Mapas en un espejo | Fabulas y fantasías (Mapas en un espejo 3)

Orson Scott Card

Fragmento

Creditos

Título original: Maps in a Mirror

Traducción: Carlos Gardini

1.ª edición: junio, 2013

© 1992 by Orson Scott Card

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 15.110-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-340-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Mapas en un espejo III

Introducción

Sonata sin acompañamiento

Un largo viaje para matar a Richard Nixon

La salamandra de porcelana

Mujer media

El bruto y la bestia

La princesa y el oso

La magia de la arena

El mejor día

Plaga de mariposas

Los monos creían que todo era jolgorio

APOSTILLA

Sonata sin acompañamiento

Un largo viaje para matar a Richard Nixon

La salamandra de porcelana

Mujer media

El bruto y la bestia

La princesa y el oso

La magia de la arena

El mejor día

Plaga de mariposas

Los monos creían que todo era jolgorio

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MAPAS EN UN ESPEJO III

MAPAS EN UN ESPEJO

FÁBULAS Y FANTASÍAS

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Introducción

No creo en el «inconsciente colectivo» en el sentido junguiano, pero considero que las historias compartidas constituyen un factor decisivo en la creación y unión de las comunidades.

Todo comienza con nuestro modo de establecer una identidad, que está íntimamente vinculado con nuestro descubrimiento de la causalidad. La naturaleza depende de la causación mecánica: el estímulo A provoca la respuesta 5. Pero en cuanto adquirimos el lenguaje, aprendemos un sistema totalmente distinto: la causación con propósito, donde una persona adopta una conducta con el objeto de lograr el resultado A. No importa que el resultado sea X o Y en vez de A. Al evaluar la conducta humana, lo que más cuenta es la historia que creemos acerca del propósito de una persona.

Ya conocemos las frases de evaluación moral: «¿Por qué hiciste eso?» «No era mi intención.» «Sólo trataba de sorprenderte.» «¿Quieres humillarme ante los demás?» «No me deslomo trabajando para que tú...» Todas estas frases contienen o sugieren historias, y las historias que creemos acerca de nuestra conducta les confieren su valor moral. Incluso los más crueles o los más débiles debemos urdir historias que excusen —o ennoblezcan— nuestros defectos de carácter. En el día en que escribo esto, el alcalde de una importante ciudad americana, arrestado por consumo de cocaína, se plantó ante las cámaras y se justificó diciendo: «He trabajado tanto sirviendo al pueblo que no tenía tiempo de cuidar de mis propias necesidades.» Menuda historia: esnifar por abnegación y altruismo. Lo importante no es que la historia sea cierta, sino que todos los seres humanos narran historias sobre sí mismos, creando la historia que desean creer sobre sí mismos, la historia que creen sobre sí mismos, la historia que quieren que otros crean sobre sí mismos, las historias que creen sobre otros y las historias que temen sean ciertas sobre sí mismos y los demás.

Nuestra identidad es una compilación de las historias que hemos llegado a creer acerca de nosotros mismos. Somos bombardeados por las historias de otros acerca de nosotros; incluso nuestros recuerdos son filtrados por las historias que hemos elaborado para interpretar esos acontecimientos pasados. Revisamos nuestra identidad al revisar nuestra historia. Las psicoterapias tradicionales utilizan muchísimo este procedimiento: usted pensaba que trataba de hacer X, pero en realidad su propósito inconsciente era Y. ¡Ah, ahora me entiendo a mí mismo! Pero no creo que sea así. Me parece que al creer la nueva versión simplemente revisamos nuestra identidad. Ya no soy una persona que intenta hacer X. Soy una persona que deseaba hacer Y sin darse cuenta. Seguimos siendo la misma persona que realizó esos mismos actos. Sólo ha cambiado la historia.

Todo esto alude a las identidades individuales, y la tragedia del individuo es que la verdadera causa de su conducta siempre permanece ignorada. Y si no podemos conocerla nosotros mismos, la verdadera comprensión de cualquier otro ser humano es inalcanzable. La conducta ajena debería ser, pues, totalmente imprevisible. No obstante, ninguna comunidad humana podría existir si no existiera un mecanismo que nos permitiera confiar en que la conducta ajena respeta determinadas pautas previsibles. Y estas pautas previsibles no pueden surgir sólo de la experiencia personal: debemos saber, con cierta certeza, antes de haber observado a otro miembro de la comunidad durante cierto tiempo, qué tenderá a hacer en la mayoría de las situaciones.

Hay dos clases de historias que no sólo brindan la ilusión de comprender la conducta ajena, sino que logran dar cierta realidad a esa ilusión. Cada comunidad posee su propia épica: un complejo de historias acerca de qué significa ser miembro de esa comunidad. Estas historias pueden surgir de la experiencia compartida: ¿habéis oído a dos católicos acordándose del catequismo o de su asistencia a una escuela religiosa? También pueden surgir de lo que se considera un legado común, que genera una sensación de identidad comunitaria en el espacio y el tiempo. De esta forma los estadounidenses no sienten ninguna paradoja al referirse a Washington como «nuestro» primer presidente, aunque ningún americano vivo estaba presente durante su gobierno y la mayoría de los americanos tiene muy pocos antepasados que vivieran en Estados Unidos en esa época. Así es como un estadounidense que vive en Los Ángeles puede enterarse de algo que ha sucedido en Springfield, Illinois o en Springfield, Massachusetts y decir: «Sólo en este país...»

Desde luego, la pertenencia a comunidades nunca es absoluta. La misma persona también podría decir: «No somos así en California» o «No somos así en Los Ángeles», afirmando la épica de otra comunidad. Pero cuanto más importante nos resulte una comunidad, más poder tienen sus historias en la formación de nuestra visión del mundo y de nuestra conducta. No creo que mis hijos sean los únicos que hayan oído historias épicas admonitorias de este tipo: «Me importa un rábano lo que hagan los hijos de los demás. En nuestra familia...» La épica de toda comunidad incluye historias clave, historias que definen el comportamiento de sus integrantes. «Ningún buen bautista jamás haría...», «... como un verdadero americano». Y las historias que definen la identidad individual de una persona a menudo se interpretan según el papel que esa persona desempeña dentro de la comunidad: «Nos enorgulleces a todos, hijo.» «Un modelo relevante para los jóvenes——————s.» «Ojalá otros jóvenes fueran como tú.» «Espero que te enorgullezcas del ejemplo que brindas a los otros chicos.» «¡Ahora creerán que todos los negros/rotarios/judíos/americanos somos como tú!» No sólo nos definimos por las historias épicas de las comunidades a las cuales pertenecemos, sino que contribuimos a revisar las historias épicas de las comunidades con nuestra conducta. (Si me explayara sobre esto, hablaría del papel de los forasteros en la formación de la épica de una comunidad, y también de la épica negativa. Pero esto es un mero ensayo, no un libro en sí mismo.)

La segunda categoría de historias que modelan la conducta humana para permitir la convivencia no parece estar ligada a una comunidad específica. Es mítica; quienes creen en la historia creen que define el modo en que se comportan los seres humanos. Estas historias no describen cómo se portó tal o cual personaje en determinada situación. Describen cómo se porta la gente en tales situaciones.

Toda narrativa contiene elementos de lo particular, lo épico y lo mítico. La ficción y la escritura sagrada, sin embargo, son singularmente apropiadas para narrar historias míticas, pues por definición la ficción no está ligada a personas concretas del mundo real, y por definición los creyentes consideran que las escrituras sagradas constituyen la verdad universal y no sólo verdades particulares, como la historia a secas. La ficción y las escrituras sagradas son inevitablemente épicas, pues reflejan valores y supuestos de la comunidad de la cual surgieron: esto es cierto pero no tremendamente importante, pues el público cree que las historias míticas son universales y con el correr del tiempo se comporta como si fueran universales.

Pero no todas las ficciones son igualmente míticas. Algunas ficciones son muy particulares, ligadas a un tiempo y lugar, e incluso a personajes del mundo real. La novela histórica, o la novela realista contemporánea situada en un ámbito específico, pueden inducir al lector a decir «Esas personas eran/son extrañas», en vez de suscitar la respuesta mítica «La gente es extraña», o la aún más mítica «No sabía que la gente fuese así», o la respuesta mítica extrema «Sí, así es la gente».

Se diría pues que la ficción

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