Kamchatka

Marcelo Figueras

Fragmento



Índice

 

Portadilla

Índice

Citas

Primera hora: Biología

1. La palabra del adiós

2. All things remote

3. Me quedo sin tíos

4. Un patriarca incómodo

5. Una digresión científica

6. Viaje fantástico

7. Entra Bertuccio

8. El Principio de Necesidad

9. La Roca

10. Un breve paréntesis familiar

11. Nos vamos

12. El Citroën

13. Entra el Enano

14. Ciego ante el peligro

15. Lo que yo sabía

16. Entra David Vincent

17. Se hace de noche

18. Sirenas

Recreo

Segunda hora: Geografía

19. Ours was the marsh country

20. La piscina

21. La casa misteriosa

22. Descubro un tesoro

23. ¿De qué escapa Houdini?

24. Clandestinos

25. Asumimos identidades nuevas

26. Tácticas y estrategias

27. Encontramos un cadáver

28. Un dulce interregno

29. Nos quedamos solos

30. Una decisión en la madrugada

31. Un plan infalible

32. Ciro y el río

33. Lo que ellos sabían

34. La variante Matilde

35. El experimento fracasa

36. Monstruos

37. La Dama de Hielo

38. La sorpresa mortal

39. Emergencias

Recreo

Tercera hora: Lenguaje

40. Entra Lucas

41. Casa tomada

42. Elogio de la palabra

43. Lucas tiene novia

44. Me descubro

45. Donde soy entregado a una tribu caníbal

46. Entre las fieras

47. Aprendo a respirar

48. Una canción trunca

49. Donde descubro que alguien muy querido no es perfecto

50. Un escándalo

51. Donde me convierto en un hombre de misterio

52. El señor Globulito

53. La Fortaleza de la Soledad

54. This year’s model

55. Me descubro en medio de una película 3-D

56. Las malas noticias se suceden

57. Una de las malas noticias se vuelve buena

58. Un picnic con lluvia

59. La estación más traicionera

60. Apnea con ayuda celestial

61. Del arte de las milanesas

62. Recibimos un anuncio

63. Preguntas correctas

Recreo

Cuarta hora: Astronomía

64. Dorrego

65. Donde llegamos al campo y me convierto en el Reporter Esso

66. Las larvas

67. La abuela tiene una máquina del tiempo

68. Un paseo por la Atlántida

69. Donde hago de espía y oigo lo que no debo

70. De las estrellas

71. Donde contemplamos las estrellas y descubro más cosas de las que caben en este título

Recreo

Quinta hora: Historia

72. Sobre los finales (in)felices

73. Sobre las mejores historias

74. Donde regresamos, para no hallar más que oscuridad

75. Donde debuto como escapista

76. Donde jugamos al TEG y doy vuelta la suerte, o casi

77. Una visión

78. Donde los edificios revelan su debilidad

79. El Principio de Necesidad II

80. Donde se atan algunos cabos sueltos

81. Kamchatka

Agradecimientos

Créditos

Grupo Santillana

Citas

It is not down in any map; true places never are.

HERMAN MELVILLE, Moby Dick

Now is greater than the whole of the past.

REM, Reveal

 Primera hora Biologia

Primera hora: Biología

f. Ciencia que estudia los seres vivos.

1 La palabra del adios

1. La palabra del adiós

Lo último que papá me dijo, la última palabra que oí de sus labios, fue Kamchatka.

Me dio un beso raspándome con su barba de días y se subió al Citroën. El auto se alejó sobre la cinta ondulante de la ruta, una burbuja verde que aparecía y desaparecía en cada lomada, más chiquita cada vez, hasta que ya no la vi más. Me quedé un rato ahí, la caja del TEG bajo del brazo, hasta que el abuelo me puso la mano en el hombro y me dijo vamos a casa.

Y eso fue todo.

Si es necesario puedo contar algo más. El abuelo decía que Dios está en los detalles. También decía otras cosas: que lo de Piazzolla no es tango, por ejemplo, y que lavarse las manos antes de mear es tan importante como lavárselas después, porque vaya a saber qué tocó uno, pero creo que ninguna de estas viene al caso.

La despedida ocurrió en un despacho de naftas de la ruta 3, a pocos kilómetros de Dorrego, en el sur de la provincia de Buenos Aires. Desayunamos los tres en el bar contiguo, papá, el abuelo y yo, café con leche y medialunas de grasa, en tazas de loza grandes como ollas que tenían el logo de YPF. Mamá también estaba pero se la pasó en el baño. Algo le había revuelto el estómago y no retenía ni los líquidos. Y el Enano, mi hermano menor, dormía despatarrado en el asiento trasero del Citroën. Siempre se movía sin parar durante el sueño, brazos y piernas, como si reclamase sus derechos sobre el absoluto, el rey del espacio infinito.

En ese momento tengo diez años. Soy un chico de apariencia normal, con la excepción, quizá, del pelo rebelde que tiende a alzarse sobre mi cabeza como un signo de exclamación.

Es primavera. Octubre brilla con una luz de oro en el hemisferio sur y ese día honra el precepto; la mañana es un palacio. El aire está lleno de esas semillas voladoras que en la Argentina llamamos panaderos, estrellas diurnas que atesoro dentro del hueco de mis manos y después libero con un soplo, alentando su busca de un suelo propicio.

(La frase el aire estaba lleno de panaderos hubiese hecho las delicias del Enano. Se habría tirado al suelo, agarrándose la panza y riendo como loco mientras imaginaba a los hombrecitos flotando como pompas de jabón, delantal blanco y morro enharinado.)

Me acuerdo hasta de la gente que rondaba la estación de servicio. El despachante de nafta, un gordo de bigotes y sobacos oscuros. El conductor de la Ika, contando un vuelto de billetes grandes como sábanas en su camino hacia el baño. (Lavarse las manos antes de mear, me corrijo, también viene al caso.) Y el mochilero que cruzaba el playón rumbo a la aventura de la ruta, barbas de profeta y cacharros de lata, campanadas que llaman a la contrición.

La nena deja de saltar la soga para mojarse el pelo debajo de la canilla. Ahora se lo estruja en su camino de regreso, agua cayendo sobre el polvo, drip drip. Las gotas que hace un instante estaban allí, escribiendo en morse sobre el suelo, se desvanecen más y más a cada segundo. Se están escurriendo entre las partículas minerales y orgánicas de la tierra, fieles al mandamiento gravitatorio, aprovechando el espacio que existe donde parece no haberlo, gotas que dejan jirones de su alma y dan vida a esas partículas mientras pierden la propia, en su marcha hacia el corazón ardiente del planeta, ese fuego donde la Tierra todavía se parece a lo que era cuando se formó. (En el fondo, uno siempre es igual a lo que fue.)

La nena se inclina con gracia delante de mí. Durante un momento pienso que está haciendo una reverencia. En realidad, recoge su soga. Vuelve a saltar, un ritmo perfecto, cortando el aire, wuppety wupp, y así traza el límite de la burbuja en que se encierra.

Papá abre la puerta del bar y me deja pasar. El abuelo está adentro, esperándonos. Su cuchara crea un remolino dentro del café con leche.

A veces hay variaciones dentro del recuerdo. A veces mamá no baja del Citroën hasta que salimos del bar, porque se queda garabateando algo en la marquilla de sus Jockey Club. A veces los números del surtidor de nafta van hacia atrás, en vez de hacia adelante. A veces el mochilero se nos adelanta y cuando llegamos ya está haciendo dedo, como si estuviese apurado por descubrir el mundo que aún no ha visto y anunciarle la salvación con campanadas de aluminio. Los cambios no me preocupan. Estoy acostumbrado a ellos. Significan que estoy viendo algo que antes no vi; significan que no soy exactamente quien era la última vez que recordé.

El tiempo es raro. Esto es obvio. A menudo creo que ocurre todo junto, lo cual no tiene nada de obvio y es todavía más raro. La persona que se vanagloria de vivir sólo el presente me da un poco de pena, como la que entra al cine con la película empezada o la que toma coca light; se pierde lo mejor. Yo creo que el tiempo funciona como la sintonía de una radio. Al común de la gente le gusta elegir una estación, a la que pretende nítida y sin interferencias. Pero eso no implica que uno no pueda mezclar dos o más estaciones; no implica que la sincronía sea imposible. Hasta no hace mucho se consideraba imposible que cupiese un universo entre dos átomos, y cabe. ¿Por qué desechar la idea de que en la radio del tiempo pueda oírse en simultáneo la historia de la humanidad?

La vida cotidiana nos provee de intuiciones sobre el tema. Sentimos que coexisten dentro nuestro todos aquellos nosotros que hemos sido (¿que seremos?): conservamos lo esencial de aquel niño inocente y egoísta, y somos a la vez el joven sensual y generoso hasta la inconsciencia, y somos también aquel adulto con los pies sobre la tierra que no olvida su sueño y somos, por fin, el viejo que no ve en el oro más que un metal; ha perdido vista para ganar visión. Cuando recuerdo, mi voz suena de a ratos como si tuviese diez años nuevamente, y a veces suena como si hablase desde los setenta que no alcancé; también suena como sueno hoy, a la edad que tengo... o que creo tener. Aquellos que he sido, soy y seré dialogan constantemente, modificándose los unos a los otros. Que mi pasado y mi presente se alíen para definir mi futuro suena a verdad elemental, pero sospecho que mi futuro y mi presente son capaces de hacer lo mismo con mi pasado. Cada vez que recuerdo, aquel que fui dice sus líneas y ejecuta sus acciones con elegancia creciente, como si entendiese más y mejor al personaje con cada nuevo intento.

Los números de mi surtidor empezaron a ir para atrás. No puedo detenerlos.

El abuelo está otra vez en su camioneta, el pie sobre el estribo, canturreando su tango favorito: decí por Dios qué me has dau, que estoy tan cambiáu, no sé más quién soy.

Papá se inclina y me dice al oído la palabra del adiós. Siento como entonces el calor de su mejilla. Me besa y me raspa al mismo tiempo.

Kamchatka.

Yo no me llamo Kamchatka, pero sé que al decir eso piensa en mí.

 2 All things remote

2. All things remote

La palabra Kamchatka suena rara. Mis amigos españoles la encuentran impronunciable. Cada vez que la digo se ponen condescendientes, como quien lidia con un buen salvaje. Me miran y ven a Queequeg, el hombre tatuado del libro de Melville, adorando su estatuilla de un dios contrahecho. Cuán interesante sería Moby Dick contada por Queequeg. Pero las historias las escriben los sobrevivientes.

Yo no recuerdo tiempo alguno en que no supiese de Kamchatka. En el principio era un país de los tantos a conquistar durante mi juego de mesa favorito, el TEG, Tácticas y Estrategias de Guerra. Las características épicas del juego se trasladaban al nombre del lugar, pero mis oídos juraban además que la palabra sonaba a gloria. ¿Se equivocaban, o Kamchatka resuena como un entrecruzarse de espadas?

Soy de los que sienten una comezón eterna por las cosas remotas, al igual que el Ismael de Moby Dick. La distancia representa la dimensión de la aventura que se está dispuesto a emprender: cuanto más lejana la cima, mayor el coraje necesario. En el tablero del TEG, mi país natal, Argentina, está bien abajo y bien a la izquierda. Kamchatka, en cambio, está bien arriba y bien a la derecha, apenas por debajo de la rosa de los vientos. En las planas dimensiones de este universo, Kamchatka era el sitio más distante al que podía aspirar.

A la hora de jugar nadie se disputaba Kamchatka. Los nacionalistas codiciaban América del Sur, los exitistas América del Norte, los cultos soñaban con Europa y los prácticos sentaban sus reales sobre África u Oceanía, que se conquistaban fácil y eran aún más fáciles de defender. Kamchatka estaba en Asia, que era demasiado grande y por ende, difícil de controlar. Y para colmo ni siquiera era un país de verdad: sólo existía como nación independiente en el insólito planisferio del TEG, y ¿quién podía desear un país que ni siquiera era real?

Kamchatka quedaba para mí, que siempre tuve corazón para los despreciados. Kamchatka retumbaba como los tambores de un reino escondido y bárbaro, que me llamaba para hacerme su rey.

Por entonces no sabía nada de la Kamchatka de verdad, esa lengua helada que Rusia enseña al Océano Pacífico para burlarse de sus vecinos de allende los mares. No sabía de sus nieves eternas ni de sus cien volcanes. No sabía del glaciar Mutnovsky ni de sus lagos con aguas corrosivas. No sabía de sus osos salvajes ni de sus fumarolas ni de las burbujas de gas que se hinchan como buche de sapo en la superficie de sus aguas termales. Me bastaba que tuviese forma de cimitarra y que fuese inaccesible.

Papá se sorprendería si supiese cuánto se asemeja la Kamchatka verdadera al paisaje de mis sueños. Una península helada que es, también, la región de más actividad volcánica sobre la Tierra. Un horizonte de picos celestiales y casi intocables, envueltos en vapores de azufre. Kamchatka como reino extremo, paradojal; un ejercicio en la contradicción.

3 Me quedo sin tios

3. Me quedo sin tíos

En el tablero del TEG, la distancia entre Kamchatka y la Argentina es engañosa. Si trasladase sus dimensiones planas al volumen de un globo, aquel trayecto que parecía irremontable se volverá proximidad. Ya no hay que atravesar todo el mundo conocido para llegar de un sitio a otro. Kamchatka y América están tan lejos que casi se tocan.

De la misma forma, la despedida en el despacho de naftas y el comienzo de mi historia son extremos que se superponen; se ve el uno en el otro. El sol de octubre se confunde con el sol de abril, esta mañana se monta sobre aquella. Es fácil olvidar que un sol es la promesa del verano y el otro su despedida de escena.

En el hemisferio sur, abril es un mes de extremos. El otoño comienza y con él los fríos. Pero las ráfagas duran poco y el sol vuelve a imponerse. Los días todavía son largos. Muchos parecen robados al verano. Los ventiladores prestan sus últimos servicios y la gente escapa a la playa durante el fin de semana, tratando de correr más rápido que el invierno.

En sus vestiduras, aquel abril de 1976 se parecía a todos. Yo estrenaba mi sexto grado. Estaba hundido en horarios que no dominaba y listas de libros por conseguir. Todavía cargaba más útiles de los necesarios y protestaba por mi ubicación en el aula, demasiado próxima al escritorio de la señorita Barbeito.

Pero algunas cosas eran distintas. El golpe militar, por ejemplo. Aunque papá y mamá no decían mucho al respecto (más que furia o abatimiento, parecían sentir incertidumbre), era obvio que se trataba de algo serio. Por lo pronto, mis tíos se habían desvanecido como por arte de magia.

Hasta 1975, mi casa del barrio de Flores estuvo llena de gente que entraba y salía a toda hora y que hablaba fuerte y se reía y golpeaba sobre la mesa para remarcar una frase y que tomaba mate y cerveza y cantaba y guitarreaba y ponía los pies sobre el sillón como si viviese con nosotros desde siempre. En la mayoría de los casos, no los había visto nunca antes ni los volvería a ver. Cuando llegaban, papá nos presentaba a cada uno. Tío Eduardo. Tío Alfredo. Tía Teresa. Tío Mario. Tío Daniel. Nunca nos acordábamos de los nombres, pero no era necesario. Al rato el Enano iba al comedor y con su mejor voz de inocente decía Tío, ¿me das coca?, y se levantaban como cinco a servirle y volvía con vasos desbordantes a la pieza, a tiempo para El santo.

A fines del 75 los tíos comenzaron a ralear. Cada vez venían menos. Ya no hablaban fuerte ni cantaban ni reían. Papá ni siquiera se molestaba en presentarlos.

Un día me dijo que el tío Rodolfo había muerto y que quería que lo acompañase al velorio. Yo no sabía quién era el tío Rodolfo. Acepté porque dijo que iría conmigo y no con el Enano; un reconocimiento de mi superioridad de hijo mayor.

Fue mi primer velorio. El tío Rodolfo estaba al fondo en un cajón y había como tres o cuatro salones llenos de gente enojada y enfática que tomaba café con mucha azúcar y fumaba como escuerzo. Eso me sacó un peso de encima, porque detesto a la gente quejosa y había imaginado que un velorio debía ser una convención de llorones. Me acuerdo que se acercó el tío Raymundo (no lo conocía; papá me lo presentó ahí) y que me preguntó por el colegio y dónde vivía y yo le mentí sin siquiera pensarlo. Que vivía cerca de la Boca, le dije. No sé por qué.

De puro aburrido me arrimé al cajón y descubrí que conocía al tío Rodolfo. Tenía las mejillas hundidas y los bigotes un poco más grandes, o quizá parecían más grandes porque estaba más flaco y más formal en la muerte, o quizá la formalidad era una consecuencia del traje y la camisa de cuello grande, pero era el tío Rodolfo, sin dudas. Uno de los pocos que había vuelto a casa dos o tres veces, y que había hecho un esfuerzo para mostrarse simpático con nosotros. En su última visita me regaló una camiseta de River Plate. Cuando volvimos del velorio revisé mi placard y allí estaba, segundo cajón al fondo.

No la toqué, siquiera. Cerré el cajón y la borré de mi mente, por lo menos hasta la noche en que soñé que la camiseta salía sola del placard y reptaba hasta mi cama como una serpiente y se enroscaba en torno de mi cuello y me ahogaba. Lo soñé varias veces. Cada vez que despertaba me sentía estúpido. ¿Cómo iba a estrangularme una camiseta de River si yo era de River?

Hubo otros signos, pero ninguno más ominoso. El miedo se había instalado en mi propia casa, en mi cajón, prolijamente doblado y oliendo a limpio, entre los soquetes y las medias.

Nunca le pregunté a papá cómo había muerto el tío Rodolfo. No era necesario. Nadie muere de viejo a los treinta años.

 4 Un patriarca incomodo

4. Un patriarca incómodo

Mi escuela se llamaba Leandro N. Alem, como el señor que nos interpelaba desde un cuadro tenebroso cada vez que entrábamos en la Dirección a recibir condena. Era un edificio centenario en la esquina de Yerbal y Fray Cayetano, frente a la Plaza Flores, en el corazón de uno de los barrios más tradicionales de Buenos Aires. Tenía dos plantas, organizadas alrededor de un patio central con tragaluz por techo, y una gastada escalera de mármol que daba testimonio de las generaciones que iniciaron allí su ascenso hacia el Saber.

La escuela era municipal, lo cual significaba que abría sus puertas a todo el mundo sin distinciones. Por el pago de una suma mensual insignificante, cualquiera tenía acceso a las aulas en turno doble, recibía un bocadillo a media mañana y podía integrarse a las actividades deportivas. El gesto casi simbólico de ese pago nos abría las puertas de la sala de máquinas de nuestro lenguaje, y también del lenguaje del Universo, las matemáticas; nos revelaba en qué punto del orbe estábamos parados, qué había al norte, al sur, al este y al oeste; qué latía bajo nuestros pies, en el centro ígneo de la Tierra, y por encima de nuestras cabezas; y desplegaba ante una mirada virgen la historia del género humano, del cual éramos entonces, para bien o para mal, momentánea culminación.

En esas aulas de techos altos y pisos crujientes oí por primera vez un cuento de Cortázar y abrí el Plan Revolucionario de Operaciones de Mariano Moreno. En esas aulas descubrí que el cuerpo humano era la fábrica más perfecta y me emocioné al resolver con elegancia un problema aritmético.

Mi división hubiese servido como modelo de cualquier campaña en pos de la concordia entre los hombres. Broitman era judío. Valderrey conservaba su acento español. Talavera estaba a dos generaciones de sus antepasados negros. Chinen era chino. Y aun entre aquellos que éramos producto de la más convencional mezcla de españoles, italianos y criollos, los matices eran marcados. Algunos éramos hijos de profesionales; y otros, hijos de simples trabajadores sin calificación. Algunos vivíamos en casas propias y otros alquilaban, o vivían junto con sus padres en habitaciones cedidas por los abuelos. Algunos estudiábamos idiomas y asistíamos a clubes deportivos; otros ayudaban a sus padres en su taller de reparación de radios y televisores y pateaban pelotas de goma en cualquier baldío.

Dentro del aula estas distinciones perdían todo significado. Algunos de mis mejores amigos (Guidi, por ejemplo, a esa altura un as de la electrónica; o Mansilla, que era más negro que Talavera y vivía en Ramos Mejía, un barrio de las afueras que sonaba más remoto que Kamchatka) tenían poco o nada en común conmigo y con mi circunstancia. Y sin embargo, nuestra asociación fue siempre perfecta.

Vestíamos guardapolvo blanco por las mañanas y gris por las tardes, bebíamos mate cocido en el recreo y nos atropellábamos para conseguir nuestra factura favorita, que el portero traía en una palangana de plástico celeste. Nos igualaba el uniforme, la curiosidad y la energía de esos años, cuyo calor relativizaba toda diferencia.

Y también nos igualaba la ignorancia sobre Leandro N. Alem, el patriarca de la escuela. El hombre se parecía a Melville, en sus barbas y en su ceño adusto. Cansado, quizá, por el encierro dentro de las dos dimensiones del retrato de la Dirección, se empeñaba en señalar algo que quedaba más allá de los límites del marco. Una interpretación elemental dirá que Alem señalaba el futuro, o la senda que debíamos transitar. Pero el gesto nervioso que el pintor puso en su cara permitía, más bien, suponer que Alem nos decía que estábamos mirando al sitio equivocado, que no debíamos verlo a él sino a aquello que se venía, ese misterio que el cuadro no nos mostraba y que, intangible, no podía ser sino amenazador.

En el tiempo que asistí a esas aulas, nunca nadie nos habló de Leandro Alem. Muchos años después (yo ya vivía en Kamchatka) supe que se había levantado contra el orden conservador, en defensa del sufragio universal; que había tomado las armas y caído en prisión; y que finalmente había asistido al triunfo de sus ideas. Puede que aquellos que no nos hablaron de Alem quisiesen protegernos del incómodo dato de su suicidio. El suicidio de un hombre triunfante echa sombras sobre su causa, como las habría echado el apóstol Pedro de cortarse las venas en la Roma de Nerón o Einstein si hubiese bebido veneno durante su exilio en los Estados Unidos.

Sería un ingenuo, pues, si atribuyese a la casualidad el nombre de la escuela que me acogió durante seis años, hasta la mañana en que me fui para ya no volver.

 5 Una digresion cientifica

5. Una digresión científica

Esa mañana de abril la señorita Barbeito cerró las cortinas del aula y nos enseñó una película didáctica. Desde su color desvaído y su narrador mexicano, la película insistía en aquello del misterio de la vida y explicaba que las células se asociaban para formar tejidos y los tejidos se asociaban para formar órganos y los órganos se asociaban para componer organismos que, a la vez, eran más que la suma de sus partes.

Yo me sentaba (a mi pesar, lo dije) en la primera fila, la nariz a palmo de la pantalla. Sólo presté atención los minutos iniciales de la proyección. Registré que la Tierra se había formado cuatro mil quinientos millones de años atrás, una bola de fuego. Registré que se había tomado quinientos millones más para crear las primeras rocas. Registré que llovió durante doscientos millones de años, vaya diluvio, al cabo de los cuales tuvimos océanos. Después el mexicano de la voz cavernosa empezó a hablar de la evolución de las especies y yo pensé que se había saltado una parte, la que va entre la Tierra inanimada y la aparición de la vida, y me dije que a lo mejor se habían robado un pedazo de película y por eso el mexicano hablaba de misterio, y cuando quise volver al asunto ya había perdido el hilo y no entendí nada más.

La cuestión del misterio se me pegó para siempre. Algunas cosas se las pregunté a mamá, que me habló de Darwin y de Virchow. Ya en 1855 Virchow decía omnis cellula e cellula, toda célula proviene de otra célula, con lo cual la vida se transformaba en una cadena cuyo primer eslabón, confirmé, no podía ser un tema menor. Fue mamá, también, la que rellenó el hueco en el calendario mental que inauguró el mexicano, al aclararme que las primeras células bacterianas aparecieron sobre la Tierra hace tres mil quinientos millones de años, en esos océanos poco profundos que resultaron de la tormenta más larga de la historia.

Otras cosas las averigüé cuando ya vivía en Kamchatka, entre erupciones volcánicas y vapores de azufre. Descubrí, por ejemplo, que estamos hechos de los mismos átomos y pequeñas moléculas que las piedras. (Deberíamos durar más.) Descubrí que Louis Pasteur, el de la vacuna, realizó experimentos que probaban que la vida no

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