El idioma de los recuerdos

Antonio Gómez Rufo

Fragmento

... en las más veces está el pecado en el que lee y no en el que escribe, aunque sea el pobre escritor el que siempre lleva los azotes.

DIEGO DE TORRES VILLARROEL

(1694-1770)

Marbella, 1999

He matado a dos hombres en mi vida: a mi hermano mayor y a mi mejor amigo. Pero no siento el menor arrepentimiento por ello.

Quizá debería experimentar algún tipo de culpa, pero no es así; solo ahora, a mis setenta y siete años, cuando acabo de acordarme de ellos, me ha revoloteado por la cabeza el recuerdo de aquellas escenas lejanas, sorprendiéndome. La culpa, la culpa... concepto que no forma parte de la naturaleza sino de la educación. El ser humano nació sin el sentimiento de culpa, fue algo que vino después. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa...: un mantra del cristianismo que busca una emoción más íntima que la idea de responsabilidad, del deber, de incumbencia. Pilatos se lavó las manos para eludir su competencia, su vínculo con lo juzgado, pero no pudo sentir la culpa como tampoco la sintió Atenas por la cicuta bebida por Sócrates ni Bruto por conjurarse con Casio, Cina y los demás. No, no es esa mi sensación. No.

Lo cierto es que nunca me hirió pensarlo. Seguramente porque en lo más íntimo de mí sé que tuve poderosas razones para hacerlo, para sacarles su último billete con mis propias manos. No me inquieta ese recuerdo, no; en cambio, lo que pienso ahora es que la noche debería estar prohibida. Que la soledad debería estar prohibida. En consecuencia, que la noche pasada en soledad no debiera existir. Es aterradora, sí. Le tengo miedo.

Me acabo de meter en la cama. Todavía no me he atrevido a apagar la luz. Miro fijamente la pared blanca de enfrente en esta habitación de hotel poblada por el silencio y contemplo un televisor reposando en una balda atornillada en la pared, apagado, y allá al fondo una ventana negra con las persianas medio bajadas que no refleja nada, siquiera la luz de la lámpara dispuesta sobre la mesilla de noche. Un sillón estilo victoriano y al lado un pequeño escritorio de madera, que quiere ser noble, reposan debajo del ventanal, cubierto por cortinas traslúcidas que se agitan con la liviandad de un vals a causa de la brisa que penetra por el resquicio que he dejado abierto para ventilar la habitación, con el frescor de la noche veraniega, sin necesidad de poner ese aire acondicionado que me molesta en la garganta y me desvela con un zumbido que parece inapreciable, sin serlo. También hay dos mesillas de madera lacada sobre las que descansan las lámparas de noche. Solo tengo encendida una, la de mi lado de la cama, y su luz mortecina envuelve la habitación con un halo que resalta la soledad y el desasosiego que ahora respiro. Miro al frente, dudando si poner la televisión para alejar las sensaciones que empiezan a ahogarme, y a su alrededor, en esa pared blanca, comienzan a escribirse unos pensamientos que duelen como la peor de las noticias. Más aún: como un presentimiento de muerte; la más angustiosa, la propia.

El miedo es un ente que no deja de crecer una vez que se asoma por cualquier grieta sin avisar. No tiene rostro, por ello es aún más inquietante, más intenso. Y se extiende con alas negras, ribeteadas de afiladas puntas, como un murciélago informe punzando en lo más hondo del estómago, los pulmones, el corazón y la garganta, a la que convierte en un camino empedrado; y las manos, a las que agita como tiemblan las de un alcohólico con síndrome de abstinencia. El miedo llena las piernas de oquedades y al armazón de sus huesos lo inunda de espuma y agua. El miedo llega sin motivo y se queda sin razón, acrecentándose inexplicablemente. Yo me encontraba bien, recién llegado al frontispicio del mar, y no contaba con su compañía esta noche; menos aún ahora, que acabo de acostarme y esperaba dormirme pronto después de un fatigoso día de viaje. Pero de repente algo se ha abierto en algún lugar de mis debilidades y un pensamiento, disfrazado de recuerdo, ha horadado el hueco por el que se ha adentrado el murciélago que ya no ha cesado de revolotear y de extender su negritud por todas partes.

Los pensamientos son impredecibles. E imparables. Inevitables. Es la maldita memoria, que tiene vida propia y se ha adueñado de todo en el ombligo de esta noche, en esta soledad. No sé por qué, pero he pensado que quizá esta sea la última y que, tras dormirme, nunca más despertaré. Que durante la noche podría venir la muerte a buscarme. Y lo que ha empezado siendo una idea fugaz se ha enredado con el recuerdo de la muerte de mi hermano, y la de mi amigo, y como si se hubiese levantado un cielo de nubes negras a punto de vomitarse en aguas se ha oscurecido todo dentro de mí y estoy asustado, encogido, desaguándome también como si yo me hubiera vuelto de espuma y pavor. Soy mayor, muy mayor, y a nadie podría sorprender mi fin. Cuando se han cruzado varias fronteras, la de los setenta, la de los setenta y cinco... ¿qué puede esperarse de alguien, salvo que tiene el deber de morirse? Pero una cosa es decirlo y otra aceptarlo. Porque yo deseo morir, pero no esta noche.

Aceptar el deber de morir es como admitir que el horizonte ha desaparecido y que el sol nunca volverá a asomarse tras él; es como rendirse, como cortar el cordón umbilical que nos une al pasado y al futuro. Desearlo es una cosa, pero resignarse a que ha llegado la hora y compartir con serenidad lo inevitable es otra muy diferente. El reo de muerte termina acudiendo sin resistencia a la cámara de gas o a la inyección letal porque sabe que no hay otro camino y el destino es indeleble como una aleación de acero. Se ha resignado a aceptarlo y no lucha, se deja arrastrar. Como seguramente se arrastra el verdugo, también. Aceptar morir es negar la esperanza, como si todo lo que queda por conocer fueran cromos repetidos carentes de interés o episodios ingratos que da más pereza compartirlos que apartarse para dejarlos pasar. Aceptar es renunciar.

Tengo miedo.

La muerte no es grave; es morir lo que resulta aterrador.

«Eres alguien que por principio no espera ya nada de nada. Hay muchos, más jóvenes que tú y menos jóvenes, que viven a la espera de experiencias extraordinarias; de los libros, de las personas, de los viajes, de los acontecimientos, de lo que el mañana guarda en reserva. Tú no. Tú sabes que lo mejor que uno puede esperar es evitar lo peor» (Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero).[1] ¿Qué ha sido de mí en los setenta y siete años que he vivido, tantos años, tantos...? Ofuscado por el miedo, de repente vuelve ese recuerdo que nada me ha alterado en la vida, pero sin explicación alguna se me presenta y solo vislumbro con nitidez que tuve que matarlos, que los maté porque no podía hacer otra cosa. Maté a mi propio hermano y al que fue mi mejor amigo. Nunca rendí cuentas por ello, tampoco creí necesitarlo. Fueron justas sus muertes. Era mi tarea, por eso nunca me violentaron, ni me arrepentí tampoco. Sigo convencido de que hice lo que hice porque tenía que hacerlo. A veces es obligado rendir culto al diablo. No siento la culpa, no me arrepiento. En realidad, ni siquiera creo que tenga importancia.

Pero entre esta bruma de terror y la incapacidad de pensar en otra cosa que no sea en el miedo que siento, las imágenes de aquellos cadáveres se unen a la soledad, a la noche y a los recuerdos en que se ha envuelto la habitación y me dificultan la respiración. Angustia. La angustia es una tortura que nos infligimos a nosotros mismos con la naturalidad de quien se unta de crema bronceadora o se acicala con unas gotas de perfume. Ahora sí que creo morir; ahora sí que me han vestido entre los tres —la soledad, la noche, los recuerdos— con un sudario que va a asfixiarme.

Me incorporo en la cama. Busco el aire a bocanadas, como un pez fuera del agua. Me sudan las palmas de las manos y las arrugas del cuello. Tengo paralizada la espalda y niebla en la cabeza, los ojos no parpadean, no puedo. Me siento en la cama, me levanto, corro al baño tambaleándome y bebo agua del grifo sin reparar en la botella y el vaso que reposan en la mesilla de noche. Me aferro al lavabo, encorvado, y levanto los ojos para mirarme en el espejo. Me veo viejo, despeinado, temeroso... débil. No me ayuda esa visión. Vuelvo a la cama y me siento en el borde. Imposible quedarse quieto. Tal vez debería llamar a recepción y pedir con urgencia la visita de un médico. Voy a morir solo. Creo que moriré como he vivido durante tantos años. Aunque no lo creamos, todos vivimos solos, esa es la única verdad.

En realidad, nos rodeamos de los demás para olvidarnos de lo que somos y de cómo viajamos por la singladura de la vida. Es la única manera de transitar entre dos, compartiendo; fingiendo que hay quien puede cumplir la función de bastón en el sendero abrupto de la travesía.

Ahora sí. Ahora veo la botella de agua sobre la mesilla. Voy a beber. Con manos temblorosas trato de levantarla y se me resbala igual que lo haría el lomo escamado de un pez. Cae al suelo y se rompe. Oigo un estrépito de cristales acompañando el ruido de una explosión minúscula. Un cristalito se clava junto a mi tobillo y apenas duele, es solo una punzada, pero ese pinchazo, ácido, resulta que al final es como un disolvente. De pronto el miedo se retira igual que una gota de detergente cae en medio de un plato lleno de agua grasienta y el cerco sucio se abre, huye, desaparece. Un insignificante corte ha rasgado la oscuridad y ha vencido al miedo. Qué extraño fenómeno es el miedo imaginario: el temor real, aunque sea tan nimio como esa herida envuelta en una mínima gota de sangre, devuelve el instinto de supervivencia. Un pañuelo de papel arrastra la sangre, limpiándola. Me pongo las gafas y basta pinzar los dedos índice y pulgar para extraer el cristalito, apenas perceptible. El miedo huye con la realidad. No importa lo anciano que se sea o lo enfermo que se esté. Alguien aseguró que morir no es una opción, que lo último que se pierde es el deseo de seguir buscando un motivo para perpetuarse. Que «solo se aprende a vivir cuando se ha vivido una vida entera» (Schopenhauer). No lo creo. Para ello habría que levantarse cada día aferrándose a un motivo para sobrevivir; de lo contrario, la vida nos castiga con un deambular innecesario, sin rumbo, perdidos entre tinieblas finalmente insoportables.

Mañana tengo que advertir al servicio de habitaciones de que limpie todo con cuidado porque habrá muchos cristales rotos por el suelo, por ahí, también debajo de la cama. Y tengo que tener cuidado al levantarme, no vaya a pisar alguno. Me tiendo en la cama. Doblo la almohada, pongo sobre ella un cuadrante y respiro profundamente. Ya no siento ningún miedo. El techo es blanco, tiene un pequeño dispositivo con una lucecita roja que parpadea y acompaña como una estrella protectora. Será un mecanismo de esos inventados para caso de humo o incendios. Me quedo mirándolo y entonces lo recuerdo. Lo recuerdo perfectamente. Como si lo acabara de vivir. Luces rojas en el cielo. Sirenas. Aviso de bombardeo. Peligro. La gente corriendo hacia los refugios de las bocas del Metro, o sin correr, habituados a la amenaza de cada día. Estábamos tan acostumbrados...

Era 1939. Era Madrid. Y un día, como se esperaba, acabó la guerra. Puede que fuera el 1 de abril. O el 2. Es igual: para mí fue igual que si fuera domingo.

Madrid, 1939

Era primavera y yo tenía diecisiete años. Supe que mi hermano Julián, al frente de un pelotón de tres falangistas, había entrado en el portal de nuestro edificio vociferando, gritándole al portero que se preparara si faltaba alguien en casa, seguramente acompañando la amenaza con algún insulto que sin duda desencajaría el rostro del pobre José, licuándolo hasta hacerlo tiritar como una hoja seca y cuarteada en otoño. A lo que él respondió entre jadeos, balbuciendo una serie de noes, que no, no, no..., mientras movía la cabeza repetidamente de un lado a otro y los ojos se le agrandaban, empañados, suplicantes. Mi hermano Julián le abrasó con la mirada y subió los peldaños de las escaleras de tres en tres con la mano apoyada en la culata de la pistola que colgaba del cinto sobre su camisa azul hasta el segundo piso, aporreó la puerta y llamó varias veces al timbre como quien teclea en código morse.

Mi madre, que llevaba mucho rato asomada al balcón viendo pasar camiones y coches llenos de soldados y banderas rojinegras y rojigualdas, se apresuró a abrir, convencida de que se trataba de mi hermano, su hijo mayor. Y yo, por primera vez en el último año, no busqué el armario para correr a esconderme y la seguí con la mirada, expectante. No tuve miedo. Por primera vez desde que recordaba no tuve ningún miedo.

El miedo te lo enseñan, no nace con uno. Si desde el verano del 36 tenía miedo era porque vi con nitidez en los ojos de mi madre que ella empezaba a tenerlo. En cambio nunca lo descubrí en la mirada de la abuela, siempre callada, sentada en su sillón, contemplándolo todo sin decir palabra, sin expresar otro sentimiento que no fuera el de la indiferencia y, algunas veces, pocas, el de la tristeza. Ojos de lista, los de mi abuela. Luminosos siempre, sobre todo cuando se sentía compensada.

En cambio, eran opacos y acobardados los ojos de mi madre. Siempre atemorizados, cautelosos, desconfiados y tristes. Yo tenía miedo porque mi madre lo tenía y, sin palabras, me enseñó a tenerlo; y más cuando fabricó un doble fondo en el armario ropero de mi dormitorio y me obligó a obedecer para que siempre que llamaran a la puerta, siempre, corriera a esconderme allí y permaneciese sin hacer movimiento alguno, respirando sin ruido, enterrado en vida, como un cadáver de mentira para no terminar siéndolo de verdad. Para que no me descubrieran si iban a buscarme para alistarme en el ejército republicano, porque empezaron a reclutar nuevas quintas para la defensa de Madrid con muchachos de dieciséis y diecisiete años. Y mi madre no quería que fuera soldado, menos aún de un ejército que estaba desmembrándose antes de la derrota final.

Pero aquel sábado 1 de abril, ahora recuerdo que era sábado, no tuve miedo porque los ojos de mi madre tampoco lo tenían. Era la suya una mirada alegre, esperanzada. Desde muy temprano, habíamos oído en la radio un comunicado leído por el locutor, también actor, Fernando Fernández de Córdoba, que desbordó sus lágrimas y le contagió una sonrisa que ya no se le borró en toda la mañana. Parte Oficial de guerra correspondiente al 1.º de Abril de 1939, III Año Triunfal. En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1.º de Abril de 1939. Año de la victoria. El generalísimo: Franco. Ella sabía, lo sabíamos todos, que mi hermano Julián estaba a punto de llegar a Madrid y que lo primero que haría sería, seguramente, presentarse en casa. Lo haría en cualquier momento. Y ahora estaba allí, lo intuyó mi madre y lo supuse yo. Era él quien llamaba, el que aporreaba la puerta con esa brusquedad que siempre le caracterizó. Julián el bruto, lo llamaba mi padre. Cuando murió, en 1930, lo último que hizo en su agonía fue decirme, apenas sin voz, que tomara ejemplo de mi hermano, que siguiera sus enseñanzas y fuera obediente, que ya sabía que era un burro pero que a veces hay que derribar la vida a embestidas para que no sea ella la que lo deslome a uno. Ahora creo que Julián salió a él.

A mis diecisiete años esperaba un abrazo de mi hermano, tan intenso y breve como el que le dio a nuestra madre, pero en vez de eso me dio una bofetada que me dejó sordo durante un buen rato.

—¿Y tú, qué, chaval? ¿Te has portado como un hombre? Porque debes de tener ya los cojones floridos, ¿o no?

—Hijo, no digas esas cosas —le recriminó ella, sin dejar de sonreír.

—Mírelo usted, madre. Ya no es ningún crío. —Volvió a sacudirme en el pescuezo con la mano abierta—. ¿Y usted qué, abuela? Con esa salud de hierro, ¿no?

Mi abuela no respondió. Lo miró de arriba abajo con una de esas miradas que sin decir nada quieren decirlo todo, y luego entornó los ojos.

—Sí, también está bien —se apresuró a responder mi madre por ella. Y añadió—: Pero no te quedes ahí. Anda, pasa; siéntate a descansar un poco. Y diles a tus amigos que pasen también. Sentaos todos aquí, por favor. Tienes que contármelo todo, Julián, hijo.

—Usted primero, madre —respondió mientras se dirigía al sillón que ocupaba siempre mi madre—. Y vosotros, ya habéis oído. Entrad y sentaos por ahí. Y cuidadito con manchar algo, que esta es una casa nacional, católica, decente y muy limpia.

Yo miraba a mi hermano dictar órdenes con tal aplomo que no sabía si lo que me provocaba era admiración, orgullo o intimidación. Puede que fuera un poco de todo. Los hombres le obedecieron sin abrir la boca y él se dejó caer en el sillón como un rey antiguo en su trono, queriendo demostrar con aquel gesto que tomaba posesión de su feudo. Mi madre corrió a sentarse en el brazo del sillón y, mientras le abrazaba, lo llenó de besos. Fueron unos momentos de un silencio ceremonial solo alterados por los chapoteos del maternal besuqueo, interminable. Julián se dejaba hacer y yo, sin saber cómo comportarme ni el trato que debía dispensar a mi hermano, que me resultaba tan desconocido, tan extraño, tan lejano y tan mayor —tenía ocho años más que yo—, me senté junto a la abuela Rosario y tomé su mano, acariciándola. Ella me miró un instante. Vislumbré en aquellos ojos una de esas miradas de indiferencia que apagaban sus pupilas y luego observé cómo los cerraba y movía los labios, tal vez rezongando, o acaso dejando escapar por la boca algún pensamiento mudo, inaudible, imposible de desentrañar. Quizá de desprecio, o de recriminación, o de admonición, no podría asegurar si fue así.

Fuera aumentaba el alboroto callejero de vivas a España y a Franco y se mecía un oleaje de banderas agitadas al viento, todas con los colores y enseñas del ejército vencedor, nacionales, falangistas y carlistas. Me pregunté entonces de dónde podían salir tantas, y no me extraña porque, recordando ahora esas imágenes, cabría concluirse que todo el mundo guardaba en casa una o varias banderas de aquellas, lo cual era imposible; y que, en tal caso, Madrid había vivido un largo engaño de tres años. Aunque luego, unos días después, supe la razón de la existencia de tanta enseña con las dos franjas rojas y la amarilla del medio y dónde se confeccionaban. Al final, las experiencias vividas nos dan las respuestas que no encontramos en el momento de asomarse las preguntas.

—No tengo nada para convidaros. —De repente mi madre interrumpió los besos, les miró a todos ellos con la vergüenza dibujada en los ojos entornados y, ruborizada, se excusó ante su hijo—. No hay de nada, hijo, pero nada de nada. Si supieras por lo que hemos pasado...

—Ya imagino, madre, ya lo imagino. No te apures... —replicó Julián—. Tú, Calatrava, busca en la mochila. ¿Qué nos queda?

—Chocolate y una botella de anís. Tres tabletas.

—Pues venga, ¡dale!

Creo que nunca he comido con tal avidez un manjar como lo hice con una tableta entera de aquel chocolate tan recio que me ofreció el llamado Calatrava mientras me revolvía el pelo con un gesto cariñoso, como si me considerara un crío. Mi madre mordisqueó una punta que seccionó con dos dedos y se mojó los labios con anís y la abuela Rosario negó dos veces con la cabeza, rechazando tanto el cacao como el licor. Después volvió a entrecerrar los párpados y continuó su letanía silenciosa.

La abuela Rosario era una mujer construida con materiales resistentes a la tragedia. Nació en el seno de una familia humilde del barrio de Carabanchel en una choza con huerto que ella misma cultivó desde los cinco o seis años, tal y como nos lo contó alguna vez sin aparentar exageración. Hija única mientras crecía, porque los otros tres hijos que nacieron en la casa murieron al nacer o pocos meses después, a los doce años fue destinada por su padre a trabajar en la casa de unos señores del barrio de Chamberí y en aquella casa se fue convirtiendo en mujer hasta que a los dieciséis o dieciocho —nunca declaró su verdadera edad ni aportó indicios que pudieran delatarla—, decidió integrarse en el oficio de cigarrera hasta que se casó trece meses después. Antes había muerto su padre, de un resfriado agarrado al pecho en la mitad del invierno, y poco después su madre, de unas toses persistentes que no tuvieron médico que las visitase ni medicina que las aliviase: todo costaba demasiado dinero. Rosario, sola, huérfana y sirvienta en casa de unos señores que la trataban peor que al perro grande que parecía el verdadero amo de la vivienda, decidió ser cigarrera para reencontrarse con la libertad y después, un año después, buscó la salida del matrimonio como punto de fuga de la fatiga, la humillación y la rutina. Estaba enamorada de Francisco, pero no pudo ser: él era pobre y no tenía trabajo con el que ofrecer un futuro a ninguna mujer. Entonces se casó con otro hombre que la pretendía, de buen porte, dueño de un empleo y con vivienda propia, y se trasladó a vivir a su casa de la calle de Torrijos, donde cumplió con honestidad e inteligencia, virtudes ambas reconocidas por todos. Aunque, eso sí, sumida en el silencio que guardó por siempre con respecto al verdadero amor de su vida.

Fuerte como un viento cantábrico, esforzada como el arrebato del mar contra el malecón, lista como una huérfana temprana y calculadora como un bufón real, sostuvo la casa en pie y a un marido tan apuesto como borracho; tuvo una hija —mi madre— y nunca se quejó de nada, pero tampoco consintió que nadie le levantase la voz ni susurrasen a sus espaldas comentarios inapropiados. Forjada con materiales indestructibles, supo vadear la vida en los peores años de los principios de siglo y encontró el modo de adaptarse y acomodarse a las circunstancias, fuesen adversas o favorables; con todas pudo, con todas. Incluso la guerra, sin sorprenderla, le dio un hueco en un sillón para atravesarla sin alterarse, contemplándola con la templanza con que se observa la lenta agonía de un cerdo en matanza. La abuela Rosario era tan firme como callada, pero cuando miraba daba lecciones que no se aprenden en la universidad, sino en la necesidad, la precariedad, la pobreza y la sumisión fingida que logra apaciguar las hambres sin extender la mano de la mendicidad. A nadie quise más que a la abuela, o al menos creo recordarlo así. Tal vez porque me bastaba acurrucarme en sus rodillas, sentado en el suelo a sus pies, para que me dijera con tres palabras o una mirada lo que debía hacer, lo que no me convenía y cómo resolver las dudas de mi adolescencia confortable, despreocupada, solitaria, enclaustrada y urbana.

—¿Te vas a quedar en casa, hijo? —quiso saber mi madre.

—¡Claro! —replicó Julián—. ¡Es mi casa!

—Por supuesto, hijo. ¿Y tus amigos? —La pregunta se convirtió en mucho más amedrentada.

—No. Solo venían por si os había ocurrido algo y teníamos que hacer una buena limpia de rojos en el edificio. Pero ahora se irán.

—Ya... claro. Pero yo... —intervino Calatrava, apocado—. Como no me des cuartelillo me veo durmiendo al raso.

—Ah, es verdad —asintió Julián—. Madre, le presento a Federico Calatrava. Es de un pueblo de Salamanca y no tiene dónde quedarse, así que será nuestro invitado hasta que encuentre algo. Es un camarada que...

—Pero, hijo... Las camas... —le interrumpió mi madre.

—Se queda. Es mi amigo, así es que no hay nada más que hablar —ordenó otra vez mi hermano, seguro y firme, incorporándose en el sillón y confirmando con el gesto y la voz que había tomado posesión de su imperio.

—Por supuesto —concedió ella.

—Y si no hay camas, madre, usted se arregla con la abuela y deja el dormitorio libre. Calatrava es un soldado español. Supongo que sabe lo que significa eso. ¿O es que ha olvidado quién ha ganado la guerra, quiénes le vamos a devolver el pan y la paz? Ninguno hemos llegado hasta aquí para que nos nieguen lo que merecemos.

—Sí, sí... si yo... —se disculpó ella, lo que me pareció un gesto exagerado de sumisión. Y añadió—: Ahora mismo prepararé el cuarto. Pero no quiero que te enfades, por favor. Yo solo...

—Ande, madre. No empecemos a discutir ya. Tome otra copita de anís que hoy es un día grande.

—Sí, sí. Me serviré otra chispita. —Mi madre cambió el tono y por el brillo de sus ojos me pareció que su corazón navegaba entre la humillación y la alegría por el regreso de su hijo mayor—. Un poquito, a ver si voy a terminar piripi... Pero cuéntame, anda. Cuéntame. ¿Qué tal te ha ido? ¿Has corrido algún peligro durante todo este tiempo?

Era la primera vez, aunque no iba a ser la última, que veía a mi madre volcada en una especie de temor incomprensible. Un miedo que, al menos, yo no comprendía. Cuando se marcharon los demás y se quedaron solo mi hermano y Calatrava, no supe si debía permanecer en el saloncito, junto a ellos, o ir junto a mi madre a ayudarle a hacer la cama, a preparar la mudanza y dejar el cuarto disponible para el invitado. Miré a la abuela y me sorprendió verla con los ojos cerrados, moviendo los labios y cabeceando, inmersa en ese silencio perpetuo que denotaba el oleaje bravo de pensamientos que se estrellaba contra las rocas de su rebeldía muda. Y cuando me iba a ir al dormitorio con mi madre, Calatrava me hizo una señal con la mano y me dijo:

—Ven, chaval.

—¿Qué?

—Siéntate con nosotros, anda. Y cuéntanos tú.

—¿El qué?

—Madrid. ¿Cómo lo has pasado este tiempo por aquí? ¿Mucha juerga? Porque tú ya... —El gesto, obsceno, hizo que me sonrojara, pero fui a sentarme junto a ellos.

Federico Calatrava parecía un hombre simpático, siempre con una sonrisa abierta y franca, como si cualquier cosa le hiciese gracia y el infierno lo imaginase como un rincón junto a la chimenea en una noche de invierno o frente a una galería de espejos deformantes. Era muy distinto a mi hermano Julián, del que cualquiera creería que el mundo tenía con él una deuda pendiente y estaba decidido a cobrársela aunque para ello necesitara alzar la mano, derramar sangre y causar lágrimas. A los diecisiete años esas cosas se aprecian ya con claridad. No sé si porque las percepciones son más vivas o por la necesidad de establecer vínculos selectivos con quienes se produce una empatía generacional. Y Calatrava, por su alegría permanente, se aproximaba más a mi edad que mi hermano, a todas luces un viejo prematuro con intenciones imposibles de descifrar.

—Pero... ¡si apenas he salido de casa! —Alcé los hombros ante la pregunta de Calatrava, que no dejaba de sonreír.

—No te creo. —Me palmeó el cogote con fuerza, pero sentí más el ruido que el dolor—. Entonces te divertirías a solas, claro.

—No, no. —Me volví a ruborizar. Aunque me parece que la nula importancia que le dio a los gozos íntimos me provocó una sonrisa que no pude disimular—. Bueno, alguna vez...

—¡Pues claro, chaval! —soltó una gran carcajada antes de sentenciar—: ¡El amor a la patria empieza por el amor propio de los patriotas!

—¡Deja al crío en paz y no le digas guarradas! —le regañó Julián sin aliviar su rostro avinagrado—. Y tú, a ver si voy a tener que cortarte las manos, Vicente. Que aún no estás en edad.

—En septiembre cumpliré dieciocho años. —Alcé la barbilla y fijé los ojos en el suyos, desinhibido—. Y puede que no esté para lo que tú dices, pero los rojos han venido siete veces a buscarme, para alistarme. No pensarían que soy tan crío...

—¡Rojos de mierda! —Julián soltó el exabrupto y apuró de un trago la copa de anís que tenía en las manos.

Qué distintos eran mi hermano y Calatrava. Él moreno, de facciones duras, pómulos salientes, labios finos y ojos pequeños de mirada penetrante. En cambio Calatrava tenía el pelo rubiejo, los labios gruesos, los dientes adelantados y un poco separados, de ratoncillo, lo que le confería un aspecto bonachón de sonrisa perpetua, y sus ojos eran grandes, húmedos, brillantes y confiables. Mi hermano parecía haber ganado él solo la guerra; Calatrava aparentaba que lo único que le importaba era que acabase la masacre y volver a disfrutar de la vida, sin sobresaltos, cualquiera que hubiera acabado venciendo en la matanza entre paisanos. Mi hermano era bajo y nervudo, recto de espalda y mentón alzado; Calatrava era robusto, grandote sin ser grueso, apacible en su expresión y pausado en sus movimientos. Eran tan opuestos que resultaba lógica la buena amistad entre ellos porque se la ofrecían sin buscar nada a cambio. Porque igual que la pasión y el amor necesitan la reciprocidad para consolidarse y perpetuarse, la amistad es el afecto más sincero porque se ofrece sin reclamar nada a cambio, nada tienen los amigos para intercambiarse o compensarse, solo la seguridad de estar juntos y de que cualquiera que sea el camino que tome cada cual ese afecto verdadero permanecerá vivo para siempre.

En ello pensaba, mientras los contemplaba, cuando sonó el timbre de la puerta.

Julián me preguntó con la mirada si esperábamos a alguien y yo me alcé de hombros, no sabía qué responder. Mi madre, corriendo, cruzó el saloncito hacia la puerta de entrada, diciendo que ella iba a abrir, y los tres la seguimos con los ojos hasta que se adentró en el hall de entrada.

También mi abuela abrió los ojos.

—Pasa y espera aquí —se oyó la voz de mi madre desde el vestíbulo.

—Gracias, Isabel —respondió el hombre.

—¿Quién es? —me preguntó Julián.

—Francisco.

—¿Y quién es Francisco?

—El del puesto de periódicos del mercado. Nos suele traer libros y revistas.

—Un rojo, claro.

—No sé.

—¡Madre! —gritó Julián—. ¿Quién es ese hombre?

Mi madre se asomó al saloncito y contestó apresurada con un leve temblor en los labios.

—Un buen hombre, hijo mío. Nos ha ayudado mucho.

—Ya. —Julián se puso de pie, ajustó la cartuchera y apoyó la mano sobre la culata de la pistola—. Que pase ese buen samaritano. Ahora veremos lo buen hombre que es.

Entonces pude ver que, al fondo del saloncito, en su sillón, la abuela Rosario esbozaba una levísima sonrisa. Y le brillaban los ojos.

Francisco Muñoz ya era viejo entonces. Un anciano, o al menos eso era lo que me parecía a mí en aquel tiempo. Tenía más de sesenta años, llevaba media vida detrás de una mesa repleta de libros y revistas a las puertas del mercado de Torrijos y así se ganaba la vida, antaño voceando periódicos monárquicos y cristianos y durante los últimos años vendiendo publicaciones republicanas, anarquistas y socialistas. Nunca había ocultado sus ideas, incluso se había afiliado a la UGT durante el asedio porque todo el mundo debía pertenecer a algún sindicato y porque en su gremio era habitual sumarse a los socialistas, pero jamás se le oyó insultar a nadie ni participar en riña alguna. Además había logrado compadrear con el lechero y el carbonero del barrio, de modo que de vez en cuando conseguía en la trastienda de la vaquería un cuartillo de leche recién ordeñada o en el sótano de la carbonería un puñado de kilos de carbón, incluso en los momentos más difíciles, de mayor escasez. Y no eran pocas las semanas que llegaba en sábado y compartía con nosotros esas necesidades básicas casi imposibles de conseguir durante tantos meses. Tenía los ojos rasgados y acuosos, carecía de algunos dientes y no le sobraba pelo en la cabeza, pero la naturaleza se había portado bien con él y conservaba una piel extrañamente lisa y tersa para su edad, solo cuarteada en las orillas de los ojos a fuerza de sonreír, lo que le otorgaba tanta afabilidad que nadie dudó nunca de su bondad innata. Vestía con pulcritud unos pantalones negros de pana gruesa, una camisa a cuadros rojos y blancos abrochada hasta el primer botón y unas zapatillas de lona, siempre muy limpias. Cuando entró lentamente en el salón, por indicación de mi madre, llevaba la boina entre las manos, a la altura del estómago, y la cabeza erguida, sin apartar la mirada de Julián ni de Calatrava, a los que observó alternativamente sin mostrar inquietud ni siquiera curiosidad.

—Buenos días, señores —dijo, a modo de saludo. Y luego alzó la voz—. Buenos días, Rosario. ¿Hoy está mejor?

La abuela cerró los ojos, dejó de sonreír y afirmó levemente.

—Está mejor, sí —se apresuró a responder mi madre—. Mira, te voy a presentar. Este es mi hijo Julián, acaba de volver a casa. Te he hablado muchas veces de él, ¿verdad?

—Mucho gusto, señorito Julián. Su madre...

—Y este señor es un amigo de mi hijo. Se llama..., se llama... Perdón, no recuerdo cómo...

—Cabo primero de artillería Federico Calatrava —respondió él mismo—. Pero todos me dicen Calatrava. ¿Y usted es?

—Francisco Muñoz, señor.

—Francisco nos ha traído leche y galletas, hijo —explicó mi madre, como si fuera necesario—. Ay, Francisco. Qué hubiera sido de nosotros todos estos años sin tu ayuda.

—Lo que ustedes merecen, doña Isabel —le quitó importancia, moviendo la cabeza a ambos lados—. Yo, con tal de ser útil...

—Siéntate, Francisco —ordenó mi hermano—. Creo que vas a tener que contarme algunas cosas. Y vosotros —se dirigió a mi madre y a mí—. Dejadnos solos. Esta es una conversación entre hombres.

A la hora de comer nos sentamos toda la familia a la mesa y también lo hizo Calatrava, que no desaprovechó la ocasión para hacer preguntas hasta enterarse de quién de los vecinos del barrio tenía un coche. Yo no lo sabía, pero finalmente mi madre recordó que había uno abandonado, o simplemente estacionado, en un zaguán de la calle Ayala, sin que supiera con exactitud quién era el propietario aunque se comentaba que había pertenecido a un médico que salió de Madrid con su familia en los días previos al 18 de julio de 1936 para pasar las vacaciones de verano en San Sebastián y que, por viajar en tren, había dejado el coche al resguardo de la cochera del edificio donde vivía. Calatrava se cercioró de la dirección exacta y aseguró que iría a comprobar si seguía allí el automóvil.

—Nos vendría muy bien, Julián —añadió—. Esta noche deberíamos hacer alguna ronda por ahí, ya me entiendes... —sonrió.

—Está bien. —Mi hermano afirmó con la cabeza un par de veces—. Y tú vendrá

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