Adiós a Cinecittà

Fragmento

cap-1

 

Roma, 2017

Su madre solía decirle que todos tenemos un lugar en el que podemos sentirnos como en casa, aunque nunca hayamos puesto los pies allí. Jerry Weintraub descubrió, nada más verlo, que el suyo era ese.

Una cálida sensación de familiaridad le recorrió el cuerpo cuando, tras un trayecto de media hora desde Piazza Nazzionale, emergió de la boca de metro y se encontró frente al edificio de acceso a los estudios: dos torres de planta rectangular que flanqueaban un cuerpo central de líneas rectas, con una puerta acristalada y otras dos, para vehículos, a los lados.

Y en la parte superior, en caracteres elegantes que destilaban un cierto aire art déco, aquella única y mágica palabra.

CINECITTÀ.

Sintió la dentellada amarga de la desazón al pensar que dentro de muy poco todo aquello ya no existiría. Debería haber leyes que protegieran lugares como aquel, se dijo. Ordenanzas que amparasen a los creadores de sueños de la codicia de especuladores y financieros. Pero no las había. Hacía tiempo que se había resignado a que las legislaciones no se hicieran para cobijar a los artistas, sino para proporcionarles una coartada a los mercaderes.

Empezaría el reportaje con aquella reflexión, decidió. Solo una pincelada social, sin pasarse. A la revista, que era quien le pagaba el viaje, la política se la traía al pairo. Lo que le pedía era glamour, anécdotas de las grandes estrellas. Devolverles a sus lectores el aroma de una época dorada del cine que se había extinguido, como los dinosaurios, ya hacía mucho tiempo. Se consoló pensando que, si también conseguía colarle el tema al suplemento del periódico, quizá podría explayarse un poco más. Cuando le había sugerido el artículo al redactor jefe, no le había hecho ascos a la idea. Pero sin comprometerse a nada. Ahora mismo, en España importaban otras cosas. Por mucho que Cinecittà fuese uno de los grandes iconos del cine europeo, comprometer seis u ocho páginas a echarle un último vistazo antes de que sucumbiera bajo las garras de los promotores inmobiliarios era mucho comprometer. Y si lo hacía, había añadido, dejando una esperanzadora puerta abierta, sería pagando más bien poco.

¡Como si en España alguna vez pagasen mucho!

Jerry todavía no terminaba de creerse que hubiese cambiado la arena de las playas de Malibú y las estrellas del Walk of Fame por los arcos neomúdejares de Las Ventas o las maravillas del barrio de Malasaña. Pero ya llevaba casi cinco años viviendo en un pequeño apartamento a dos pasos de Herrera Oria, en la Ciudad de los Periodistas —aquella idea de colocar a los de su gremio en un mismo barrio aún le parecía ligeramente inquietante, pese a haber constatado que lo que menos abundaba en la ciudad, eran periodistas—. Y no se había arrepentido ni una sola vez. Su padre, que había luchado en la Brigada Lincoln con dieciocho años recién cumplidos, le había contagiado desde niño su fascinación por aquel país de contrastes tan marcados. Y, después de que Angela le sacara los ojos con el divorcio, había aceptado la oferta de un editor amigo que, habiendo pasado por un trago similar, le había echado un cable ofreciéndole escribir un libro sobre la loca aventura del productor Samuel Bronston en la España de los sesenta.

Tal y como estaba, habría aceptado escribir una monografía sobre la pesca del barbo en Nueva Gales del Sur.

Había volado a Madrid para un viaje de documentación de dos semanas y ya llevaba casi un lustro. Los hombres de su familia debían de llevarlo en los genes... Gracias a su dominio del idioma —otra cosa más que agradecerle al viejo— enseguida había encontrado trabajo en diversos medios. En aquel país nadie quería contratar a un redactor fijo, pero un colaborador freelance, con buenos contactos en Hollywood, era otra cosa. Y entre aquello y los restos del naufragio de su vida anterior, había tenido suficiente para establecerse.

Sabía que algún día regresaría a Los Ángeles. Pero no tenía prisa en echar de menos los paseos por El Retiro, las tardes en el Prado o en el Thyssen o las croquetas de bacalao de Casa Labra. Todo a su tiempo.

Ya había divagado bastante. Regresó a la mítica entrada, tratando de imaginarse cuántas cosas habían cambiado en aquel lugar desde que lo inaugurase, el mismísimo Benito Mussolini, ochenta años atrás. No demasiadas: la boca de metro frente al portón, la amplia avenida que te permitía llegar en coche y, por supuesto, el enorme edificio de apartamentos del otro lado de la calle. Pero poco más. Por una vez, el régimen del Duce había hecho las cosas bien. Mussolini se había gastado cuatro millones de liras de 1937 en una infraestructura destinada a hacer posible «que la Italia fascista difunda a todo el mundo lo más rápidamente la civilización de Roma». Y, con ese dineral, el arquitecto Gino Peressutti se las apañó para levantar, en solo 457 días, 73 instalaciones. Incluidos platós, centrales eléctricas, oficinas y despachos, laboratorios, salas de proyección, almacenes de attrezzo y talleres de construcción. Una auténtica ciudad del cine, tan bien diseñada que apenas había necesitado unos pocos retoques en ocho décadas de existencia y funcionamiento.

Si sus generales hubiesen sido igual de eficaces que sus arquitectos, pensó Jerry con sorna, otro gallo le habría cantado a aquel dictador de opereta que quería parecerse a los césares, aunque su segundo nombre fuese, irónicamente, tan cartaginés como Amilcare.

Recordó, con un deje de nostalgia, los grandes cineastas que habían trabajado allí: Fellini, De Sica, Wyler, Mankiewicz, los dos Vidor, Wise, LeRoy, Reed, Coppola, Scorsese. La cantidad ingente de imágenes inolvidables que habían sido concebidas y rodadas más allá de aquella entrada emblemática: La carrera de cuadrigas de Ben-Hur. La Roma de Nerón. La Troya de Príamo. Y todo para terminar albergando la casa del concurso televisivo Grande Fratello, que, si no lo remediaba un milagro, sería lo último que se habría hecho en los estudios.

Jerry suspiró. ¡Si FeFe levantara la cabeza! Claro que, con su sentido del humor grotesco, puede que hasta le hubiera parecido divertido: un montón de personajes dignos de Amarcord utilizando su amado plató número 5 para hacerse populares en todo el país a base de airear sus bajos instintos en las ondas hertzianas.

Y si el maestro hubiese sido capaz de encontrarle la gracia a aquel chiste malo, ¿quién era él para no reírse?

Caminó lentamente hasta el portal. Le habría encantado poder franquearlo a bordo de un Alfa Romeo descapotable, rojo, como las estrellas de los viejos tiempos. Con una mujer hermosa de enormes gafas de sol y pañuelo en la cabeza en el asiento del copiloto. Pero lo que le pagaba la revista no daba para tanto. En lugar de eso, había estado a punto de enarbolar el carnet de prensa para ahorrarse la entrada. Ya se estaba llevando la mano al bolsillo cuando le pareció que el fantasma del feroz ujier Pappalardo lo atisbaba, colérico, desde el interior de su garita.

Tranquilo, don Gaetano, no se sulfure, que soy legal.

Arrepentido, sacó la cartera y abonó los casi veintidós dólares que le daban derecho a visitar la exposición, más la visita guiada en inglés. ¿Cómo podía querer que aquello se mantuviese abierto si se escaqueaba de pagar la entrada?

Suspiró. La coherencia y la economía se llevaban a palos. Como tantos otros matrimonios.

Algo se removió en su interior apenas traspasó el mítico acceso. Como si hubiese frotado la lámpara maravillosa y estuviese a punto de ver aparecer al genio. Su primer deseo cumplido fue el de encontrarse con la Venusia —la cabeza coronada de la diosa que Fellini había usado en Il Casanova—, brotando del césped, delante mismo de la entrada. En la película, recordó, emergía del agua, frente al Puente de Rialto, rodeada de góndolas y fuegos artificiales. No era su Fellini favorito, aunque todavía se estremecía al pensar en la pareja inclasificable que formaron en ella Donald Sutherland y la desaprovechada Tina Aumont.

Buen comienzo.

Se internó en el paseo arbolado que conducía al corazón del recinto, mirando a su alrededor en busca de más tesoros. Desde aquella perspectiva, los estudios se parecían más a una bonita urbanización privada que a una factoría cinematográfica. Trataba de no imaginarse todo aquello convertido en el sueño de un promotor inmobiliario: sustituyendo platós, almacenes y talleres por hoteles, restaurantes, gimnasios, un centro de belleza, piscinas y hasta un gigantesco aparcamiento subterráneo. Vale, puede que Fellini hasta le hubiese encontrado el chiste a lo del reality, pero se apostaba lo que fuese a que imaginarse toda aquella orgía de cemento sepultando su santuario no le haría maldita la gracia.

Tampoco a él, la verdad.

Un vistazo al reloj le corroboró que llevaba el día entero allí.

Se le había pasado como un suspiro.

Lo había visitado todo, desde el espacio Cinebimbicittà, reservado a los más pequeños, hasta la tienda de souvenirs. Las horas se le habían escabullido deambulando por los tres espacios de la Mostra: la exposición que contaba con todo lujo de detalles la historia, los rodajes y los misterios que rodean a casi cualquier película. Había comido sentado en una de las sillas de director del muy fashion Caffè di Cinecittà y se había paseado por los decorados que reproducían la antigua Roma, la Florencia medieval y el Templo de Jerusalén. Y, por supuesto, había peregrinado hasta el mítico Teatro Cinque, donde Fellini había rodado la mayoría de sus obras maestras, para rendirle su íntimo homenaje al adorado maestro.

Le quedaba poco menos de una hora antes de que lo echaran y todavía le faltaban los decorados donde Scorsese recrease el Five Points de 1830 para Gangs of New York. Rebuscó en el bolsillo trasero del pantalón y extrajo el arrugado mapa del complejo que le habían entregado con la entrada. Tenía un buen trecho, pero le daba tiempo. Pese al dolor de pies, echó a andar a buen paso. Dejó atrás los enormes galpones con techos a dos aguas que habían albergado tantas historias irrepetibles y se encaminó al extremo del recinto donde se levantaban las fachadas de una Nueva York que ya solo existía en el recuerdo y el celuloide.

Se encontró los decorados inesperadamente desiertos. Había sido una jornada poco concurrida y estaba a punto de terminar. Pudo deambular en solitario por aquellas pocas calles, tan falsas y tan auténticas a un tiempo. La Gran Manzana era otro de esos lugares donde nadie era forastero del todo y él se consideraba parte de ella, por mucho que hubiese vivido la mayor parte de su vida en Los Ángeles —un lugar donde, por el contrario, hasta los nativos se sentían extraños.

Se paseó sin prisa por las aceras desiertas, pasando bajo los carteles de negocios fundados por los diseñadores de producción: Saxe & Robertson, St. Nicholas Hotel, Calenberg Volpel & Co., Gwitt Piano Studio, Tilman’s Flowers. Se notaba que nadie había rodado allí en años: paredes desconchadas, manchas de humedad, ventanas sin cristales. La calle entera necesitaba una mano de pintura, unos cuantos carpinteros y, por encima de todo, alguien que gritase de nuevo aquello de «¡Aaaaacción!» y le diese sentido al tinglado.

Llegó hasta el final de la acera. En un rincón, incongruentes, descubrió varios plafones que alguien había usado para fijar viejos afiches de las superproducciones que Hollywood había rodado allí en los cincuenta. Jerry tenía las paredes de su apartamento empapeladas con carteles parecidos. Los repasó. Audrey Hepburn, Mel Ferrer y Henry Fonda le devolvieron el atisbo, ataviados de nobles zaristas, desde el de Guerra y paz; Robert Taylor, con casco y armadura de tribuno, y Deborah Kerr, bellísima dentro de su túnica de esclava, le ignoraron para mirarse el uno al otro, llenos de deseo, en el de Quo Vadis. Y Rock Hudson, con uniforme del ejército italiano, y Jennifer Jones, vestida de enfermera de la Cruz Roja, ni siquiera se percataron de su presencia, ocupados como estaban en besarse apasionadamente en el de Adiós a las armas.

—¿La ha visto?

La pregunta, formulada desde atrás y de forma tan directa, le cogió por sorpresa. Pegó un respingo y se volvió para descubrir a un anciano al que no había visto durante todo su paseo. No necesitó más que un vistazo para sentir una corriente de simpatía por aquel hombre. Empuñaba un bastón con desgana y se notaba que era muy mayor. Pero, por debajo de los años y las arrugas, uno todavía podía adivinar el joven apuesto que había sido alguna vez. Los ojos, de un azul líquido y transparente, destilaban un brillo travieso y socarrón que se reía del paso del tiempo. Jerry pensó que, si llegaba a alcanzar su edad, querría ser como él.

—¿Disculpe?

—Le preguntaba si la ha visto —se explicó el viejo, con el inglés cantarín que solo pueden gastar los italianos—. La película. Adiós a las armas.

Jerry esbozó una sonrisa:

—Pues sí. Las he visto todas, en realidad.

—¿Estas? —quiso saber el viejo, levantando el bastón para hacer un ademán que englobaba los tres carteles.

—Bueno, sí. Esas y casi todas las demás. Me llamo Jerry Weintraub. Escribo sobre cine. Me he pasado tanto tiempo en una sala a oscuras que a veces pienso que las he visto todas. Dígame un título y me apuesto lo que quiera a que me lo he tragado.

El viejo meneó la cabeza, aceptando el reto:

—Así que un título al azar, ¿eh? Verá, es que podría decirle muchos... Porque ese todas suyo supongo que incluye a las producciones italianas que se rodaron aquí. Las tragedias de Doris Duranti y Clara Calamai, los romances de Alida Valli y las fantasías históricas que encumbraron a la desdichada Luisa Ferida...

El brillo socarrón que Jerry había adivinado hacía unos instantes se hizo más patente: touché.

Se lo merecía. Por sobrado.

Levantó los brazos, admitiendo la derrota.

—Yo me refería... Pero no, me ha pillado usted. Admito que las italianas las desconozco.

El anciano meneó otra vez la cabeza. Americani! Su tono era beligerante cuando insistió:

—¿Sabe que van a cerrar todo esto?

—Sí. Por eso estoy aquí. No quería dejar de verlo antes de que desaparezca. Voy a escribir un par de artículos...

El anciano se encrespó.

—¡Una vergüenza! ¡Cambiar Cinecittà por una bolera, un parking subterráneo, unos cuantos apartamentos para ricos y un Conad City! Escriba sobre eso, señor periodista americano. ¿No es usted el Cuarto Poder? Pues haga algo, ¿no le parece? ¡Denúncielo! ¡Impídalo!

Jerry se encogió de hombros.

—Le agradezco que me considere tan influyente. Pero me temo que ahora es usted quien ha visto demasiadas películas. Si es capaz de decirme la última vez que un artículo de un periódico extranjero logró paralizar una gran operación urbanística en Italia le prometo que estudiaré el caso de pe a pa e intentaré copiar al dedillo el estilo de mi ilustre colega. Adelante, ¡ilumíneme!

El anciano arrugó los labios en una mueca divertida y encajó el golpe con deportividad. Esta vez era a él a quien habían pillado. Tomó a Jerry por el brazo y señaló el afiche de Adiós a las armas con la punta de su bastón.

—Volvamos a las películas. Esta, por ejemplo. ¿Qué me dice? ¿Le gustó al señor crítico cinematográfico?

Jerry estuvo a punto de aclararle que él no hacía crítica, sino información cinematográfica, aunque a veces un género y otro se confundieran peligrosamente. Al final desistió y se limitó a responder:

—Si le soy sincero... no demasiado. Quiero decir, el espectáculo está ahí, por supuesto. Paisajes magníficos, grandes escenas. El dineral que se gastaron se ve en la pantalla. Pero al conjunto le falta fuerza. Y ellos dos eran demasiado mayores para sus personajes. Si me da a elegir, me quedo con la versión de Borzage, con Gary Cooper y Helen Hayes.

El anciano no estuvo de acuerdo:

—¡Ya estamos otra vez con la canción de siempre! —protestó—. Mire, es evidente que no eran los chavales que describe Hemingway en su novela, que, por otro lado, está sobrevalorada. Pero no me negará que Hudson y Jones hacían una pareja fantástica. Él pocas veces estuvo mejor que aquí. Y ella, bueno, ¡ella se muere francamente bien, al final! Además, estaba De Sica...

Jerry no había rehuido una discusión sobre una película en su vida. Ahora tampoco pensaba hacerlo. Iba a disparar su réplica cuando el anciano le interrumpió:

—¿Sabe qué? No me haga mucho caso. Nunca he podido ser del todo imparcial con esta. Después de todo, ayudé a hacerla...

Aquel hombre era una caja de sorpresas.

—¿Qué quiere decir con que ayudó...?

El viejo suspiró. Melancólico.

—Trabajé aquí más de medio siglo, amigo mío. Haciendo decorados. Estas manos, que ahora no sirven ni para bajarme la bragueta, levantaron el circo de Ben-Hur, las murallas de Troya, la carroza de Cleopatra. Y le hablo de esas porque son las que habrá visto. Italianas, ni le cuento...

Jerry sintió que se le aceleraba el corazón. Ya no era fácil encontrarse con un pedazo de historia viva como aquel. Alguien le estaba haciendo un regalo. Su reportaje sería diez veces mejor con un testigo de primera mano.

—¿Conoció a Fellini?

—¿Que si le conocí? Él me prestó mi primer Simenon, amigo.

—¿Y a De Sica?

—Le gané veinte mil liras en una noche de póker. Luego se las tuve que prestar para que pagase a otro. Nunca me las devolvió. Era el mejor hombre del mundo.

Jerry sintió que le temblaban las piernas. Tenía que grabar todo aquello. ¿Le quedaba suficiente batería en el iPhone? Rebuscó en los bolsillos mientras el viejo continuaba:

—Veo que le interesan las historias. Podría contarle docenas. ¡Cientos! Pero ninguna tan buena como la que tiene que ver precisamente con esa película —dijo, levantando de nuevo el bastón para señalar el cartel de Adiós a las armas.

Jerry soltó una maldición. Como siempre, el móvil agonizaba. ¿Cuándo fabricarían uno que no se muriese precisamente cuando más falta te hacía?

En fin, daba igual.

—Me encantaría que me la contase, señor...

El viejo señaló las escaleras de un portal.

—Así que le gusta escuchar, ¿eh, giornalista americano? Pues está de suerte, porque a estas alturas, hablar es el único placer que todavía puedo permitirme. Sentémonos, ¿quiere? Desde que cumplí los noventa mis piernas ya no son las que solían. —Le dirigió una mirada de odio al bastón—. Nunca lleve uno de estos, hágame caso. Pocas cosas te hacen sentir más viejo.

Más ligero de lo que sus palabras harían suponer, fue hasta los escalones del decorado y se agarró a la barandilla de hierro para dejarse caer. Acompañó el gesto con un gruñido. Jerry se sentó a su lado, impaciente como un niño.

—Todo empezó en la primavera de 1957. A Roma la llamaban Il Hollywood sull Tevere y David O. Selznick y su gente estaban a punto para empezar a rodar...

cap-2

1

Roma, marzo-agosto, 1957

Arthur Fellows colgó el teléfono con una mueca de disgusto. Se acercó al mueble bar y se sirvió una generosa dosis de bourbon, con mucho hielo. Echó un trago, salió al balcón de la suite y se quedó pensativo, contemplando el paisaje. Llevaba meses alojado allí y la vista todavía lo impresionaba igual que el primer día. El cielo de Roma: repleto de cúpulas, torres y bóvedas que, en gris, blanco y rosa, competían por no quedar sepultadas entre tanta historia. Tejados grises de pizarra que brillaban repitiendo en su superficie otros tejados de tejas rojizas, dándole un efecto multiplicador a la ciudad desordenada. Campanarios medievales se alternaban con bóvedas barrocas y apenas un poco de verde entre tanta piedra. Al fondo, el exceso de mármol blanco del monumento a Víctor Manuel II presidía aquella vista que podría parecer un decorado si no fuera por el barullo que subía de la calle. Desde su posición privilegiada intuía el trazo caprichoso de las callejuelas retorcidas donde se levantaban, indiferentes, las cúpulas, torres y bóvedas que distinguía sin reconocer. De repente, las campanas empezaron a sonar y fue como si un coro de carillones entonase la misma canción.

Se maravilló una vez más: aquella ciudad tenía más iglesias que bares Los Ángeles.

Acababa de cumplir los cuarenta y era la primera vez que gozaba del privilegio de ocupar una habitación como aquella. Se recordó con diecinueve, durante el rodaje de El jardín de Alá. Sentado en una estación de tren en mitad del desierto, a más de cuarenta grados a la sombra, esperando a que le telegrafiasen el guion del día para montarse en el coche del estudio y recorrer a toda velocidad las seis millas que lo separaban del set. Con las ventanillas abiertas, empapado en sudor y tragando polvo a más no poder. ¡Dios, qué importante se había sentido! Sin aquellas páginas que le habían confiado a él y solo a él, el resto del equipo no podía hacer otra cosa que buscar una sombra y sestear.

El jardín de Alá había sido su primer trabajo para Selznick International Pictures, recién incorporado gracias a la recomendación de su tía Marcella, la mano derecha del dueño. El poderoso David O. Selznick había decidido hacer realidad aquella fantasía arábica en tecnicolor, con Charles Boyer de cisterciense en plena crisis de fe y Marlene Dietrich como una improbable heredera que abandonaba su enclaustrada existencia para visitar el norte de África en busca de renovación espiritual. La fiesta había salido por dos millones doscientos mil pavos. Pero, como aún seguía sucediendo, solo los miembros más destacados del equipo se alojaban con comodidad. El resto, a pernoctar en cuchitriles que habrían logrado que incluso el monje protagonista arrugase el entrecejo.

En el cine, como en la vida, la jerarquía lo es todo.

Había tardado dos décadas en trepar por el escalafón. En ir de un cuartucho de mala muerte, en mitad de ninguna parte, a la lujosa suite de la Via Veneto que ocupaba ahora. En pasar de chico de los recados a productor asociado. De don nadie a pez gordo. Alguien podría pensar que eran pocos, pero veinte años parecían cuarenta si uno los pasaba haciendo de todo para Selznick. Aguantando sus invectivas. Su mordacidad. Su necesidad enfermiza de controlarlo todo. Y, por encima de todo, sus malditos memorandos. Cualquier otro le habría mandado a...

Esbozó una sonrisa cansada y volvió adentro. La mierda pasada ya daba igual. Se había revolcado en ella a base de bien, de acuerdo. Pero el olor se iba con un baño, mientras que la experiencia se quedaba para siempre. Gracias a eso, se conocía el negocio al dedillo. Había jugado en todas las posiciones y siempre bien. Y ahora, por fin, David había decidido nombrarle capitán del equipo. Y no en un partido cualquiera, no. En toda una final de la Superbowl. Con Adiós a las armas su jefe estaba decidido a levantar otra Lo que el viento se llevó. Y si él le ayudaba a conseguirlo, su techo sería el cielo.

Arthur Fellows quería tocar el cielo. Se lo había ganado. Con creces.

Pero para ganar aquel partido tendrían que jugar de otra forma. El juego se había transformado y todo el mundo aún estaba intentando adaptarse a las nuevas reglas. La gente ya solo pagaba una entrada si, a cambio, se le proporcionaba un gran espectáculo. Algo colosal: cientos de extras yendo de un lado a otro de la pantalla. Ciudades de ensueño. Batallas campales. Fastuosidad.

¿Demasiado para los sesenta y un centavos que se dejaban en taquilla? Por supuesto. Pero ese, amigo, no era el problema del público, sino de los productores.

Las películas cada vez costaban más dinero y los fracasos se pagaban cada vez más caros.

Igual que cualquiera en Hollywood, hasta el gran Selznick tenía heridas que lamerse. Y de las que dejaban una buena cicatriz, Fellows lo sabía mejor que nadie. ¿Resultado? Después de tres décadas en las que había estado detrás de más de ochenta títulos —casi a tres por año—, desde 1950 David apenas había puesto su sello en dos películas.

Dos en siete años.

Ambas, desastrosas en taquilla.

Corrección: D-E-S-A-S-T-R-O-S-A-S. Así: con todas las letras y en mayúsculas.

Ninguna carrera, ni siquiera la del tipo que había estado detrás de Lo que el viento se llevó, era capaz de soportar más tropiezos. Demasiada gente le tenía ganas. Ya se sabe: quien siembra vientos...

Además, aunque le costase reconocerlo, David ya no era la fuerza de la naturaleza que había sido cuando llevó a la pantalla la turbulenta historia del capitán Rhett Butler y la señorita Scarlett O’Hara. Ahora tenía cincuenta y cinco años, el pelo blanco y el corazón más fatigado de lo que cabría esperar. Demasiadas preocupaciones y demasiada dexedrina. Y otros demasiados de los que nadie querría tener que hablarle a un biógrafo.

En resumen: era su momento. Tenía que serlo.

Fellows apuró el whisky y se sirvió otro. Estaba empezando a beber demasiado, se daba cuenta. Pero es que ahora necesitaba un par de copas. Llevaba días conduciendo un camión cargado de nitroglicerina por una carretera llena de baches y, al final, todo el asunto le había estallado en la cara. Miró con rencor el teléfono blanco desde el que acababa de recibir la noticia de boca del mismo John Huston: el muy hijo de su madre se largaba.

Renunciaba.

Kaputt.

Con su acento de chico malo de Missouri y aquella voz grave y pulida por el humo que volvía locas a las mujeres, podría habérselo dicho más alto, pero no más claro: al diablo la película, al diablo David, y al diablo todo el puñetero asunto. ¡Un cuarto de millón de dólares podía parecer mucho dinero, pero se convertía en calderilla cuando uno tenía que tragarse toda aquella mierda para ganárselo!

Había decidido que no le compensaba.

Lo siento por ti, Artie, muchacho. Sé que apostaste por mí y lamento dejarte en la estacada. Pero una semana más en la misma ciudad y acabaré pegándole un tiro a ese hombre, compréndelo. Te debo una.

¿Ya está? ¿Te debo una? ¿Se suponía que eso lo solucionaba todo?

Fellows echó otro trago.

¡Maldito John y malditas excusas! ¿Por qué le hacía esto? Y, precisamente, ahora. ¿Acaso no le había dejado muy clarito de qué iba a ir la cosa cuando, medio año atrás, había volado hasta la puñetera Tobago para ofrecerle el trabajo, en persona?

Aquello era un encargo. Muy bien pagado, pero un encargo. Capisci?

Incluso aunque su integridad de artista —suponiendo que John tuviese algo remotamente parecido— no le hubiese dejado otra que retirarse, había tenido tiempo de sobras para hacerlo mucho antes. Cuando su marcha les hubiera hecho menos daño.

¿De verdad no se había dado cuenta de que no podía trabajar con David hasta cuatro días antes de empezar a rodar?

¿Cuatro días?

¡Y un cuerno!

A su jefe se le podía acusar de muchas cosas, pero nunca de no ser diáfano en expresar lo que quería. Él estaba presente cuando había mirado al director a los ojos y se lo había advertido una vez más: esta va a ser una película Selznick, no una película Huston. ¿Te parece bien, John?

Y al maldito John se lo había parecido. Doscientos cincuenta mil pavos a cambio de dirigirla. Solo dirigir. Guion y montaje quedaban en manos del productor. Desde luego, no era su estilo. Pero cuando se quería vivir a lo John Huston, hacía falta mucho dinero. Y, de vez en cuando, no quedaba otra que guardarse el traje de artista en el baúl y tragarse sapos como ese para poder seguir viajando, bebiendo y fornicando como solo un condenado irlandés era capaz de hacerlo.

Con que se lo hubiese dicho un par de meses antes él habría podido...

¿A quién diablos quería engañar?

La culpa era suya, se castigó mientras vencía la tentación de servirse una tercera copa y dejaba el vaso vacío en el mueble bar. Todo el mundo se lo había advertido: no había habitación en el mundo lo suficientemente grande como para albergar a aquellos dos egos. Pero él no había querido escucharles. Tenían una historia de amor y de guerra entre manos, y Huston era la elección idónea para filmarla. Allí estaban Éramos desconocidos o Medalla roja al valor para demostrarlo. Además, ya había trabajado con Jennifer antes y habían congeniado. Para David eso era algo primordial: que Jennifer estuviese contenta. Y con John lo estaba.

Podría conseguirlo, se había dicho. Hacer que funcionase. Los conocía bien a ambos. Sería la grasa que suavizaría los engranajes cuando algo los encallase. Sería el productor que hacía milagros. El que conseguía que todo llegase a buen puerto. El mago.

Pobre idiota.

Durante los seis meses que había llevado la preproducción, el castillo de naipes se había mantenido milagrosamente en pie. David tenía la cabeza puesta únicamente en el guion y se pasaba las horas obligando al pobre Ben Hecht y a sus dos Oscar a hacer una revisión tras otra. Hasta diez, habían acumulado. Mientras, a miles de kilómetros, John se dedicaba —o eso decía— a aquellas largas planificaciones suyas de cada escena que hacían temblar los bolsillos de los productores. Un par de veces, mientras hablaban por teléfono, le había dejado caer que aquella era una película de acción y que David y Ben estaban obsesionados solo con el maldito romance. Si los ves, recuérdales que entre beso y beso allí se libraba una jodida guerra, le había pedido con aquel retorcido humor irlandés que hacía reír a tan pocos.

Fellows había olido la tormenta que se fraguaba. Pero había preferido pensar que podrían capearla. En ese momento, lo que le preocupaba de verdad era no pasarse del presupuesto. Había dejado las objeciones de John de lado y solo le había pedido que, rodara lo que rodase, se asegurase de hacerlo a tiempo y sin gastos de última hora.

¡Tranquilo, Artie! Como siempre, nada será fácil, pero todo se hará, le había insistido el otro. Casi podía oler el humo de los cigarrillos y el aroma del whisky a través de la línea telefónica mientras lo embaucaba. ¡Qué idiota había sido creyéndole!

Lo que tenía que pasar había pasado apenas pusieron todos los pies en Roma. David había querido empezar con los ensayos cuanto antes y Huston había aceptado de mala gana —lo que le apetecía de verdad era irse de excursión a las Dolomitas, a inspeccionar exteriores—. Los primeros días de ensayos habían transcurrido con una lentitud exasperante. Jennifer se lo había comentado a David y a este le había faltado tiempo para correr a la máquina de escribir.

Por la mañana, con las tostadas y el zumo de pomelo, la camarera le había dejado sobre la mesa un sobre con otro de sus temidos memorandos.

El regusto amargo de la fruta no había sido nada comparado con el que le habían dejado aquellas dos páginas pulcramente mecanografiadas: Estaría siendo cándido contigo si no te expresase hasta qué punto estoy descontento de la forma en la que están yendo las cosas —le había escrito—. Cada hora cuenta, Arthur. Me encantaría saber cuanto antes qué piensas hacer para evitar pérdidas que, bajo ningún concepto, podemos permitirnos.

A la hora de la verdad, ni siquiera había tenido tiempo de enfrentarse al problema. Huston se había encarado directamente con David y, sin paños calientes, le había exigido cambios en el guion. Había que suprimir muchos diálogos, modificar otros tantos y quitarle metraje al romance para dárselo a la guerra. Aunque eso implicara recortar algunas de las mejores escenas de Jennifer. De no hacerlo, la película sería un jodido desastre, había vaticinado. Y se había quedado con aquella sonrisa socarrona que tanta gente en Hollywood había deseado alguna vez borrarle de un puñetazo.

Fellows se lo podría haber dicho aquel día, en Tobago: David se dejaría extirpar la vesícula a lo vivo antes de acceder a retocar una escena de su precioso guion. O de privar a su mujercita del lucimiento al que la había acostumbrado durante quince años de matrimonio.

Así de claro.

Fiuuuuuu. Alguien había abierto una ventana, y el castillo de naipes se había ido al garete. Había sido bonito mientras había durado.

Cuando su secretaria le había avisado de que lo esperaban a cenar en la villa que el señor Selznick había alquilado en el selecto rione Prati, a orillas del Tíber, ya había supuesto que se le atragantaría el postre.

Pero no hasta ese punto.

La manera como David lo había tratado aquella noche era algo que no se olvida. Algo que solo habría aceptado alguien como él, acostumbrado a soportar cosas parecidas desde que era un adolescente. Solo la necesidad que tenía de hacer aquella maldita película le había impedido mandarlo todo al garete y volverse a casa.

En lugar de eso, se había quedado y había prometido que lo arreglaría todo con John. Solo necesito un par de días para hacerle entrar en razón, David. Confía en mí.

Cuarenta y ocho horas, sin embargo, eran algo que Selznick no creía que pudiera permitirse. Antes del mediodía, un conductor le había llevado a Huston otro sobre, con dieciséis páginas mecanografiadas a un espacio. El memorando, del que él también había recibido copia, era tan sincero y prolijo como solían serlo todos: A tu manera, John, tú eres tan individualista como yo. Pero aquí no puede haber dos individualistas, solo uno. Y ese solo puedo ser yo. El único favor que te pido es que, si no te ves capaz de hacer la película sin resentimientos, sin reproches o sin la sensación de que va a ser mala solo porque será como yo la concibo, entonces no la hagas. Si esto llega a suceder, y no es mi deseo, puedes estar seguro de que te protegeré delante de todos. Estoy preparado para presentarme delante de tus amigos críticos de Nueva York y de la industria entera como el tiránico productor incapaz de entenderse con su talentoso artista. Estoy acostumbrado al papel. Lo he interpretado muchas veces. Y he aprendido que nada importa excepto la película. Pero si crees que todavía puedes poner todo tu entusiasmo en ella, entonces sería un estúpido —y no creo que pienses que lo soy— si prefiriese a cualquier otro antes que a ti.

Lo había firmado muy, muy sinceramente.

No había servido de nada.

Huston ni siquiera lo había leído entero. Antes de terminar la página cuatro —le había confesado— había tirado el resto a la papelera y le había pedido a su secretario que fuese haciendo las maletas.

Hasta allí habían llegado.

Luego había cogido el teléfono y lo había llamado: No puedo decirte lo aliviado que me siento, Artie. Sí, sí, ya lo sé: me advertiste de que esto iba de fabricarle un vehículo a Jennifer, para que se luciera. Y creí sinceramente que sería capaz. Al fin y al cabo, ella era una buena actriz. Pero no mejora con los años, ¡al contrario! ¿Te has fijado en lo que ha empezado a hacer con la boca cuando habla? ¿Es que nadie va a decirle que deje de hacer esas malditas muecas? ¡Parece un maldito payaso! Deberías hacerle ver a David que, desde que está con ella, no ha vuelto a hacer una sola película que valga una mierda.

Sí, claro.

Hacérselo ver.

Para él era fácil decirlo. Al día siguiente a mediodía estaría en Hollywood, bebiendo bourbon y leyendo guiones. Se rumoreaba que Zanuck lo esperaba con los brazos abiertos para ofrecerle El bárbaro y la geisha. Pues suerte con eso. ¡A ver qué salía de meterlos a él y a John Wayne en el mismo plató! Sería como mezclar un bidón de gasolina con una caja de fósforos.

Fellows se dejó caer en el sofá, mullido como la cama de un monarca. Basta de darle vueltas. John se había largado. Cuanto antes pasasen página, mejor para todos. La cuestión era: ¿cómo lo dejaba eso a él? Al productor que había apostado contra viento y marea por un tipo que era su amigo personal y que había saltado del tren incluso antes de salir de la estación.

Pues con el culo al aire.

Ya desde el primer día, David se había asegurado de hacerle ver lo poco que confiaba realmente en él. Juraba que se moría de ganas de promocionar a su gente. Pero, cuando por fin se había decidido a hacerlo, parecía incapaz de verlo en otro papel que no fuese el del chico de los recados.

Ser tan condescendiente y suspicaz a un tiempo era algo que solo David O. Selznick podía hacer tan condenadamente bien.

Aun así, en los seis meses que llevaba en Italia, inmerso en la preproducción de la película, había sabido apartar la presión a un lado para concentrarse en hacer su trabajo. La experiencia que había acumulado un par de años antes como jefe de producción para King Vidor en Guerra y paz —una película aún más cara y grande que esta— le había venido de perlas. Estaba satisfecho con los exteriores que había elegido. Y más aún con los acuerdos que había firmado con el ejército italiano para que le proporcionasen tropas como extras a precio de saldo. Trabajando sin un guion definido la mayor parte del tiempo y siempre esperando el siguiente memorando que le echase en cara la poca experiencia que tenía y la enorme responsabilidad que se había depositado sobre sus hombros.

Más de una noche, al regresar al hotel, se había sorprendido añorando aquel cuartucho en mitad del desierto, la carretera polvorienta y la estación de tren en la que nunca se bajaba ni se subía nadie.

Luego, miraba a su alrededor y se decía que por nada del mundo volvería allí. David era todo lo tiránico, cruel y mordaz que un ser humano podía llegar a ser. Pero si estaba en aquella suite también era gracias a él. Se había pasado media vida demostrándole que se merecía que lo tuviera en nómina. Y ahora también se lo demostraría.

De acuerdo, pues: basta de lamentaciones.

Tenía que encontrar a alguien que estuviera disponible para dirigir la película. Alguien que pudiera empezar ayer y que tuviese el mismo estatus que tenía Victor Fleming cuando David lo puso tras la cámara para sustituir a Cukor en Lo que el viento se llevó. Se incorporó sobre el respaldo del sofá y arqueó el cuerpo para alcanzar el auricular. Lo levantó con la punta del índice y el corazón y tiró del hilo, sin importarle que el aparato cayera a la alfombra. Marcó el número de su secretaria y escuchó la cantinela, ya familiar, de la telefonista de su hotelito. Le habría gustado tenerla alojada allí, en vez de hacerla ir y venir cada vez que pasaba algo. Pero David no le había autorizado el gasto. ¿Medio año en el Grand Hotel? ¿Una secretaria? Era joven y tenía un par de piernas, ¿verdad? Pues que las usara.

Escuchó su voz de cantante de club nocturno al otro lado de la línea.

—¿Diga?

—Kate, soy yo, Arthur. ¿Tienes a mano algo para escribir?

—Un momento, por favor, señor Fellows.

Se la imaginó saltando de la cama, con la misma bata blanca y corta, con estampado de corazones rojos, que le dejaba las piernas al aire a Doris Day en Juego de pijamas. Solo que las de su secretaria eran mucho más bonitas.

—¡Lista!

—Necesito que contactes a Barry Brannen tan pronto como llegue a su oficina. Que haga unas llamadas y averigüe en qué situación están Wellman, Wilder, Vidor y Reed. Cuál de ellos podría venir cuanto antes aquí para hacerse cargo de la película. Y por cuánto.

—¿King Vidor?

Charles —resaltó. Después de Guerra y paz, no creía que a King le quedasen muchas ganas de involucrarse en otro gran rodaje en Italia. Lo había visto cansado. Empezaba a estar mayor para ese negocio.

Notó la vacilación de ella viajando por la línea antes de decidirse a preguntarle:

—Entonces... ¿El señor Huston nos deja?

Fellows soltó el aire por la nariz.

—Bueno, es una manera educada de decirlo. Se me ocurre otra un poco más precisa...

—¿No empezará por maldito traidor hijo de...?

El productor no tuvo más remedio que sonreír.

—Lo has dicho tú, no yo. Pero se le acerca bastante, sí.

Ella se rio. Una risa cristalina, como solo podía tenerla alguien joven y lleno de ganas de comerse el mundo. Él se había reído así en otra vida, mientras se tragaba el polvo de medio desierto.

—Señor Fellows... —Carraspeó—. Ya sé que nadie me ha pedido mi opinión en este asunto...

—Adelante, di lo que sea —la animó—. Te aseguro que nunca he estado más abierto a sugerencias que ahora mismo.

—¿Ha pensado en un italiano? Me refiero como director. Hay algunos realmente fantásticos. Ya están aquí y, bueno, me imagino que el salario...

Claro que lo había pensado. Tenían a De Sica en el plató, sin ir más lejos. Seguro que podía interpretar y dirigir a la vez. Y por no mucho más dinero. Lo malo era que después del desastre de Estación Termini, David no querría volver a arriesgarse con un italiano. Ni con De Sica, ni con ningún otro. Por más que ahorrasen.

Se lo hizo ver a ella en pocas palabras.

—Pero era una buena idea —la consoló—. Que eso no te haga callarte la próxima que tengas, ¿de acuerdo?

—No lo haré, señor. Gracias. ¿Algo más?

—Sí. Asegúrate de que todo el mundo sabe a qué hora es el ensayo de mañana. Aunque ese malnacido ya no esté, será mejor que sigamos con el planning. ¡Ah! Y que alguien le diga a Rock que ya no hará falta que se corte el pelo como pretendía John. Seguro que dará saltos de alegría. No le hacía maldita la gracia raparse, por muy soldado de la Gran Guerra que lo hiciera parecer.

Kate volvió a reírse.

—Se lo diré a su ayudante, señor. Al menos alguien se alegrará del cambio. ¿Es todo?

—Sí. No... Kate, ¿qué haría yo sin ti?

—Mejor no lo averiguamos, señor Fellows. Buenas noches.

—Sí, eso. Buenas noches.

Fellows colgó el auricular y dejó el aparato en el suelo. ¡Gracias al cielo que tenía a Kate O’Neil! Se la había recomendado Nancy Green, del departamento de producción de Nueva York, y, por deferencia hacia ella, había accedido a entrevistarla. No se había arrepentido. Kate era graduada por UCLA, como la tía Marcella y una breve charla le había bastado para constatar que ambas estaban cortadas por el mismo patrón.

Habría estado loco si la hubiese dejado escapar.

Además de alma mater, Kate y la hermana de su madre compartían una belleza que podría haberlas convertido en estrellas de cine, de haber querido. Pero eran demasiado discretas para eso. Preferían moverse detrás de las cámaras. Su tía tenía veintitrés años, la edad de Kate ahora, cuando David irrumpió como un huracán en la RKO y empezó a echar a todo el mundo que no le parecía lo suficientemente bueno para trabajar con él. A ella no solo la conservó, sino que en pocos meses la ascendió de secretaria a ayudante ejecutiva. Su ayudante ejecutiva. Y aún lo sería de haber querido. Pero después de casi diez años de entonar: Sí, señor Selznick, Marcella había tenido suficiente. Era lo bueno de echarle el lazo a uno de los médicos favoritos de las estrellas de Hollywood: el dinero ya no suponía un problema.

Kate seguía dándole motivos para alegrarse de su decisión de contratarla. Llevaba con él desde poco antes de haberse establecido en Roma y le merecía la misma confianza que su reloj suizo. No se quejaba ni del tiempo que llevaba lejos de casa, ni de los hoteles de segunda en los que la metían, ni de las horas intempestivas a las que sonaba el teléfono.

Fellows lo tenía decidido: cuando él ascendiera, ella iría detrás.

Lo de contratar a un italiano habría sido la solución perfecta. Pero después de la espantada de John, no se atrevía a irle a David con la propuesta. Pensó en los nombres que le había dado a Barry. No contaba con que Wellman y Wilder estuvieran disponibles. Carol Reed le parecía más factible. Y él y David no se habían llevado del todo mal en El tercer hombre. Pero era un director lento y eso jugaba en su contra.

La mejor opción era Charles Vidor. Había oído que, desde que se había casado con la hija de Harry Warner, buscaba proyectos de mayor envergadura de los que había tenido en la Columbia. En ese caso, se juntarían el hambre y las ganas de comer.

Además, un tipo que había sido capaz de trabajar tantos años con el miserable de Harry Cohn —aunque hubiese acabado a la greña con él— debería poder soportar unos pocos meses el yugo de David. Y si había hecho una estrella de Rita Hayworth, Jennifer debería poder sentirse cómoda a sus órdenes.

Intentó animarse.

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