la bolsa de lona con las herramientas y fijó la burbuja a la pared.
—Pase lo que pase, Imala, no dejes de grabar.
Habían acordado que Imala grabaría todo lo que Víctor viese con la cámara del casco. Si no sobrevivía, era importante compartir lo que descubriese con todos los que estuviesen dispuestos a prestar atención.
—No se la des a Lem —le había dicho Víctor—. Súbela a las redes. Retransmítela a todo el mundo. Si un número suficiente de personas ve lo que hay en el interior de esa nave, es posible que alguien dé con la forma de acabar con esta guerra.
Abrió la cremallera de la bolsa y revolvió las herramientas buscando la cortadora láser. La mano cubierta por un guante dio con ella y la sacó. Víctor la ajustó a la potencia mínima, la presionó contra la pared y esperó a que el rayo la atravesase. Años antes, Padre le había enseñado la técnica. A lo largo de los años los dos, en el cinturón de Kuiper, habían atravesado docenas de naves abandonadas. En la mayor parte de los casos, habían sido escenarios horribles: mineros libres atacados por piratas; naves que habían sufrido fallos mecánicos, dejando a la tripulación varada hasta que moría de hambre. En cualquier caso, a la llegada de la Cavadora la mayoría ya estaba muerta.
Madre había intentado protegerle, evitando que Víctor participase. Una noche discutió con Padre al creer que Víctor dormía en su hamaca.
—Es un trabajo que puede hacer cualquier miembro de la familia —había dicho Madre hablando bajo—. No tiene que ser Vico.
—Nadie usa las herramientas con la misma frecuencia que él y yo —había respondido Padre—. En el uso de la cortadora, confío más en él que en nadie. No quiero que lo haga alguien que no tenga experiencia con el equipo. Algo podría ir mal.
—Razón para que no sea mi hijo el que vaya.
—Es parte de esta familia, Rena. Todos tenemos nuestras obligaciones.
—No es más que un niño, mi amor. Un niño.
—Cierto —había dicho Padre, pasando también al español, como pasaba siempre que un desacuerdo se incrementaba emocionalmente—. Un niño que hace su parte en esta familia. Igual que tú y que yo.
Al final habían llegado a un compromiso. Víctor ayudaría a cortar, pero no entraría en las naves ni evaluaría los daños.
—Que lo hagan los hombres de la tripulación —había dicho Madre. Padre no se había opuesto, así que Víctor se libró de la peor parte. Pero quizá no ver lo que había dentro de las naves fuese peor que verlo, porque en la mente de Víctor la que se manifestaba era siempre la peor versión.
Se preguntó, como hacía a menudo, dónde estaría Madre ahora. Lem le había dicho que las mujeres y niños de la Cavadora habían abandonado la nave y habían subido a un vehículo de WU-HU, pero Lem no tenía ni idea de cuál y ni siquiera si había sobrevivido al ataque. Iba en dirección al Cinturón de Asteroides, por lo que era probable que allí estuviese Madre, quizá en una estación donde se reunían otros superviviente. No había muerto. Víctor se negaba a plantearse esa idea. Ya era bastante doloroso haber perdido a Padre. No, Madre estaba a salvo en algún lugar, ocupándose de las mujeres y los niños, consolándolos, dándoles apoyo, protegiéndolos, como siempre había hecho en la Cavadora. Era algo que debía creer.
El láser atravesó la pared.
Víctor apagó el rayo y comprobó las lecturas.
—No tiene más que diez centímetros de ancho, Imala. La puedo atravesar con facilidad.
—Ten cuidado, Vico.
Incrementó la potencia del láser, ajustó la profundidad correcta y con rapidez practicó un pequeño agujero, no más ancho que su dedo. A continuación, pasó por él la cámara para comprobar qué había al otro lado. No se veía bien. Era un espacio oscuro y vacío, quizá un sitio por el que arrastrarse, o algún pozo. Fuese lo que fuese, había espacio de sobra para entrar. Y lo que era más importante, no había fórmicos.
Retiró la cámara, practicó un agujero lo suficientemente grande para su cuerpo, empujó la pieza e iluminó el interior con una linterna.
Era un pozo de un metro de alto y cuatro metros de ancho. A derecha e izquierda se extendía perdiéndose, descendiendo en ambas direcciones, ajustándose a la curvatura bulbosa de la nave. Las paredes estaban descoloridas y
